-¿Qué pretendes? -le interrumpió Bernat, sin tener en cuenta entonces el gesto implorante de Mercè-. Sí, soy corsario y, como bien dices, he tenido mil mujeres. Tu hija lo sabe, se lo he confesado, hemos hablado de ello. Pero a ninguna le he dado mi apellido, y si algún hijo llegué a engendrar, solo será un bastardo. A Mercè le ofrezco mi nombre, mi título y mi patrimonio, y deseo tener hijos legítimos con ella.

Puedes optar a mujeres nobles y…

No me interesan, Hugo. No me interesan las mujeres nobles ni ricas, caprichosas y frívolas como ellas. No me gusta la corte real…»

Texto de Los herederos de la tierra de Ildefonso Falcones

Crédito de ilustración: Cadernos da história

Joan Didion renueva su magia

Era el mes de marzo del 2018 cuando hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo la abulia y el peso de los años. Aunque más allá del texto mencionado, la autora cuenta con una buena lista de obras que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse por un pasado alimentado por historias surgidas de la crónica periodística. Y que en su caso, fueron estructuradas en obras de ficción tanto sea bajo la fórmula del relato corto, la novela, e incluso el guion cinematográfico.

Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los tiempos pandémicos y las dudas que estos trasladaron al mercado, que muchas editoriales decidieron apostar por lo ya conocido y de probada trayectoria. Así resurgieron con fuerza nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otras, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, pero ahora con una repercusión que ha llegado mucho más allá de las fronteras de sus países de origen.

Y si en el caso de la mencionada Según venga el juego, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para poner a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en la historia de la desaparición del ser querido, y también en una crónica que se extiende por los vertiginosos movimientos de una sociedad que a su alrededor muta también con los personajes.

El escrito se transforma en casi una autobiografía, con pasajes que bien podrían constituirse en parte de un ensayo, convirtiendo a la ficción en una amalgama de diferentes géneros. Obra que muchos de los lectores de la autora californiana ubican en un plano incluso superior que aquella primera y laureada producción.

De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:  

“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.

   Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.

   En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.

   Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.

   Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.

   Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.

   Se   reveló otro torbellino.

   La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.

   John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.

   Y aun así…

   Cada noche me esperaba para cenar conmigo.

   Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.

   Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.

   La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”

Las lenguas autóctonas y la importancia de preservarlas

El mundo está en pugna entre los que ven en la homogenización un hecho aglutinante y simplificador, y a estos se le oponen aquellos que luchan por la aceptación de la diversidad que les rodea. Esto alcanza a áreas a todo orden, desde la economía, las posturas filosófico políticas, la educación, y de manera más específica al recurso vehicular que representa el uso de las lenguas que se hablan dentro de un mismo país.

Así, en los cuatro puntos cardinales del orbe, encontramos estados en los cuales existe una idioma oficial, que desde tiempo inmemorial convive con otros tantos lenguajes locales. Es el caso por ejemplo de la lengua de los samis en Laponia, región que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y parte de Rusia, que comparten con el noruego, sueco, finlandés o el ruso. En América del Norte están los pueblos inuit y yupik con sus propias lenguas diseminados tanto en Alaska como en Canadá. Se podría destacar también la convivencia de las diferentes lenguas que en países como China o la India, algunas de ellas aceptadas y otras en franco retroceso.

El hecho también se da en regiones de África y América del Sur donde el habla de los pueblos originarios se ve amenazada por el “idioma oficial”. Es el caso del quechua en vastas regiones de Argentina, Chile, Bolivia, Perú; las lenguas indígenas de la selva amazónica o el caso del guaraní en Paraguay, Argentina, Brasil o Uruguay. En cuanto a Paraguay, la situación se vio agravada como producto de la denominada Guerra de la Triple Alianza, en el que Brasil, Argentina y Uruguay se coaligaron en contra del estado paraguayo, ocasionándole la pérdida de territorios y de gran parte de su población. Con posterioridad y dadas las particulares circunstancias,, la defensa de lo original y propio adquirió una épica casi numantina. Hasta que muchos años después, el gobierno tuvo que aceptar aquello que a todas luces era evidente: el uso del guaraní estaba lo suficientemente extendido en la sociedad como para no pasarlo por alto.

Hoy castellano y guaraní son aceptados en igualdad de condiciones por el estado paraguayo y se percibe un renacer de la lengua autóctona, amparada por diferentes instituciones que fomentan su uso. Es así que desde hace unos años a esta parte se viene desarrollando la Feria del Libro Chacú – Guaraní que, más allá de oficiar como un gigantesco expositor de aquello que se publica, pretende ser un polo más de defensa y desarrollo del lenguaje autóctono.

En referencia a esto, el escritor uruguayo Eduardo Galeano supo resumir a través de estas significativas palabras por qué es necesario la defensa de un idioma considerado como propio: