Sócrates, Borges y el arte del desacuerdo

Decían y dijeron que Sócrates había combatido en varias batallas de la guerra del Peloponeso, y que en una de ellas, se quedó extasiado observando a lo lejos. Decían y dijeron que jamás escribió nada y era enemigo de la escritura porque de algún modo, pensaba que escribir era una falta de respeto con el otro y los otros, que ante lo escrito, no tenían manera de rebatir nada, más allá de que también era una falta de respeto con la lógica, pues lo escrito, escrito quedaba, y el ser humano jamás era el mismo. Quien escribía, al día siguiente había cambiado, y con los cambios era realmente imposible afirmar algo, o en último caso, si se decía o escribía, había que dejar muy en claro que lo dicho y escrito, se había dicho y escrito en tal o cual fecha.

Decía que el oficio de la escritura haría que quienes lo aprendieran descuidaran la memoria, “ya que, fiándose a la escritura, recordarán de un modo externo, valiéndose de caracteres ajenos; no desde su propio interior y de por sí”, como lo plasmó Platón en su texto sobre “Fedro o la belleza”. Unas líneas más adelante, el Sócrates protagonista de la obra de Platón comentaba que la escritura no era el elixir de la memoria, “sino el de la rememoración”, y “la apariencia de la sabiduría, no su verdad”, para concluir que transformaría a los estudiosos en “eruditos sin verdadera instrucción”, que se habrían de convertir en “sabios en su propia opinión, en lugar de sabios”. Como una especie de apéndice, sostenía que era muy difícil soportar la compañía de los eruditos.

Jorge Luis Borges cerró su ciclo de conferencias de 1971 en las que habló de la literatura y el aprendizaje del escritor en la Universidad de Columbia con una frase de Gilbert Keith Chesterton: “Only one thing is needful, everything” (Sólo una cosa es necesaria, todo). Luego dijo que un escritor necesitaba soledad, camino, vivir y amar, y sería amado y amante. “Un escritor necesita amistad. De hecho, un escritor necesita el universo. Ser escritor es, en un sentido, ser el que sueña despierto; vivir una suerte de doble vida”. En esa doble vida, la de la realidad y los sueños, la de la experiencia y la imaginación, decía que debía haber conversaciones, discusión, debates, caminos, encuentros, “el arte del acuerdo, y lo que es acaso más importante, el arte del desacuerdo”.

<El texto de este artículo pertenece a Fernando Araújo Vélez. Fue publicado en el diario El Espectador de Colombia>

«A ver, yo no sé si Delacruz hacía trampas o no, ni me interesa. Me caía bien porque se quedaba con el dinero de todos aquellos malnacidos. Esa noche los dejé bebiendo alrededor de la mesa, a punto de empezar a jugar, y salí fuera. Fingía que barría el portal. Al cabo de diez minutos vi a Delacruz, que subía desde la calle Almogàvers. Cuando lo tuve lo bastante cerca, le dije en voz baja que fuera con cuidado. Se detuvo, me miró extrañado y me preguntó por qué. <Hoy el jefe y sus amigos tienen malas pulgas>, le dije, <se han conchabado y te preparan alguna>. Me dio las gracias. <El poli lleva una pistola y todo, pero no te preocupes porque no está cargada>, añadí en el último momento. Entró en el bar como si nada. Con qué seguridad. Al cabo de un rato, cuando volví adentro, ya estaban jugando. Delacruz estaba sentado de espaldas a la barra, como siempre, y no le veía la cara, pero su presencia me infundió mucho respeto. Tan centrado e inmóvil, se habría dicho que se encontraba con los ojos tapados ante un pelotón de ejecución…»

Texto de la novela Maletas Perdidas de Jordi Puntí

Crédito fotografía: Fernando Díaz del Castillo

El escritor y el hombre público: Mario Vargas Llosa

Persona de convicciones, a veces cambiantes, nunca dejó de ser un observador privilegiado de la sociedad que lo vio nacer, la peruana y la latinoamericana, que bien reflejó en muchos de sus textos, y que los lectores supieron apreciar a nivel mundial

Su fallecimiento reciente y su presencia masiva en las pantallas en los últimos años hacen de él una figura reconocida por un público variopinto de diferente edades, estrato social y color personal. Y es que la vida del peruano (Arequipa, 1936 – Lima, 2025) ha tenido capítulos de todo tipo, que bien merecerían una detallada biografía que excedería lo acotado de este espacio.

Nacido en una familia de clase media del sur de la geografía peruana, desde temprana edad sintió la inclinación hacia el mundo de las letras. Aunque bien es cierto que, en la medida que iba desarrollando sus primeros escritos, jamás hubiera imaginado alcanzar un lugar tan destacado entre los personajes de la literatura mundial. Ni tampoco que en conjunto con nombres como los de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, entre otros, se convirtiera en uno de los padres del denominado Boom latinoamericano.

Practicó el artículo de opinión, el ensayo, la obra teatral, hasta la actuación teatral y por supuesto, la novela; con seguridad el género que le otorgó la mayor proyección y aceptación a nivel global. De ellas destacan, por nombrar unas pocas, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La casa verde, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, que le otorgaron reconocimiento como uno de los grandes autores en lengua española.

Si larga fue su trayectoria también así fue la cosecha de reconocimientos lograda: Premio Rómulo Gallegos, Biblioteca Breve, Planeta, Príncipe de Asturias de las Letras, Cervantes y el, por supuesto, el Nobel de Literatura. <además, y aún sin conocérsele ningún texto en esa lengua, le fue otorgado un asiento como miembro de la Academia Francesa de la Letras, idioma que el autor dominaba con cierta fluidez.

Como muchos otros personajes conocidos de distintas áreas del quehacer en Latinoamérica, en 1990 fue tentado a participar en la agitada vida política de su país. Y aún con públicos antecedentes de haber abrazado en un pasado ideas de izquierda, lo hizo como candidato de una coalición de centroderecha, elecciones en las que fue derrotado por otro político del variopinto orden populista, Alberto Fujimori, conocido como «el chino», ya que era hijo este de emigrantes japoneses.  

Quizás fruto de esa elección y de los acontecimientos que tuvo que afrontar el gobierno del “chino” frente a las guerrillas que operaban en vastas zonas del país; o quizás por la acción de personajes como el superministro Vladimiro Montesinos, apodado el “doctor” para hacer y deshacer a su antojo en el país, que le dieran ideas para que el laureado escritor reflejara en la novela Cinco esquinas esos tiempos sórdidos, con las posiciones acomodaticias que tomaron la burguesía, las fuerzas políticas y otros tantos grupos de la sociedad peruana de entonces. 

De Cinco esquinas el texto a continuación:

“Apenas sintió que el individuo que iba detrás de ella en el ómnibus de Surquillo a Cinco Esquinas se le pegaba con malas intenciones, la Retaquita sacó la gran aguja que llevaba prendida en el cinturón. La retuvo en la mano, esperando el próximo bache del vehículo, pues era en los baches cuando el vivazo aprovechaba para acercarle la bragueta al trasero. Lo hizo, en efecto, y ella, entonces, se volvió a mirarlo con sus enormes ojos fijos -era un hombrecillo insignificante, ya mayor, que en el acto le apartó la vista- y, metiéndole la gran aguja por la cara, le advirtió:

   – La próxima vez que te me arrimes te clavo esto en esa pichula inmunda que debes tener. Te juro que está envenenada.

   Hubo algunas risas en el ómnibus y el hombrecillo, confundido, disimuló haciéndose el sorprendido:

   – ¿Me habla usted a mí, señora? Qué le pasa, pues.

   – Estás prevenido, concha de tu madre- remató ella, secamente, volviéndole la espalda.

   El sujeto encajó la lección y, seguramente incómodo y avergonzado con las miradas burlonas de los pasajeros, se bajó en el siguiente paradero. La Retaquita recordó que esas advertencias no siempre servían, pese a que ella, en dos ocasiones, había cumplido con las amenazas. La primera, en un ómnibus de esta misma línea, a la altura de cuartel Barbones; el muchacho, que recibió el agujazo en plena bragueta, dio un chillido que sobresaltó a todos los pasajeros y llevó al chofer a frenar en seco.

   – ¡Así aprenderás a frotarte sólo con tu madre, maricón! – gritó la Retaquita, aprovechando que el vehículo se había detenido para saltar a la calle y echar a correr hacia el jirón Junín.

   La segunda vez que clavó la aguja en una bragueta a un sujeto que se le frotaba, fue más complicado. Era un mulato grandullón, lleno de granos en toda la cara, que la samaqueó, frenético, y la hubiera maltratado si otros pasajeros no la atajaban. Pero el asunto terminó en la comisaría; sólo la soltaron cuando descubrieron que llevaba carnet de periodista. Ella sabía que, por lo general, los policías tenían más miedo al periodismo que a los forajidos y atracadores.

   Hasta que el ómnibus llegó a Cinco Esquinas, volvió a pensar en lo que estaba pensando antes de notar que se le pegaba este sujeto por la espalda: ¿habían desaparecido los emolienteros? Siempre que veía en la calle a un tipo jalando un carrito se acercaba a espiar y era por lo común un heladero o un vendedor de refrescos y chocolatines. Rara, muy rara vez, un emolientero. Se estarían acabando, pues, otra muestra de lo supuestos progresos de Lima. Pronto no quedaría ni uno y los limeños del futuro ya ni siquiera sabrían qué era un emoliente.

   Su niñez era inseparable de esa bebida criolla tradicional, hecha con cebada, linaza, boldo y cola de caballo, que había visto preparar a lo largo de su infancia a su padre y un ayudante, un cojito medio tuerto al que apodaban Cojinova. En esa época los carritos de los emolienteros estaban por doquier en el centro de la ciudad, sobre todo en las entradas de las fábricas, en los alrededores de la Plaza Dos de Mayo y a lo largo de la avenida Argentina. <Los mejores clientes que tengo son jaranistas y obreros>, solía decir su progenitor. Ella lo había acompañado mil veces de niña y adolescente en sus recorridos jalando el carrito con los grandes tarros de emoliente preparados por él mismo y Cojinova en la pequeña quinta donde vivían entonces, en Breña, al final de la avenida Arica, allí donde terminaba la parte antigua de la ciudad y empezaban los descampados que se alargaban hasta La Perla, Bellavista y el Callao. La Retaquita recordaba muy bien que, en efecto, los clientes más fieles de su padre eran los trasnochadores que se habían pasado horas bebiendo en los barcitos del centro y los trabajadores que entraban al alba en las fábricas de las avenidas Argentina y Colonial y los alrededores del Puente del Ejército. Ella ayudaba sirviendo las tacitas de vidrio a los clientes con un papelito recortado que hacía de servilleta. Cuando su padre la dejaba en la escuelita del barrio y comenzaba la vida de la ciudad con la aparición de los barrenderos y los policías del tráfico, el emolientero llevaba ya por lo menos cuatro horas trabajando. Oficio duro; un trabajo matador y peligroso. A su padre lo habían asaltado y despojado de todas las ganancias del día varias veces, y, lo peor de todo, arriesgar tanto para ganar miserias. No era raro, pues, pensándolo bien, que los emolienteros estuvieran desapareciendo de las calles de Lima…”

“Me encantan las novelas que están llenas de ideas, con multiplicidad de matices y capas». Así, ateniéndonos a los hechos, un personaje ficticio de su novela El bastardo de Estambul, sostiene que el Imperio Otomano había cometido un genocidio con los armenios durante la Primera Guerra Mundial. Y, si bien lo expuesto surgía de un texto de ficción, determinó que la autora fuera juzgada durante un año por un fiscal turco. “En todo ese tiempo, hubo grupos en las calles quemando edificios y banderas, escupiendo mis fotografías y llamándome traidora; situación que hizo que tomara la decisión de exiliarme en Londres. Hoy, ojalá pudiera decir que ha pasado mucho tiempo y que hemos progresado desde entonces, pero no es así. Creo que en mi país se está volviendo una situación cada vez más difícil para los escritores” (Elif Shafak)

(Crédito fotografía: Wikipedia)

Hoteles literarios: de cómo el hábitat hostelero condicionó la escritura de los autores

Son lugares con historia en los que todavía es posible alojarse, aunque en algunos de ellos a precios astronómicos, y que desafían el paso del tiempo exhibiendo orgullosos en su libro de registros el nombre de los grandes autores de la literatura. Los hoteles han sido escenario de novelas, de momentos significativos en la vida (y también en la muerte) de los autores, de sus miserias y sus aspiraciones  

(Crédito fotografía: CanFatih Alptekin)

Cecil Hotel. Alejandría

Poco queda del viejo encanto de la cosmopolita Alejandría que Lawrence Durrell, quien trabajó allí entre 1941 y 1945 como agregado de prensa en la embajada británica, dejó atrapado en su célebre ‘Cuarteto’ como una gota de ámbar. Sin embargo, el Cecil Hotel, uno de sus escenarios, sigue en pie en su enclave privilegiado junto a la ‘corniche’. Puede que su fachada neoasiria no reluzca como antaño y que el gran espejo del hall en el que se reflejaba la seductora y un punto perturbada Justine, donde el protagonista la vio por primera vez, tenga hoy desconchones pero ahí sigue como testigo ajado y orgulloso de su pasado literario. 

Hotel Continental. Barcelona

Aunque otros hoteles históricos barceloneses, como el Majestic (donde se alojó García Lorca durante cuatro meses) o el Oriente (en el que residió Hans Christian Andersen a finales del XIX) se disputaran el honor de ser el hotel literario en la ciudad, la estancia de George Orwell en el Continental merece capítulo aparte. Desde el número 138 de las Ramblas donde sigue estando el hotel, el autor británico fue testigo de todos los desmanes de la guerra civil y escribió allí su ‘Homenaje a Cataluña’ mientras se codeaba con periodistas extranjeros, agentes comunistas con revolver y granadas de mano, burgueses simpatizantes de los fascistas, camioneros y heridos de las brigadas internacionales. 

Hotel Adlon. Berlín

El hotel que se levanta orgulloso en el cruce de la Wilhemstrasse y de Unter den Linden es en realidad una reconstrucción del que en 1945 sufrió un incendio y fue demolido en los 80 después de que las autoridades de la RDA lo dejaran caer en el abandono. Vuelto a construir tras la unificación, tiene el privilegio de protagonizar una novela, ‘Gran Hotel’ (1929) de la por entonces superventas Vicky Baum, que refleja el ambiente cosmopolita del momento cuando era frecuentado por políticos, estrellas de cine y artistas de todo pelaje. Exactamente lo que reflejó su adaptación cinematográfica en la que brilló la divina Greta Garbo. En el Adlon se alojaba también uno de los amantes de Sally Bowles (Liza Minelli en ‘Cabaret’) en la novela ‘Adiós a Berlín’ de Christopher Isherwood. 

Pera Palas. Estambul

El huésped más publicitado entre los famosos que frecuentaron el Pera Palas fue Agatha Christie, de quien se dice que escribió allí buena parte de ‘Asesinato en el Orient Express’. El hotel, en cuyo ‘hall’ podría entrar hoy la escritora sin notar apenas el paso del tiempo, encierra un enigma sin resolver. En 1979 la más famosa médium de Hollywood aseguró haberse puesto en contacto con la autora fallecida tres años antes y haber recibido el mensaje de que la clave del misterio de la desaparición de Christie durante unos días en 1926 se encontraba en la habitación 411, la que habitualmente ocupaba. En el sitio indicado apareció una llave oxidada que no arrojó la menor luz sobre el caso y que todavía descansa en la caja fuerte de un banco.

San Domenico. Taormina

Para el siglo XXI, el San Domenico, antiguo convento y uno de los más hermosos y mejor situados del mundo, es el hotel de ensueño donde se rodó la segunda temporada de ‘The White Lotus’. Para el amante de la literatura del XX fue el lugar donde en 1950 coincidieron el trío gay formado por Truman Capote, Jean Cocteau y André Gide. El norteamericano fue testigo del encuentro de los dos grandes autores franceses que se odiaban profundamente y lo demostraron a placer en un momento de alto voltaje en el que Gide mandó callar a Cocteau invitándole mirar el sobrecogedor paisaje de los acantilados con el perfil del Etna a lo lejos.

La Mamounia. Marrakech

El mayestático hotel de Marrakech alardea sobre todo de haber tenido a Winston Churchill entre sus huéspedes habituales pero no de los numerosos escritores que pernoctaron en sus señoriales habitaciones, aunque no hay que olvidar que a Churchill le dieron el premio Nobel de Literatura por sus discursos y sus trabajos de historia. Paul Bowles lo evocó en sus ‘Memorias de un nómada’, aunque el prefiriese el menos ostentoso ‘El Minzah’ de Tanger y autores como Somerset Maugham, Julien Green, Ernest Hemingway, Marguerite Yourcenar, Joseph Kessel y William Burroughs se pasearon por sus salas moriscas. 

Hotel Savoy. Londres

En este legendario establecimiento, el primer hotel de lujo de Gran Bretaña que introdujo instalación eléctrica y baño en la habitación, tuvieron lugar algunos encuentros entre Oscar Wilde y su joven amante, Alfred ‘Bosie’ Douglas. El padre, empeñado en demostrar cómo su hijo había sido seducido por un ‘pervertido’, pagó a las camareras del hotel para que testificaran en contra de la pareja en el juicio que llevó al escritor a la cárcel de Reading. Los más mínimos detalles, incluidas las manchas de esperma en las finas sábanas del alojamiento, fueron aireadas por la prensa. 

Chelsea Hotal. Nueva York

Con el permiso del Plaza (donde Truman Capote convocó su fiesta en blanco y negro) y del Algonquin (donde reinó Dorothy Parker), el Chelsea es un monumento, a la vez techo y psiquiátrico, a la cultura bohemia. Al margen del célebre asesinato de Sid Vicious a su novia, Nancy, se diría que está especializado en la muerte de escritores célebres y alcoholizados, como Dylan Thomas, Brendan Behan y O. Henry (se alojaba cada vez bajo un nombre distinto). Allen Ginsberg también se destruyó bastante aquí, así como Tennesse Williams. En él pernoctaron y se inspiraron Mark Twain, Thomas Wolfe, Arthur C. Clarke (en la habitación 1008 escribió ‘2001’) y, por supuesto, Leonard Cohen que definió el establecimiento como un lugar donde te podías llevar a tu habitación a “un enano, un oso y a cuatro damas sin que a nadie le importe” y rememoró en una canción su encuentro allí con Janis Joplin. 

Ritz. París

Es difícil elegir un solo establecimiento en París. En el Meurice se alojaron Tolstoi (muy a disgusto porque de las 38 parejas alojadas, 19 eran adúlteras) y más sastisfactoriamente, Dalí. En el Crillon, Arthur Conan Doyle, Louis-Ferdinand Céline y Colette, entre muchos otros. Pero ninguno iguala la leyenda de Hemingway y el bar Ritz, que hoy lleva su nombre el autor que según su propio relato ‘liberó’ tras haber participado en el desembarco de Normandia, desde un cómodo puesto de observación. Al llegar al hotel con un fusil ametralladora anunció al director que venía a liberar el local. “Lo siento señor, hace horas que los alemanes se han marchado y no le puedo dejar pasar armado”, respondió este. Tras desprenderse del arma, el autor de ‘El viejo y el mar’ dejó sin pagar 51 dry martinis. 

Raffles. Singapur

La plana mayor de los escritores viajeros y aventureros durmieron en el más exótico y glamuroso de los hoteles. Kipling (en la habitación 107), Conrad (en la 119), Hermann Hesse (112), Malraux (116), Somerset Maugham (120), Noel Coward (121). Para Maugham, con desdén colonizador, el lugar “resumía todos los mitos del sudeste asiático”. Conrad, que fue uno de los primeros en hospedarse en el local, escribió allí buena parte de ‘Tifón’ y entre sus muros imaginó al desgraciado héroe de su novela ‘Lord Jim’. Además, su bar es el único sitio en Singapur -donde arrojar cualquier cosa a la calle está penado con una multa de 2.000 dólares- en el que no solo se puede sino que se te obliga a ello, tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo. 

Hotel Roma. Turín

El capítulo de escritores fallecidos en hoteles tiene su culminación en la muerte de Cesare Pavese, resistente antifascista y una de las conciencias intelectuales de Italia. Hipersensible, solía coquetear con quitarse la vida al menos dos veces al año. En marzo de 1950 escribe que si uno se mata no es por amor a una mujer: “uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra miseria, nuestro estado desarmado, nuestra desnudez”. Seis meses después con 42 años se toma un cóctel letal de barbitúricos en la habitación 346 de este céntrico y nada lujoso hotel turinés. En recepción había exigido contar con un teléfono. Se dice que hizo cuatros llamadas antes de morir, pero nadie le contestó. 

Hotel Danieli. Venecia

Ejemplo del lujo y la exquisitez más extrema, el Danieli, un capricho que el multimillonario Bill Gates se compró el año pasado, fue el hábitat natural de autores adinerados del XIX como Goethe, Lord Byron, Balzac, Dickens o George Sand (que vivió aquí un tórrido romance de Alfred de Musset) pero se le recuerda especialmente por la visita que Marcel Proust hizo en 1900 a la ciudad de los canales junto a su madre y su amante, Reynaldo Hahn. El objetivo era visitar los lugares de los que hablaba su admirado y recientemente fallecido John Ruskin, en ‘Las piedras de Venecia’, que él mismo había traducido. Aunque Proust estuvo mucho más vinculado al Ritz de París, fue aquí donde cristalizó su ideal de belleza. 

<El artículo pertenece a Elena Hevia. Fue publicado en las páginas del diario El Periódico de Barcelona, España>

-¿Qué pretendes? -le interrumpió Bernat, sin tener en cuenta entonces el gesto implorante de Mercè-. Sí, soy corsario y, como bien dices, he tenido mil mujeres. Tu hija lo sabe, se lo he confesado, hemos hablado de ello. Pero a ninguna le he dado mi apellido, y si algún hijo llegué a engendrar, solo será un bastardo. A Mercè le ofrezco mi nombre, mi título y mi patrimonio, y deseo tener hijos legítimos con ella.

Puedes optar a mujeres nobles y…

No me interesan, Hugo. No me interesan las mujeres nobles ni ricas, caprichosas y frívolas como ellas. No me gusta la corte real…»

Texto de Los herederos de la tierra de Ildefonso Falcones

Crédito de ilustración: Cadernos da história

Joan Didion renueva su magia

Era el mes de marzo del 2018 cuando hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo la abulia y el peso de los años. Aunque más allá del texto mencionado, la autora cuenta con una buena lista de obras que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse por un pasado alimentado por historias surgidas de la crónica periodística. Y que en su caso, fueron estructuradas en obras de ficción tanto sea bajo la fórmula del relato corto, la novela, e incluso el guion cinematográfico.

Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los tiempos pandémicos y las dudas que estos trasladaron al mercado, que muchas editoriales decidieron apostar por lo ya conocido y de probada trayectoria. Así resurgieron con fuerza nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otras, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, pero ahora con una repercusión que ha llegado mucho más allá de las fronteras de sus países de origen.

Y si en el caso de la mencionada Según venga el juego, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para poner a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en la historia de la desaparición del ser querido, y también en una crónica que se extiende por los vertiginosos movimientos de una sociedad que a su alrededor muta también con los personajes.

El escrito se transforma en casi una autobiografía, con pasajes que bien podrían constituirse en parte de un ensayo, convirtiendo a la ficción en una amalgama de diferentes géneros. Obra que muchos de los lectores de la autora californiana ubican en un plano incluso superior que aquella primera y laureada producción.

De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:  

“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.

   Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.

   En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.

   Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.

   Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.

   Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.

   Se   reveló otro torbellino.

   La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.

   John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.

   Y aun así…

   Cada noche me esperaba para cenar conmigo.

   Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.

   Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.

   La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”

Las lenguas autóctonas y la importancia de preservarlas

El mundo está en pugna entre los que ven en la homogenización un hecho aglutinante y simplificador, y a estos se le oponen aquellos que luchan por la aceptación de la diversidad que les rodea. Esto alcanza a áreas a todo orden, desde la economía, las posturas filosófico políticas, la educación, y de manera más específica al recurso vehicular que representa el uso de las lenguas que se hablan dentro de un mismo país.

Así, en los cuatro puntos cardinales del orbe, encontramos estados en los cuales existe una idioma oficial, que desde tiempo inmemorial convive con otros tantos lenguajes locales. Es el caso por ejemplo de la lengua de los samis en Laponia, región que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y parte de Rusia, que comparten con el noruego, sueco, finlandés o el ruso. En América del Norte están los pueblos inuit y yupik con sus propias lenguas diseminados tanto en Alaska como en Canadá. Se podría destacar también la convivencia de las diferentes lenguas que en países como China o la India, algunas de ellas aceptadas y otras en franco retroceso.

El hecho también se da en regiones de África y América del Sur donde el habla de los pueblos originarios se ve amenazada por el “idioma oficial”. Es el caso del quechua en vastas regiones de Argentina, Chile, Bolivia, Perú; las lenguas indígenas de la selva amazónica o el caso del guaraní en Paraguay, Argentina, Brasil o Uruguay. En cuanto a Paraguay, la situación se vio agravada como producto de la denominada Guerra de la Triple Alianza, en el que Brasil, Argentina y Uruguay se coaligaron en contra del estado paraguayo, ocasionándole la pérdida de territorios y de gran parte de su población. Con posterioridad y dadas las particulares circunstancias,, la defensa de lo original y propio adquirió una épica casi numantina. Hasta que muchos años después, el gobierno tuvo que aceptar aquello que a todas luces era evidente: el uso del guaraní estaba lo suficientemente extendido en la sociedad como para no pasarlo por alto.

Hoy castellano y guaraní son aceptados en igualdad de condiciones por el estado paraguayo y se percibe un renacer de la lengua autóctona, amparada por diferentes instituciones que fomentan su uso. Es así que desde hace unos años a esta parte se viene desarrollando la Feria del Libro Chacú – Guaraní que, más allá de oficiar como un gigantesco expositor de aquello que se publica, pretende ser un polo más de defensa y desarrollo del lenguaje autóctono.

En referencia a esto, el escritor uruguayo Eduardo Galeano supo resumir a través de estas significativas palabras por qué es necesario la defensa de un idioma considerado como propio:

«Al terminar el libro comprendí que había recorrido un camino tortuoso y llegaba al final limpia y desnuda. En esas páginas estaba tu vida luminosa y la trayectoria de nuestra familia. La terrible confusión de ese año de tormento se disipó: tenía claro que mi pérdida no era excepcional, sino la de millones de madres, el sufrimiento más antiguo y común de la humanidad…»

Imagen: Maternidad de Gregor Ritter (Grey85) – Pixabay

Pasaje del capítulo Días de luz y de luto, del texto La suma de los días de Isabel Allende