La frase

“Jeff Bezos es responsable de la destrucción de la industria del libro, ya que Amazon lo está   exprimiendo todo. Todo para que Bezos pueda decir: ‘¡Mira! ¡Tengo otros 10.000 millones!`   Y ni siquiera los usa. Es como robarles caramelos a los bebes y ni siquiera comérselos”                                                                                                                                                        David Graeber )

 

Patricia Highsmith, la dama del policial

Fue bautizada con el nombre de Mary Patricia Plangman en 1921 en la ciudad natal de Fort Worth, Texas, Estados Unidos, pero cobró fama con el apellido del segundo esposo de su madre, Stanley Highsmith. Aunque verdad es que la relación de la escritora con la pareja, y en particular con su madre, distó mucho de ser armónica o afectiva.

Desde temprana edad se volcó por la escritura y ya con catorce años escribió su primer relato, a los veinticuatro logró publicar su primer cuento en la revista Harper’s Bazaar, y a los veintinueve su primera novela, la premiada Extraños en un tren. De la que Alfred Hitchcock hizo una exitosa adaptación para el cine, hecho  que le dio renombre mundial a la autora estadounidense.

Su inclinación hacia el género negro hizo que sus personajes siempre se situaran  cercanos a la delgada línea que separa el bien del mal, con desempeños en los que  sobresalían el engaño, la mentira y, por supuesto, el crimen. Muchas de sus temáticas transcurrían en atmósferas densas y opresivas, con protagonistas que no dudaban en sus métodos para alcanzar sus objetivos, llegando incluso a coquetear con la homosexualidad, elementos todos que no siempre encajaban dentro del “american way of life” de esos momentos. Por ello, al advertir de los editores ciertas reservas en la publicación de sus historias, sintió la necesidad de abandonar su país y emigrar hacia nuevas latitudes, fue primero Inglaterra, luego Francia, y finalmente Suiza, país donde le sorprendería la muerte en el año 1995.

El viejo continente fue para la texana una renovada fuente de inspiración, para la creación en particular del escurridizo personaje de Tom Ripley, con el que elaboraría una saga con un total de cinco historias, de las que sobresaldría El talento de Mister Ripley, texto del que se realizarían dos guiones para la gran pantalla.

Su extensa producción literaria abarcó una veintena de novelas, y a la mencionada se le podría agregar: Mar de fondo, El grito de la lechuza, El juego de Ripley, o Small g: un idilio de verano. A estas habría que incluir una decena de libros de relatos, entre otros títulos: Pequeños cuentos misóginos, Catástrofes, o Los cadáveres exquisitos. Ficciones por las que recibió merecidos reconocimientos: el premio de la Asociación de Escritores de Misterio de América; el de la Asociación de Escritores del Crimen de Gran Bretaña; además de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de Francia.

La escena a continuación pertenece a la adaptación del original de El talento de Mister Ripley que hiciera el director británico Anthony Minghella,  con Matt Damon en el papel de Tom Ripley y Jude Law en el de Dickie Greenleaf:

La frase

“Los iconos son sagrados, pero no todos obran milagros. En mi pueblo teníamos el sagrado   icono de Paraskevis, que estaba en la capilla de la colina. Hasta allí llegaban peregrinos de   distintas partes del país, que en su mayoría eran ciegos o tenían problemas de visión. Se   arrodillaban ante él, le rogaban con lágrimas en los ojos y algunos afirmaban sentirse mejor   al instante. Aquel icono fue el primer oculista del pueblo”        ( Theodor Kallifatides )

Gabriel García Márquez, la peste, el insomnio y la cuarentena, según “Cien años de soledad”

La carrera contra el virus del Covid-19  se va extendiendo en el tiempo, mientras se busca a contrarreloj el antídoto que permita contener el flagelo esparcido por el mundo. De manera impensada con esta actualidad, Gabriel García Márquez, uno de los grandes autores del denominado boom latinoamericano, incluyó en la trama de la primera edición impresa  en 1967 de su reconocida novela Cien años de soledad, un mal que golpeó a los habitantes del pueblo de Macondo. Así, aparecen en el texto del colombiano, términos como peste, contagio o cuarentena; por ello, nunca más acertada la mención de que cualquier parecido con la verdad es pura coincidencia

Y un día tocó a la puerta. No se la abrimos, pero igual entró sin ser invitado. Se instaló desde entonces en nuestra cama, sofá, silla, hamaca y cuanto espacio y rincón habíamos destinado previamente para el descanso.

Con el paso de las horas, los días, los meses y la prolongación continua de la cuarentena, se le ve cada vez más cómodo. Es una visita incómoda, molesta y eterna, sin embargo, a él no le importa en lo más mínimo que los dueños de casa estén perdiendo la tranquilidad y la paciencia por su culpa y por su presencia. Es el insomnio. Es el maldito insomnio.

Antes de que el Covid se mimetizara en la cotidianidad, era un visitante ocasional. Y aunque nunca estuvo invitado y jamás fue bienvenido, logramos tolerar esa presencia esporádica. Durante una, dos o tres noches llegaba, revolcaba las cobijas y se iba.

Incluso, cuando sus visitas empezaban a ser frecuentes, encontramos métodos para sacarlo a patadas de la casa. Bastaba con contar ovejas, escuchar música o sonidos relajantes, o tomar alguna agüita de tilo para espantarlo.

Sin embargo, desde que la casa se convirtió en un apéndice de la oficina, el insomnio se instaló en nuestra propiedad y no parece haber nada ni nadie con el carácter suficiente como para llevarlo a empujones hasta la puerta y le dé una patada en el culo. Y gritarle que no vuelva, que no lo queremos ver más, que nos dañó la vida y el sueño. Los sueños.

Mientras eso pasa, las noches de insomnio nos obligan a reciclar encuentros con libros viejos, pero con letras tan actuales, que hacen parecer que todo lo que está pasando es una historia que alguien ya vivió.

En el universo mágico de “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez habló de la “peste del insomnio” y de una cuarentena que se hizo en Macondo para evitar que los habitantes del pueblo fundado por los Buendía se contagiaran con esa maldición.

Lo que dice el escritor colombiano sobre la “peste del insomnio” resulta tan descriptivo para esta época, que cualquiera podría sospechar que Márquez sorteó una suerte de salto cuántico en el tiempo y no publicó su obra en 1967, en pleno auge del boom latinoamericano, sino hace apenas unos meses cuando los habitantes del planeta entero empezaban esconderse en sus casas para evitar un virus más mortal que la falta de sueño.

Y entonces hay que viajar a Macondo, siempre a Macondo, para recordar que fue Rebeca quien llevó la peste, esa peste, a ese pueblo de la ciénaga. Y que fue Visitación quien reconoció los síntomas de esa maldita enfermedad. Y que fue Aureliano quien encontró la forma de burlarse de una de sus consecuencias. Y que fue Melquíades quien llevó la cura.

Fragmentos de Cien años de soledad

Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó por casualidad y oyó un extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrado un animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad.

Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligado, a ella y a su hermano, a desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del insomnio.

Cataure, el indio, no amaneció en la casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le indicaba que la dolencia letal había de perseguiría de todos modos hasta el último rincón de la tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor -decía José Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.» Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido.

Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado. José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso, tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños.

La enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el  cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido”

Al cabo de unas semanas, cuando el terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio Buendía se encontró una noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. Úrsula, que también había despertado, le preguntó qué le pasaba y él le contestó: “Estoy pensando otra vez en Prudencio Aguilar.”

Macondo se contagia de la peste

Mientras tanto, por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Al principio nadie se alarmó. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque entonces había tanto que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto, que pronto no tuvieron más que hacer, y se encontraron a las tres de la madrugada con los brazos cruzados, contando el número de notas que tenía el vals de los relojes.

Medidas para frenar la peste del insomnio: la cuarentena

Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como se quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y suplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaba sano.

No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la oca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir”.

(Texto de Joseph Casañas, publicado en el diario El Espectador de Colombia)

La frase

  “¿Acaso vivimos en la actualidad en una época ilustrada?, la respuesta sería: ¡No!, pero sí             vivimos en una época de ilustración”                                                                                                                                                                                                        ( Immanuel Kant )

 

Hanne Orstavik, de afectos y de búsquedas

Noruega y su dura climatología en particular no favorecen en mucho el encuentro entre los seres humanos que la habitan. Así lo debe haber pensado la autora nórdica (Tana, 1969) en el momento de escribir su novela Amor, donde la simbología representada por el clima, se convierte en un elemento insoslayable en la búsqueda y en el deambular de sus protagonistas.

En el corto lapso en que trascurre la narración, una tarde y una noche, en que los personajes intentan encontrar y encontrarse, donde el amor filial entre una joven madre soltera (Vibeke) y su hijo (Jon) a punto de cumplir sus flamantes nueve años, puede llegar a ser tan gélido como la atmósfera que les rodea. Todo para significar que en busca de satisfacer sus propias metas, algunos progenitores pasan por alto que las relaciones entre padres e hijos requiere de algo más que el hecho de proveerles alimento y cobijo.

Como suele suceder en muchas tramas, la misma escritora ha admitido que una gran parte de lo volcado en la composición del personaje de la protagonista, surge de las vivencias rescatadas de su propia infancia y de la ausencia física de su propia madre, con la que muy a menudo tuvo que lidiar y sufrir.

Con un estilo que borda el minimalismo literario en sus formas, esta ficción, que en su traducción supera en poco a las ciento cincuenta páginas, fue merecedora de la principal distinción literaria en su país, el premio Brageprisen. Y por su aportación específica, las autoridades lo ha constituido en un texto de lectura obligatoria en todos los institutos noruegos de enseñanza secundaria.

De Amor, el siguiente pasaje:

   “…-¿Quiere comprar lotería? –pregunta enseñándole el talonario. Es para el club de atletismo.

   El viejo lo observa, luego desvía la mirada hacia la calzada. Mueve deprisa los ojos. Hace mucho de la última vez que pasó un coche. Hace demasiado frío para que la gente esté dando vueltas por la calle. Le indica a Jon con un gesto que pase. Cierra la puerta de la calle y entra por otra puerta al interior de la casa. Jon sube y baja los pies sin moverse del sitio para quitarse la nieve de las botas y lo sigue.

   Es un salón con cocina abierta. En la encimera hay un televisor pequeño. Están dando una película en blanco y negro, el volumen está bajado del todo. El viejo se acerca despacio a una estufa de leña y se agacha apoyado sobre una rodilla, parece un poco agarrotado. Añade un tronco. Lo sujeta con la mano dentro de la manga del jersey y cierra la puerta hasta dejar una estrecha rendija. Luego se da la vuelta y le sonríe.

   -Debería durar un rato. La gente no se puede helar cuando viene a visitar a este viejo.

   Junto a la ventana hay una mecedora que oscila débilmente. Estaría sentado allí cuando he llamado a la puerta, piensa Jon. Tal vez me ha visto llegar.

   -¿El club de atletismo, dices?

   El hombre arrastra los pies hasta la encimera y abre un cajón, pregunta cuántos cupones tiene Jon y cuánto cuestan. Jon contesta. El viejo saca un monedero , dice que se los va a comprar todos. Escribe su nombre en el resguardo del talonario y pone paréntesis y comillas en todas las páginas numeradas. Le lleva tiempo. Jon mira a su alrededor,

   En la pared, encima de la mecedora, cuelgan tres marcos redondos con viejos retratos, de esos que están nebulosos por los bordes, como si estuvieran a punto de desaparecer. En el rincón hay una caña de pescar. Puede que sea para pescar con mosca, piensa. El año pasado Vibeke tuvo un novio que quería enseñar a Jon a pescar con mosca. Solo los chicos, dijo sacando un plano para enseñarle por dónde iban a ir, señaló un río, le habló de diferentes pozas. Ahí, había dicho, ahí pescarás uno grande. Había mirado a Vibeke y había sonreído. Pero entonces desapareció sin más. Jon ni siquiera los había oído discutir.

   El viejo se gira hacia Jon, le da el talonario y unos billetes.

   ¿Eres nuevo por aquí, no?

   -Sí, llegamos hace cuatro meses y tres días.

   Jon guarda el dinero y el talonario en la bolsa. Está contento.

   -Y ya vas por ahí con un talonario de lotería. Los del club de atletismo sí que saben poner a la gente a trabajar.

   Jon dice que se acaba de apuntar para empezar a patinar.

   El hombre tiene el pelo completamente blanco, largo y fino, está despeinado. Tiene la cara roja, piensa Jon, como si acabara de despertarse.

   -¿Quieres que te enseñe una cosa?, dice.

   -¿El qué? –pregunta Jon.

   Intenta no parpadear.

   -Enseguida verás. Casi había olvidado esa historia, casi la había olvidado por completo.

   El hombre se acerca a una puerta, la abre y le da a un interruptor. Sale luz de una bombilla que está enroscada directamente en la pared. Jon ve que hay una escalera que baja al sótano.

   Vibeke va al baño y se mira al espejo. Puede ver en su expresión que ha tenido un buen día. Satisfecha, activa. Equilibrada. Junto a la fosa nasal derecha brilla un cristal minúsculo, ella le responde con un guiño. Mi pequeña estrella de la suerte. Coge un cepillo y se inclina hasta que el largo y oscuro mar ondulado casi toca el suelo. Primero lo recorre con cuidado para deshacer los nudos, luego lo cepilla con movimientos largos y tranquilos empezando desde el cuero cabelludo. Después lo tira hacia atrás. Quiere que le forme un halo alrededor de la cara. Se mira en el espejo. El pelo no se le alborota, se le pega en hebras a la frente. Podría ir a la biblioteca, piensa. Suele reservarse la biblioteca para los sábados y hoy solo es miércoles, pero no le quedan novelas. Decide que primero se va a dar un baño y lavarse la cabeza, permitirse ese capricho.

   Jon lo sigue escalera abajo. Está empinada, el viejo baja los escalones uno a uno. Una gruesa cuerda hace de pasamanos. Abajo, en el sótano, avanza por un pasillo. En el suelo hay una alfombrilla de césped artificial. Ahí abajo huele a rancio, a Jon le parece que huele a tierra. El hombre se detiene al final del pasillo, ante una puerta. Se vuelve a Jon con la mano en el pomo.

   Se desnuda mientras llena la bañera, la botella de gel de baño está vacía, por desgracia. Coge un algodón de un dispensador de un estanque en la pared y elimina la laca de uñas con acetona. Cuando el agua llega al borde cierra el grifo. Se mete despacio, el agua rebosa, siente que se le pone la piel de gallina, los pezones se le endurecen y nota un cosquilleo en la nuca. Entonces se sienta. Introducirse en el agua caliente es una pura bendición, piensa. Literalmente. Bendición. Se queda quieta, disfruta de cada segundo.

   -Es una historia curiosa –dice el viejo.

   Junto a una de las paredes hay un camastro, el resto son estanterías que van de suelo al techo, llenas de viejas cajas de madera. Huele a polvo y a moho. Jon piensa que tal vez el hombre tenga una colección de trenes eléctricos, los primeros de Europa. De pronto nota que tiene ganas de hacer pis. El hombre sigue hasta llegar a la estantería, saca de la mitad de la estantería una caja, mete la mano. De un gancho, junto a la puerta, cuelgan una correa de cuero para perro y una cadena de metal.

   -Mira esto –le dice el hombre a Jon…”  

 

La frase

 “Queremos tener la razón, que nuestra religión sea la mejor, lo que implica  que todas las             demás están equivocadas. Olvidamos que cuando hablamos de Dios, Brahman o el Tao               hablamos de lo trascendente, y nadie tiene en esto la última palabra”  ( Karen Armstrong )

Borges en su casa. Una entrevista de Mario Vargas Llosa

Al cumplirse 34 años de la desaparición física de Jorge Luis Borges, se publica un reportaje inédito del año 1981, en el que el escritor argentino se prestaba al cuestionario del con posterioridad premio Nobel, el peruano Vargas Llosa.  En la conversación un Borges ya enfermo vertía sus opiniones, algunas contradictorias, mientras que en otras certeras como pocas: el bardo al desnudo y en estado puro. Como era de esperar se habla de literatura, de autores y de géneros, pero además de sus posturas políticas, de los belicismos, hasta de riqueza y austeridad, y como no, de esa añoranza tan afín al porteño, quien al opinar sobre su Buenos Aires natal, aconsejaba: “soportar siempre su fealdad de cerca mas no su nostalgia de lejos”

Si tuviera que nombrar a un escritor de lengua española de nuestro tiempo cuya obra vaya a perdurar, a dejar una huella profunda en la literatura, citaría a ese poeta, cuentista y ensayista argentino que le prestó su apellido a Graciela Borges, a Jorge Luis Borges.

El puñado de libros que ha escrito, libros siempre breves, perfectos como un anillo, donde uno tiene la impresión que nada falta ni sobra, han tenido y tienen una enorme influencia en quienes escriben en español. Sus historias fantásticas, que suceden en la Pampa, en Buenos Aires, en China, en Londres, en cualquier lugar de la realidad o la irrealidad, muestran la misma imaginación poderosa y la misma formidable cultura que sus ensayos sobre el tiempo, el idioma de los vikingos… Pero la erudición no es nunca en Borges algo denso, académico, es siempre algo insólito, brillante, entretenido, una aventura del espíritu de la que los lectores salimos siempre sorprendidos y enriquecidos.

La entrevista que Borges nos concedió tuvo lugar en el modesto departamento del centro de Buenos Aires donde vive, acompañado de una empleada que le sirve también de lazarillo, pues Borges perdió la vista hace años, y de un gato de angora al que ha bautizado con el nombre de Beppo porque, nos dijo, así se llamaba el gato de un poeta inglés que admira: Lord Byron.

MARIO VARGAS LLOSA. Me ha impresionado mucho al ver su biblioteca no encontrar libros suyos, no hay ni uno solo. ¿Por qué no tiene libros suyos en su biblioteca?

JORGE LUIS BORGES. Cuido mucho mi biblioteca. Quién soy yo para nombrarme con Schopenhauer…

MVLL. Y tampoco libros sobre usted, veo que tampoco hay ninguno de los muchos libros que se han escrito sobre usted.

JLB. Yo leí el primero que se publicó durante la dictadura, en Mendoza.

MVLL. ¿Cuál dictadura, Borges? Porque desgraciadamente ha habido tantas…

JLB. La de aquel…, de cuyo nombre no quiero acordarme.

MVLL. Ni mencionarlo.

JLB. No, tampoco, no. Algunas palabras es bueno evitarlas. Bueno, pues se publicó el libro Borges, enigma y clave, escrito por Ruiz Díaz, un profesor mendocino, y por un boliviano, Tamayo. Y yo leí ese libro a ver si encontraba la clave ya que el enigma lo conocía. Después no he leído ningún otro. Alicia Jurado escribió un libro sobre mí. Yo le agradecí, le dije: “Sé que es bueno, pero el tema no me interesa o quizás me interesa demasiado, conque no voy a leerlo”.

MVLL. Y tampoco ha leído entonces esa voluminosa biografía que ha publicado Rodríguez Monegal sobre usted.

JLB. ¿Y qué me dice, que es muy buena?

MVLL. Por lo menos muy documentada y hecha realmente con una gran reverencia, un gran afecto por usted y un gran conocimiento, creo, de su obra.

JLB. Sí, somos amigos. Él es de Melo, ¿no?, de la República Oriental.

MVLL. Sí, y además aparece en uno de sus cuentos como personaje.

JLB. De Melo yo recuerdo unos versos muy lindos de Emilio Oribe, que empiezan de un modo trivial y luego se exaltan, se ensanchan: “Yo nací en Melo, ciudad de coloniales casas”… Bueno, eso no está muy…, «coloniales casas”, “casas coloniales” ligeramente diversas… “Yo nací en Melo, ciudad de coloniales casas, en medio de la pánica llanura interminable”, y ahora se agranda, “en medio de la pánica llanura interminable y cerca del Brasil”. Cómo va creciendo el verso, ¿eh? Cómo va ampliándose.

MVLL. Sobre todo como lo dice usted.

JLB. No, pero… “Yo nací en Melo, ciudad de coloniales casas” no es nada; “en medio de la pánica llanura interminable y cerca del Brasil”, y ya ves un imperio al final del verso. Es lindísima. Emilio Oribe.

MVLL. Es muy bonito. Dígame, Borges, hay una cosa que hace muchos años que quiero preguntarle. Yo escribo novelas, y siempre me he sentido dolido por una frase suya muy linda pero muy ofensiva para un novelista, una frase que es más o menos la siguiente: “Desvarío empobrecedor el de querer escribir novelas, el de querer explayar en quinientas páginas algo que se puede formular en una sola frase”.

JLB. Sí, pero es un error, un error inventado por mí. La haraganería, ¿no? O la incompetencia.

MVLL. Pero usted ha sido un gran lector de novelas y un maravilloso traductor de novelas.

JLB. No, no. Yo he leído muy pocas novelas.

MVLL. Sin embargo, las novelas aparecen en su obra, son mencionadas o incluso inventadas.

JLB. Sí, pero yo he sido derrotado por Thackeray. En cambio, Dickens me gusta mucho.

MVLL. Vanity Fair (La feria de las vanidades) le resultó muy aburrida.

JLB. Pendennis lo pude leer, haciendo un esfuerzo, con Vanity Fair no, no pude.

MVLL. Conrad, por ejemplo, que es un autor al que usted admira, ¿no le importaban las novelas de Conrad?

JLB. Pero claro que sí, por eso le digo que con escasas excepciones. Por ejemplo, el caso de Henry James, que era un gran cuentista y un novelista, digamos, de otro calibre.

MVLL. Pero, entre los autores más importantes para usted, ¿no hay ningún novelista?

JLB. …

MVLL. ¿Mencionaría algún novelista entre los autores que considera más importantes o son sobre todo poetas y ensayistas?

JLB. Y cuentistas.

MVLL. Y cuentistas.

JLB. Porque no creo que Las mil y una noches sea una novela, ¿no? Una infinita antología.

Vargas Llosa: “La ventaja de la novela es que todo puede ser novela. Creo que es un género caníbal, que se traga todos los géneros”

MVLL. La ventaja de la novela es que todo puede ser novela. Creo que es un género caníbal, que se traga todos los géneros.

JLB. A propósito de “caníbal”, ¿usted conoce el origen de la palabra?

MVLL. No, no lo conozco, ¿cuál es?

JLB. Muy linda. Caribe, que dio caríbal, y caníbal.

MVLL. O sea que es una palabra de origen latinoamericano.

JLB. Bueno, sin “latino”. Eran una tribu de indios, los caribes, una palabra indígena, y de ahí surgió caníbal y Calibán, de Shakespeare.

MVLL. Curioso aporte de América al vocabulario universal.

JLB. Hay tantos. Chocolate, que era xocoatl, creo, ¿no? Se perdió la tl, desgraciadamente. Papa, también.

MVLL. ¿Cuál diría usted que ha sido el mejor aporte en el campo de la literatura de América? De toda América: América hispana, portuguesa… ¿Algún autor, algún libro, algún tema?

JLB. Yo diría más bien el modernismo en general. Era obra de la literatura en lengua castellana, y eso surge de este lado, según lo hace notar Max Henríquez Ureña. Hablé con Juan Ramón Jiménez y él me dijo de la emoción con la cual había recibido un ejemplar de Las montañas del oro, año 1897. Y su influjo en grandes poetas en España. Pero eso surge de este lado. Y curiosamente, estamos aquí —no geográficamente— mucho más cerca de Francia que los españoles. Yo me di cuenta en España que podía alabar a Inglaterra, alabar a Italia, alabar a Alemania, alabar incluso a Norteamérica, pero que si hablaba de Francia ya se sentían incómodos.

MVLL. El nacionalismo es algo muy difícil de erradicar en cualquier parte.

JLB. Uno de los grandes males de nuestra época.

MVLL. Quisiera hablar un poco de eso, Borges, porque… le puedo hablar con toda franqueza, supongo.

JLB. Sí, y además quiero decirle que es un mal que corresponde a las derechas y a las izquierdas.

MVLL. Algunas declaraciones políticas suyas a mí me provocan desconcierto, pero hay un aspecto en el que cuando usted habla merece toda mi admiración y todo mi respeto, y es el asunto del nacionalismo. Creo que usted siempre ha hablado con gran lucidez sobre ese tema o, mejor dicho, contra el nacionalismo.

JLB. Y sin embargo yo he incurrido en él.

MVLL. Pero ahora, en estos últimos…

JLB. El hecho de haber hablado de las orillas de Buenos Aires, el hecho de haber conocido payadores, de haber conocido cuchilleros, de haberlos usado en mi literatura. Yo he escrito milongas… Todo es digno de la literatura, ¿por qué no también los temas vernáculos?

MVLL. Yo me refería al nacionalismo político.

JLB. Eso es un error, porque si uno quiere una cosa contra otra es que no la quiere realmente. Por ejemplo, si yo quiero Inglaterra contra Francia es un error, tengo que querer ambos países, dentro de mis posibilidades.

MVLL. Usted ha hecho muchas declaraciones en contra de toda posible ruptura de hostilidades entre Argentina y Chile.

JLB. Más aún. Yo actualmente, a pesar de ser nieto y bisnieto de militares y más lejanamente de conquistadores, que no me interesan, soy pacifista. Creo que toda guerra es un crimen. Además, si se admiten guerras justas, que sin duda las hubo —la guerra de los Seis Días, por ejemplo—, si admitimos una guerra justa, una sola, eso ya abre la puerta a cualquier guerra y nunca faltarán las razones para justificarla, sobre todo si se las inventan y encarcelan como traidores a quienes piensan de otro modo. De antemano, yo no me había dado cuenta de que Bertrand Russell y Gandhi y Alberdi y Romain Rolland tenían razón al oponerse a la guerra, y quizás se precise más valor ahora para oponerse a la guerra que para defenderla o participar en ella, incluso.

MVLL. Ahí yo estoy de acuerdo con usted. Creo que es muy exacto eso que dice. ¿Cuál es el régimen político ideal para usted, Borges? ¿Qué le gustaría para su país y para América Latina? ¿Qué régimen le parecería el más adecuado para nosotros?

JLB. Yo soy un viejo anarquista spenceriano y creo que el Estado es un mal, pero por el momento es un mal necesario. Si yo fuera dictador renunciaría a mi cargo y volvería a mi modestísima literatura, porque no tengo ninguna solución que ofrecer. Yo soy una persona desconcertada, descorazonada, como todos mis paisanos.

MVLL. Pero usted se considera un anarquista, básicamente un hombre que defiende la soberanía individual en contra del Estado.

JLB. Sí, sin embargo, no sé si somos dignos. En todo caso, no creo que este país sea digno de la democracia o de la anarquía. Quizás en otros países pueda hacerse, en Japón o en los países escandinavos. Aquí evidentemente las elecciones serían maléficas, nos traerían otro Frondizi u otros…, etcétera.

MVLL. Ese escepticismo no está reñido con algunas declaraciones suyas optimistas que hace sobre la paz, justamente en contra de la guerra, últimamente en contra de las torturas y de toda forma de represión.

JLB. Sí, ya sé. Pero no sé si eso puede ser útil. He hecho esas declaraciones por motivos éticos pero no creo que sean serviciales, no creo que puedan ayudar a nadie. Pueden ayudarme a tranquilizar mi conciencia, nada más. Pero si yo fuera gobierno, no sé qué haría, estamos en un callejón sin salida.

MVLL. Yo le hice una entrevista hace casi un cuarto de siglo en París y una de las cosas que le pregunté…

JLB. Cuarto de siglo… Pará. Qué triste si vamos a hablar de cuarto de siglo…

MVLL. …una cosa que le pregunté fue qué opina de la política, ¿y usted sabe qué me respondió? “Es una de las formas del tedio”.

JLB. Ah, bueno, está bien.

MVLL. Es una bonita respuesta y no sé si la repetiría ahora: ¿sigue pensando que es una de las formas del tedio?

JLB. Bueno, yo diría que la palabra tedio es un poco mansa. En todo caso fastidio, digamos. Tedio es demasiado… Es un understatement

MVLL. ¿Hay algún político contemporáneo que usted admire, que respete?

JLB. Yo no sé si uno puede admirar a políticos, personas que se dedican a estar de acuerdo, a sobornar, a sonreír, a hacerse retratar y, discúlpenme ustedes, a ser populares…

MVLL. ¿Qué tipos humanos admira usted, Borges? Aventureros…

JLB. Sí, los he admirado mucho pero ahora no sé. Tienen que ser aventureros individuales.

MVLL. ¿Cuál, por ejemplo? ¿Recuerda algún aventurero que le hubiera gustado ser?

JLB. No, a mí no me gustaría ser otra persona.

MVLL. Usted está contento con el destino de Borges.

JLB. No, no estoy contento, pero sé que con otro destino sería otra persona. Y como dice Spinoza, «cada cosa quiere la soledad de su ser». Yo insisto en ser Borges, no sé por qué.

MVLL. Recuerdo una frase suya: «Muchas cosas he leído y pocas he vivido», que por una parte es muy bonita y por otra parece nostálgica…

JLB. Muy triste.

MVLL. Parece que usted lo deplorara.

JLB. Yo escribí eso cuando tenía treinta años y no me daba cuenta de que leer es una forma de vivir también.

MVLL. Pero ¿no hay una nostalgia en usted de cosas no hechas por haber dedicado tanto tiempo a la vida puramente intelectual?

JLB. Creo que no. Creo que a la larga uno vive esencialmente todas las cosas y lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas.

MVLL. Supongo que eso le ha dado un gran desprendimiento por las cosas materiales. Uno lo descubre al llegar a su casa. Vive usted prácticamente como un monje, su casa es de una enorme austeridad, su dormitorio parece la celda de un trapense, realmente es de una sobriedad extraordinaria.

JLB. El lujo me parece una vulgaridad.

Borges: “Una persona rica puede pensar en otra cosa, pero un pobre, no. Uno piensa en lo que le falta, no en lo que tiene. Cuando yo tenía vista no pensaba que fuera un privilegio, en cambio daría cualquier cosa por recobrar mi vista”

MVLL. ¿Qué ha significado el dinero para usted en la vida, Borges?

JLB. La posibilidad de libros y de viajes y de desarrollarlos.

MVLL. Pero ¿nunca le ha interesado el dinero?, ¿nunca ha trabajado usted para ganar dinero?

JLB. Bueno, si lo he hecho parece que no lo he conseguido. Desde luego es mejor la prosperidad, superior a la indigencia, sobre todo en una zona pobre, donde estás obligado a pensar en dinero todo el tiempo. Una persona rica puede pensar en otra cosa. Yo es que nunca he sido rico. Mis mayores lo fueron, hemos tenido estancias y las hemos perdido, han sido confiscadas, pero bueno, no creo que tenga mayor importancia eso.

MVLL. Usted sabe que buena parte de los países de esta tierra hoy día viven en función del dinero, la prosperidad material es su estímulo.

JLB. Natural que sea así sobre todo si hay esta pobreza. En qué otra cosa puede pensar un mendigo sino en el dinero o en comida. Si usted es muy pobre tiene que pensar en dinero. Una persona rica puede pensar en otra cosa, pero un pobre, no. De igual modo que un enfermo sólo puede pensar en la salud. Uno piensa en lo que le falta, no en lo que tiene. Cuando yo tenía vista no pensaba que eso fuera un privilegio, en cambio daría cualquier cosa por recobrar mi vista y no saldría de esta casa.

MVLL. Borges, una cosa que me ha sorprendido en la modesta casa en la que usted vive, sobre todo en el austerísimo dormitorio que es el suyo, es ver que uno de los pocos objetos que hay en su dormitorio es la condecoración de la Orden del Sol que le dio el gobierno peruano.

JLB. Esa condecoración volvió a la familia al cabo de cuatro generaciones.

MVLL. ¿Y cómo así, Borges?

JLB. La obtuvo mi bisabuelo, el coronel Suárez, que aunó una carga de caballería peruana en Junín. Obtuvo esa Orden y fue ascendido de capitán a coronel por Bolívar. Luego esa Orden se perdió en la guerra civil. Aunque mi familia era unitaria yo soy lejanamente pariente de Rosas —bueno, todos somos parientes en este país casi deshabitado—. Al cabo de cuatro generaciones volvió, por razones literarias, y yo fui con mi madre a Lima y ella lloró porque recordaba haber visto esa condecoración en los retratos de mi bisabuelo y ahora la tenía en las manos y era para su hijo. Estaba muy, muy emocionada.

MVLL. O sea, que la relación de usted con el Perú se remonta a muchas generaciones.

JLB. Sí, a cuatro generaciones. No, es anterior, le voy a decir, yo estuve… Ah, no, no, espere… Sí, yo estuve en el Cuzco y vi una casa con un escudo con cabeza de cabra, y de ahí salió Jerónimo Luis de Cabrera hace cuatrocientos años para fundar una ciudad que se llama Ica, que no sé dónde está, y la ciudad de Córdoba, en la República Argentina. Es decir, es una vieja relación.

MVLL. Así que usted, de alguna manera, es también peruano.

JLB. Sí, desde luego que sí.

MVLL. ¿Qué idea se hacía del Perú antes de ir a Lima?

JLB. Una idea muy vaga que creo que estaba basada sobre todo en Prescott.

MVLL. En la Historia de la conquista del Perú de Prescott. ¿Cuándo leyó esa historia?

JLB. Debo haber tenido siete u ocho años, tal vez. El primer libro de historia que yo leí en mi vida. Después leí Historia de la República Argentina de Vicente Fidel López, y luego las historias romanas y griegas. Pero el primer libro que yo leí, throughout, es decir, del principio hasta el fin, fue ese.

MVLL. Y qué idea tenía del Perú, ¿la de un país tal vez mítico?

JLB. Un poco mítico, sí. Y luego yo fui muy amigo de un escritor sin duda olvidado entre ustedes, el peruano Alberto Hidalgo, de Arequipa.

MVLL. Que vivió mucho tiempo en la Argentina, ¿no es verdad?

JLB. Sí, y él me reveló un poeta del que yo sabía muchas composiciones de memoria.

MVLL. ¿Qué poeta, Borges?

JLB. Eguren.

MVLL. José María Eguren.

JLB. Sí, exactamente. ¿El libro se llamaba “La niña de la lámpara azul”, o no?

MVLL. Es un poema, uno de los poemas más conocidos de Eguren.

JLB. Sí. Y había otro… Tengo una vaga imagen de un barco y de un capitán muerto que recorre el barco. No recuerdo los versos.

MVLL. Es un poeta simbolista de una gran ingenuidad y delicadeza.

JLB. Una gran delicadeza. No sé si ingenuidad. Yo creo que era deliberadamente ingenuo.

MVLL. Digo ingenuidad no en el sentido peyorativo.

JLB. No, no. La ingenuidad es un mérito, claro.

MVLL. No salió nunca del Perú y creo que nunca de Lima y escribió buena parte de su obra sobre un mundo nórdico, de hadas escandinavas y temas especialmente exóticos para él.

JLB. Es que la nostalgia es muy importante.

MVLL. Quizá eso establece alguna afinidad entre ustedes dos, entre Eguren y usted.

JLB. Sí. Es cierto que yo estoy pensando en países que no conozco o que he conocido mucho después. Me gustaría tanto conocer la China o la India…, aunque conozco literariamente mucho ya.

MVLL. ¿Qué país lo conmovió más conocer, Borges?

JLB. Yo no sé, yo diría el Japón, Inglaterra y…

MVLL. ¿Islandia, por ejemplo?

JLB. Islandia, desde luego, porque yo estoy estudiando el idioma nórdico, que es la lengua madre del sueco, del noruego, del danés y parcialmente del inglés también.

MVLL. Es un idioma que se dejó de hablar ¿hace cuántos siglos?

JLB. No, no, se habla contemporáneamente en Islandia. Yo tengo ediciones de los clásicos, obras del siglo XIII, y esas ediciones, que me fueron regaladas o compré en Reikiavik, no tienen glosario, ni prólogo ni notas.

MVLL. O sea que es un idioma que no ha evolucionado, que sigue siendo el mismo a lo largo de ocho siglos.

JLB. Es que yo sospecho que la pronunciación ha cambiado. Ellos pueden leer a sus clásicos como si un inglés pudiera leer por ejemplo a Dunbar, a Chaucer, o como si nosotros pudiéramos leer, no sé, el Cantar de Mio Cid o los franceses La chanson de Roland.

MVLL. O los griegos a Homero.

JLB. Sí, exactamente. Ellos pueden leer a sus clásicos en ediciones sin notas, sin glosarios, pronunciándolos sin duda de un modo distinto. Pero, por ejemplo, la pronunciación inglesa también ha cambiado mucho. Nosotros decimos To be or not to be y parece que Shakespeare, en el siglo XVII decía aún, conservando las vocales abiertas sajonas: “Tou be or nat tou be”. Esto es mucho más sonoro, completamente distinto, y resulta casi cómico ahora.

MVLL. Borges, esta curiosidad o, más que curiosidad, esta fascinación suya por las literaturas exóticas…

JLB. Es que no sé si exóticas

MVLL. Me refiero a su interés por la literatura nórdica o anglosajona.

JLB. Bueno, la anglosajona es la antigua literatura inglesa.

MVLL. …usted cree que tiene algo que ver con…

JLB. ¿Con la nostalgia?

MVLL. Con Argentina, con el hecho de que Argentina sea un país totalmente moderno, casi sin pasado.

JLB. Yo creo que sí, y que quizás una de nuestras riquezas es la nostalgia. La nostalgia de Europa, sobre todo, que un europeo no puede sentir porque un europeo no se siente europeo sino, digamos, inglés, francés, alemán, español, italiano, ruso…

Buenos Aires, junio de 1981

(El texto de esta entrevista fue reproducida en el diario El País de España, y forma parte del libro de reciente publicación Medio siglo con Borges, del escritor Mario Vargas Llosa)

La frase

  “La vida no es un anuncio publicitario, a veces es dura, pero yo siempre creo que en ella hay       una voluntad, una cierta luz. A partir de cierta edad, según Goethe, hay que luchar por la           luminosidad”           ( Bernardo Atxaga )

Juan Carlos Onetti, los encierros y el impulso creativo

Ahora que la esperanza se vislumbra al final del túnel pandémico, reflexionamos sobre el valor de nuestras actitudes durante este extraño  aislamiento. De nuestra pasividad o de nuestra creatividad y de muchos que, por distintas circunstancias, hicieron del obligado enclaustramiento un elemento de pulsión para proyectar sus escritos. En verdad el hecho no es nuevo, ya el marqués de Sade o el mismísimo Miguel de Cervantes Saavedra crearon parte de sus obras hallándose en prisión.

Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 – Madrid, 1994), quizás el mejor exponente de las letras uruguayas contemporáneas, sufrió en su larga vida tiempos de encierro, en las cárceles de la dictadura militar, en sus largos años de exilio y luego, en su convalecencia a causa de una salud quebradiza, aislamientos que de una manera solapada y en otras más explícita influyeron en muchos de sus textos.

Si larga fue su existencia también fue extensa su producción literaria. El escritor publicó innumerables artículos periodísticos, sus primeros relatos breves fueron publicados por entregas en la prensa escrita, y luego con éxito en forma de libro. También son muy reconocidas una quincena de sus novelas, entre otras: El pozo; La muerte y la niña;, Cuando ya no importe, y en particular la denominada “trilogía de Santa María” compuesta La vida breve; El astillero; y Juntacadáveres.

Onetti fue finalista del Premio Rómulo Gallegos en el año 1967 con Justacadáveres, galardón que le fue concedido a Mario Vargas Llosa por La casa verde; en 1980 fue merecedor del Premio Cervantes de Literatura, y también en el mismo año fue postulado para el Premio Nobel. Aún así, son muchos los que piensan que el uruguayo no ha tenido hasta la fecha el reconocimiento que en verdad se merecería.

El siguiente es el texto de su cuento El gato:

“Muchas cosas desagradables se pueden decir o imaginar de John. Pero nunca le sospeché una mentira; tenía demasiado desprecio por la gente para inventarse cualquier fábula que le fuera favorable. De modo que cuando me contó alegre y bebiendo dry martinis la historia –para mí, sobretodo– de uno de sus casamientos fallidos, no tuve duda. Era, o fue, como mirar y oír una película sin posibilidad de recomienzo ni temor sobre su capacidad de ser creída. Tampoco quedaba agujero para una sonrisa.
Yo llegaba, una semana antes, de París y quería actualizar, confirmar y desechar los rumores que me habían llegado sobre amigos, más o menos comunes, durante mi ausencia.
John era un inglés conversador y sabía burlarse de todo con despego, a veces lástima, nunca maldad. Bebimos y hubo un largo silencio: John parecía meditar indeciso con el ceño fruncido.
Dejó su vaso sobre la mesa y me dijo, conservando su actitud de piernas cruzadas y de resuelto perfil:
–Era francesa y tú la conoces. Tal vez lo sepas porque estábamos prácticamente casados. Sólo nos faltaba el sacerdote, el juez y la llegada de unos muebles viejos y caros de los que no quería desprenderse. Bisabuelos y abuelos y padres, casi toda la historia de Francia. A mí sólo me importaba ella, Marie. Ya puedes buscar entre todas las Maries que recuerdes. Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después de que ya había salido. Nos veíamos todas las semanas, aquí o en París. Dos o tres días seguidos. Íbamos y volvíamos. Y mi deseo aumentaba cada vez y yo me entregaba a él, escarbaba en él; quería más y más. Y cada más era como un escalón que me impulsaba a pisar otro. Siempre en descenso porque yo sabía que estaba perdiendo salud y cerebro.
Sin dejar de ofrecerme un hombro, hizo una seña a Jeeves y vinieron dos vasos: dry martini para él y un gin tonic para mí. Encendió la pipa (él sabía que fumar apresuraría mi muerte) y estuvo un rato pensando, casi sonriendo con labios que no endulzaba la alegría. Como ocurre siempre en esta clase de cuentos me mantuve en silencio, esperando; fui recompensado, Johnny dijo sin mirarme:
–Al gato lo bauticé Edgar. Y no porque fuera un gato negro con símbolos de horror, blancos, en su pecho.
–Una noche en que Marie, como estaba planeado, llegó al aeropuerto. La recibí, tomamos cócteles con la alegría de siempre, brindamos por la felicidad matrimonial. Esto no hace reír pero es cómico. Fuimos a cenar y luego a mi departamento. No te dije, porque no lo sé y tal vez no me importe, que la portera y semipatrona estaba encaprichada conmigo o, simplemente, me odiaba sin pausa. Algo de eso.

Entramos y encendí la luz. Ella no había estado nunca allí. Miró alrededor con una sonrisa que era de aprobación antes de haber nacido. Y vio, vimos, en medio de la gran cama, con su colcha blanca de señorita, un gato negro, grande, gordo. Un gato que yo veía por primera vez y que parecía acostumbrado a ronronear allí. Con las patas dobladas bajo el pecho nos miró con ojos curiosos y volvió a cerrarlos. Hasta hoy no sé cómo pudo haber entrado. Sospecho, apenas. Me adelante para acariciarle el lomo y la garganta y entonces ella explotó. Que echara el gato inmundo, que iba a llenar la cama de pulgas. A gritos y pateando el suelo. Yo encendí un cigarrillo y abrí la puerta. Le dije que me había hecho feliz encontrar por sorpresa que alguien nos daba la bienvenida. Ella me trató de estúpido y golpeó las manos hasta que el gato corrió hacia la puerta y la sombra del pasillo. Bueno, vamos a tomar otro vaso porque ya basta como prólogo. Lo que ocurrió es simple y para mí muy trabajoso de explicar. En aquel momento resolví que yo nunca podría casarme con aquella mujer; que era imposible vivir con ella, ser feliz con ella. No se lo dije entonces y el resto de la noche, hasta el cansancio de la madrugada pasaron como lo presentíamos y lo deseábamos.
Bebió de un trago, encendió nuevamente la pipa y sonrió alegre y desafiante. Ahora se volvió para mirarme los ojos y dijo:
–Lo que explica para cualquier tipo inteligente porque desde entonces solo he tenido aventuras y me he propuesto que duren poco”.