
«El secreto de una buena vejez, no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad» (Gabriel García Márquez)
Una nueva hornada de publicaciones reivindica el papel como lugar de encuentro generacional y como plataformas para reformular el canon
Parece osado decir que las revistas literarias viven un gran momento. The Believer, la publicación estadounidense que impulsó el relevo generacional en las letras norteamericanas y se convirtió en una cabecera de culto a principios de este milenio, ha sacado el último número de su historia. Su cierre, debido a motivos económicos y a un extraño escándalo desatado cuando su editor se mostró desnudo en una reunión por Zoom con el resto de la plantilla, sigue al de otras publicaciones similares que se han ido extinguiendo desde el inicio de la pandemia, tanto en inglés como en español. Editar una revista literaria nunca ha sido un negocio que vaya a hacer a nadie rico. Y, sin embargo, cada mes en algún lugar del mundo hay un grupúsculo de veinteañeros «letraheridos» que deciden arrancar su propia cabecera.
“Creo que sí hay un renacimiento de las revistas en este momento. En parte porque se están muriendo, aunque esto suene contra intuitivo”, resume Nadja Spiegelman, que acaba de lanzar Astra Magazine, una revista con sede en Nueva York pero que pretende huir del anglo centrismo que suele caracterizar al mundo editorial estadounidense y que en su primer número tiene firmas como las de la argentina Samanta Schweblin, la japonesa Yoko Tawada o la francesa Virginie Despentes. “Hemos perdido nuestros quioscos de prensa y los sistemas de distribución y los anuncios que hacían viables las revistas, pero si vas a una tienda de revistas en Nueva York la encuentras llena de veinteañeros. Quizá es algo similar al interés en los vinilos. La gente pasea sus revistas como una señal de que pertenece a una tribu y las cabeceras evolucionan contigo con cada número. Hay una relación entre el lector y la revista que es única”, explica Spiegelman, que es hija de Art Spiegelman, el autor del clásico del cómic Maus.
Un artículo reciente en The New York Times —publicado en la sección de Estilo, no en la de Cultura— coincide dibujando también este panorama en torno a las revistas de literatura y pensamiento, enmarcándolas como una especie de fenómeno de tendencias. El artículo habla de “driftmania” para referirse a The Drift, una publicación literaria de izquierdas fundada por dos veinteañeras que se conocieron en Harvard. “Las gorras de The Drift se convirtieron en el accesorio de moda para los amantes de los libros de Brooklyn”, dicen. Leticia Vila-Sanjuán, una scout editorial barcelonesa (una especie de ojeadora literaria) que vive en Nueva York, asistió a la fiesta de lanzamiento del número seis de la publicación y lo describe así: “El evento más pretencioso en el que he estado jamás” y “lo más parecido a estar en un capítulo de la serie Girls»”.
Por debajo de ese brillo, The Drift publica en papel y también en digital ficción y análisis hipercontemporáneos que sus editoras, Rebecca Panovka y Kiara Barrow, comparan en ese mismo artículo con los podcasts. “Parece que en los podcasts se desarrollan conversaciones salvajes, mientras que en las revistas pequeñas hay miedo de decir algo que pueda ser cancelado. Pero pensamos que hay un hambre real en nuestra generación de algo más rigurosamente argumentado e intelectualmente desafiante que lo que sucede en los podcasts”.
Tanto Astra como The Drift se inscriben en una larga tradición de revistas culturales estadounidenses que arrancaron como órganos de expresión generacional. En los años cincuenta, William Styron, George Plimpton y otros expatriados estadounidenses en París lanzaron The Paris Review, que sigue siendo una referencia, estrenó diseño y editora, Emily Stokes. “Las revistas de mediados de siglo chorreaban testosterona”, aseguran las editoras de The Drift. La cosa no cambió mucho en medio siglo. Tanto The Believer como su revista hermana McSweeneys, y también la posterior N+1, más escorada al pensamiento de izquierdas, tenían en común estar hechas primordialmente por “hombres jóvenes tristes y literarios” por tomar prestado el título de un libro de Keith Gessen, cofundador de N+1.
Entonces y ahora, el principal reto para el impulsor de una revista literaria, más que conseguir firmas rutilantes, más que darse a conocer, es mantenerse a flote. El venezolano establecido en Montevideo (Uruguay) Jan Queretz lanzó la revista Casapaís —su único compañero es un argentino que vive en Francia y aún no se conocen en persona—. Aunque la idea de hacer una publicación en papel, y no solo digital, era innegociable para él, casi la razón de existencia de la cabecera, la fórmula que ha encontrado para hacerla sostenible, es imprimirla a demanda. Es decir, el ejemplar solo existe físicamente cuando alguien lo compra y se le envía por correo. “Es una forma que nos ha ayudado muchísimo a llevar la revista a todas partes del mundo. Hace poco enviamos una a Corea del Sur”, explica. Lo que le gustaría de verdad es estar presente en librerías de España y Latinoamérica.
Queretz, que tiene 31 años, tiene un “trabajo de día” como analista de pólizas en una empresa de seguros y así sufraga los gastos de la revista, incluidos los pagos a sus colaboradores. Confía en encontrar financiación a través de ventas y donaciones, además de los talleres literarios. Sus referentes son revistas como Vuelta, que editó en México Octavio Paz en los años ochenta y noventa, y Sur, la revista de Victoria Ocampo en Argentina. De momento, ha contado con piezas de Sergio Ramírez y Jorgi Volpi, entre otros. Uno de sus grandes objetivos es acortar la brecha que existe entre lo que se publica en España y lo que se publica en Latinoamérica. “Entender que nos une una lengua debería ser suficiente para juntar nuestras literaturas en un mismo lugar”, sostiene. “Crear ese proyecto totalizador es extremadamente difícil. Lo vivimos con cada número. Son noches y noches sin dormir, leyendo, editando y escogiendo con pinzas cada uno de los textos, buscando el choque tierno entre las texturas de Europa y América”.
También el equipo de Astra, que es más amplio y tiene un respaldo financiero mucho más sólido —su empresa madre es el grupo de capital chino Thinkingdom—, arranca con una ambición grande. En su caso, hacer entender a los lectores en inglés que los autores de lo que ellos llaman “el resto del mundo” son tan “subversivos e interesantes”, en palabras de Spiegelman, como los autores nacidos en Dublín o Iowa, y no solo algo que se lee por una mezcla de obligación y mala conciencia. De ahí los temas provocadores de sus números: suciedad, lujuria, éxtasis.
Si todas estas cabeceras, nacidas con la cuenta atrás para la extinción del papel impreso ya en marcha y en un contexto pandémico, consiguen sobrevivir décadas se unirán a esa gran tradición de revistas en las que se quieren ver reflejadas. Sino, habrán sido, durante un tiempo, un buen lugar desde el que inspirar y conspirar.
<El artículo pertenece a Begoña Gómez Urzaiz, y fue reproducido en el diario El País de España>
«La música parecía a punto de extinguirse y morir, pero resurgía de pronto, chillona y estridente. ¡Al fin terminó! Ella tomó asiento. Su pecho se agitaba bajo la tenue nube de gasa. Una mano (¡Señor, qué mano maravillosa!) cayó sobre la rodilla oprimiendo el vaporoso vestido y, bajo su caricia, el vestido pareció cobrar vida al compás de la música, a la vez que su delicado color lila contrastaba aún más la intensa blancura de la preciosa mano»
Lienzo: Dama en un vestido lila con flores de Wladislaw Czachórski
Texto: del relato La avenida del Nevá de Nicolai Gógol
Durante años permaneció a la sombra de su afamada hermana Victoria y su arrolladora personalidad. Aunque en estas fechas, cumplidas tres décadas de su desaparición física, la menor de las escritoras Ocampo (Buenos Aires, 1903 – 1993), no deja de sumar más y más lectores de su obra. Muchos de ellos gratamente sorprendidos ante sus textos, sin encontrar una respuesta lógica acerca de por qué no han disfrutado de alguno de sus libros con anterioridad.
Integrante de una familia de la burguesía terrateniente bonaerense, desde muy joven tuvo en suerte recibir una sólida educación a través de distintas institutrices. Hecho que luego le permitió, entre otras tantas experiencias en su formación, de perfeccionarse en Europa, donde tuvo la oportunidad de perfeccionarse en dibujo y pintura de la mano de Giorgio De Chirico en su taller de París.
De regreso a Argentina se volcó de pleno en su literatura, primero en poesía: Los sonetos del jardín, Poemas de amor desesperado, Los nombres, y luego en sus relatos breves: Viaje olvidado o Autobiografía de Irene. También tuvo la oportunidad de integrarse en el privilegiado círculo de autores de la mítica revista Sur, medio y editorial que había fundado su hermana mayor. Además, allí conocería a quien se convertiría en su esposo, el escritor Adolfo Bioy Casares; con quien luego suscribiría la novela corta Los que aman, odian.
Así, a caballo de una imaginación prodigiosa, fue agigantando su obra. Con un estilo muy propio, estructurado a veces como si de un diario de experiencias se tratara; en otras, como si el desarrollo de una historia se cruzara de manera accidental con otra, aunque ambas sirviendo a la misma esencia de la trama principal y, más aún, retroalimentándola. Amparándose en unas representaciones que agigantan el texto, y que por instancias se ubican en el umbral de lo onírico (“No soñar es como estar muerto”), que hacen que la génesis de muchos de sus escritos se halle dentro del género fantástico. Relatos como El caballo alado, Los días de la noche o Cornelia frente al espejo, del que con posterioridad se hizo una versión cinematográfica.
Su obra es muy reconocida en el presente, y en su momento fue premiada con diferentes distinciones, como el Premio Municipal de Literatura, el Nacional de Poesía, el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y el Premio Konex por toda su trayectoria. Aunque tal vez la mayor de las menciones a la autora sudamericana sea la constante reedición de su obra, gracias al redescubrimiento que hacen generaciones de nuevos y flamantes lectores.
Del relato Autobiografía de Irene el pasaje siguiente:
“La improbable persona que lea estas páginas se preguntará para quién narro esta historia. Tal vez el temor de no morir me obligue a hacerlo. Tal vez sea para mí que la escribo: para volver a leerla, si por alguna maldición siguiera viviendo. Necesito un testimonio. Me aflige sólo el temor de no morir. En realidad pienso que lo único triste que hay en la muerte, en la idea de la muerte, es saber que no podrá ser recordada por la persona que ha muerto, sino, únicamente, y tristemente, por los que la vieron morir.
Me llamo Irene Andrade. En esta casa amarilla, con balcones de fierro negro, con hojas de bronce, brillantes, como el oro, a seis cuadras de la iglesia y de la plaza de Las Flores, nací hace veinticinco años. Soy la mayor de cuatro hermanos turbulentos, de cuyos juegos participé en la infancia, con pasión. Mi abuelo materno era francés y murió en un naufragio que abrumó y oscureció de misterio sus ojos en un retrato al óleo, venerado por las visitas en las penumbras de la sala. Mi abuela materna nació en este mismo pueblo, unas horas después del incendio de la primera iglesia. Su madre, mi bisabuela, le había contado todos los pormenores del incendio que había apresurado su nacimiento. Ella nos transmitió esos relatos. Nadie conoció mejor aquel incendio, su propio nacimiento, la plaza sembrada de alfalfa, la muerte de Serapio Rosas, la ejecución de dos reos en 1860, cerca del atrio de la iglesia antigua. Conozco a mis abuelos paternos por dos fotografías amarillentas, envueltas en una especie de bruma respetuosa. Más que esposos, parecían hermanos, más que hermanos, mellizos: tenían los mismos labios finos, el mismo cabello crespo, las mismas manos ajenas, abandonadas sobre las faldas, la misma docilidad afectuosa. Mi padre, venerando la enseñanza que había recibido de ellos, cultivaba plantas: era suave con ellas como con sus hijos, les daba remedios y agua, las cubría con lonas en las noches frías, les daba nombres angelicales, y luego, <cuando eran grandes>, las vendía con pesar. Acariciaba las hojas como si fueran cabelleras de niño; creo que en sus últimos años les hablaba; por lo menos fue la impresión que tuve. Todo esto irritaba secretamente a mi madre; nunca me lo dijo, pero en el tono de su voz, cuando le oía decir a sus amigas <¡Ahí está Leonardo con sus plantas! ¡Las quiere más que a sus hijos!>, yo adivinaba una impaciencia permanente y muda, una impaciencia de mujer celosa. Mi padre era un hombre de mediana estatura, de facciones hermosas y regulares, de tez morena y pelo castaño, de barba casi rubia. De él, sin duda, habré heredado la seriedad, la flexibilidad admirada de mi pelo, la bondad natural del corazón y la paciencia -esa paciencia que parecía casi un defecto, una sordera o un vicio. Mi madre, en su juventud fue bordadora: esa vida sedentaria dejó en ella un fondo como de agua estancada, algo turbio y a la vez tranquilo. Nadie se hamacaba con tanta elegancia en la mecedora, nadie manejaba los géneros con tanto fervor. Ahora, tendrá ya esa afectación perfecta que da la vejez. Yo sólo veo en ella su maternal blancura, la severidad de sus ademanes y la voz: hay voces que se ven y que siguen revelando la expresión de un rostro cuando éste ha perdido la cabeza. Gracias a esa voz puedo averiguar todavía si son azules sus ojos o si es alta su frente. De ella habré heredado la blancura de mi tez, la afición a la lectura o las labores y cierta timidez orgullosa y antipática para aquellos que, aun siendo tímidos, pueden ser o parecer modestos.
Sin alarde puedo decir que hasta los quince años, por lo menos, fui la preferida de la casa por la prioridad de mis años o por ser mujer: circunstancias que no seducen a la mayor parte de los padres, que aman a los varones y a los menores.
Entre los recuerdos más vívidos de mi infancia mencionaré: un perro lanudo, blanco, llamado Jazmín; una virgen de diez centímetros de altura; un retrato al óleo de mi abuelo materno, que ya he mencionado; y una enredadera con flores en forma de campanas, de color anaranjado, llamada Bignonia o Clarín de Guerra.
Vi al perro blanco en una especie de sueño y luego, con insistencia, en la vigilia. Con una soga lo ataba a las sillas, le daba agua y comida, lo acariciaba y lo castigaba, lo hacía ladrar y morder. Esta constancia que tuve con un perro imaginario, desdeñando otros juguetes modestos pero reales, alegró a mis padres. Recuerdo que me señalaban con orgullo, diciéndole a las visitas: <Vean cómo sabe entretenerse con nada>. Con frecuencia me preguntaban por el perro, me pedían que lo trajera a la sala o al comedor, a la hora de las comidas; yo obedecía con entusiasmo. Ellos fingían ver el perro que sólo yo veía; lo alababan o lo mortificaban, para alegrarme o afligirme…”