Literaturas africanas para resetear la mente y el corazón

Una selección de obras escritas o traducidas al castellano para conocer mejor la realidad de África

Leer literaturas provenientes de las orillas más alejadas de Occidente siempre resulta una aventura llena de obstáculos, pero que vale la pena emprender. Las grandes editoriales bombardean al lector con propuestas, en su mayoría, de autores europeos o estadounidenses, gigantes en ventas y en hacer creer que Occidente es el centro del mundo. Sin embargo, un grupo de irreductibles editoriales, pequeñas e independientes (en su mayoría), se esfuerza para ofrecer a su público voces y realidades diferentes provenientes de otros continentes. No es tarea fácil, porque los canales de distribución y publicidad están copados por grupos editoriales muy poderosos. A pesar de ello, consiguen, a través de medios alternativos, llevar sus propuestas a una limitada audiencia. Estas otras literaturas tienen la virtud de abrir la mente de los que se sumergen en las páginas de sus libros a realidades y puntos de vista diferentes. E invitan a soñar, a viajar y a conocer a seres humanos que en otras partes del mundo se enfrentan a problemas similares, con respuestas no muy diferentes a las que el lector daría.

Aquí se presentan nueve novelas de escritores nacidos en África y ocho ensayos que ayudan a conocer mejor algunos países o problemáticas de este inabarcable continente. Una oportunidad para abrir la mente y el corazón y dejarse interpelar por los cientos de voces que llegan de mucho más allá de las fronteras que encorsetan la cultura dominante.

Novelas

La vida secreta de las esposas de Baba Segi, de Lola Shonevin (Libros de las Malas Compañías, 2022. Traducción del inglés de Federico Vivanco). En esta novela, la escritora y promotora cultural nigeriana presenta un alegato contra el patriarcado y el machismo a través de la vida de una familia polígama. Con mucha ironía y detalle, describe el día a día de las cuatro esposas de Baba Segi y sus hijos. Al mismo tiempo, reivindica la educación de las mujeres como única vía de escape del destino al que la sociedad y la tradición las somete.

Nuestro abismo encantado, de Yamen Manai (Txalaparta, 2023; traducido del francés por Sandra Buenaventura). Un chico de 15 años, víctima de la violencia familiar y social, y su perro sirven de pretexto al autor para profundizar en el Túnez actual. Un país atravesado por la violencia estructural, la jerarquía y la corrupción, donde los jóvenes se hacinan en los barrios. Las autoridades piden sacrificar al animal, para que la rabia no se extienda y, en el fondo, para que la insatisfacción de la juventud no se vuelva contra ellas.

¿Qué mató al joven Abdoulaye Cissé?, de Donato Ndongo (Ediciones Sequitur, 2023). Tras algunos años de silencio llega una nueva novela del escritor ecuatoguineano, cuyo legado está custodiado en la Caja de las Letras del Instituto cervantes. En esta novela, Ndongo vuele a tratar el tema de la migración y el racismo en España. Un joven maliense que llega huyendo de la crisis de su país con la intención de continuar sus estudios ve imposible cumplir su sueño. Entonces decide regresar, pero para ello necesita cualquier trabajo que le permita conseguir algo de dinero. Mientras camina por el centro de Madrid rumbo a una agencia de empleo colapsa. ¿Qué le mató?

Los Maquis, de Hemley Boum (Baile del Sol / Casa África, 2022. Traducción del francés de Pilar Altinier). Una novela histórica que relata la implicación del pueblo bassa en la lucha por la independencia de Camerún. Y los esfuerzos de los colonos para seguir controlando el país a través de gobiernos marionetas. Varios personajes, algunos reales y otros ficticios, dan pie a una trama, llena de intrigas, sacrificios, amor y con tintes de culebrón, que cuestiona la historia oficial, tanto la de los colonizadores como la de los dirigentes que asumen el poder tras la marcha de aquellos.

Neighbours, de Lília Momplé (Libros de las Malas Compañía, 2022. Traducción del portugués de Alejandro de los Santos Pérez). El título de esta obra puede llevar a la confusión de que esté escrita en inglés, pero no es así, cuenta con una excelente traducción al castellano. Momplé relata una larga noche de mayo a través de la vida de cuatro mujeres en un barrio de Maputo y unos asesinos llegados de fuera. Como trasfondo, la Guerra Fría, el apartheid y las sucias tretas para que los países africanos recientemente independizados no puedan seguir su propio camino. Una historia basada en hechos reales con tintes de novela negra que mantiene la tensión hasta el último momento.

La promesa, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2022. Traducción del inglés de Celia Filipetto). El autor sudafricano nunca decepciona. Tampoco en esta novela, en la que a través de cuatro funerales, cuenta la historia de una familia blanca, los Swart, que vive a las afueras de Pretoria. Por medio una promesa hecha a la sirvienta negra. La narración, como si de una cámara de cine se tratase, va voz a los distintos miembros de la saga, mientras desenvuelve los acontecimientos de la historia reciente de Sudáfrica.

Miradnos Bailar, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire 2023. Traducción del francés de Malika Embarek López). Amín está orgulloso de haberse convertido, después de mucho esfuerzo, en un miembro de la nueva burguesía marroquí. Su mujer Mathilde, en cambio, piensa que ha perdido los mejores años de su vida durante la guerra y luego cuidando de la casa y de los hijos. Esta es la excusa que utiliza Slimani para bucear en los primeros años de un Marruecos independiente que busca su propia identidad moviéndose entre la tradición y el espejismo de la modernidad occidental.

El invierno de los jilgueros, de Mohamed El Morabet (Galaxia Gutenberg, 2022). La mirada de un niño inocente que solo conoce Alhucemas describe la cotidianidad de su ciudad y la vida de sus gentes. Más tarde se traslada a Tetuán para estudiar y allí encuentra a Olga. Es la otra mirada del libro, la de la mujer que deja atrás Madrid y quiere crear un nuevo hogar en el norte de África. Dos formas de mirar y entender el mundo que se entrecruzan. Una novela llena de sensaciones, olores y colores.

La huella del zorro, de Moussa Konaté (Libros de las Malas Compañías, 2023. Traducción del francés de Alejandro de los Santos Pérez). Novela negra en su máxima expresión. El comisario Habib y su ayudante Sosso deben dejar las comodidades de Bamako y trasladarse al país dogón, donde han aparecido una serie de cadáveres. Los dogones son conocidos por vivir al margen del Estado y por la fuerza de su magia. En el trasfondo, la eterna cuestión de cómo integrar tradición y modernidad.

Ensayos

La luna está en Duala y mi destino en el conocimiento, de Sani Ladan (Plaza y Janés, 2023). Un libro que no se detiene en el proceso migratorio del joven camerunés que deja su ciudad natal y su familia para poder estudiar. Si no que se adentra en el crecimiento personal y espiritual del autor. Y que describe la toma de conciencia que le ha llevado a ser uno de los principales líderes de la lucha antirracista y de defensa de las personas migrantes en España.

No me toques el pelo. Origen e historia del cabello afro, de Emma Dabiri (Capitán Swing, 2023. Traducción del inglés de Esther Cruz Sataella). El pelo negro nunca es solo pelo. La autora explora cómo el cabello afro puede ser considerado un modelo de descolonización. Un recorrido desde el África precolonial hasta nuestros días, pasando por los distintos movimientos que han reivindicado el poder negro.

Al sur de Tánger. Un viaje a las culturas de Marruecos, de Gonzalo Fernández Parrilla (La Línea del Horizonte, 2022). Los españoles solo son capaces de ver Marruecos a través de los tópicos y los prejuicios alimentados durante generaciones. Pero Fernández Parrilla muestra la riqueza cultural y social del reino alauita. Este libro se debate ente el ensayo, la memoria y la ficción, para ofrecer al lector numerosos puntos de vista que le ayuden a investigar y conocer mejor al país vecino.

Estaciones, de Tarek Eltayed (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2022). Una autobiografía muy original que sumerge al lector en El Cairo de la infancia y juventud del autor: sus barrios, sus gentes, sus sueños, y el descubrimiento de la lectura. Y luego, en el exilio, el valor de esta para no perder las propias raíces.

Los últimos días del África salvaje, de Amador Guallar (Editorial Diëresis, 2023). La vida salvaje de África desaparece a pasos agigantados debido a la acción humana y el cambio climático. Guallar, periodista, fotógrafo y escritor, recorre los rincones más recónditos del continente para contar desde el terreno qué está pasando con los animales en peligro de extinción.

Los grupos armados del Sahel, de Beatriz Mesa (Catarata / Casa África, 2022). Es posible analizar un tema tan complejo y hacerlo interesante para el lector. En esta obra, Mesa profundiza en lo que sucede en el Sahel y cómo los grupos armados que allí operan no se mueven tanto por ideología política o religiosa, sino por el afán de controlar la economía criminal (tráfico de drogas, personas, contrabando…). El dinero sigue moviendo el mundo.

Historia de Etiopía, de Mario Lozano Alonso (Catarata / Casa África, 2022). Siglos de historia resumidos brillantemente en pocas páginas. Una obra llena de sorpresas que acerca al lector a un país muy desconocido y que desarticulas muchos de los mitos que se tiene sobre las naciones africanas.

Historia de Somalia, de Pablo Arconada Ledesma (Catarata / Casa África, 2023). De Somalia solo sabemos que lleva años de guerra. Pero este país tiene una rica historia. Arconada la recorre desde la prehistoria hasta la actualidad y da las claves para entender por qué se ha llegado al actual conflicto.

<El texto y sus sugerencias pertenecen a Chema Caballero, fueron reproducidas en las páginas de Planeta Futuro del diario El País de España>

«Pienso en el desarrollo creativo no como una línea, sino como una espiral. Por lo que estoy condenada a dar vueltas alrededor de mis ideas con la intención de llegar a un nuevo lugar, aunque en realidad no salgo de mi pequeño patio trasero» ( Catherine Lacey )

Rodolfo Walsh, consecuente con sus ideales y con su literatura

Para algunos, Walsh (Choele-Choel, Río Negro, Argentina 1927 – 1977 Buenos Aires, Argentina) fue un ejemplo de profesionalidad, cuando supo conjugar teoría y práctica literaria. Para otros, fue un maestro de aquello que con posterioridad se denominaría como el Nuevo Periodismo, en el que ficción y realidad se acompañan con un objetivo común: enriquecer a la trama. Finalmente para muchos -equivocado o no-, un personaje consecuente con sus ideas hasta la misma muerte.

Oriundo de una familia irlandesa, una parte de sus primeros estudios los realizó en un internado de una congregación religiosa que atendía a hijos faltos de recursos de esa ascendencia. Experiencia dura y poco gratificante que le aportó al escritor elementos que años después darían letra a muchos de sus relatos. Pero antes y desde temprana edad volcó sus esfuerzos hacia el periodismo, colaborando con distintos medios y publicando sus escritos cuando se daban las circunstancias. En un principio fueron cuentos policiales, género que le apasionaba, textos como Diez cuentos policiales o Variaciones en rojo, dan prueba de ello. Luego, con los años, sus ideas fueron girando en lo político, hecho que también se reflejó en una variación en cuanto a género literario.

Así, los primeros gobiernos constitucionales de Juan Perón como presidente, lo encontraron en la vereda opuesta. Una vez derrocado este por un golpe en el que los militares sofocaron a sangre y fuego a los leales al general que querían retomar el poder, donde pudo vivir en primera persona los bombardeos y los posteriores asesinatos revanchistas. Hechos que alimentaron la idea de lo que con el tiempo daría título a uno de sus trabajos más reconocidos: Operación masacre.  

Con posterioridad, viajó como corresponsal a Centroamérica, allí pudo apreciar la realidad cubana de cerca, en los que fueron los primeros años de la Revolución Castrista. Además de palpar los preparativos de la fuerza armada contrarrevolucionaria que se adiestraba para su desembarco en playa Girón, la que luego se rebautizaría popularmente como Bahía Cochinos. Para después, junto con otros periodistas de distintos medios que cubrían estos acontecimientos, entre los que se encontraba Gabriel García Márquez, llegar a fundar la agencia Prensa Latina, aunque su experiencia allí sería bastante efímera.

De regreso en Argentina, la investigación de la muerte del dirigente sindical Rosendo García, le dio fundamentos para escribir Quién mató a Rosendo. Poco después, un nuevo posicionamiento personal, le hizo acercarse a las agrupaciones de base del peronismo, integrándose en una de las organizaciones político-militares que en momentos de máxima beligerancia se oponían al gobierno de turno. Aunque por un corto lapso de tiempo, ya que siendo consecuente con sus ideas y en contra de la posición dogmática de sus dirigentes, le hacen decidir su alejamiento.

Es el momento en que los militares, que ya venían actuando en todo el país por orden del gobierno constitucional peronista, dan un nuevo golpe de estado. Y con ello redoblan la apuesta de control en contra de toda institución sospechada de sostener ideas opuestas. Ante esa circunstancia, con la posibilidad de salir del país, Walsh decide permanecer para lanzar su Carta de un escritor a la Junta militar. Días después, es herido de muerte en plena calle por un grupo que le quería secuestrar para callarle para siempre.

Como suele suceder, más allá de las posiciones del hombre, permanecen sus escritos. En la actualidad, a años de aquellos hechos, son varios institutos de educación que llevan su nombre, mientras que su estilo y su obra se analiza y estudia tanto en escuelas de escritura como en universidades de comunicación. Para apreciar en parte su calidad literaria, el siguiente texto de la serie de relatos Irlandeses, y de esta el relato Irlandeses detrás de un gato:

“El chico que más tarde llamaron Gato apareció sin anuncio ni presentaciones contra la pared norte del patio, durante el último recreo anterior a la cena. Nadie sabía desde cuándo estaba acurrucado junto a la ventana de la galería que comunicaba los claustros. En realidad, allí no tenía nada que hacer, porque era a fines de abril y las clases habían estado funcionando un mes entero, devorando la última luz del fastidioso otoño interrumpido por largos y aburridos períodos de lluvia. Estaba oscureciendo y el patio era muy grande, consumía el corazón mismo del enorme edificio erigido en los años diez por piadosas damas irlandesas. La penumbra, pues, y el vasto espacio que ni siquiera ciento treinta pupilos entregados a sus juegos podrían empequeñecer, explican que nadie lo viera antes. Eso, y la propia naturaleza oculta del recién venido, que lo impulsaba a permanecer distante y camuflado, con su cara gris y su guardapolvo gris contra el borrón de la pared más alejada del comedor hacia el que, insensiblemente, habían ido deslizándose durante los últimos veinte minutos las bolitas, la arrimadita y la payana.

   El chico parecía enfermo, su rostro era como un limón inmaduro espolvoreado de ceniza. Aún no había cumplido los doce años, era muy flaco y los primeros que se le acercaron vieron que los ojos le brillaban febrilmente. Tenía una manera de moverse extraña e inhumana, hecha de bruscos arranques y fogonazos de pasión, o lo que fuera, mezclados con el más sutil escurrimiento, alejamiento, de un cuerpo sinuoso y evasivo. Era alto, y sin embargo podía parecer mucho más pequeño gracias a un solo movimiento, en apariencia, de la cintura y de los hombros, como si no tuviera huesos a pesar de su flacura. Todo esto resultaba inquietante y ofensivo.

   Este chico al que más tarde llamaron el Gato y que en pocas horas más iba a revelar una porción tan inesperada de su naturaleza gatuna, había viajado la mayor parte del día, y toda la noche anterior, y el día anterior, porque vivía lejos, con una madre que iba envejeciendo, con la que estaban rotos los puentes de cariño y que al traerlo lo paría por segunda vez, cortaba un ombligo incruento y seco como una rama, y se lo sacaba de encima para siempre. Es cierto que en último minuto, cuando lo dejó en la rectoría con el padre Fagan, consiguió derramar unas lágrimas y besarlo tiernamente, pero el chico no se engañó con eso, porque él mismo lloró un poco y la besó, y sabía perfectamente que tales gestos no importan mucho fuera del momento o el lugar que los provocan o estimulan.

   Lo que predominaba en la mente del chico era una perseguidora memoria de caminos embarrados bajo una amarilla luz de miel, de pequeñas casas que se desvanecían y de hileras de árboles que parecían las paredes de ciudades bombardeadas; porque todo eso había pasado continuamente ante sus ojos durante el largo viaje en tren y se había sumergido de tal modo en su espíritu que aún de noche, mientras dormía a los sacudones sobre el banco de madera del vagón de segunda, había soñado con esa combinación simplísima de elementos, ese paupérrimo y monótono paisaje en que sintió disolverse a un mismo tiempo todas sus ideas y sueños de distancia, de cosas raras y desconocidas y gente fascinante. Su desilusión en esto tenía ahora el tamaño de la infatigable llanura, y eso era más de lo que se atrevía a abrazar con el solo pensamiento.

   Exigencias más urgentes vinieron luego a rescatarlo. El padre Fagan lo transfirió al padre Gormally, y el padre Gormally lo llevó al borde del patio enmurado, inmerso, hondo como un pozo, rodeados en sus cuatro costados por las inmensas paredes que allá arriba cortaban una chapa metálica de cielo oscureciente -esas paredes terribles, trepadoras y vertiginosas- y le mostró los ciento treinta irlandeses que jugaban, y cuando volvió a mirar las paredes verticales, él que no había visto otra cosa que la llanura con sus acurrucadas rancherías, una sensación de total angustia, terror y soledad lo poseyó. Fue solo una erupción de puro sentimiento, que le puso de punta cada pelo de la piel; algo parecido a lo que siente la piel de un caballo cuando huele un tigre en el horizonte. Tal vez comprendió que estaba a punto de conocer a la gente de su raza, a la que su padre no pertenecía, y de la que su madre no era más que una hebra descartada. Les temía intensamente, como se temía a sí mismo, a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces solo se manifestaban en formas fugitivas, como sus sueños o sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre.

   A primera vista, sin embargo, parecían completamente inofensivos eso chicos campesinos, pecosos, pelirrojos, de uñas y dientes sucios, bolsillos abultados de bolitas, medias marrones colgando flojamente bajo las rodillas, con sus amarillos botines Patria de punteras gastadas por la costumbre de patear piedras, latas y pelotas de fútbol, plantas, raíces de árboles y hasta sus propias sombras; piernas fuertes y macizas bien calzadas en eso pesados botines trituradores, cazadores, que uno (él) veía instintivamente apuntados a sus tobillos, o a la parte blanda de la rodilla, donde el agua se junta y se hincha durante semanas.

   Lo cierto es que ahí estaba ahora, el Gato acorralado contra una ventana, y por supuesto lo primero que dijo Mulligan, que parecía mandar el grupo, cuando lo vio allí acurrucado, como listo para saltar, y no queriendo saltar sin embargo, no queriendo pelear, ni siquiera hablar, lo primero que se dijo, tal vez en su idioma, tal vez en el idioma de la madre que él oscuramente comprendía, dijo Mulligan:

   -Eh, parece un gato.

Y cuando hubo obtenido la razonable cuota de reconocimiento y de risa, y el sobrenombre quedó pegado para siempre al chico que desde entonces llamaron el Gato, inciso en su corazón o en lo que fuera receptivo al castigo y a la burla, en cualquier cosa que se abriera como un tajo para recibir el cuchillo (porque la herida está allí antes que el cuchillo esté allí, la parte blanda antes que la parte dura, la carne antes que la hoja), cuando estuvo así marcado y al fin sabiendo lo que era, alguien, que podía ser Carmody, Delaney o Murtagh, dijo:

   -¿Cómo te llamás?, pibe.

Planteando el terreno, firme para ellos y para el desconocido, porque pudo sospechar que una pregunta tan sencilla tenía un sentido oculto, y por tanto no era en absoluto una pregunta sencilla, sino una pregunta muy vital que lo cuestionaba entero y que debía meditar antes de responder, antes de seguir, como siguió, un curso oblicuo y propiciatorio, antes de decir:

   -O’ Hara-, como dijo.

 Pero el nombre ofrecido no quiso hundirse, simplemente flotó como una manzana descartada o una papa podrida flotan en el río. Se lo tiraron de vuelta, chorreando desprecio y exasperación:

   -Ese no. Tu verdadero nombre, como si fuera trasparente para ellos. Entonces dijo:

   -Burgnicourt.

Que era, ese sí, el nombre de su padre, al que nunca amó y ni siquiera conoció bien, un hombre perdido para siempre en las arenas movedizas del agrio recuerdo y la invectiva, su memoria pisoteada por los hombres que siguieron, un fantasma apenado que tal vez espiaba por los agujeros de la ácida memoria a la mujer que fue su esposa y después, sin explicación, se volvió la puta del pueblo, pero una puta piadosa, una verdadera puta católica que llevaba al cuello una cadena de oro con una medalla de la Virgen María…”    

Para mi corazón basta tu pecho,

Para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido en tu alma.

Crédito fotografía: Jonathan Borba

Texto: verso del poema número 12 del poemario Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda