«Clara se había cruzado con Damián que por entonces debería tener unos trece años. Un niño grande que se comportaba como uno más pequeño, con torpeza, los labios entreabiertos, la mirada baja y las manos inquietas, sin saber dónde colocarlas. Un niño en la mitad de dos edades, que había crecido más de la cuenta pero aún no se había desarrollado del todo, como solía decirse en esa época, Alto, gordito, blando, sin terminar de cuajar. La sombra del bigote asomando sobre la boca indecisa, La raya al lado, quizá hecha por la madre. El aroma a colonia Nenuco. Calcetines blancos y gruesos zapatos de cordones, como de ortopedia. La bolsa de tela que llevaba colgando del brazo estaba a rebozar de barras de pan, De una de ellas faltaba el pico. El tragón, pensó Clara, no sabe contenerse…»

(Texto de la novela La familia de Sara Mesa)