«Existe una ley según la cual no nos puede ocurrir a nosotros aquello que les pasa a los demás, lo que a ellos le sucede de continuo. Los escritores se han referido a ello más de una vez. Es irrefutable mientras nos reconocen los amigos, pues suponemos reparable la desgracia. Cuando la conciencia de lo irreparable se adueña de nosotros, los amigos dejan de reconocernos y como confirmación de la regla nos hacemos distintos, es decir, nos convertimos en seres que están destinarnos a quemarse, arruinarse, a ser llevados ante los tribunales o al manicomio» (del relato Vías aéreas de Boris Pasternak)