Aquellas caravanas del desierto que prestaban libros

En el equipaje de los caravaneros que lideraban el comercio en el Sáhara viajaban manuscritos que se dejaban en los oasis para que los pobladores locales pudieran copiarlos. Una exposición fotográfica de Miguel Lizana rescata la labor de conservación de esos textos en la ciudad mauritana de Chinguetti

Abdullah Ould Ghoulan, bibliotecario de la Biblioteca Habott de Chinguetti. Abdullah Ould Ghoulan, bibliotecario de la Biblioteca Habott de Chinguetti. Miguel Lizana (AECID)

Ellos conocen esas dunas que van por la mitad de la tapia, llegando poco a poco a la altura de la ventana, que mecen tanto como amenazan. Son otras, pero hermanas de aquellas que sepultaron la primera ciudad fundada en el siglo VIII, que perteneció al imperio almorávide y se extendía desde Castilla hasta Senegal.

Los habitantes de Chinguetti, ciudad a unos 500 kilómetros al Este de Nuakchot, la capital mauritana, conviven con las dunas silvestres en medio del Sáhara y saben que no hay manera de domesticarlas. El desierto es un arte de vivir y Chinguetti, abandonada varias veces por sus habitantes, va por la tercera fundación. Esta vez podría ser la vencida: al menos, por ahora, nadie quiere abandonar a nadie. De ahí el valor de rescatar este vínculo entre los ciudadanos actuales de Chinguetti, su entorno y sus antepasados caravaneros, a través de los libros que dejaron en herencia. De esto trata la exposición de Casa África, El corazón y el cálamo. La ciudad, los manuscritos y las familias, que integra fotografías de viaje y un reportaje audiovisual de Miguel Lizana (Zaragoza, 1970).

“He estado en varios lugares del mundo con otros ritmos, pero este es particular, también las interacciones que aquí se dan”, confiesa Lizana. El proyecto consistía en documentar este viaje, de un par de años atrás, que formaba parte del programa Patrimonio para el Desarrollo de la Cooperación Española (AECID), para visitar a aproximadamente diez familias de Chinguetti y a otras diez de Oudane, que se han formado en restauración, digitalización y conservación de antiguos manuscritos que les fueron legados por sus ancestros.

Didi Bahah en la sala de la Biblioteca Hamoni, cuya colección está conservada en archivadores que protegen los manuscritos del polvo y La luz. Tras la formación ofrecida por AECID, están comenzando a realizar cajas de conservación con cartón especial, para mejorar la protección de los manuscritos.

En Chinguetti, una de las cuatro ciudades caravaneras de Mauritania inscritas en el Patrimonio Mundial de la UNESCO, hay algunas de estas revitalizadas bibliotecas que ya están abiertas al público. Contienen tablas, antiguos textos religiosos y libros (los más antiguos datan del Medioevo) sobre astronomía, matemáticas y otras disciplinas, que se transportaban y se prestaban o se copiaban en las paradas de esas largas travesías trans-saharianas. Lejos de ser una frontera, el Sáhara fue un continuum comercial y cultural, en el que el tráfico caravanero conoció diversas épocas y trazó distintos recorridos, hasta su declive, cuando la conquista de América trastocó los términos del intercambio internacional, con el descubrimiento de nuevas materias primas o la excesiva disponibilidad de las ya conocidas, y que Europa pasó a conseguir casi gratuitamente al otro lado del Océano.

En África, aquel trasiego de dromedarios guiados por hombres velados, con similares telas a las que hoy siguen envolviendo sus rostros y sus cabezas contra el aire de sol y arena, se hacía parsimoniosamente, con paradas de largos días y noches en los oasis. Eran tiempos en que el oro se cambiaba por sal y los peregrinos traían novedades de Oriente. “Ellos llevaban aceite, tejidos, especias, y también libros que, a veces, dejaban en el palmeral para que los escribas locales o de las caravanas de otras tribus los copiaran y pudieran conservar copias en sus diminutas viviendas de adobe, al abrigo del sol. Su forma de conservar los libros tiene que ver con el modo en que viven: colocan los libros en hendiduras minúsculas, que son como estantes en la pared, y los guardan uno por uno. Es llamativo para alguien que viene de otro contexto”, explica el fotógrafo. Hoy en la ciudad cuentan con un espacio de tratamiento y reprografía, especialmente habilitado para que cada familia pueda reagrupar sus libros en posesión de sus parientes, limpiarlos de polvo y termitas, tratarlos, escanearlos y mantener los originales en sus propias bibliotecas.

Mujeres caminando por la ciudad antigua de Chinguetti, que conserva el trazado urbano característico de las ciudades caravaneras y la técnica constructiva tradicional de casas de piedra. Miguel Lizana (AECID)

Son miles de manuscritos de peregrinos y mercaderes censados hasta el momento. En algunas de aquellas antiguas paradas, la falta de tiempo obligaba a copiar el libro entre varias personas, con una técnica llamada twiza, que permitía tener un largo texto transcripto en pocos días. En la pieza documental que acompaña la muestra, uno de los protagonistas de esta epopeya bibliófila del presente, Didi Babah, reseña, además, el conjunto de utensilios valiosos que también se conservan de los tiempos en que las caravanas de camélidos dominaban las rutas del mercado en el Norte de África, entre ellos, la goma arábiga, las vainas de acacia o salaha –para los curtidos– y el unkil, que era una piedra con la que se conseguían diferentes colores para iluminar los manuscritos.

Sin duda, más allá de la pertinencia de las acciones de cooperación, son los pobladores locales más comprometidos con su herencia cultural los partícipes necesarios de este tipo de rescates. En este caso, resultaba esencial que las familias propietarias de los manuscritos árabes y andalusíes tuviesen confianza en el proyecto para poder iniciar esta nueva época de la ciudad, marcada por la misión de la conservación de la memoria escrita. Para alejar los fantasmas del éxodo y hacer espacio entre la arena de las dunas que todo lo entierran.

(El texto pertenece a Analía Iglesias y fue reproducido en el diario El País de España)

Truman Capote, la sofisticación de Tiffany’s y la fría sangre de Kansas

La colorida Nueva Orleans le vio nacer en el año 1924, y fue también la ciudad que le vio transitar por sus calles durante muchos momentos de soledad a lo largo de su adolescencia. Allí, en el profundo sur americano, tuvo sus primeras experiencias con la autoría literaria hasta constituirse en un escritor precoz, a punto que a los 17 años de edad fue contratado como colaborador por la reconocida revista The New Yorker.

Mientras el autor iba fogueándose con diferentes artículos en el género periodístico seguía con su quehacer literario, volcándose en una producción de relatos breves. Hasta que le llegó el momento de producir la que fue su primera novela: Otras voces, otros ámbitos, texto en que la trama se sumergía en el delicado tema de la homosexualidad.

Poco tiempo después publica un nuevo conjunto de relatos y uno de ellos: Shut the final door (Cierra la puerta final) recibe el Premio O. Henry y con ello, el reconocimiento a su persona. Quizás fruto de la nueva situación o de considerarlo un tiempo ya perimido, decide desvincularse por completo de la revista editada en “la gran manzana” para lanzarse a la escritura de su ficción Desayuno en Tiffany’s que encumbra al estadounidense, más aún cuando de ella se hace una acertada versión cinematográfica con la actriz Audrey Hepburn, en la cumbre de su carrera, como protagonista.

Luego retoma en parte su experiencia periodística para lanzarse a escribir en lo que con posterioridad se daría a conocer como Nuevo periodismo, por el que en ese entonces ya transitaban otros escritores como Norman Mailer o Tom Wolfe. En él se combinan elementos verídicos con otros ficticios, para desembocar en una novela documentada denominada también de No ficción. Para componerla investiga durante cinco años, acopiando datos de un suceso criminal cuyas víctimas fueron toda una familia de Kansas. Se documenta en profundidad, visita el lugar mismo de los hechos, e incluso consigue dialogar en diversos encuentros en prisión con los individuos que habían llevado a cabo los asesinatos. Indaga también por las causas que motivaron la barbarie, y con todos los elementos da a luz la descriptiva A sangre fría, novela con la que a la postre generaría escuela, que terminaría de catapultar al autor sureño hacia el reconocimiento mundial.

Pero a pesar del éxito, implicado como estaba en los hechos y como luego el mismo admitiría, la experiencia le reporta un gran desgaste psicológico que le valdrá alejarse de la autoría durante años. Mucho tiempo después publicaría algunos relatos breves pero nada cercano a la que con posterioridad se convertiría en su gran obra maestra. Hasta el momento mismo de su temprana muerte en 1984, a los 59 años de edad.

El texto siguiente da comienzo A sangre fría:

“El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá». A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.

   Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí… es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso -BAILE-, pero ya nadie baila y hace varios años que el cartel no se enciende. Cerca, hay otro edificio con un cartel irrelevante, dorado, colocado sobre una ventana sucia: BANCO DE HOLCOMB. El banco quebró en 1933 y sus antiguas oficinas han sido transformadas en apartamentos. Es una de las dos «casas de apartamentos» del pueblo; la segunda es una mansión decadente, conocida como «el colegio» porque buena parte de los profesores del liceo local viven allí. Pero la mayor parte de las casas de Holcomb son de una sola planta, con una galería en el frente.

Cerca de la estación del ferrocarril, una mujer delgada que lleva una chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y botas, preside una destartalada sucursal de correos. La estación misma, pintada de amarillo desconchado, es igualmente melancólica: El Jefe, El Superjefe y El Capitán pasan por allí todos los días, pero estos famosos expresos nunca se detienen. Ningún tren de pasajeros lo hace… sólo algún tren de mercancías. Arriba, en la carretera, hay dos gasolineras, una de las cuales es, además, una poco surtida tienda de comestibles, mientras la otra funciona también como café… el Café Hartman donde la señora Hartman, la propietaria, sirve bocadillos, café, bebidas sin alcohol y cerveza de baja graduación (Holcomb, como el resto de Kansas, es «seco»).

   Y, en realidad, eso es todo. A menos que se considere, como es debido, el Colegio Holcomb, un edificio de buen aspecto que revela un detalle que la apariencia de la comunidad, por otro lado, esconde: que los padres que envían a sus hijos a esta moderna y eficaz escuela (abarca desde jardinería hasta ingreso a la universidad y una flota de autobuses transporta a los estudiantes -unos trescientos sesenta- a distancias de hasta veinticinco kilómetros) son, en general, gente próspera. Rancheros en su mayoría, proceden de orígenes muy diferentes: alemanes, irlandeses, noruegos, mexicanos, japoneses. Crían vacas y ovejas, plantan trigo, sorgo, pienso y remolacha. La labranza es siempre un trabajo arriesgado pero al oeste de Kansas los labradores se consideran «jugadores natos», ya que cuentan con lluvias muy escasas (el promedio anual es de treinta centímetros) y terribles problemas de riego. Sin embargo, los últimos siete años no han incluido sequías. Los labradores del condado de Finney, del que forma parte Holcomb, han logrado buenas ganancias; el dinero no ha surgido sólo de sus granjas sino de la explotación del abundante gas natural, y la prosperidad se refleja en el nuevo colegio, en los confortables interiores de las granjas, en los elevados silos llenos de grano.

   Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos -en realidad pocos habitantes de Kansas- habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo -doscientos setenta- estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria… trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb… con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientemente confiada como para no echar llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez… esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran…”

Libros y filmes, una relación no siempre correspondida

¿Leer primero la novela en que se basa una gran pieza cinematográfica y después ver la película o seguir el camino inverso? Toda obra es siempre única, pero los ecos entre narración e imágenes no dejan de alimentar la imaginación de todos

¿Qué hilo invisible une Doctor Zhivago (1965), de David Lean, con A pleno sol, de René Clément (1960)? ¿Y qué Lo que queda del día (1993), de James Ivory, con Sin lugar para los débiles (2007), de los hermanos Coen? La respuesta es simple: nada, sino que las cuatro películas están basadas en novelas que, al momento de ser convertidas en imágenes, ya tenían sobre las espaldas su buen número de lectores. La obra de Boris Pasternak -contrabandeado el manuscrito fuera de la URSS y publicada en Italia en 1957- había sacudido el equilibrio de la Guerra Fría; el policial de Patricia Highsmith colocó en escena a un psicópata cautivador que dejaría su marca en la literatura; la ficción de Ishiguro presentaba una exploración irónica de la psique de clase inglesa; el relato de Cormac McCarthy era un western contemporáneo, frenético e inclasificable.

La disyuntiva sobre la conveniencia de leer el libro o ver la película es ficticia, a condición de que el uno o la otra no sean tan mediocres que cancelen automáticamente el dilema. En los casos mencionados, quien leyó y después vio -o vio y después leyó, como ocurre con más frecuencia- no se habrá visto decepcionado. Los libros son notables y las películas, conscientes de que no son simples subsidiarias de su fuente de inspiración.

Mario Puzo y la zaga de Francis Ford Coppola: El Padrino

Los lazos entre literatura y película, en todo caso, se volvieron duraderos desde que el pionero D. W. Griffith se dio cuenta de que había una garantía productiva para el cine naciente en las novelas que tan bien había afinado narrativamente el siglo previo. A partir de entonces los vínculos pueden resultar fructíferos, pero a veces son también tortuosos. Una exigua novela de Mario Puzo, que hoy nadie parece recordar, le permitió a Francis Ford Coppola desarrollar una decisiva épica mafiosa ( El padrino, por supuesto). A los seguidores de Stephen King, que son legión, no parece molestarles que resulte imposible disociar los rostros de Sissy Spacek o de Jack Nicholson de Carrie y El resplandor, a diferencia de lo que podría suceder con algunos lectores de Vladimir Nabokov (Lolita, de Stanley Kubrick, impuso la imagen de Sue Lyon, aunque el personaje de la novela es bastante menor en edad que la del film).

La ciencia ficción es otro caso revelador de la relación. Parece inverosímil que los libros de Ray Bradbury apenas hayan sido abordados por el cine como se merecen (Fahrenheit 451, de François Truffaut, deja bastante que desear), pero las historias de Philip K. Dick -un escritor más desordenado, pero lleno de ideas- son reapropiadas a destajo, a veces a traición. El mejor ejemplo es Blade Runner (1982), que conserva pocos elementos de la novela original, la entretenida ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, y trafica como título la de otro autor (William Burroughs).

Blade Runner y los pocos elementos con la novela original

Podría establecerse una casuística en el ida y vuelta entre libros y películas. Hay narraciones indestructibles, que ya hicieron un largo camino en la literatura: a ningún contemporáneo de Greta Garbo se le hubiera ocurrido que su Ana Karenina (1935) pudiera postergar la lectura del clásico de Tolstoi, del mismo modo que las innumerables adaptaciones de Dickens lejos estuvieron de desplazar los mamotretos del escritor inglés.

Las novelas de Albert Camus fueron influidas por la gramática cinematográfica, pero ni la versión que filmó Luchino Visconti de El extranjero (con Marcello Mastroianni como Meursault) ni la de La peste, de Luis Puenzo (una adaptación alegórica más contemporánea), amenazaron la apreciación directa de esas obras. Los libros siguen siendo más leídos que los films vistos.

Hay narraciones indestructibles, que ya hicieron un largo camino en la literatura: a ningún contemporáneo de Greta Garbo se le hubiera ocurrido que su Ana Karenina (1935) pudiera postergar la lectura del clásico de León Tolstoi

Gabriel García Márquez se negó, como se sabe, a que se filmara Cien años de soledad . Fue tal vez su astucia para convertirlo en clásico. El lapso de tiempo transcurrido desde su publicación en 1967 y la enorme cantidad de lectores que fue recolectando el libro probablemente le permitieron decantar en el imaginario colectivo sin imágenes sobreimpuestas, algo que la estampa actoral de los Buendía que haya seleccionado Netflix (ahora que sí se está filmando) difícilmente logre torcer. También el recientemente fallecido Carlos Ruiz Zafón (tan adorador del cine que se fue a vivir a Los Ángeles) rechazó que se filmara La sombra del viento , a pesar de que su prosa, tan distinta de los barroquismos del colombiano, parece modelada para una fácil traducción en imágenes.

Shakespeare, en cambio, por acudir a un clásico que fue llevado a la pantalla grande una y otra vez, tiene la ventaja de los dramaturgos. Sus obras fueron escritas para ser representadas y no permiten comparaciones. Cada puesta teatral es una interpretación del soporte ideado por el isabelino. Eso permite que las versiones vayan de un Hamlet tradicional (el de Mel Gibson, de 1990) y las recargadas imágenes de La tempestad infligidas por Peter Greenaway en Prospero’s Books (1991) a las alusiones al Tercer Reich en Ricardo III , de Richard Loncraine (1996), o los Montescos y Capuletos de Verona Beach perpetrados por Baz Luhrmann (1996) en su versión kitsch de Romeo y Julieta. Shakespeare es, en términos cinematográficos, gloriosamente camaleónico.

Mel Gibson en un Hamlet tradicional

Hay una categoría de películas singular: las que son leales al libro sabiendo que se convertirán en algo distinto. Zama, la novela de Antonio Di Benedetto, comienza con una descripción inolvidable: el cadáver de un mono flotando en el río. En su versión de Zama, Lucrecia Martel elude esa imagen de alto valor simbólico, y coloca otra, igual de intrigante: un frenético cardumen de peces bajo el agua.

Hay libros dignos que tambalean ante su versión fílmica: Being there , de Jerzy Kosinski, parece haber sido fagocitada por Desde el jardín (tal vez haya culpar de ello al gran Peter Sellers ). Otros, que resisten con orgullosa indiferencia: The Go-Between (1953), de L. P. Hartley, con su narración clásica y nostálgica, no pierde nada de su encanto frente a la estupenda El mensajero del amor (1971), de Joseph Losey.

Los libros que superan el trauma de una recreación importante merecen ser leídos una y otra vez. La naranja mecánica (1971), de Kubrick, es más espectacular que la novela de Anthony Burgess , pero la violencia del nadsat (esa inventada jerga medio rusa en que está hecho el libro) tiene la gracia verbal de lo que solo puede lucir por escrito. Tampoco el tono de Nick Carraway, que narra la historia de El gran Gatsby , puede ser reproducido en todo su alcance por la película de 1974 que dirigió Jack Clayton, por mucho que Robert Redford compense la nostalgia con el porte de su Gatsby.

La Naranja Mecánica, de Kubrick, más espectacular que la novela de Anthony Burgess

Un caso límite es La muerte en Venecia, de Thomas Mann, nouvelle fundamental de comienzos de siglo XX, que el italiano Visconti alteró con algunas pinceladas que resultaron clave: el escritor Gustav von Aschenbach, que en el libro es un autor de nota, deviene compositor, lo que permite asociarlo a Gustav Mahler y darle al film una banda sonora de la que la narración de Mann, claro está, carece. Los planos del joven y bello Tadzio, que tanto obnubila al protagonista, recuerdan que una imagen puede ser a veces -no siempre- más eficaz que su descripción verbal.

Julio Cortázar (del que se filmaron Circe o El perseguidor) quedó, por su parte, extrañamente asociado a una película clave del siglo XX: Blow Up (1966), de Michelangelo Antonioni, se basa supuestamente en su cuento “Las babas del diablo“. El relato del argentino es un tour de force que se narra desde algún limbo indefinible, lleno de nubes. El director toma el núcleo del argumento (en un parque un fotógrafo capta con su cámara una escena en apariencia inconveniente) para pasear la historia a través de un Swinging London tan desconcertante como el mundo cortazariano, pero del que difiere de manera sustancial.

Los libros complejos pueden inspirar también películas que invitan a conocerlos. Volker Schlöndorff se animó parcialmente a Marcel Proust en Un amor de Swann (con Jeremy Irons y Ornella Mutti), pero el franco-chileno Raoul Ruiz fue más original: su versión de El tiempo recobrado, el último tomo de En busca del tiempo perdido, les da sentido cinematográfico a algunos de los mecanismos sensibles que ponen a funcionar los recuerdos del protagonista.

Ulises, de James Joyce, libro fundamental de la vanguardia modernista, es, con todo su arsenal de recursos literarios, un libro que a priori no convendría filmar. Tuvo su versión, sin embargo, ejecutada en 1967 por Joseph Strick, que -como la propia novela en su momento- debió enfrentar la censura. He ahí una película que, si se lograra conseguir, cualquier lector maniático querría ver.

Como desquite, se puede echar mano de Berlin Alexanderplatz . La novela de Alfred Döblin -que suele ser señalada por su ambición y ambiente urbano como el doble alemán del libro de Joyce – fue la base para una de las obras más logradas de la historia del cine. Rainer Werner Fassbinder -al que le gustaba identificarse con el protagonista Franz Biberkopf, un ladrón y marginal- realizó su versión en celuloide, pero para televisión, obligado por las casi dieciséis horas que terminó durando. Lo singular -como hizo notar Susan Sontag– es la devota fidelidad con que Fassbinder sigue el original. Libro y película son obras maestras individuales, pero que se comunican. Conviene entregarse asombrados a la doble experiencia -la de leer y ver- sabiendo que en este caso, por una vez, el orden de los factores no altera el producto.

(El autor del texto es Pedro B Rey y fue publicado en el diario La Nación de Argentina)

“Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que esforzarse para ello” ( El cuento de la criada – Margaret Atwood )

Rosa Montero, prolífica y versátil

La escritora (Madrid, 1951) posee un extenso currículum dentro del ámbito del periodismo, profesión que le ha hecho ganar reconocimiento por su amplio desempeño en medios nacionales como extranjeros, especializándose en el género de la entrevista.

En cuanto a la más pura ficción y en concreto a la novela, su producción hasta el presente abarca un total de diecisiete títulos, entre los más reconocidos: Crónica del desamor, La loca de la casa, Historia del rey transparente, Instrucciones para salvar al mundo, y la última de ellas, La buena suerte, que fue presentada hace pocas semanas.

Su creatividad casi compulsiva alcanza también el relato: Amantes y enemigos. Cuentos de parejas, Hombres (y algunas mujeres). También ha incursionado  en el ensayo y en la literatura infantil, y son conocidas sus participaciones en distintos programas de la pantalla chica, por lo que ante la multiplicidad de propósitos, lleva a preguntarse dónde la autora reproduce su tiempo para alimentar tamaña actividad profesional. Y si amplia es su producción, larga es también la lista de premios y reconocimientos de todo tipo, más de dos docenas, de los que destacan el Premio Nacional de Periodismo y el Nacional de las Letras Españolas.

Como otros tantos autores, la madrileña es de las que utilizan el método de apartarse de la cotidianeidad para poder construir sus textos, aunque reconoce que los aislamientos obligatorios como el ocasionado por la pandemia es de los que más le ha costado sobrellevar, para reconocer que por fortuna la escritura fue uno de sus mejores antídotos.

Para construir sus novelas echa mano de un estilo sobrio y equilibrado, aunque puede que encuentre su mejor expresión dentro de las acotadas dimensiones del cuento, quizás siguiendo aquello que supo pregonar Jorge Luis Borges: para qué extender la trama si se puede conseguir el objetivo literario con menos palabras.

Para cotejar lo dicho, un pasaje de su relato breve Parece tan dulce:

    “Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer.

    Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un master en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldívar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió en la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldívar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados en la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados solo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharle rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.

    Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien no conozco: mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego. Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre que está en casa: es abogada y trabaja en un estudio laboralista), se llena la cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas, se mete en la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldívar. Para mí no es, eso está claro: a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para afrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no existo. Muchas veces en mi vida, con diversas, me he sentido así, de cristal transparente: pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo más duro.

    Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:

    -¿Por qué no te compras el monoxinosequé ése, una loción que se dan los hombres contra la calvicie?

    O bien:

    -Deberías cuidarte un poco más.

    No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin mejoría  apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de mis desvelos. Para disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia: pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado…”                                                    

Distopías en los textos literarios

Hablar de las distopías en la literatura en la prolongación de los tiempos pandémicos presentes hasta nos ayuda a simplificar las cosas, es decir, lo que muchos escritores llegaron a imaginar en un futuro para el ser humano, puedan parecer ideas contenidas ante la realidad que nos circunda. El texto a continuación habla de historias que se alimentan del pasado y también de otras que se arriesgan en el futuro, con las licencias lógicas que se pueden otorgar a quienquiera sumergirse en cualquier obra de ficción, a pesar de que lo que nos parecía surgido de imaginaciones altamente fantasiosas, lo veamos en el presente como más cercano y palpable  

El Proceso expone el lado negativo del totalitarismo

‘No pienses mucho en el futuro, pues lo desconocido solo trae temor y angustia, pero lo único seguro es que la muerte te espera’, Dyfred Brazam.

La novela de anticipación siempre ha sido el mejor vehículo para mostrarnos un futuro bastante oscuro, aunque se la ha utilizado como una forma de advertirnos y de criticar los males de la sociedad actual y sus previsibles consecuencias si los seres humanos no tomamos conciencia de lo mal que actuamos y lo permisivo que somos ante los abusos del poder. Es el poder premonitorio de la imaginación.

Si rastreamos en la literatura lo que Orwell nos señaló hace 70 años en su novela 1984, podemos retroceder en el tiempo y buscar indicios de un futuro caótico en el Libro de las Revelaciones de San JuanEl Apocalipsis, que nos avisa de un tiempo en donde el hombre tendrá que luchar contra las fuerzas del mal.

Todas las religiones vislumbran en sus textos futuros terribles para el hombre, Mary Shelley en su novela El último hombre imaginaría un mundo destruido por una gran peste, con una sociedad acabada y donde el último hombre civilizado está en franca agonía, ese mismo tema lo tomaría en el siglo XX, Richard Matheson en su obra maestra Soy leyenda, donde la sociedad está gobernada por mutantes vampiros y el hombre no es más que una leyenda, un triste recuerdo destruido por su propia naturaleza.

Soy Leyenda, de Richard Matheson, muestra la lucha contra vampiros mutantes

La literatura fantástica y de ciencia ficción en sus primeros años muestra optimismo, confianza en que el hombre aliado con la tecnología y la ciencia creara un futuro de esperanza y progreso, de eso nos habla Karel Capek en su obra RUR, donde el hombre crea al robot, un avance científico para la humanidad, pues la palabra robot viene del checo ‘robotik` que significa trabajo, conciliando trabajo y tecnología en beneficio del ser humano.

El siglo XX con las dos hecatombes mundiales, genocidios y el horror atómico hizo pedazos ese anhelo, el hombre es lobo del hombre y su naturaleza es la destrucción y el poder de dominar a su semejante, el triunfo de la sinrazón y la locura estaba a la orden del día.

Fue Kafka el precursor de ese estilo angustiante y pesimista, nadie ha expresado mejor que él, el absurdo de las sociedades burocráticas y totalitarias; pues describe una naturaleza agonizante que señala el destino de la humanidad, el Joseph K protagonista de la novela El proceso no sabrá jamás de que se le acusa y por qué va a morir en manos de un sistema intolerante y brutal.

Franz Kafka, precursor del estilo angustiante y pesimista

Con el equilibrio del terror, producto del enfrentamiento entre las dos grandes potencias, las novelas de ciencia ficción dejan en sus páginas mensajes pesimistas, lo que nos espera en el futuro no es nada bueno, el hombre será absorbido por la masa social, el individualismo, la libertad será aniquilada, novelas como 1984  de George Orwell plasma el horror de la sociedad totalitaria, todo manejado por un carismático dictador llamado Gran Hermano, Farenheit 451 de Ray Bradbury, una novela cruda, donde los libros son la amenaza y el que los posee es un disidente peligroso, o la obra de Aldous Huxley, Un mundo feliz, escrita en los años 30, se aborda la problemática de la manipulación genética, la eugenesia, buscando la perfección de los humanos y desechando a los imperfectos, anticipación del horror del nazismo.

Mientras más avanza la tecnología el hombre abusa de ella, es el mensaje que nos dejan novelas como El planeta de los simios de Pierre Boulle, el ocio y la pereza producto del uso indiscriminado de la técnica revierte la condición del hombre convirtiéndolo en el último estadio de la escala zoológica.

La naranja mecánica de Anthony Burgues, el hombre sometido a la voluntad del Estado y objeto de la experimentación médica para convertirlo en sujeto sin voluntad. O los llamados replicantes que se terminan cansando de vivir tan poco y se rebelan del dominio del hombre y buscan a su creador pidiendo respuestas a su existencia, hermosa alegoría sobre el hombre y sus milenarias preguntas a Dios que Phillip K. Dick nos entrega en Blade Runner.

La escritora española Rosa Montero nos ofrece su trilogía futurista de la detective Bruna Husky, un androide que tiene más humanidad que sus creadores humanos, su labor se desenvuelve en medio de un mundo aséptico exteriormente pero con la podredumbre que lo corroe por dentro, novelas ágiles que tienen esa inspiración orwelliana pero con toques tan abrumadoramente pesimistas como si Joseph Conrad las hubiera inspirado.

Pero qué sucede cuando ese Estado se disuelve y deja al hombre a merced de sus más primarios deseos, nada bueno puede salir de eso, ¿pero en medio de eso qué nos puede permitir seguir siendo humanos? Eso es el tema de reflexión de dos novelas como son Ensayo de la ceguera de José Saramago y La  carretera de Corman McCarthy, por más grande que el mundo se haya degradado siempre habrá personas que a pesar de todo no perderán la humanidad.

En su obra, Saramago impide que las personas pierdan su humanidad a pesar de las dificultades

Sociedades inmersas en gobiernos teocráticos y machistas como es el mensaje de Cuentos de la criada de Margaret Atwood, la mujer objeto de sometimiento brutal y cómo busca por todos los medios su liberación.

En los siglos XVII y XVIII, los moralistas mediante el uso de la fábula y el cuento, invitaban a sus contemporáneos a tomar conciencia de las debilidades y miserias de la sociedad. En este mundo postmoderno, los autores de ciencia ficción nos invitan a reflexionar sobre el devenir de nuestra especie, sobre los límites del progreso y el buen o mal uso que se puede hacer de la ciencia.

Pero la imaginación de los autores y de los lectores tiende siempre a fabricar mundos casi perfectos pero la realidad es a veces más terrible que la imaginación, solo en manos del hombre está al leer estas obras no como simple diversión sino como una siniestra advertencia. 

(El autor del texto principal es Freddy Avilés Zambrano, y fue reproducido en El Universo de Ecuador)

“Los estados deberían invertir más en educación, inteligencia, creación y fomentar el acercamiento al arte y a la cultura. De lo contrario, sólo nos quedará el centro comercial” (Gilles Lipovetsky)