“La única droga que no te mata, el único efluvio etílico que no te hace perder los sentidos ni te hace mal al hígado, el único amor que no te fastidia, es la buena literatura”                                                                                                                                                                                 ( Gemma Pasqual )

Charles Bukowski, ¿o tal vez Henry Chinaski?    


La constante presencia en sus escritos del alcoholismo sumada a su atracción por los ambientes decadentes, hicieron que cargara en sus espaldas el mote de “poeta maldito”. Factores estos que sumados a las limitaciones en palabras de sus relatos cortos hacen que lo sitúen dentro del denominado Realismo sucio, movimiento literario que tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX, y al que también se alinearon escritores como los estadounidenses Raymond Carver, Richard Ford o John Fante, a los que se podrían sumar tanto el chileno Marcelo Lillo, el mexicano Adolfo Vergara Trujillo o el español Karmelo Iribarren.

Nacido bajo el nombre Heinrich Karl Bukowski en Adernach, Alemania (1920), a los tres años emigró con sus padres hacia la ciudad americana de Baltimore. Allí y desde pequeño fue desarrollando una relación muy tirante con su progenitor, este hecho y su carácter díscolo propiciaron que dejara la casa familiar para deambular por buena parte del país, empleándose en trabajos temporales y durmiendo en pensiones de baja categoría, lo que acentuó su poca autoestima y su desmesurada inclinación a la bebida, elementos todos que abonaron su manifiesto nihilismo para con la sociedad que le rodeaba.   

Luego de tanto periplo decidió establecerse en la ciudad de Los Ángeles. Allí  comenzó a escribir para algunos diarios locales, mientras producía algunos compendios de poesía a los que sumaba sus libros de relatos, entre los más reconocidos: Hijo de Satanás, Se busca una mujer, Erecciones, exhibiciones e historias, Música de cañerías, Escritos de un viejo indecente. Y también sus novelas: Cartero, Mujeres, Hollywood, La senda del perdedor, Factótum, Barfly, traducida al español como El borracho, con versiones de estas dos últimas para la gran pantalla en las que el escritor ofició también de guionista para su adaptación.

Lo cierto es que la lectura de Bukowski o de su alter ego Chinaski no deja indiferente a ninguno porque de él se han vertido todos los adjetivos posibles; epítetos que, a décadas de su desaparición física, siguen propiciando la reimpresión constante de todas sus obras. En ellas se mezclan lo verídico con la invención más pura, para convertir al escritor en un contador de sucesos, a veces plenos de silencios y de preguntas que no hallan respuestas, cuando no de seres humanos que han perdido lo poco del honor que les quedaba, para reflejar una profunda desazón en sus posibilidades personales sobre la faz de la tierra.

Fiel a sus convicciones hasta el último aliento, o quizás para mofarse de todo el revuelo que había provocado su persona y sus escritos hasta su desaparición física, San Pedro, Estados Unidos (1994), pidió que grabaran una inscripción en la lápida que a modo de sugerencia ornamenta su tumba: “No lo intentes”.

De su novela Hollywood el texto a continuación:

“…Jon Pinchot seguía llevando un día de ventaja respecto al calendario de rodaje y no estaba tremendamente contento por ello. Eso mantenía a Firepower lejos de nuestros traseros. Los peces gordos no iban por allí. Tenían sus espías, por supuesto. Y yo sabía distinguirlos.

   Algunos del equipo tenían libros míos. Me pedían autógrafos. Los libros que tenían eran curiosos. Quiero decir que no eran los que yo consideraba mejores. (Mi mejor libros es siempre el último que he escrito). Algunos tenían un ejemplar de mis primeros relatos indecentes, ‘Cascándosela al diablo`. Unos pocos tenían libros de poesía, ‘Mozart en la higuera` y ‘¿Le dejarías a este hombre cuidar a tu hija de 4 años?` También ‘La letrina del bar es mi capilla`.

   El día se esfumaba, tranquila aunque apáticamente.

   Vaya con la escena de la bañera, pensé. Francine debe de estar súper limpia a estas alturas.

   Entonces Jon Pinchot entró corriendo en el salón. Parecía desencajado. Llevaba la cremallera a medio subir. Estaba despeinado. Tenía una mirada frenética y de agotamiento al mismo tiempo.

   -¡Dios mío! –exclamó-, ¡estás aquí!

   -¿Qué tal va eso?

   Se inclinó y me susurró al oído:

   -Es horrible, ¡es de locos! ¡Francine está preocupada porque le puedan asomar las tetas por encima del agua! Pregunta todo el rato: ‘¿Se me ven las tetas?`

   -¿Y qué pasa si se le ve una tetita?

   Jon se acercó más a mi oído.

   –No es tan joven como le gustaría… Y Hyans odia cómo está puesta la luz… No puede soportar la iluminación y está bebiendo como nunca.

   Hyans era el cámara. Había ganado casi todos los puñeteros premios y galardones en este negocio, uno de los mejores cámaras vivos, pero –como a casi todo el mundo- le gustaba echar un trago de vez en cuando.

   Jon siguió susurrando frenéticamente.

   -Y Jack que no consigue decir bien esa frase. Tenemos que cortar una y otra vez. Hay algo en la frase que le molesta y cuando la dice se le pone esa sonrisa estúpida en la cara.

   -¿Qué frase es?

   -La que dice: ‘Debe de masturbar al policía encargado de vigilar su libertad condicional cada vez que viene a visitarlo`.

   -Vale, que pruebe con ‘Le hará una paja al policía encargado de vigilar su libertad condicional cada vez que viene a visitarlo`.

   -Bien, ¡gracias! ¡ÉSTA VA A SER LA TOMA DECIMONOVENA!

   -Dios mío –dije.

   -Deséame suerte…

   -Suerte…

   Jon salió de la habitación y entró Sarah.

   -¿Qué problema hay?

   -La toma decimonovena. Francine tiene miedo de que se le vean las tetas, a Jack no le sale su frase y a Hyans no le gusta la iluminación…

   -Francine necesita una copa –dijo-, eso la relajará.

   -Hyans no necesita una copa.

   -Ya lo sé. Y Jack podrá decir su frase cuando Francine se relaje.

   -Puede ser.

   En ese momento Francine entró en la habitación. Parecía totalmente perdida, completamente fuera de todo. Llevaba un albornoz y una toalla en la cabeza.

   -Voy a decírselo –dijo Sarah.

   Se dirigió hacia Francine y le habló con calma. Francine escuchaba. Asintió levemente con la cabeza, luego entró en el dormitorio que estaba a su izquierda. Un momento después Sarah salía de la cocina con una taza de café. Bueno, en aquella cocina había whisky, vodka, ginebra. Sarah había hecho alguna mezcla. Se abrió la puerta, se cerró y la taza de café desapareció.

   Sarah salió.

   -Ahora estará perfectamente.

   Pasaron dos o tres minutos y al cabo la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Salió Francine, se dirigió hacia el cuarto de baño y la cámara. En el camino su mirada se cruzó con la de Sarah.

   -¡Gracias!

   Bueno, no quedaba otra cosa que hacer más que esperar allí sentado y seguir entregado al parloteo.

   No pude sino mirar hacia el pasado. Éste era el mismísimo edificio del que me había echado por tener una noche a tres mujeres en mi habitación. En aquellos tiempos no existía eso de los ‘Derechos del Inquilino`.

   -Señor Chinaski –dijo la casera-, aquí vive gente muy religiosa, gente que trabaja, gente que tiene niños pequeños. Nunca he oído quejas así de otros inquilinos. Y yo también lo oigo a usted, esas canciones, esas palabrotas…, cosas que se rompen…, lenguaje vulgar y risotadas… ¡En toda mi vida he oído nada parecido al jaleo de anoche en su habitación!

   -Está bien, me voy…

   -Gracias”.

“No existe una idea más estúpida en literatura que tener miedo a las influencias; hay lecturas que generan una huella muy intensa, pero esas obras crean más bien un eco, algo más profundo que está dentro de nosotros( Hervé Le Tellier )

Anónimas y seudónimas, tácticas para triunfar en un mundo de hombres

A lo largo del tiempo narradoras, poetas y cronistas de época debieron publicar sus obras sin firma o camuflarse detrás de alias masculinos para poder publicar sus obras

Jane Austen, Isak Dinesen, George Eliot, J. K. Rowling, Charlotte Brontë, Emma de la Barra, entre otras, publicaron sus obras en forma anónima o con seudónimos.

Tiempo atrás, las escritoras debían ocultar sus nombres y publicar sus libros sin firma o con seudónimos masculinos. Grandes autoras, como Jane Austen, George Eliot (Mary Ann Evans) y Emily Brontë, dieron a conocer sus obras maestras, como cabe calificar a Sensatez y sentimientos, Middlemarch y Cumbres borrascosas, respectivamente, de modo anónimo o utilizando un alias. Austen lo hizo con el gentil “By a Lady” en la portada (fórmula que en las siguientes novelas se convirtió en “Por el autor de Sensatez y sentimientos”) y la hermana menor de Charlotte, como Ellis Bell. Esa práctica se extendió en el siglo XIX y en el XX, por diversas razones: usos y costumbres, “por conveniencia personal” (como se aclara al comienzo de La princesa de Clèves, de Mme. de La Fayette), comerciales, de censura o autocensura, políticas y lúdicas, como en el caso de J. K. Rowling, que además de usar seudónimo creo un alter ego masculino, Robert Galbraith.

Para algunos críticos, podría ser un anacronismo achacar el anonimato o la seudonimia al “patriarcado”. Como Austen, Walter Scott también dio a conocer Waverley en forma anónima y las siguientes novelas históricas que escribió aparecieron con la leyenda “Por el autor de Waverley”. En el siglo pasado, las escritora danesa Karen Blixen, reconocida autora de Memorias de África y Siete cuentos góticos, utilizó a lo largo de su vida varios seudónimos masculinos; el más célebre fue el de Isak Dinesen.

“El seudónimo o el anonimato para publicar se explica en las mujeres como tácticas defensivas -dice la investigadora y narradora Elsa Drucaroff-. Por un lado, para eludir la censura, pero muy a menudo para ser tomada en serio. Lo que escriben las mujeres es tomado en serio por ejemplo en la Argentina desde hace pocos años, no sé si llegan a diez”. Para la autora de Checkpoint, usar iniciales para que no se sepa que firma una mujer o cambiarse a nombre de varón es una manera de ser considerada, “de que no empiecen leyéndote con el prejuicio de que van a leer cosas sentimentales o ‘literatura para niñas’ o ‘literatura para mujeres’, entendiendo eso como algo despectivo, algo que no llega a ser arte”. Por otro lado, escribir y publicar conlleva sus riesgos. “La palabra pública femenina tiene un riesgo que la palabra pública masculina no tiene -agrega Drucaroff-. El ámbito público es hegemónicamente masculino y por algo se llamaba ‘mujer de la calle’ a una prostituta: la calle no es para las mujeres. La voz pública femenina es entendida como confesión personal; cuando se lee literatura sabiendo que es de mujer, se tiende a hacer relaciones directas con su aspecto, su sexualidad. Si Henry Miller publica Trópico de Cáncer, lo suyo es una exploración existencial crispada, pero si Ana María Shua publica Los amores de Laurita, todos opinan si la autora es linda o fea”.

En Francia, uno de los éxitos de la literatura erótica del siglo XX, La pasión de Mademoiselle S, es una recopilación de cartas escritas por una mujer (Simone) a su amante (Charles) durante los años 1920. Halladas por el diplomático francés Jean-Yves Berthault, se publicaron como anónimas. “El seudónimo o el anonimato en la publicación puede ser para las mujeres un modo de quedar a salvo de la infamia, de los riesgos que corren por exponer su voz”, concluye Drucaroff.

María Lejárrega
Elena Fortún

Si bien aclara que el uso de seudónimos por parte de escritoras es un tema complejo, que implica valores personales, sociales y culturales en relación con los roles femeninos, la escritora Josefina Delgado señala que “detrás del uso de seudónimos hay una constante: ser mujer no es prestigioso si se firma lo que se escribe con el propio nombre; los seudónimos solían ser nombres masculinos, y las variantes eran si socialmente o en círculos íntimos las autoras aceptaban ser ellas mismas las responsables de las obras”. La autora de Alfonsina Storni: una biografía esencial brinda ejemplos de la literatura española.  “María Lejárraga, cuya actuación política le impide publicar con su nombre y acude al de su marido, escritor ya conocido, Gregorio Martínez Sierra, que publica algunos de los trabajos de María como si fueran suyos. Y pareciera que esto llegó a extremos de deslealtad, ya que Gregorio abusó del talento de su mujer y se apropió de obras teatrales y derechos de autor que no le correspondían. Finalmente, ella firmó como María Martínez Sierra, con el apellido del marido, que resulta de algún modo otro matiz de la seudonimia”. Lejárraga murió en Buenos Aires en 1974. “El otro caso es el de Elena Fortún, seudónimo de María de la Encarnación Aragoneses, de familia aristocrática. Tanto ella como su marido fueron antifranquistas, de modo que tuvieron que exiliarse y lo hicieron en Buenos Aires.  Elena se había dedicado en España a escribir literatura infantil alrededor de un personaje, Celia, que tuvo mucho éxito y que a finales de los años 1980 fue rescatada por la editorial Aguilar. Su obra de ficción ha sido recuperada y recientemente se publicó su novela autobiográfica Oculto sendero, que estaba firmada con otro seudónimo, Rosa María Castaños, y donde están muchas claves de su vida, ya que explica el camino de una niña que quiere ser un varón”. La escritora y periodista española Teresa de Escoriaza y Zabalza usó el seudónimo masculino Félix de Haro.

Volvamos al siglo XIX, en el Reino Unido. “En 1837, Charlotte Brontë escribió una carta, y le adjuntó un poema, al poeta laureado Robert Southey, y este le respondió que ella tenía el don del verso pero que, al ser mujer, no podía dedicarse a escribir -dice a LA NACION Laura Ramos, autora de Infernales. La hermandad Brontë: Charlotte, Emily, Anne y Branwell.  Unos años después, en 1846, cuando las hermanas Brontë decidieron publicar sus poemas, sufragando la edición, decidieron travestirse con nombres masculinos o ambiguos. Charlotte firmó como Currer Bell; Emily como Ellis Bell y Anne, como Acton Bell. Cuando publicaron sus novelas, usaron esos seudónimos. Luego, las novelas se hicieron célebres y fueron al mismo tiempo acusadas de inmorales y brutales. Las hermanas decidieron mantener los seudónimos y Emily murió siendo Ellis Bell para los lectores”. Mujer precavida vale por dos.

(Daniel Gigena es el autor de este artículo, publicado por el diario La Nación de Argentina)

Constantino Cavafis, luz deslumbrante del Mediterráneo

Es considerado como una de las grandes personalidades literarias de la Grecia moderna. Y es que la irrupción del poeta nacido en Alejandría, Egipto (1863 – 1935), se fue consolidando de manera lenta pero paulatina como una de las voces más representativas de la poesía helénica.

Era el hijo menor de una familia de ocho vástagos oriunda de Constantinopla, la actual Estambul, que se dedicaba al comercio del algodón y de las telas, actividad por la cual se habían establecido en la ciudad egipcia. Una vez fallecido el padre del clan, la madre tomó la decisión de volver a emigrar esta vez a la ciudad inglesa de Liverpool, donde permanecerían durante siete años para luego volver a asentarse de manera definitiva en la ciudad fundada por Alejandro Magno.

Allí el joven Constantino consiguió un empleo de funcionario en el Ministerio de Obras Públicas, donde permanecería durante largos treinta años. En ese largo tiempo Cavafis nunca dejó de componer sus versos, aunque tímido o falto de confianza con su hacer, nunca llegó a publicar sus poemas. Fue luego de largas insistencias de sus amigos que se decidió a hacer una impresión reducida de los mismos, para distribuirlos a unos pocos o a los que él consideraba con la sensibilidad necesaria para comprender su poesía.

Obsesivo con la expresión escrita, tenía la costumbre de dejar madurar sus textos mientras los iba corrigiendo una y otra vez. En su poesía, de tono decididamente intimista, surgen temas reiterados: el homo erotismo, la decadencia de los seres humanos, o el mundo helenístico; versos que en su mayoría conservan la particularidad de instalarse dentro de un orden atemporal.

Fue luego de su muerte y a través de algunos escritores británicos que su obra comenzó a trascender hacia otras latitudes, hasta llegar a alcanzar el adjetivo de ineludible, sirviendo de inspiración para otros tantos poetas que le sucedieron. A punto tal, que los textos del alejandrino son al presente objeto de público reconocimiento y de una reedición constante en diversos soportes y a través de distintos sellos literarios. He aquí una pequeña selección de los mismos: 

Las almas de los viejos

En sus antiguos cuerpos estropeados

están las almas de los viejos asentadas.

Qué lamentables son las desgraciadas,

cómo se aburren de la triste vida que les hiere.

Cómo temen perderla y cómo la quieren,

contradictorias y desconcertadas

-cómico-trágicas- las almas asentadas

en sus antiguos pellejos desgastados.      

Jura

Y jura muchas veces     seguir una vida mejor.

Mas cuando cae la noche     con sus incitaciones y

con sus condescendencias     y sus propias promesas;

mas cuando cae la noche     con su poder y el ímpetu

del cuerpo que desea tanto     va de nuevo

perdido en busca del placer fatal.

Recuerda, cuerpo…

Recuerda, cuerpo, no tan solo cuánto te han amado

no solamente las camas en las que te acostaste,

sino también tantos deseos que por ti

hacían destellar tanto los ojos,

y que temblaban en la voz –y algún

obstáculo casual los anuló.

Ahora que todo ya al pasado pertenece,

parece como si a aquellos deseos

te hubieras entregado –que destellos,

recuerda, en los ojos que te miraban;

cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.

Desde las nueve

Las doce y media ya. Qué rápido ha pasado el tiempo

desde las nueve, en que encendí la lámpara

y me senté aquí. Sentado sin leer

y sin hablar. Con quién podría hablar,

completamente solo en esta casa.

La imagen de mi cuerpo adolescente,

desde las nueve en que encendí la lámpara,

vino y me encontró aquí, y me recordó

cuartos cerrados llenos de perfumes

y el antiguo placer -¡qué atrevido placer!

Y me puso, además, ante los ojos

calles que ahora son irreconocibles,

centros llenos de vida ya cerrados,

y cafés y teatros que existieron una vez.

La imagen de mi cuerpo adolescente

vino para traerme también penas:

el duelo familiar, separaciones,

los sentimientos de los míos, sentimientos

poco estimados de los que ya han muerto.

Las doce y media. Cómo ha pasado el tiempo.

Las doce y media. Cómo han pasado los años.    

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

Pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes  

Ni al salvaje Poseidón encontrarás,

Si no los llevas dentro de tu alma,

Si no los yergue tu alma ante ti.         

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

A aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya que significan las Ítacas.

La vuelta al mundo con trece escritores

Ilustraciones de Luis Mendo

Se dice que con la literatura se puede llegar muy lejos, tal vez por ello, en momentos que aún seguimos condicionados por la pandemia con pruebas y cuarentenas, trece literatos se han propuesto ejercer de guías para superar nuestras limitaciones y así transportarnos por lugares y tiempos; un periplo entre lo personal y lo creativo

Echaron la vista atrás y comprobaron que aquella aventura era un atajo hacia la felicidad. A un tiempo hecho de polvo de estrellas fulgurantes, aunque su luz venga de un tiempo sin tiempo que ilumina recuerdos: Nélida Piñon se ve a los cuatro o cinco años en la playa casi anónima de Copacabana “recogiendo bichitos para hacer arroz”… Elena Poniatowska siente en su cara el viento que entraba por la ventanilla del coche cuando tenía 10 y comprobó la inmensidad de un México que dejaba a su Francia natal “como un pañuelo”. Colm Tóibín sonríe al escuchar el latir de la vida que le descubrió Londres cuando salió por primera vez de Irlanda a los 19 años… Paco Roca revive los pasos de Tintín cuando a los veintitantos años hizo realidad el sueño de ir a Egipto…

Ellos y hasta un total de 13 escritores sirven de guías por destinos de todo el mundo con sus evocaciones como una manera de viajar en un periodo en el que muchos no lo podrán hacer por la pandemia del coronavirus. Un periplo a través de sus voces por diferentes lugares y tiempos con pequeños grandes viajes que los marcaron en lo personal y lo creativo. Nos hablan de lo que vieron, oyeron, pensaron, sintieron… Billetes para unas vacaciones literarias.

Copacabana sueños e inspiración

Nélida Piñon

“Antes de que Copacabana tuviera el encanto y el fulgor de hoy, yo viví allí. Tenía unos cuatro o cinco años, entre las décadas treinta y cuarenta, cuando mis padres se mudaron allá. Era un inmenso arenal en forma de medialuna. Uno se ponía en una punta extrema de la playa para ver la otra punta y comprobar que se formaba una especie de collar de perlas. Mi padre, que era un gran nadador, me llevaba a la playa, donde yo buscaba bichitos que venían del mar para hacer arroz. Era una aventura fantástica. A veces miraba y miraba el mar…, como creía que ahí empezaba Europa le decía a mi madre: ‘¡Vamos a Europa, vamos a Europa!’. Ella contestaba: ‘No ha llegado el momento de ir a Europa. Pero prometemos llevarte, hay que esperar’. Yo insistía porque creía que la frontera con Europa era ­Copacabana.

Entonces, no era el lugar deslumbrante y pecaminoso de hoy, pero ya tenía una belleza extraordinaria. En aquellos años comenzaban a vivir allí pequeños funcionarios y a la vez millonarios. Empezaron a emerger edificios hasta convertirse en lo que es hoy. Luego nos fuimos. Mi abuelo gallego le decía a mi padre: ‘¡Pero Daniel, por qué no compraste terrenos allí!’. Él le contestaba: ‘Uno no puede adivinar el futuro’. Pero con su belleza y atractivo, Copacabana inspiró muchas cosas mías, desarrolló mi imaginación”.

Nélida Piñon (Río de Janeiro, Brasil, 1934), obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005 y es miembro de la Academia Brasileña de Letras. Su libro más reciente es su mosaico autobiográfico La épica del corazón. Es hija de padres y abuelos gallegos migrados a Brasil.

La intensidad de un campo de maíz

Elena Poniatowska

“A los 10 años, en mitad de la II Guerra Mundial, salí de París con mi hermana y mis padres. Llegamos a Bilbao y embarcamos a México. Allí me di cuenta de que era un país tan grande que Francia a su lado era un pañuelo. Ese nuevo país era el país de mi mamá. Vivíamos en Ciudad de México, una urbe chaparrita con muchas casas y edificios bajos de color sangre quemada porque las casas eran rojas y el sol les rebajaba el color. Lo primero que recuerdo es que desde la ciudad íbamos por una carretera. Mi mamá manejaba, aunque le decían que no viajara sola con sus hijas. No hacía caso. Era muy atrevida; durante la guerra lo hizo con ambulancias en plena noche, incluso con los faros apagados para que no la vieran los alemanes.

Aquel día íbamos por la carretera hacia Acapulco cuando no era famosa. Ahora es una ciudad horrible, por el turismo y la idiotez. En ese viaje vi un inmenso país, un inmenso campo de maíz, algo que jamás había visto porque, aunque en Francia había atravesado en bicicleta los campos de lavanda para ir a la escuela, era solo una colcha de cuadritos de colores de cultivos. Ese día en la carretera que nos llevaba al mar tuve una sensación que nunca antes había tenido: sentí la inmensidad. Una carretera azul marino, sin un alma y algún perro flaco que no entendía cómo había llegado ahí. El olor del mar anticipó la llegada. Había un solo hotel, El Papagayo, que no cometía la grosería de estar en la arena de la playa, sino que había que atravesar la calle para ir al mar”.

Elena Poniatowska (París, 1932), recibió el Premio Miguel de Cervantes en 2013. Es periodista y autora de obras como La noche de Tlatelolco y La piel del cielo. Su novela más reciente es El amante polaco. Es hija del príncipe polaco Jean E. Poniatowski y la mexicana María de los Dolores Amor Escandón.

Ríos color turquesa en el desierto

Guillermo Arriaga

“Cuando tenía alrededor de 12 o 13 años fui por primera vez a un lugar de cacería cerca de Piedras Negras, en Coahuila, en la frontera con Estados Unidos. Primero viajamos en tren desde Ciudad de México hasta Santi; fueron 12 horas. Luego ocho horas más en autobús. Me pareció lejísimo. Llegamos al rancho San Martín de mi primo Pepe Sánchez; se llama San Martín porque ellos se apellidan Sánchez Martínez. Es un rancho de 5.000 hectáreas del cual quedé prendado. Regresamos unas cuantas veces, hasta que en 1981 mi primo Pepe lo rentó a unos americanos y ya no pudimos volver allá.

Años después, mi amigo Sergio Avilés, originario del Estado de Coahuila, me invitó a una población llamada Zaragoza y empezamos a cazar por la zona. Resulta que el lugar donde iba a cazar está apenas a unos dos kilómetros del rancho donde iba a cazar en 1971. Ha sido una emoción regresar a esa misma zona donde iba todos los veranos. Hay unos ríos espectaculares de color turquesa. Uno no se puede imaginar en mitad del desierto esos ríos de colores. Los atardeceres son bestiales. Quizás ahí habita la mejor gente que he podido conocer en el mundo. Aquí y allá aparecen manchas de encinas y nogales. Es ahí donde, quizá, tengo los mejores recuerdos que me han acompañado desde los 12 años hasta ahora con 62. Son 50 años de estar vinculado a esa tierra”.

Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958), es escritor, además de productor, guionista y director de cine. Como guionista destacan Amores Perros21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada. Su libro más reciente es Salvar el fuego.

Cubanía dos en uno

David Rieff

“No tengo experiencia de vacaciones porque soy, digamos, un viajero profesional, para no decir un extranjero profesional. Hay dos lugares que me evocan un estado de ánimo, ya que están vinculados a buenos recuerdos: La Habana y Miami, el cubanismo. Crecí en Nueva York en un mundo en el cual había muchos exiliados, primero del régimen de Batista y luego de los hermanos Castro. De niño tenía una imagen mágica de Cuba. Diez años más tarde tuve mi pequeña época radical izquierdista, ahora odio la política. En los noventa me invitaron a visitar la isla. Así la conocí desde el punto de vista de los exiliados que regresaron y personas que vivían en Miami.

La Habana es una ciudad extraordinaria no solo con grandes monumentos y lugares erigidos por los españoles, también tiene casas modernistas de gran interés arquitectónico. Luego está Miami con todos los cubanos que crearon un espacio especial. Dos lugares mágicos de la revolución y del exilio que empezaron a fusionarse en mi imaginación. Ahora no llego a pensar en La Habana sin pensar en el Miami cubano. Durante bastantes años no sabía cuál era cuál. Dos ciudades encarnación del cubanismo con sus acentos y el poder de su seducción. El cubanismo como algo binario”.

David Rieff (Boston, Estados Unidos, 1952), es periodista, analista político y crítico cultural; ha cubierto grandes conflictos en las últimas décadas. Su libro más reciente es Contra la memoria. Es hijo de la escritora e intelectual Susan Sontag.

Noche de luz sin sombra en Reikiavik

Ida Vitale

“En un verano de mediados de los años noventa hice la única cosa rara en mi vida: un viaje a Islandia. Cuando uno tiene un sueño no siempre va a ser ir a Islandia. Se produjo por algo casual y fui con mi marido. Lo primero que recuerdo es el trayecto del aeropuerto a Reikiavik, bastante alejado, lo que permitió que viera el campo. Una tierra llana poblada de yuyiyos, esas plantitas que nacen por todos lados, y vi tréboles por doquier, un campo muy verde. En invierno la nieve lo cubre todo, nutre la tierra, y lo que deja no está mal.

En el trayecto había dos casas grandes donde paramos. Tenían una especie de jardín, plantaciones y animalitos. Yo muy curiosa me acerqué a una casa con muchas gallinas; se ve que entreabrí una puerta y todo el gallinerío se escapó. Me tuve que dedicar a devolver las aves al corral; entonces, noté que eran muy obedientes, no sé si es una particularidad de las gallinas islandesas, pero atendieron volver al corral sin mucha alharaca. Ya sabía que Islandia era un país muy ­civilizado.

Las noches tenían un cielo muy estrellado, aunque menos que el de Montevideo. Lo que me sorprendió fue la cordialidad y educación de la gente. Me sorprendió la naturaleza, el espacio. Y, claro, el sol de medianoche, su claridad. No es que se vea el sol relumbrando, es una claridad distinta porque la luz viene de un sol escondido, de un sol que recuerdo ver cómo se sumergía en el mar mientras su luz seguía. Es una luz sin sombras”.

Ida Vitale (Montevideo, 1923), ganó el Premio Miguel de Cervantes en 2018. Es poeta, narradora, traductora y ensayista. Toda su obra poética está en Poesía reunida. Entre 1973 y 1985 vivió exiliada en México a causa de la dictadura de Uruguay. Residió en Austin, Texas, EE UU, entre 1989 y 2016.

Londres, esa ventana al mundo

Colm Tóibín

“El Gobierno británico pagó mi primera salida de Dublín y visita a Londres. Un día de febrero de 1974, cuando tenía 19 años, fui a la oficina de la universidad que asesora sobre tu futuro tras acabar los estudios. El hombre que atendía me dijo que, si quería ser funcionario, había un sistema en el que podías ir a Londres y ser funcionario británico. Y añadió que podía conocer la ciudad y las oficinas y el sistema de gobierno, todo pagado por ellos. Yo era irlandés y no quería ser funcionario… Nunca había salido de mi país, ni a ­Irlanda del Norte.

Pocas semanas después viajaba en un barco desde Dublín hasta Liverpool, luego en un tren en primera clase hasta Londres. Llegué a un hotel de tres estrellas. Durante una semana fui cada día a un departamento de la Administración inglesa. A las tres de la tarde quedaba libre y nos daban dinero. Iba a museos y, especialmente, a las librerías, que eran maravillosas. Caminaba por las calles sin conocer a nadie, algo impensable en Dublín. Conocías los bares, la noche con su oferta divertida. Me impactó la ciudad. Irlanda era un país blanco, solo vivían irlandeses, pero Londres… Londres tenía restaurantes indios, paquistaníes y de diferentes países. Yo tenía 19 años, era bastante inocente, y lo que me interesaba era comprar libros e ir a museos… No, más que libros y museos, Londres era el ambiente en las calles. Todo el mundo estaba ahí”.

Colm Tóibín (Enniscorthy, Irlanda, 1955), es escritor, ensayista, crítico literario y ha sido profesor interino de universidades como las de Princeton, Stanford, Texas y Nueva York. Es autor de libros como The Master. Retrato del novelista adulto Brooklyn. Su novela más reciente es Nora Webster.

En un pueblo de Málaga

Paul Preston

“Mi primer recuerdo de España es el de un agosto en la Gran Vía de Madrid y los olores, el hecho de que todavía hubiera artesanos trabajando delante de sus tiendas. Madrid me alucinó. Fue el año 1969, más cerca, aún, de la Guerra Civil que de la democracia que iba a llegar. Viajé en aquel verano después de estudiar en Oxford y en el comienzo de un máster en la Universidad de Reading sobre la Guerra Civil española. La idea era veranear y aprender español con unos amigos y mi novia. Mis amigos ingleses me habían prevenido contra la comida española y resultó que ¡me encantaba! Esas tortillas me gustaron desde el primer bocado. Aquel verano engordé. Hubo cosas que me horrorizaron, como ver a mutilados de la Guerra Civil en las calles y ver señales de guerra.

Esa semana en Madrid hizo un calor espantoso, así es que tomamos un tren y nos fuimos a un pueblo de Málaga. El viaje fue nocturno y muy lento. No fue hasta la mañana que descubrimos ese paisaje del sur que desde entonces me ha llamado siempre la atención por sus contrastes: zonas secas pintadas por otras verdes, pequeños bosques o cultivos, como los olivares, que suben y bajan por las hondonadas, así como los pueblos de casas blancas que brillan bajo un cielo azul. Mientras mis amigos iban de copas y a la playa, yo me centraba en aprender español. Lo que más recuerdo es la amabilidad y comprensión de la gente con alguien que balbuceaba palabras. Un día, un vecino del pueblo me preguntó qué iba a hacer al día siguiente. ‘Ir a Granada’, le contesté. Me miró sorprendido y dijo: ‘Ahí no hay nada, solo cosas viejas’. Me hizo gracia”.

Paul Preston (Liverpool, Reino Unido, 1946). Es historiador y uno de los máximos expertos en la historia de España del siglo XX. Su título más reciente es Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días. Corrupción, incompetencia política y división social.

Madrid-Praga, dos ciudades unidas por un poema

Clara Janés

“El viaje que más nos tienta siempre es el que nos lleva a un lugar desconocido. Así fue mi primera visita a Praga para conocer al poeta Vladimír Holan. El país estaba bajo el dominio soviético, por lo que Holan, rebelde, estaba encerrado y no quería ver a nadie. Yo llevaba seis años sin escribir poesía, pero tras leer Una Noche con Hamlet volví a ella con entusiasmo. Tanto que busqué al traductor de Holan, Josef Forbelsky, y le mandé lo que había escrito, Amor. Él se lo hizo llegar, y recibí como respuesta un libro dedicado: ‘A Clara Janés, con amor’. Yo estaba en Barcelona y con ayuda de una amiga checa le escribí diciendo que me gustaría mucho conocerlo. Contestó que podía ir a verlo cuando quisiera y a los dos días tomé un avión. Era el 13 de junio de 1975. En aquellos años Praga era una ciudad misteriosa, oscura, y también muy bonita con sus casas de jardines preciosos. No tenía el coloreado de Walt Disney de hoy. El día que fui a ver a Holan llevé vino, rosas y poemas. Él se escondió detrás de las rosas, hizo caso al vino y solo al despedirse tomó en sus manos los poemas. Se puso a temblar y su rostro cambió de color. Me cogió las manos, las besó y me pidió que volviera. Estudié checo para poder hablar con él y a los dos años regresé, y así cada año hasta que se murió. Resulta que él me había adivinado antes de conocerme. Su poema Una noche con Ofelia, escrito mucho antes de tener noticias mías, habla de una mujer de Barcelona que viajaba a su tierra para conocer a un poeta. La historia la relaté en La voz de Ofelia.

Aquel primer verano estuve pocos días en Praga. Recuerdo el café Slavia, lugar de reunión de escritores e intelectuales, donde, precisamente, Holan tradujo a Góngora. Me sorprendieron el cementerio judío antiguo y las iglesias con sus órganos y su música. Praga era una ciudad muy seductora”.

Clara Janés (Barcelona, 1940), es poeta, traductora y miembro de la Real Academia Española. Su obra más reciente es Kamasutra para dormir a un experto. Es hija del editor Josep Janés i Olivé.

Las respuestas del monte Athos

Paolo Giordano

“En un viaje al Medievo en Athos fui en busca de mí mismo. Es el viaje más raro que he hecho, hasta ese monte situado en una península de Grecia en el Mediterráneo. Fue como estar en una ficción. Un lugar de fe pura para una persona con una relación con la religión muy difícil como yo, que he sido de todo en mi vida: un poco ateo, creyente, alguien que no sabía si creer. Un viaje para comprender cosas sobre mí. Fueron cuatro días, lo máximo que autorizan en este sitio prohibido para mujeres y lleno de monasterios. No tenía un plano del lugar. Estaba solo con mi maleta pequeña. Allí, lo que haces es moverte de un monasterio a otro y pedir hospitalidad por la noche sin ninguna seguridad de que te dejen dormir o te den comida. Fue la primera vez que partí sin seguridad de nada y solo con preguntas. Apenas hablé con algunos monjes que me recibieron en los monasterios. Cuatro días de soledad muy intensa. Los monasterios son impresionantes, antiguos y maravillosos, situados en lugares muchas veces de difícil acceso, sobre montes o sobre el mar, y cada uno es diferente del otro. Fue como viajar a la Edad Media. Era 2015 y yo tenía 33 años”.

Paolo Giordano (Turín, Italia, 1982). Con su debut en la novela, La soledad de los números primos, obtuvo en 2008 en Italia el Premio Strega y el Campiello a la mejor ópera prima. Fue un éxito global. Su novela más reciente es Conquistar el cielo.

Surcando el Nilo

Paco Roca

“En mi primer viaje seguí los pasos de Tintín. Desde pequeño siempre me ha encantado, en especial el cómic Los cigarros del faraón, que debe ser el que más he leído en la infancia. Descubrí con este personaje la aventura, y con ese álbum la curiosidad y el interés por Egipto. Cuando empecé a trabajar como ilustrador de publicidad, con el primer dinero que tuve ese mismo verano de mediados de los años noventa me fui a visitar ese país. ¡Una experiencia increíble! Ya conocía a pintores y escritores románticos que hablaban del lugar y, de repente, te encontrabas en medio de la tierra de una civilización perdida y decadente. Hice el viaje clásico por el Nilo. Me vi casi como un explorador del siglo XIX. Hice realidad un sueño y aquello me sirvió en muchas facetas profesionales a la hora de contar ambientes y de transcribir en mis dibujos esa sensación de una ­gloria perdida.

Me embarqué en Luxor, junto a Karnak, uno de los lugares más espectaculares en los que he estado. Era un barco económico. El dinero no me alcanzaba para grandes lujos, pero la experiencia fue única. Viví el primer atardecer de manera especial con ese rojo de la arena del desierto mientras navegaba. La mente se me iba a todas esas novelas de aventuras, a esos grabados de David Roberts. El viaje terminó en Abu Simbel, el cierre perfecto con ese templo y esas esculturas de Ramsés. La felicidad, muchas veces, es poder cumplir esos sueños de la infancia. De niño, leyendo Tintín, me había imaginado estar allí; fueron los días más felices de toda mi vida”.

Paco Roca (Valencia, España, 1969) es un historietista e ilustrador publicitario. En 2008 obtuvo el Premio Nacional del cómic por Arrugas. Entre sus obras destacan El invierno del dibujante, Los surcos del azar o El tesoro del cisne negro, que Alejandro Amenábar está adaptando al formato serie. En otoño publicará Regreso al Edén.

El eterno trotamundos

Cees Nooteboom

“Mi nomadismo empezó cuando tenía 17 años, en el verano de 1950. Cogí la bicicleta y le dije a mi madre que me iba: fui a Bélgica. Ese fue mi primer viaje al extranjero y, en cierta manera, ya nunca he parado. Lo que es difícil para los demás, para mí es normal. El viaje sale de la curiosidad, de ver cómo viven los otros. En Bolivia o Argentina he encontrado a jóvenes que viajan en autobús y toman un año de su vida para descubrir el mundo. Otra cosa es el turismo. Pero estos jóvenes lo hacen como yo lo he hecho. Hay que dejarse llevar. Llegar a una ciudad, ir a la terminal de autobuses, tomar cualquiera y dejarse llevar. Así habrá aventuras, cosas feas, cosas bellas, gente interesante, gente aburrida. Nunca se sabe. Así el mundo se ensancha. Y si puedes aprender el idioma antes de viajar, mucho mejor. Entonces el mundo sí que será grande y diferente.

Recuerdo las dos veces que he ido a Japón en un peregrinaje por 33 templos de los 68 que hay. Tardé dos meses. Son casi seis kilómetros entre un templo y otro. Más que viajar, es la necesidad de conocer lo que me mueve”.

Cees Nooteboom (La Haya, Holanda, 1933), obtuvo el Premio Formentor de las Letras 2020. Escritor, ensayista, traductor y poeta, entre sus obras figuran En las montañas de Holanda, Tumbas, Noticias de Berlín, Lluvia roja y Hotel nómada. En otoño publicará El león, la ciudad y el agua.

Un viaje a las estrellas

Gioconda Belli

“Mi viaje fue cósmico. Me encantan los fenómenos celestes. Estoy inscrita en un site de la NASA que me anuncia fenómenos diferentes. En 2001 anunciaron una lluvia de estrellas espectacular, las Leónidas, en mitad de noviembre, la cola de un cometa llamado Tempel-Tuttle que a su paso hacia el Sol se tornaría incandescente. Decían que no habría un fenómeno igual en 100 años y que dejaría entre 1.000 y 3.000 estrellas fugaces por hora. Yo vivía en Los Ángeles y la luz de la ciudad está contraindicada para observar el fenómeno. Hablé con una amiga que vivía a dos horas. A las cinco de la tarde me llamó y me dijo que el cielo estaba nublado. No lo podía creer. Pensé que debía de haber un lugar en California donde el cielo estuviera despejado. Corrí al computador y vi que Palm Beach era ese lugar. Viajamos con mi marido dos o tres horas. Él revisó el mapa y vio que cerca de allí estaban las montañas de San Jacinto. Tras avanzar por lo profundo de la noche y ya con las luces de la civilización que apenas se veían, encontramos una zona de camping. Era medianoche cuando estacionamos, nos bajamos y nos quedamos recostados en la puerta del coche alelados: nunca había visto un cielo con tantas estrellas. Iluminaban una noche sin luna que permitía que viéramos nuestras sombras. Luces de toda clase cayendo, dejando estelas de colores, del rojo al amarillo como trazos fosforescentes como tirados por un niño travieso de la constelación de Leo. Una fiesta de serpentinas iluminadas, un milagro cósmico. No van a pasar 100 años para volverlas a ver, sino 33 cuando, en 2034, haya otra lluvia de estrellas similar. Los que puedan no se la pierdan, vayan a una montaña o lejos de la ciudad y harán un memorable viaje a las estrellas”.

Gioconda Belli (Managua, 1948), es miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Es poeta y narradora, y fue activista del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Su novela más reciente es Las fiebres de la memoria.

África de ayer, África de hoy

Dacia Maraini

“Viajar a África era como desplazarse en el tiempo. Aferrarse a algunos de los últimos restos de historia antigua que todavía existen en el mundo. Allí podía ver con mis ojos los últimos animales salvajes, a los que hemos masacrado y que están desapareciendo. Quería decir percibir el olor de un viento que no conoce asfalto ni gasolina. Quería decir conocer a personas cándidas y crueles que seguían viviendo de sus brazos y de su tierra.

Sabemos qué han hecho los europeos en nombre de la civilización: saquearon las materias primas sin dar nada a cambio; se apropiaron de los brazos más robustos, los hicieron esclavos y los exportaron a tierras lejanas; masacraron los animales salvajes. Todo en nombre de la civilización y de una nueva religión ­monoteísta.

Para mí, visitar África, sobre todo en compañía de personas tan queridas como Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini, era un modo de conocer y comprender la historia, las costumbres, los pensamientos de aquellos que a sus espaldas no tienen cuentos de vencedores, sino largas tragedias de servidumbre.

Hoy África tiene otros enemigos que no vienen desde el exterior, sino desde el interior: extremistas religiosos intransigentes y violentos que, en nombre de un dios con rostro severo y vengativo, someten, humillan y asesinan a todo aquel que no piensa como ellos, y antes que a nadie a sus propios hermanos y compatriotas.

Recuerdo a mujeres robustas, grandes caminantes, libres aunque consideradas como burros de carga, que gestionaban y dirigían todos los pequeños mercados africanos. Volviendo ahora a los países del interior, me he encontrado con esos mercados en manos de extranjeros y mujeres cubiertas de negro de los pies a la cabeza, sin despegarse de las paredes. Este es el mal de África en estos días, atrapada como está en una terrible guerra civil entre los que se toman en serio las palabras escritas en el siglo V y aquellos que quieren historizar, comprender, estudiar, emanciparse en nombre de nuevas libertades y nuevos conocimientos. Está en juego el futuro de un continente colosal de donde todos venimos y del que somos hijos, pero cuya supervivencia está hoy en riesgo a causa del hambre y del odio”.

Dacia Maraini (Fiesole, Italia, 1936) es poeta, dramaturga, novelista, ensayista y guionista de cine. Su último libro en España es Isolina. La mujer descuartizada y en septiembre publicará Trío. Dos amigas, un hombre y la peste de Mesina.

(Winston Manrique Sabogal es autor de este artículo, que fue reproducido en el diario El País de España)

Un atisbo de miedo, pompa, lágrima,
despertar con el día y descubrir
que aquello por lo cual nos despertábamos
respira ya en un alba diferente. 
Joaquín Sorolla, lienzo - Emily Dickinson, poema

Karina Sainz Borgo, en su promisorio debut literario

La venezolana (Caracas, 1982) es periodista de profesión, residente en España desde el año 2006, ha cimentado su nuevo camino profesional colaborando con medios gráficos y audiovisuales de la península. Ha iniciado además carrera literaria a través de su primera novela, La hija de la española, texto que se sumerge en la situación sociopolítica que desde hace años atraviesa su país de origen.

Las huellas frescas de sus experiencias personales le han servido para nutrir su ficción, con personajes que atraviesan por la trama en su día a día de subsistencia y donde la capacidad de asombro nunca conoce límites, ya que deben estar siempre abiertos a padecer nuevas pruebas para lograr cada pequeño gran objetivo cotidiano.

La joven autora caraqueña va construyendo su historia como si de un fresco se tratara, que refiere a una realidad doliente -que si bien es literaria-, se alimenta de las inseguridades de todo tipo que se reproducen cuando los gobiernos caen en manos de personajes -vestidos con uniforme o sin él- imbuidos de un mesianismo cuasi paternal, que a ellos les gusta disfrazarlo con el mote de “revolucionario” que, a fuerza de ser honestos, es fiel reflejo de tantas tragedias que han atravesado otros países del orbe durante su historia contemporánea.

Con un estilo de escritura minimalista, es decir, compacto pero a la vez efectivo, la escritora va construyendo un relato que sobrecoge por lo directo y descarnado, en el que los acontecimientos se van sucediendo con un ritmo de narración que no da respiro alguno al lector, dando lugar a acontecimientos que en instancias y a pesar de lo duro de algunas situaciones de la trama, rozan lo esperpéntico.  

El debut le ha supuesto a Sainz Borgo pisar con muy buen pie dentro de la ficción literaria. Hecho que la ha llevado a ser reconocida con el premio francés Madame Figaro a la mejor novela extranjera, y también ser elegida en su momento por la revista Time como uno de los cien mejores libros del año 2019.

De La hija de la española el pasaje siguiente: 

“…Cuando llegamos al cementerio, ya estaba abierto el hoyo con dos fosas. Una para ella, otra para mí. Mi madre había comprado la parcela años atrás. Mirando aquel hueco de arcilla, pensé en una frase de Juan Gabriel Vásquez que leí en una de las galeradas que tuve que corregir unas semanas antes: <Uno es del lugar donde están enterrados sus muertos>. Al observar el césped rasurado alrededor de la tumba, entendí que mi único muerto me ataba a una tierra que expulsaba a los suyos con la misma fuerza que los engullía. Aquella no era una nación, era una picadora.

     Los operarios sacaron a mi madre del Ford Zephyr y la acomodaron en su tumba haciendo polea con unas correas viejas llenas de remaches. Al menos a ella no le ocurría lo de mi abuela Consuelo. Yo era muy pequeña, pero lo recuerdo aún. Fue en Ocumare. Hacía calor, uno más húmedo y salado que el de esta tarde sin mar. Yo tenía la lengua en carne viva por los cafés aguarapados y me entretenía mordisqueando las papilas abrasadas por aquel brebaje que mis tías me obligaban a beber entre un avemaría y otro. Los sepultureros del pueblo bajaban el ataúd de la abuela Consuelo con dos mecates deshilachados, parecidos a estos, pero más delgados aún. El cofre resbaló desigual y con el golpe se abrió como un pistacho. La abuela tiesa golpeó el cristal y el cortajo pasó del responso al grito. Dos jóvenes inetentaron enderezarla, cerrar la caja y seguir con el asunto, pero todo se complicó. Mis tías daban vueltas alrededor del hoyo, llevándose las manos a la cabeza y recitando a la plana mayor de la Iglesia católica. San Pedro, San Pablo, Virgen Santísima, Virgen Purísima, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los Apòstoles, Reina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes. Ruega por nosotros…

     Mi abuela, una mujer sin ternura a la que algún gracioso terminó por sembrarle una mata de ají picante a los pies de su tumba, murió en una cama llamando a su ocho hermanas muertas. Ocho mujeres vestidas de negro. Las vio al pie de la tela de mosquitero bajo el que se hundía impartiendo sus últimas órdenes, al menos eso me contó mi madre. Ella, en cambio, no disponía de una corte de parientes a los que mandar desde su trono, envuelta entre almohadones y escupideras. Solo me tenía a mí.

     Un sacerdote con dequeísmo recitó de memoria un misal por el alma de Adelaida Falcón, mi mamá. Los obreros dieron paladas de arcilla mezcladas con piedras y sellaron la fosa con una placa de cemento, ese entresuelo que nos separaría a ambas hasta que volviéramos a juntarnos bajo la tierra de una ciudad en la que hasta las flores depredan. Me di la vuelta. Despedí con un  gesto al sacerdote y los operarios. Uno de ellos, un moreno flaco con ojos de víbora, me sugirió que me diera prisa. En lo que iba de semana habían robado a mano armada en tres entierros. Y no querrá usted pasar ningún susto, dijo mirándome las piernas. No supe si aquello era un consejo o una amenaza.

     Subí al Ford Zephyr dándome la vuelta a cada rato. No podía dejarla allí. No podía marcharme pensando en lo poco que demoraría algún ratero en abrir la tumba de mi madre para robarle las gafas, o los zapatos o los huesos, que se cotizaban al alza en aquellos días en los que la brujería se convirtió en la religión nacional. País sin dientes que degüella gallinas. En ese instante, por primera vez en meses, lloré con el cuerpo entero, con espasmos de miedo y dolor. Lloraba por ella. Por mí. Por lo único que habíamos sido. Por aquel lugar sin ley en el que, al caer la noche, Adelaida Falcón, mi mamá, seguiría a merced de los vivos. Lloré pensando en su cuerpo, sepultado bajo una tierra que nunca nos traería paz. Cuando me senté junto al conductor no me quería morir: ya estaba muerta…”