Karen Blixen, con África siempre bajo su piel

Decidió alejarse de la vieja Europa y de la clase a la que pertenecía para intentar encontrarse a sí misma, rodeada de gente sencilla y en cercanía con la naturaleza

Qué amante del cine no recuerda a Robert Redford en el papel de Denys Finch-Hatton cuando, en uno de sus primeros vuelos a bordo de su avión, mostraba las bellezas de la sabana africana a una más que asombrada Karen, interpretada por Meryl Streep? Y es que la historia surgida del libro de experiencias de la autora danesa (Rungsted, 1885 – 1962), hace tiempo que ha calado profundamente en varias generaciones de lectores y espectadores de todo el mundo, convirtiendo a la novela en un clásico de la literatura contemporánea.

Blixen era una aristócrata que quería dejar atrás a la vieja Europa para buscar nuevas experiencias cercanas a la naturaleza, y para ello eligió establecerse a comienzos del siglo pasado en tierras de Kenia, en ese momento, un dominio perteneciente a la corona británica. Allí y desde el comienzo mismo decidió empaparse con las costumbres del lugar, y saber más de los pueblos que habitaban esa región africana. Así, mientras se interiorizaba de los métodos para la producción de la plantación cafetalera de su propiedad, iba aprendiendo el dialecto suajili, hecho que la llevó a ganarse el respeto de propios y ajenos. Descubrió luego su habilidad para el manejo de armas de defensa y la también para la caza, y desplegó una personalidad con tanto arrojo y decisión que los locales la terminaron por apodar “la hermana leona”.

Los años se fueron sucediendo mientras buscaba obtener el mejor rédito para su plantación, hasta que un suceso la sacudió por completo: la muerte de Finch-Hatton cuando su avión se precipitó a tierra. A esta infausta noticia y debido a la caída mundial de los precios del café, no pudo evitar la bancarrota de su granja, hecho que la obligó a ponerla en venta y a decidir el regreso a su Dinamarca natal. Hechos que sin proponérselo dispararon aún más su inclinación hacia la literatura.

Fueron varios los géneros que abordó: novela, cuento o poesía, la colección de relatos Siete cuentos góticos y también sus Cuentos de invierno datan de este período. Libros que publicó bajo distintos seudónimos: Osceola, Pierre Andrézel o el más conocido de Isak Dinesen. Sus propias experiencias, sumado a los ajetreados tiempos que siguieron a la primera confrontación bélica mundial, fueron temas que la decidieron para volcarlos en sus tramas. A ello se sumó la posterior publicación de sus obras en los Estados Unidos, lo que le dieron una dimensión como escritora alcanzable para unos pocos.

Aunque el peso de lo vivido en África la seguiría acompañando hasta el final de sus días. Para ello volvió a volcarse nuevamente en la continuación de esos recuerdos y, por supuesto, relatar en sus historias la riqueza de los personajes que la acompañaron en todos esos años. Esta vez bajo el título Sombras en la hierba, donde vuelven a emerger situaciones, anécdotas y sensaciones de un pasado aún muy vívido bajo su piel.

De Sombras en la hierba el texto continuación:

   “Durante la guerra y en los primeros años que siguieron no desembarcaron más colonos. Pero en los años que siguieron a continuación se inició en Inglaterra una enérgica campaña propagandística en torno a las excepcionales posibilidades económicas de la colonia de Kenia bajo el lema de una <colonización más densa>. De aquí surgió una nueva clase de colonos, gentes que no habían salido de Inglaterra, donde habían nacido y vivido en un pueblo o aldea y cuyo extraño provincianismo contrastaba con la condición de los indígenas africanos, siempre abiertos a todos los influjos. Asimismo, se concedieron parcelas de tierra a suboficiales británicos, la mayoría de los cuales eran gente de ciudad que en la soledad de los grandiosos paisajes estimaban que no se les había dado todo cuanto se les prometiera. Desde el punto de vista de la emigración, me decía yo, nunca sería Kenia una zona de grandes posibilidades dada la altitud y su clima, que impedían el trabajo manual de los blancos. La primera vez que llegué al país había unos 5000 blancos y yo juzgaba que podía dar cabida a un número diez veces mayor. Pero entonces, según me dijeron, Australia, Nueva Zelanda y Canadá podían a su vez acoger de 50 a 100 millones. Y desde el punto de vista del país mismo, <verdadero hogar de mi corazón>, una colonización blanca más densa suponía una dudosa ventaja, ya que era la calidad y no la cantidad de los colonos blancos lo que había que tener presente. Aún me asalta la risa, aunque creo que debería sonrojarme, cada vez que recuerdo haber escrito en aquellos tiempos a un alto personaje político de Inglaterra exponiéndole mis opiniones al respecto. No puedo menos de conmoverme al recordar que incluso me contestó con una nota cortés en la que no se comprometía a nada.

   Los recién llegados al país vieron que los somalís, sus primeros inmigrantes, eran altaneros e ingobernables, y tanto para mí como para mis amigos resultaban en general tanto más intolerables cuanto que no podíamos prescindir de ellos. Así ocurrió que, concretamente, nuestra primera sociedad de colonos – de un orgullo de casta igual al de los peregrinos de la Mayflower (*) – pudo llegar a caracterizarse por ser el grupo de europeos con criados somalís, para los miembros del cual una casa sin somalí hubiera sido como una casa sin luz. De este modo, Lord Delamere tenía a Hassan a su servicio, Berkeley Cole a Jama, Denis Finch-Hatton a Bilea, y yo a Farah. Dondequiera que fuésemos, éramos seguidos a distancia de metro y medio por aquellas sombras nobles, vigilantes y misteriosas.

   En nuestra jerga particular, Berkeley Cole y yo distinguíamos la respetabilidad de la decencia y clasificábamos a nuestros conocidos, tanto personas como animales, de acuerdo con esta doctrina. Para nosotros, los animales domésticos eran respetables, en tanto que los salvajes eran decentes, y sosteníamos que mientras que la existencia y el prestigio de los primeros derivaban de su relación con la comunidad, los otros estaban en contacto directo con Dios. Los cerdos y las aves de corral eran, según nosotros, dignos de nuestro respeto en cuanto que reintegraban lealmente lo que en ellos se invertía, y en cuanto que en las cosas más íntimas de su vida privada se conducían como era de esperar en ellos. Los veíamos en sus pocilgas y gallineros, esforzándose con perseverancia en la restitución de las inversiones hechas en ellos, cebándose dichosos, gruñendo y cacareando. Dejándolos allá en su ambiente acogedor y hogareño, volvíamos los ojos hacia el jabalí destructor, sin pizca de respeto, que erraba solitario, o a los gansos y patos salvajes, desvergonzados ladrones de granos indignos de todo miramiento, que cruzaban el cielo en su porfiado vuelo y cuyo itinerario sabíamos trazado por el dedo de Dios.

   Nosotros mismos nos considerábamos incluidos entre los animales salvajes, reconociendo con pesadumbre lo inadecuado de nuestra falta de prestación a la comunidad (y a nuestros acreedores hipotecarios), pero dándonos cuenta de que nos era de todo punto imposible, ni tan siquiera para granjearnos el favor de los que nos rodeaban, renunciar al contacto directo con Dios, que compartíamos con el hipopótamo y el flamenco. A una altura de cerca de tres mil metros nos sentíamos seguros y nos reíamos del afán que mostraban los recién llegados, las misiones, los hombres de negocios y el propio Gobierno, de convertir el África en un continente respetable…”

(*) Nombre del barco que transportó a los primeros peregrinos desde Inglaterra hacia América del Norte.   

«Cuando estoy solo en mi habitación, me pongo un parche negro de pirata sobre el ojo derecho. Con ese ojo veo, aunque, a decir verdad, bastante mal. Dicho de otro modo, mi ojo derecho no está del todo privado de visión. Por tanto, cuando quiero mirar nuestro mundo con los dos ojos, lo que percibo son dos mundos superpuestos: uno luminoso y claro, sorprendentemente nítido; el otro impreciso y sutilmente sombrío. Y a veces me ocurre que, andando por una calle bien pavimentada, me paro en seco, como una rata que acaba de salir de las cloacas, amenazado por una sensación de inseguridad y peligro»

<Texto del relato Agüi, el monstruo del cielo de Kenzaburo Oé>

Adiós al intelectual público

Escritores latinoamericanos reflexionan sobre la pérdida de su influencia social

La foto fue tomada en 1994, pero pasó a la posteridad. Aparece un Bill Clinton bronceado en el medio y los escritores Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes a sus dos lados sonriendo. El expresidente les había invitado a cenar para escuchar sus opiniones sobre Cuba o el narcotráfico y preguntarles dónde debería ser la sede de la Cumbre de las Américas. Treinta años después, la postal ilustra la importancia que tuvo tiempo atrás la figura del literato latinoamericano como mediador de gran influencia social y política. Un personaje anacrónico, así lo recuerdan la treintena de escritores iberoamericanos que se habían reunido en Madrid en 2024 en el III Encuentro de Creadores Iberoamericanos, Celebrado en la Fundación Casa de México en España. A través de varias mesas redondas, se preguntaron si son ellos mismos los culpables por no escribir ya tanto sobre temas sociales o políticos o si se debe más bien al monopolio que hacen las redes sociales de lo público, al tiempo que se preocuparon de no tener la suficiente fuerza para alertar de la escalada de populismos en la región.

“La influencia que tenemos hoy es mínima y es un problema de los mismos escritores, que se han dejado de sentir responsables de emitir una opinión que guiara a la sociedad como en los setenta y ochenta”, dice el periodista y escritor de no ficción salvadoreño Carlos Dada. El autor mexicano y factótum del evento, Jorge Volpi, rastrea esa pérdida de sentido de la responsabilidad con la llegada de las democracias a finales del siglo pasado y comienzos del nuevo. “Los escritores latinoamericanos eran prácticamente la única voz en los regímenes del siglo XX, porque la censura no permitía que existiera una opinión. Después del fin de las dictaduras, hacia finales de los noventa, fueron reemplazados, primero, por economistas, técnicos e historiadores en los medios tradicionales y, ahora, por cualquiera en las redes sociales”.

El argentino Martín Caparrós es de los que escriben sin pensar en causar un impacto: “Escribí un libro sobre el hambre y no creo que desde entonces haya dos personas menos con hambre en el mundo”. El peruano Santiago Roncagliolo, por su parte, no cree que la falta de relevancia de los pensadores tenga que ver con su predisposición o no de causar un efecto social, sino que el debate público actual exige voces diversas y que históricamente han sido silenciadas. “Cuando era chico, los escritores más comprometidos hablaban de darle voz a los que no tenian voz. Hoy en día eso suena un poco paternalista, los que no tienen voz hablan solitos. La opinión de un señor urbano de clase media no representa a nadie”, comenta el peruano.

Coincide con esa opinión el boliviano Edmundo Paz Soldán, que señala un ejemplo que parece aludir al Canto General de Pablo Neruda. “Los silenciados que dice representar pueden reclamar por qué él se apropió de ese derecho si nadie se lo dio”. Neruda, García Márquez, Vargas Llosa (antes de su viraje político hacia la derecha) o Eduardo Galeano son algunos de los que arengaban a las sociedades desde el exilio. Fueron la base culta sobre la que se erigieron las guerrillas que peleaban contra las dictaduras militares y que, en algunos casos, continuaron con su apoyo cuando se convirtieron en cuestionables gobiernos. Es otra de las hipótesis que han surgido durante el encuentro.

“Hay ejemplos de escritores que han sido funcionales para el poder. Cómplices de ciertos proyectos de gobierno, defensores de una idea de clase incluso cuando el sistema estaba haciendo agua. Ellos mismos han contribuido a la caída de ese prestigio”, asegura Paz Soldán. Aunque no lo señale directamente, es evidente la referencia a la amistad sin fin entre García Márquez y Fidel Castro. El colombiano Carlos Granés, quien recuerda la larga tradición de escritores convertidos en presidentes en la región (Rómulo Gallegos, José Martí, Domingo Sarmiento), tampoco cree que los creadores y la política sean una buena combinación: “El intelectual proyecta en sus fantasías sociedades armónicas, perfectas, pero hay una carencia de contenidos prácticos que dificultan la materialización de esos sueños, poder bajar esas utopías”.

No todo es mea culpa entre los creadores latinoamericanos a la hora de buscar razones que expliquen su pérdida de influencia. En la era de la cibercultura está en auge, la opinión pública se configura más en las redes sociales que en periódicos y libros. Espacios que no son suficientes, según la mexicana Isabel Zapata: “Hay una escasez de lugares donde se puede tener un diálogo real y las redes sociales no han venido a llenar ese espacio. Suele reinar el morbo y te pasan factura de lo que dijiste; cambiar de opinión, algo tan sano, ya no está permitido”. Sostiene que las principales características de estas nuevas “plazas públicas” son la inmediatez y la indignación.

La transmisión inmediata de mensajes cortos y directos a millones de personas que ofrecen las nuevas formas de comunicación es ideal para la escalada de líderes populistas que han vivido la región, apunta Pola Oloixarac. “Es un espacio ideal para ellos. Milei fue primero una estrella de las redes sociales”, comenta la argentina, con la que el mandatario argentino se confrontó en su cuenta de X. Los populismos, dice, son movimientos que manejan un tono álgido, “que dan por sentado que la ira y la furia son estructurales. El líder es quien comanda hacia dónde tenemos que dirigir el odio, crean la necesidad de un enemigo”.

Esta nueva tendencia se ha presentado como la alternativa a los tradicionales y fallidos gobiernos de izquierda que reinaban en la región: Bolsonaro vino después del inpeachment de Dilma Roussef. Milei, tras 20 años de kirchnerismo, y Bukele, después del exguerrillero Salvador Sánchez Cerén. Dada detalla: “Es un voto de castigo, la población está harta de las democracias que fueron incapaces de acabar con la desigualdad. Los anteriores prometían un paraíso en la tierra y los actuales solo les prometen destruir ese sistema. Son proyectos autoritarios y corruptos, nos toca advertir”.

El salvadoreño llama a intervenir en un contexto con presidentes que son investigados por llevar relojes Rolex, que ordenan el asalto policial a embajadas, que aparecen con una motosierra en discursos o que no permiten a opositores a inscribirse en las elecciones. No a la manera del intelectual público, que consideran una figura anticuada, sino germinando dudas en pequeños grupos. Sugieren talleres, foros o presentaciones en espacios periféricos. Pero, sobre todo, contando historias. Ilustra Roncagliolo: “No creo que nuestro compromiso sea decirle a la gente por quién tienen que votar, pero tampoco creo que escribir historias sea banal. Pensamos que el compromiso tiene que ver con escribir manifiestos y declaraciones, pero el compromiso mayor es escribir historias que te hagan sentir lo que sienten las personas que están ahí, entender sus conflictos como tuyos”.

<El texto de este artículo le pertenece a Caio Ruvenal. Publicado en su oportunidad en el diario El País de España>

«Escribir no es una ocupación que se acaba cuando apagas la luz, el algo que siempre está ahí. Un amigo me dijo en cierta ocasión: ‘Lo tuyo es como tener el trabajo pendiente el resto de tu vida'» (Kate Morton)

Santiago Roncagliolo, en el relato breve

Como escritor ha tenido la oportunidad de incursionar con acierto en los géneros más variados, aunque tal vez sea en el cuento donde mejor se le vea reflejado

Para qué extenderse si se puede lograr con menos”, fue lo que Jorge Luis Borges respondió, ante las veladas críticas hechas hacia su persona y hacia la obra del eterno candidato al premio Nobel, por no haber escrito nunca una novela y sí, haber fundamentado su fama de escritor a través de sus innumerables cuentos.

En otro orden, es frecuente escuchar de boca de distintos editores de grandes sellos editoriales que, en general, “los relatos no venden”. A salvedad, eso sí, que sean varios los escritores que participen dentro de una misma colección, porque según los mismos responsables, “le otorgan mayor jerarquía al producto final” y, por tanto, más posibilidades de éxito comercial.

En la persona del escritor peruano (Lima, 1975) su producción literaria se ha extendido en los géneros más variados, el ensayo, el guion televisivo o cinematográfico, el cuento y también la novela. : Es el caso de Abril Rojo, historia reconocida con el premio Alfaguara, donde hace su primera aparición el personaje del fiscal Félix Chacaltana. Le siguen otras como El amante uruguayo, La cuarta espada, Memorias de una dama, y por último Pena máxima, de la que se hizo una película, y donde vuelve a hacer presencia el mencionado fiscal.

Graduado en Lingüística y Literatura en la Universidad Católica del Perú el peruano, con una historia de familia en la cual se incluye el exilio, ha tenido oportunidad de haber residido en varios países americanos; hecho que le ha deparado un cierto bagaje de circunstancias acopiadas en el lugar mismo donde se produjeron los hechos. Con una producción que no deja de agrandarse, en la medida en que su presencia es asidua en distintos medios de comunicación, haciendo también gala del periodismo de investigación, un género que le atrae de sobremanera. 

Quizás, producto de esas experiencias, su literatura se revalúa cuando se manifiesta a través del relato corto. A veces, publicados de manera individual, en otras, en conjunto con una selección de distintos escritores de origen americano; como por ejemplo la recopilación Latinoamérica Criminal, donde el género negro campea a sus anchas.

Del cuento La cara, el pasaje a continuación: 

   “-¿Es ella o no es ella?

   -No lo sé, doctor. Podría ser cualquiera.

   El fiscal Félix Chacaltana frunció el ceño. A lo largo de su carrera había levantado todo tipo de cadáveres: muertos conocidos y desconocidos, muchos de ellos indocumentados, algunos en avanzado estado de descomposición. Casi siempre había sido posible identificarlos con la ayuda de un pariente o amigo. Pero para el reconocimiento hacía falta que el cuerpo tuviese una cara. Y éste no la tenía.

   -Ojalá no sea ella -dijo el agente Basurto, moviendo la cabeza con preocupación-. Cantaba bien bonito, doctor.

   -<Canta>, agente. En presente. Hasta que no se certifique el deceso por escrito, la señora está oficialmente viva.

   -¿Y entonces quién es esta?

   El fiscal se encogió de hombros. Dentro del tráiler no se podía estar de pie, y los dos funcionarios estaban sentados frente al cuerpo inerte, a ambos lados de la mesita de café, como en un almuerzo campestre. Volvieron a mirar la masa sanguinolenta, esa mezcla informe de pelo, piel y huesos. En el lugar de ese moco rojo, horas antes había habido un rostro.

   -¿Con qué le han dado? -siguió preguntando el policía-. ¿Una piedra?

   -No creo. Una piedra es difícil de manejar. Y la víctima debe haberse defendido. Para hacer esto bien, hace falta un martillo.

   Chacaltana imaginó la punta del martillo hundiéndose en la carne, penetrando los globos oculares, quebrando los huesos del cráneo. Pero su mente volvió rápidamente hacia su problema principal: el procedimiento de identificación del cadáver. No recordaba ninguna especificación en el reglamento para un caso como éste. Y sin identificación, no podía cerrar el acta correspondiente. Odiaba dejar a medias los procedimientos administrativos.

   -¿Y no llevará un documento de identidad en algún bolsillo? -preguntó.

   -Ese traje no tiene bolsillos, pues, doctor -se rio Basurto, que de los procedimientos no sabía una palabra, pero debía ser una autoridad en vestuario folklórico.

   Los ojos del fiscal Chacaltana se posaron en el majestuoso vestido de la víctima: el corpiño de flores rosa y verdes, la pollera gigantesca y el pañuelo amarillo amarrado a los hombros. Después de matarla, el asesino se había tomado la molestia incluso de colocarle el sombre andino. Así que, aparte de la cara machacada a mazazos, la mujer lucía muy presentable.

   -La gente tiene que portar siempre su documento de identidad -regañó el fiscal-. Yo siempre lo llevo, para facilitar la labor de las autoridades en caso de ser víctima de homicidio, sea culposo o doloso.

   -Aah confirmó el policía, y los dos guardaron silencio un momento o miraron por la ventanilla, hacia la explanada llena de botellas vacías y colillas.

   Al fondo el escenario seguía colocado, pero sin luces, ni músicos, ni instrumentos, parecía desnudo. Eso le recordó algo al fiscal.

   -Las mujeres a veces guardan cosas en su ropa interior. ¿Y si lleva su DNI por ahí?

   -Puede ser.

   -¿Y si mira usted?

   -¿Yo?

   -Claro. ¿Usted no es policía?

   -Suboficial de tercera, doctor.

   -Ya, pues. Mire.

   -¿Quiere que manosee a una muerta?

   Los dos se volvieron hacia la susodicha, como si los hubiese sorprendido hablando mal de ella. Tenía un aire plácido, y el fiscal estuvo a punto de pedirle disculpas.

   -Quiero que cumpla con su deber -murmuró.

   -Doctor, con todo el derecho que me merece su persona en el aspecto profesional y humano, permítame recordarle que la occisa aquí presente tiene la complexión física de la señora Casilda Martínez Vilcas, lleva el traje de la señora Casilda Martínez Vilcas, fue hallada en el tráiler-camerino de la señora Casilda Martínez Vilcas, a cien metros de donde la señora Casilda Martínez Vilcas dio un concierto horas antes. ¿No podemos deducir que se trata efectivamente de la señora Casilda Martínez Vilcas?

   Usted no está aquí para deducir, oiga. Está aquí para investigar. ¿Y si el asesino quiere hacernos creer eso para confundirnos? ¿Y si la señora Martínez Vilcas está viva?

   -Ojalá, doctor. Porque era una mujer muy buena. Y cantaba bien bonito.

   -<Canta>, suboficial. Y ahora, revise.

   El policía se resignó. Trató de no mirar el cadáver a los ojos, o a donde habían estado los ojos, y, lentamente, acercó las manos al busto y las introdujo en el corpiño aprovechando las amplias mangas vaporosas. Estuvo revolviendo por ahí un buen rato, escudriñando la región del antepecho, hasta que exclamó:

   -¡Ajá!

   Volvió a sacar las manos y miró al fiscal Chacaltana con ojos triunfales.

   -Mire, doctor: un billete de cien soles. Con esto podemos irnos a almorzar…”

«El reloj de abajo dio las cinco. El perro no se callaba. El campesino enloquecía. Se levantó para ir a soltar al animal, para no oírlo más. Bajó, abrió la puerta, avanzó en la oscuridad. La nieve seguía cayendo. Todo estaba blanco. Los edificios de la granja formaban grandes manchas negras, El hombre se acercó a la perrera. El perro tiraba de su cadena. Lo soltó. Entonces ‘Devorador’ dio un salto, y después se paró en seco, con los pelos erizados, las patas tensas, mostrando los colmillos, con el morro vuelto hacia el estercolero. Antonio, temblando de pies a cabeza, balbució: <¿Qué tiés, condenado?>, y avanzó unos pasos, escudriñando con la mirada la sombra indecisa, la sombra apagada del corral. Entonces vio una forma, ¡una forma humana sentada en su estiércol! La miraba paralizado de horror y jadeante. Pero, de pronto, distinguió junto a sí el mango de su horquilla, clavada en la tierra; la arrancó del suelo y, con uno de esos arrebatos que vuelven temerarios a los más cobardes, se lanzó hacia adelante, para ver…»

<Texto del relato San Antonio, de la selección Cuentos de Guerra de Guy de Maupassant>

Corea del Sur, los libros que curan

Es una tendencia literaria que ha llegado con fuerza: narraciones de vidas corrientes que se enfrentan a la angustia existencial cuya peripecia, dicen, redime a los lectores

El término «ficción curativa» fue acuñado por el psicólogo James Hillman en «Healing Fiction» (1983) y aplicado por las editoriales surcoreanas a un subgénero de novelas de ayuda. En ellas, las almas perdidas se reencuentran y recomponen su yo malherido al entrar en un lugar público especial cuya función es devolver la salud emocional a quienes acuden a estos espacios nimbados con un aura que hace de lo cotidiano algo mágico. En una sociedad competitiva como la asiática, el nivel de exigencia es tan desmesurado que muchas personas, estresadas, agotadas o expulsadas del sistema vagan por las ciudades tratando de darle un sentido a sus vidas.

Las novelas etiquetadas como «ficción curativa», establecida por la poderosa mercadotecnia cultural de Corea del Sur, narran historias cotidianas conectadas por un personaje central que cumple la función de devolver a cuantos acuden a su local el objeto perdido freudiano que les procurará el consuelo que buscan. Son siempre historias corrientes, con protagonistas agobiados por la presión laboral, económica y social, cuando, por azar o recomendado por alguien que no recuerdan, acuden a uno de esos lugares cuyo encanto y trato humano les procurará un sentido nuevo a sus vidas.

El hilo conductor es el propietario que regenta un restaurante, una librería, un taller de cerámica o una clínica. Son lugares difíciles de encontrar, sin dirección reseñable, a las que acuden sin saber el efecto curativo que se operará en ellos. Desde el momento que entran en ese espacio aurático, se sienten atrapados por lo inexplicable, y tan sólo por el hecho de confiar en el librero que les recomienda un libro especial o el cocinero que encuentra el plato perdido de su infancia vuelven a confiar en sí mismos y a recuperar mediante el pensamiento mágico la fe perdida.

Tanto la dueña de la librería como el dependiente que se ocupa de la cafetería en «Bienvenidos a la librería Hyunam-Dong» son dos seres inadaptados, incapaces de integrarse en la competitiva sociedad coreana, repleta de controles sociales. Como escribe su autora Hwang Bo-Reum, en la cultura del país asiático «se nos enseña a ser conscientes de la mirada del otro».

El origen de esta ficción curativa se encuentra en una adaptación coreana de la «literatura feelgood» japonesa, orientada a chicas jóvenes que buscan identificarse con sus protagonistas y encontrar el sosiego de un final feliz. Los surcoreanos han ampliado el espectro con una tipología de novelas cuyos tres elementos centrales son: un espacio público extraño donde se opera la magia curativa, un dueño al que acuden distintos protagonistas con sus problemas y un cambio en sus atribuladas vidas. Estos locales urbanos se hallan en lugares que sólo encuentran las personas perdidas. La magia se opera con sólo entrar en esos ellos. Quienes habían desconectado de sí mismos vuelven a tomar las riendas de sus vidas.

Mágico y cotidiano

Literariamente son narraciones lentas y reposadas, con una trama imprecisa, tejida poéticamente. Apenas hay una trama, tan sólo una sucesión de capítulos con personajes episódicos que, desconcertados por el lugar y por sus curiosos dueños, acaban confiando en un saber que mezcla lo cotidiano con lo esotérico y gracias a ellos superan sus problemas de soledad y falta de confianza.

En las dolientes baladas amorosas norteamericanas de los años 50 existía un lugar imaginario en donde los enamorados traicionados por su amor se exiliaban para recomponer su yo malherido: En «El hotel de los corazones rotos» hay una ciudad solitaria donde sanan los amantes despechados. En este estilo de novelas, la ciudad solitaria es Osaka, Tokio o Seúl, por donde vagan los corazones rotos no por un amor traicionero, sino por el estrés, la soledad y la presión social. Y ese lugar encantado donde encuentran consuelo y sanación se describe en sus títulos poéticos: «La asombrosa tienda de la señora Yeom», «Bienvenidos a la librería Hyunam-dong», «La farmacia del amor de la familia Botero» o «Las deliciosas historias de la taberna Kamogawa».

La más reciente es «Te receto un gato», en la que el tono poético anuncia lo mágico, siempre sin salirse de lo cotidiano. El psicólogo, que en vez de ansiolíticos les receta un gato, al que deben alimentar y cuidar durante cierto tiempo, es el que opera, imaginariamente, la magia curativa: igual restaña la vida familiar perdida que logra un mejor entendimiento laboral.

En todas ellas, la bondad va de la mano de algo mágico que consigue sanar a estos enfermos del alma. Pues, frente a la obligatoriedad del éxito laboral, el ascenso o el brillo social, estos personajes añoran una paz interior alejado de la fuerte presión social. Y la consiguen en esos espacios mágicos donde seres desubicados por el estrés recuperan el sosiego gracias a los valores de la bondad, el cuidado del otro y la calidez humana.

A la poética ingenua de estas novelas, hay que añadir el componente sorprendente que se manifiesta a veces como realismo mágico y otras como el relato fantástico típico del cuento popular. Unos tratan de forma poética la cocina en el contexto de una novela policiaca leve como «Las deliciosas historias de la taberna Kamogawa» de Hisashi Kashiwai y otros la literatura, como «La asombrosa tienda de la señora Yeom» de la surcoreana Kim Ho-yeon.

En una entrevista, Kim Ho-yeon reconocía que se identificaba con las personas que hacen ‘downshifter’: «Yo prefiero menos remuneración, pero más energía para vivir. La coreana no es una sociedad fácil para elegir ese modo de vida. Hasta el punto que si una persona con una carrera exitosa lo deja todo y se va al campo, saldría en las noticias por llamativo».

La que dio el pistoletazo de salida de la ficción curativa en España fue «Los misterios de la taberna Komogawa». Sus entrañables personajes van en pos de la receta olvidada. Tratan de recuperar el aroma del amor a los seres queridos mediante la fragancia de un plato asociado a la morriña de lo irremediablemente perdido. Con una prosa sencilla y un preciosismo minimalista, Hisashi Kashiwai describe una galería de personajes memorables, todos ellos anclados en el «nostos», el nostálgico regreso al hogar a través del sabor.

Acaba de traducirse «Los secretos de la papelería Shihodo», del japonés Kenji Ueda: una papelería escondida en las calles de Tokio, que esconde un universo mágico donde se guardan los tesoros de papeles y estilográficas con los que sus clientes pueden dar rienda suelta a sus emociones más íntimas. Siguiendo la estela de la exitosa «La biblioteca de los nuevos comienzos», acaba de aparecer «Mis tardes en el pequeño café de Tokio», ambas de Michilo Aoyama. Ese café es un refugio donde los personajes buscan respuestas a sus problemas. La ternura, los momentos fugaces y la importancia de las conexiones humanas definen tanto la temática de esta novela como la ficción curativa. En el café Marble los personajes vuelven a ser ellos mismos y recuperan el bienestar. La narración sanadora asiática es cálida y amigable y teje poéticamente a los personajes con sus historias cotidianas.

<Lluis Fernández es el autor de este texto; publicado en las páginas del diario La Razón de España>

«En la visión africana del mundo el hombre y su existencia constituyen el centro. Esto significa que no puede ser sacrificado ni a la ciencia ni a una revelación divina. Por eso muchos dioses africanos no tienen el estatus de la perfección, al contrario, se les hace descender al nivel de los mortales; es decir, son también mortales, cometen errores y tienen que pagar por ellos, y tienen que someterse al juicio de los hombres» (Wole Soyinka)

Ilustración: Dios Annubis (Iffany)

Harper Lee y la distintiva literatura del sur estadounidense

Pocas literaturas han logrado la repercusión y tienen un sello tan propio como la del sur del país norteamericano. Son muchos también los escritores que hasta el presente, han alimentado de distintas maneras las páginas de lo que se dio en llamar el Gótico Sureño: Tennessee Williams, Toni Morison, Wiliam Faulkner, Flannery O’Connor o Truman Capote, por nombrar solo algunos. En su mayoría, son historias que no dejan indiferente, y por ello son objeto de una reedición constante.

Este es el caso de Nelle Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926 – 2016), de la que acaban de cumplirse los diez años de su fallecimiento. Conocida por la premiada novela Matar a un ruiseñor, en su trama se mezclan elementos tan propios de este género como el naturalismo, los espacios abiertos, la violencia enraizada o la segregación. Tan característico a una extendida región de los Estados Unidos, con grandes extensiones que, hasta hace tiempos no muy lejanos, necesitaban de abundantes braceros para ser producidas. Hecho que extendió la pervivencia durante siglos del sistema de extracción esclavista. Obra que fue llevada al cine con el protagónico de Gregory Peck en el papel del abogado Atticus Finch; siendo reconocida con el premio Pulitzer de Ficción y luego premiada con los Oscars al mejor actor, a la dirección artística y al mejor guion adaptado.

Como muchos otros escritores autóctonos Lee sintió parte de esa atmósfera opresiva y, por consiguiente, la necesidad de ampliar sus horizontes y como otros, emigrar a una realidad diferente, en su caso, hacia las grandes ciudades de la costa noreste del país. Fue allí donde coincidió con un viejo conocido de juventud, Truman Capote. Aunque antes de esto, ya había hecho sus primeros acercamientos a la escritura desde la clásica revista editada en su instituto; y podo tiempo después ya comenzara a enviar sus escritos a revistas como The New Yorker o Harper’s Bazaar, a las que le siguieron Magazine o Vogue.

Trabajadora incansable y exigente consigo misma, fue el digno ejemplo de la escritora autodidacta, ya que nunca cumplimentó formación alguna respecto a su escritura. Tampoco fue amante de exposiciones en cuanto a su persona, ni de grandes agasajos, más allá de tener unos códigos muy propios en cuanto a su forma de presentarse y vestir.

Luego de años de la publicada su primera novela, anunció la entrega de una segunda: Ve y pon un centinela, la que se publicitó como la continuación de Matar a un ruiseñor, aunque no alcanzó tanta repercusión como esta. La escritora fue autora además de cantidad de relatos, muchos de ellos fueron encontrados a poco tiempo de su muerte.

El pasaje a continuación, donde se puede apreciar parte de esa atmósfera sureña, pertenece a uno de ellos: La tierra del dulce porvenir

   “Había sido un verano llevadero si su familia hubiera tenido a bien comunicarse con ella, pero su padre y su hermana estaban enfrascados hasta las orejas en una transacción de terrenos madereros, y a cualquier cosa que les dijera le contestaban absortos con bufidos benévolos, que se cargaban de indignación si se empañaba en tirar del hilo con cualquier estratagema para captar la atención dos minutos seguidos. Las personas a las que había jurado lealtad eterna en la sociedad secreta de la infancia se habían casado hace tiempo y estaban criando niños, una tarea que parecía agotar todas sus energías y su imaginación. La generación anterior a la suya, con hijos a los que se les había pasado la edad de recibir una azotaina, dedicaba su tiempo a la adquisición de electrodomésticos. Ni siquiera podía recrearse con las vistas del pueblo: el Maycomb de su niñez era una cosa; el Maycomb de hoy está salpicado de vulgaridad de neón y de cientos de casitas nuevas que un simple vendaval reduciría de un soplo a remolinos de escombros. Así que dedicaba el verano a las únicas instituciones que encontró más o menos inalteradas: el campo de golf de Maycomb, que cultivó en silencio durante tres meses, y la Iglesia metodista, donde iba cada domingo y cantaba los himnos a pleno pulmón.

   No hay nada como un himno de los que te hielan la sangre en las venas para hacerte sentir como en casa. Cualquier sensación de aislamiento que pudieran tener se había marchitado y perecido ante la visión de doscientos pecadores pidiendo de todo corazón verse sumergidos bajo la corriente redentora de un río de aguas carmesíes. Mientras elevaba hacia el Señor el fruto de los desvaríos del señor Cowper o afirmaba que era el Amor lo que la elevaba, Jean Louise fue partícipe del afecto que prevalece entre los muy diversos individuos que, durante una hora a la semana, se encuentran a bordo del mismo barco.

   Estaba del todo desprevenida para lo que ocurrió nada más finalizar la colecta, el domingo antes del viernes que debía volver a Nueva York. Los metodistas de Maycomb cantaban la llamada Doxología; de ese modo le ahorraban al ministro el esfuerzo de inventar otra plegaria mientras se pasaba el cepillo, dado que para entonces ya había pronunciado tres saludables invocaciones al Señor. Desde los recuerdos eclesiásticos más tempranos de Jean Louise, Maycomb había cantado la Doxología de una manera, y solo de una: <Alabemos / a Dios / de quien / manan / todas / las bendiciones>, una versión tan arraigada en el metodismo sureño con el ritual del servicio fúnebre. Ese domingo, la congregación se estaba aclarando inocentemente la garganta para cantarla a coro, como correspondía, cuando, de sopetón, la señora de Clyde Haskew se puso a tocar el órgano:

             AlabemosaDiosdequienmanan / todaslasbendicio / nes,

                       Alábenletodaslascriatu / rasdelatie / rra.

                    Alábenleenloalto / oh / huestescelestia / les.

                  AlabadoseanPadre, / HijoyEspí / rituSan / to.

   Tal fue la confusión que siguió que, si el arzobispo de Canterbury se les hubiera aparecido de pronto vestido con toda su parafernalia, Jean Louise no se habría sorprendido lo más mínimo: los fieles, que no habían advertido ningún cambio en la interpretación que la señora Haskew llevaba haciendo toda la vida, entonaron la Doxología hasta el final como estaban acostumbrados, mientras la señora Haskew la embalaba, frenética, como si aquello fuera la catedral de Salisbury.

   Lo primero que pensó Jean Louise fue que Henry Hackett se había vuelto loco. Henry Hacket era el director musical de la Iglesia metodista de Maycomb desde que ella tenía uso de razón. Aquel hombre bueno y grandullón, provisto de una suave voz de barítono, dirigía un coro de solistas reprimidos y poseía una memoria infalible para recordar cuáles eran los himnos favoritos de los superintendentes del distrito. En las diversas guerras eclesiales que formaban parte intrínseca de la fe metodista, se podía contar con que Henry sería el único que mantuviera la calma, dando consejo cuando se le requería y reconciliando a los elementos más primitivos de la congregación con la facción revolucionaria. Había dedicado treinta años de su tiempo libre a la Iglesia, y esta le había recompensado hacía poco con un viaje a un campamento musical metodista en Carolina del Sur…”

«Delante había una puerta, tachonada con brillantes luces rojas de neón, y llegaba el ritmo sincopado de jazz desde la distancia, atrayente. No, la puerta no. A la derecha subían unas escaleras oscuras, amenazadoras y angostas. Mary se volvió y corrió hacia ellas, con el eco de sus pasos rebotando en las paredes de piedra. Sintió la respiración atrapada bajo las costillas, tensa y dolorosa. Los gritos se hicieron más fuertes.

¡Mira! Es una chica. ¡Se escapa!

-¡Atrápala, rápido!

<Del relato Mary Ventura y el noveno reino de Sylvia Plath>