La palabra inventa a quien la escribe

El libro ofrece sus páginas para ser recorridas en pura pérdida y el lector va al encuentro de la palabra como el amante que honra al amor

(Fotografía: Evelyn Chong)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor Fernando Albán Rodas; fue publicado en el diario El Comercio de Ecuador.>

Más allá de un junco, Irene Vallejo

Sabia elección de temas, seria investigación y capacidad literaria son los elementos que, equilibradamente distribuidos, hacen de este un texto atrapante y ameno

(La Biblioteca – Cátedra Historia y Patrimonio Naval)

Con una formación escolástica en filología clásica, la escritora aragonesa (Zaragoza, 1979) alcanza su trascendencia literaria a través de la interpretación de hechos históricos. Aunque mucho antes de ello ya había transitado los caminos de la ficción de la mano de la literatura infantil, con títulos como La leyenda de las mareas mansas o El inventor de viajes, y también con novelas para adultos: La luz sepultada y El silbido del arquero. Además de hacer frecuentes incursiones en el periodismo con artículos en los diarios el Heraldo de Aragón o El País, donde como no, es el mundo antiguo el que acapara la mayoría de sus textos.

Aunque alcanza la trascendencia al gran público lector a través de El infinito en un junco, texto por el que se hace merecedora de varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Ensayo. En él y desde el mismo origen de los tiempos relata las primeras inscripciones del hombre antiguo en tablas de arcilla, hasta dar el gran salto con el lienzo obtenido del cáñamo ya como soporte donde asentar el conocimiento, luego serán ya los primeros pergaminos hasta llegar al libro en un formato cercano al actual.

Con un mecanismo de redacción sencillo pero a la vez efectivo, la autora en su hacer llega a exceder la mera crónica del hecho histórico en sí. A veces mediante un análisis en otras con una introspección que nos acerca al suceso hasta alcanzar nuestra realidad, para jugar con cierto subtexto como si de una ficción se tratase. Porque en su profunda convicción “toda biblioteca es un viaje; y todo libro un pasaporte sin caducidad”.    

Así, a caballo de un estilo entretenido, va desgranando aquellos descubrimientos que hicieron posible la persistencia de la sabiduría oral. Siempre con la constante que pareciera es el concepto esencial que da sentido a todo su trabajo: la pasión del que acopia el saber en textos se equipara a la avidez de quien aprende con los viajes de descubrimiento. Es decir, aquel que alcanza a conocer la historia, tiene en sus manos la capacidad de poder construir el futuro.

De El infinito en un junco el siguiente capítulo sobre la Alejandría helénica, aunque también la árabe y la judía, pero bajo pabellón egipcio. Para componer en un mismo fresco una amalgama que une historia, literatura y a aquellos personajes que la supieron transitar, amar y disfrutar, a la que por su pujanza fuera considerada como un verdadero faro en el Mediterráneo:

“La leyenda de Alejandría no dejó de crecer. Dos siglos después de que se escribiera el diálogo de Gílide y la chica tentada, Alejandría fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio.

   Roma, que para ese entonces se había convertido en el centro del mayor imperio mediterráneo, era todavía un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas cuando Marco Antonio desembarcó por primera vez en Alejandría. De pronto, se vio transportado a una ciudad embriagadora cuyos palacios, templos, amplias avenidas y monumentos irradiaban grandeza. Los romanos se sentían seguros de su poder militar y dueños del futuro, pero no podían competir con la seducción de un pasado dorado y del lujo decadente. Con una mezcla de excitación, orgullo y cálculos tácticos, el poderoso general y la última reina de Egipto construyeron una alianza política y sexual que escandalizó a los romanos tradicionales. Para mayor provocación, se decía que Marco Antonio iba a trasladar la capital del imperio de Roma a Alejandría. Si la pareja hubiera ganado la guerra por el control del Imperio romano, hoy tal vez los turistas acudiríamos en manadas a Egipto para fotografiarnos en la Ciudad Eterna, con su Coliseo y sus foros.

   Al igual que su ciudad, Cleopatra encarna esa peculiar fusión de cultura y sensualidad alejandrina. Dice Plutarco que en realidad Cleopatra no era una gran belleza. La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba atractivo, inteligencia y labia. El timbre de su voz poseía tal dulzura que dejaba clavado un aguijón en todo aquel que la escuchara. Y su lengua, continúa el historiador, se acomodaba al idioma que quisiese como un instrumento musical de muchas cuerdas. Era capaz de hablar sin intérpretes con  etíopes, hebreos, árabes, sirios, medios y partos. Astuta, bien informada, ganó varios asaltos en el combate por el poder dentro y fuera del país, aunque perdió la batalla decisiva. Su problema es que solo han hablado de ella desde el bando enemigo.

   También en esta historia tempestuosa juegan un papel importante los libros. Cuando Marco Antonio se creía a punto de gobernar el mundo, quiso deslumbrar a Cleopatra con un gran regalo. Sabía que el oro, las joyas o los banquetes no conseguirían encender una luz de asombro en los ojos de su amante, porque se había acostumbrado a derrocharlos a diario. Cierta vez, durante una madrugada alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un regalo que Cleopatra no podía desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones.

   Dos escritores muertos durante el siglo XX se han convertido en nuestros guías por los entresijos de la ciudad, añadiendo capas de pátina al mito de Alejandría. Constantino Cavafis era un oscuro funcionario de origen griego que trabajó, sin ascender nunca, para la administración británica de Egipto, en la sección de Riesgos del Ministerio de Obras Públicas. Por las noches se sumergía en un mundo de placeres, gentes cosmopolitas y mala vida internacional. Conocía como la palma de su mano el dédalo de burdeles alejandrinos, único refugio para la homosexualidad <prohibida y severamente despreciada por todos>, como él mismo escribió. Cavafis era un lector apasionado de los clásicos y poeta casi en secreto.

En sus poemas hoy más conocidos reviven los personajes reales y ficticios que Ítaca, Troya, Atenas o Bizancio. En apariencia más personales, otros poemas escarban, entre la ironía y el desgarro, en su propia experiencia de madurez: la nostalgia de su juventud, el aprendizaje del placer o la angustia por el paso del tiempo. La diferenciación temática es en realidad artificial. El pasado leído e imaginado emocionaba a Cavafis tanto como sus recuerdos. Cuando merodeaba por Alejandría, veía la ciudad ausente latir bajo la ciudad real. Aunque la Gran Biblioteca había desaparecido, sus ecos, susurros y bisbiseos seguía vibrando en la atmósfera. Para Cavafis, aquella gran comunidad de fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y atormentados, los vivos. 

   Los personajes de ‘”El cuarteto de Alejandría`, Justine, Darley y sobre todo Balthazar, que dice haberlo conocido, recuerdan constantemente a Cavafis, <el viejo poeta de la ciudad>. A su vez, las cuatro novelas de Lawrence Durrell, uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su país, amplían la resonancia erótica y literaria del mito alejandrino. Durrell conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Egipto estaba ocupado por tropas británicas y era un nido de espionaje, conspiraciones y, como siempre, placeres. Nadie ha descrito con más precisión los colores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis, que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la prisión…”

«Los papanatas no entienden que escribir una novela consiste en escribir las palabras más emocionantes para provocar la mayor emoción posible; tampoco entienden que una cosa es el sentimiento y otra el sentimentalismo, y que el sentimentalismo es el fracaso del sentimiento»

Lienzo: Figura de mujer leyendo de Pierre Auguste Renoir

Texto: Javier Cercas, de su novela La velocidad de la luz

Latinoamérica oscura: los terrores cotidianos impregnan la novela

Mónica Ojeda, Alicia Mares, María Fernanda Ampuero, Lola Ancira y Laura Baeza, solo algunos nombres clave de una ficción neogótica que ha dado la vuelta al género

“Soy una escritora de cuentos breves, así que también voy a ser breve en lo que diga”. Con estas palabras y ante el público de Nueva York, la escritora argentina Samantha Schweblin agradecía haber sido una de las ganadoras del National Book Award, uno de los premios literarios más prestigiosos de Estados Unidos. Un galardón que comparte en la categoría de literatura traducida con Megan McDowell, quien ha sido la encargada de trasladar al inglés la colección de cuentos Siete casas vacías, publicada en España por la editorial Páginas de Espuma.  

Es el tercer premio con el que la autora se alzaba n el año, convirtiéndose además en la primera autora argentina en ganar el National Book Award desde que Julio Cortázar lo hiciera con Rayuela en 1967. Pero Schweblin no fue la única autora latinoamericana nominada: en la misma categoría quedó finalista la ecuatoriana Mónica Ojeda con la novela Mandíbula. Aunque el estilo de Schweblin y Ojeda difiera, Siete casas Mandíbula tienen mucho en común; ambas son obras que crean atmósferas insólitas donde el terror coquetea con lo sobrenatural, pero también forma parte de la cotidianidad inquietante y violenta de sus personajes.

El miedo es geográfico

Mónica Ojeda — Escritora

Schweblin y Ojeda son dos nombres más conocidos dentro de una serie de autoras latinoamericanas que trabajan lo que Alejandra Amatto, investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y coordinadora del Seminario de Literatura Fantástica en la misma institución, denomina como literaturas de irrealidad o de lo insólito. Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, María Fernanda Ampuero, Giovanna Rivero, Cecilia Eudave o Fernanda Trías son también nombres imprescindibles a la hora de pensar en autoras de América Latina que conjugan éxito entre crítica y público, y cuyos intereses comprenden “el terror, lo fantástico y la ficción especulativa”.

El verdadero terror cotidiano

“Desde 2016 ha aumentado el interés no solo del público lector, sino también de las editoriales por publicar y difundir las obras de varias escritoras latinoamericanas”, explica Alejandra Amatto. Para la académica, “en las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido una reformulación de los géneros de irrealidad que ponen sobre la mesa cuáles son los verdaderos terrores cotidianos de nuestra experiencia como mujeres latinoamericanas”. 

No se trata de reducir a autoras de diferentes latitudes y particularidades a una sola generación o a un fenómeno editorial, pero Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) coincide con Amatto y otras autoras entrevistadas por elDiario.es en cuanto a una mayor recepción de la literatura “que trabaja con el miedo” en los últimos años. “Yo creo que tiene que ver con que estamos en un mundo cada vez más temible y lo estamos pensando desde nuevos lugares, como el terror racial o el miedo a través de la violencia de género”, afirma por teléfono. Para Ojeda, la particularidad de las autoras latinoamericanas pasa por pensar el miedo a través de la geografía; como nuestra geografía siempre ha sido vista desde el norte global como un lugar periférico y marginal, estamos aportando algo nuevo a lectores que antes no se habían acercado a esto. ”El miedo es geográfico, histórico y social, por eso en cada sitio la escritura del miedo da como resultado una filosofía del miedo distinta“, recalca.

En las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido una reformulación de los géneros de irrealidad que ponen sobre la mesa cuáles son los verdaderos terrores cotidianos de nuestra experiencia como mujeres latinoamericanas

Alejandra Amatto — Investigadora en la UNAM

Ese componente geográfico del miedo toma forma precisamente en los diferentes intereses temáticos: Enríquez escribe sobre terrorismos de Estado asociados a las dictaduras del Cono Sur, Colanzi trata el extractivismo y los desplazamientos territoriales que sufren muchos grupos indígenas en países como Bolivia, y creadoras como Ojeda o Ampuero se vuelcan hacia violencias patriarcales en un contexto más íntimo y familiar, pero también ligado a la realidad de Ecuador. “No es solo una perspectiva temática, también estructural, que puede ser vista desde el contexto del género y de la geografía latinoamericana pero que también conecta con lo universal: autoras como Enríquez han sido traducidas a más de 50 lenguas”, opina Amatto.

Ojeda también señala que muchas de sus contemporáneas “trabajan con el miedo y el terror pero no necesariamente desde el género”. Con esta afirmación coincide Amatto, para quien un rasgo común de las autoras latinoamericanas vinculadas a las literaturas de irrealidad es el conocimiento de los mecanismos del terror sin la necesidad de acatar parámetros clásicos del género, además de la influencia de tradiciones estéticas nacionales o regionales —la literatura fantástica argentina, el gótico andino o la literatura ‘rara’ de Uruguay—  entendidas desde la imbricación temática y estilística.

“Estas autoras no trabajan desde la pureza de los géneros, y desde la crítica siempre es complejo no homogeneizar; por ejemplo, en el caso de Mariana Enríquez podemos pensar en textos fantástico-terroríficos, o en el caso de Lilianza Colanzi se mezclan elementos andinos con ciencia ficcionales”, puntualiza la investigadora de la UNAM.

Hermanadas en las geneaologías y las búsquedas

Elena Garro, Amparo Dávila, Inés Arredondo, Armonía Sommers y Silvina Ocampo son algunas de las autoras latinoamericanas que en el siglo XX trataron el terror, lo fantástico o lo especulativo y que ahora están siendo reivindicadas por nuevas generaciones de escritoras y académicas. “La literatura de género ha sido difícil de catalogar desde sus inicios y ha sido considerada como menor por supuestamente evadir los temas sociales imperantes y los códigos cuando en realidad los interpela desde distintos ángulos, percepciones”, cuenta Lola Ancira (Querétaro, 1987), una de las autoras que despunta en el panorama latinoamericano con obras como Despojos o El vals de los monstruos. “Celebro mucho todo lo que está ocurriendo en torno a la literatura de género escrita por mujeres, pues durante décadas no fue reconocida ni tomada en cuenta”.

La mexicana Laura Baeza (1988, Campeche), que utiliza Ciudad de México como escenario fantasmagórico en su libro de relatos Una grieta en la noche, cree que el éxito de las autoras latinoamericanas relacionadas con las literaturas de irrealidad “va más allá de una reparación histórica o de un fenómeno editorial, tiene que ver con la calidad; además, celebro que muchas publiquen en editoriales independientes”. “También nos une la migración”, apunta. “Todavía no hay una denominación para quienes escribimos desde Centroamérica hasta la frontera de Estados Unidos, también nos corresponde hablar de Guatemala, de Belice, de la frontera vista desde la distorsión del terror”.

Laura Baeza — Escritora

“Heredamos una literatura latinoamericana donde el género fantástico fue muy importante y crecimos en una época donde hubo una democratización del cine y la cultura pop ligada a contar historias de terror”, explica María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), quien en las antologías de relatos Pelea de gallos y Sacrificios humanos aborda la violencia en el seno familiar o los feminicidios con un estilo que puede ser tan gore como poético. “El terror es un mecanismo que he estudiado desde pequeña, desde tiempos inmemoriales hay una preocupación social que no tiene que ver con posesiones satánicas, sino con lo que nos pasa en la vida real, yo uso esa maquinaria que conozco bien para hablar de nuestros tiempos”.

Según Ojeda, no se trata de utilizar la escritura para hablar de temas sociales porque “para mí, la literatura no es un instrumento, es mi propio fin”, lo que no implica que tanto ella como otras autoras cierren los ojos ante realidades ligadas a América Latina como los feminicidios, las desapariciones y otras violencias que afectan específicamente a las mujeres. “Siento que tengo mucho en común con autoras que trabajan el miedo, la violencia y el daño desde lo tangible. No sé si se puede hablar de una generación, pero sí encuentro nexos de intereses, aunque lo que más me interesa encontrar son las divergencias, lo particular de cada mirada dentro de una colectividad”, opina Ojeda. “Me parece problemático que se invisibilicen los rasgos de ciertas autoras para hacerlas encajar en un marco de discusión”. 

Estamos preocupadas, nos parece aterrador la violencia contra las mujeres y las niñas, contra el ecosistema, contra las comunidades indígenas que luchan contra las grandes empresas, y obviamente eso aparece en la literatura

María Fernanda Ampuero — Escritora

Baeza, en cambio, dice sentirse parte de “una generación que se nutre de otras generaciones”. Antes había publicado la novela Niebla ardiente, una historia con la crisis de los feminicidios en México como punto de partida, pero la antología Una grieta en la noche es su primera obra asociada al terror. En un país donde cada día son asesinadas 10 mujeres, Baeza continúa escribiendo “sobre feminicidios porque es con lo que me despierto cada día, pero necesitaba hacerlo desde una distorsión de la realidad, y esa es la total libertad que me da la literatura de género y el cuento, que para mí es un laboratorio inagotable”. 

“Yo siento cercanía con muchas otras autoras latinoamericanas en las búsquedas, pero no en el resultado de la obra, cada una de nosotras tiene un camino, desde las más realistas hasta las que crean una cosmogonía”, asevera María Fernanda Ampuero. Más allá de lo estrictamente literario, se siente hermanada con otras autoras latinoamericanas en la denuncia: “Estamos preocupadas, lo que nos parece aterrador es la violencia contra las mujeres y las niñas, contra el ecosistema, contra las comunidades indígenas que luchan contra las grandes empresas, y obviamente eso aparece en la literatura”. 

Autoras a hombros de otras autoras

Si bien hay una serie de escritoras nacidas en los 60, 70 y principios de los 80 totalmente consolidadas entre crítica y público, otras se están abriendo paso mirando precisamente hacia las primeras. Las mexicanas Alicia Mares (1996) y Andrea Chapela (1990) acaban de publicar en España sus antologías de relatos Cocodrilario (Horror Vacui) y Ansibles, perfiladores y máquinas de ingenio (Almadía); Mares trabaja un horror corporal y salvaje que conecta directamente con estilos como el de Ojeda, mientras que Chapela presenta una Ciudad de México apocalíptica e hipertecnológica en varios de sus cuentos. 

Alicia Mares — Escritora

“Aunque mis relatos se localicen en Tlaxcala, Tijuana o Veracruz, yo creo un terror que ocurre en lo íntimo, en las cuatro paredes de una casa, en una comunidad”, cuenta Mares, citando entre sus grandes referentes el libro de relatos Las voladoras, de Mónica Ojeda, y a otras escritoras de la región andina como Giovanna Rivero. Mares es parte de una generación que ha conocido a muchos de sus referentes literarios a través de las redes sociales, algo que para Amatto también es clave a la hora de entender el éxito de autoras que dialogan con sus seguidores y comparten referencias “en tiempo real”, una forma de difundir la literatura más allá de círculos académicos o especializados.

Lola Ancira añade nombres como Viridiana Carrillo, Magdalena López y Yesenia Cabrera, “cada una abordando la literatura de género desde perspectivas y estilos muy propios”. “La conexión que siento más sólida con otras escritoras de mi generación es en cuanto a lo ominoso y lo corpóreo: de alguna u otra forma, lo corporal femenino se toca en nuestras obras”, opina. “También la cuestión de las maternidades disidentes. Temas que hasta hace poco se consideraban íntimos e insignificantes, cuando en realidad es lo íntimo lo que transforma a lo público”.

Mónica Ojeda — Escritora

Es un hecho: el canon se amplía para dar cabida a otros relatos, latitudes y preocupaciones. Puede que Schweblin quisiera ser breve en su discurso de agradecimiento, pero tanto a ella como a muchas otras autoras latinoamericanas les queda un largo recorrido. “Lo importante es que nos leemos entre nosotras, yo aprendo de las que estuvieron, de las que están, y de las que apenas están llegando”, afirma Laura Baeza. La literatura especulativa y de terror, dice Ojeda, no solo es valiosa por “leer muy bien su tiempo, sino por anticipar el futuro”. “Lo interesante para Latinoamérica en relación con estos géneros es cómo muchas autoras se alejan de los cánones del Norte global y miran hacia dentro, hacia lo que los rodea: separarse de los cánones escritos por hombres y por gente blanca, comenzar a pensar en cómo funciona el propio territorio, la ficción especulativa en un lugar diferente, eso es lo verdaderamente interesante”, concluye.

<El artículo pertenece a Clara Giménez Lorenzo, y fue publicado en elDiario.es>