Corea del Sur, los libros que curan

Es una tendencia literaria que ha llegado con fuerza: narraciones de vidas corrientes que se enfrentan a la angustia existencial cuya peripecia, dicen, redime a los lectores

El término «ficción curativa» fue acuñado por el psicólogo James Hillman en «Healing Fiction» (1983) y aplicado por las editoriales surcoreanas a un subgénero de novelas de ayuda. En ellas, las almas perdidas se reencuentran y recomponen su yo malherido al entrar en un lugar público especial cuya función es devolver la salud emocional a quienes acuden a estos espacios nimbados con un aura que hace de lo cotidiano algo mágico. En una sociedad competitiva como la asiática, el nivel de exigencia es tan desmesurado que muchas personas, estresadas, agotadas o expulsadas del sistema vagan por las ciudades tratando de darle un sentido a sus vidas.

Las novelas etiquetadas como «ficción curativa», establecida por la poderosa mercadotecnia cultural de Corea del Sur, narran historias cotidianas conectadas por un personaje central que cumple la función de devolver a cuantos acuden a su local el objeto perdido freudiano que les procurará el consuelo que buscan. Son siempre historias corrientes, con protagonistas agobiados por la presión laboral, económica y social, cuando, por azar o recomendado por alguien que no recuerdan, acuden a uno de esos lugares cuyo encanto y trato humano les procurará un sentido nuevo a sus vidas.

El hilo conductor es el propietario que regenta un restaurante, una librería, un taller de cerámica o una clínica. Son lugares difíciles de encontrar, sin dirección reseñable, a las que acuden sin saber el efecto curativo que se operará en ellos. Desde el momento que entran en ese espacio aurático, se sienten atrapados por lo inexplicable, y tan sólo por el hecho de confiar en el librero que les recomienda un libro especial o el cocinero que encuentra el plato perdido de su infancia vuelven a confiar en sí mismos y a recuperar mediante el pensamiento mágico la fe perdida.

Tanto la dueña de la librería como el dependiente que se ocupa de la cafetería en «Bienvenidos a la librería Hyunam-Dong» son dos seres inadaptados, incapaces de integrarse en la competitiva sociedad coreana, repleta de controles sociales. Como escribe su autora Hwang Bo-Reum, en la cultura del país asiático «se nos enseña a ser conscientes de la mirada del otro».

El origen de esta ficción curativa se encuentra en una adaptación coreana de la «literatura feelgood» japonesa, orientada a chicas jóvenes que buscan identificarse con sus protagonistas y encontrar el sosiego de un final feliz. Los surcoreanos han ampliado el espectro con una tipología de novelas cuyos tres elementos centrales son: un espacio público extraño donde se opera la magia curativa, un dueño al que acuden distintos protagonistas con sus problemas y un cambio en sus atribuladas vidas. Estos locales urbanos se hallan en lugares que sólo encuentran las personas perdidas. La magia se opera con sólo entrar en esos ellos. Quienes habían desconectado de sí mismos vuelven a tomar las riendas de sus vidas.

Mágico y cotidiano

Literariamente son narraciones lentas y reposadas, con una trama imprecisa, tejida poéticamente. Apenas hay una trama, tan sólo una sucesión de capítulos con personajes episódicos que, desconcertados por el lugar y por sus curiosos dueños, acaban confiando en un saber que mezcla lo cotidiano con lo esotérico y gracias a ellos superan sus problemas de soledad y falta de confianza.

En las dolientes baladas amorosas norteamericanas de los años 50 existía un lugar imaginario en donde los enamorados traicionados por su amor se exiliaban para recomponer su yo malherido: En «El hotel de los corazones rotos» hay una ciudad solitaria donde sanan los amantes despechados. En este estilo de novelas, la ciudad solitaria es Osaka, Tokio o Seúl, por donde vagan los corazones rotos no por un amor traicionero, sino por el estrés, la soledad y la presión social. Y ese lugar encantado donde encuentran consuelo y sanación se describe en sus títulos poéticos: «La asombrosa tienda de la señora Yeom», «Bienvenidos a la librería Hyunam-dong», «La farmacia del amor de la familia Botero» o «Las deliciosas historias de la taberna Kamogawa».

La más reciente es «Te receto un gato», en la que el tono poético anuncia lo mágico, siempre sin salirse de lo cotidiano. El psicólogo, que en vez de ansiolíticos les receta un gato, al que deben alimentar y cuidar durante cierto tiempo, es el que opera, imaginariamente, la magia curativa: igual restaña la vida familiar perdida que logra un mejor entendimiento laboral.

En todas ellas, la bondad va de la mano de algo mágico que consigue sanar a estos enfermos del alma. Pues, frente a la obligatoriedad del éxito laboral, el ascenso o el brillo social, estos personajes añoran una paz interior alejado de la fuerte presión social. Y la consiguen en esos espacios mágicos donde seres desubicados por el estrés recuperan el sosiego gracias a los valores de la bondad, el cuidado del otro y la calidez humana.

A la poética ingenua de estas novelas, hay que añadir el componente sorprendente que se manifiesta a veces como realismo mágico y otras como el relato fantástico típico del cuento popular. Unos tratan de forma poética la cocina en el contexto de una novela policiaca leve como «Las deliciosas historias de la taberna Kamogawa» de Hisashi Kashiwai y otros la literatura, como «La asombrosa tienda de la señora Yeom» de la surcoreana Kim Ho-yeon.

En una entrevista, Kim Ho-yeon reconocía que se identificaba con las personas que hacen ‘downshifter’: «Yo prefiero menos remuneración, pero más energía para vivir. La coreana no es una sociedad fácil para elegir ese modo de vida. Hasta el punto que si una persona con una carrera exitosa lo deja todo y se va al campo, saldría en las noticias por llamativo».

La que dio el pistoletazo de salida de la ficción curativa en España fue «Los misterios de la taberna Komogawa». Sus entrañables personajes van en pos de la receta olvidada. Tratan de recuperar el aroma del amor a los seres queridos mediante la fragancia de un plato asociado a la morriña de lo irremediablemente perdido. Con una prosa sencilla y un preciosismo minimalista, Hisashi Kashiwai describe una galería de personajes memorables, todos ellos anclados en el «nostos», el nostálgico regreso al hogar a través del sabor.

Acaba de traducirse «Los secretos de la papelería Shihodo», del japonés Kenji Ueda: una papelería escondida en las calles de Tokio, que esconde un universo mágico donde se guardan los tesoros de papeles y estilográficas con los que sus clientes pueden dar rienda suelta a sus emociones más íntimas. Siguiendo la estela de la exitosa «La biblioteca de los nuevos comienzos», acaba de aparecer «Mis tardes en el pequeño café de Tokio», ambas de Michilo Aoyama. Ese café es un refugio donde los personajes buscan respuestas a sus problemas. La ternura, los momentos fugaces y la importancia de las conexiones humanas definen tanto la temática de esta novela como la ficción curativa. En el café Marble los personajes vuelven a ser ellos mismos y recuperan el bienestar. La narración sanadora asiática es cálida y amigable y teje poéticamente a los personajes con sus historias cotidianas.

<Lluis Fernández es el autor de este texto; publicado en las páginas del diario La Razón de España>

«En la visión africana del mundo el hombre y su existencia constituyen el centro. Esto significa que no puede ser sacrificado ni a la ciencia ni a una revelación divina. Por eso muchos dioses africanos no tienen el estatus de la perfección, al contrario, se les hace descender al nivel de los mortales; es decir, son también mortales, cometen errores y tienen que pagar por ellos, y tienen que someterse al juicio de los hombres» (Wole Soyinka)

Ilustración: Dios Annubis (Iffany)

Harper Lee y la distintiva literatura del sur estadounidense

Pocas literaturas han logrado la repercusión y tienen un sello tan propio como la del sur del país norteamericano. Son muchos también los escritores que hasta el presente, han alimentado de distintas maneras las páginas de lo que se dio en llamar el Gótico Sureño: Tennessee Williams, Toni Morison, Wiliam Faulkner, Flannery O’Connor o Truman Capote, por nombrar solo algunos. En su mayoría, son historias que no dejan indiferente, y por ello son objeto de una reedición constante.

Este es el caso de Nelle Harper Lee (Monroeville, Alabama, 1926 – 2016), de la que acaban de cumplirse los diez años de su fallecimiento. Conocida por la premiada novela Matar a un ruiseñor, en su trama se mezclan elementos tan propios de este género como el naturalismo, los espacios abiertos, la violencia enraizada o la segregación. Tan característico a una extendida región de los Estados Unidos, con grandes extensiones que, hasta hace tiempos no muy lejanos, necesitaban de abundantes braceros para ser producidas. Hecho que extendió la pervivencia durante siglos del sistema de extracción esclavista. Obra que fue llevada al cine con el protagónico de Gregory Peck en el papel del abogado Atticus Finch; siendo reconocida con el premio Pulitzer de Ficción y luego premiada con los Oscars al mejor actor, a la dirección artística y al mejor guion adaptado.

Como muchos otros escritores autóctonos Lee sintió parte de esa atmósfera opresiva y, por consiguiente, la necesidad de ampliar sus horizontes y como otros, emigrar a una realidad diferente, en su caso, hacia las grandes ciudades de la costa noreste del país. Fue allí donde coincidió con un viejo conocido de juventud, Truman Capote. Aunque antes de esto, ya había hecho sus primeros acercamientos a la escritura desde la clásica revista editada en su instituto; y podo tiempo después ya comenzara a enviar sus escritos a revistas como The New Yorker o Harper’s Bazaar, a las que le siguieron Magazine o Vogue.

Trabajadora incansable y exigente consigo misma, fue el digno ejemplo de la escritora autodidacta, ya que nunca cumplimentó formación alguna respecto a su escritura. Tampoco fue amante de exposiciones en cuanto a su persona, ni de grandes agasajos, más allá de tener unos códigos muy propios en cuanto a su forma de presentarse y vestir.

Luego de años de la publicada su primera novela, anunció la entrega de una segunda: Ve y pon un centinela, la que se publicitó como la continuación de Matar a un ruiseñor, aunque no alcanzó tanta repercusión como esta. La escritora fue autora además de cantidad de relatos, muchos de ellos fueron encontrados a poco tiempo de su muerte.

El pasaje a continuación, donde se puede apreciar parte de esa atmósfera sureña, pertenece a uno de ellos: La tierra del dulce porvenir

   “Había sido un verano llevadero si su familia hubiera tenido a bien comunicarse con ella, pero su padre y su hermana estaban enfrascados hasta las orejas en una transacción de terrenos madereros, y a cualquier cosa que les dijera le contestaban absortos con bufidos benévolos, que se cargaban de indignación si se empañaba en tirar del hilo con cualquier estratagema para captar la atención dos minutos seguidos. Las personas a las que había jurado lealtad eterna en la sociedad secreta de la infancia se habían casado hace tiempo y estaban criando niños, una tarea que parecía agotar todas sus energías y su imaginación. La generación anterior a la suya, con hijos a los que se les había pasado la edad de recibir una azotaina, dedicaba su tiempo a la adquisición de electrodomésticos. Ni siquiera podía recrearse con las vistas del pueblo: el Maycomb de su niñez era una cosa; el Maycomb de hoy está salpicado de vulgaridad de neón y de cientos de casitas nuevas que un simple vendaval reduciría de un soplo a remolinos de escombros. Así que dedicaba el verano a las únicas instituciones que encontró más o menos inalteradas: el campo de golf de Maycomb, que cultivó en silencio durante tres meses, y la Iglesia metodista, donde iba cada domingo y cantaba los himnos a pleno pulmón.

   No hay nada como un himno de los que te hielan la sangre en las venas para hacerte sentir como en casa. Cualquier sensación de aislamiento que pudieran tener se había marchitado y perecido ante la visión de doscientos pecadores pidiendo de todo corazón verse sumergidos bajo la corriente redentora de un río de aguas carmesíes. Mientras elevaba hacia el Señor el fruto de los desvaríos del señor Cowper o afirmaba que era el Amor lo que la elevaba, Jean Louise fue partícipe del afecto que prevalece entre los muy diversos individuos que, durante una hora a la semana, se encuentran a bordo del mismo barco.

   Estaba del todo desprevenida para lo que ocurrió nada más finalizar la colecta, el domingo antes del viernes que debía volver a Nueva York. Los metodistas de Maycomb cantaban la llamada Doxología; de ese modo le ahorraban al ministro el esfuerzo de inventar otra plegaria mientras se pasaba el cepillo, dado que para entonces ya había pronunciado tres saludables invocaciones al Señor. Desde los recuerdos eclesiásticos más tempranos de Jean Louise, Maycomb había cantado la Doxología de una manera, y solo de una: <Alabemos / a Dios / de quien / manan / todas / las bendiciones>, una versión tan arraigada en el metodismo sureño con el ritual del servicio fúnebre. Ese domingo, la congregación se estaba aclarando inocentemente la garganta para cantarla a coro, como correspondía, cuando, de sopetón, la señora de Clyde Haskew se puso a tocar el órgano:

             AlabemosaDiosdequienmanan / todaslasbendicio / nes,

                       Alábenletodaslascriatu / rasdelatie / rra.

                    Alábenleenloalto / oh / huestescelestia / les.

                  AlabadoseanPadre, / HijoyEspí / rituSan / to.

   Tal fue la confusión que siguió que, si el arzobispo de Canterbury se les hubiera aparecido de pronto vestido con toda su parafernalia, Jean Louise no se habría sorprendido lo más mínimo: los fieles, que no habían advertido ningún cambio en la interpretación que la señora Haskew llevaba haciendo toda la vida, entonaron la Doxología hasta el final como estaban acostumbrados, mientras la señora Haskew la embalaba, frenética, como si aquello fuera la catedral de Salisbury.

   Lo primero que pensó Jean Louise fue que Henry Hackett se había vuelto loco. Henry Hacket era el director musical de la Iglesia metodista de Maycomb desde que ella tenía uso de razón. Aquel hombre bueno y grandullón, provisto de una suave voz de barítono, dirigía un coro de solistas reprimidos y poseía una memoria infalible para recordar cuáles eran los himnos favoritos de los superintendentes del distrito. En las diversas guerras eclesiales que formaban parte intrínseca de la fe metodista, se podía contar con que Henry sería el único que mantuviera la calma, dando consejo cuando se le requería y reconciliando a los elementos más primitivos de la congregación con la facción revolucionaria. Había dedicado treinta años de su tiempo libre a la Iglesia, y esta le había recompensado hacía poco con un viaje a un campamento musical metodista en Carolina del Sur…”

«Delante había una puerta, tachonada con brillantes luces rojas de neón, y llegaba el ritmo sincopado de jazz desde la distancia, atrayente. No, la puerta no. A la derecha subían unas escaleras oscuras, amenazadoras y angostas. Mary se volvió y corrió hacia ellas, con el eco de sus pasos rebotando en las paredes de piedra. Sintió la respiración atrapada bajo las costillas, tensa y dolorosa. Los gritos se hicieron más fuertes.

¡Mira! Es una chica. ¡Se escapa!

-¡Atrápala, rápido!

<Del relato Mary Ventura y el noveno reino de Sylvia Plath>

Animales en la literatura

Los animales tienen su presencia en la literatura desde siempre. ¿Por dónde empezar? ¿Por el principio o por el final? ¿Por Homero o por Franz Kafka? Tiremos una moneda. Salió Kafka.

Kafka fue, entre tantas cosas, uno de los que mejor intuyó que había que desconfiar de la tajante división entre lo humano y lo animal. Porque ¿qué son los animales? ¿Qué son en relación a nosotros y qué somos en relación a ellos? En “La metamorfosis”, Gregor Samsa amanece convertido en bicho. Casi como su negativo, en “Informe para una academia”, un simio narra en primera persona cómo aprendió a comportarse como humano. Un perro piensa, por su parte, cuánto ha cambiado su vida sin que, en el fondo, haya cambiado nada (“Investigaciones de un perro”). Hasta el Odradek, ese objeto indescriptible, se muestra por un instante (no en vano Borges lo incluyó en El libro de los seres imaginarios) dotado de vida ¿humana? ¿animal?

Dicho mal y pronto: Kafka, ya en el siglo XX, señaló, por la vía del absurdo y de la ironía, que nuestra tendencia a transferirles a la variedad de criaturas que componen el mundo nuestra idiosincrasia es un despropósito, pero en el mismo movimiento deja entrever que están lejos de ser nuestro reverso. La filosofía reciente, buena lectora de Kafka, le siguió la huella. No todos son ni tienen porqué ser tan próximos y familiares como los animales domésticos. “La abeja, la libélula o la mosca que observamos cerca de nosotros en un día de sol –la cita es de Giorgio Agamben, que se inspira en el zoólogo Jakob Von Uexküll–, no se mueven en el mismo mundo en que los observamos ni comparten con nosotros –o entre ellos– el mismo tiempo y el mismo espacio”. Más que por oposición a las especies, deberíamos definirnos por contigüidad. Vivimos lado a lado, y eso debería bastar para repensar la manera en que nos relacionamos con ellas.

La literatura, en todo caso, es el espacio utópico que nunca dejó de explorar, con todas las contradicciones a la vista, ese vínculo. La perplejidad ya estaba en Esopo. Las fábulas del griego la reflejaban atribuyéndoles a los animales los defectos humanos. El formato, con su moraleja, llegó en el siglo XVII a su punto más alto con Jean de La Fontaine. Esa belleza naive y algo mezquina (la de la historia del lobo y el cordero, la de la zorra y las uvas) propone un dogma clásico: que el hombre es la medida de todas las cosas.

Por supuesto, había otras variantes. Ahí estaba Babieca y más tarde el descoyuntado Rocinante. También el león cansino que aparece en Don Quijote. Y los cuentos populares (de “El gato con Botas” a “Caperucita roja”). Pero hubo que esperar a que Keats le cantara al ruiseñor o que Poe convirtiera al taciturno cuervo en intelectual para que las obras le dieran a los animales mayor entidad. En el siglo XIX se puede elegir como estandarte a Moby Dick, ballena que, perseguida por un capitán vengativo, anonada con el símbolo de su blancura, a pesar de brillar por su ausencia durante casi toda la novela.

Una enumeración de animales ficticios famosos tal vez resulte redundante. Nombremos otros más caprichosos. En El tercer hombre, de Graham Greene, un loro toma por sorpresa al protagonista al hablarle en la oscuridad. Entre los gatos podemos elegir a Tobermory, de Saki. ¿Algún mono notable además del kafkiano?: “Yzur”, de Leopoldo Lugones, también entreverado con los misterios del habla. En Mi perro Tulip, J.R. Ackerley deja constancia de porqué prefiere pasar sus días con su mascota antes que con otra gente. La lista de canes literarios podría continuar: Flush, de Virginia Woolf; King, de John Berger, Timbuktu, de Paul Auster.

El perro –”el mejor amigo del hombre”, como lo designa desde hace mucho menos de lo que pensamos la altanería humana– permite llegar al final, que es el principio: Homero. Cuando Ulises vuelve a Ítaca tras tremenda odisea, es Argos, su perro, el primero en reconocerlo. Sacando la nota trágica (el fiel Argos muere ipso facto por el asombro y la tristeza), no deja de ser emocionante descubrir que, en cada retorno a casa, quienes hoy viven con uno de esos seres tan leales en sus demostraciones están repitiendo una escena de empatía que se daba ya hace milenios.

El texto le pertenece a Pedro B. Rey, Fue publicado en el diario La Nación de Argentina

Muchos opinan que sus ideas políticas, a veces confusas o no debidamente expresadas en momentos difíciles en su país, influyeron para que no se le concediera el Nobel de literatura. Aunque apoyándose en su expresión: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”, hace que sus citas contengan un deje de erudición difícil de imitar, así como la calidad de sus relatos. Y es que Jorge Luís Borges, pronto a cumplirse los cuarenta años del fallecimiento del argentino, nunca se alejó en definitiva de los textos que contenía la biblioteca de su padre. Según su parecer, situados entre aquello que separaba a lo ‘cervantino` de lo ‘quevedesco’

«Un cuento es para mí el negativo de una foto en el cual puedes verter la realidad. Odio la literatura explícita. Una imagen puede ser el anzuelo. Una imagen en la memoria que viene a interpelar al presente y a la cual comienzo a buscarle una explicación, y a construir una narración» (Magela Baudoin)

Joël Dicker, el thriller como bandera literaria

El autor suizo, que alcanzó dimensión de literato a través de su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, continua creando sobre la senda del thriller, su género afín, y quien con Un animal salvaje, vuelve a encontrarse dentro de su ámbito natural

Escritor precoz, contaba con diez años cuando hizo su primera publicación: La Gaceta de los Animales. Un hecho, este de la precocidad, que le traería sus contratiempos cuando, a los diecinueve, presentó a los editores su relato El Tigre, que alcanzó la categoría de obra publicada, pero lo hizo con posterioridad ya que, en su momento, por el desconocimiento de la figura del autor, sumada a la calidad de su escritura, produjo dudas a la casa editorial ante las sospechas que se tratara de una obra plagiada.

Parecido camino siguió su primera novela Los últimos días de nuestros padres, que tampoco encontraba editor a quien le agradara. Presentada luego a concurso del Premio de los Escritores Ginebrinos, fue la ficción que terminó con alzarse con el primer premio, y con él su deseada publicación.  

Sin duda Dicker (Ginebra, Suiza, 1985), quien antes de dedicarse de pleno a su literatura, compaginó estudios en la Escuela de Drama en París y de abogacía en la Universidad de su ciudad natal. Aunque su consagración definitiva vino de la mano de La verdad sobre el caso de Harry Quebert, ficción que fue distinguida con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, y el Premio Goncourt de los Estudiantes. Texto del que se filmó una serie y en la que el autor colaboró como coguionista, lo que le permitió alcanzar un mayor reconocimiento y proyección.

Otros textos posteriores son El libro de los Baltimore, El enigma de la habitación 622, El caso Alaska Sanders, El animal salvaje, y su última publicación, La muy catastrófica visita al zoo, la mayoría de ellos escritos dentro del género del thriller, en el que el autor se siente en su ámbito natural.

Al presente es evidente, por hechos contrastados, que ya no caben más dudas respecto de la capacidad y la calidad del novelista helvético. Al menos, así lo atestiguan de manera fehaciente muchos de sus lectores a lo largo y ancho del planeta, siendo traducidas sus historias a más de treinta idiomas.  

De la novela El animal salvaje, donde el escritor y su trama nos transporta hacia un verdadero vuelo literario sobre su ciudad de origen, el pasaje siguiente:

   “Era una casa moderna. Grande, de forma cúbica, toda de cristal, que se alzaba en medio de un jardín impecable, con piscina y un amplio porche. La parcela estaba rodeada de bosque. Aquel lugar era un oasis, un pequeño paraíso secreto resguardado de las miradas al que se entraba por un camino particular. Al igual que la casa, los que vivían en ella también resultaban ser de ensueño: Arpad y Sophie Braun eran la pareja ideal y dichosos padres de dos hijos maravillosos.

   Aquella mañana, Sophie abrió los ojos a las seis en punto, Llevaba algún tiempo despertándose sistemáticamente a la misma hora. A su lado, Arpad, su marido, dormía a pierna suelta. Era domingo, le habría gustado dormir un rato más. Se revolvió en la cama, en vano. Al final, se levantó sin hacer ruido, se puso una bata y bajó a la cocina para prepararse un café. Una semana después cumpliría los cuarenta y nunca había estado tan guapa.

   Desde la linde del bosque se veía perfectamente el interior del cubo de cristal. Acuclillado detrás de un tronco, un hombre vestido con ropa de deporte oscura que lo hacía invisible permanecía con los ojos clavados en Sophie, que se encontraba en la cocina.

   Sophie, con el café en la mano, observaba la irilla del bosque que delimitada su jardín. Era su ritual matutino. Abarcaba con la mirada su diminuto reino.

   A unos kilómetros de allí, en pleno centro de Ginebra, un Peugeot gris con matrícula francesa circulaba por una avenida desierta. Con la luz del amanecer no se distinguía bien al conductor a través del parabrisas. El vehículo llamó la atención de una patrulla policial y las luces giratorias azules iluminaron la fachada de los edificios circundantes. Los policías procedieron al control del Peugeot y su conductor: todo estaba en regla. Uno de ellos le preguntó al conductor para qué había ido a Ginebra. “Visita familiar”, contestó él. Los policías se marcharon satisfechos. El conductor se congratuló por aquel coche de ocasión que había comprado a muy buen precio y, sobre todo, de forma cien por cien legal. Era el mejor modo de pasar inadvertido.  

   Sophie, en la ventana, seguía observando el jardín. A veces sorprendía a algún zorro que vagabundeaba por el césped. Incluso había llegado a ver un corzo. Le encantaba esa casa que su marido y ella habían adquirido un año antes. Hasta entonces habían vivido en un piso en pleno corazón de Ginebra, en el barrio de Champel. Hacía tiempo que les rondaba por la cabeza la idea de una casa, con jardín para los niños. La subida del precio de la vivienda los había decidido a vender el piso con una buena plusvalía y ponerse a buscar una, Cuando visitaron aquel chalet de autor situado en la encopetada comuna de Cologny, no lo dudaron ni por un segundo. Se despertarían todas las mañanas en ese marco incomparable, sin dejar de estar a cuatro kilómetros del centro de Ginebra, donde ambos trabajaban. Unas pocas paradas de autobús, doce minutos en coche o quince en bicicleta eléctrica para los pijoprogres bastaban para pasar de un universo a otro.

   El hombre que se escondía en la maleza observaba ahora a Sophie con un par de prismáticos militares pequeñitos. Escrutaba el cuerpo espigado que la bata corta dejaba al descubierto y se detuvo en la parte superior del muslo, donde tenía tatuada una pantera.

   A su espalda, a unas decenas de metros, su perro lo esperaba pacientemente atado a un árbol. El animal, echado en una alfombra de hojas, parecía acostumbrado a esa rutina que llevaba prolongándose varias semanas. Su dueño acudía todas las mañanas. Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras. Los Braun dormían con las persianas subidas y lo veía todo: la miraba levantarse, bajar a la cocina para prepararse el café y bebérselo delante de la ventana. Qué deseable era. Lo tenía obnubilado. Obsesionado.

   Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía.

   Desde el bosque, el hombre la miraba con deseo. La realidad no tardó en espabilarlo. Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen.

   Desató al perro y se marchó igual que había ido: corriendo. Cogió la senda forestal, alcanzó la carretera principal y enseguida llegó al pueblo de Cologny. Se dirigió hacia un grupito de adosados: un conjunto de viviendas idénticas, una promoción barata para familias de clase media que había dado mucho que hablar en aquella comuna tan fina acostumbrada a los chalets de lujo.

   Según entró por la puerta de casa, oyó que su mujer lo llamaba:

   -¿Greg? ¿Eres tú?  

   Se encontró a Karine en el salón, leyendo mientras se bebía un té. Los niños seguían dormidos.

   -¿Ya estás despierta, cariño? -preguntó, fingiendo indiferencia.

   -Oí que te levantabas y no conseguí volver a dormirme.

   -Lo siento, no quería despertarte. He salido a correr con el perro.

   Greg, que no podía quitarse a Sophie de la cabeza, se sentó junto a su mujer en el sofá y se arrimó a ella. Pero resultaba obvio que Karine no estaba de humor.

   -Para, Greg, que se van a despertar los niños. Por una vez que puedo leer un libro en paz.

   Greg, apesadumbrado, subió a la planta alta para darse una ducha en el cuarto de baño anejo a su dormitorio. Se quedó un buen rato bajo el chorro de agua tibia. Las andanzas matutinas podían salirle muy caras si lo pillaban. Se estaba jugando el curro. Karine lo dejaría. Él mismo se avergonzaba de espiar así a una mujer en su propia casa. Pero no podía evitarlo. Ese era el problema.

   Aquella fascinación por Sophie había comenzado un mes antes, durante la fiesta en casa de los Braun. Desde esa noche, no había vuelto a ser el mismo…”

«¡Que vergüenza! Sólo de mala gana reconozco que aquella imagen, no, aquel cuadro naturalmente poderoso, es verdad, me espantó, pero me emocionó al mismo tiempo. Se desprendía de él una voluntad que parecía necesario obedecer. A aquel destino grandioso y progresivo no podía oponérsele nada. Un torrente que arrastraba. Y el júbilo que se elevaba desde abajo por todas partes me hubiera arrancado posiblemente también -aunque sólo fuera a título experimental- un <Sieg Heil> de aprobación…»

Texto del relato 1933 del escritor germano Günter Grass

¿Para qué sirve la cultura?

Este texto plantea a las manifestaciones artísticas como medios para mejorar la convivencia en sociedades globalizadas

De acuerdo con la Real Academia Española, la cultura es el “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.” Por supuesto muy importante.

Pero me quiero referir en este texto no tanto a los atributos de una persona culta, sino a las diversas manifestaciones culturales, como la literatura, las artes plásticas y escénicas, la música y la danza.

El filósofo contemporáneo Alain de Botton nos cuenta en su libro The School of Life, en coautoría con otros escritores, sobre el proceso de secularización en Europa a mediados del Siglo XIX:

“Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, fueron las religiones quienes nos ofrecieron una guía sobre cómo vivir, amar y morir bien. Las religiones eran puntos de referencia natural durante épocas de crisis personal, por lo que la primera persona a la que se llamaba era al sacerdote.”

“Cuando la fe entró en declive a mediados del Siglo XIX, muchos se preguntaron cómo podría la humanidad encontrar los puntos de referencia que habían proporcionado las religiones.”

“Una respuesta salió a la luz: la cultura. La cultura podría reemplazar a las escrituras. Las obras de Sófocles y Racine, las pinturas de Botticelli Rembrandt, la literatura de Goethe y Baudelaire, la filosofía de Platón y Schopenhauer, las composiciones musicales de Liszt y Wagner, todo esto nos proveería de un reemplazo para la fe.”

“Con esta idea en mente, siguió una inversión sin paralelo en cultura. Se construyó un gran número de bibliotecas, salas de conciertos, museos y escuelas de humanidades, con la intención consciente de llenar el hueco que había dejado la religión.”

Hoy sabemos que la cultura no sustituyó a la religión, pero sin duda nos proporciona una guía y un espacio de reflexión para hacer frente a la aflicción y los momentos de angustia que enfrentamos todos en algún momento de la vida.

Las diversas manifestaciones culturales nos brindan un remanso para reflexionar sobre nuestra propia existencia, en un mundo cada día más interconectado, complejo y convulso. Las expresiones culturales nos ayudan a entender los aspectos más profundos de nuestra existencia.

¿Cómo podríamos navegar las turbulentas aguas de este mundo sin la poesía de Octavio Paz, de Rosario Castellanos, de Jaime Sabines y de Pita Amor, entre tantos otros? ¿Sin las obras de Charles Dickens, de Carlos Fuentes, de Virginia Woolf y de Jane Austin?

¿Cómo entender al mundo sin la pintura de Miguel Angel, de Picasso y de Dalí, de Rivera y de Kahlo? ¿Sin los murales de Siqueiros y de Orozco, sin la música de Beethoven y de Brahms, de Agustín Lara y de Carlos Chávez?

Si a alguien no se le ha enchinado la piel, sugiero una visita a una biblioteca, librería, sala de conciertos o museo.

Adicionalmente, la cultura, especialmente la lectura profunda, nos brinda elementos para fortalecer el pensamiento crítico, la empatía y la inteligencia emocional.

Este es un aspecto particularmente descuidado en la actualidad. No cabe duda de la importancia de la tecnología y la ingeniería en nuestras vidas. Nos han llevado a un nivel de vida sin precedente. Yo mismo soy orgullosamente ingeniero. Sin embargo, la tecnología no puede existir sin las humanidades. Al final, toda tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés.

Por supuesto son muy importantes la tecnología y la ingeniería. Corea del Sur, que en relativamente poco tiempo ha alcanzado niveles de desarrollo sin precedentes, ha invertido de manera decidida en educación de calidad y en investigación científica. El resultado es que en 2023 se otorgaron a Corea del Sur 135,180 patentes, mientras que México obtuvo 9,698. Apenas el 7% de las de Corea.

Es loable el deseo de convertirnos en una potencia científica, pero eso no se construye tan solo de buenos deseos. Hace falta todo un andamiaje institucional que hoy no tenemos, comenzando por una educación básica en crisis. Nuestros libros de texto únicos no le permiten al profesor la elección del enfoque pedagógico más adecuado para su clase.

Esos libros, improvisados, sin método ni estructura lógica, no fueron desarrollados para el aprendizaje, sino para el adoctrinamiento ideológico. De acuerdo con diversos especialistas en educación, nuestros niños y niñas en educación básica no aprenderán a leer, ni a escribir, ni a sumar. Una catástrofe educativa.

¿Cómo nos convertiremos en potencia científica en esas condiciones?

Un doctorado es el mayor logro posible para profesionales, expertos y académicos en diversos campos. Hoy Estados Unidos produce alrededor de 71,000 grados de doctor al año, Corea 14,000 y México 9,000. Mucho por hacer. Me pregunto cuántos doctorados tendremos dentro de 15 años, cuando los niños que hoy cursan una educación básica deficiente lleguen a la universidad sin los mínimos conocimientos necesarios.

De regreso a la cultura y la inteligencia emocional, Alain de Botton nos dice al respecto también que:

“Tenemos la tecnología de una civilización avanzada, en un precario balance con una base emocional que no se ha desarrollado mucho desde la época de las cavernas. Tenemos los apetitos y la furia destructiva de los primates primitivos, que han llegado a adquirir armas nucleares.”

Para eso sirve también la cultura. Para entender que vivimos en una sociedad plural y diversa. Para desarrollar empatía y tolerancia. Para comprender que hay otros puntos de vista, otras formas de ver la vida, y que todas merecen respeto y consideración.

Es infinitamente más importante el dominio de la voluntad que la voluntad de dominio. Solo basta ver al presidente de nuestro vecino del norte, con la furia destructiva de un primate primitivo. Todavía no llegamos a dimensionar el daño que sus excesos narcisistas le están causando al mundo. Un poco de cultura no le vendría mal.

<Hugo Setzer es el autor de este artículo, fue publicado en las páginas del diario El Universal de México>