Juan José Millás, historias de urbanitas

El valenciano (1946) es de aquellos autores de largo recorrido, lo que le ha llevado a producir una extensa obra y a transitar por distintos géneros en el mundo de las letras. Y fruto de ello, a  hacerse acreedor a varias distinciones: Premio Nadal, Premio Planeta, y el Premio Nacional de Narrativa que otorga el Ministerio de Cultura de España.

De formación periodística, su presencia como columnista es constante en distintos medios gráficos y audiovisuales españoles. En cuanto a su obra escrita, se extiende en el reportaje y, dentro de la ficción, al cuento y la novela; en esta última su debut fue con Cerbero son las sombras, que data del año 1975, texto que en su momento le permitió ser catalogado como un escritor prometedor. Esas expectativas no se vieron defraudadas cuando le siguieron una veintena de títulos más, de los que destacan El jardín vacío, La mujer loca y su obra más reconocida, Papel mojado, texto traducido a varios idiomas.

Aunque Millás es particularmente ponderado por sus relatos breves, en los que detalla las crónicas del habitante de la gran urbe. En ellos es a veces un hecho fortuito el que dispara la trama, en otros es la detenida observación y las consecuencias que de esta se derivan para nutrir el relato, en todos ellos se deriva de manera inexorable la reflexión, que en voz alta y clara surge lanzada hacia el lector.

El mecanismo así expuesto se ha dado en llamar el “articuento”; donde  destacan la selección de Cuentos de la intemperie, La viuda incompetente, Los objetos nos llaman, y Articuentos completos. En ellos la metrópoli y lo que impone está siempre presente, con sus reglas tan particulares, en instancias para destacar el hecho que sublima a sus habitantes, pero también, para retratarlos en sus egoísmos o en sus cotidianas miserias. Como si el escritor pretendiese lanzar un metamensaje hacia un ser humano desvalido quien, a modo de defensa, solo le queda enfrentarse a los hechos cargado con el escudo de la ironía, cuando no, con un dejo de lastimosa comicidad. En definitiva, para graficar con aquello que un autor como Kundera definiría  como “la levedad del ser”.

El siguiente es el texto completo del relato La viuda incompetente:

  “La viuda incompetente compró un lote que incluía un pato pequeño, 24 uvas y dos velas, para hacer creer a la cajera del supermercado, o quizá a sí misma, que esa noche, la del 31 de diciembre, cenaría acompañada. Pero cuando llegó a su casa y desenvolvió el paquete, el pequeño animal le pareció un cadáver. Así que lo contempló con aprensión durante unos minutos, intentando comprender los misterios minerales de la carne mientras le daba la vuelta con un tenedor, y lo arrojó a la basura envuelto en papel de aluminio. Luego, al tiempo que en la calle sonaban los primeros petardos del día, recorrió la casa colocando las manos sobre los objetos del que había sido su marido, tan odiado en vida.

   Después de comer, se sentó en el sofá del salón y se quedó dormida hasta las siete con la radio puesta. Al despertar hablaban de la dermatosis y de lo dramático que era para los que padecían este mal no poder llevar trajes oscuros, tan apropiados por cierto para despedir el año, debido a que las escamas de la piel se notaban demasiado sobre los hombros. Sintió un desasosiego excesivo, un sofoco que la llevó al balcón. En la calle se percibía el nerviosismo característico de las horas que precedían a la medianoche. La viuda incompetente recordó cuánto había detestado a su marido, cómo había deseado su muerte hacía ahora un año, mientras contaban entre los dos las uvas para la cena de Año Viejo, y se echó a llorar. Nada fue en su vida como había soñado: ni la primera comunión, ni la universidad, ni el matrimonio, ni, en los actuales momentos, la viudez.

   Soy viuda, se dijo, intentando encontrar en la palabra el sabor excitante que tenía antes de que su esposo falleciera. Pero ahora ese mismo término tenía un gusto rancio, igual que un embutido caducado. Por un instante se percibió a sí misma como un féretro en cuyo interior, a su pesar, reposaba él. Cuando me hagan la autopsia –pensó-, lo encontrarán dentro de mí, vestido con aquel traje oscuro sobre el que tanto se le notaba la dermatosis y los brazos cruzados sobre el pecho. ¿Dónde estaba el atractivo sexual de las viudas del que tanto hablaban los sexólogos? Cerró el balcón y recordando que su marido solía llamar al diccionario la nevera del vocabulario, porque en él se mantenían frescas las palabras, fue a buscar viuda y leyó: <Planta herbácea, bienal, de las dipsáceas, con flores en ramos axilares, de color morado que tira a negro>.

   Cerró el libro con violencia, arrojándolo sobre el espejo del aparador, que no llegó a romperse. A través de los tabiques se colaba el bullicio de las casas vecinas mezclado con el ruido de las cuberterías de alpaca y las vajillas de porcelana removidas de sus armarios para la cena familiar. La viuda incompetente decidió en un ataque de rabia no resignarse a su condición de dipsácea con flores moradas o negras en las axilas. Así que fue a la cocina, rescató del cubo de la basura el cadáver del pato, lo desenvolvió de su mortaja de aluminio y lo introdujo en el horno de cuerpo presente. Cuando la piel del animal adquirió un color más o menos tostado, lo colocó sobre la mesa del salón y encendió dos velas. Había pensado comérselo entero y tragarse después las 24 unas, para transmitir (a quién) la impresión de que en aquella casa había cenado realmente dos personas. Pero al regresar de la cocina con la botella de vino y contemplar sobre el mantel los restos mortales del animal alumbrados por la llama lúgubre de las velas, comprendió que en lugar de una cena de Año Viejo le había salido una capilla ardiente.

   Fue entonces cuando se dio cuenta de que por más que cuidara de su ropa interior sería el resto de su vida una viuda desastrosa, incompetente, nada parecida a las que describían los libros de autoayuda. Pero en ese instante advirtió también que el odio profesado a su marido había sido una forma de amor que solo ahora era capaz de reconocer. Entonces, cogió las uvas, se fue al tanatorio de la M-30, donde llegó al filo de las doce, entró al azar en una de las capillas y recibió el nuevo año con los muertos.

   Al amanecer del día 1 regresó al hogar, se metió en la cama y sintió unos instantes de felicidad al saber por una vez en su existencia de qué lado de la vida estaba”.

La frase

    “Grenouille  apartó la sábana del lecho. La magnífica fragancia de la muchacha, que se                  derramó súbitamente, cálida y masiva, no le conmovió. Ya la conocía y la disfrutaría, la              disfrutaría hasta la embriaguez más adelante, cuando la poseyera de verdad. Ahora se                trataba de empezar cuando antes, de dejar evaporar la menor cantidad posible; ahora se          imponía la concentración y la rapidez…”     ( El Perfume Patrick Süskind )

Obras de las que sus autores reniegan

Pablo Picasso pasó por diferentes estilos en su pintura, iniciándose muy joven con el realismo para terminar ya mayor en el cubismo. Algunas de estas etapas obedecían a un mero aprendizaje, otras, a sus estados de ánimo, por último, a lo que él creía que era la síntesis de la evolución de su pintura; en todos los casos, el pintor sentía que formaban parte de su crecimiento como artista y como persona. El ejemplo del genio  malagueño bien podía valer para muchos escritores, que en su momento sintieron satisfacción por sus obras, y que luego poco menos quisieron “olvidar” que fueron partícipes necesarios para que sus textos vieran la luz. ¿Es legítimo que el escritor pueda, por lo que fuere, deshacerse de una autoría?, este artículo ilustra sobre ello 

Normalmente, la finalidad de un escritor es que su obra sea leída por el público, que logre superar las cribas editoriales, tome forma en papel y, en último término, alguien disfrute descubriendo lo que encierran sus páginas. Ocurre, sin embargo que hay determinados autores que tienen una relación un tanto conflictiva con alguna de sus obras. La autocrítica, el pudor o simplemente el cambio de criterio con el paso del tiempo han hecho que grandes nombres de la literatura se arrepientan de alguna de sus obras o que, directamente, intenten quitarlas de la circulación. Son los escritores que reniegan.

En algunos casos, ni siquiera el reconocimiento de la crítica y el público aplacan ese impulso de rechazo a lo que ha escrito uno mismo. Es ampliamente conocido el odio que sentía Rafael Sánchez Ferlosio hacia su El Jarama, quizás su obra más conocida. “Está muy cuidado el lenguaje, muy escuchada el habla popular, pero no tiene ni pies ni cabeza. No me gusta nada. Sería un libro que si lo hubiera escrito otro diría: ¡Pero qué pelmazo!», decía en 1986 al diario El País.

Jorge Luis Borges es otro autor que, con el tiempo, no quería saber nada de una de sus primeras obras. De Historia universal de la infamia, el argentino decía que era un “irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna) ajenas historias”.

Esos pecados de juventud han llevado a muchos autores, una vez consagrados, a intentar eliminar de la historia oficial alguno de sus primeros títulos. Sucedió con Barioná, el hijo del trueno, de Sartre, que no autorizó su publicación hasta pasado mucho tiempo, o con Juan Ramón Jiménez, que rechazó sus primeros libros modernistas, Almas de violeta Ninfeas, e incluso se dice que intentó robarlos de algunas bibliotecas. Nathaniel Hawthorne tampoco quería ver su primera novela, Fanshawe, ni en pintura.

En otros casos, son el posicionamiento ideológico que cambia con el tiempo y la vida que adquiere la obra tras su publicación los factores que hacen que un libro sea desdeñado por su creador. Eduardo Galeano confesó cuarenta años después de haber publicado Las venas abiertas de América Latina que sería incapaz de leer su propio libro. “Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital”, aseguró.

El caso de El motel del voyeur, de Gay Talese, es distinto: un testimonio falso que el periodista no pudo (o quiso) contrastar hizo que su obra (y su reputación) se pusieran en entredicho. Pero también entra en juego la autocrítica, lo de la autoexigencia, de autores que no quieren dejar mancha alguna en su obra. Se cuenta que Ernesto Sábato desechó Sobre héroes y tumbas hasta que su mujer le animó a recuperarlo, y Nabokov dejó orden de que desapareciese el manuscrito de El original de Laura, algo que su esposa desoyó y acabó con la publicación de la obra.

Por último, hay casos extremos como el de John Banville, que una vez que acaba un libro automáticamente no quiere saber nada de él. «Ninguno me parece bueno. Una vez que los termino ya no son míos, no me pertenecen y no son problema mío. Me parece bien que cualquiera los lea, siempre que ese cualquiera no sea yo”, ha declarado recientemente.

(Este artículo fue publicado en el diario El País de España – Librotea)

Desde el sur profundo, Flannery O’Connor

Su historia de vida y el lugar geográfico en la cual la desarrolló, son factores ineludibles en la obra de la escritora estadounidense (Georgia, 1925 -1964). A estos elementos, habría que añadir un tercero en el momento que fue diagnosticada de lupus, enfermedad que padeció durante los últimos diez años de su corta existencia. Aun así, este hecho no fue freno alguno para que creara una de las más importantes producciones literarias, engendradas en el marco meridional del país americano.

La autora era hija única de una acomodada familia de origen católico irlandés establecida en una región con un gran peso religioso, pero con predominio del credo protestante. Estados en los que reina un atraso secular, en ellos el abandono, el analfabetismo, la pobreza sistémica, el racismo, y una violencia siempre latente, son fundamentos constantes, factores de los que echó mano para escribir sus novelas; textos como Sangre Sabia, que fue adaptada para el cine, o Los violentos lo arrebatan; ensayos, como Misterio y Maneras, y también una extensa producción de relatos cortos.

En sus obras gustaba de implementar un estilo conciso en formas pero muy potente en cuanto a contenido; donde como pocos retrataba a sus protagonistas en conjunto con los densos ambientes del sur. Su impronta fue de una dimensión tal que sus escritos alimentaron el género que se dio a conocer como “gótico sureño”, por el que también transitaron literatos como Harper Lee, William Faulkner o Carson McCullers.

Frágil de salud, sus últimos años transcurrieron en una granja que gestionaba su madre, donde se criaban gansos, pavos reales y otras aves exóticas. Las  limitaciones causadas por su enfermedad no le impidieron seguir con la escritura, el contacto con amigos, ni tampoco sostener una extensa comunicación epistolar, lo que siguió haciendo hasta su deceso a los treinta y nueve años. En la actualidad, su obra es objeto de culto, siendo catalogada como una de las grandes voces estadounidenses del siglo XX.

El pasaje a continuación pertenece a uno de sus relatos más ponderados, Todo lo que asciende tiene que converger, en él madre e hijo se enfrentan cuando rememoran el pasado familiar y también el de la otrora clase floreciente sureña:

“…-Espérame. Vuelvo a casa para quitarme esta cosa de la cabeza y mañana lo devolveré. No estaba en mis cabales. Con estos siete dólares y medio podré pagar la factura del gas.

     Él la cogió violentamente por el brazo.

     -No lo vas a devolver. Me gusta.

     -Me parece que debo…

     -Cállate y disfruta de él –masculló Julian, más deprimido que nunca.

     Tal como está el mundo, es un milagro que podamos disfrutar de algo. Todo anda revuelto y nadie está en el lugar que le corresponde.

     Julian suspiró.

     Claro que –añadió ella-, si uno sabe quién es, puede ir a cualquier parte-. Decía esto cada vez que él la llevaba a la clase de adelgazamiento-. Casi todas las de la clase no son de los nuestros, pero yo puedo ser amable con cualquiera. Sé quién soy.

     -Les importa un pito tu amabilidad –replicó Julián, furioso-. Eso de saber quién eres solo vale para una generación. No tienes la más remota idea de cuál es ahora tu verdadera posición ni de quién eres.

     Ella se detuvo un momento y dejó que sus ojos lo miraran relampagueantes.

     Claro que sé quién soy, y si tú no sabes quién eres me avergüenzo de ti.

     -¡Otra vez!

     -Tu bisabuelo fue gobernador de este estado –afirmó ella-. Tu abuelo fue un rico terrateniente. Tu abuela era una Godhigh.

     -¿Quieres mirar alrededor y ver dónde estás ahora? –dijo él, tenso mientras con un gesto circular indicaba el barrio, cuya pobreza quedaba un poco disimulada por la oscuridad creciente.

     -Siempre eres quien eres. Tu bisabuelo tenía una plantación y doscientos esclavos.

     -Ya no hay esclavos –replicó él, irritado.

     -Estaban mejor cuando lo eran.

     Él refunfuñó al ver que su madre volvía a sacar el tema. Se precipitaba regularmente en él como un tren por una vía abierta. Él conocía todas las paradas, todos los cruces, todos los pantanos, y sabía el momento exacto en que la conclusión entraría majestuosa en la estación: <Es ridículo. No es realista, simplemente. Deben mejorar, eso sí, pero sin salirse de su sitio>.

     -Dejémoslo –dijo Julian.

     -Los que de veras me dan pena son los medios blancos. Menuda tragedia.

     -¿Quieres hacer el favor de dejarlo de una vez?

     -Supón que fuéramos medio blancos. Desde luego tendríamos sentimientos encontrados.

     -Yo ya tengo sentimientos encontrados –gruñó Julian.

     -Bueno, hablemos de algo más agradable. Recuerdo que de niña iba a casa del abuelo. En aquel entonces, la casa tenía una escalinata doble que subía al segundo piso; la cocina estaba en el primero. A mí me gustaba quedarme en la cocina por el olor que despedían las paredes. Solía sentarme con la nariz pegada al yeso y respiraba profundamente. En realidad, la casa pertenecía a los Godhigh, pero tu abuelo Chestny pagó la hipoteca y consiguió rescatarla. Pasaban dificultades, pero, con dificultades o sin ellas, nunca olvidaron quiénes eran.

     -Aquella mansión decrépita debía de recordárselo –masculló Julian.

     Nunca hablaba de la casa sin desprecio, y nunca pensaba en ella sin deseo. La había visto una vez, de niño, antes de que se vendiera. La doble escalinata se había podrido y derrumbado. Ahora unos negros vivían allí. Pero en la mente de Julian la mansión permanecía tal como la había conocido su madre. Surgía en sus sueños con frecuencia. Él estaba casi siempre en el amplio porche, oyendo el murmullo de las hojas de los robles, después avanzaba por el vestíbulo de altos techos hasta el salón contiguo y observaba las alfombras raídas y los cortinajes descoloridos. Pensaba que era él, no su madre, quien la había apreciado en su justo valor. Prefería aquella elegancia decadente a cualquier otra cosa en el mundo que conociera y por eso todos los barrios en que habían vivido fueron un tormento para él, mientras que su madre apenas notó la diferencia. Ella calificaba su sensibilidad de <saber adaptarse…>”     

El libro como pasaje a la libertad

A muchos centros se los conoce eufemísticamente como “correccionales”,  cuando es conocida la dificultad que conlleva darle un nuevo sentido a la vida a aquellos que están recluidos en las prisiones. Algunos estudiosos del sistema carcelario exponen que son instituciones que solo sirven para que los jóvenes que hayan delinquido se “profesionalicen”, mientras que los mayores tienen la oportunidad de establecer nuevas alianzas a futuro. Aun así hay quienes no se dan por vencidos y persisten en su intento de aportar al sistema, introduciendo cambios que no son innovadores pero que se habían dejado de implementar; es el caso del servicio penitenciario chileno, quienes han vuelto a diseminar bibliotecas por sus centros. Los resultados son alentadores, por lo que se espera completar la implantación en la mayoría de prisiones. Solo basta ver los efectos que provoca la iniciativa, mientras se les abren otras posibilidades a priori impensadas para los que están recluidos. El video a continuación ilustra al respecto: 

(Realización del video a cargo de La Tercera de Chile)

La frase

  “La novela es una corriente de agua y el poema es un coágulo. La novela es combinar                     memoria e imaginación, exige unas posaderas de acero y dedicarse muchas horas. El poema     no se sabe nunca de dónde viene, y requiere de una intensidad de lenguaje con sus propias       bases semánticas”        ( Valentí Puig )

Fred Vargas, el comisario Adamsberg y su brigada criminal

Su seudónimo literario parecería más apropiado para un “chicano” de algún estado del sur de los Estados Unidos, pero que en este caso pertenece a la escritora francesa Frédérique Audoin-Roizeau (París, 1957), conocida por el público como Fred Vargas;  nombre ficticio que tomó prestado de su hermana, la pintora Jo Vargas, y con el que ha alcanzado un espacio propio dentro del mundo de las letras.

Con una formación universitaria en disciplinas como historia y arqueología de fósiles animales, desarrolló su inclinación por la literatura de ficción dentro del género de la novela policíaca, con títulos como Los tiempos del amor y de la muerte, y en particular, con Los que van a morir te saludan. También con sus series, como los de la denominada de Los Tres Evangelistas, formada por: Que se levanten los muertos; Más allá, a la derecha; Sin hogar ni lugar; y con la docena de relatos que conforman la saga del comisario Adamsberg, con títulos como El hombre de los círculos azules; Bajo los vientos de Neptuno o El ejército furioso.

Vargas además ha escrito ensayos, y sus obras fueron adaptadas para la pantalla grande y para la televisión con buena aceptación. Sus textos han sido traducidos a varias lenguas y su autora reconocida con varios galardones: el premio novela negra del Festival de Cognac (Francia), el Deutscher Krimipreis (Alemania), y el Premio Negra y Criminal (España). Finalmente en el año 2018 le fue otorgado el Princesa de Asturias de las Letras; en el que el jurado destacó que sus historias “combinan la intriga, la acción y la reflexión con un ritmo que recuerda la musicalidad característica de la buena prosa en francés”.

El fragmento a continuación, de la serie del comisario Jean Baptiste Adamsberg, pertenece a Tiempos de hielo, en el que el personaje central comparte protagonismo con los otros miembros de su brigada por igual, en un perfecto equilibrio y sin que intervención del oficial en jefe a cargo, acapare mucha mayor participación en el relato, conformando una verdadera confluencia coral en cuanto a voces se refiere:

“…Adamsberg cogió el teléfono, apartó una pila de dosieres y apoyó los pies en la mesa, reclinándose en el sillón. Apenas había dormido esa noche; una de sus hermanas había contraído una pulmonía, Dios sabe cómo.

   -¿La mujer del 33 bis? –preguntó-. ¿Venas abiertas en la bañera? Y ¿por qué me jodes con esto a las nueve de la mañana, Bourlin? Según los informes internos, se trata de un suicidio probado. ¿Tienes dudas?

   Adamsberg le tenía aprecio al comisario Bourlin. Gran comilón gran fumador gran bebedor, en erupción perpetua, viviendo a toda máquina, siempre al borde del abismo, duro como una piedra, y rizado como un corderito, era un resistente digno de respeto que a los cien años seguiría al pie del cañón.

   -El juez Vermillon, el nuevo y diligente magistrado, se me ha pegado como una verdadera garrapata –dijo Bourlin-. ¿Sabes lo que hacen las garrapatas?

   -Sí, lo sé perfectamente. Si te encuentras un lunar con patas, es que es una garrapata.

   -¿Y qué hago?

   -Te la arrancas girándola con una mini palanca. No me digas que me llamas para eso.

   -No, es por el juez, que no es otra cosa que una enorme garrapata.

   -¿Quieres que lo arranquemos juntos con una enorme palanca?

   -Quiere que archive el caso, y yo no quiero archivarlo.

   -¿Tus motivos?

   -La suicida, perfumada y con el pelo lavado esa misma mañana, no dejó carta.

Con los ojos cerrados, Adamsberg dejó que Bourlin le devanara la historia.

   -¿Un signo incomprensible? ¿Cerca de la bañera? ¿Y en qué quieres que te ayude?

   -Tú, en nada. Quiero que me mandes la cabeza de Danglard para que lo vea. Puede que él sepa descifrarlo, no se me ocurre nadie más. Al menos, me quedaré con la conciencia tranquila.

   -¿Solo la cabeza? ¿Y qué hago con su cuerpo?

   -Haz que el cuerpo la siga como pueda.

   -Danglard no ha llegado todavía. Ya sabes que tiene sus horarios, según los días. Es decir, según las noches.

   -Sácalo de la cama, os espero allí a los dos. Una cosa, Adamsberg, el cabo que me acompañará es un joven panoli. Tiene que adquirir pátina.

   -Instalado en el viejo sofá de Danglard, Adamberg sorbía un café bien cargado mientras esperaba que el comandante acabara de vestirse. Le había parecido que la solución más rápida era ir a su casa a sacarlo de la cama y meterlo directamente en su coche.

   Ni siquiera tengo tiempo de afeitarme –gruñó Danglard, inclinando su blando corpachón para mirarse en el espejo.

   -No siempre llega afeitado al despacho.

   -El caso es diferente. Me esperan en calidad de experto. Y un experto se afeita.

   Adamsberg inventariaba sin querer las dos botellas de vino en la mesita baja, el vaso caído en el suelo, la alfombra todavía húmeda. El vino blanco no mancha. Danglard había debido dormirse directamente en el sofá, sin preocuparse esta vez de la escrupulosa mirada de sus cinco hijos a quienes criaba como perlas de cultivo. Los gemelos habían volado a un campus universitario y ese vacío familiar no mejoraba las cosas. Pero quedaba el pequeño, el de los ojos azules, el que no era de Danglard y que su mujer le había dejado siendo un bebé cuando se largó, sin mirar atrás siquiera, por el pasillo, como ya había contado cien veces. El año pasado, aún a riesgo de romper con Danglard, Adamsberg había asumido el papel de torturador al llevarlo a rastras al médico, y el comandante había esperado el resultado de los análisis como un zombi ebrio. Análisis que se habían revelado irreprochables. Hay tipos especialistas en librarse por los pelos, nunca mejor dicho, y no era esta la menor de las cualidades del comandante Danglard.

   -¿Me esperan para qué exactamente? –preguntó Danglard ajustándose los gemelos-. ¿De qué se trata? De un jeroglífico, ¿es eso?

   -Del último dibujo de un suicida. Un signo indescifrable. El comisario Bourlin está muy fastidiado, quiere entenderlo antes de archivar el caso. Tiene al juez encima como una garrapata. Una garrapata muy gorda. Solo tenemos unas horas.

   – Ah, es Bourlin –dijo Danglard relajándose, al tiempo que se alisaba la chaqueta-. ¿Teme un ataque de nervios del nuevo juez?

   -Como buena garrapata, teme que le escupa su veneno.

   -Como buena garrapata, teme que le inyecte el contenido de sus glándulas salivales –lo corrigió Danglard ajuntándose la corbata-. Nada que ver con una serpiente o una pulga. La garrapata, por lo demás, no es un insecto, es un arácnido.

   -Eso es. Y ¿qué piensa usted del contenido de las glándulas salivales del juez Vermillon?

   -Francamente, nada bueno. Dicho esto, no soy experto en signos abstrusos. Soy hijo de mineros del norte –recordó el comandante con orgullo-. Solo sé alguna cosilla suelta.

   -Y sin embargo, lo espera. Por su conciencia.

   -No cabe duda de que, para una vez que voy a servir de conciencia, no puedo perdérmelo…”