«No es cuestión que uno quiera o no estar comprometido. Se está comprometido por el solo hecho de estar vivo, de estar consciente . El primero de todos los compromisos es con la existencia, los demás son accidentes» (Eugène Ionesco)

Crédito de imagen: Tima Miroshnichenko

Virginia Feito, y La señora March

Formada en Literatura Inglesa y con estudios complementarios en Teatro y Arte Dramático, la escritora española (Madrid, 1988) ha hecho su estreno en el candelero literario con una novela. Ficción que se sitúa dentro del drama contemporáneo y al que la autora agrega sabios elementos de thriller, una fórmula que le permite obtener provechosos dividendos a su texto. Por el que la escritora se ha llevado más de un elogio, a punto que la han llegado a calificar como digno émulo de la estadounidense Patricia Highsmith.

Tal vez como producto de su residencia en la neblinosa Londres, ha hecho que el original de La señora March haya sido escrito en inglés. Este hecho, según la novelista, le permite una escritura más abigarrada que el español, idioma con el que, aclara, no tiene fobia alguna. Sea como fuere, la aceptación de los lectores ha provocado que en la actualidad se haya traducido en otras tantas lenguas.

Lo concreto es que, a través de la insegura y ansiosa señora March, la madrileña ha logrado una historia que cuando menos se la puede calificar de peculiar; donde la delgada línea entre realidad y ficción se diluye más que nunca. En ella hasta los espejos, que autores como Borges utilizaban como aquello que su avanzada ceguera no le permitía apreciar, pero que en el caso de la protagonista central se reproducen a todo lo largo de la narración, aunque ella, con su baja estima, se niegue a verse reflejada de manera recurrente en ellos. 

La irrupción en las lides narrativas de Virginia Feito no pudo haber sido más apreciada. Más aún cuando pese al relativo tiempo transcurrido, se habla de la venta de los derechos para hacer una adaptación cinematográfica de la novela; de hecho, la propia escritora ha sido tentada para que se involucre en el guion final para la realización de la película. No se sabe si aceptará la proposición, por lo pronto, ya se anuncia la salida de su segunda ficción literaria.

De La señora March el pasaje siguiente:  

   “-¡Aquí llega la mujer más elegante del barrio! –dijo Patricia al ver acercarse a la señora March, que le sonrió y se dio la vuelta para comprobar si alguien lo había oído-. ¿Lo de siempre, tesoro?

   -Sí, pan de aceitunas negras y… Bueno, sí –dijo-: hoy también me llevaré dos cajas de ´macarrons`, por favor. De las grandes.

   Patricia rebuscó detrás del mostrador, agitando su gran mata de rizos de un lado a otro mientras completaba el pedido. La señora March sacó la cartera y sin dejar de sonreír, complacida por el halago de Patricia, y acarició con la yema de los dedos las protuberancias de la piel de avestruz.

   -Estoy leyendo el libro de su marido –dijo Patricia; estaba agachada detrás del mostrador y se había perdido momentáneamente de vista-. Me lo compré hace dos días y casi lo he terminado. No puedo parar. Me encanta. ¡Es buenísimo!

   La señora March se acercó un poco más y se apoyó en el expositor de cristal lleno de magdalenas de todo tipo y tartas de queso, esforzándose para oírla a pesar del bullicio.

   -Oh –dijo; esa conversación la había pillado desprevenida-. Ay, me alegro de saberlo. Seguro que George también se alegra de saberlo.

   Anoche se lo estuve contando a mi hermana: conozco a la mujer del autor, le dije, ¡qué orgullosa debe de estar!

   -Ah, bueno, sí, aunque como ya ha escrito muchos libros…

   -Pero es la primera vez que se inspira en usted para crear un personaje, ¿no?

   La señora March, que seguía hurgando en la cartera, sintió un repentino entumecimiento. Se le puso la cara rígida al mismo tiempo que se le descuajaban las tripas, hasta tal punto que temió que se le escapara algo. Patricia, ajena a todo eso, dejó el pedido encima del mostrador y preparó la cuenta.

   -Pues… -dijo la señora March, que sentía un débil dolor en el pecho-. ¿A qué se refiere?

   -A la… protagonista. –Patricia sonrió.

   La señora March parpadeó y se quedó boquiabierta, incapaz de contestar. Sus pensamientos se adherían al interior de su cráneo pese a la fuerza con que tiraba de ellos, como si hubiesen quedado atrapados en alquitrán.

   Patricia frunció el seño ante aquel silencio.

   -Quizá me equivoque, por supuesto, pero… Se parecen las dos tanto que pensaba… Bueno, no sé, yo cuando leo me la imagino a usted.

   -Pero ¿la protagonista no es…? –La señora March se inclinó hacia adelante y, con un hilo de voz, dijo-. ¿No es una prostituta?

   Patricia soltó una sonora y afable carcajada.

   -¿Una prostituta con la que nadie quiere acostarse? –añadió la señora March.

   -Bueno, sí, pero eso es parte de su encanto. –Cuando vio el semblante de la señora March, a Patricia se le borró la sonrisa de los labios-. Bueno –continuó-, no es eso, es más bien… cómo dice las cosas, incluso sus gestos, o su forma de vestir, ¿no?

   La señora March se miró el largo abrigo de pieles, los tobillos enfundados en medias y los lustrados mocasines con borlas, y luego volvió a mirar a Patricia.

   -Pero es una mujer horrible –dijo-. Es fea y estúpida. Es todo lo que yo nunca querría ser.

   Expresó aquel desmentido con ímpetu un tanto excesivo, y la rechoncha cara de la pastelera amasó un gesto de sorpresa.

   -Ah, bueno, yo creía que… -Arrugó la frente y negó con la cabeza, y la señora March la despreció por su expresión de desconcierto, que le pareció propia de un imbécil-. Entonces seguro que estoy equivocada. No me haga caso, en realidad leo poquísimo, ¡qué voy a saber yo! –Compuso una alegre sonrisa, como si eso lo arreglara todo-. ¿Nada más tesoro?

   La señora March tragó saliva, asqueada, y miró las bolsas de papel marrón que había encima del mostrador y que contenían su pan de aceitunas, las magdalenas de su desayuno y los macarons que había pedido para la fiesta que iba a dar en su casa el día siguiente: una reunión íntima y refinada para celebrar la publicación del último libro de George en compañía de sus amigos más cercanos (o al menos, los más importantes). Se apartó del mostrador furtivamente, cabizbaja y mirando los guantes que sujetaba en sus feas manos, y se sorprendió al descubrir que había vuelto a quitárselos.

   -Esto…, creo que se me ha olvidado una cosa –dijo, y retrocedió unos pasos.

   Lo que hasta ese momento había sido un ruido de fondo intenso pero inofensivo parecía haberse reducido a una serie de susurros conspirativos. Se dio la vuelta para identificar a los culpables. En una de las mesas, una mujer que sonreía quedó mirándola.

   -Lo siento, tengo que ir a ver si…

   La señora March dejó las bolsas abandonadas en el mostrador y se dirigió a la salida, cruzando varias veces la serpenteante cola; los murmullos de la gente resonaban en sus oídos, notaba su aliento cálido y de olor mantecoso en la piel, sus cuerpos casi se apretaban contra ella. Haciendo un esfuerzo desesperado, se impulsó hacia la puerta y salió a la calle, donde el aire frío le envolvió los pulmones y le impidió respirar. Se sujetó a un árbol cercano. Cuando la campanilla de la puerta tintineó detrás de ella, la señora March se apresuró a cruzar la calle, y no quiso volverse por si era Patricia quien había salido de la tienda. No quiso volverse por si no lo era…”   

«Un zumbido de moscas anestesia la aldea.

El sol unta con fósforo el frente de las casas,

y en el cauce reseco de las calles que sueñan

deambula un blanco espectro vestido de caballo…»

Crédito de imagen: Nese Mitchell

Texto: versos del poema Siesta de Oliverio Girondo

Literatura con censura mata la cultura

Son tiempos de reclamos para la industria editorial. Por un lado y según la opinión de ciertos lectores, la ficción actual tiene cada vez menos de ficción. En segundo lugar, la irrupción de la Inteligencia Artificial que, no sincerando su uso, impone cuestiones que rozan con lo ético. Finalmente, la denominada «cultura de la cancelación», que modifica textos ya publicados con el «objetivo» de no herir ciertas sensibilidades con algunos términos. El artículo a continuación fija opinión respecto a esto último que, de acuerdo a su autor, alcanzaría mucho más allá de remplazar un léxico por otro

(Crédito de imagen: Steve Buissinne)

En el mundo editorial -allá lejos, en ese “mundo ancho y ajeno”-, se instaló una polémica debido a que las editoriales han comenzado a publicar ediciones corregidas, eliminando cualquier tipo de lenguaje que pudiera resultar ofensivo a la hipersensibilidad del lector contemporáneo. En principio, podría pensarse que las razones son correctas -políticamente correctas-, pero lo que está claro es que estos intentos son una censura flagrante que va más allá de eliminar o reemplazar palabras, porque incluso están cambiando las ideas originales que escribió el autor, en aras de “no herir sensibilidades”.

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ironizaba en un artículo que “en nuestro tiempo entontecido se ha impuesto la idea de que las sensibilidades personales son la vara con la cual se mide todo: de que la misión última de todos los creadores en todas las disciplinas es, sencillamente, cuidarse de ofender a alguien”. La censura más insidiosa es la autocensura.

En este manoseo -maquillaje, ajuste, corrección o censura- de textos ajenos corremos el riesgo de perdernos la mirada de los creadores de ese mundo de antes, de cómo se veían y se nombraban las cosas, las personas y las situaciones en otras épocas. Reproducir historias y ficciones expurgadas, ideales, inocuas, asépticas, desinfectadas es mentirnos y reflejar, en especial para los niños, un mundo perfecto que no existe y no prepararlos para lidiar y defenderse de sus reales imperfecciones.

Con la premisa de la estúpida “corrección política” se puede destruir toda creación intelectual y artística del pasado. Además, se desaprovecharía la acumulación y diversidad de riqueza cultural de las diferentes civilizaciones, con sus luces y sus sombras. Hay un claro intento de imponer una narrativa ideológica, supuestamente progresista, contraria a la verdad histórica y ética literaria.

Esta perversa amenaza inquisidora y de “corrección moral” está presente también en los textos legales de los países. ¿Acaso no está claro el nuevo vocabulario que se ha insertado e impuesto en las actuales constituciones políticas de los populismos, circunstancialmente, en el poder?

La buena literatura infantil debe tener algo transgresor, subversivo y no necesariamente pedagógico, para que los niños sientan que entran en un terreno de plena soberanía. En un tuit, la renombrada escritora española Irene Vallejo instó a no subestimar la capacidad interpretativa de los pequeños lectores: “…nunca olvidemos que los niños son un público exigente, inteligente, gamberro, irónico, capaz, agudo, rebelde y perspicaz. Saben distinguir quién les habla en horizontal, de tú a tú, con irreverencia y con gracia, y quién cuenta las historias desde su atalaya de adulto condescendiente. Creedme. Lo saben desde la primera palabra”.

La literatura es indispensable e insustituible. Cualquier cosa que se diga o escriba puede resultar dolorosa, ofensiva o hiriente para alguien, porque así es la vida. A través de ella podemos recrear y vivir realidades y situaciones peligrosas y hostiles, sin sufrir realmente esas amenazas. La vida vicaria de una ficción es la única manera que tenemos de entender ciertas experiencias, sin necesidad de tenerlas.

La idea de que la literatura -el cine, la TV, el arte en general- no deba ofender a nadie solo puede llevar a una catástrofe: una literatura inofensiva, sosa, insípida, caima.

<El texto le pertenece a Alfonso Cortez, fue reproducido en las páginas del diario El Deber de Bolivia>