«El humor no nos salvará, pero sí nos ayudará a no perder la inteligencia ni la esperanza. Es profundamente curativo y lo facilita todo» (Elvira Lindo)
Composición de imagen: Anete Lusina
Como si de un maná se tratase, el escritor sudamericano ha creado una obra variada y difícil de clasificar, en la cual caben todos los géneros y los no-géneros también
Cuando se aprecia con detenimiento la obra del argentino (1949, Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires) lo menos que se puede es catalogarla de variada y prolífica. En ella se incluye géneros como la novela, el relato corto, la nouvelle, el ensayo, y hasta obras teatrales, además una larga lista de traducciones de obras en francés (Antoine de Saint Exupéry), en inglés (Stephen King, Raymond Chandler), e incluso en alemán (Franz Kafka).
Es evidente que dada su aceptación, a lo largo de los años toda esta fertilidad creativa ha generado distintos reconocimientos. En principio, el autor ha sido beneficiario de una Beca Guggenheim, luego ha recibido los premios Roger Caillois y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, además del Premio Formentor de las Letras, y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el gobierno francés.
En cuanto a su obra, muchos de sus textos estarían dentro de una definición cercana a lo inclasificable, generando para el bonaerense un halo de iconoclasta sobre lo establecido, ya que es usual que en sus obras utilice una conjunción de géneros y estilos en los que es frecuente que eche mano de muchos elementos de ciencia ficción, los que reflejan la licencia con que la que construye sus tramas. Situándolas en un sendero entre el cuento, la novela, y hasta la crónica de sucesos; permitiéndose muchas veces la libertad de dejar un final abierto e inconcluso.
Sería extenso enumerar por completo sus obras, aunque por nombrar algunas, dentro del ensayo encontramos su trabajo sobre los escritores connacionales Alejandra Pizarnik y Copi; luego el Diccionario de Autores Latinoamericanos, y también Evasión y otros ensayos. Dentro de la novela y el relato, destacan títulos como La Prueba, Como me hice monja, o El cerebro musical y también sus Relatos reunidos.
Para apreciar en parte su técnica literaria, el texto del relato Sin testigos, incluido dentro de la selección de El cerebro musical, donde se puede apreciar las características mencionadas con anterioridad y con las que ha logrado el aval de sus lectores:
«Las circunstancias me habían reducido a la mendicidad callejera. Como el pedido directo no rendía, tuve que recurrir a la estafa, al engaño, siempre en pequeña escala, por ejemplo, hacerme pasar por paralítico, ciego, enfermo de alguna terrible enfermedad. No era nada agradable hacerlo. Una vez se me ocurrió que podía hacer algo más ingenioso, más fino, que aunque sirviera para una sola vez y no me diera gran cosa, al menos me dejaría la satisfacción de haber hecho algo pensado, casi artístico según lo veía yo. Necesitaba que algún incauto cayera, y preferiblemente que cayera en un sitio donde no hubiera testigos. Caminé un poco, sobre mis pies doloridos (de verdad) por las callejuelas que tan familiares me eran, ya que vivía y dormía de ellas, hasta encontrar un rincón por el que estaba seguro que no pasaría nadie. Ahí me tiré, al lado de un gran cubo de basura, a esperar a mi presa. Quedé recostado en la pared, a medias oculto por el tubo, en las manos la caja chata que había encontrado tirada y había recogido: era la que me había dado la idea de hacer el truco que me reportaría algún dinero. Debo aclarar que todavía no sabía qué truco sería ése. Lo improvisaría a último momento. De pronto se hizo de noche. Ese rincón estaba muy oscuro, pero acostumbrado como estaba yo a lugares tenebrosos, veía bastante bien. Y tal como lo había previsto, por ahí no pasaba nadie. Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme que no caería nadie. Debo de haberme dormido y vuelto a despertar, varias veces. Se había hecho un gran silencio. Sería la medianoche, calculo, cuando oí pasos: venía alguien. No me moví. Era un hombre, fue todo lo que pude decir; no había iluminación suficiente para los detalles. Y antes de que yo pudiera ponerme en movimiento, o llamarlo o chistarlo, vi que se dirigía al cubo y se ponía a hurgar. Era un mendigo, un buscavidas, como yo. Mal podía hacerlo víctima de un truco ingenioso para sacarle dinero. Aun así, lo había intentado, aunque más no sea para extraerle una moneda y no sentir que había perdido la noche. Pero antes de que yo hiciera el menor movimiento, el desconocido alzaba algo pesado de adentro del cubo y soltaba una exclamación ahogada. Miré, con mi penetrante vista nocturna: era una bolsa llena de monedas de oro. Pasó por mi mente como un relámpago la sensación más amarga de mi vida: era una fortuna, que había estado al alcance de mis manos durante horas, horas perdidas en la espera de un inocente al que sacarle mediante engaños una cantidad ínfima de dinero. Y ahora ese inocente aparecía y se alzaba con mi tesoro, delante de mis narices. Miró para ambos lados, para asegurarse de que nadie lo había visto, y echó a correr. No había advertido mi presencia ahí abajo. Yo no soy de reacciones rápidas, nunca lo fui, pero en esta ocasión, que se me antojó suprema e irrepetible, actué, movido por algo que se parecía a la desesperación. Simplemente estiré una pierna y lo hice tropezar. Él estaba tomando velocidad, su pie se enganchó con mi pierna y cayó cuan largo era; tal como yo había previsto, la bolsa de monedas cayó con él y las monedas se desparramaron por el piso, por el empedrado desparejo de ese callejón, con gran ruido metálico y brillos prometedores. Yo contaba con que el apuro a él lo llevara a recoger cuantas monedas pudiera y salir corriendo, mientras yo de mi parte también juntaba monedas, que él no me negaría; su caída, el desparramo de las monedas, nos ponía a los dos en la misma situación de apropiadores clandestinos. Pero para mi sorpresa y horror, no fue así. El hombre se levantó, ágil como un gato, y sin terminar de ponerse de pie, a medio levantar, se arrojó sobre mí al tiempo que sacaba un cuchillo enorme del bolsillo. A pesar de mi vida precaria en la calle, yo no me había endurecido. Seguía siendo un tímido, que escapaba a toda clase de violencia. En esta ocasión no pude soñar ni siquiera con escapar. Él ya estaba sobre mí y levantó el cuchillo y lo descargó con tremenda fuerza sobre mi pecho. Me penetró casi hasta salir por el otro lado, y debía de ser cerca del corazón. Sentí la muerte, con una absoluta convicción. Pero cual no sería mi sorpresa al ver que al mismo tiempo que me hería, le aparecía a él, en el pecho una herida igual en el mismo lugar, y empezaba a manar sangre. Su corazón también había sido herido. Él se miró el pecho, perplejo. No entendía, y no era para menos. Me había apuñalado a mí, y la herida aparecía también en él. Extrajo el cuchillo de mi pecho, y, ya con la mirada turbia por la muerte, como la mía, volvió a clavar, al lado, como si quisiera comprobar fehacientemente el hecho extraño. Y en efecto, en su pecho apareció la segunda herida. Empezó a manar sangre. Fue lo último que vi (o vio)».
Morí por la Belleza, pero apenas
ahormada en la tumba.
Otro murió por la Verdad, y estaba
en un lugar contiguo.
Me preguntó en voz baja: «¿De qué has muerto?».
Dije: «Por la Belleza».
«Pues yo por la Verdad. Y son lo mismo».
Añadió: «Hermanos somos».
Así, como parientes que se encuentran
de noche, conversamos.
Hasta que el musgo nos llegó a los labios
y cubrió nuestros nombres.
Versos de Morí por la belleza, de Emily Dickinson
Fotografía: Pexels – Mario Wallner
Poder de seducción
El amor a la vida comienza con el amor a las palabras, desde que una persona nace. Las ilustraciones, los dibujos, los sonidos acercan la literatura a los niños.
Leer, por eso, es una aventura fantástica, a través de mensajes simbólicos: el viaje -todos somos viajeros en el tiempo y en el espacio-; la felicidad -vocablo indescifrable que podría equivaler a sonreír con espontaneidad; el mundo -los paisajes interiores, personales y únicos, y los exteriores, la naturaleza-; las imágenes y sonidos -que son textos maravillosos-; las historias -lo cercano y lo lejano que nos llevan a las raíces, mitos, leyendas y tradiciones-; los misterios -la lucha sempiterna entre el bien y el mal, lo sagrado y lo profano, los pasadizos secretos, sus vampiros y duendes-; los animales y sus sorprendentes enseñanzas -y en primer lugar, el animal humano; los héroes y heroínas de siempre…
Y mucho más, porque el libro es el poder de la seducción por su encanto incomparable. Por su olor a tinta, y a polvo y ceniza. Corresponde, sin lugar a dudas, al amor sin límites, en palabras de Fernando Pessoa: “Amo -al libro- como ama el amor. No conozco otra razón para amar que amarte. ¿Qué quieres que te diga además de que te amo, si lo que quiero decirte es que te amo?”
Leer equivale a comer el potaje más sabroso; bailar con la mujer más linda; viajar por los lugares fantásticos, y pintar el mural más visto del mundo. Con razón Jorge Luis Borges dijo que “si existe cielo mi encuentro sería con los mejores libros leídos de mi historia”.
Experiencias valiosas
Si bien la escuela enseña a leer, en ocasiones “mata” la lectura cuando se convierte en obligación. El placer de leer se encarna en las familias lectoras y en los espacios ciudadanos: las bibliotecas, los parques, los buses, los jardines y las montañas. ¡No hay espacio que no sirva para deleitarse con un libro!
Existen experiencias valiosas que las compartí en algunos tramos de mi vida. En Uruguay la gente leía en las paradas, en los buses y en los taxis, incluso en los ascensores. En España estuvieron de moda los libros de bolsillo. Nunca olvido la famosa colección “Alianza Cien”, con títulos representativos de la cuentística universal. Y por supuesto las ramblas, en Barcelona, donde los quioscos de libros, periódicos y revistas se alternan con músicos callejeros, mimos, arlequines y juglares. El programa “Libros a la calle” es emblemático en Madrid porque los libros han “inundado” los transportes públicos. En Londres, París y Nueva York, en cada coche, leen por lo menos diez personas…
<La autoría de este artículo es de Fausto Segovia Baus, y fue reproducido en las páginas del diario El Comercio de Perú>