«Claro que se puede hacer buena literatura partiendo del subdesarrollo, pero el subdesarrollo solo es bello en literatura. Ya que hablamos de sociedades injustas en las que hay una minoría que goza de todos los privilegios, y grandes mayorías que carecen de lo mínimo para salir de la condición en que se encuentran» (Mario Vargas Llosa)
Mes: diciembre 2024
Joan Didion, la magia se renueva
Era marzo del 2018 y hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era quizás su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo el peso de los años y la abulia.
Aunque más allá del texto en cuestión, la autora cuenta con una larga lista de escritos que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse en su momento bajo un pasado periodístico alimentado con historias surgidas de la crónica periodística. Que en el caso de la californiana fueron estructuradas en otras tantas obras de ficción: relatos cortos, novelas, e incluso en guiones cinematográficos.
Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los pasados tiempos pandémicos con las dudas que se esparcieron en el mercado literario, que muchas editoriales decidieron apostar por aquello bueno y ya conocido. Resurgieron así nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otros autores, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, en esta oportunidad, mucho más allá de los países de origen.
Y si en el caso de la mencionada Según…, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para ponerle a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en una crónica de la desaparición del ser querido, crónica que se extiende también por los vertiginosos movimientos de una sociedad que muta a la par de los personajes.
El escrito en parte se transforma en una autobiografía, con pasajes que bien podrían aproximarse a un ensayo, convirtiendo a esta amalgama de estilos en una atractiva ficción. Obra que muchos de los lectores de la autora norteamericana ubican en un plano incluso superior a la obra mencionada en un primer término.
De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:
“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.
Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.
En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.
Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.
Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.
Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.
Se reveló otro torbellino.
La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.
John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.
Y aun así…
Cada noche me esperaba para cenar conmigo.
Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.
Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.
La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”
«<Dirán que en esto influye la belleza, la forma artística>, pensaba. <Bueno, sea. Pero eso no es consuelo. De todos modos, éste no es un procedimiento legítimo. ¿Por qué la moral y la verdad deben tomarse, no en crudo, sino mezcladas con algo, doradas y azucaradas como las píldoras? Eso es anormal. Es una falsificación, un engaño, un escamoteo.>»
Pasaje del relato En casa del escritor ruso Antón Chéjov
Imagen de la escultura Modestia o La verdad velada de Antonio Corradini


