Con el solo hecho de mencionar el nombre del autor se nos representan historias de espías cargadas con buenas dosis de acción y suspense. Mientras que sus tramas están plagadas de personajes en los que las contradicciones forman una constante en sus fisonomías. El inglés, (Berkhamsted, Hertforshire, 1904 – Vevey, Suiza, 1991), gustó de expresarlo en muchas instancias de sus textos, y fueron parte de su propio recorrido de vida.
Desde edad temprana manifestó una decidida inclinación hacia las letras y muy pronto publicó su primer compendio de poesía aunque, bien es cierto, con limitada repercusión. Persona de convicciones desde joven mostró sus inquietudes personales, más aún durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, que hicieron de él un afiliado más del Partido Comunista, militancia que abandonaría poco tiempo después.
Más allá de sus convicciones políticas, tuvo oportunidad de asistir a la Universidad de Oxford para, una vez graduado, ingresar a trabajar como periodista en el diario de Nottingham y de allí al prestigioso The Times de Londres. Muy pronto haría aparición su primera novela El otro hombre o Historia de una cobardía, la que sí logró muy buena acogida y le hizo volcarse de lleno en su literatura. Si bien es cierto que nunca abandonó sus opiniones, colaborando en varias publicaciones como periodista independiente.
Su vida sufrió un completo vuelco en el momento que su hermana lo acercó al MI6, el servicio secreto exterior británico. Eso y la información a la que podía tener acceso de acuerdo a sus funciones, le permitieron apreciar de cerca las problemáticas de los países y la personalidad de muchos de sus líderes. Esas experiencias le aportarían material más que suficiente para abastecer las tramas de sus historias.
Greene pudo componer una obra extensa que le permitió incursionar en la novela corta, el ensayo, escribir piezas de teatro e incluso en la novela infantil, géneros por los cuales su nombre formó parte en más de una oportunidad para el Premio Nobel de Literatura. Luego la calidad de sus historias hicieron que muchas de ellas fueran llevadas a la gran pantalla; novelas como El poder y la gloria; El tercer hombre; El americano impasible; El tren de Estambul; Nuestro hombre en La Habana o El cónsul honorario, relatos en los que le agradaba detenerse en la construcción de la psicología de los personajes, títulos que no pierden un ápice de actualidad y le garantizan la constante reedición de sus obras.
En El tercer hombre sitúa la acción en Viena con su fantástica arquitectura, el caudaloso Danubio y también el «Prater» con su gigantesca noria. El pasaje siguiente habla de postguerra, de ocupación y de los supervivientes de todos los bandos entregados al siniestro juego del sálvense quien pueda:
“La nieve daba un aire de comedia grotesca a los grandes y pomposos panteones familiares; sobre una cara angelical se ladeaba un bisoñé de nieve, un santo tenía un espeso mostacho blanco y sobre el busto de un funcionario civil de alta categoría llamado Wolfgang Gottmann había un chacó de nieve en un ángulo ebrio. Hasta el cementerio estaba dividido según las zonas de las potencias; la zona rusa se distinguía por sus enormes estatuas de mal gusto de hombres armados; la francesa, por sus filas de anónimas cruces de madera y una desgarrada y cansada bandera tricolor. Luego, Martins recordó que Lime era católico y, por tanto, no era muy probable que le enterrasen en la zona británica que habían estado buscando en vano. Así que volvieron en el coche por el corazón del bosque donde las tumbas yacían como lobos entre los árboles, blancos ojos parpadeantes bajo los sombríos árboles siempre verdes. Una vez emergió de debajo de los árboles un grupo de tres hombres, con extraños uniformes dieciochescos en negro y plata y tocados con tricornios, que empujaban una especie de carreta: cruzaron un claro en el bosque de tumbas y desaparecieron de nuevo.
Por pura casualidad pudieron encontrar a tiempo el entierro: un pedazo de tierra en el enorme parque, limpio de nieve, donde se había juntado un grupo diminuto, al parecer entregado a un asunto muy privado. Acababa de hablar un sacerdote -sus palabras llegaban tenuemente a través de la fina y paciente nieve-, e iban a bajar un ataúd al interior de la tumba. Dos hombres vestidos con trajes corrientes estaban de pie al lado de la fosa; uno llevaba una corona que sin duda había olvidado posar sobre el ataúd, porque su compañero le tocó con el codo, ante lo cual él dio un respingo y dejó caer las flores. Había una muchacha, un poco alejada, que se tapaba el rostro con las manos, y yo, que estaba a veinte yardas de distancia, junto a otra tumba, mirando con alivio el final de Harry Lime y fijándome cuidadosamente en quienes estaban allí: para Martins yo era tan sólo un hombre con un impermeable. Se me acercó y me preguntó:
<¿Podría decirme a quién están enterrando?>
<A un tipo llamado Lime>, dije, y me quedé atónito al ver cómo se le llenaban de lágrimas los ojos del desconocido: ni él parecía un hombre capaz de llorar, ni yo creía que Lime fuera de la clase de hombre por el que nadie pudiera sentir pena: pena auténtica con lágrimas auténticas. Por supuesto, allí estaba la muchacha, pero esas generalizaciones no incluyen a las mujeres.
Martin permaneció allí, hasta el final, cerca de mí. Más tarde me dijo que, como viejo amigo, no quería mezclarse con los nuevos: la muerte de Lime les pertenecía a estos, que se quedaban con ella. Tenía la ilusión sentimental de que la vida de Lime -al menos veinte años de su vida- le pertenecían a él. Tan pronto como se acabó aquello -no soy un hombre religioso y me impacienta un poco todo el ritual de la muerte- Martins se alejó hasta el taxi dando zancadas con esas largas piernas suyas que siempre parecían que se iban a enredar. No intentó hablar con nadie y ahora lloraba de verdad, al menos esas pocas y mezquinas gotas que podemos exprimir a nuestra edad.
Los archivos, saben, nunca se completan del todo; un caso no se cierra nunca, ni siquiera después de un siglo, cuando ya se han muerto todos los participantes. Así que seguí a Martins: conocía a los otros tres; quería conocer al extraño. Le alcancé junto a su taxi y le dije:
<No tengo medio de transporte. ¿Podría llevarme hasta la ciudad?>
<Por supuesto>, dijo.
Sabía que el conductor de mi jeep me vería al salir y podría seguirnos discretamente. Cuando arrancamos me di cuenta de que Martins no miraba atrás: son casi siempre los falsos apenados y los falsos amantes los que echan la última mirada, los que esperan saludando en los andenes, en vez de largarse rápidamente, sin mirar atrás.
¿Será porque se quieren tanto a sí mismos y quieren que les miren los demás, hasta los que están muertos?
<Mi nombre es Calloway, le dije.
<Martins>, dijo él.
<¿Era usted amigo de Lime?>
<Sí>.
La mayor parte de la gente en la última semana habría vacilado antes de afirmar una cosa así.
<¿Lleva mucho tiempo aquí?>
<He llegado esta misma tarde de Inglaterra. Harry me había invitado a que me quedara con él. No sabía nada>
<¿Le ha impresionado un poco, no?>
<Mire -dijo-, necesito una copa, pero no tengo más que cinco libras esterlinas. Le agradecería mucho que me invitara.>
Me tocaba decir: <Por supuesto.> Pensé un momento y luego le di al conductor el nombre de un barcito de la Kärntnerstasse. No creía que quisiera que le vieran todavía en el animado bar británico, lleno de oficiales en tránsito y de sus mujeres. En aquel bar -quizá por lo exorbitante de sus precios- no había en aquel momento más que una pareja muy amartelada. El problema era que sólo tenían una bebida -un licor dulce de chocolate que el camarero mejoraba, mediante una propina, con coñac-, pero tuve la impresión de que Martins no iba a rechazar nada bebible, con tal de que corriera un velo sobre el presente y el pasado. En la puerta había el acostumbrado cartel que decía que el bar se abría de seis a diez, pero no tenías más que empujar la puerta y pasabas al salón principal. Dispusimos de una salita para nosotros solos; la única pareja estaba en el salón de al lado y el camarero, que me conocía, nos dejó solos son con unos bocadillos de caviar. Afortunadamente, los dos sabíamos que yo disponía de una cuenta de gastos.
Martins dijo tomando su segunda copa, rápida:
<Lo siento, pero era el mejor amigo que tenía>
No pude resistir decirle, sabiendo lo que yo sabía y porque tenía ganas de pincharle, pues se aprende mucho así:
<Suena a novela barata.>
Dijo rápidamente: <Escribo novelas baratas.>
Ya sabía algo. Hasta que no hubo tomado su tercera copa, tuve la impresión de que no era un hombre al que se le soltara la lengua, pero estaba bastante seguro de que era uno de esos que se ponían desagradables a partir de la cuarta.
<Hábleme de usted y de Lime>, le dije.
<Mire -dijo él-, necesito como sea otra copa, pero no quiero gorronearle a un desconocido. ¿Me puede cambiar una o dos libras por dinero austríaco?>
<No se preocupe por eso -dije, y llamé al camarero-. Ya me invitará usted a mí cuando vaya a Londres de permiso. ¿No me iba a contar cómo conoció a Lime?>
La copa de licor de chocolate podía haber sido de cristal de roca, a juzgar por cómo la miró y la hizo girar en una y otra dirección.
<Fue hace mucho tiempo. Supongo que nadie conocía a Harry como yo le conocí>, dijo, y yo pensé en el abultado fichero lleno de informes de agentes que había en mi oficina, todos diciendo lo mismo…”