«A ver, yo no sé si Delacruz hacía trampas o no, ni me interesa. Me caía bien porque se quedaba con el dinero de todos aquellos malnacidos. Esa noche los dejé bebiendo alrededor de la mesa, a punto de empezar a jugar, y salí fuera. Fingía que barría el portal. Al cabo de diez minutos vi a Delacruz, que subía desde la calle Almogàvers. Cuando lo tuve lo bastante cerca, le dije en voz baja que fuera con cuidado. Se detuvo, me miró extrañado y me preguntó por qué. <Hoy el jefe y sus amigos tienen malas pulgas>, le dije, <se han conchabado y te preparan alguna>. Me dio las gracias. <El poli lleva una pistola y todo, pero no te preocupes porque no está cargada>, añadí en el último momento. Entró en el bar como si nada. Con qué seguridad. Al cabo de un rato, cuando volví adentro, ya estaban jugando. Delacruz estaba sentado de espaldas a la barra, como siempre, y no le veía la cara, pero su presencia me infundió mucho respeto. Tan centrado e inmóvil, se habría dicho que se encontraba con los ojos tapados ante un pelotón de ejecución…»

Texto de la novela Maletas Perdidas de Jordi Puntí

Crédito fotografía: Fernando Díaz del Castillo

El escritor y el hombre público: Mario Vargas Llosa

Persona de convicciones, a veces cambiantes, nunca dejó de ser un observador privilegiado de la sociedad que lo vio nacer, la peruana y la latinoamericana, que bien reflejó en muchos de sus textos, y que los lectores supieron apreciar a nivel mundial

Su fallecimiento reciente y su presencia masiva en las pantallas en los últimos años hacen de él una figura reconocida por un público variopinto de diferente edades, estrato social y color personal. Y es que la vida del peruano (Arequipa, 1936 – Lima, 2025) ha tenido capítulos de todo tipo, que bien merecerían una detallada biografía que excedería lo acotado de este espacio.

Nacido en una familia de clase media del sur de la geografía peruana, desde temprana edad sintió la inclinación hacia el mundo de las letras. Aunque bien es cierto que, en la medida que iba desarrollando sus primeros escritos, jamás hubiera imaginado alcanzar un lugar tan destacado entre los personajes de la literatura mundial. Ni tampoco que en conjunto con nombres como los de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, entre otros, se convirtiera en uno de los padres del denominado Boom latinoamericano.

Practicó el artículo de opinión, el ensayo, la obra teatral, hasta la actuación teatral y por supuesto, la novela; con seguridad el género que le otorgó la mayor proyección y aceptación a nivel global. De ellas destacan, por nombrar unas pocas, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La casa verde, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, que le otorgaron reconocimiento como uno de los grandes autores en lengua española.

Si larga fue su trayectoria también así fue la cosecha de reconocimientos lograda: Premio Rómulo Gallegos, Biblioteca Breve, Planeta, Príncipe de Asturias de las Letras, Cervantes y el, por supuesto, el Nobel de Literatura. <además, y aún sin conocérsele ningún texto en esa lengua, le fue otorgado un asiento como miembro de la Academia Francesa de la Letras, idioma que el autor dominaba con cierta fluidez.

Como muchos otros personajes conocidos de distintas áreas del quehacer en Latinoamérica, en 1990 fue tentado a participar en la agitada vida política de su país. Y aún con públicos antecedentes de haber abrazado en un pasado ideas de izquierda, lo hizo como candidato de una coalición de centroderecha, elecciones en las que fue derrotado por otro político del variopinto orden populista, Alberto Fujimori, conocido como «el chino», ya que era hijo este de emigrantes japoneses.  

Quizás fruto de esa elección y de los acontecimientos que tuvo que afrontar el gobierno del “chino” frente a las guerrillas que operaban en vastas zonas del país; o quizás por la acción de personajes como el superministro Vladimiro Montesinos, apodado el “doctor” para hacer y deshacer a su antojo en el país, que le dieran ideas para que el laureado escritor reflejara en la novela Cinco esquinas esos tiempos sórdidos, con las posiciones acomodaticias que tomaron la burguesía, las fuerzas políticas y otros tantos grupos de la sociedad peruana de entonces. 

De Cinco esquinas el texto a continuación:

“Apenas sintió que el individuo que iba detrás de ella en el ómnibus de Surquillo a Cinco Esquinas se le pegaba con malas intenciones, la Retaquita sacó la gran aguja que llevaba prendida en el cinturón. La retuvo en la mano, esperando el próximo bache del vehículo, pues era en los baches cuando el vivazo aprovechaba para acercarle la bragueta al trasero. Lo hizo, en efecto, y ella, entonces, se volvió a mirarlo con sus enormes ojos fijos -era un hombrecillo insignificante, ya mayor, que en el acto le apartó la vista- y, metiéndole la gran aguja por la cara, le advirtió:

   – La próxima vez que te me arrimes te clavo esto en esa pichula inmunda que debes tener. Te juro que está envenenada.

   Hubo algunas risas en el ómnibus y el hombrecillo, confundido, disimuló haciéndose el sorprendido:

   – ¿Me habla usted a mí, señora? Qué le pasa, pues.

   – Estás prevenido, concha de tu madre- remató ella, secamente, volviéndole la espalda.

   El sujeto encajó la lección y, seguramente incómodo y avergonzado con las miradas burlonas de los pasajeros, se bajó en el siguiente paradero. La Retaquita recordó que esas advertencias no siempre servían, pese a que ella, en dos ocasiones, había cumplido con las amenazas. La primera, en un ómnibus de esta misma línea, a la altura de cuartel Barbones; el muchacho, que recibió el agujazo en plena bragueta, dio un chillido que sobresaltó a todos los pasajeros y llevó al chofer a frenar en seco.

   – ¡Así aprenderás a frotarte sólo con tu madre, maricón! – gritó la Retaquita, aprovechando que el vehículo se había detenido para saltar a la calle y echar a correr hacia el jirón Junín.

   La segunda vez que clavó la aguja en una bragueta a un sujeto que se le frotaba, fue más complicado. Era un mulato grandullón, lleno de granos en toda la cara, que la samaqueó, frenético, y la hubiera maltratado si otros pasajeros no la atajaban. Pero el asunto terminó en la comisaría; sólo la soltaron cuando descubrieron que llevaba carnet de periodista. Ella sabía que, por lo general, los policías tenían más miedo al periodismo que a los forajidos y atracadores.

   Hasta que el ómnibus llegó a Cinco Esquinas, volvió a pensar en lo que estaba pensando antes de notar que se le pegaba este sujeto por la espalda: ¿habían desaparecido los emolienteros? Siempre que veía en la calle a un tipo jalando un carrito se acercaba a espiar y era por lo común un heladero o un vendedor de refrescos y chocolatines. Rara, muy rara vez, un emolientero. Se estarían acabando, pues, otra muestra de lo supuestos progresos de Lima. Pronto no quedaría ni uno y los limeños del futuro ya ni siquiera sabrían qué era un emoliente.

   Su niñez era inseparable de esa bebida criolla tradicional, hecha con cebada, linaza, boldo y cola de caballo, que había visto preparar a lo largo de su infancia a su padre y un ayudante, un cojito medio tuerto al que apodaban Cojinova. En esa época los carritos de los emolienteros estaban por doquier en el centro de la ciudad, sobre todo en las entradas de las fábricas, en los alrededores de la Plaza Dos de Mayo y a lo largo de la avenida Argentina. <Los mejores clientes que tengo son jaranistas y obreros>, solía decir su progenitor. Ella lo había acompañado mil veces de niña y adolescente en sus recorridos jalando el carrito con los grandes tarros de emoliente preparados por él mismo y Cojinova en la pequeña quinta donde vivían entonces, en Breña, al final de la avenida Arica, allí donde terminaba la parte antigua de la ciudad y empezaban los descampados que se alargaban hasta La Perla, Bellavista y el Callao. La Retaquita recordaba muy bien que, en efecto, los clientes más fieles de su padre eran los trasnochadores que se habían pasado horas bebiendo en los barcitos del centro y los trabajadores que entraban al alba en las fábricas de las avenidas Argentina y Colonial y los alrededores del Puente del Ejército. Ella ayudaba sirviendo las tacitas de vidrio a los clientes con un papelito recortado que hacía de servilleta. Cuando su padre la dejaba en la escuelita del barrio y comenzaba la vida de la ciudad con la aparición de los barrenderos y los policías del tráfico, el emolientero llevaba ya por lo menos cuatro horas trabajando. Oficio duro; un trabajo matador y peligroso. A su padre lo habían asaltado y despojado de todas las ganancias del día varias veces, y, lo peor de todo, arriesgar tanto para ganar miserias. No era raro, pues, pensándolo bien, que los emolienteros estuvieran desapareciendo de las calles de Lima…”

“Me encantan las novelas que están llenas de ideas, con multiplicidad de matices y capas». Así, ateniéndonos a los hechos, un personaje ficticio de su novela El bastardo de Estambul, sostiene que el Imperio Otomano había cometido un genocidio con los armenios durante la Primera Guerra Mundial. Y, si bien lo expuesto surgía de un texto de ficción, determinó que la autora fuera juzgada durante un año por un fiscal turco. “En todo ese tiempo, hubo grupos en las calles quemando edificios y banderas, escupiendo mis fotografías y llamándome traidora; situación que hizo que tomara la decisión de exiliarme en Londres. Hoy, ojalá pudiera decir que ha pasado mucho tiempo y que hemos progresado desde entonces, pero no es así. Creo que en mi país se está volviendo una situación cada vez más difícil para los escritores” (Elif Shafak)

(Crédito fotografía: Wikipedia)

Hoteles literarios: de cómo el hábitat hostelero condicionó la escritura de los autores

Son lugares con historia en los que todavía es posible alojarse, aunque en algunos de ellos a precios astronómicos, y que desafían el paso del tiempo exhibiendo orgullosos en su libro de registros el nombre de los grandes autores de la literatura. Los hoteles han sido escenario de novelas, de momentos significativos en la vida (y también en la muerte) de los autores, de sus miserias y sus aspiraciones  

(Crédito fotografía: CanFatih Alptekin)

Cecil Hotel. Alejandría

Poco queda del viejo encanto de la cosmopolita Alejandría que Lawrence Durrell, quien trabajó allí entre 1941 y 1945 como agregado de prensa en la embajada británica, dejó atrapado en su célebre ‘Cuarteto’ como una gota de ámbar. Sin embargo, el Cecil Hotel, uno de sus escenarios, sigue en pie en su enclave privilegiado junto a la ‘corniche’. Puede que su fachada neoasiria no reluzca como antaño y que el gran espejo del hall en el que se reflejaba la seductora y un punto perturbada Justine, donde el protagonista la vio por primera vez, tenga hoy desconchones pero ahí sigue como testigo ajado y orgulloso de su pasado literario. 

Hotel Continental. Barcelona

Aunque otros hoteles históricos barceloneses, como el Majestic (donde se alojó García Lorca durante cuatro meses) o el Oriente (en el que residió Hans Christian Andersen a finales del XIX) se disputaran el honor de ser el hotel literario en la ciudad, la estancia de George Orwell en el Continental merece capítulo aparte. Desde el número 138 de las Ramblas donde sigue estando el hotel, el autor británico fue testigo de todos los desmanes de la guerra civil y escribió allí su ‘Homenaje a Cataluña’ mientras se codeaba con periodistas extranjeros, agentes comunistas con revolver y granadas de mano, burgueses simpatizantes de los fascistas, camioneros y heridos de las brigadas internacionales. 

Hotel Adlon. Berlín

El hotel que se levanta orgulloso en el cruce de la Wilhemstrasse y de Unter den Linden es en realidad una reconstrucción del que en 1945 sufrió un incendio y fue demolido en los 80 después de que las autoridades de la RDA lo dejaran caer en el abandono. Vuelto a construir tras la unificación, tiene el privilegio de protagonizar una novela, ‘Gran Hotel’ (1929) de la por entonces superventas Vicky Baum, que refleja el ambiente cosmopolita del momento cuando era frecuentado por políticos, estrellas de cine y artistas de todo pelaje. Exactamente lo que reflejó su adaptación cinematográfica en la que brilló la divina Greta Garbo. En el Adlon se alojaba también uno de los amantes de Sally Bowles (Liza Minelli en ‘Cabaret’) en la novela ‘Adiós a Berlín’ de Christopher Isherwood. 

Pera Palas. Estambul

El huésped más publicitado entre los famosos que frecuentaron el Pera Palas fue Agatha Christie, de quien se dice que escribió allí buena parte de ‘Asesinato en el Orient Express’. El hotel, en cuyo ‘hall’ podría entrar hoy la escritora sin notar apenas el paso del tiempo, encierra un enigma sin resolver. En 1979 la más famosa médium de Hollywood aseguró haberse puesto en contacto con la autora fallecida tres años antes y haber recibido el mensaje de que la clave del misterio de la desaparición de Christie durante unos días en 1926 se encontraba en la habitación 411, la que habitualmente ocupaba. En el sitio indicado apareció una llave oxidada que no arrojó la menor luz sobre el caso y que todavía descansa en la caja fuerte de un banco.

San Domenico. Taormina

Para el siglo XXI, el San Domenico, antiguo convento y uno de los más hermosos y mejor situados del mundo, es el hotel de ensueño donde se rodó la segunda temporada de ‘The White Lotus’. Para el amante de la literatura del XX fue el lugar donde en 1950 coincidieron el trío gay formado por Truman Capote, Jean Cocteau y André Gide. El norteamericano fue testigo del encuentro de los dos grandes autores franceses que se odiaban profundamente y lo demostraron a placer en un momento de alto voltaje en el que Gide mandó callar a Cocteau invitándole mirar el sobrecogedor paisaje de los acantilados con el perfil del Etna a lo lejos.

La Mamounia. Marrakech

El mayestático hotel de Marrakech alardea sobre todo de haber tenido a Winston Churchill entre sus huéspedes habituales pero no de los numerosos escritores que pernoctaron en sus señoriales habitaciones, aunque no hay que olvidar que a Churchill le dieron el premio Nobel de Literatura por sus discursos y sus trabajos de historia. Paul Bowles lo evocó en sus ‘Memorias de un nómada’, aunque el prefiriese el menos ostentoso ‘El Minzah’ de Tanger y autores como Somerset Maugham, Julien Green, Ernest Hemingway, Marguerite Yourcenar, Joseph Kessel y William Burroughs se pasearon por sus salas moriscas. 

Hotel Savoy. Londres

En este legendario establecimiento, el primer hotel de lujo de Gran Bretaña que introdujo instalación eléctrica y baño en la habitación, tuvieron lugar algunos encuentros entre Oscar Wilde y su joven amante, Alfred ‘Bosie’ Douglas. El padre, empeñado en demostrar cómo su hijo había sido seducido por un ‘pervertido’, pagó a las camareras del hotel para que testificaran en contra de la pareja en el juicio que llevó al escritor a la cárcel de Reading. Los más mínimos detalles, incluidas las manchas de esperma en las finas sábanas del alojamiento, fueron aireadas por la prensa. 

Chelsea Hotal. Nueva York

Con el permiso del Plaza (donde Truman Capote convocó su fiesta en blanco y negro) y del Algonquin (donde reinó Dorothy Parker), el Chelsea es un monumento, a la vez techo y psiquiátrico, a la cultura bohemia. Al margen del célebre asesinato de Sid Vicious a su novia, Nancy, se diría que está especializado en la muerte de escritores célebres y alcoholizados, como Dylan Thomas, Brendan Behan y O. Henry (se alojaba cada vez bajo un nombre distinto). Allen Ginsberg también se destruyó bastante aquí, así como Tennesse Williams. En él pernoctaron y se inspiraron Mark Twain, Thomas Wolfe, Arthur C. Clarke (en la habitación 1008 escribió ‘2001’) y, por supuesto, Leonard Cohen que definió el establecimiento como un lugar donde te podías llevar a tu habitación a “un enano, un oso y a cuatro damas sin que a nadie le importe” y rememoró en una canción su encuentro allí con Janis Joplin. 

Ritz. París

Es difícil elegir un solo establecimiento en París. En el Meurice se alojaron Tolstoi (muy a disgusto porque de las 38 parejas alojadas, 19 eran adúlteras) y más sastisfactoriamente, Dalí. En el Crillon, Arthur Conan Doyle, Louis-Ferdinand Céline y Colette, entre muchos otros. Pero ninguno iguala la leyenda de Hemingway y el bar Ritz, que hoy lleva su nombre el autor que según su propio relato ‘liberó’ tras haber participado en el desembarco de Normandia, desde un cómodo puesto de observación. Al llegar al hotel con un fusil ametralladora anunció al director que venía a liberar el local. “Lo siento señor, hace horas que los alemanes se han marchado y no le puedo dejar pasar armado”, respondió este. Tras desprenderse del arma, el autor de ‘El viejo y el mar’ dejó sin pagar 51 dry martinis. 

Raffles. Singapur

La plana mayor de los escritores viajeros y aventureros durmieron en el más exótico y glamuroso de los hoteles. Kipling (en la habitación 107), Conrad (en la 119), Hermann Hesse (112), Malraux (116), Somerset Maugham (120), Noel Coward (121). Para Maugham, con desdén colonizador, el lugar “resumía todos los mitos del sudeste asiático”. Conrad, que fue uno de los primeros en hospedarse en el local, escribió allí buena parte de ‘Tifón’ y entre sus muros imaginó al desgraciado héroe de su novela ‘Lord Jim’. Además, su bar es el único sitio en Singapur -donde arrojar cualquier cosa a la calle está penado con una multa de 2.000 dólares- en el que no solo se puede sino que se te obliga a ello, tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo. 

Hotel Roma. Turín

El capítulo de escritores fallecidos en hoteles tiene su culminación en la muerte de Cesare Pavese, resistente antifascista y una de las conciencias intelectuales de Italia. Hipersensible, solía coquetear con quitarse la vida al menos dos veces al año. En marzo de 1950 escribe que si uno se mata no es por amor a una mujer: “uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra miseria, nuestro estado desarmado, nuestra desnudez”. Seis meses después con 42 años se toma un cóctel letal de barbitúricos en la habitación 346 de este céntrico y nada lujoso hotel turinés. En recepción había exigido contar con un teléfono. Se dice que hizo cuatros llamadas antes de morir, pero nadie le contestó. 

Hotel Danieli. Venecia

Ejemplo del lujo y la exquisitez más extrema, el Danieli, un capricho que el multimillonario Bill Gates se compró el año pasado, fue el hábitat natural de autores adinerados del XIX como Goethe, Lord Byron, Balzac, Dickens o George Sand (que vivió aquí un tórrido romance de Alfred de Musset) pero se le recuerda especialmente por la visita que Marcel Proust hizo en 1900 a la ciudad de los canales junto a su madre y su amante, Reynaldo Hahn. El objetivo era visitar los lugares de los que hablaba su admirado y recientemente fallecido John Ruskin, en ‘Las piedras de Venecia’, que él mismo había traducido. Aunque Proust estuvo mucho más vinculado al Ritz de París, fue aquí donde cristalizó su ideal de belleza. 

<El artículo pertenece a Elena Hevia. Fue publicado en las páginas del diario El Periódico de Barcelona, España>