Siri Hustvedt, los textos que la ayudaron en su conformación

Hace tan solo días atrás su nombre retumbaba en todo medio que se preciara de informado. La desaparición física de Paul Auster, quien fuera su esposo por más de 40 años, la llevó al candelero de la noticia cotidiana. Más allá de esto, la laureada autora estadounidense tiene recorrido su propio camino en las letras, con un saber temprano mamado de los escritores clásicos anglosajones y también de la filosofía moderna. Libros que la ayudaron a destacar en el plano personal y profesional

Las vacaciones de los escritores: desconectar sin dejar de pasar páginas 

Empecemos con un tópico (para compensar, unas líneas más abajo haré una confesión): la relajación y el tiempo libre propios del verano invitan a leer. Pero si tu trabajo consiste, precisamente, en pasar gran parte del año leyendo, quizá en vacaciones lees menos (o más), o tienes costumbres que casi son manías, o te decantas por otros géneros, o prefieres el e-book al papel porque es más ligero para viajar, o cambias de rutinas y en vez de hacerlo tomando notas lo haces con los pies metidos en la piscina, o te pones con aquellos libros que has ido reservando durante el año (o los años) para cuando tuvieras tiempo… 

«Yo ya no guardo libros para el verano… yo me guardo libros para otra vida», afirma Julio Llamazares. «Tengo una mesa donde escribo y, a medida que me van llegando libros, voy poniendo encima los que me interesan. Cuando ya tengo un parapeto delante y no veo el salón, los coloco en otro lado con la esperanza de que en vacaciones leeré más y sacaré adelante un poco de esa lectura pendiente», revela el escritor leonés (Vegamián, 1955).

Tras unos meses frenéticos promocionando su última novela, Vagalume (Alfaguara), este año quizá se le han acumulado más de la cuenta y es consciente de que «lo que caracteriza al verano es la fugacidad», así que no podrá leer «todo lo que quisiera», pero no faltarán los libros de poesía.. «En verano me gusta mucho leer poesía, quizá porque es la estación del pensamiento abstracto. Durante el año tengo que leer muchos libros por trabajo, por compromiso… así que cuando llega agosto intento desconectar con literatura pura», añade.

Sin caer en los clichés

Desconexión. Eso es la que buscan la mayoría de quienes han elegido el mundo del libro como oficio a la hora de elegir una obra –o, mejor dicho, varias– para leer en verano. Y la historia no siempre tiene que ser ligera y acontecer en los meses más calurosos del año. De hecho, Juan Tallón (Vilardevós, Orense, 1975) huye de «los clichés de los libros de verano» y todos los agostos lee «obras de Charles Dickens, o libros de escritores rusos, o una novela de John Irving, o una historia de Stephen King».

«Es un hábito que tiene una explicación: en vacaciones soy menos esclavo de las novedades y puedo leer durante más horas seguidas, así que estoy más abierto y con mejor actitud para leer novelas largas, que demandan más», argumenta. «Los escritores rusos no son precisamente ligeros, –añade el autor de Obra maestra (Anagrama), Premio Rodolfo Walsh de la Semana negra de Gijón–, pero yo voy con la apuesta más alta, dispuesto a estrellarme. Para eso está el verano, para estrellarse».

«Yo ya no guardo libros para el verano… yo me guardo libros para otra vida»

Julio Llamazares

Autor de ‘Vagalume’ (Alfaguara)

Coincide con él Miqui Otero (Barcelona, 1980): «Las vacaciones son una época que aprovecho para leer, por un lado, libros muy largos y con ritmos de lectura lentos, a los que mi día a día no me permite dedicarles tanto tiempo, y por otro, libros que se alejan de este momento y de este siglo, que construyen un mundo lejos, tanto espacial como temporalmente, incluso en cuanto a la estación del año. En resumen, libros que me permitan meterme en otra realidad».

El padre de Simón (Blackie Books) ya tiene hecha su selección desde febrero: «En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, la traducción de Pedro Salinas». «Casi me da vergüenza confesarlo –prosigue– porque si quien lea esto no se lo cree pareceré un cretino y si se lo cree pensará que es una laguna imperdonable, así que, como es verdad, gran parte del verano lo dedicaré a repararla. En total son como 3.000 páginas, con poco diálogo, muy tupidas, y mi intención es llegar hasta donde me permitan las vacaciones». Si «bajo los adoquines está la playa», como se coreaba en mayo del 68 en París, el escritor barcelonés tiene claro que «bajo los tochos están las vacaciones».

Entre clásicos y «piscineros»

Sí se permite «cosas más intrascendentes» Rosa Ribas (El Prat de Llobregat, Barcelona, 1963), sobre todo tras pasar gran parte del año presentando Nuestros muertos (Tusquets). «Libros piscineros», los llama: «En verano siempre me decanto por libros que necesitan más tiempo y que no tienen por qué ser novedades. Pero como un mes de descanso da para mucho, a veces también cae alguna de esas novelas poco exigentes, perfectas para cuando estás achicharrada y tienes el cerebro bajo mínimos». Aunque recalca: «Pero tiene que estar bien escrita, porque si está mal escrita, o mal editada, o mal traducida, no puedo leer, me pone de mal humor. El contenido y la forma tienen que estar cuidados, no es algo contradictorio, ya por respeto al lector, aunque este lea en la piscina o la playa y el libro se moje o se manche».

Precisamente, eso es lo más parecido a un paraíso de lo que Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983) disfruta en vacaciones: «Estar junto a la piscina leyendo un libro». En su caso, suele decantarse por obras que ha postergado durante el año porque no llega a todo lo que se edita y le interesa –solo en 2022 se publicaron en España más de 92.000 libros con ISBN–, pero la autora de Puro glamour (La Navaja Suiza) confiesa que le gustan especialmente «los libros que suceden en verano, como El bello verano de Cesare Pavese y El libro del verano de Tove Jansson«. «Me pasa lo mismo con las películas: en verano no apetece ver una que pase en plenas Navidades», apostilla.

El edén de Care Santos (Mataró, Barcelona, 1970), en cambio, está «bajo una sombrilla, en el jardín». «Mejor por la tarde, durante horas. Me gusta leer en una butaca cómoda, con los pies en alto y con una almohada en el regazo (donde apoyar el libro). Siempre en papel (odio leer en digital) y con un lápiz en la mano. Y en todas las épocas del año me gusta leer en la cama a primera hora, mientras espero a que los míos y el mundo se despierten (yo soy muy madrugadora), con una lucecita pequeña enfocándome el libro». De adolescente, recuerda, se daba «auténticos atracones de leer». «Había llegado a leerme 80 libros en un solo verano. No hacía otra cosa sino leer, nadar, tomar el sol y volver a leer. Era absolutamente feliz. Esa es mi idea de un buen verano, que sigo persiguiendo, claro», revela la autora de El loco de los pájaros (Destino).

Laura Fernández (Terrassa, Barcelona, 1981) también está deseando que llegue el momento de apagar el ordenador para cambiar de rutinas. «Una de las cosas que más me gusta del verano, por no decir la que más, aparte de las vacaciones, es que te puedes bañar, salir del agua y ponerte a leer. De hecho, el día de mi cumpleaños, el 5 de julio, siempre me reservo un rato para ir a la piscina o la playa», asegura la autora de La señora Potter no es exactamente Santa Claus (Random House). Y tiene incluso «escritores de verano»: «Cuando me gusta un libro en verano, el siguiente quiero leer otro de ese mismo autor. Me pasa con A. M. Homes y John Carpenter, por ejemplo. Y cuando ya no hay, porque ya los he acabado todos e incluso he leídos sus novedades en inglés porque aún no han llegado a España, lo paso mal y tengo que encontrar otro autor de verano».

Su obsesión la ha llevado a viajar allí donde va con los Diarios de John Cheever. «Cuando hace años solo estaban publicados en Emecé, en Barcelona solo había una biblioteca que los tenía, la de Nou Barris, y cada verano iba a la biblioteca, los sacaba y estaban conmigo esos meses… No sé si por El nadador, aunque en ellos habla más de patinar sobre hielo, pero me gustaba tenerlos en casa y leer trazos de su vida. Y ahora que tengo la edición de Random House hago lo mismo: los tengo en la mesilla de noche, leo algunas páginas de vez en cuando y si me voy de viaje los meto en la maleta».

Volver a leer lo ya leído

Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948), en cambio, es Albert Camus el autor que le huele a verano. «En el primer libro suyo que leí, El revés y el derecho, hay una frase –‘el sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento’– que tiene que ver con el verano y que ha marcado mi vida hasta hoy. Además, tiene un libro que se titula El verano y todo en sus obras parece ocurrir en verano», explica.

El periodista y autor de Mil doscientos pasos (Alfaguara) es sobre todo de relecturas –»estaría leyendo otra vez lo que ya leí: Jorge Luis Borges, Jorge Edwards, Sergio Ramírez…», revela– y, en este momento, más de los escritores hispanoamericanos actuales que de escritores españoles: «Creo que se educaron leyendo literatura más o menos clásica; en cambio, los de aquí se han educado creyendo que ya lo leyeron todo y para hacer testimonio buscan lo más parecido a la crónica, cuando para la crónica ya está el periodismo. Para la literatura está la música y, lamentablemente, a veces no suena».

«Cuando me gusta un libro en verano, el siguiente quiero leer otro de ese mismo autor. Y cuando ya no hay, lo paso mal y tengo que encontrar otro autor de verano»

Laura Fernández

Autora de ‘La señora Potter no es exactamente Santa Claus’ (Random House)

En cambio, como cada verano Andreu Claret (Acs, Francia, 1946) no necesita cruzar el Atlántico, literariamente hablando, para ponerse en modo vacaciones. «Parte del descanso lo paso muy cerca de Francia, en la Cerdanya, y tengo un rito: además de los libros que releo porque quiero reinterpretarlos y los que leo por primera vez con el afán de conocer más a algunas voces nuevas, voy al otro lado de la frontera y compro un libro francés en francés, que no tiene por qué ser el último éxito, en una pequeña librería, aunque creo que ha cerrado y este año tendrá que ser en un súper, porque allí los súper venden de todo, también best sellers, los Goncourt… Yo soy francés de nacimiento, mi cultura es francesa, y esta tradición es un cordón umbilical que me mantiene unido a ese país. Este año toca L’énigme de la chambre 622 (en Alfaguara, en castellano), de Joël Dicker», cuenta el autor de Paris erem nosaltres (Columna / Planeta), Premi Ramon Llull 2023. 

Lo que tenga que ser será… o no 

Tampoco se siente agobiado por las novedades Juan José Millás (València, 1946). «En mi casa de vacaciones, en Asturias, tengo libros que, por lo que sea, me ha dado pereza leer en Madrid pero que juzgo interesantes, de modo que cada verano suelo descubrir uno o dos, incluso tres. Son libros que en su día no me sedujeron, pero de los que sospechaba que escondían un interés que en ese momento era incapaz de descubrir», destaca el autor de la reciente Solo humo (Alfaguara), una novela corta que pone en valor la capacidad de la lectura para salvarnos. «Soy un lector desordenado, tanto en invierno como en verano, y me voy de vacaciones con pocas intenciones», asume. «Lo que tenga que ser será». 

«De adolescente llegué a leer 80 libros en un verano. No hacía otra cosa: leer, nadar, tomar el sol y volver a leer. Era feliz. Esa es mi idea de un buen verano, que sigo persiguiendo»

Care Santos

Autora de ‘El loco de los pájaros’ (Destino)

No es esta una frase que se le pueda aplicar a Inés Martín Rodrigo (Madrid, 1983), premio Nadal 2022 con Las formas del querer (Destino) y que en junio publicó, como «un acto de responsabilidad», Una homosexualidad propia (Destino). «Soy muy estricta con mis listas de propósitos literarios», afirma. ¿También en verano? “Siempre leo todo lo que me propongo. Lo que ya sí que me permito es dejar un libro si no me gusta. Hay poco tiempo y demasiado para leer», especifica. «En verano leo mucho, pero igual que el resto del año. Y siempre leo lo que me apetece en cada momento, me da igual el género, si es que semejante cosa existe en el mundo literario, porque yo solo distingo entre novelas y libros de no ficción. La lectura, para mí, es un placer y, por lo tanto, está ligada al ocio, al disfrute, a la desconexión… a la vida».

Como comer otra vez Nocilla

Y he aquí la revelación… Los estíos de la adolescencia de Llamazares los marcaron las novelitas del Oeste de Francisco González Ledesma, alias Silver Kane, y Marcial Lafuente Estefanía: «Eran las que se vendían en el pueblo donde pasaba el verano, todos los chicos las leíamos y después las cambiábamos por una peseta». Ribas, en cambio, cuando echa la vista atrás piensa en los agostos que pasó pegada a los libros de Agatha Christie y que no se atreve a releer porque no quiere que pierdan su magia: «Sería como volver a comer Nocilla, seguro que no está tan buena como la recuerdo».

Millás aún evoca el verano en el que se topó con Fiódor Dostoyevski y Crimen y castigo: «Debía tener unos 15 años y me marcó muchísimo». Claret agradece a un profesor de Geografía que le descubriera los libros de viajes, descubrimientos y aventuras, una pasión que se acentuaba en vacaciones y que con los años le llevó «a vivir y trabajar en casi todos los continentes». Y la que aquí escribe pasó de niña muchos agostos en el pueblo acompañada de Enid Blyton.

Eso sí, tras negociar el número de volúmenes que se podían meter en el coche, un Seat 124 blanco, pues no cabía ni un alfiler más y el trayecto –más de mil kilómetros, de Barcelona a Galicia– era muy pesado. Tanto me gustaban con apenas 10 años los libros de Los cinco y Los secretos que más de una tarde, mientras los mayores dormitaban con el Tour de fondo, me escapé por la puerta de la huerta y caminé unos 300 metros, hasta las primeras casas que aparecían en el camino, en busca de aventuras. Sin duda, nunca habrá mejores vacaciones que aquellas de niña acompañada de un libro en el pueblo.

<El texto pertenece a Inma González, y fue reproducido por el diario El Periódico de Barcelona)

mi cuerpo se abría al conocimiento de mi

y de mi ser confusos y difusos

mi cuerpo vibraba y respiraba

según un canto ahora olvidado

yo no era aún la fugitiva de la música

yo sabía el lugar del tiempo

y el tiempo del lugar

en el amor yo me abría

y ritmaba los viejos gestos de la amante

heredera de la visión

de un jardín prohibido

Composición fotográfica: (Pexels – Yousefmorsi)

Texto: del poema Extracción de la piedra de locura, de Alejandra Pizarnik

Andréi Kurkov, y el oro de Serguéi Serguéich

Los anglosajones la llaman No Man’s Land; los hispanohablantes la denominan “tierra de nadie”, los eslavos, finalmente, se refieren a ella como la “zona gris”; siempre que hacen referencia a esa porción de terreno que, en caso enfrentamiento bélico, separa a las fuerzas contendientes. Inspirado en ese espacio vacuo de gente, pero lleno de desolación y muerte, también en sus castigados habitantes, y en las a veces curiosas historias que se producen, que Andréi Kurkov (San Petersburgo, 1961), ruso de nacimiento, aunque ucraniano de adopción, con las que ha construido su novela Abejas grises.

Aunque, bien es cierto que mucho antes de su libre dedicación a la literatura, el escritor había sido educado bajo los estrictos conceptos surgidos de la extinta Unión Soviética. Por lógica, pudo apreciar los métodos y los movimientos de la nomenclatura desde dentro cuando, por su manejo de idiomas, fue reclutado por el servicio de seguridad estatal, el otrora famoso KGB, siendo destinado como policía a la ciudad balneario de Odesa, sobre el mar Negro.

Mientras que su andadura en las letras comenzó con varios libros infantiles; y luego, inspirado quizás en sus experiencias en Odesa, compuso El jardinero de Ochákov, su primera novela, la que obtuvo muy buena aceptación. Por ella, se hizo merecedor del Premio Médicis Extranjero, el Premio Libro del año de la BBC, siendo nombrado, además, Caballero de la Legión de Honor de Francia. A esta ficción le siguieron luego Samsón y Nadiezhda, y un título tan extraño como Muerte con pingüino.

En Abejas grises se habla de esas tierras de nadie. Donde los combatientes parecieran moverse por el terreno a sus anchas, mientras los pocos lugareños que aún quedan se niegan a marchar, rodeados por la tristeza de sus caseríos semiabandonados, afanándose en la defensa de sus viviendas como si de un clavo ardiente se tratara. Mientras hacen votos de esperanza para que quizás, algún día, vuelvan a disfrutar un tiempo cercano a la paz. Con el deseo de que sus pueblos vuelvan a recobrar vida, para degustar el fruto de la tierra, con sus albaricoques y naranjas, sus quesos y su apreciada miel.

El escritor ucraniano reflexiona además sobre no renunciar a los sueños, aunque de manera cotidiana los pocos pobladores estén permanentemente acompañados del silbido de los obuses que, por sobre sus cabezas, se intercambian los bandos en pugna. Mientras sus habitantes intentan mantenerse con vida, sobreviviendo a situaciones que rozan lo surrealista, mientras hacen el esfuerzo de creer que la cosa no va con ellos, intentando en todo momento eludir la sospecha de ser colaboracionistas de las fuerzas enemigas.   

De Abejas grises el pasaje a continuación:

   “El soldado miró con gesto dudoso al apicultor, luego desvió la mirada a su compañero y le entregó a él su pasaporte. El otro hombre repasó el documento, buscó el sello con el permiso de residencia y se llevó un walkie-talkie a la boca.

   -Vania, comprueba si Malaia Starogradovka está en la República Popular de Donetsk- dijo al pequeño dispositivo negro con aspecto de jabonera, y luego de inmediato clavó los ojos en Serguéich-. ¿Y por qué está entrando por ORDLO?

   -Fue lo que su amigo Petro me aconsejó que hiciera, porque era más seguro.

   -Sí, es más seguro -resopló el primer soldado.

   -¿Quién es “nuestro amigo Petro”? -preguntó de pronto el segundo.

   -Es de su ejército, ucraniano. Viene a visitarme desde el otro lado del campo.

   -¿Cómo se apellida?

   -No lo sé… Pero es de Jmelnitski.

   -¿Y va a visitarlo a la zona gris él solo?

   -Sí, él solo. Además, se llevó mi móvil y me lo cargó, y me dio su número.

   El soldado, muy serio, exigió ver el móvil de Sergueich y se alejó; se llevó también el pasaporte del apicultor. El otro soldado le ordenó a Sergueich que apartase el coche a un arcén creado con bloques de hormigón para dejar paso al siguiente vehículo.

   A Sergueich se le hundió el ánimo por los suelos mientras la cabeza se le sumía en la oscuridad, y fue entonces cuando se dio cuenta de que la noche había caído. Noche cerrada. Las ventanillas de la extraña furgoneta militar brillaban con una luz amarillenta. El espacio del puesto de control estaba iluminado con los faros de los vehículos en cola, que eran innumerables: la luminosa cadena serpentina se perdía en la distancia, la misma distancia que el propio Sergueich había recorrido para llegar hasta allí.

   El apicultor se acercó a las abejas y pegó la oreja a la colmena más cercana. El zumbido sonaba cansado, desesperado. Miró nervioso en la dirección que había tomado el soldado y lo vio regresar hacia él con pasos fatigados y débiles. El hombre le devolvió el pasaporte y el teléfono.

   -Continúe. Y enseñe este papel en el próximo puesto de control.

   Sergueich se guardó el pasaporte y el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, junto con el papel, que dobló cuatro veces para que no se arrugase ni se estropease.

  -Gracias.

   Miró a su alrededor en busca del segundo soldado, para decirle adiós también a él, pero no lo encontró.

   Había coches aparcados a lo largo de todo el carril contrario, con los faros apagados. La gente deambulaba junto a ellos, hablando en voz baja; algunas personas lo hacían por teléfono. Mientras tanto, él, Sergueich, conducía con cautela por su carril, sin acelerar, dejando atrás a todos aquellos nómadas a los que la guerra había puesto en una nueva cola. Unos diez minutos más tarde, pasó junto al último coche y vio ante sí una carretera totalmente vacía, iluminada solo por los haces de luz bajos del Lada. Nadie conducía hacia él y tampoco aparecían faros en el espejo retrovisor. Sergueich puso las luces largas y sintió una emoción extraña, casi alegre. Era como si fuese muy joven y hubiese irrumpido en un espacio abierto, en la libertad, en la vida, para la que no conocía aún límites ni peligros.

   Pese a que sabía que esa emoción juvenil, casi alegre, era falsa y estaba injustificada, le sirvió de todos modos para tranquilizarse, para creer que todo iba a salir bien. Los dos ejércitos, el de la errepedé (*República Popular de Donetsk) y el ucraniano, quedaban ya tras él, así como el rugir de los bombardeos lejanos y cercanos. Dejaba atrás una guerra en la que no había tomado parte, en la que sencillamente había acabado residiendo por casualidad. Sí, había sido residente de una guerra: un destino nada envidiable, pero mucho más soportable para las personas que para las abejas. De no haber sido por ellas, Sergueich no había ido a ninguna parte; se habría apiadado (de único su vecino) Pashka y no lo habría dejado solo en el pueblo. Sin embargo, las abejas no entienden lo que es la guerra. Las abejas aún pueden pasar de la paz a la guerra y volver, como hace la gente. Hay que permitirles desarrollar su tarea principal, la única que les es posible, aquella que les asignaron la naturaleza y Dios: recolectar y diseminar polen. Por eso Sergueich tenía que irse, llevarlas allí donde hubiese tranquilidad, donde el aire se llenara poco a poco de la dulzura de las hierbas en flor, donde el coro de esas hierbas pronto estuviese respaldado por el coro de árboles de la cereza, la manzana, el albaricoque y la acacia en flor.

   En el siguiente puesto de control, lo retuvieron tres minutos, no más. Lo único que hicieron fue mirarle el pasaporte y el papel que habían emitido a su nombre. Después tuvo que parar otras dos veces, en respuesta a unas señales de advertencia por refuerzo en los controles de carretera. En esos controles también había transcurrido todo sin problemas. Y, dos horas después, los faros de su coche iluminaron un cartel grande en el lateral de la carretera: ESTÁ ENTRANDO A LA REGIÓN DE ZAPORIYIA. Estas palabras no tenían nada de particularmente alegre, no prometían cumplir ningún sueño secreto de la infancia ni nada así, pero, en cuanto ese letrero quedó atrás, a Sergueich se le inundaron los ojos de lágrimas, como si se hubiese quitado un peso enorme de encima. Miró el indicador de velocidad y volvió a pisar el acelerador. <No corras>, se dijo, y fijó los ojos cansados en la carretera desierta, que estaba bien iluminada por las luces largas y bordeada a ambos lados por albaricoqueros: acompañantes usuales de los conductores del sur de Ucrania, junto a los que, transcurridos un par de meses, cualquiera que no fuese demasiado perezoso (o no les llevara ningún otro regalo a sus hijos) pararía de camino a casa. Pararía y recogería albaricoques maduros y naranjas del suelo: uno a la boca por cada tres a una bolsa o caja…”