«La tolerancia -como todo proceso moral- surge de una actitud individual. Este tiempo que odia la <diferencia> no puede crear más que represión y censura. Sin diferencias no puede haber libertad» ( Mauricio Weisenthal )

Virginia Woolf, feminista, visionaria y versátil

Se la considera una de las plumas más importantes del siglo XX. Su nombre completo era Adeline Virginia Stephen (Londres 1882, Reino Unido – Lewes 1941, Reino Unido), pero se dio a conocer con el apellido de su esposo, Leonard Woolf, y al mundo a través de sus relatos breves, novelas, ensayos y obras teatrales, influenciada por su padre Leslie Stephen, que fue historiador, ensayista y novelista.

Woolf es reconocida como una de las figuras vanguardistas de las letras y al mismo tiempo una renovadora del idioma inglés. En sus textos subyacen sus convicciones feministas, que fueron expuestas en las reuniones del llamado Círculo de Bloomsbury, nombre tomado del barrio donde se estableciera con su hermana Vanessa luego de desaparecido su padre, y donde tuvieron lugar innumerables encuentros con integrantes de la clase media alta londinense, reuniones en las que participaron economistas, historiadores o filósofos, quienes hicieron suyas las teorías del ensayista inglés Walter Pater que tuvieron su peso a finales del siglo XIX.

Su primera novela fue Fin de viaje, y a esta le seguirían otras no menos exitosas: El faro; Orlando, con la que se sumergiría en el que para la época era el delicado tema de la sexualidad femenina; La señora Dalloway, donde volvería a la carga en contra de la represión sexual; y Las olas, que se convertiría en su texto más experimental. La autora fue una destacada conferencista en donde, como un impulso a una mejoría en la sociedad, bregó por el acceso de las mujeres a la educación; presentaciones que con posterioridad se publicarían en un ensayo bajo el título de Una habitación propia. Mantuvo una extensa correspondencia con personalidades de todo orden, además de sus diarios personales de vivencias.

Dueña de una salud frágil comenzó a tener cuadros depresivos desde muy joven, el primero luego de la temprana muerte de su madre. Crisis que se circunscribirían a lo que hoy se conoce como trastorno bipolar, enfermedad que no la abandonaría durante el transcurso de su corta vida. A pesar de estos contratiempos sostuvo -junto a su marido- su propia editorial, Hogarth Press, que además de publicar algunas de sus últimas obras, mediante la publicación del libro Tres guineas, mostró su rechazo al fascismo, movimiento que el matrimonio temía por sus posiciones absolutistas y racistas. Hasta una mañana de marzo del 1941 en una de sus tantos episodios con su dolencia, la escritora llenó su abrigo de piedras y se quitó la vida sumergiéndose en las aguas del río Ouse.

Su personalidad y su relevancia en el mundo anglosajón es tal que existe un texto teatral que lleva su nombre: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, del autor estadounidense Edward Albee, obra que se representa con asiduidad en los teatros del mundo y de la que se ha hecho incluso una versión cinematográfica. 

De uno de sus títulos más apreciados, La señora Dalloway, el pasaje con el que da comienzo la novela:

“La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores.

Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y entonces Clarissa Dalloway pensó: qué mañana diáfana, cual regalada a unos niños en la playa.

¡Qué fiesta! ¡Qué aventura! Siempre tuvo esta impresión cuando, con un leve gemido de las bisagras, que ahora le pareció oír, abría de par en par el balcón en Bourton y salía al aire libre. ¡Qué fresco, qué calmo, más silencioso que éste, desde luego, era el aire a primera hora de la mañana…! como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante, y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, que eran los que entonces contaba) solemne, con la sensación que la embargaba mientras estaba en pie ante el balcón abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir; mirando las flores, mirando los árboles con el humo que sinuoso surgía de ellos, y las cornejas alzándose y descendiendo; y lo contempló en pie, hasta que Peter Walsh dijo: ‘¿Meditando entre vegetales?’ -¿fue eso?-, ‘Prefiero los hombres a las coliflores’ -¿fue eso? Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una mañana en que ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Regresaría de la India cualquiera de estos días, en junio o julio, Clarissa Dalloway lo había olvidado debido a lo aburridas que eran sus cartas: lo que una recordaba eran sus dichos, sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, sus malos humores, y, cuando millones de cosas se habían desvanecido totalmente ¡qué extraño era!, unas cuantas frases como esta referente a las verduras.

Se detuvo un poco en la acera, para dejar pasar el camión de Durtnall. Mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (quien la conocía como se conoce a la gente que vive en la casa contigua en Westminster); algo de pájaro tenía, algo de grajo, azul-verde, leve, vivaz, a pesar de que había ya cumplido los cincuenta, y de que se había quedado muy blanca a raíz de su enfermedad. Y allí estaba, como posada en una rama, sin ver a Scrope Purvis, esperando el momento de cruzar, muy erguida. Después de haber vivido en Westminster, ¿cuántos años llevaba ahora allí?, más de veinte, una siente incluso en medio del tránsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy segura, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensión (aunque esto quizá fuera debido a su corazón afectado, según decían, por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical, luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.

Sí, porque el mes de junio estaba mediando. La guerra había terminado, salvo para algunos como la señora Foxcroft que anoche, en la embajada, se atormentaba porque aquel guapo muchacho había muerto en la guerra y ahora un primo heredaría la antigua casa solariega; o como Lady Bexborough quien, decían, inauguró una tómbola con el telegrama en la mano, John, su predilecto, había muerto en la guerra, pero había terminado; a Dios gracias, había terminado. Era junio. El rey y la reina estaban en palacio. Y en todas partes, pese a ser aún tan temprano, imperaba un ritmo, un movimiento de jacas al galope, un golpeteo de palos de cricket; Lords, Ascot, Ranelagh y todo lo demás; envueltos en la suave red del aire matutino gris azulado que, a medida que avanzara el día, lo iría liberando, y en sus céspedes ondulados aparecerían las saltarinas jacas, cuyas manos con sólo tocar levemente el suelo las impulsaban hacia lo alto, y los muchachos arremolinándose, y las rientes chicas con sus vestidos de transparente muselina que, incluso ahora, después de haber bailado durante toda la noche, daban un paseo a sus perros absurdamente lanudos; e incluso ahora, a esta hora, viejas y discretas viudas hacendadas pasaban veloces en sus automóviles, camino de misteriosas diligencias; y los tenderos se asomaban a los escaparates para disponer los diamantes falsos y los auténticos, los viejos y preciosos broches verde-mar con montura del siglo XVIII para tentar a los norteamericanos (pero hay que economizar, y no comprar temerariamente cosas para Elizabeth), y también ella, amándolo cual lo amaba, con una absurda y fiel pasión, ya que antepasados suyos habían sido cortesanos en el tiempo de los Jorges, iba aquella misma noche a iluminar y adornar, iba a dar una fiesta…”

La vida literaria de los felinos

Curiosos por naturaleza, sigilosos como todo felino, colegas cuando ellos así lo deciden, suelen deambular sobre la mesa de trabajo o dormirse pegados al teclado, y hasta indicarte con la mirada que estás sentado en el lugar que les pertenece; compañeros por excelencia de escritores, inspiraron y protagonizaron grandes obras, un recorrido por algunos de los autores que les rindieron su merecido homenaje

“No son más silenciosos los espejos», escribió Borges en su poema “A un gato”; el escritor tuvo a Odín y Beppo y se encariñó con otros tantos.

“Un escritor sin un gato es como un ciego sin lazarillo”, dijo con cierta sabiduría Osvaldo Soriano. Tal afirmación no resulta equivocada cuando uno repasa la larga lista de quienes se dejaron seducir por el encanto felino. Silvina Ocampo contó que cuando Jorge Luis Borges abría una puerta en la Biblioteca Nacional, le preguntaba al gato que ahí vivía: “¿se puede entrar?”. Si ese gato estaba sentado en su silla él simplemente elegía otra para trabajar. Será entonces cierto lo que pensaba el antropólogo y sociólogo francés Marcel Mauss: “los gatos son los únicos animales que consiguieron domesticar al hombre” y que confirmó Winston Churchill con un contundente: “Los perros nos miran como si fuésemos sus dioses, los caballos como a sus iguales, pero los gatos nos miran como a sus súbditos”.
El carácter místico del gato atraviesa la literatura y expone la dualidad, adoración y odio, pero nunca indiferencia. En su día, celebramos entre frases, obras e imágenes al animal que Dios creó, según Víctor Hugo, “para ofrecer al hombre el placer de acariciar un tigre”.
Una de las mayores preocupaciones que tuvo la británica Doris Lessing cuando ganó el Premio Nobel, en 2007, fue la incomodidad de su gata ante el revuelo de la prensa, y de los curiosos y seguidores en la puerta de su casa. El amor de Lessing por los felinos quedó inmortalizado en Gatos ilustres, libro en el que repasa su vida con único hilo conductor: la historia de los gatos que compartieron su existencia. “Un gato es un auténtico lujo… lo ves caminar por tu habitación y en su andar solitario descubres un leopardo, incluso una pantera. La chispa amarilla de esos ojos te recuerda todo el exotismo escondido en el amigo que tienes al lado, en ese animalito que maúlla de placer cuando lo acaricias”.
Como devota de Lessing desde su época universitaria, la escritora estadounidense Vivian Gornick buscó encontrar en las páginas de aquel libro consejos prácticos que la ayudaran a sobrellevar la vida con el gato que había decidido adoptar. “Sentí la necesidad de que hubiera algo vivo rondando por la casa –escribe– (…) La necesidad de compañía había triunfado, y salí en busca de una criatura cariñosa que ronroneara en mi regazo, durmiera en mi cama y llenara de vida mi departamento con su presencia antigua. Así que comencé a leer este delgado y pequeño volumen sobre los gatos. Pero el libro no me estaba dando nada de lo que necesitaba. ¡Otro autor célebre enternecido por los gatos! Años después de eso, casi todo lo que podía recordar del libro era que Lessing había tenido un gato al que se refería como ‘gato gris’ y otro que era ‘gato negro’, y que uno de ellos dormía en el hueco de su rodilla doblada, y que al otro lo envolvía en una toalla húmeda cuando se enfermaba”.
 
Como Lessing, Olga Orozco hizo su declaración de amor: “Me gustan los perros. Tenía perros cuando chica, pero realmente el animal que ha estado más cerca de mí fue un gato: Berenice. Estuvo conmigo quince años y medio y creo que teníamos una profunda telepatía, pero tampoco podría decir que fuese un animal. Era mi tótem –cuenta la poeta argentina en un pasaje de Travesías (Conversaciones entre Olga Orozco y Gloria Alcorta, coordinadas por Antonio Requeni)–. Tenía en el paladar el círculo oscuro que tienen los animales sagrados en Egipto. Caminaba retrocediendo como los que ven fantasmas y creo que a veces hasta me dictaba lo que escribía. Además, me trataba como si fuera una reina. Podía entrar alguien en la habitación y ella no le hacía el menor caso, se quedaba en su canasta, pero entraba yo y se ponía de pie. Yo canto muy mal, por dentro me siento un ángel, pero por fuera sueno a perro; pues bien, en casa había de pronto una reunión en la que otros cantaban, y cantaban bien. Berenice permanecía inconmovible, en la lejanía; pero en cuanto yo daba la primera nota, aparecía Berenice y hacía acto de presencia durante toda mi actuación. Cuando yo terminaba, recién se retiraba. Cuando yo trabajaba y tenía un horario para levantarme o me quedaba dormida, Berenice me tiraba de la manta a la hora señalada; se trepaba a la cama y yo me despertaba como con un zorro alrededor del cuello. Le escribí un libro cuando murió, los Cantos a Berenice, que son diecisiete cantos”.
En la literatura hay varios ejemplos que muestran la íntima relación que mantuvieron escritores y felinos. Desde su infancia, Jorge Luis Borges amó a los tigres, los dibujaba, los buscaba en las enciclopedias, los admiraba en las jaulas del Zoológico, por eso no es de extrañar que los pequeños “tigres” habitaran su casa.

“No son más silenciosos los espejos\ni más furtiva el alba aventurera; \eres, bajo la luna, esa pantera\que nos es dado divisar de lejos.\Por obra indescifrable de un decreto\divino, te buscamos vanamente; \más remoto que el Ganges y el poniente, \tuya es la soledad, tuyo el secreto.\Tu lomo condesciende a la morosa\caricia de mi mano. Has admitido, \desde esa eternidad que ya es olvido, \el amor de la mano recelosa.\En otro tiempo estás. Eres el dueño\de un ámbito cerrado como un sueño”. “A un gato” tituló Borges dicho poema incluido en El oro de los tigres. El escritor tuvo dos, Odín, el atigrado se llamó así en honor al dios de la mitología nórdica y Beppo, que en sus primeros días se llamó Pepo“Llegué con el gato a la casa de Maipú –recuerda Epifanía Úbeda de Robledo, la ama de llaves del escritor y coautora con Alejandro Vaccaro de El Señor Borges–. Lo bauticé Pepo porque en aquellos años me gustaba un jugador de futbol que se llamaba Reinaldi y le decían ‘la Pepona’ (…). Él lo empezó a llamar Beppo”. El caprichoso animal blanco heredó el título del extenso poema de Lord Byron que lo nombró así en honor a uno de sus cinco gatos.
En La cifra, Borges le escribe a Beppo: “El gato blanco y célibe se mira /en la lúcida luna del espejo /y no puede saber que esa blancura /y esos ojos de oro, que no ha visto /nunca en la casa, son su propia imagen / ¿Quién le dirá que el otro que lo observa / es apenas un sueño del espejo? / Me digo que esos gatos armoniosos, /el de cristal y el de caliente sangre, /son simulacros que concede al tiempo /un arquetipo eterno. Así lo afirma, / sombra también, Plotino en las Ennéadas. / ¿De qué Adán anterior al paraíso, /de qué divinidad indescifrable/ somos los hombres un espejo roto?”.
Julio Cortázar, bautizó a su gato T.W. Adorno, en honor al filósofo y sociólogo alemán. A su gata le puso Flanelle: “(…) en eso los meopas se parecen muchísimo a mi gata Flanelle: por su pelaje y no por su libido, que también brinca cada tanto a mi mesa para explorar lápices, pipa y manuscritos –narra en ‘El agua entre los dedos’–. Todo aquí es tan libre, tan posible, tan gato”. Flanelle era la consentida; con ella solía vérselo en las fotos y la razón de los celos confesos por sus compañeras (en el cuento “Orientación de los gatos” da cuenta de esta situación). A Adorno le regaló el relato “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”, donde describe cómo conoció a aquel gato negro, delgado, hambriento, que vivía en un basurero de Saignon, pueblecito del interior de Provenza donde pasaba las vacaciones y la relación que entabló bajo sus códigos. “(…) mi mujer y yo vimos llegar a Teodoro por el sendero que baja al ranchito y era un gato sucio y canalla, negro debajo de la ceniza polvorienta que mal le tapaba las mataduras, porque Teodoro con otros diez gatos de Saignon vivía del vaciadero de basuras como cirujas de la quema (…) A los dos días me dejó que lo cepillara, a la semana le curé las mataduras con azufre y aceite; todo ese verano vino de mañana y de noche, jamás aceptó quedarse a dormir en casa, qué te creés, y nosotros no insistimos porque pronto nos volveríamos a París”. La presencia gatuna también está presente en Rayuela, en las cosas que maravillan a la Maga y en la voz del narrador: “(…) siempre inevitablemente los minouche morrongos miaumiau kitten kat chat cat gatto grises y blancos y negros y de albañal, dueños del tiempo y de las baldosas tibias, invariables amigos de la Maga que sabía hacerles cosquillas en la barriga y les hablaba un lenguaje entre tonto y misterioso, con citas a plazo fijo, consejos y advertencias”.
 
En sus días de exilio en París, Osvaldo Soriano solía cuidar de la gata de Cortázar. La relación del autor de No habrá más penas ni olvido con los felinos era muy intensa, cargada de cierto misticismo. “Yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna”, dijo en una entrevista el hombre que encontró en ellos la compañía en los días de soledad y la inspiración frente a la máquina de escribir: “Un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Vení, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un león. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos”. En una nota que homenajeó a Soriano a diez años de su muerte, Rodolfo Rabanal destacó que el gordo creía que los gatos nada hacían por azar: “De modo que, si su gato había dormido sobre los papeles producidos durante la noche, el trabajo ‘tenía sentido’”.
Es conocida la fascinación que el poeta chileno, Pablo Neruda, sentía por este animal venerado por los egipcios. El ganador del Premio Nobel en 1971 dejó al descubierto su encanto en “Oda al gato”: “(…) Oh pequeño/ emperador sin orbe,/ conquistador sin patria, / mínimo tigre de salón, nupcial / sultán del cielo/ de las tejas eróticas,/ el viento del amor/ en la intemperie/ reclamas/ cuando pasas/ y posas / cuatro pies delicados/ en el suelo,/ oliendo,/ desconfiando/ de todo lo terrestre,/ porque todo/ es inmundo/ para el inmaculado pie del gato./ Oh fiera independiente/ de la casa, arrogante/ vestigio de la noche,/ perezoso, gimnástico/ y ajeno,/ profundísimo gato”, dice en sus versos.
En la casa situada en la isla de Key West, en Florida, Ernest Hemingway llegó a tener más de 30 gatos. La mayoría de ellos sufrían de un trastorno genético llamado polidactilia (anomalía que hace que nazcan con más dedos de los habituales). En la actualidad, en la casa que funciona como museo residen entre 40 y 50 gatos con seis dedos, descendientes de Bola de nieve (Snowball), pequeño felino que le regaló un capitán de mar. Los marineros preferían a los gatos polidáctilos, porque creían que eran de buena suerte. El cariño del autor de Por quién doblan las campanas hacia estos animales fue reflejado por la periodista estadounidense Carlene Fredericka Brennen en el libro Los gatos de Hemingway, donde cuenta curiosidades como que, en la casa en Cuba, en la Finca Vigía, tuvo 57 de estas criaturas deambulando por sus terrenos. “Un gato simplemente lleva a otro –escribió Ernest en una carta a su primera esposa, Hadley Mowrer–. El lugar es tan malditamente grande que en realidad no parece que hubiera muchos gatos hasta que los ves moviéndose como una migración masiva a la hora de comer”. 

Doris Lessing les rindió homenaje en su libro Gatos Ilustres

Descrita como la “mujer de los gatos”, la francesa Sidonie-Gabrielle Colette, más conocida como Colette, fue una pionera en la lucha de los derechos de los animales, desde muy chica intentó ver la vida a través de sus ojos. Los gatos fueron sus verdaderos compañeros en la vida y la escrituraEn La Chatte, Colette narra el compromiso y la luna de miel de una joven pareja dividida por la devoción del hombre hacia Saha. “No era solo un gatito lo que llevaba en ese momento, reflexionó Alain. Era la nobleza encarnada de toda la raza felina, su indiferencia ilimitada, su tacto, su vínculo de unión con el aristócrata humano”. En la reseña publicada en The New York Times, en 1936, Margaret Wallace destaca: “Hay algunos escritos en esta novela que serían difíciles de igualar por su delicadeza y exactitud, y hay docenas de deliciosas imágenes de Saha. Nadie que sea aficionado a los gatos puede permitirse el lujo de perder a este conocido”.
Del escritor Charles Bukowski, su biógrafo Howard Sounes aseguró: “Se volvió sentimental con respecto a los gatos en su vejez”. Lo cierto es que el poeta maldito, símbolo del realismo sucio, sentía cierta debilidad por estos animales. “En mi próxima vida quiero ser gato. Dormir 20 horas al día y que me den de comer. Pasarme el día lamiéndome el culo. Los humanos son demasiado miserables e iracundos y siempre están haciendo cosas”. En Gatos, publicado en la Colección Visor de Poesía (Ediciones Continente) y editado por Abel Debritto se ofrece un compendio de poemas y prosas de Bukowski dedicado a estos seres. “Cuando los elementos me atenazan y paralizan, me limito a mirar a mis gatos. Tengo nueve. Miro a uno de ellos, dormido o medio dormido, y me relajo. Escribir también es mi gato. La escritura me ayuda a plantarle cara a todo. Me apacigua. Aunque solo sea durante unos instantes. Luego se me cruzan los cables de nuevo y vuelta a empezar de cero.”
En Muy lejos de Kensington, la insomne señora Hawkins, alter ego de la novelista británica Muriel Spark, ofrece un preciado consejo a quienes quieren escribir y tienen problemas de concentración: “debe adquirir un gato. A solas con el gato en la habitación en que trabaja, le expliqué, el gato invariablemente se subirá en la mesa y se instalará plácidamente debajo de la lámpara de la mesa (…) El gato se acomodará y estará sereno, con una serenidad que escapa a toda comprensión. Y la tranquilidad del gato gradualmente se le transmitirá a uno mientras está allí sentado, de tal modo que todos los elementos excitables que impiden la concentración se apaciguarán y le devolverán a su mente el autodominio que ha perdido. No hace falta mirar al gato todo el tiempo. Su simple presencia es suficiente. El efecto que tiene un gato en la capacidad de concentración es extraordinario y muy misterioso”.
La imagen de Edgar Allan Poe acompañado por Catarina, la gata de Virginia Clemm, su esposa (algunos biógrafos sugieren que mantuvieron una relación más fraternal que conyugal), se recreó en miles de ilustraciones. Más allá de la discusión de la versatilidad de que el animal se sentara en su hombro mientras escribía, a Poe le gustaban los gatos, tuvo otros, pero Catarina era distinta, y compartía en sus cartas a sus amigos el cariño que sentía hacia ella. Aparentemente fue aceptada en la casa en 1839, antes de que se mudaran a Cates Street. La gata fue una fiel compañera de Virginia hasta el día de su muerte y el consuelo de Poe en los momentos más dolorosos.
“Pluto –así se llamaba el gato– era mi mascota y mi compañero de juegos preferido. Solo yo lo alimentaba, y él me seguía por toda la casa. Era complicado impedirle que me siguiera por las calles”, inmortalizó Poe en el cuento “El gato negro”, una de las mayores obras de la literatura. Pluto es uno de los felinos más famosos (es cierto que su nombre también nos lleva a pensar al fiel compañero de Mickey) junto al Gato con botas, héroe de los Cuentos de mamá ganso de Charles Perrault; al alto, travieso, vestido con un sombrero de copa a rayas rojas y blancas y una corbata de lazo rojo de Dr. Seuss; al gato de Cheshire, también llamado Gato Risón o Gato Sonriente de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll y a Church, el felino que Stephen King hace volver de la muerte en Cementerio de animales.

“A los escritores les gustan los gatos porque son criaturas tranquilas, adorables y sabias, y a los gatos les gustan los escritores por las mismas razones”, intentó echar luz el novelista, periodista y dramaturgo canadiense Robertson Davies la obsesión que despiertan los felinos en el universo literario. Ray Bradbury en Zen en el arte de escribir devela la clave a la hora de crear, imaginar: “Este es el gran secreto de la creatividad. Trata a las ideas como a los gatos: haz que te sigan”.
Pensemos en Mark Twain y sus numerosos compañeros a los que llamó Apollinaris, Beelzebub, Blatherskite, Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Tammany o Zoroaster; en Patricia Highsmith, que se sentía a salvo entre sus gatos (tuvo seis). La prolífica autora de El Talento de Mr. Ripley y Extraños en un tren encontraba en ellos el equilibrio emocional y la inspiración para sus historias, como “Lo que trajo el gato”, maravilloso relato que forma parte de La casa negra: “El gato hizo un ruido más prolongado en su trampilla y, ya con la negra cola y los cuartos traseros a manchas dentro de la casa, retrocedió tirando de algo hasta que pasó por el óvalo de plástico. Lo que había metido en casa era blancuzco (…) ¡Son dedos humanos!, dijo Phyllis. Todos miraron incrédulos acercándose despacio desde la mesa de juego. El gato miraba, orgulloso, las caras de los cuatro humanos que estaban contemplándolo. Gladys contuvo el aliento. Los dos dedos estaban muy blancos e hinchados, no había rastro de sangre, ni siquiera en la base de los dedos, que incluía unos cinco centímetros de lo que había sido la mano”.
Era frecuente que Truman Capote fuera fotografiado abrazado a sus gatos, a su bulldog y en algunas ocasiones, cuando lograba la paz, junto a ellos como si fuera una gran familia. En Desayuno en Tiffany’s, el gato sin nombre de Holly Golightly se convierte un símbolo clave en la novela que Audrey Hepburn inmortalizó en el cine: “Somos un par de seres que no se pertenecen, un par de infelices sin nombre, porque soy como este gato, no pertenecemos a nadie –dice Holly en una escena del filme–. Nadie nos pertenece, ni siquiera el uno al otro”.
Los ejemplos abundan y forman parte de la propia historia de la literatura y de la humanidad. Haruki Murakami es uno de los tantos escritores que confesó su obsesión. Asimismo, el poeta, novelista, dramaturgo y cineasta francés Jean Cocteau bromeaba cuando le preguntaban por afición: “Si prefiero los gatos a los perros, es porque no hay gatos policía”.
En una de sus irónicas y llamativas declaraciones, Garfield proclamó: “Tigres, leones, panteras, elefantes, osos, perros, focas, delfines, caballos, camellos, chimpancés, gorilas, conejos, pulgas… ¡Todos han pasado por ello! Los únicos que nunca hemos hecho el ridículo en el circo… ¡somos los gatos!”. Jacques Sternberg, el novelista, cuentista, guionista y periodista belga-francés, prefirió resumir la obsesión en estas palabras: “En el principio, Dios creó el gato a su imagen. Y, bien entendido, encontró que estaba bien. Pero el gato era perezoso, no quería hacer nada. Entonces, más tarde, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con la finalidad de servir al gato, de servirle de esclavo hasta el fin de los tiempos”.

(Fabiana Scherer es la autora del texto publicado en el matutino argentino La Nación)

«Estamos tan pendientes de la inmediatez, que parece que solo importa la noticia siguiente en el mundo digital y especialmente en las redes. Se analizan muy mal los acontecimientos que ocurren porque no les damos tiempo a sedimentarse, a ser interiorizados, a descifrar los mensajes que nos transmiten»  ( Màrius Carol )

Maggie O’Farrell, Shakespeare y los otros

Originaria de Coleraine (1972), pequeña población cercana a la costa en Irlanda del Norte, sus primeros años de vida transcurrieron entre Escocia y Gales. Su procedencia marcó además su niñez y adolescencia, ya que por su condición de norirlandesa tuvo que padecer la burla y la discriminación en la escuela, cuando sus compañeros y hasta sus profesores bromeaban acerca de su filiación como “posible terrorista del IRA», en referencia al católico Ejército Republicano Irlandés, un hecho que la marcó e hizo que fortaleciera su carácter.

Sus tempranos antecedentes ligados a la escritura fueron bien lejos de su isla natal, primero en la ciudad oriental de Hong Kong, en la costa de China, y luego ya en Londres. Con esa valiosa experiencia a cuestas se volcó en la enseñanza de escritura creativa en la Universidad de Coventry en primer lugar, y nuevamente en la metrópoli del Támesis. De allí en más ya a abocarse definitivamente en la composición de sus novelas: Después que te fuiste; El amante de mi amante; Instrucciones para una ola de calor; y las de mayor repercusión: La extraña desaparición de Esme Lennox; La primera mano que sostuvo la mía; y la última y más exitosa: Hamnet, basada en la figura del escritor William Shakespeare y su familia, con la que su nombre ha alcanzado trascendencia internacional.

Casada con el escritor William Sutcliffe, su primer crítico y lector, residen junto a sus tres hijos en la escocesa ciudad de Edimburgo. También y más allá de sus textos de ficción, la autora ha publicado un libro de memorias, Sigo aquí, que en conjunto a sus trabajos literarios le ha llevado a alzarse con varios galardones, como los premios Costa Novel; Somerset Maugham; el premio a la Ficción Femenina y el Nacional de Críticos literarios.

El pasaje a continuación surge de las páginas de Hamnet, una de las novelas más elogiada de los últimos años, en la que con un estilo compacto, descriptivo y pleno de detalles, la escritora se inmiscuye en los antecedentes del bardo de Stratford-upon-Avon para jugar en absoluta libertad con la trama, con elementos que surgen de la veracidad histórica y otros de su más fecunda imaginación:

“-¿Me enseñáis el… el ave?

   Ella frunce el ceño.

   -¿El ave?

   -¿Acaso no os vi hace un rato salir del bosque con un ave en el brazo? Un halcón. Lo más curioso que…

   Por primera vez aflora una emoción al rostro de la mujer: preocupación, inquietud, un atisbo de temor.

   -No se lo digáis a ellos –dice, señalando hacia la granja-, por favor. Me habían prohibido sacarla hoy, pero estaba agitada, hambrienta, y no podía soportar tenerla encerrada toda la tarde. Por favor, no le diréis que me habéis visto, ¿verdad? Que he salido.

   El preceptor sonríe. Se acerca a ella.

   -Jamás diré una palabra –logra responder consoladora, pomposamente. Le pone la mano en el brazo-. Perded cuidado.

   Ella lo mira a los ojos. Se contemplan de cerca. Él ve unos ojos casi dorados, con un círculo de un profundo color ámbar alrededor del centro. Unos puntitos verdes. Unas pestañas largas y oscuras. Una tez clara con pecas en la nariz y en los pómulos. Ella hace algo inusitado: pone la mano encima de la que él tiene puesta en su brazo. Se la sujeta por la piel y el músculo que hay entre el pulgar y el índice y aprieta. Aprieta con firmeza, con insistencia, con una curiosa sensación de intimidad, es casi doloroso, le hace contener el aliento y la cabeza le da vueltas. Es muy real. Cree que nunca lo ha tocado nadie en ese sitio ni de esa forma. No podría retirar la mano sin brusquedad ni aunque quisiera. Lo sorprende que tenga tanta fuerza… y, curiosamente, lo excita.

   -Yo… -empieza, aunque no sabe hacia dónde va ir la frase ni lo que quiere decir-. ¿Vos…?

   Ella le suelta la mano inmediatamente, retira el brazo. Él nota caliente y muy desnuda la zona que le ha apretado. Se frota la frente con esa mano, como para devolverle la normalidad.

   -Queríais ver el ave –dice ella como si no hubiera pasado nada, dueña de la situación.

   Saca una llave de una cadena que lleva escondida entre las faldas, abre el cerrojo, empuja la puerta. Entra y él, aturdido, la sigue.

   Es un espacio reducido, oscuro, angosto, que huele a algo conocido, a algo puesto a secar. Aspira: aroma de madera, de tila, ligeramente dulce y fibroso. Con un matiz seco y almizclado. Y la mujer que está a su lado: nota el olor de su pelo y de su piel, y uno de los dos lleva un ligero toque de romero. Está a punto de tocarla otra vez: el hombro, la cintura están tentadoramente cerca y ¿para qué, si no, lo iba a llevar ahí dentro si no pensara también en…?

   -Ahí está –susurra ella, apremiante, en voz baja-. ¿Lo veis?

   -¿A quién? –dice él, distraído con la cintura, con el romero, con las baldas que hay alrededor y que ahora se ven mejor en la oscuridad, a medida que la vista se acostumbra a la escasa luz-. ¿Qué?

   -A mi halcón –dice ella.

   El preceptor avanza unos pasos y, al fondo, ve una percha alta en la que está posada un ave de presa.

   Lleva una caperuza, tiene las alas recogidas a la espalda y se aferra a la percha con unas garras escamosas de color ocre. Está encogida de hombros, como si le lloviera encima. Las plumas de las alas son oscuras, pero tiene el pecho claro y rizado como la corteza de un árbol. Le resulta extraordinario encontrarse tan cerca de un ser tan de otro elemento, del viento o del cielo, y tal vez del mito

   -Dios mío –se oye decir.

   Ella se vuelve y, por primera vez, sonríe.

   -Es una cernícala –murmura-. Me la regaló un sacerdote amigo de mi padre cuando era solo un pollito. La saco a volar casi todos los días. No voy a quitarle la caperuza ahora, pero sabe que estáis ahí. No os olvidará.

   El preceptor no lo duda. Aunque el ave tiene los ojos y el pico tapados con una capucha en miniatura, de piel –de oveja o tal vez de cabritilla, se sorprende pensando, y le fastidia-, ladea la cabeza o la vuelve con cada palabra que dicen, con cada movimiento que hacen. Se da cuenta de que le gustaría ver la cara del ave, verle los ojos, saber lo que hay debajo de la caperuza.

   -Hoy a cazado dos ratones –dice la mujer-. Y un topillo. Vuela –continúa, volviéndose hacia él- en silencio absoluto. No la oyen llegar.

   El preceptor, envalentonado por esa mirada, alarga una mano. Encuentra la manga de ella, luego el jubón y por fin la cintura. Curva la mano alrededor con la misma firmeza con la que ella lo ha tocado antes e intenta atraerla hacia sí…”  

«El rico le pone velas a la virgen, encarga misas, da limosnas a los mendigos, en cambio el  muzhik, ¿qué? No tiene tiempo ni para santiguarse, vive hundido en la miseria, ya ve qué  salvación le espera…»  Antón Chéjov – La dacha nueva )

Picasso, la guerra y su literatura

Durante un tiempo cercano a los dos años, cuando se encontraba en plena efervescencia pictórica en su estudio de París, el malagueño cayó en un período de bloqueo creativo. Los acontecimientos de la Guerra Civil en España hicieron que su expresión artística sufriera una mutación y se inclinara forzosamente hacia las letras, siendo la suya una forma cercana a una terapia que a una manifestación para ser expuesta ante el público. Etapa de oscuridad de la que Pablo Ruiz Picasso pudo emerger cuando la aviación nazi acometió el terrible bombardeo sobre una pequeña población vasca, que dio origen a su obra monumental y antibelicista: el Guernica  

Una de las dos planchas con viñetas que componen la obra Sueño y mentira de Franco. Museo Casa Natal

“Soy un pintor viejo y un poeta recién nacido. Estoy contento”, decía mientras estaba absorto en una crisis espiritual que lo alejó de los grandes lienzos. Desde 1935 a 1937 las musas desaparecieron de entre los pinceles pero adornaban páginas donde jugueteaban con textos, grabados, ilustraciones y carteles.

“Ya no pintaré más”, dijo, pero este propósito saltó por los aires cuando se produjo el bombardeo de Guernica, en la Guerra Civil. Volvió a dedicarse a la pintura, ahora con un carácter social y de denuncia, la misma impronta que dejó en los textos sucesivos que creó.

La guerra todo lo cambió para él. Si hasta ahora su arte se expresaba a través de ilustraciones que acompañaban los textos de sus grandes amigos, entre los que se encontraban los miembros del ‘Au rendez-vous des poètes’ (punto de encuentro de poetas), en estos momentos su producción se volvía más comprometida. Eran tiempos convulsos y, aunque el artista no había compartido públicamente sus ideales políticos, decidió tomar parte.

Resultado de ello fue la carpeta que diseñó, escribió, ilustró y editó Pablo Ruiz Picasso bajo el nombre Sueño y mentira de Franco. La obra, considerada como su primer libro ilustrado y el primer trabajo con marcado contenido político, se compone de 18 imágenes grabadas al aguafuerte en dos planchas de cobre de formato apaisado. Cada viñeta tiene un tamaño de 31x42cm y, en un primer momento, había una intención de recortarlas para distribuirlas como postales, tal y como hiciera con las estampas del Guernica. “Llévenselas. ¡Souvenir! ¡Souvenir!”, les decía a los nazis cuando se acercaban a su taller en Francia durante la II Guerra Mundial.

Fandango de Lechuzas, un poema surrealista en prosa escrito a mano y en lengua española, acompaña los grabados. 14 de las 18 imágenes están fechadas a principios de enero del 37, antes de la realización del Guernica. El resto, se realizaron a principios de junio, después de la gran obra. En un tono satírico, Picasso realizó diversas caricaturas de Franco. En una viñeta aparece el general vestido de mujer de dudosa reputación e incluso se atrevió a decorarlo con una mantilla; en otra, es una criatura con cabeza de patata. La producción, leída de derecha a izquierda, contó con una reproducción inusualmente grande. Un total de 1.000 ejemplares, impresos en París, salieron a la calle con el fin de recaudar fondos destinados a la República.

El artista malagueño en su biblioteca
 Museo Casa Natal

Picasso era un voraz lector que se codeaba con los grandes y no tan conocidos escritores del momento. El papel fue altavoz de muchas de sus preocupaciones, tanto personales como artísticas y, por último, se convirtió en una vía para comentar la realidad sociopolítica del momento. Tanto la Guerra Civil Española como la Segunda Guerra Mundial hicieron que el pintor se parapetase en el mundo de las letras como herramienta de resistencia. En ello tuvo mucho que ver su relación con Dora Maar o su amistad con Eluard, miembro del Comité Nacional de Escritores que el malagueño frecuentaba y que se había convertido en un instrumento al servicio del Partido Comunista Francés para luchar contra el invasor. Sartre era otro asiduo al club.

En esta etapa, las aportaciones del artista al mundo de la literatura eran una constante, tanto con sus textos como con los dibujos que acompañaban las letras de otros escritores. La literatura denuncia ocupó largos años de su vida. Y ahora queda recogida y expuesta al público en la muestra ‘Au rendez-vous des poètes. Picasso y los libros’, en su museo-casa natal, en Málaga.

Cubierta de El entierro del Conde de Orgaz
 Museo Casa Natal

El polifacético Pablo Ruiz Picasso realizó 156 libros ilustrados en toda su trayectoria, algunos de los cuales se pueden disfrutar en esta exposición, una muestra que es el resultado de una extensa investigación realizada en el Centro de Documentación de la Casa Natal y que ha sido posible gracias a la colaboración de la Fundación La Caixa. Para admirar la grandeza del artista desde una nueva perspectiva, con Picasso y el mundo literario, sus textos y sus ilustraciones.

Poemas y litografías
 Museo Casa Natal

Pero abarca mucho más que la literatura y los grabados de denuncia. La extensa producción del artista comienza en sus años juveniles, cuando publicaba sus obras en las páginas de Sabartés Reventós en Barcelona, pasando por su contribución a la Generación del 98 en figuras como Baroja o Unamuno, hasta su llegada a París y las influencias de personajes como Max Jacob o Apollinarire en su ‘Reunión de Poetas’. Con los años 30 se zambulle en el movimiento de denuncia política de la mano de su amigo Eluard y se centra también en los retratos de los héroes de la resistencia.

Por otro lado, Alberti y Cela ocupan un lugar destacado en la exposición. El pintor inspiró varias obras del poeta gaditano y el escritor gallego, por su parte, publicó Dibujos y escritos del pintor malagueño siguiendo las indicaciones del propio Picasso.

(El texto pertenece a Chus del Pino y fue publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona, España)

Leonardo Padura, pinceladas caribeñas

La literatura cubana, incluso en los países de habla hispana, no goza de una gran expansión. Las particularidades del sistema de publicaciones de la isla a las que hay que sumar la falta de materias primeras, hacen que la oferta sea más que limitada; a pesar de ello algunos nombres logran trascender hacia el extranjero. Es el caso del escritor nacido en La Habana (1955) quien, a base de una obra extensa y diversificada, ha ido ganando trascendencia con el transcurso de los años.

Egresado de la cátedra de literatura latinoamericana de la universidad de la capital insular, sus primeros textos estuvieron ligados al ámbito periodístico en órganos de la isla, como el diario Juventud Rebelde. Aunque no transcurriría mucho tiempo para que diera el paso hacia la ficción literaria con la publicación de su primera novela, Fiebre de caballos.  

A partir de ese momento su escritos se han ido ampliando con otras tantas novelas: Adiós Hemingway o El hombre que amaba a los perros; así como con la incursión en otros géneros, como el ensayo: La Cultura y la Revolución Cubana o La memoria y el olvido; el relato breve: El cazador, Nueve noches con Amada Luna; y también el guión cinematográfico, con Regreso a Ítaca o Cuatro estaciones en La Habana. Textos por los que cosechó diferentes distinciones, como el Premio Nacional de Literatura de Cuba, o el Hammett de la Asociación de Escritores de Novela Policíaca, y también por el conjunto de su producción literaria, con la distinción de la Orden de las Artes y las Letras de Ministerio de Cultura de Francia, y el premio Princesa de Asturias de las Letras.

Aunque es evidente que mucho de la consolidación de Padura procede del ámbito del género negro, más aún de la mano de su alter ego literario, el detective Mario Conde. En las historias del policía como en otras, más allá de la trama propia de cada relato, el escritor se permite deslizar críticas a la realidad cotidiana que se vive en la isla, pareceres que si bien forman parte de la ficción, fueron incluyendo también las contingencias de aquellos compatriotas que para labrarse un porvenir eligieron transitar el camino de la diáspora, con todas sus consecuencias. Sensaciones todas que son alimentadas por el propio pensamiento del autor, cuando manifiesta: “Lo jodido de irse de Cuba es que, ni aún yéndote de Cuba, te vas de Cuba”.

Para apreciar en parte su ficción literaria, de su última novela Como polvo en el viento el texto a continuación, en el que con un estilo descriptivo y una trama bien urdida, describe la relación de un grupo de amigos inmersos de pleno en sus matices caribeños:

    “…El tipo, al que ella nunca había visto en The Hunter, parecía una caricatura facturada en Hollywood para una película de la década de 1950: vestía pantalón ancho y camisa de mangas largas, todo blanco, de lino. Llevaba abiertos los botones superiores de la camisa y, sobre su pecho lampiño y rasurado, saltaba la medalla refulgente de la Virgen de la Caridad del Cobre, pendiente de la cadena también dorada. Usaba un panamá, falso con toda seguridad (comprado quizás en el pulguero de Miami, junto con la cadena y medalla demasiado brillantes), y cuando lo creía necesario utilizaba el sombrero como parte de su espectáculo particular: se descubría y lo movía del modo en que un matador pasa la capa ante el toro, o lo lanzaba al aire para capturarlo al final de un giro coreográfico –con certeza muy ensayado-. El pelo, ondeado, negro azabache, le brillaba por la mezcla del gel y el sudor que le sacaba el ejercicio, y sus pies, enfundados en mocasines marrones de suela fina, calzados sin medias, marcaban los pasos con una precisión milimétrica, sin levantarse apenas del suelo pulido, mientras dejaba a los brazos la ilusión de movimiento y entregaba a los hombros el pulso profundo y rector del ritmo marcado por el bajo.

   Con el atuendo y la soltura de sus maniobras, Adela, ida del mundo, llegó a pensar que el joven debía de ser un profesional contratado por los regentes de la discoteca para animar el ambiente del modo exacto en que llegó a lograrlo. Porque en un momento de clímax musical, cuando se imponía el ritmo de los tambores y timbales, el resto de las parejas fue deteniendo la danza hasta formar un círculo alrededor del joven y de la negra de pelo chino y un muy ajustado vestido verde brillante que era su compañera de baile. La lascivia de las ondulaciones pélvicas, el desparpajo de las miradas, los rostros sonrientes y humedecidos por el sudor de los bailadores expresaron la sensualidad desbordada de una representación de altos voltajes sexuales. Con el fin del número, llegó el aplauso de los otros bailadores y mirones, coronados con el grito intempestivo del joven:

   –I love you, Miami! –intentó decir, aunque lo que se escuchó fue algo como ai-lofyú-mayamíiii…

   Adela comenzaba la tercera copa de vino de su aburrimiento cuando sintió como a su lado retiraban una silla y vio la figura disfrazada de blanco sentarse junto a ella.

   -¿Y a ti que te pasa, niña? ¿Te botó el novio o no sabes bailar?

   Olía a colonia y sudor: a hombre, fue lo primero que percibió Adela, y miró al personaje que, sin pedir permiso, se acomodaba en la silla, bebía un trago largo de la Heineken que traía de la mano, se descubría del Panamá para colocarlo sobre la mesa, se enjugaba la frente con un pañuelo rojo y le sonreía con una dentadura saludable y perfecta.

   -NI una cosa ni la otra fue lo que se le ocurrió decir.

   -Ah, porque yo con la mayor gentileza y respeto estaba dispuesto a resolverte cualquiera de esos dos problemas. –Y sonrió más, mientras alzaba una de sus cejas, como para enfocarla mejor.

   -¿Cuándo llegaste? –preguntó Adela, admirada por el desparpajo del joven.

   -Hace dos meses… -Y bajó la voz-. ¿Se nota mucho?

   Se ve a la legua. Todavía estás cerrero.

   El muchacho volvió a sonreír. Adela decidió que era lindo aquel ejemplar de macho cubano de producción insular, cargado con todos los atributos visibles de su condición y los lastres más comunes de su pertenencia.

   -¿Meto miedo?

   -No, das… ternura. ¿O se dice provocas ternura? –indagó Adela sin poder evitar la reacción de su subconsciente ante la confesión, motivada por una de esas dudas idiomáticas que la obcecaban.

   -Estás acabando conmigo, niña… ¿Qué yo provoco ternura?… Pa’ su madre. Si sigo así, me van a deportar.

   Adela al fin sonrió. ¿Cómo era posible lograr aquel ejemplar modélico, diseñado tal vez con una estudiada manipulación genética?

   –Sorry…, perdona… Bailas muy bien –trató de arreglar las cosas.

   -¿Y tú? Ahora en serio…, ¿de verdad no sabes bailar?

   -¿Quién dijo que no sé?

   Ne, tú no sabes ná… A ver, demuéstremelo –dijo, volvió a pasarse el pañuelo rojo por el rostro y recogió el sombrero abandonado sobre la mesa. Se puso de pie (¿era más alto ahora?) y extendió la mano derecha en dirección a Adela.

   Adela lo observó otra vez. No, no era posible, pensó, porque siempre pensaba. Pensaba demasiado: su madre se lo decía desde que era niña, y nunca le aclaró si constituía una virtud o un defecto. Pero el proceso de intento de ligue resultaba tan clásico como que daba risa, y tal vez por eso evitó pensarlo más y se dejó llevar al terreno del juego. No perdía nada. Aceptó la mano del joven, se puso de pie, aunque antes de dar un paso lanzó su advertencia.

   -Si haces una sola monería te dejo solo.

   -Sin monerías –aceptó él.

   -¿El sombrero lo compraste en el pulguero?

   El sonrió. La enfocó y se tocó la nariz.

   -¿De dónde tú eres? Tú eres yuma, ¿verdad?

   -Sí, soy americana… estadounidense. De Nueva York. ¿Por qué?

   Es que ustedes los yumas se creen que todo es Miky Maus… No, chica, es ecuatoriano, auténtico, de verdad, de los buenos. Me lo trajo de allá un socio que llegó hace dos semanas. Lo estoy estrenando hoy porque desde por la mañana tenía, no sé, una cosa así…

   -Un presentimiento –se apuró ella.

   -O un anuncio de mi padre Changó. Yo sabía que algo bueno me iba a pasar.

   -¿Tú eres santero?

   -No, pero creo en todo… Por si acaso… -dijo, y le mostró el pañuelo rojo y luego la medalla de la virgen.

   Casi tirando de ella la condujo hacia la pista, sosteniéndole la mano izquierda, para luego tamarla de la cintura con la derecha y atraerla hacia sí, y de inmediato alejarla, como si dudara de algo, -Pero pérate, pérate… Mi mamá no me deja bailar con desconocidas… What is your name, baby?

   Adela sintió otro golpe de ternura. Sí, el personaje estaba cerrero, en estado puro, un diseño modélico.

   -Adela Fitzberg.

   Él le soltó la mano derecha y le tendió la suya.

   -Mucho gusto, Adela-eso-mismo… Yo soy Marcos Martínez Chaple, y en Cuba me decían Marquito el Lince, a veces Mandrake el Mago…”