Con una obra literaria diversa, el neerlandés muestra su plenitud en los textos donde combina las descripciones de lugares y personajes con los que se cruzan en sus periplos, a los que sabiamente acompaña con las introspecciones que le producen
Tal vez su inclinación por los viajes haya nacido en su adolescencia a través de sus constantes movimientos de residencia; ya que el neerlandés nacido en La Haya (1933), también residió y estudió en ciudades como Eindoven y Utrecht de su país natal. Aunque muy pronto los dejó atrás para lanzarse a su primer periplo hacia una Europa, que había dejado atrás los años de segundo gran conflicto bélico y que afrontaba esperanzada los aires de reconstrucción.
Fruto de ese primer gran tour vio la luz su primera novela: Philip y los otros; a la que con posterioridad le seguirían otras como Rituales, de buena repercusión, y títulos como Una canción del ser y la apariencia, En las montañas de Holanda, El día de todas las almas o Perdido el paraíso, por las que supo ganarse el respeto de crítica y público. Pero su andadura en las letras abarca también el ensayo, la poesía y, como podía esperarse, sus libros de viaje. Género en el que quizás se le perciba en su mayor plenitud, con trabajos inspirados en ciudades y países como Berlín, Túnez, Isfahán, Bahía, Bolivia o Surinam.
Aunque más allá del estilo, subyace en su obra de forma directa o sesgada un pensamiento profundamente existencialista, que se muestra en reflexiones que preocupan al europeo cosmopolita, de espíritu abierto y crítico. Mirada que, junto a la calidad de sus textos, le permitió alzarse con premios como el Ana Frank, el Premio de las Letras Neerlandesas, y el Premio Formentor de las Letras, entre otros.
Residente desde hace décadas durante gran parte del año en la isla de Menorca, donde posee una propiedad y que, como bien reafirma, le permite abastecerse de la energía propia surgida de las gentes del Mediterráneo y por el contrario, dejar atrás la inclemente meteorología de su tierra de nacimiento. Donde, admite, le permite predisponerle de la mejor manera para acometer sus trabajos literarios.
El pasaje siguiente pertenece a su selección de relatos cortos Lluvia Roja, y del este la historia que le da nombre, donde se funden el libro de viajes y la ficción, fórmula que el autor utiliza de manera asidua. Donde combina el pintoresquismo de los personajes que encuentra a su paso, a los que adhiere sus propias reflexiones sobre el ser humano, cercanas también a sus convicciones y sentimientos.
“Uno de los aspectos más curiosos de hacerse mayor es que casi todo evoca un recuerdo. A lo largo de la vida uno construye un inmenso marco de referencias en el que todo guarda relación con todo. No es una frase afortunada eso de que todo guarda relación con todo, pero es así. Mientras escribo esto, en España es verano, y, a pesar del elevado grado de humedad que hay en mi isla, el viento procedente del mar calienta la tierra sin clemencia. Hace semanas que no llueve. Jaume, el cartero, y yo observamos las nubes grises. ¿Lloverá o no lloverá?
Jaume no sabe si lloverá, pero si así fuera, dice él, habrá barro, y yo sé qué significa eso: arena roja del Sáhara que las gotas de lluvia transportan hasta la isla. Mañana los muros encalados de mi casa mediterránea habrán sangrado un poco. Lluvia roja. Todo guarda relación con todo, sí, pues recuerdo ahora mi primer viaje a Marruecos por el borde del Sáhara. ¿Y por qué veo ahora, de pronto, a una mujer que lleva años muerta? ¿Y por qué veo casi al mismo tiempo una cajetilla roja de Pall Mall cuando hace ya años que no fumo? Con esa mujer hice hace mucho tiempo un largo viaje por los oasis tunecinos, Nefta, Tozeur. Aún siento los surcos de la pista y me pregunto si en lugar de pistas hay ahora, casi medio siglo después, carreteras de verdad. Es probable que sí, y no sé si me gusta la idea. Era emocionante circular por aquellos caminos polvorientos que eran como tablas de lavar hechas de arena. Por la noche acababa uno molido. Ella y yo nos encontrábamos no sé dónde en un cuartito de piedra escuchando el llanto y los agudos ladridos de los perros que envolvían el oasis como un gran círculo. Muchos años después, en otra vida, la mujer se cayó de una roca en una isla griega. Yo acudí a su funeral en Ámsterdam y me acordé de su risa, su voz profunda, su estupenda manera de emborracharse y del inolvidable brillo de sus ojos. El libro que escribí sobre aquellos viajes tunecinos se lo dediqué a ella, y sin embargo cuando salí del cementerio me sentí como si la hubiera traicionado, una sensación que jamás he olvidado. Los vivos abandonan a los muertos dejándolos solos en su noche perpetua.
¿Y la cajetilla de Pall Mall? Aquello debió ser en Tinerhir o en Uarzazate, una noche en la kasba, hace ya casi también cincuenta años. Oscuridad, una tenue luz amarilla, calles sin pavimentar, un callejón angosto, un laberinto, me he perdido pero no siento pánico. Un grupo de hombres en chilaba. Uno de ellos lleva una flauta de madera. Me piden tabaco y yo tengo la cajetilla de Pall Mall. Me proponen un trueque, los cigarrillos a cambio de alguna que otra calada de pipa que se van pasando entre ellos. Kif, una palabra que hoy ya no oigo mucho.
Subimos por una escalera estrecha, entramos en una pequeña habitación, apenas hay luz. Uno de los hombres toca la flauta, una melodía que envuelve y atrapa. La pipa se parece a la flauta, de madera tosca sin barnizar. Los hombres comprueban si lo hago bien. Le doy una fuerte calada a la pipa y el efecto es inmediato, no transcurre ni un segundo. Debía de ser un material excelente, pues yo estaba en el suelo sentado entre los cuatro hombres, ellos me izaron y me colocaron boca abajo, de modo que acabé sentado en el techo cabeza abajo y desde ahí contemplé el mundo. Ahora, al describir la escena, se me antoja un delirio, pero sucedió así de verdad. Recuerdo que la poca conciencia que me quedaba me dictó salir de aquella habitación cuanto antes. Me pregunto ahora si hice bien en seguir los dictados de mi conciencia. Tal vez, de haberme quedado, habría vivido algo excepcional. No recuerdo haber sentido miedo. Sí recuerdo mi decisión pero no su desenlace, pues ¿cómo se baja uno del techo sin caerse al suelo? ¿Acaso regresé a casa volando? ¿Y cuál era mi casa? La memoria me deja en la estacada. ¿Cómo será la memoria absoluta? Trato a veces de imaginarla. Una memoria que te devuelva todo cuanto has hecho (visto, oído, leído), todos los instantes de plenitud y de vacío. El problema es que esa memoria requería una vida más, tan larga como la vida ya vivida, y eso es imposible. ¿Adónde van a parar entonces todos los instantes vividos? Si yo no los recuerdo, ¿existen en la memoria de otras personas? ¿Se acuerda de mí alguna vez aquella muchacha de Casablanca, si es que todavía vive? ¿Y cómo me imagina ella? De eso hace ya también una eternidad. La chica, de una belleza espectacular, trabajaba en el Syndicat d’Iniciatives de Casablanca. Eso lo recuerdo bien, y sin embargo no logro recordar su aspecto. ¿Qué valor tiene entonces semejante recuerdo? Ojalá pudiera volverla a ver una vez más tanto como la vi entonces, pero la memoria tampoco quiere ayudarme a recuperar esa imagen. Lo que sí recuerdo es que no me atreví a abordarla y que por eso salí afuera despreciándome a mí mismo profundamente, furioso por no atreverme a dirigirle la palabra. Me encaminé a la esquina, pensé en la enésima noche solitaria que me esperaba, me di vuelta de inmediato y le pregunté a la chica si aceptaría cenar conmigo. Su respuesta fue enigmática. Sí estaba dispuesta acompañarme, pero no comería conmigo…”