Sant Jordi

23 de abril en la mediterránea Barcelona, la ciudad y sus habitantes ponen sus mejores sonrisas primaverales para agasajarse. Es la conmemoración de Sant Jordi, se impone obsequiar un libro y una rosa.

La jornada dio comienzo con las miradas de todos puestas en las alturas, ya que las predicciones no auguraban el mejor de los climas para una celebración esencialmente callejera, y en esta oportunidad, con la desventaja de coincidir en día de Semana Santa. A pesar de ello, los tenderetes con las diferentes ofertas editoriales se instalaron en los principales paseos y las plazas siendo  muchos, los que sorprendiendo a propios y extraños, dejaron que el polen de la festividad les invadiera desde muy temprano.

Como suele suceder, en los días previos los medios se hicieron eco de las nuevas publicaciones y de cuáles se impondrían en las preferencias en las listas de ventas, importante en cierta manera para una industria que en un sólo día, suele mover un volumen cercano al veinte por ciento de su facturación anual. Quizás como producto de aquello que decía Ernesto Sábato, cuando sugería que los libros debían estar en la calle, “al paso de cada lector”

En esta ocasión, confirmando cada vez que no se produce un gran lanzamiento de un autor extranjero, las preferencias fueron muy repartidas. Hecho que motivó la satisfacción de libreros, editoriales y también de los compradores, que con su elección premiaron las apuestas de los géneros más variados, con los escritores siempre prestos para la firma de sus ejemplares.

Tal vez por ello o por la conjunción de deseos, el sol dijo presente en la fiesta, animando las calles de por sí plenas de buenos augurios, los que no se
extinguieron hasta bien avanzada la tarde. Donde las caras de  satisfacción, dieron rienda suelta a una de las celebraciones más arraigadas de la antigua Barcino y que, al juzgar por la enorme presencia de admirados turistas, viene trascendiendo fronteras.