Mario Puzo, de jugador de póker a novelista de El Padrino

Francis Ford Coppola, director de la saga de El Padrino, ha hecho el anuncio de que ha finalizado una nueva versión de la tercera entrega, que además de la inclusión de otras escenas y retoques técnicos, introduce un nuevo final que en su momento el director consideró más acorde con la historia. Mencionó además que, junto con el autor de la novela y guionista Mario Puzo, sopesaron que la trilogía tuviera una cuarta entrega, la que finalmente no llegó a materializarse. Y si bien Puzo y la serie tuvieron una coincidencia feliz de mutuo beneficio, la historia de vida del escritor, de quien se cumple el centenario de su nacimiento (Nueva York, 1920 – 1999), tuvo sus propios episodios como para realizar otra exitosa ficción, antes de que este tuviera la oportunidad de convertirse  en un famoso novelista -singular para quien nunca antes había conocido a un gángster-, y la saga fílmica en un suceso de dimensión universal

Mario Puzo conoció de primera mano la mísera vida de los italianos en la Nueva York de 1920 pero todo cambió cuando, asediado por las deudas, publicó “El Padrino“, la novela que le encumbró y que acabó idealizando para siempre al capo mafioso.

El escritor, de cuyo nacimiento se cumple el primer centenario, contribuyó con su célebre obra y su posterior adaptación cinematográfica a construir los clichés de la Cosa Nostra en Estados Unidos, y de los bajos fondos del crimen organizado.

Una infancia en la “cocina del infierno”

Puzo nació el 15 de octubre de 1920 en una Nueva York que recibía a miles de italianos y europeos en busca de suerte. Sus padres eran dos inmigrantes analfabetos de la zona de Nápoles (sur) que se instalaron en Manhattan y tuvieron ocho hijos.

Su infancia no fue fácil, como la del resto de los niños inmigrantes en aquella metrópoli. En sus calles pidió limosna y realizó todo tipo de trabajos precarios pero, como suele ocurrir, el hambre afiló su ingenio y en su adolescencia era ya un experto jugador de póker.

Sin embargo aquel hijo de italianos pronto se sintió atraído por la literatura y, tras prestar servicio militar durante la II Guerra Mundial, se matriculó en la Universidad de Columbia para estudiar ciencias sociales y escritura creativa.

Enseguida empezó a publicar historias policiales por entregas en varias revistas del momento, y en 1946 se casó con Erika Broske, con quien tuvo cinco hijos.

Sus dos primeras novelas, bien acogidas por la crítica pero no por el público, fueron “Dark arena” (1955) y “The Fortunate Pilgrim” (1965), esta última sobre una familia de “Little Italy” en los años treinta y de la que se haría una serie con Sophia Loren.

El éxito de “El Padrino”

Pero Puzo no saborearía realmente las miles del éxito hasta que en 1969 publicó “El Padrino” (The Godfather) sobre la mafia italiana en Estados Unidos, acerca de sus códigos y sus guerras, creando para la posteridad el estereotipo del capo mafioso, el de Don Vito Corleone.

Lo hizo por dinero. Un agente literario le propuso la historia al conocerle en la editorial en la que trabajaba y el escritor aceptó porque las deudas por el juego le llegaban al cuello.

Así lo reconoce él mismo con “vergüenza” en las memorias “The Godfather papers & other confessions”: “Lo escribí por el dinero, tenía 45 años y estaba cansado de ser un artista. Además debía veinte mil dólares a familiares y bancos”, rememoraba.

Puzo además confesaba que no había visto a un mafioso en su vida: “Nunca conocí a un gángster, conocía bastante bien el mundo del juego, pero eso es todo”, puntualizaba.

Lo cierto es que en aquellos momentos la mafia en la Gran Manzana y sus luchas de poder empezaban ya a ser desveladas, y eso le sirvió para documentarse. Basta citar el proceso al primer arrepentido de la mafia neoyorquina, Joe Valachi, quien en 1963 había dado detalles sobre las cinco familias que se disputaban el control de la ciudad.

En este contexto, en el que la opinión pública asistía asombrada al surgimiento de este tipo de crimen organizado, Puzo se puso manos a la obra y escribió “El Padrino”, su obra culmen, con la que se hizo rico vendiendo millones de ejemplares en todo el planeta.

La saga de “El Padrino” arrasa en el cine

A este arrollador éxito le siguió una prometedora trilogía cinematográfica dirigida por Francis Ford Coppola, con quien Puzo se embarcó en la redacción del guion, y para la que se contó con figuras como Marlon Brando como Don Vito o Al Pacino como su hijo, Michael Corleone.

El propio Puzo se obstinó en que Brando diera vida al patriarca de la Cosa Nostra y en alguna ocasión reconoció que para crear el personaje se inspiró en la figura de su madre y en su voz, la de una autoridad de una familia numerosa en un hábitat hostil.

Las películas recibieron un aluvión de galardones y premios, y Puzo se alzó con dos premios Oscar por el guion de la primera y de la segunda parte.

El Padrino, ¿un cliché?

En Italia las obras sobre la mafia, un problema bien real, suelen suscitar el mismo debate. ¿Crean patrones de comportamiento entre los capos y sus secuaces? ¿Son un buen ejemplo para los jóvenes? En definitiva, ¿puede la vida llegar a imitar al arte?

Se sabe que los criminales frecuentemente se interesan por lo que el cine o la literatura cuenta de ellos. Precisamente “El Padrino” fue encontrado en el escondite de uno de los capos más buscados del famoso clan siciliano de los Corleoneses, Leoluca Bagarella.

La obra de Puzo siempre ha sido criticada por dar una pátina de honorabilidad al hampa italo-estadounidense, pero lo mismo ocurre con las innumerables obras que se han hecho sobre esta cuestión desde entonces por el temor a que el mal acabe siendo emulado.

La vida después de los Corleone

Puzo, millonario y henchido de éxito, siguió escribiendo. En 1978 publicó “Fools die”, crítica descarnada a la sociedad estadounidense, aunque quedó prendado para siempre de la mafia.

Otro de sus libros sobre este tema es “The Sicilian” (1984), sobre el bandolero Salvatore Giuliano, y en 1996 sacó “The last Don”, otra novela sobre traiciones, servilismos y “vendettas”.

El escritor falleció el 2 de julio de 1999 a los 79 años en su casa de Long Island a causa de un paro cardíaco. En su escritorio, a modo de epílogo, cocinaba sus últimas dos novelas.

Una sobre el papa Alejandro VI Borgia, patriarca de una familia que enredó con un sinfín de intrigas en la Italia del siglo XV, y la otra “Omertà”, un libro sobre el código de silencio de la mafia siciliana terminado por su última pareja, Carol Gino.

(Este artículo fue publicado en el diario El Universal de México)

La frase

“Me gustan los hombres que ejercen su fuerza ayudándote con discreción a vivir. Me gustan   los que lo hacen sin demasiadas palabras, sin grandes halagos, sin pretender recompensas.   La comprensión verdadera de la mujer me parece el más elevado ejercicio de la inteligencia y   la capacidad masculina de amar”                ( Elena Ferrante )

Quino, Mafalda, y las contradicciones del mundo

Hace contadas horas, a la edad de 88 años fallecía el dibujante Joaquín Lavado Tejón (Guaymallén, Argentina, 1932 – 2020), más conocido por su pseudónimo: Quino.

El hecho ha generado innumerables muestras de pesar de todo tipo, solo basta hacer un repaso por las principales cabeceras de las publicaciones de todo el mundo para apreciar la repercusión de la noticia, y comprender también, el alcance de la obra del genial caricaturista y de sus criaturas: Mafalda y sus amigos. Y es que la profundidad de la tira, que cumplía la edad de 56 años, excedió mucho más allá del mero término de cómica, cuando se adentraba en ideas y pensamientos que buscaban hacen reír a la vez que reflexionar al lector.

Sus historias acotadas en forma de viñetas lograron la aceptación de grandes y chicos, haciéndole merecedor de infinidad de premios y galardones, entre ellos, la Medalla de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, y el Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades del año 2014. Tal vez porque, como todo buen relato breve, resumía en pocas líneas conceptos que sobrepasaban los márgenes mismos del dibujo.

Vaya también nuestro homenaje con algunas muestras de sus creaciones:

Imagen

tiras comicas de mafalda en blanco y negro

tiras comicas de maflada en español

Cuba, el desafío de publicar por fuera del sistema

Fue muy conocida la afición que tenía Ernesto ‘Che’ Guevara por la lectura; así lo atestiguan los libros expuestos en el memorial que a su figura se erige en la ciudad de Santa Clara, con textos de historia, literatura, economía, filosofía y psicología. Quizás por ello, una vez instaurada la revolución, se crearon los planes populares de lectura para ser diseminados por toda la isla. También el comandante Fidel Castro sostenía  que la revolución sabía del valor de la lectura para la conformación de cualquier ser humano, pero que sencillamente el país no podía alcanzar cotas más altas de publicación a causa del bloqueo de materias primas implementado por el gobierno estadounidense. Hoy, salvo contadas excepciones, es muy poco lo que trasciende de la literatura cubana actual. Son tiempos en los que los escritores y las editoriales independientes deben buscar formas alternativas para sortear los mecanismos que impone el gobierno, y con ello, alcanzar la ansiada meta de dar a conocer sus obras

Sello La Maleza, nació con una exposición de libros que no tenían circulación en la isla

Las editoriales independientes suelen configurar un mapa amplio de producciones literarias de calidad, apuestas riesgosas y rescates de tesoros que no entran en los planes de los grandes grupos del sector. Sus publicaciones, en general, no responden a las tendencias del mercado ni a las modas temáticas fugaces. Tienen un público propio, acotado y fiel, y sus respectivos catálogos son una demostración de la biblio diversidad que impera en cada país.

¿Pero qué pasa en naciones como Cuba donde están prohibidas las ediciones por fuera del sistema que controla el estado? ¿Cómo hacen los autores y editores independientes para publicar y difundir sus obras? ¿Cómo sortean la ilegalidad los que se mueven en el circuito literario off cubano? Tres editores de la isla donde nacieron José Martí, Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante  contaron a La Nación los obstáculos y los riesgos de ir contra la corriente y publicar libros políticamente incorrectos que resultan incómodos para la cultura oficial.

“Desgraciadamente la ilegalidad a la que somos sometidos por las leyes restrictivas cubanas que limitan la creación de editoriales independientes nos impide llegar a muchas personas y a públicos muy ávidos de nuestra literatura”, asegura Yoe Suárez, periodista, escritor y editor de Boca de Lobo, uno de los sellos nacidos en La Habana en 2018, especializado en títulos de no ficción. En sus dos primeros años, ha publicado seis libros. El catálogo incluye a autores consagrados como el poeta y ensayista Antonio José Ponte y otros más jóvenes como la periodista Yaiset Rodríguez Fernández. “No tenemos posibilidad de inscribirnos legalmente y esto genera condiciones de vulnerabilidad extrema”, agrega Suárez que sufrió persecuciones y censura por su trabajo como periodista y tiene prohibida la salida de Cuba desde febrero pasado. “Estoy ‘regulado’, por orden del gobierno. Eso limita mi libertad de movimiento”.

“No solo las editoriales independientes son (y han sido desde el triunfo de la Revolución) ilegales en Cuba. Hay que precisar que el gobierno cubano siempre ha buscado las formas de restringir la actividad intelectual y cultural independiente. Por solo poner ejemplos recientes, desde el 2018 el Estado emitió una serie de decretos para regular aún más la actividad cultural independiente y tener un control legal. Es decir, que lejos de declararla legal, el Estado crea leyes antidemocráticas para restringir la actividad cultural que surge bajo una ardua y constante batalla. Es el caso del Decreto 349 para los artistas visuales, del Decreto 370 para el periodismo independiente, especialmente para el control de internet, y del Decreto 373 para el cine independiente”, aporta el artista visual Lester Álvarez, creador y director del proyecto editorial La Maleza. “Es muy complejo explicar cuánto afectan estas leyes a la cultura. Uno de los signos más visibles es el éxodo y la frustración que causan en las creadoras y creadores más jóvenes”.

Román Gutiérrez, autor de la novela “Trenes van y trenes vienen”

Álvarez, que vive y estudia en España hace diez meses, creó a finales de 2015 una instalación con libros que no pueden circular en Cuba. La obra, titulada La Maleza, dio lugar en 2018 a una editorial sin fines de lucro, que lleva adelante junto al diseñador gráfico alemán Julian Goll. “Concebimos La Maleza como un proyecto para visibilizar zonas marginadas de la cultura cubana. Nos sentimos totalmente excluidos. Hablo en mi nombre y en el de varios de los colaboradores habituales de La Maleza”, asegura el artista, quien detalla los motivos por los que muchos autores jóvenes prefieren buscar caminos alternativos para publicar sus obras: “En primer lugar, las editoriales estatales cubanas son burocráticas y están carentes de vitalidad. Para publicar, lo primero que hay que hacer es ganar un certamen literario. Luego, caer en las garras de los editores censores y finalmente esperar los años que sean necesarios para que el libro salga de imprenta. Todo eso sin contar que hay autores (vivos o muertos) que por su obra nunca serían publicados por las editoriales oficiales. Insisto en que no es un problema únicamente político, aunque sea esta la razón original para tanto control”.

Imprimir en Cuba es muy complicado porque hay pocas opciones. “Nosotros tuvimos muy mala experiencia con nuestro primer libro (la novela Trenes van y trenes vienen, de Román Gutiérrez) y terminamos imprimiendo algunos ejemplares en España. En un principio establecimos una impresión de 100 copias de cada libro con entrega gratuita. Pero eso es algo que ahora nos estamos replanteando, sobre todo por la posibilidad de que los libros puedan llegar a cualquier parte del mundo y cubrir los gastos de producción. Por el momento, la forma de financiación ha sido a través de residencias artísticas”, explica Álvarez. En agosto de 2019, La Maleza fue premiada con una residencia del Instituto Internacional de Artivismo Hannah Arendt (INSTAR), que dirige la artista cubana Tania Bruguera, blanco constante del gobierno por sus actos a favor de la liberta de expresión.

Parte de los libros del circuito alternativo han sido donados a bibliotecas independientes (no estatales) como un camino para abrir la distribución y el boca a boca. El caso de El soplo del demonio, una investigación periodística sobre la violencia y el pandillerismo en La Habana escrita por Suárez, que fue el primer libro publicado por Boca de Lobo, fue curioso: se presentó el 23 de julio de 2019 en el centro penitenciario 1580, a partir de la gestión de la Capellanía de Prisiones de la Liga Evangélica de Cuba. La editorial donó 500 ejemplares que se repartieron en cinco cárceles de la isla. En estos meses de pandemia, la editorial creó la iniciativa Lectura de Cuarentena: ya distribuyeron de manera gratuita decenas de ejemplares a lectores habaneros. “El soplo del demonio me permitió acceder a un mundo hasta entonces desconocido y lo que vi me conmovió. Por eso doné los derechos de autor para la capellanía evangélica”, cuenta Suárez.

                                                                        Ariel Maceo Téllez

Otra editorial independiente que navega contra la corriente en Cuba es OnCritika, lanzada por los jóvenes escritores Ariel Maceo Téllez y Abu Duyanah Tamayo con el fin de editar libros de literatura cubana, hechos a mano, con recursos mínimos. Oncritika se propone publicar y promocionar escritores que estén fuera del sistema, “escritores malditos”, como los definen. Les interesa la “buena literatura, que no será la que están acostumbrados a leer, sino otro tipo de literatura, la prohibida. La que leen a escondidas tus vecinos”.

Para Maceo Téllez, llevar adelante esta iniciativa es un desafío muy complejo. “Nos valemos de recursos limitados y de la buena fortuna del arte libre, en el que cualquiera nos puede ayudar. Tratamos de buscar las mejores opciones de impresión, los lugares que nos ofrezcan los mejores precios. Además de eso también tenemos la posibilidad de crear los libros manualmente. La idea es venderlos y comercializarlos de mano en mano, que puedan llegar a la gente de cualquier manera posible. Aunque ya comenzamos a colgar alguno en la plataforma de Amazon. Y sí, alguno de estos libros se leen a escondidas”, dice el poeta, narrador y fotógrafo, autor de los libros Último cumpleaños (Bruma Ediciones, Argentina, 2015), ¿Sabes quiénes son los monstruos? (Guantanamera, España, 2017) y Esperando la carroza, que saldrá este mes por OnCritika. “Llegué al punto en el que he decidido no participar de ningún concurso literario ni de intentar publicar con alguna editorial del país a las que no le gusta tocar temas controversiales de la sociedad cubana. Es una decisión tomada”, declara el editor que prepara en la actualidad un libro de una periodista cubana con artículos y crónicas. “Cuando salga, no será bien visto por parte del gobierno. Todo por el simple hecho de ser un material discursivo que se aleja de los cánones establecidos por la revolución cubana”.

Maceo, que nació en La Habana en 1986, comparte una sensación frecuente: “A veces me levanto en la mañana preguntándome si estoy haciendo algo malo, pero sé que no es así. Sólo somos jóvenes artistas haciendo lo que nos gusta. Me gustaría pensar que, más que un grupo de resistencia, somos artistas que abogamos por la libertad de expresión y por los derechos culturales y elementales de todos los cubanos”.

(Texto principal de Natalia Blanc, publicado por el diario La Nación de Argentina)

 

 

La frase

“Jeff Bezos es responsable de la destrucción de la industria del libro, ya que Amazon lo está   exprimiendo todo. Todo para que Bezos pueda decir: ‘¡Mira! ¡Tengo otros 10.000 millones!`   Y ni siquiera los usa. Es como robarles caramelos a los bebes y ni siquiera comérselos”                                                                                                                                                        David Graeber )

 

Patricia Highsmith, la dama del policial

Fue bautizada con el nombre de Mary Patricia Plangman en 1921 en la ciudad natal de Fort Worth, Texas, Estados Unidos, pero cobró fama con el apellido del segundo esposo de su madre, Stanley Highsmith. Aunque verdad es que la relación de la escritora con la pareja, y en particular con su madre, distó mucho de ser armónica o afectiva.

Desde temprana edad se volcó por la escritura y ya con catorce años escribió su primer relato, a los veinticuatro logró publicar su primer cuento en la revista Harper’s Bazaar, y a los veintinueve su primera novela, la premiada Extraños en un tren. De la que Alfred Hitchcock hizo una exitosa adaptación para el cine, hecho  que le dio renombre mundial a la autora estadounidense.

Su inclinación hacia el género negro hizo que sus personajes siempre se situaran  cercanos a la delgada línea que separa el bien del mal, con desempeños en los que  sobresalían el engaño, la mentira y, por supuesto, el crimen. Muchas de sus temáticas transcurrían en atmósferas densas y opresivas, con protagonistas que no dudaban en sus métodos para alcanzar sus objetivos, llegando incluso a coquetear con la homosexualidad, elementos todos que no siempre encajaban dentro del “american way of life” de esos momentos. Por ello, al advertir de los editores ciertas reservas en la publicación de sus historias, sintió la necesidad de abandonar su país y emigrar hacia nuevas latitudes, fue primero Inglaterra, luego Francia, y finalmente Suiza, país donde le sorprendería la muerte en el año 1995.

El viejo continente fue para la texana una renovada fuente de inspiración, para la creación en particular del escurridizo personaje de Tom Ripley, con el que elaboraría una saga con un total de cinco historias, de las que sobresaldría El talento de Mister Ripley, texto del que se realizarían dos guiones para la gran pantalla.

Su extensa producción literaria abarcó una veintena de novelas, y a la mencionada se le podría agregar: Mar de fondo, El grito de la lechuza, El juego de Ripley, o Small g: un idilio de verano. A estas habría que incluir una decena de libros de relatos, entre otros títulos: Pequeños cuentos misóginos, Catástrofes, o Los cadáveres exquisitos. Ficciones por las que recibió merecidos reconocimientos: el premio de la Asociación de Escritores de Misterio de América; el de la Asociación de Escritores del Crimen de Gran Bretaña; además de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura de Francia.

La escena a continuación pertenece a la adaptación del original de El talento de Mister Ripley que hiciera el director británico Anthony Minghella,  con Matt Damon en el papel de Tom Ripley y Jude Law en el de Dickie Greenleaf:

La frase

“Los iconos son sagrados, pero no todos obran milagros. En mi pueblo teníamos el sagrado   icono de Paraskevis, que estaba en la capilla de la colina. Hasta allí llegaban peregrinos de   distintas partes del país, que en su mayoría eran ciegos o tenían problemas de visión. Se   arrodillaban ante él, le rogaban con lágrimas en los ojos y algunos afirmaban sentirse mejor   al instante. Aquel icono fue el primer oculista del pueblo”        ( Theodor Kallifatides )

Gabriel García Márquez, la peste, el insomnio y la cuarentena, según “Cien años de soledad”

La carrera contra el virus del Covid-19  se va extendiendo en el tiempo, mientras se busca a contrarreloj el antídoto que permita contener el flagelo esparcido por el mundo. De manera impensada con esta actualidad, Gabriel García Márquez, uno de los grandes autores del denominado boom latinoamericano, incluyó en la trama de la primera edición impresa  en 1967 de su reconocida novela Cien años de soledad, un mal que golpeó a los habitantes del pueblo de Macondo. Así, aparecen en el texto del colombiano, términos como peste, contagio o cuarentena; por ello, nunca más acertada la mención de que cualquier parecido con la verdad es pura coincidencia

Y un día tocó a la puerta. No se la abrimos, pero igual entró sin ser invitado. Se instaló desde entonces en nuestra cama, sofá, silla, hamaca y cuanto espacio y rincón habíamos destinado previamente para el descanso.

Con el paso de las horas, los días, los meses y la prolongación continua de la cuarentena, se le ve cada vez más cómodo. Es una visita incómoda, molesta y eterna, sin embargo, a él no le importa en lo más mínimo que los dueños de casa estén perdiendo la tranquilidad y la paciencia por su culpa y por su presencia. Es el insomnio. Es el maldito insomnio.

Antes de que el Covid se mimetizara en la cotidianidad, era un visitante ocasional. Y aunque nunca estuvo invitado y jamás fue bienvenido, logramos tolerar esa presencia esporádica. Durante una, dos o tres noches llegaba, revolcaba las cobijas y se iba.

Incluso, cuando sus visitas empezaban a ser frecuentes, encontramos métodos para sacarlo a patadas de la casa. Bastaba con contar ovejas, escuchar música o sonidos relajantes, o tomar alguna agüita de tilo para espantarlo.

Sin embargo, desde que la casa se convirtió en un apéndice de la oficina, el insomnio se instaló en nuestra propiedad y no parece haber nada ni nadie con el carácter suficiente como para llevarlo a empujones hasta la puerta y le dé una patada en el culo. Y gritarle que no vuelva, que no lo queremos ver más, que nos dañó la vida y el sueño. Los sueños.

Mientras eso pasa, las noches de insomnio nos obligan a reciclar encuentros con libros viejos, pero con letras tan actuales, que hacen parecer que todo lo que está pasando es una historia que alguien ya vivió.

En el universo mágico de “Cien años de soledad”, Gabriel García Márquez habló de la “peste del insomnio” y de una cuarentena que se hizo en Macondo para evitar que los habitantes del pueblo fundado por los Buendía se contagiaran con esa maldición.

Lo que dice el escritor colombiano sobre la “peste del insomnio” resulta tan descriptivo para esta época, que cualquiera podría sospechar que Márquez sorteó una suerte de salto cuántico en el tiempo y no publicó su obra en 1967, en pleno auge del boom latinoamericano, sino hace apenas unos meses cuando los habitantes del planeta entero empezaban esconderse en sus casas para evitar un virus más mortal que la falta de sueño.

Y entonces hay que viajar a Macondo, siempre a Macondo, para recordar que fue Rebeca quien llevó la peste, esa peste, a ese pueblo de la ciénaga. Y que fue Visitación quien reconoció los síntomas de esa maldita enfermedad. Y que fue Aureliano quien encontró la forma de burlarse de una de sus consecuencias. Y que fue Melquíades quien llevó la cura.

Fragmentos de Cien años de soledad

Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó por casualidad y oyó un extraño ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrado un animal en el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados como los de un gato en la oscuridad.

Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligado, a ella y a su hermano, a desterrarse para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del insomnio.

Cataure, el indio, no amaneció en la casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le indicaba que la dolencia letal había de perseguiría de todos modos hasta el último rincón de la tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor -decía José Arcadio Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.» Pero la india les explicó que lo más temible de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido.

Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de idiotez sin pasado. José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso, tomó la precaución de separar a Rebeca de los otros niños.

La enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el  cuerpo no sentía cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido”

Al cabo de unas semanas, cuando el terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio Buendía se encontró una noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. Úrsula, que también había despertado, le preguntó qué le pasaba y él le contestó: “Estoy pensando otra vez en Prudencio Aguilar.”

Macondo se contagia de la peste

Mientras tanto, por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Al principio nadie se alarmó. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque entonces había tanto que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto, que pronto no tuvieron más que hacer, y se encontraron a las tres de la madrugada con los brazos cruzados, contando el número de notas que tenía el vals de los relojes.

Medidas para frenar la peste del insomnio: la cuarentena

Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta que la peste había invadido el pueblo, reunió a los jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga. Fue así como se quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas, y se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y suplicas de los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos supieran que estaba sano.

No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no había duda de que la enfermedad solo se transmitía por la oca, y todas las cosas de comer y de beber estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir”.

(Texto de Joseph Casañas, publicado en el diario El Espectador de Colombia)

La frase

  “¿Acaso vivimos en la actualidad en una época ilustrada?, la respuesta sería: ¡No!, pero sí             vivimos en una época de ilustración”                                                                                                                                                                                                        ( Immanuel Kant )

 

Hanne Orstavik, de afectos y de búsquedas

Noruega y su dura climatología en particular no favorecen en mucho el encuentro entre los seres humanos que la habitan. Así lo debe haber pensado la autora nórdica (Tana, 1969) en el momento de escribir su novela Amor, donde la simbología representada por el clima, se convierte en un elemento insoslayable en la búsqueda y en el deambular de sus protagonistas.

En el corto lapso en que trascurre la narración, una tarde y una noche, en que los personajes intentan encontrar y encontrarse, donde el amor filial entre una joven madre soltera (Vibeke) y su hijo (Jon) a punto de cumplir sus flamantes nueve años, puede llegar a ser tan gélido como la atmósfera que les rodea. Todo para significar que en busca de satisfacer sus propias metas, algunos progenitores pasan por alto que las relaciones entre padres e hijos requiere de algo más que el hecho de proveerles alimento y cobijo.

Como suele suceder en muchas tramas, la misma escritora ha admitido que una gran parte de lo volcado en la composición del personaje de la protagonista, surge de las vivencias rescatadas de su propia infancia y de la ausencia física de su propia madre, con la que muy a menudo tuvo que lidiar y sufrir.

Con un estilo que borda el minimalismo literario en sus formas, esta ficción, que en su traducción supera en poco a las ciento cincuenta páginas, fue merecedora de la principal distinción literaria en su país, el premio Brageprisen. Y por su aportación específica, las autoridades lo ha constituido en un texto de lectura obligatoria en todos los institutos noruegos de enseñanza secundaria.

De Amor, el siguiente pasaje:

   “…-¿Quiere comprar lotería? –pregunta enseñándole el talonario. Es para el club de atletismo.

   El viejo lo observa, luego desvía la mirada hacia la calzada. Mueve deprisa los ojos. Hace mucho de la última vez que pasó un coche. Hace demasiado frío para que la gente esté dando vueltas por la calle. Le indica a Jon con un gesto que pase. Cierra la puerta de la calle y entra por otra puerta al interior de la casa. Jon sube y baja los pies sin moverse del sitio para quitarse la nieve de las botas y lo sigue.

   Es un salón con cocina abierta. En la encimera hay un televisor pequeño. Están dando una película en blanco y negro, el volumen está bajado del todo. El viejo se acerca despacio a una estufa de leña y se agacha apoyado sobre una rodilla, parece un poco agarrotado. Añade un tronco. Lo sujeta con la mano dentro de la manga del jersey y cierra la puerta hasta dejar una estrecha rendija. Luego se da la vuelta y le sonríe.

   -Debería durar un rato. La gente no se puede helar cuando viene a visitar a este viejo.

   Junto a la ventana hay una mecedora que oscila débilmente. Estaría sentado allí cuando he llamado a la puerta, piensa Jon. Tal vez me ha visto llegar.

   -¿El club de atletismo, dices?

   El hombre arrastra los pies hasta la encimera y abre un cajón, pregunta cuántos cupones tiene Jon y cuánto cuestan. Jon contesta. El viejo saca un monedero , dice que se los va a comprar todos. Escribe su nombre en el resguardo del talonario y pone paréntesis y comillas en todas las páginas numeradas. Le lleva tiempo. Jon mira a su alrededor,

   En la pared, encima de la mecedora, cuelgan tres marcos redondos con viejos retratos, de esos que están nebulosos por los bordes, como si estuvieran a punto de desaparecer. En el rincón hay una caña de pescar. Puede que sea para pescar con mosca, piensa. El año pasado Vibeke tuvo un novio que quería enseñar a Jon a pescar con mosca. Solo los chicos, dijo sacando un plano para enseñarle por dónde iban a ir, señaló un río, le habló de diferentes pozas. Ahí, había dicho, ahí pescarás uno grande. Había mirado a Vibeke y había sonreído. Pero entonces desapareció sin más. Jon ni siquiera los había oído discutir.

   El viejo se gira hacia Jon, le da el talonario y unos billetes.

   ¿Eres nuevo por aquí, no?

   -Sí, llegamos hace cuatro meses y tres días.

   Jon guarda el dinero y el talonario en la bolsa. Está contento.

   -Y ya vas por ahí con un talonario de lotería. Los del club de atletismo sí que saben poner a la gente a trabajar.

   Jon dice que se acaba de apuntar para empezar a patinar.

   El hombre tiene el pelo completamente blanco, largo y fino, está despeinado. Tiene la cara roja, piensa Jon, como si acabara de despertarse.

   -¿Quieres que te enseñe una cosa?, dice.

   -¿El qué? –pregunta Jon.

   Intenta no parpadear.

   -Enseguida verás. Casi había olvidado esa historia, casi la había olvidado por completo.

   El hombre se acerca a una puerta, la abre y le da a un interruptor. Sale luz de una bombilla que está enroscada directamente en la pared. Jon ve que hay una escalera que baja al sótano.

   Vibeke va al baño y se mira al espejo. Puede ver en su expresión que ha tenido un buen día. Satisfecha, activa. Equilibrada. Junto a la fosa nasal derecha brilla un cristal minúsculo, ella le responde con un guiño. Mi pequeña estrella de la suerte. Coge un cepillo y se inclina hasta que el largo y oscuro mar ondulado casi toca el suelo. Primero lo recorre con cuidado para deshacer los nudos, luego lo cepilla con movimientos largos y tranquilos empezando desde el cuero cabelludo. Después lo tira hacia atrás. Quiere que le forme un halo alrededor de la cara. Se mira en el espejo. El pelo no se le alborota, se le pega en hebras a la frente. Podría ir a la biblioteca, piensa. Suele reservarse la biblioteca para los sábados y hoy solo es miércoles, pero no le quedan novelas. Decide que primero se va a dar un baño y lavarse la cabeza, permitirse ese capricho.

   Jon lo sigue escalera abajo. Está empinada, el viejo baja los escalones uno a uno. Una gruesa cuerda hace de pasamanos. Abajo, en el sótano, avanza por un pasillo. En el suelo hay una alfombrilla de césped artificial. Ahí abajo huele a rancio, a Jon le parece que huele a tierra. El hombre se detiene al final del pasillo, ante una puerta. Se vuelve a Jon con la mano en el pomo.

   Se desnuda mientras llena la bañera, la botella de gel de baño está vacía, por desgracia. Coge un algodón de un dispensador de un estanque en la pared y elimina la laca de uñas con acetona. Cuando el agua llega al borde cierra el grifo. Se mete despacio, el agua rebosa, siente que se le pone la piel de gallina, los pezones se le endurecen y nota un cosquilleo en la nuca. Entonces se sienta. Introducirse en el agua caliente es una pura bendición, piensa. Literalmente. Bendición. Se queda quieta, disfruta de cada segundo.

   -Es una historia curiosa –dice el viejo.

   Junto a una de las paredes hay un camastro, el resto son estanterías que van de suelo al techo, llenas de viejas cajas de madera. Huele a polvo y a moho. Jon piensa que tal vez el hombre tenga una colección de trenes eléctricos, los primeros de Europa. De pronto nota que tiene ganas de hacer pis. El hombre sigue hasta llegar a la estantería, saca de la mitad de la estantería una caja, mete la mano. De un gancho, junto a la puerta, cuelgan una correa de cuero para perro y una cadena de metal.

   -Mira esto –le dice el hombre a Jon…”