«Una biblioteca cumple con la función de estar juntos de manera gozosa, lúdica, descubriendo cultura. El hecho de que sea un lugar de convivencia. Todos hablan ahora de las redes sociales; la gente esta viviendo de manera excéntrica, pegada a su pantallita, como si el resto del mundo no existiera. Pero la biblioteca te invita a estar juntos físicamente, discutir y, por el momento, escapar del tiempo y el espacio cotidiano» (Mario Bellatin)

Claire Keegan, con el peso que arrastra la historia

En la obra de la autora irlandesa subyace el pasado reciente de su país, sus luchas, sus anhelos y sus conquistas como sociedad en el tiempo del determinante último siglo

En The Davil’s Own, en muchas traducciones La sombra del diablo, película del año 1997 dirigida por Alan Pakula, un policía de origen irlandés (Harrison Ford), recibía en su casa en los Estados Unidos a un joven (Brad Pitt) recién llegado este de su Irlanda natal. En realidad, un miembro de los denominados `durmientes´ del IRA (Ejército Republicano Irlandés) quien, supuestamente corto de medios, aparentaba necesitar ayuda para establecerse en el país.

Allí, en Boston, mientras el joven se iba integrando a la familia del policía, iba aprendiendo las costumbres de la sociedad de adopción. Mientras que, toda vez y ante el pensamiento positivista de su protector, el supuesto emigrante le iba transmitiendo que la suya no era una historia americana y que no compartía su positivismo. Ya que, según sus convicciones, Irlanda es una sociedad conformada por un tejido humano mayoritariamente rural que acarrea un pasado de años de postergación, tutelado de cerca como lo fue durante siglos por el protestante ejército inglés. 

En el caso de la escritora, nacida en el condado de Wiklow en 1968 quien, como buena oriunda de la ‘isla verde’, lleva como un estigma en sus tramas la inexorable pátina de la historia irlandesa. Ella misma, proveniente de una zona eminentemente campesina y católica quien como muchos de sus paisanos, decidió tomar el camino de la migración hacia los Estados Unidos; en su caso, para estudiar en la Universidad de Loyola, en la sureña ciudad de Nueva Orleans. Fue allí donde tuvo oportunidad de presentar en sociedad algunos de sus relatos. Aunque ella, una vez finalizadas sus clases, tomó la decisión de hacer el camino de regreso y hacer de nuevo el gran salto para completar sus estudios, esta vez en la Universidad de Gales en el Reino Unido.

Mientras, sus cuentos fueron tomando cuerpo y difusión, hasta llegar a ser publicados en la revista The New Yorker, y otros en la conocida The Paris Review. Los que fueron finalmente editados y agrupados bajo títulos como Antártida o Recorre los campos azules.

Aunque la autora ha incursionado también en el género de la novela: Foster, Tres luces, Pequeñas cosas como estas, esta última llevada a la gran pantalla con el protagónico de su compatriota Cillian Murphy y del estadounidense Ben Affleck, este último en el rol de productor.

Toda esta creatividad literaria no ha pasado desapercibida; como resultado la autora se ha hecho acreedora al Premio Siegfried Lenz y el Premio Rooney de Literatura Irlandesa, entendiendo al otorgarlos que los relatos de la autora son un fresco del país insular. Historias que -a salvedad de algunos términos puntuales- bien podrían destacarse por su total atemporalidad, toda una metáfora de la Irlanda contemporánea.

El pasaje siguiente pertenece al relato que da nombre a uno de sus libros más conocidos, Recorre los campos azules:

   “-Hola, padre -dice Miss Dunne, una mujer robusta, con un vestido multicolor-. Fue una ceremonia decorosa. Usted la hizo corta y agradable.

   Esa es la parte fácil, Miss Dunne. Espero que ahora sean felices.

   Solo el tiempo lo dirá -responde ella-. Podría Adelantarse a los acontecimientos.

   El sacerdote sonríe.

   -¿Le ofrezco algo para beber?

   -No -dice Miss Dunne-. Nunca bebo -agrega cruzándose de brazos.

   -¿Nunca?

   -No. Nunca. Si no sabe por qué, quédese hasta que se haga de noche.

   -¿Querrá un refresco?

   -No -responde-. Esperaré a la cena.

   El sacerdote se da cuenta de que ella está a gusto ahí, sola. Va al bar y pide un whiskey caliente. La camarera suspira y enciende una tetera eléctrica, corta una rodaja de limón con clavo, introduce una cucharita en un vaso vacío. El sacerdote mira hacia el gentío y espera que caiga alguien. Mayormente son mujeres las que le hablan. Allí hay personas a quienes les gustaría hablarle. Hay otras que le deben dinero.

   Mrs Jackson, la madre del novio se acerca. Tiene colores subidos, que contrastan con su vestido lila. Se saca el sombrero y, no sabiendo dónde dejarlo, se lo vuelve a poner.

   -¿Adónde iba a ir con esto? -dice-. Una vieja como yo.

   Es el antiguo juego que a él solía gustarle y del cual se cansó: se tiran a menos, de modo que él pueda halagarlas con facilidad. Siempre buscando un cumplido.

   -Quiere dejar eso -dice él-. ¿No ve que luce maravillosa?

   -Dios nos asista, padre, pero usted sabe poco de esto -dice la mujer, una pulgada más alta que antes.

   -Qué fácil darse cuenta de que es un sacerdote -dice la sobrina de Mrs Jackson-. Un hombre nunca diría eso -agrega estudiando el salón, claramente decepcionada por los hombres que hay allí.

   Mrs Jackson deja pasar la observación.

   -Bueno, al menos ya hay algo hecho. Ahora me queda solo uno y, Dios sabe, puede que quede con él hasta el fin de mis días.

   -¿No cree que se casará?

   -¿Quién lo querría? Una verdadera lata, eso es lo que es. Todo trabajo y todo juerga. Nada en el medio.

   -¿Quiere una bebida, Mrs Jackson?

   -No -responde ella-. Dios santo, saldré a ver cómo marcha la comida.

   Una joven que no es de la parroquia, está apoyada en la barra, esperando que le sirvan. Se apoya en el peluquero, quien contempla su vaso.

   -¿Qué diría usted, padre? ¿El vaso está medio lleno o medio vacío?

   -Está como a usted le parezca -responde el sacerdote.

   -Bueno, no sé qué han estado bebiendo -dice la mujer-, pero seguramente no puede ser una cosa sin que sea la otra.

   El peluquero frunce el ceño y luego registra lo que dijo la joven.

   -Mujeres -dice, meneando la cabeza-. Las mujeres siempre tienen una respuesta.

   Una niña del cortejo pasa corriendo, arrastrando más niños. El whiskey caliente lo tranquiliza, le recuerda las noches invernales de su juventud. Comienza a pensar en Navidad y en su madre, en cómo ella servía la cerveza negra en el pudín y lo hacía revolver, lo hacía desear. Sin obligarlo, lo había alentado al sacerdocio. Una vez, cuando era monaguillo, estaba en la sacristía y se permitió pasar la mano por sobre la sotana, la sobrepelliz. La luz invernal se teñía sobre la alta ventana y en la capilla el coro estaba practicando ‘Grande Tú eres`. En ese momento sintió abrirse el camino, pero no hay tiempo para demorarse en esas cosas. Lawlor, el padre de la novia, se había acercado serio, serio, y le daba un apretón de manos. El sacerdote siente el dinero en la palma.

   -Algo por sus molestias -dijo Lawlor en voz baja.

   -Gracias -aceptó el sacerdote-. Fue un placer.

   Lawlor es un viudo con doscientos acres camino a Carlow. La corbata de seda está perfectamente anudada, sus rayas hacen resaltar el rojo oscuro de la trama del traje. Es un hombre conocido por su buen gusto, agradable. Mira al novio, al otro lado del bar, que tiene la cabeza inclinada, oyendo algo que otro hombre está diciendo.

   -¿Cree que el hermano del novio aguantará de pie? -pregunta Lawlor.

   -¿No van a servir pronto la cena? -dice el sacerdote.

   -Lo hemos arreglado, así que no tendremos que estar haciendo tiempo. Nos estarán llamando en cualquier momento -dice y se vuelve en silencio, para contemplar de nuevo al novio-. Cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza, uno no puede interponerse en su camino. Es mejor salirse del medio.

   -Las cosas tienen su propio modo de arreglarse- lo consuela el sacerdote.

   -Algunas, sí -dice Lawlor, dejando caer la cabeza, tocando el taburete con la punta de su gran zapato lustrado-. Uno tiene que apartarse y dejarlos, dejar que cometan sus propios errores. Ese es el problema. Y si uno no se mete en ese problema, se busca más.

   La muchacha que estaba sirviendo el ponche va hasta el bar con un gong.

   -¡Por favor, tomen asiento! ¡Damas y caballeros! ¡Se va a servir la cena!

   Hay una oleada de sorpresa. Las mujeres buscan sus carteras. Los bebedores se dejan llevar por el pánico y piden otra ronda. Hay un tránsito paulatino hacia el salón de baile, donde se han dispuesto las mesas.

   -Si llegara a necesitarme -dice el sacerdote-, sabe dónde estoy.

   -Espero no tener que llamarlo -dice Lawlor.

   -De cualquier manera, llámeme -dice el sacerdote-. La mayor parte de las noches estoy en casa.

   En el baño de caballeros, parado frente al espejo, se lava las manos y se peina, sacándose el cabello de la frente. Le está creciendo rápido, le cae sobre los ojos, aunque la última vez que fue al peluquero se lo cortaron mucho. Donald Jackson, el padrino de bodas, llega, se inclina contra la pared y orina. El chorro es largo y hace ruido contra los azulejos. Se da vuelta antes de guardar la pija. Es una pija grande y le cuesta volvérsela a meter adentro de los pantalones alquilados.

   -Lindo adorno, ¿no, padre? -dice-. Casi como el suyo.

   -¡Basta! -grita Kennedy, quien a tirado la cadena y sale del cubículo-. No hay necesidad de eso. ¿Quieres guardar esa cosa? -dice un tanto divertido-. No le preste atención a ese canalla, padre. No le haga caso.

   Al salir, el sacerdote oye risas. Hubo un tiempo, no hacía mucho, en que ellos habrían esperado hasta que él no hubiese podido oír…”

«Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado; contamos ciento siete camellos. Un muchacho se nos acercó y nos pidió una moneda. Su cara era de un color azul oscuro, al igual que sus ropas; era arriero y, por su apariencia, uno de los ‘hombres azules’ que viven al sur del Atlas. El color de sus vestidos, así se nos había dicho, se trasmite a la piel, y, de este modo, todos, hombres y mujeres, son azules, la única raza azul» (Elias Canetti – del relato Mis encuentros con camellos)

«Hay muchas otras vidas que podríamos haber vivido. Nacemos con un millón de posibilidades pero, a medida que crecemos, el tiempo, que es un jardinero loco, nos va podando los brotes y nos vamos quedando con un único vástago que es nuestra vida, que, por muy grande que sea, siempre es muy pequeña» (Rosa Montero)

Karen Blixen, con África siempre bajo su piel

Decidió alejarse de la vieja Europa y de la clase a la que pertenecía para intentar encontrarse a sí misma, rodeada de gente sencilla y en cercanía con la naturaleza

Qué amante del cine no recuerda a Robert Redford en el papel de Denys Finch-Hatton cuando, en uno de sus primeros vuelos a bordo de su avión, mostraba las bellezas de la sabana africana a una más que asombrada Karen, interpretada por Meryl Streep? Y es que la historia surgida del libro de experiencias de la autora danesa (Rungsted, 1885 – 1962), hace tiempo que ha calado profundamente en varias generaciones de lectores y espectadores de todo el mundo, convirtiendo a la novela en un clásico de la literatura contemporánea.

Blixen era una aristócrata que quería dejar atrás a la vieja Europa para buscar nuevas experiencias cercanas a la naturaleza, y para ello eligió establecerse a comienzos del siglo pasado en tierras de Kenia, en ese momento, un dominio perteneciente a la corona británica. Allí y desde el comienzo mismo decidió empaparse con las costumbres del lugar, y saber más de los pueblos que habitaban esa región africana. Así, mientras se interiorizaba de los métodos para la producción de la plantación cafetalera de su propiedad, iba aprendiendo el dialecto suajili, hecho que la llevó a ganarse el respeto de propios y ajenos. Descubrió luego su habilidad para el manejo de armas de defensa y la también para la caza, y desplegó una personalidad con tanto arrojo y decisión que los locales la terminaron por apodar “la hermana leona”.

Los años se fueron sucediendo mientras buscaba obtener el mejor rédito para su plantación, hasta que un suceso la sacudió por completo: la muerte de Finch-Hatton cuando su avión se precipitó a tierra. A esta infausta noticia y debido a la caída mundial de los precios del café, no pudo evitar la bancarrota de su granja, hecho que la obligó a ponerla en venta y a decidir el regreso a su Dinamarca natal. Hechos que sin proponérselo dispararon aún más su inclinación hacia la literatura.

Fueron varios los géneros que abordó: novela, cuento o poesía, la colección de relatos Siete cuentos góticos y también sus Cuentos de invierno datan de este período. Libros que publicó bajo distintos seudónimos: Osceola, Pierre Andrézel o el más conocido de Isak Dinesen. Sus propias experiencias, sumado a los ajetreados tiempos que siguieron a la primera confrontación bélica mundial, fueron temas que la decidieron para volcarlos en sus tramas. A ello se sumó la posterior publicación de sus obras en los Estados Unidos, lo que le dieron una dimensión como escritora alcanzable para unos pocos.

Aunque el peso de lo vivido en África la seguiría acompañando hasta el final de sus días. Para ello volvió a volcarse nuevamente en la continuación de esos recuerdos y, por supuesto, relatar en sus historias la riqueza de los personajes que la acompañaron en todos esos años. Esta vez bajo el título Sombras en la hierba, donde vuelven a emerger situaciones, anécdotas y sensaciones de un pasado aún muy vívido bajo su piel.

De Sombras en la hierba el texto continuación:

   “Durante la guerra y en los primeros años que siguieron no desembarcaron más colonos. Pero en los años que siguieron a continuación se inició en Inglaterra una enérgica campaña propagandística en torno a las excepcionales posibilidades económicas de la colonia de Kenia bajo el lema de una <colonización más densa>. De aquí surgió una nueva clase de colonos, gentes que no habían salido de Inglaterra, donde habían nacido y vivido en un pueblo o aldea y cuyo extraño provincianismo contrastaba con la condición de los indígenas africanos, siempre abiertos a todos los influjos. Asimismo, se concedieron parcelas de tierra a suboficiales británicos, la mayoría de los cuales eran gente de ciudad que en la soledad de los grandiosos paisajes estimaban que no se les había dado todo cuanto se les prometiera. Desde el punto de vista de la emigración, me decía yo, nunca sería Kenia una zona de grandes posibilidades dada la altitud y su clima, que impedían el trabajo manual de los blancos. La primera vez que llegué al país había unos 5000 blancos y yo juzgaba que podía dar cabida a un número diez veces mayor. Pero entonces, según me dijeron, Australia, Nueva Zelanda y Canadá podían a su vez acoger de 50 a 100 millones. Y desde el punto de vista del país mismo, <verdadero hogar de mi corazón>, una colonización blanca más densa suponía una dudosa ventaja, ya que era la calidad y no la cantidad de los colonos blancos lo que había que tener presente. Aún me asalta la risa, aunque creo que debería sonrojarme, cada vez que recuerdo haber escrito en aquellos tiempos a un alto personaje político de Inglaterra exponiéndole mis opiniones al respecto. No puedo menos de conmoverme al recordar que incluso me contestó con una nota cortés en la que no se comprometía a nada.

   Los recién llegados al país vieron que los somalís, sus primeros inmigrantes, eran altaneros e ingobernables, y tanto para mí como para mis amigos resultaban en general tanto más intolerables cuanto que no podíamos prescindir de ellos. Así ocurrió que, concretamente, nuestra primera sociedad de colonos – de un orgullo de casta igual al de los peregrinos de la Mayflower (*) – pudo llegar a caracterizarse por ser el grupo de europeos con criados somalís, para los miembros del cual una casa sin somalí hubiera sido como una casa sin luz. De este modo, Lord Delamere tenía a Hassan a su servicio, Berkeley Cole a Jama, Denis Finch-Hatton a Bilea, y yo a Farah. Dondequiera que fuésemos, éramos seguidos a distancia de metro y medio por aquellas sombras nobles, vigilantes y misteriosas.

   En nuestra jerga particular, Berkeley Cole y yo distinguíamos la respetabilidad de la decencia y clasificábamos a nuestros conocidos, tanto personas como animales, de acuerdo con esta doctrina. Para nosotros, los animales domésticos eran respetables, en tanto que los salvajes eran decentes, y sosteníamos que mientras que la existencia y el prestigio de los primeros derivaban de su relación con la comunidad, los otros estaban en contacto directo con Dios. Los cerdos y las aves de corral eran, según nosotros, dignos de nuestro respeto en cuanto que reintegraban lealmente lo que en ellos se invertía, y en cuanto que en las cosas más íntimas de su vida privada se conducían como era de esperar en ellos. Los veíamos en sus pocilgas y gallineros, esforzándose con perseverancia en la restitución de las inversiones hechas en ellos, cebándose dichosos, gruñendo y cacareando. Dejándolos allá en su ambiente acogedor y hogareño, volvíamos los ojos hacia el jabalí destructor, sin pizca de respeto, que erraba solitario, o a los gansos y patos salvajes, desvergonzados ladrones de granos indignos de todo miramiento, que cruzaban el cielo en su porfiado vuelo y cuyo itinerario sabíamos trazado por el dedo de Dios.

   Nosotros mismos nos considerábamos incluidos entre los animales salvajes, reconociendo con pesadumbre lo inadecuado de nuestra falta de prestación a la comunidad (y a nuestros acreedores hipotecarios), pero dándonos cuenta de que nos era de todo punto imposible, ni tan siquiera para granjearnos el favor de los que nos rodeaban, renunciar al contacto directo con Dios, que compartíamos con el hipopótamo y el flamenco. A una altura de cerca de tres mil metros nos sentíamos seguros y nos reíamos del afán que mostraban los recién llegados, las misiones, los hombres de negocios y el propio Gobierno, de convertir el África en un continente respetable…”

(*) Nombre del barco que transportó a los primeros peregrinos desde Inglaterra hacia América del Norte.   

«Cuando estoy solo en mi habitación, me pongo un parche negro de pirata sobre el ojo derecho. Con ese ojo veo, aunque, a decir verdad, bastante mal. Dicho de otro modo, mi ojo derecho no está del todo privado de visión. Por tanto, cuando quiero mirar nuestro mundo con los dos ojos, lo que percibo son dos mundos superpuestos: uno luminoso y claro, sorprendentemente nítido; el otro impreciso y sutilmente sombrío. Y a veces me ocurre que, andando por una calle bien pavimentada, me paro en seco, como una rata que acaba de salir de las cloacas, amenazado por una sensación de inseguridad y peligro»

<Texto del relato Agüi, el monstruo del cielo de Kenzaburo Oé>

Santiago Roncagliolo, en el relato breve

Como escritor ha tenido la oportunidad de incursionar con acierto en los géneros más variados, aunque tal vez sea en el cuento donde mejor se le vea reflejado

Para qué extenderse si se puede lograr con menos”, fue lo que Jorge Luis Borges respondió, ante las veladas críticas hechas hacia su persona y hacia la obra del eterno candidato al premio Nobel, por no haber escrito nunca una novela y sí, haber fundamentado su fama de escritor a través de sus innumerables cuentos.

En otro orden, es frecuente escuchar de boca de distintos editores de grandes sellos editoriales que, en general, “los relatos no venden”. A salvedad, eso sí, que sean varios los escritores que participen dentro de una misma colección, porque según los mismos responsables, “le otorgan mayor jerarquía al producto final” y, por tanto, más posibilidades de éxito comercial.

En la persona del escritor peruano (Lima, 1975) su producción literaria se ha extendido en los géneros más variados, el ensayo, el guion televisivo o cinematográfico, el cuento y también la novela. : Es el caso de Abril Rojo, historia reconocida con el premio Alfaguara, donde hace su primera aparición el personaje del fiscal Félix Chacaltana. Le siguen otras como El amante uruguayo, La cuarta espada, Memorias de una dama, y por último Pena máxima, de la que se hizo una película, y donde vuelve a hacer presencia el mencionado fiscal.

Graduado en Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú el peruano, con una historia de familia en la cual se incluye el exilio, ha tenido oportunidad de haber residido en varios países americanos; hecho que le ha deparado un cierto bagaje de circunstancias acopiadas en el lugar mismo donde se produjeron los hechos. Con una producción que no deja de agrandarse, en la medida en que su presencia es asidua en distintos medios de comunicación, haciendo también gala del periodismo de investigación, un género que le atrae de sobremanera. 

Quizás, producto de esas experiencias, su literatura se revalúa cuando se manifiesta a través del relato corto. A veces, publicados de manera individual, en otras, en conjunto con una selección de distintos escritores de origen americano; como por ejemplo la recopilación Latinoamérica Criminal, donde el género negro campea a sus anchas.

Del cuento La cara, el pasaje a continuación: 

   “-¿Es ella o no es ella?

   -No lo sé, doctor. Podría ser cualquiera.

   El fiscal Félix Chacaltana frunció el ceño. A lo largo de su carrera había levantado todo tipo de cadáveres: muertos conocidos y desconocidos, muchos de ellos indocumentados, algunos en avanzado estado de descomposición. Casi siempre había sido posible identificarlos con la ayuda de un pariente o amigo. Pero para el reconocimiento hacía falta que el cuerpo tuviese una cara. Y éste no la tenía.

   -Ojalá no sea ella -dijo el agente Basurto, moviendo la cabeza con preocupación-. Cantaba bien bonito, doctor.

   -<Canta>, agente. En presente. Hasta que no se certifique el deceso por escrito, la señora está oficialmente viva.

   -¿Y entonces quién es esta?

   El fiscal se encogió de hombros. Dentro del tráiler no se podía estar de pie, y los dos funcionarios estaban sentados frente al cuerpo inerte, a ambos lados de la mesita de café, como en un almuerzo campestre. Volvieron a mirar la masa sanguinolenta, esa mezcla informe de pelo, piel y huesos. En el lugar de ese moco rojo, horas antes había habido un rostro.

   -¿Con qué le han dado? -siguió preguntando el policía-. ¿Una piedra?

   -No creo. Una piedra es difícil de manejar. Y la víctima debe haberse defendido. Para hacer esto bien, hace falta un martillo.

   Chacaltana imaginó la punta del martillo hundiéndose en la carne, penetrando los globos oculares, quebrando los huesos del cráneo. Pero su mente volvió rápidamente hacia su problema principal: el procedimiento de identificación del cadáver. No recordaba ninguna especificación en el reglamento para un caso como éste. Y sin identificación, no podía cerrar el acta correspondiente. Odiaba dejar a medias los procedimientos administrativos.

   -¿Y no llevará un documento de identidad en algún bolsillo? -preguntó.

   -Ese traje no tiene bolsillos, pues, doctor -se rio Basurto, que de los procedimientos no sabía una palabra, pero debía ser una autoridad en vestuario folklórico.

   Los ojos del fiscal Chacaltana se posaron en el majestuoso vestido de la víctima: el corpiño de flores rosa y verdes, la pollera gigantesca y el pañuelo amarillo amarrado a los hombros. Después de matarla, el asesino se había tomado la molestia incluso de colocarle el sombre andino. Así que, aparte de la cara machacada a mazazos, la mujer lucía muy presentable.

   -La gente tiene que portar siempre su documento de identidad -regañó el fiscal-. Yo siempre lo llevo, para facilitar la labor de las autoridades en caso de ser víctima de homicidio, sea culposo o doloso.

   -Aah confirmó el policía, y los dos guardaron silencio un momento o miraron por la ventanilla, hacia la explanada llena de botellas vacías y colillas.

   Al fondo el escenario seguía colocado, pero sin luces, ni músicos, ni instrumentos, parecía desnudo. Eso le recordó algo al fiscal.

   -Las mujeres a veces guardan cosas en su ropa interior. ¿Y si lleva su DNI por ahí?

   -Puede ser.

   -¿Y si mira usted?

   -¿Yo?

   -Claro. ¿Usted no es policía?

   -Suboficial de tercera, doctor.

   -Ya, pues. Mire.

   -¿Quiere que manosee a una muerta?

   Los dos se volvieron hacia la susodicha, como si los hubiese sorprendido hablando mal de ella. Tenía un aire plácido, y el fiscal estuvo a punto de pedirle disculpas.

   -Quiero que cumpla con su deber -murmuró.

   -Doctor, con todo el derecho que me merece su persona en el aspecto profesional y humano, permítame recordarle que la occisa aquí presente tiene la complexión física de la señora Casilda Martínez Vilcas, lleva el traje de la señora Casilda Martínez Vilcas, fue hallada en el tráiler-camerino de la señora Casilda Martínez Vilcas, a cien metros de donde la señora Casilda Martínez Vilcas dio un concierto horas antes. ¿No podemos deducir que se trata efectivamente de la señora Casilda Martínez Vilcas?

   Usted no está aquí para deducir, oiga. Está aquí para investigar. ¿Y si el asesino quiere hacernos creer eso para confundirnos? ¿Y si la señora Martínez Vilcas está viva?

   -Ojalá, doctor. Porque era una mujer muy buena. Y cantaba bien bonito.

   -<Canta>, suboficial. Y ahora, revise.

   El policía se resignó. Trató de no mirar el cadáver a los ojos, o a donde habían estado los ojos, y, lentamente, acercó las manos al busto y las introdujo en el corpiño aprovechando las amplias mangas vaporosas. Estuvo revolviendo por ahí un buen rato, escudriñando la región del antepecho, hasta que exclamó:

   -¡Ajá!

   Volvió a sacar las manos y miró al fiscal Chacaltana con ojos triunfales.

   -Mire, doctor: un billete de cien soles. Con esto podemos irnos a almorzar…”

«El reloj de abajo dio las cinco. El perro no se callaba. El campesino enloquecía. Se levantó para ir a soltar al animal, para no oírlo más. Bajó, abrió la puerta, avanzó en la oscuridad. La nieve seguía cayendo. Todo estaba blanco. Los edificios de la granja formaban grandes manchas negras, El hombre se acercó a la perrera. El perro tiraba de su cadena. Lo soltó. Entonces ‘Devorador’ dio un salto, y después se paró en seco, con los pelos erizados, las patas tensas, mostrando los colmillos, con el morro vuelto hacia el estercolero. Antonio, temblando de pies a cabeza, balbució: <¿Qué tiés, condenado?>, y avanzó unos pasos, escudriñando con la mirada la sombra indecisa, la sombra apagada del corral. Entonces vio una forma, ¡una forma humana sentada en su estiércol! La miraba paralizado de horror y jadeante. Pero, de pronto, distinguió junto a sí el mango de su horquilla, clavada en la tierra; la arrancó del suelo y, con uno de esos arrebatos que vuelven temerarios a los más cobardes, se lanzó hacia adelante, para ver…»

<Texto del relato San Antonio, de la selección Cuentos de Guerra de Guy de Maupassant>

Harper Lee y la distintiva literatura del sur estadounidense

Pocas literaturas han logrado la repercusión y tienen un sello tan propio como la del sur del país norteamericano. Son muchos también los escritores que hasta el presente, han alimentado de distintas maneras las páginas de lo que se dio en llamar el Gótico Sureño: Tennessee Williams, Toni Morison, Wiliam Faulkner, Flannery O’Connor o Truman Capote, por nombrar solo algunos. En su mayoría, son historias que no dejan indiferente, y por ello son objeto de una reedición constante.

Este es el caso de Nelle Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926 – 2016), de la que acaban de cumplirse los diez años de su fallecimiento. Conocida por la premiada novela Matar a un ruiseñor, en su trama se mezclan elementos tan propios de este género como el naturalismo, los espacios abiertos, la violencia enraizada o la segregación. Tan característico a una extendida región de los Estados Unidos, con grandes extensiones que, hasta hace tiempos no muy lejanos, necesitaban de abundantes braceros para ser producidas. Hecho que extendió la pervivencia durante siglos del sistema de extracción esclavista. Obra que fue llevada al cine con el protagónico de Gregory Peck en el papel del abogado Atticus Finch; siendo reconocida con el premio Pulitzer de Ficción y luego premiada con los Oscars al mejor actor, a la dirección artística y al mejor guion adaptado.

Como muchos otros escritores autóctonos Lee sintió parte de esa atmósfera opresiva y, por consiguiente, la necesidad de ampliar sus horizontes y como otros, emigrar a una realidad diferente, en su caso, hacia las grandes ciudades de la costa noreste del país. Fue allí donde coincidió con un viejo conocido de juventud, Truman Capote. Aunque antes de esto, ya había hecho sus primeros acercamientos a la escritura desde la clásica revista editada en su instituto; y podo tiempo después ya comenzara a enviar sus escritos a revistas como The New Yorker o Harper’s Bazaar, a las que le siguieron Magazine o Vogue.

Trabajadora incansable y exigente consigo misma, fue el digno ejemplo de la escritora autodidacta, ya que nunca cumplimentó formación alguna respecto a su escritura. Tampoco fue amante de exposiciones en cuanto a su persona, ni de grandes agasajos, más allá de tener unos códigos muy propios en cuanto a su forma de presentarse y vestir.

Luego de años de la publicada su primera novela, anunció la entrega de una segunda: Ve y pon un centinela, la que se publicitó como la continuación de Matar a un ruiseñor, aunque no alcanzó tanta repercusión como esta. La escritora fue autora además de cantidad de relatos, muchos de ellos fueron encontrados a poco tiempo de su muerte.

El pasaje a continuación, donde se puede apreciar parte de esa atmósfera sureña, pertenece a uno de ellos: La tierra del dulce porvenir

   “Había sido un verano llevadero si su familia hubiera tenido a bien comunicarse con ella, pero su padre y su hermana estaban enfrascados hasta las orejas en una transacción de terrenos madereros, y a cualquier cosa que les dijera le contestaban absortos con bufidos benévolos, que se cargaban de indignación si se empañaba en tirar del hilo con cualquier estratagema para captar la atención dos minutos seguidos. Las personas a las que había jurado lealtad eterna en la sociedad secreta de la infancia se habían casado hace tiempo y estaban criando niños, una tarea que parecía agotar todas sus energías y su imaginación. La generación anterior a la suya, con hijos a los que se les había pasado la edad de recibir una azotaina, dedicaba su tiempo a la adquisición de electrodomésticos. Ni siquiera podía recrearse con las vistas del pueblo: el Maycomb de su niñez era una cosa; el Maycomb de hoy está salpicado de vulgaridad de neón y de cientos de casitas nuevas que un simple vendaval reduciría de un soplo a remolinos de escombros. Así que dedicaba el verano a las únicas instituciones que encontró más o menos inalteradas: el campo de golf de Maycomb, que cultivó en silencio durante tres meses, y la Iglesia metodista, donde iba cada domingo y cantaba los himnos a pleno pulmón.

   No hay nada como un himno de los que te hielan la sangre en las venas para hacerte sentir como en casa. Cualquier sensación de aislamiento que pudieran tener se había marchitado y perecido ante la visión de doscientos pecadores pidiendo de todo corazón verse sumergidos bajo la corriente redentora de un río de aguas carmesíes. Mientras elevaba hacia el Señor el fruto de los desvaríos del señor Cowper o afirmaba que era el Amor lo que la elevaba, Jean Louise fue partícipe del afecto que prevalece entre los muy diversos individuos que, durante una hora a la semana, se encuentran a bordo del mismo barco.

   Estaba del todo desprevenida para lo que ocurrió nada más finalizar la colecta, el domingo antes del viernes que debía volver a Nueva York. Los metodistas de Maycomb cantaban la llamada Doxología; de ese modo le ahorraban al ministro el esfuerzo de inventar otra plegaria mientras se pasaba el cepillo, dado que para entonces ya había pronunciado tres saludables invocaciones al Señor. Desde los recuerdos eclesiásticos más tempranos de Jean Louise, Maycomb había cantado la Doxología de una manera, y solo de una: <Alabemos / a Dios / de quien / manan / todas / las bendiciones>, una versión tan arraigada en el metodismo sureño con el ritual del servicio fúnebre. Ese domingo, la congregación se estaba aclarando inocentemente la garganta para cantarla a coro, como correspondía, cuando, de sopetón, la señora de Clyde Haskew se puso a tocar el órgano:

             AlabemosaDiosdequienmanan / todaslasbendicio / nes,

                       Alábenletodaslascriatu / rasdelatie / rra.

                    Alábenleenloalto / oh / huestescelestia / les.

                  AlabadoseanPadre, / HijoyEspí / rituSan / to.

   Tal fue la confusión que siguió que, si el arzobispo de Canterbury se les hubiera aparecido de pronto vestido con toda su parafernalia, Jean Louise no se habría sorprendido lo más mínimo: los fieles, que no habían advertido ningún cambio en la interpretación que la señora Haskew llevaba haciendo toda la vida, entonaron la Doxología hasta el final como estaban acostumbrados, mientras la señora Haskew la embalaba, frenética, como si aquello fuera la catedral de Salisbury.

   Lo primero que pensó Jean Louise fue que Henry Hackett se había vuelto loco. Henry Hacket era el director musical de la Iglesia metodista de Maycomb desde que ella tenía uso de razón. Aquel hombre bueno y grandullón, provisto de una suave voz de barítono, dirigía un coro de solistas reprimidos y poseía una memoria infalible para recordar cuáles eran los himnos favoritos de los superintendentes del distrito. En las diversas guerras eclesiales que formaban parte intrínseca de la fe metodista, se podía contar con que Henry sería el único que mantuviera la calma, dando consejo cuando se le requería y reconciliando a los elementos más primitivos de la congregación con la facción revolucionaria. Había dedicado treinta años de su tiempo libre a la Iglesia, y esta le había recompensado hacía poco con un viaje a un campamento musical metodista en Carolina del Sur…”