Luis Sepúlveda, la historia de Fernando

El Chaco es una extensa región que abarca una importante franja en el noreste de la república Argentina, el sureste de la de Bolivia y atraviesa el territorio central del Paraguay. Tiene una forestación propia que oscila entre el monte bajo y el bosque tupido, a punto que en el sector argentino recibe el nombre de El Impenetrable. Aunque su significado real deviene de la lengua aborigen, el quechua, que significa el sector que sirve para zona de caza.

La particularidad del suelo chaqueño en el que se desarrolla una importante industria maderera, su clima subtropical atravesado por ríos caudalosos, a los que hay que sumar la variopinta mezcla de su gente con sus idiomas: el castellano de importación y los autóctonos, el guaraní y el quechua, conforma la característica con los que se cincela la personalidad de los locales y también, la de los braceros foráneos que se emplean en la mano de obra de las haciendas y los inmensos aserraderos.

En el entorno de esta particularidad geográfica es lógico que surjan infinidad de historias, algunas proceden de la imaginería ancestral que emana de la selva, otras, que se han alimentado de seres que oscilan entre lo irreal y lo absolutamente verdadero. Es por ello que, en la singularidad de los tiempos presentes, donde más que nunca sopesamos el valor de las auténticas compañías y todavía más, de nuestras legítimas libertades, sobresale la historia de un perro que hizo de su independencia su modo de vida y también, su manera de servir a la comunidad que lo aceptó como a uno más de sus integrantes.

El que sigue es el texto completo de Fernando:

“Algún día perdido en la memoria de los vecinos de Resistencia, en el Chaco, por sus calurosas y húmedas calles se vio cargar a un forastero que cargaba una guitarra mientras charlaba amigablemente con un perro de raza desconocida que lo acompañaba con fidelidad de sombra. El desconocido llamó a la puerta de una pensión y, tras presentarse como artista ambulante, cantor de boleros para mayor precisión, preguntó si él y su perro podían hospedarse.

   -Siempre cuando respeten las horas de siesta. Vos no cantás y el perro no ladra –le respondieron.

   La siesta es larga en el Chaco. Las horas de reposo pasan lentas y apacibles como las aguas del Paraná. Bajo el rigor canicular las brisas se alejan hacia territorios que nadie conoce, no canta el hornillo, el surubí cierra los ojos redondos en el fondo del río, y las gentes se abandonan a un sopor profundo y benéfico.

   A los pocos días de llegar, el cantor se durmió para siempre en una siesta. Al descubrir el triste suceso, el dueño de la pensión y los vecinos comprobaron que sabían muy poco, casi nada, de aquel hombre.

   -Uno de los dos obedece al nombre de Fernando, pero no sé si es él o el perro –comentó alguno.

   Luego de sepultar al cantor, y como una forma de respetar su memoria, los vecinos de Resistencia decidieron adoptar al perro, lo llamaron Fernando y le organizaron la vida: el dueño de un boliche se comprometió a darle cada mañana un tazón de leche y dos medias lunas. El perro Fernando desayunó durante doce años en el mismo boliche y en la misma mesa. Un matarife decidió servirle cada mediodía un trozo de carne con hueso. El perro Fernando acudió puntualmente a la cita durante toda su vida. Los artistas del Fogón de los Arrieros, una casa sin puertas en la que todavía los caminantes encuentran lugar de reposo y mate, aceptaron al perro Fernando como socio de la institución, donde destacó como implacable crítico musical. Tal vez heredado de su primer amo, el perro poseía un agudo sentido de la armonía, y cada vez que algún músico desafinaba debía soportar la reprimenda de los aullidos de Fernando.

Mempo Giardinelli me contó que, durante un concierto de un prestigioso violinista polaco en gira por el noreste argentino, el perro Fernando escuchó atentamente desde su lugar en primera fila, con los ojos cerrados y las orejas atentas, hasta que una pifia del músico le hizo proferir un desgarrador aullido. El violinista suspendió la interpretación y exigió que sacaran de la sala al perro. La respuesta de los chaqueños fue rotunda:

   –Fernando sabe lo que hace. O tocás bien o te vas vos.

   Durante doce años, el perro Fernando se paseó a su anchas por Resistencia. No había boda sin los alegres ladridos de Fernando mientras los recién casados bailaban un chamamé. Si Fernando faltaba a un velorio, era todo un desprestigio tanto para el muerto como para los deudos.

   La vida de los perros es por desgracia breve, y la de Fernando no fue una excepción. Su funeral fue el más concurrido que se recuerda en Resistencia. Las nota necrológicas llenar de pesar los periódicos locales, incontables paraguayos cruzaron la frontera para manifestar su sentida aflicción, los caciques de la política cantaron loas a sus virtudes ciudadanas, los poetas leyeron versos en su honor, y una suscripción popular financió su monumento, que se levanta frente a la casa de Gobierno, pero dándole la espalda, es decir, mostrándole el culo al poder.

   Hace un par de semanas, con mi hijo Sebastián que se inicia en los senderos que amo, salimos de Resistencia para cruzar el Chaco Impenetrable. En el límite de la ciudad leímos por última vez el letrero que dice: <Bienvenidos a Resistencia, ciudad del perro Fernando>.”   

Este relato breve pertenece a la antología Historias Marginales del autor chileno, quien es uno más de los que se encuentran en larga convalecencia a causa del virus Covid-19, a quien deseamos una definitiva recuperación.

 

De lecturas y de vida

Es evidente que la humanidad está atravesando circunstancias nunca vistas con anterioridad. Y al sector de la cultura y específicamente del libro, le requerirá ideas arriesgadas y creativas para que le permitan subsistir y continuar captando a viejos y nuevos lectores.

Las constantes cancelaciones de ferias (Londres, París, el Sant Jordi catalán, la feria de Madrid) son solo algunas de las consecuencias que han acarreado el freno de la actividad literaria. Y otra instancia, el obligado cierre de librerías, hace que queden solo las plataformas electrónicas como único acceso al material de lectura.

En los últimos días las editoriales y sus webs se han afanado en hacer que sus textos físicos, electrónicos o en forma de audio, fueran más que atrayentes a los ojos y en especial al bolsillo de cualquier lector, con ofertas que en muchos casos llegan hasta la pérdida de las tres cuartas partes de su último valor de venta.

También las pequeñas librerías, quienes con mucho esfuerzo resistieron los embates de la crisis del año 2008 piensan, más allá de las ayudas que puedan recibir de las autoridades gubernamentales, en implementar una táctica cercana al crowdfunding donde, con un método basado en la confianza mutua,  intentarían afrontar sus inmediatas necesidades económicas. Así, el cliente pagaría por adelantado el libro que desea, y el librero le haría la entrega del ejemplar una vez que se autorice la reapertura de las tiendas.   

Dada la dimensión que van tomando los hechos, para permitir que sus producciones se sigan dando a conocer, han reaccionado además muchos reconocidos escritores. Es el caso de J.K. Rowling, autora de la reconocida  saga de Harry Potter quien, para abaratar el precio final de sus historias, ha decidido dejar de cobrar los derechos de autor por un tiempo determinado, con serias  posibilidades de que muchos más se sigan sumando a la acción.

Por lo cual, una situación de excepción como la que vive el planeta necesitará, una vez más, de flamantes acciones y de un esfuerzo mancomunado de los componentes del sector para superarla. Ya lo sintetizó de manera certera el científico Albert Einstein: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.  

FLF.-

 

La frase

 “El totalitarismo ha tomado mucho el modelo paterno. Porque lo que define al totalitarismo      no son los campos de concentración o las ejecuciones masivas. Lo que lo define es esa                  paternidad infinita donde el líder (o el estado o el partido) es el padre de todos, tiene un              poder absoluto sobre ti (siempre por tu pronto bien, claro), sabe lo que necesitas mejor que        tú y, sobre todo, nunca va a reconocer tu mayoría de edad”      ( Enrique del Risco )

Tánger, la ciudad que hechizó a artistas y escritores

Recostada sobre el Atlántico, frente al estrecho de Gibraltar, fue su ubicación privilegiada y su belleza las que la hicieron objeto preciado de muchos conquistadores. Con los años, su importancia como puerta del Magreb, despertó la atracción de  artistas y escritores quienes decidieron no conquistarla y sí instalarse  en ella para, siendo una ciudad árabe, disfrutar de su espíritu abierto y cosmopolita.

Esteban Feune de Colombi

El texto siguiente fue reproducido en el matutino La Nación de Buenos Aires.

La foto. Qué placer describir fotos. Blanco y negro tirando a sepia con el horizonte chueco, como si un niño se hubiera metido en el cuarto oscuro para torcer el fondo. Tres protagonistas, dos fisgones y el hombre de la cámara. 1957, Tánger. Una playa mansa y algunas construcciones detrás. Técnicamente: una bahía.

A la izquierda, de pie sobre la arena, un desgarbado Peter Orlovsky  (24 años) en traje de baño, las piernas apenas flexionadas en pose anómala, los puños cerrados, una sonrisa que no fue captada en su mejor sonrisa. A su lado está Kerouac (35 años) -ese apellido vuelto minarete de nomadismo y literatura- con cierto aire a De Niro en Toro salvaje: las patas elásticas en tensión, los brazos rodean la espalda, el bóxer arremangado se adhiere a la piel en señal de un reciente chapuzón, un franco y pícaro reír, ¿un diente roto? Me gustaría saber qué piensan las personas impresas en gelatina de plata.

Al lado del autor de En el camino, es decir a la derecha de la imagen, un Burroughs (43 años) socarrón vestido con jeans y chamarra, echado en la arena como un camello que duerme su plácida siesta desértica, quién sabe si colocado, pera sobre nudillos, las puntas de los botines casi-casi se van de cuadro. En segundo plano asoma un fisgón caminando que parecería emular la facha de Orlovsky y de Kerouac; en la mitad exacta de la instantánea el otro fisgón parecería emular la facha de Burroughs.

¿El fotógrafo? Adivinen y ganan el pozo. ¿Se los digo? Es bastante obvio. Ginsberg (31 años), nada menos que el poeta Allen Ginsberg, eterno compañero de Orlovsky y pieza vital del movimiento beatnik. Al pie de la copia el retratista escribió a mano con letra redondita, de secundario (resumo): “Orlovsky y Kerouac entrecierran los ojos al sol de la tarde. Burroughs con anteojos y una chaqueta verde oliva, muchachos marroquíes interesados, el puerto y la aduana en el fondo, donde Peter y yo atracamos a bordo del carguero yugoslavo que nos trajo desde Nueva York”.

Peter Orlovsky, Jack Kerouac (parados) y William Burroughs, acostado sobre la arena.

La cosa sigue, se pone melancólica. Hay incluso más placas de la misma sesión. ¿Qué demonios fabricaban estos yanquis, segunda camada de expats, en Tánger? Ayudaban al yonqui Burroughs -que había asesinado a su mujer en México unos años antes en un lioso episodio a lo Guillermo Tell- a mecanografiar en la habitación 9 del hotel el-Muniria, apodado por ellos Villa Delirium, lo que sería su entrada en la literatura grande, la novela El almuerzo desnudo, alucinado rompecabezas vuelto agobiantes metros de celuloide por Cronenberg a principios de los 90, unos meses después de que Bertolucci hiciera lo propio con El cielo protector, del neoyorquino Paul Bowles, socio vitalicio de la ciudad que entre 1923 y 1956 fue dominio compartido de España, Francia, Inglaterra, Portugal, Bélgica, Holanda, Suecia, Estados Unidos e Italia. “Una úlcera cosmopolita” al decir de Paul Morand, diplomático y novelista parisino.

Todo esto sucede -aquella foto y la descripción de aquella foto, que tengo en el bolsillo y que se parece a las que cuelgan del barsucho Tanger Inn, de paredes enmohecidas, chinches trepidantes y un cóctel de vodka con Coca bautizado Burroughs, ja- en una aletargada playa sobre la que dejo mis huellas junto a un camello de alquiler, una playa desde la que se ve Europa y sugiere, no sé exactamente dónde, la extática y a la vez angustiante posibilidad de cruzar el estrecho de Gibraltar y llegar a Tarifa por 200 euros en un jet ski clandestino que en ocho minutos perpetra la felonía. Esto no lo googleo, me lo cuenta Khalil, el sereno del teatro Cervantes, abandonado desde hace añares y donde actuaron Enrico Caruso, Lola Flores, Antonio Machín e Imperio Argentina, entre otras figuras internacionales.

“¡Khaliiiiiil!”, zumba Ousama desde su choza de adobe, chapa y caña en el estacionamiento que custodia. Khalil como Gibrán, el escritor libanés. Ousama aspira tabaco y estira su mano ahuecada con un polvito marrón, ofreciendo. Non, merci. “La cocaína de los pobres”, decreta con sentido del humor. Conversamos en una entretenida cruza de español y francés, y yo me concentro en su chilaba, la túnica con capucha onda Ku Klux Klan que cunde por estos lares. Me visitan personajes, olores e incidentes de esta porción del mundo que se colaron en libros de tantos autores. O en cartas.

Pasa un pavo real desprogramado (!), entreveo unas inscripciones del Corán y arremete el tenor: “¡Khaliiiiiil!”. Pienso: ninguna cocaína, eso es rapé; el rapé que los expedicionarios españoles y portugueses llevaron a sus países desde América latina. En fin. Sobrevolado por gaviotas al atardecer, el Cervantes permanece quieto como ojo de vidrio, promiscuo en su dejadez, mientras el estacionamiento -lo vieran: parece Teherán- se inunda de motos chinas con acoplado. Llega Khalil en jogging y babuchas. “Salam aleikum, aleikum salam.” Me pregunta si tengo algún permiso. Claro que no, pero entramos igual. Mira alrededor, abre el candado de la reja roída, prende la linterna de su celular y empezamos, en compañía de dos gatos negros, el penumbroso recorrido por las fauces del teatro.

Primero la sala, con sus butacas hechas puré, amontonadas como en una instalación de Ai Weiwei. “Acá estaba el despacho de billetes, en este lugar se cambiaban los actores, ahí era el palco del rey, allá se ven algunos decorados”, me va diciendo el improvisado guía mientras sorteamos agujeros en el piso de madera. Es alto, flaco, pelado, con dos dientes para un reír honesto, nada desastroso. Da la sensación de que todo se detuvo una noche así como así: “Murcia, 1-4-70”, se lee en una pared de madera adornada con pósteres de diversos espectáculos.

El póquer de escritores estadounidenses de la foto inicial se juntaba, por ejemplo, en el legendario Gran Café de París, en esquina frente a la Place de France. En esa Biela de holgazanes también se agolpaban, separadamente, el rifeño Mohammed Chukri, el francés Jean Genet y el irlandés Samuel Beckett -primera camada de visitantes- bajo embriagadoras volutas de kif, ese non plus ultra de la marihuana. ¿Qué quedará de los paisajes tangerinos de Matisse expuestos en los museos Pushkin o Grenoble, que veneraba Gertrude Stein y que huelen mágicamente a esencias disipadas en el tiempo, amasijo de sabiduría y éxtasis a principios del XX? No por nada la habitación 35 del hotel Villa de France se llama Henri Matisse.

Procesiones de tés morunos en la terraza del Hafa, ese cafecito que balconea sobre el mar y donde el ajedrez urde una perfecta y económica suspensión de las horas para cualquier hombre de letras. Cortejo de Gore Vidal y Truman Capote, rivales, en planeos homoeróticos. ¿En qué recovecos Cecil Beaton y Somerset Maugham, por decir algo?

¿Y André Gide? De él se rumorea que luego de acostarse con algún dócil jovenzuelo marroquí, deporte que practicaba a menudo, le hacía creer que en Francia era un escritor muy conocido y le rogaba que memorizara bien memorizado su nombre, por si las moscas: “François Mauriac”. La anécdota se lee en Museo del chisme, del escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, director de Fantasmas de Tánger y dueño de esta reflexión: “El verdadero exotismo de la ciudad es social, humano, aun años después de clausurada la zona internacional”. ¿Y Patricia Highsmith? ¿y William Saroyan?, ¿y Barthes y Foucault?, ¿y los españoles?, ¿y la Librairie des Colonnes, que los celebra a todos?

Las preguntas así no se contestan en un tris; es más, quizá no se contesten. nunca. Su mera postulación instaura un desovillado camino de cálculos y oráculos muchas veces basados en corazonadas. Elijo así el París para todo un día. Me adueño de una mesa en la que bien pudo haber doblado su esqueleto Tennessee Williams. El dramaturgo aterrizaba a las diez y media de la mañana, después de haber fatigado su cuaderno durante el alba, y pedía un fernet con Coca -cordobés avant la lettre- y el diario para sopesar esa magnífica situación de no hacer nada haciéndolo todo, mirando la gente pasar, soñando despierto. Lo imito, pero con té de menta en vaso largo por la módica de 10 dírham (un dólar). Me convierto, de pronto y por deporte, en Georges Perec, que no estuvo acá, pero bien habría podido. Él, que agotó una esquina de la place Saint-Sulpice en un librito sensacional de 1975, me da el puntapié para que haga lo propio.

Las 13.39. No hay nubes ni wifi. A mi derecha una casa antigua sobre la que flamea una bandera francesa. En la puerta hay dos policías (pasa una ambulancia Renault, suenan varios silbatos) de pistola, cachiporra y walkie-talkie; detrás de ellos, en la pared, un cartelito con forma de flecha pone visas en francés, árabe y bereber. Bocinazo agudo, bocinazo grave. A mi izquierda y casi rozando el techo del toldo, dos enormes árboles que parecen recién podados. El poder de sentarse a mirar sin hacer otra cosa. Sentarse y mirar. Sentarse. Mirar. Estar. Tres adolescentes en un scooter enclenque, sin casco y vestidos como futbolistas. Dos viejos que caminan en dirección contraria se chocan sin querer y quedan enfrentados, a punto de besarse: ambos llevan la misma bolsa turquesa.

Sigo, no sin antes preguntarle al mozo por mis escritores: “Rien de rien”, con cara de pocas pulgas. Una mujer y su sombrero de paja lleno de pompones de colores. Los bigotes más geniales que haya visto. Una mosca en mi mano derecha. En el jardín de la casa antigua hay una palmera y un poste con una cámara. Un BMW negro patente EG 171 RQ manejado por una mujer con burka: vidrios polarizados. Un lustrador de zapatos. Un delivery boy en una motito de La Casa de la Pizza. “Some fucking shit“, le dice una mujer preocupada a otra mujer preocupada. Un hombre altísimo camina en zigzag mirando la pantalla de su teléfono.

Me mudo al interior. Más cómodo y con menos sol. Sin humo. Las sillas son de cuero y las mesas, redondas, con mantel marrón y un vidrio encima. Llega mi croque monsieur. Adentro los clientes parecen más sobrios, más elegantes: señores de negocios vestidos de traje. Gritan un poco. No, hablan fuerte. Pido otro té. Sobresale la voz carraspeada de un hombre que no quiero ver, sólo escuchar. Un taxi 205. Siempre me gustó el diseño de ese auto. Tengo que mirar al tipo de la voz. Hace gestos con las manos como los haría un político. Tose. Mantiene su discurso activo mientras su interlocutor lo estudia. Maniobro con tenedor y cuchillo el croque más raro del mundo. La voz tiene camisa blanca y un saco príncipe de Gales. Parece que dijera “es necesario, Israel, es necesario”. Esas son las alucinaciones auditivas de los viajeros de las que habló el cronista brasileño Rubem Braga, otrora embajador de su país en Marruecos.

EL CIELO PROTECTOR

Y hablando de viajeros. “No se consideraba un turista; él era un viajero. Explicaba que la diferencia residía, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”. Esto lo copio y pego de El cielo protector antes de lanzarme a la aventura: voy a perderme unas horas en la medina, palabra que significa barrio antiguo y que incluye a la mezquita, el zoco -mercados-, la madrasa -escuela- y la alcazaba -también conocida como kazbah-, construcción fortificada donde vivía el gobernador.

¿Y si yo fui marroquí? ¿Y si mi estupidísima, pero tenaz adicción al Marroc, esa delicia de Felfort vuelta petite mort en un par de mordiscos, me autorizara la licencia de viajar en el tiempo y sentir que pude haber sido un ordinario vendedor de alfombras musulmán que se prosternaba, descalzo, cinco veces al día en la mezquita de su barrio para rezar anónimamente? ¿Y si de algún modo u otro yo conocí a Shams ad-Din Abu Abd Allah Muhammad ibn Muhammad ibn Ibrahim al-Luwati at-Tanyi, a.k.a. Ibn Battuta, el trotamundos tangerino que en el siglo XIV, a lo largo y ancho de tres décadas de peregrinaje, triplicó los kilómetros andados por Marco Polo y consignó sus fascinantes excursiones en Rihla, un libro cuyo subtítulo se ofrece como un “presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes”? Yo pude, borgianamente, haber estado acá y haber presenciado las cacofónicas grabaciones de los Stones con los músicos de Jajouka en 1989.

Ahora sí: la medina, inagotablemente compleja y vagamente amenazante, no plantea un punto de partida, ni mucho menos un punto de llegada. Uno toma esas decisiones. Y ni siquiera. La madeja de pasadizos obliga a empezar de cero a cada vuelta de esquina. Algo sucede en esta ciudad que al vulnerar la primera rompiente -la más superficial, donde surfean los vendedores de ropa falsificada y hachís- te hechiza y te adentra en algo que adopta la forma del corazón del lugar, una suerte de catacumba en la que todavía se puede encontrar, por caso, un bolichito llamado Au Pain Nu en homenaje a la célebre novela de Chukri, prohibida en su tierra y glorificada en Francia, sablazo de alcohol, drogas y sexo, que los magrebíes todavía mantienen detrás del velo.

Esta noche dan Rebecca, de Hitchcock, en la recauchutada cinemateca, ahora epicentro hipster y un buen lugar para ver películas que no sean de Hollywood y estén a mitad podadas. Se me ocurre que ahí se reunirán algunos expatriados y que tal vez acceda a sopesar lo que fue Tánger en otras épocas, la silueta de sus espectros. Acá estoy, esperando en el bar a la intemperie cuando se oyen los rezos, los llorosos rezos de la mezquita, y en la plaza un puñado de vendedores ambulantes apila ropa vieja y la vende a los gritos al mejor postor. Hora de entrar. La sala es enorme y el cuero rojo de sus butacas huele un poco al anís-pimentón-canela condensado en las callecitas. Oigo a ciertos correligionarios hablar en inglés.

A la salida me pego como una estampilla a un septeto de británicos de sesenta y largos. Richard -olvidé el apellido- es un pintor galés de aspecto bohemio que vivió en París, en Madrid y hace un par de décadas, en su sistemática huida del frío y divorciado de su mujer polaca, recaló en Tánger. Habla por un costado de la boca, porque el otro lo tiene tomado por una pipa (apagada). Dice que conoció a Bowles en su tramo final, aunque no sé si creerle. Que adora no entender del todo la cultura de esta región y que su testaruda curiosidad lo mantiene a flote. Que sí, que las cosas lucen muy cambiadas, pero que detrás del manto de “capitalismo fifí” sigue habiendo unas raíces del quinto demonio. Que el hotel el-Muniria está intacto y que los precios son muy razonables, que prefiere esto a toparse con alemanes en chancletas en Mallorca. Que los fantasmas no se buscan sino que se aparecen de la nada cuando uno menos se lo espera y deglute un majoun en una tarde aburrida.

La frase

“Creo que, de un modo u otro, los escritores siempre están escribiendo sobre ellos mismos, al      tiempo que les mueve el impulso de extraer sentido al mundo, es decir, de entender lo que          importa, lo llamado a perdurar, lo que guía nuestros actos…”      ( Susan Orlean )

Andrea Camilleri, siempre habrá un inspector

El denominado género negro y su popularización, se remontan a tiempos en que los sucesos policiales encontraban gran eco en las sociedades ávidas de información del siglo XIX. Así diarios prestigiosos y otras publicaciones competían por canalizar la preferencia de los lectores, ansiosos por seguir las pesquisas para desentrañar los hechos luctuosos más diversos: ¿quién se ocultaba en la densa niebla londinense para cometer los crímenes bajo el seudónimo de Jack el destripador? Este y otros acontecimientos fueron seguidos escrupulosamente, siendo fuente de inspiración de los cronistas de la época, quienes pujaban por detallar con elementos morbosos los denodados esfuerzos de los investigadores por resolver cada caso.

En el comienzo del siglo XX nombres como Raymond Chandler, padre  del detective Philip Marlowe, o Georges Simenon, quien hizo mundialmente conocido al inspector Maigret, fueron los que pusieron negro sobre blanco para despertar la imaginación de millones de personas. Ya hacia final de la centuria y a principios de la nueva, fueron las sagas de escritores como Manuel Vázquez Montalbán y su detective Pepe Carvalho, o el griego Petros Markaris y su alter ego literario, el comisario Kostas Jaritos, quienes entre otros se llevaron el favoritismo de los amantes del género policial.

Contemporáneo a estos últimos se encuentra el italiano Andrea Camilleri y su creación, el popular comisario Montalbano, quienes han traspasado el formato de papel para alcanzar la trascendencia en la pequeña pantalla. Aunque bien es cierto que Camilleri tiene una importantísima obra literaria asentada en una treintena de títulos de ensayo y ficción, no cabe duda que logró su mayor renombre con la novela policíaca de la mano de otro siciliano como él, el astuto, malhumorado y amante de la gastronomía Salvo Montalbano. Por ello y por la calidad de toda su obra el oriundo de Puerto Empedocle, recientemente desaparecido, fue distinguido con la Medalla de la Orden italiana al Mérito de la Cultura y las Artes.

De la saga del reconocido comisario, El Ladrón de meriendas, el pasaje con el que da comienzo la historia:

“Se despertó muy mal: las sábanas, en medio del sudor del sueño, alterado por culpa del kilo y medio de sardinas al horno rellenas de anchoas, cebolla, y perejil y pasas que se había zampado la víspera, se le habían enrollado apretadamente alrededor del cuerpo cual si fueran las vendas de una momia. Se levantó, se dirigió a la cocina, abrió el frigorífico y se bebió media botella de agua helada. Mientras lo hacía, miró a través de la ventana abierta. La luz del amanecer presagiaba un buen día, con un mar como una balsa de aceite y un cielo claro y sin nubes. Montalbano, muy sensible a los cambios meteorológicos, se tranquilizó a propósito de su estado de ánimo en las próximas horas. Era todavía muy temprano, por lo que volvió a acostarse cubriéndose la cabeza con la sábana, dispuesto a dormir un par de horitas más. Tal como siempre hacía antes de quedarse dormido pensó en Livia, en su cama de Bocadasse, Génova: era una presencia benéfica en cada viaje que él emprendía a ´the country of sleep`, como decía un poema de Dylan Thomas que le había encantado.   

El viaje recién iniciado fue interrumpido repentinamente por el timbre del teléfono. Tuvo la sensación de que el sonido le entraba como una barrena por un oído y le salía por el otro, traspasándole el cerebro.

    -¿Diga?

    -¿Con quién hablo?

    -Primero dime quién eres.

    -Soy Catarella.

    -¿Qué hay?

    -Perdone, pero no le había reconocido la voz, dottori. Igual estaba durmiendo.

     -¡A las cinco de la madrugada, más bien que sí! ¿Quieres decirme qué ocurre y dejar de una vez de tocarme los cojones?

     -Hay un muerto asesinado en Mazàra del Vallo.

     -¿Ya mí qué coño me importa? Yo estoy en Vigàta.

     -Pero es que, verá usted, dottori, el muerto…

     Colgó y desenchufó el aparato. Antes de cerrar los ojos, pensó que, a lo mejor, el que lo estaba buscando era su amigo Valente, el subjefe de policía de Mazàra del Vallo. Lo llamaría más tarde desde su despacho.

La persiana golpeó con fuerza la pared y Montalbano se incorporó bruscamente en la cama con los ojos desorbitados a causa del sobresalto, convencido, en medio de las brumas del sueño que todavía lo envolvían, de que alguien le había pegado un tiro. El tiempo había cambiado en un santiamén, un húmedo y frío viento encrespaba la amarillenta espuma del mar y el cielo estaba enteramente cubierto de nubes que amenazaban lluvia.

Se levantó soltando maldiciones, fue al cuarto de baño, abrió el grifo de la ducha y se enjabonó. De repente, el agua se acabó.

En Vigàta y, por consiguiente, en Marinella, donde él vivía, daban el agua probablemente cada tres días. Probablemente, pues igual la daban al día siguiente o a la semana siguiente. Por eso él se había curado en salud, mandando instalar en el tejado del chalet unos depósitos de gran capacidad, pero, por lo visto, esta vez hacía por lo menos ocho días que no la daban, para eso servía la autonomía regional. Corrió a la cocina, colocó una olla bajo el grifo para recoger el hilillo que estaba saliendo y lo mismo hizo con el grifo del lavabo. Con la poca agua que recogió, consiguió quitarse el jabón de encima, pero la experiencia no sirvió precisamente para mejorar su estado de ánimo.

Mientras se dirigía en coche a Vigàta, soltando palabrotas contra todos los automovilistas con quienes se cruzaba y que, a su juicio, debían utilizar el código de la circulación, por uno y otro lado, para limpiarse el trasero, le acudieron a la mente la llamada de Catarella y la interpretación que él le había dado. El razonamiento no se tenía en pie: si Valente lo hubiera necesitado a las cinco de la madrugada por algo relacionado con el homicidio de Mazàra, lo habría llamado a su casa y no a su despacho. La interpretación se la había inventado por comodidad, para tranquilizar su conciencia y poder dormir un par de horas más…”                                      

 

La frase

“Vivimos en un mundo ambiguo, las palabras no quieren decir nada, las ideas son cheques   sin  provisión, los valores carecen de valor, las personas son impenetrables, los hechos   amasijos de contradicciones, la verdad una quimera y la realidad un fenómeno tan difuso   que es difícil distinguirla del sueño, la fantasía o la alucinación”                                                                                                                                ( Julio Ramón Ribeyro, de sus Prosas Apátridas – 1975 )