«Un cuento es para mí el negativo de una foto en el cual puedes verter la realidad. Odio la literatura explícita. Una imagen puede ser el anzuelo. Una imagen en la memoria que viene a interpelar al presente y a la cual comienzo a buscarle una explicación, y a construir una narración» (Magela Baudoin)

Joël Dicker, el thriller como bandera literaria

El autor suizo, que alcanzó dimensión de literato a través de su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, continua creando sobre la senda del thriller, su género afín, y quien con Un animal salvaje, vuelve a encontrarse dentro de su ámbito natural

Escritor precoz, contaba con diez años cuando hizo su primera publicación: La Gaceta de los Animales. Un hecho, este de la precocidad, que le traería sus contratiempos cuando, a los diecinueve, presentó a los editores su relato El Tigre, que alcanzó la categoría de obra publicada, pero lo hizo con posterioridad ya que, en su momento, por el desconocimiento de la figura del autor, sumada a la calidad de su escritura, produjo dudas a la casa editorial ante las sospechas que se tratara de una obra plagiada.

Parecido camino siguió su primera novela Los últimos días de nuestros padres, que tampoco encontraba editor a quien le agradara. Presentada luego a concurso del Premio de los Escritores Ginebrinos, fue la ficción que terminó con alzarse con el primer premio, y con él su deseada publicación.  

Sin duda Dicker (Ginebra, Suiza, 1985), quien antes de dedicarse de pleno a su literatura, compaginó estudios en la Escuela de Drama en París y de abogacía en la Universidad de su ciudad natal. Aunque su consagración definitiva vino de la mano de La verdad sobre el caso de Harry Quebert, ficción que fue distinguida con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, y el Premio Goncourt de los Estudiantes. Texto del que se filmó una serie y en la que el autor colaboró como coguionista, lo que le permitió alcanzar un mayor reconocimiento y proyección.

Otros textos posteriores son El libro de los Baltimore, El enigma de la habitación 622, El caso Alaska Sanders, El animal salvaje, y su última publicación, La muy catastrófica visita al zoo, la mayoría de ellos escritos dentro del género del thriller, en el que el autor se siente en su ámbito natural.

Al presente es evidente, por hechos contrastados, que ya no caben más dudas respecto de la capacidad y la calidad del novelista helvético. Al menos, así lo atestiguan de manera fehaciente muchos de sus lectores a lo largo y ancho del planeta, siendo traducidas sus historias a más de treinta idiomas.  

De la novela El animal salvaje, donde el escritor y su trama nos transporta hacia un verdadero vuelo literario sobre su ciudad de origen, el pasaje siguiente:

   “Era una casa moderna. Grande, de forma cúbica, toda de cristal, que se alzaba en medio de un jardín impecable, con piscina y un amplio porche. La parcela estaba rodeada de bosque. Aquel lugar era un oasis, un pequeño paraíso secreto resguardado de las miradas al que se entraba por un camino particular. Al igual que la casa, los que vivían en ella también resultaban ser de ensueño: Arpad y Sophie Braun eran la pareja ideal y dichosos padres de dos hijos maravillosos.

   Aquella mañana, Sophie abrió los ojos a las seis en punto, Llevaba algún tiempo despertándose sistemáticamente a la misma hora. A su lado, Arpad, su marido, dormía a pierna suelta. Era domingo, le habría gustado dormir un rato más. Se revolvió en la cama, en vano. Al final, se levantó sin hacer ruido, se puso una bata y bajó a la cocina para prepararse un café. Una semana después cumpliría los cuarenta y nunca había estado tan guapa.

   Desde la linde del bosque se veía perfectamente el interior del cubo de cristal. Acuclillado detrás de un tronco, un hombre vestido con ropa de deporte oscura que lo hacía invisible permanecía con los ojos clavados en Sophie, que se encontraba en la cocina.

   Sophie, con el café en la mano, observaba la irilla del bosque que delimitada su jardín. Era su ritual matutino. Abarcaba con la mirada su diminuto reino.

   A unos kilómetros de allí, en pleno centro de Ginebra, un Peugeot gris con matrícula francesa circulaba por una avenida desierta. Con la luz del amanecer no se distinguía bien al conductor a través del parabrisas. El vehículo llamó la atención de una patrulla policial y las luces giratorias azules iluminaron la fachada de los edificios circundantes. Los policías procedieron al control del Peugeot y su conductor: todo estaba en regla. Uno de ellos le preguntó al conductor para qué había ido a Ginebra. “Visita familiar”, contestó él. Los policías se marcharon satisfechos. El conductor se congratuló por aquel coche de ocasión que había comprado a muy buen precio y, sobre todo, de forma cien por cien legal. Era el mejor modo de pasar inadvertido.  

   Sophie, en la ventana, seguía observando el jardín. A veces sorprendía a algún zorro que vagabundeaba por el césped. Incluso había llegado a ver un corzo. Le encantaba esa casa que su marido y ella habían adquirido un año antes. Hasta entonces habían vivido en un piso en pleno corazón de Ginebra, en el barrio de Champel. Hacía tiempo que les rondaba por la cabeza la idea de una casa, con jardín para los niños. La subida del precio de la vivienda los había decidido a vender el piso con una buena plusvalía y ponerse a buscar una, Cuando visitaron aquel chalet de autor situado en la encopetada comuna de Cologny, no lo dudaron ni por un segundo. Se despertarían todas las mañanas en ese marco incomparable, sin dejar de estar a cuatro kilómetros del centro de Ginebra, donde ambos trabajaban. Unas pocas paradas de autobús, doce minutos en coche o quince en bicicleta eléctrica para los pijoprogres bastaban para pasar de un universo a otro.

   El hombre que se escondía en la maleza observaba ahora a Sophie con un par de prismáticos militares pequeñitos. Escrutaba el cuerpo espigado que la bata corta dejaba al descubierto y se detuvo en la parte superior del muslo, donde tenía tatuada una pantera.

   A su espalda, a unas decenas de metros, su perro lo esperaba pacientemente atado a un árbol. El animal, echado en una alfombra de hojas, parecía acostumbrado a esa rutina que llevaba prolongándose varias semanas. Su dueño acudía todas las mañanas. Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras. Los Braun dormían con las persianas subidas y lo veía todo: la miraba levantarse, bajar a la cocina para prepararse el café y bebérselo delante de la ventana. Qué deseable era. Lo tenía obnubilado. Obsesionado.

   Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía.

   Desde el bosque, el hombre la miraba con deseo. La realidad no tardó en espabilarlo. Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen.

   Desató al perro y se marchó igual que había ido: corriendo. Cogió la senda forestal, alcanzó la carretera principal y enseguida llegó al pueblo de Cologny. Se dirigió hacia un grupito de adosados: un conjunto de viviendas idénticas, una promoción barata para familias de clase media que había dado mucho que hablar en aquella comuna tan fina acostumbrada a los chalets de lujo.

   Según entró por la puerta de casa, oyó que su mujer lo llamaba:

   -¿Greg? ¿Eres tú?  

   Se encontró a Karine en el salón, leyendo mientras se bebía un té. Los niños seguían dormidos.

   -¿Ya estás despierta, cariño? -preguntó, fingiendo indiferencia.

   -Oí que te levantabas y no conseguí volver a dormirme.

   -Lo siento, no quería despertarte. He salido a correr con el perro.

   Greg, que no podía quitarse a Sophie de la cabeza, se sentó junto a su mujer en el sofá y se arrimó a ella. Pero resultaba obvio que Karine no estaba de humor.

   -Para, Greg, que se van a despertar los niños. Por una vez que puedo leer un libro en paz.

   Greg, apesadumbrado, subió a la planta alta para darse una ducha en el cuarto de baño anejo a su dormitorio. Se quedó un buen rato bajo el chorro de agua tibia. Las andanzas matutinas podían salirle muy caras si lo pillaban. Se estaba jugando el curro. Karine lo dejaría. Él mismo se avergonzaba de espiar así a una mujer en su propia casa. Pero no podía evitarlo. Ese era el problema.

   Aquella fascinación por Sophie había comenzado un mes antes, durante la fiesta en casa de los Braun. Desde esa noche, no había vuelto a ser el mismo…”

«¡Que vergüenza! Sólo de mala gana reconozco que aquella imagen, no, aquel cuadro naturalmente poderoso, es verdad, me espantó, pero me emocionó al mismo tiempo. Se desprendía de él una voluntad que parecía necesario obedecer. A aquel destino grandioso y progresivo no podía oponérsele nada. Un torrente que arrastraba. Y el júbilo que se elevaba desde abajo por todas partes me hubiera arrancado posiblemente también -aunque sólo fuera a título experimental- un <Sieg Heil> de aprobación…»

Texto del relato 1933 del escritor germano Günter Grass

¿Para qué sirve la cultura?

Este texto plantea a las manifestaciones artísticas como medios para mejorar la convivencia en sociedades globalizadas

De acuerdo con la Real Academia Española, la cultura es el “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.” Por supuesto muy importante.

Pero me quiero referir en este texto no tanto a los atributos de una persona culta, sino a las diversas manifestaciones culturales, como la literatura, las artes plásticas y escénicas, la música y la danza.

El filósofo contemporáneo Alain de Botton nos cuenta en su libro The School of Life, en coautoría con otros escritores, sobre el proceso de secularización en Europa a mediados del Siglo XIX:

“Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, fueron las religiones quienes nos ofrecieron una guía sobre cómo vivir, amar y morir bien. Las religiones eran puntos de referencia natural durante épocas de crisis personal, por lo que la primera persona a la que se llamaba era al sacerdote.”

“Cuando la fe entró en declive a mediados del Siglo XIX, muchos se preguntaron cómo podría la humanidad encontrar los puntos de referencia que habían proporcionado las religiones.”

“Una respuesta salió a la luz: la cultura. La cultura podría reemplazar a las escrituras. Las obras de Sófocles y Racine, las pinturas de Botticelli Rembrandt, la literatura de Goethe y Baudelaire, la filosofía de Platón y Schopenhauer, las composiciones musicales de Liszt y Wagner, todo esto nos proveería de un reemplazo para la fe.”

“Con esta idea en mente, siguió una inversión sin paralelo en cultura. Se construyó un gran número de bibliotecas, salas de conciertos, museos y escuelas de humanidades, con la intención consciente de llenar el hueco que había dejado la religión.”

Hoy sabemos que la cultura no sustituyó a la religión, pero sin duda nos proporciona una guía y un espacio de reflexión para hacer frente a la aflicción y los momentos de angustia que enfrentamos todos en algún momento de la vida.

Las diversas manifestaciones culturales nos brindan un remanso para reflexionar sobre nuestra propia existencia, en un mundo cada día más interconectado, complejo y convulso. Las expresiones culturales nos ayudan a entender los aspectos más profundos de nuestra existencia.

¿Cómo podríamos navegar las turbulentas aguas de este mundo sin la poesía de Octavio Paz, de Rosario Castellanos, de Jaime Sabines y de Pita Amor, entre tantos otros? ¿Sin las obras de Charles Dickens, de Carlos Fuentes, de Virginia Woolf y de Jane Austin?

¿Cómo entender al mundo sin la pintura de Miguel Angel, de Picasso y de Dalí, de Rivera y de Kahlo? ¿Sin los murales de Siqueiros y de Orozco, sin la música de Beethoven y de Brahms, de Agustín Lara y de Carlos Chávez?

Si a alguien no se le ha enchinado la piel, sugiero una visita a una biblioteca, librería, sala de conciertos o museo.

Adicionalmente, la cultura, especialmente la lectura profunda, nos brinda elementos para fortalecer el pensamiento crítico, la empatía y la inteligencia emocional.

Este es un aspecto particularmente descuidado en la actualidad. No cabe duda de la importancia de la tecnología y la ingeniería en nuestras vidas. Nos han llevado a un nivel de vida sin precedente. Yo mismo soy orgullosamente ingeniero. Sin embargo, la tecnología no puede existir sin las humanidades. Al final, toda tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés.

Por supuesto son muy importantes la tecnología y la ingeniería. Corea del Sur, que en relativamente poco tiempo ha alcanzado niveles de desarrollo sin precedentes, ha invertido de manera decidida en educación de calidad y en investigación científica. El resultado es que en 2023 se otorgaron a Corea del Sur 135,180 patentes, mientras que México obtuvo 9,698. Apenas el 7% de las de Corea.

Es loable el deseo de convertirnos en una potencia científica, pero eso no se construye tan solo de buenos deseos. Hace falta todo un andamiaje institucional que hoy no tenemos, comenzando por una educación básica en crisis. Nuestros libros de texto únicos no le permiten al profesor la elección del enfoque pedagógico más adecuado para su clase.

Esos libros, improvisados, sin método ni estructura lógica, no fueron desarrollados para el aprendizaje, sino para el adoctrinamiento ideológico. De acuerdo con diversos especialistas en educación, nuestros niños y niñas en educación básica no aprenderán a leer, ni a escribir, ni a sumar. Una catástrofe educativa.

¿Cómo nos convertiremos en potencia científica en esas condiciones?

Un doctorado es el mayor logro posible para profesionales, expertos y académicos en diversos campos. Hoy Estados Unidos produce alrededor de 71,000 grados de doctor al año, Corea 14,000 y México 9,000. Mucho por hacer. Me pregunto cuántos doctorados tendremos dentro de 15 años, cuando los niños que hoy cursan una educación básica deficiente lleguen a la universidad sin los mínimos conocimientos necesarios.

De regreso a la cultura y la inteligencia emocional, Alain de Botton nos dice al respecto también que:

“Tenemos la tecnología de una civilización avanzada, en un precario balance con una base emocional que no se ha desarrollado mucho desde la época de las cavernas. Tenemos los apetitos y la furia destructiva de los primates primitivos, que han llegado a adquirir armas nucleares.”

Para eso sirve también la cultura. Para entender que vivimos en una sociedad plural y diversa. Para desarrollar empatía y tolerancia. Para comprender que hay otros puntos de vista, otras formas de ver la vida, y que todas merecen respeto y consideración.

Es infinitamente más importante el dominio de la voluntad que la voluntad de dominio. Solo basta ver al presidente de nuestro vecino del norte, con la furia destructiva de un primate primitivo. Todavía no llegamos a dimensionar el daño que sus excesos narcisistas le están causando al mundo. Un poco de cultura no le vendría mal.

<Hugo Setzer es el autor de este artículo, fue publicado en las páginas del diario El Universal de México>