En los últimos tiempos su persona, a través de las opiniones vertidas en distintos medios, atrajo la aceptación o el rechazo a sus posturas; si bien el autor acapara una larga experiencia como informador de conflictos, y más aún como fecundo novelista
Su rostro comenzó a ser reconocido años atrás cuando, como corresponsal de la televisión pública española, cubría los conflictos más diversos en diferentes zonas de guerra; una tarea que desempeñó durante más de veinte años. Sus crónicas se hicieron oír desde los lugares más variados: Chipre, Líbano, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Sudán, Angola, Bosnia o Croacia, por nombrar algunos, donde siempre intentó informar por sobre las ocasionales contingencias que surgían sobre el terreno.
Es probable que las consecuencias de sus actos le deban haber acarreado su buen desgaste físico y emocional, aunque con seguridad también le habrán aportado un buen cúmulo de experiencias de todo tipo, bagaje que con posterioridad trasladaría a sus historias de ficción, también en su fase de articulista y guionista.
Por tanto, no es extraño que sus historias se hayan destacado dentro del género de la novela de histórica y de aventuras, en las que los habitantes del mundo del mar se ven particularmente reflejados. Producto de ello, una treintena de títulos llegaron a las manos de sus lectores, entre ellos El maestro de esgrima, La tabla de Flandes, La piel del tambor, la saga del Capitán Alatriste, Territorio Comanche o El club Dumas, estas tres últimas con su correspondiente versión fílmica.
Los reconocimientos en forma de premios son además proporcionales a su extensa producción: Premio de la Academia Sueca de Novela, Premio New York Book Review, Premio Nacional de Periodismo. Es miembro de la Real Academia Española de la Lengua y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia.
Más allá de sus textos, es común en los últimos tiempos que se entregue a la polémica en las redes sociales. A veces, sobre algún tema que inunda los titulares de prensa; en otros, echando mano de las enseñanzas que le ha dejado su propia historia; en todos los caos, intentando no caer en lo vano mientras pueda aportar su visión a un hecho.
En el que es hasta la fecha su anteúltimo texto de ficción, donde refleja a un mundo que se intuye estar a las puertas de una gran conflagración. Donde el autor nos muestra a seres que deambulan como autómatas mientras intentan hallarse a sí mismos; en una desesperada carrera por darle un sentido a sus vidas.
De La isla de la mujer dormida, el pasaje siguiente:
“Había paredes pintadas de colores ya perdidos, espejos que la vejez moteaba, arcones labrados, cuadros de barniz oscurecido y polvorientas lámparas venecianas. Un ‘ambarataros’ de madera tallada separaba el salón del dormitorio amueblado con una cama grande, un armario de luna y una antigua alfombra turca. Por las ventanas, al abrir los deteriorados postigos de madera, podían verse las terrazas de las casas próximas, el arco gris de la costa, el mar y el perfil brumoso de las islas lejanas.
Lena había puesto un disco en el gramófono del salón, junto al que se enmarcaban fotos familiares que el tiempo volvía desvaídas. Cantaba una voz de mujer:
Payons-nous un petit peu de plaisir,
Nous n’en ferons pas toujours autant,
On n’a pas tous les jours vingt ans.
-¿Entiende el francés? -preguntó ella.
-Sólo un poco.
-No todos los días se tienen veinte años… Eso es lo que dice.
Estaba ante él, inmóvil, justo en la división entre el salón y el dormitorio, junto al panel de madera labrada en forma de hojas, flores y pájaros. Llevaba un rato mirándolo desde el punto intermedio entre antes y después de una frontera figurada, imaginaria, que ella misma hubiera establecido al detenerse en ese lugar. O quizá no tan imaginaria, decidió Jordán. Si algo resultaba fácil, era adivinar lo que ocurría; y, sobre todo, lo que estaba a punto de ocurrir.
Ella señaló la gran chimenea de mármol, apagada. Se había quitado el jersey al entrar en la casa, dejándolo caer al suelo de cualquier manera. El vestido blanco estilizaba más las líneas prolongadas del cuerpo y permitía a Jordán ver por primera vez sus brazos desnudos. Fue entonces cuando se fijó en las pequeñas marcas: minúsculos puntitos semejantes a picaduras, o pinchazos. Los había visto antes -en los barrios portuarios podía encontrarse de todo-, pero nunca una mujer como aquella.
-¿Tiene frío? -preguntó Lena.
-No -movió la cabeza-. Se está bien.
Le sorprendía no experimentar deseo. O, para formularlo con precisión, que no fuera el deseo la sensación dominante. Se trataba, concluyó, de una curiosidad tranquila, más propia de un espectador que de un actor de verdad implicado. Entonces recordó lo que ella había contado de su marido, intuyendo que Lena Katelios poseía, de algún modo, la extraña facultad de convertir a los hombres en espectadores. En testigos privilegiados, íntimos, de sí misma.
Súbitamente, ella pareció tomar una decisión. O más bien la había tomado antes y consideraba llegada la ocasión de que también la tomara él: retrocedió internándose -era la palabra exacta, internarse- en el dormitorio sin dejar de mirar a Jordán, invitándolo en silencio a seguirla. Y así, de espaldas, sin perderlo de vista ni volverse en ningún momento, fue hasta la cama y se sentó en ella, en el borde mismo, ligeramente separadas las piernas que se apreciaban bajo el algodón blanco del vestido, sin apartar los ojos del hombre que se aproximaba despacio con resignada cautela, parecida a la de un marino que tanteara el fondo con el escandallo para calcular la profundidad bajo la quilla, el peligro de las rocas ocultas bajo el agua menguante. Y cuando estuvo tan cerca que pudo percibir el aroma de su cuerpo -carne cálida, fatigada, vago rastro de perfume que no era capaz de identificar-, sin apartar los ojos de los suyos ella abrió más las piernas, alzándose lentamente la falda hasta la cintura para mostrar que nada llevaba abajo. Desnudos los muslos y el triángulo del vello púbico ente el que él se arrodilló, muy despacio también, para acercar los labios y la lengua; y, cerrados al fin los ojos, saborear la carne rosada y húmeda que de aquel modo se le ofrecía.
-Sí, eso es -la oyó decir con voz pronto ronca, lejana.
Después se estremeció en su boca, con violencia, varias veces. Hasta que de pronto, en repentino arrebato, lo agarró fuerte por el pelo, forzándolo a echar atrás la cabeza. Abrió el los ojos para encontrarse con los de ella, que lo miraban con una intensidad entre asombrada y cruel; y lo hizo a tiempo para verle alzar una mano y abofetearlo dos veces con dura y seca firmeza. Aún pretendió golpearlo una tercera, aunque para entonces Jordán ya se había incorporado rápido, brusco, casi furioso, y agarrándola por una muñeca la echaba atrás, de espaldas sobre la cama, mientras con la otra mano liberaba su cinturón y abría el pantalón antes de clavarse en sus entrañas mediante una violencia de la que nunca, hasta entonces, se hubiera creído capaz con una mujer.
Creemos los hombres ser amantes o verdugos, recordó un poco más tarde, todavía entre las brumas del momento. Pero en realidad sólo somos sus testigos.”
