Corina Oproae, del ‘milagro’ rumano a su inexorable caída

La escritora, luego de años de residencia fuera de su país, se atreve con un texto que, reconoce, necesitó de un tiempo prudencial de vida antes de poderlo desarrollar

Afrontar la escritura de un texto en una lengua que no es la materna es siempre un reto. En el caso de la autora rumana (Fagaras, Transilvania, 1973), es tal vez la confirmación de su amor y vinculación por un idioma que, después de más de veinte años de residencia en España, considera como propio.

Graduada en su país en filología inglesa e hispánica, sus primeros textos fueron dentro del género poético, de las que vieron la luz una selección de cuatro compendios. Luego se atrevió con el ensayo: La mano que tiembla, escrito en castellano y que con posterioridad ella misma tradujo al catalán. Más allá de haber traducido a otros autores de su país, como Norman Manea y Marin Sorescu, además de la moldava-rumana Tatiana Tibuleac. Textos por los que se hizo acreedora al Premio Jordi Domènec de traducción poética.

Aunque la autora ha dado un paso más en su obra con la publicación de su primera ficción novelada, La casa limón; y la experiencia le ha valido el reconocimiento de la crítica y la obtención del Premio Tusquets de Novela. En ella, traslada la acción a la Rumanía de los años ochenta, en los que los sueños del comunismo de Nicolae Ceaucescu (‘El gran dirigente´) daban sus últimos estertores de vida. En los que, bajo la mirada de una curiosa e inquieta niña de diez años, no deja de preguntarse los porqués que se suceden a su alrededor. Así, la chica va tomando conciencia a pasos agigantados de la sociedad en la que habita, mientras que su padre enfermo la va perdiendo de manera inexorable.

La trama, compuesta con elogiable poder de concisión, va describiendo además el despertar sexual de la preadolescente. En una sociedad en que la delación es el pan de todos los días, bajo la vigilancia del mega aparato policíaco estatal de la `Securitate`. Y, mientras sus estómagos se sublevan por la cartilla de racionamiento, las voces de cambio van agigantándose, añorando ‘eso’ que pudo haber sido, pero que finalmente nunca sucedió.  

Aunque en este tránsito y como si de un realismo mágico se tratara, en una sociedad donde existen temas que jamás deben salir a la superficie, a la niña, tan solo por pensarlo, le hacen sentirse la culpable de que así sucedan. Como defensa, la pequeña encuentra su salvaguarda parapetándose en su mundo detrás de pilas de libros; lugar en que su imaginación alimenta esta historia cargada de metáforas y donde todos los sentidos, en particular el olfato, se hacen presentes, para hacer de este un texto único y singular. 

De La casa limón, el pasaje con el que, en voz de la pequeña e imaginativa protagonista, da comienzo a la narración:   

“No recuerdo cuántos años tengo, pero sí que vivo debajo de una gran mesa de madera, en un castillo infinito, cuyos muros están hecho de libros. Acaricio temerosa cada libro que cojo, como para asegurarme de que el castillo no se me derrumba. Huelo los libros uno a uno. Me chifla hacerlo. De la misma manera que en el colegio, donde lo único que me parece importante es acercarme a la maestra para oler las fresas que lleva colgadas al cuello, dentro de un sugerente medallón. Los olores me guían. Todo tiene olor. Las personas, las abejas que revolotean a mi alrededor, la voz lejana de papá, la hierba, las estrellas que contemplo cada noche tumbada en un banco de madera pintado de verde y colocado delante de casa con ese propósito.

   Ahí debajo de la mesa de madera maciza, voy creciendo poco a poco, mientras paso desapercibida por completo. Ya sé que hay niños que crecen al aire libre, otros agarrados a las faldas de sus madres, y que, según el lugar del mundo en que les haya tocado nacer, puede que jamás lleguen a ser adultos. Nunca nadie cuestionó mi forma de vida. Cuando oigo la voz de mamá llamándome a desayunar, a comer o a cenar, salgo de debajo de la mesa, sin prisas, y me reciben como si llegara de jugar con los niños que gritan y canturrean fuera, como si volviera sedienta y hambrienta después de mil aventuras vividas deprisa, pero con toda intensidad.

   Nadie pregunta por el castillo. Las cosas son de una normalidad asombrosa, y lo único que deseo es regresar a casa de la escuela, acabar pronto de comer, para volver a mi lugar predilecto. A medida que se me alargan las piernas y los brazos, los muros hechos de libros se ensanchan para hacerme lugar. Me sucede algo curioso. Abandono cada libro que cojo para empezar a leer, pero lo vuelvo a abrir, invariablemente el mismo libro, sin buscarlo, y lo comienzo de nuevo. Nunca paso de las primeras páginas. Lo que pienso es que cuando entienda todos los comienzos, sabré cuál es el libro que hará que pueda leer todos los demás. Porque intuyo que más adelante leeré en uno de esos libros que un libro es todos los libros.

   En mi castillo no existe el tiempo, sino una especie de ‘continuum’ fragmentado por las horas de escuela, por las comidas, por el baño con agua caliente para quitarme el frío o por la insistencia de mamá para irme a dormir. Tampoco la noche constituye una interrupción. Antes de acostarme, deslizo uno de los libros debajo del camisón y, cuando la casa queda en silencio, lo saco y lo dejo preparado debajo de la almohada, para poder volver a comenzar. Cuando ya no puedo leer en la oscuridad, continúo en sueños. Las paredes del castillo se amoldan con asombrosa naturalidad a los escenarios de cada sueño. Ahora sé que dentro de poco ya no habrá necesidad de salir.

   Recuerdo todas las palabras, pero tengo cierta dificultad para entender el conjunto. De todas formas, nunca doy señales del menor desánimo. Vuelvo a comenzar cada libro como si lo descubriera por primera vez, como si hubiera encontrado el más preciado de los tesoros. El rato que paso en la escuela es irrelevante para mí, por más que los que tengo alrededor se empeñen en querer saber qué he hecho allí, cómo me ha ido tal y tal clase, qué me han dicho los profesores sobre ese o aquel trabajo. Siempre contesto algo para que me dejen en paz cuanto antes, y funciona. No acabo de entender el entusiasmo que muestran mis padres por la escuela.

   Hay preguntas que nadie me hará, como por ejemplo si las abejas revolotean a menudo a mi alrededor o si las mariposas se posan sobre mi cabeza o en mi mano derecha, cuántas veces han cambiado de forma las nubes en la última hora o a qué huele la canción que papá pone invariablemente en el tocadiscos y que también suena en mi cabeza a todas horas. Pero, según parece, nadie tiene interés por ese tipo de cosas. Tampoco protesto. No sea que a alguien se le ocurra entrometerse luego en mis asuntos del castillo, que, por cierto, ya tiene una magnífica puerta de entrada y todas sus paredes bien edificadas y atestadas de libros…”

«–¿Y por qué estoy hablando con un puñetero gato? Ni que pudieras entenderme…

Qué poco sabía, pensé mientras él apuraba el resto del café. Para demostrarle que sí lo entendía, me restregué contra sus piernas y le ofrecí el cariño que sin duda tanto necesitaba. Pareció sorprendido, pero no se apartó de inmediato. Decidí tentar a la suerte y salté a su regazo…«

Texto de la novela El gato que curaba corazones, de Rachel Wells

César Aira, prolífico e inclasificable

Como si de un maná se tratase, el escritor sudamericano ha creado una obra variada y difícil de clasificar, en la cual caben todos los géneros y los no-géneros también

Cuando se aprecia con detenimiento la obra del argentino (1949, Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires) lo menos que se puede es catalogarla de variada y prolífica. En ella se incluye géneros como la novela, el relato corto, la nouvelle, el ensayo, y hasta obras teatrales, además una larga lista de traducciones de obras en francés (Antoine de Saint Exupéry), en inglés (Stephen King, Raymond Chandler), e incluso en alemán (Franz Kafka).

Es evidente que dada su aceptación, a lo largo de los años toda esta fertilidad creativa ha generado distintos reconocimientos. En principio, el autor ha sido beneficiario de una Beca Guggenheim, luego ha recibido los premios Roger Caillois y el Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, además del Premio Formentor de las Letras, y ha sido nombrado Caballero de la Orden de las Artes y de las Letras por el gobierno francés.  

En cuanto a su obra, muchos de sus textos estarían dentro de una definición cercana a lo inclasificable, generando para el bonaerense un halo de iconoclasta sobre lo establecido, ya que es usual que en sus obras utilice una conjunción de géneros y estilos en los que es frecuente que eche mano de muchos elementos de ciencia ficción, los que reflejan la licencia con que la que construye sus tramas. Situándolas en un sendero entre el cuento, la novela, y hasta la crónica de sucesos; permitiéndose muchas veces la libertad de dejar un final abierto e inconcluso.

Sería extenso enumerar por completo sus obras, aunque por nombrar algunas, dentro del ensayo encontramos su trabajo sobre los escritores connacionales Alejandra Pizarnik y Copi; luego el Diccionario de Autores Latinoamericanos, y también Evasión y otros ensayos. Dentro de la novela y el relato, destacan títulos como La Prueba, Como me hice monja, o El cerebro musical y también sus Relatos reunidos. 

Para apreciar en parte su técnica literaria, el texto del relato Sin testigos, incluido dentro de la selección de El cerebro musical, donde se puede apreciar las características mencionadas con anterioridad y con las que ha logrado el aval de sus lectores:

«Las circunstancias me habían reducido a la mendicidad callejera. Como el pedido directo no rendía, tuve que recurrir a la estafa, al engaño, siempre en pequeña escala, por ejemplo, hacerme pasar por paralítico, ciego, enfermo de alguna terrible enfermedad. No era nada agradable hacerlo. Una vez se me ocurrió que podía hacer algo más ingenioso, más fino, que aunque sirviera para una sola vez y no me diera gran cosa, al menos me dejaría la satisfacción de haber hecho algo pensado, casi artístico según lo veía yo. Necesitaba que algún incauto cayera, y preferiblemente que cayera en un sitio donde no hubiera testigos. Caminé un poco, sobre mis pies doloridos (de verdad) por las callejuelas que tan familiares me eran, ya que vivía y dormía de ellas, hasta encontrar un rincón por el que estaba seguro que no pasaría nadie. Ahí me tiré, al lado de un gran cubo de basura, a esperar a mi presa. Quedé recostado en la pared, a medias oculto por el tubo, en las manos la caja chata que había encontrado tirada y había recogido: era la que me había dado la idea de hacer el truco que me reportaría algún dinero. Debo aclarar que todavía no sabía qué truco sería ése. Lo improvisaría a último momento. De pronto se hizo de noche. Ese rincón estaba muy oscuro, pero acostumbrado como estaba yo a lugares tenebrosos, veía bastante bien. Y tal como lo había previsto, por ahí no pasaba nadie. Era lo que yo necesitaba: un sitio solitario y sin testigos. Pero también necesitaba una víctima, y con el paso de las horas empecé a convencerme que no caería nadie. Debo de haberme dormido y vuelto a despertar, varias veces. Se había hecho un gran silencio. Sería la medianoche, calculo, cuando oí pasos: venía alguien. No me moví. Era un hombre, fue todo lo que pude decir; no había iluminación suficiente para los detalles. Y antes de que yo pudiera ponerme en movimiento, o llamarlo o chistarlo, vi que se dirigía al cubo y se ponía a hurgar. Era un mendigo, un buscavidas, como yo. Mal podía hacerlo víctima de un truco ingenioso para sacarle dinero. Aun así, lo había intentado, aunque más no sea para extraerle una moneda y no sentir que había perdido la noche. Pero antes de que yo hiciera el menor movimiento, el desconocido alzaba algo pesado de adentro del cubo y soltaba una exclamación ahogada. Miré, con mi penetrante vista nocturna: era una bolsa llena de monedas de oro. Pasó por mi mente como un relámpago la sensación más amarga de mi vida: era una fortuna, que había estado al alcance de mis manos durante horas, horas perdidas en la espera de un inocente al que sacarle mediante engaños una cantidad ínfima de dinero. Y ahora ese inocente aparecía y se alzaba con mi tesoro, delante de mis narices. Miró para ambos lados, para asegurarse de que nadie lo había visto, y echó a correr. No había advertido mi presencia ahí abajo. Yo no soy de reacciones rápidas, nunca lo fui, pero en esta ocasión, que se me antojó suprema e irrepetible, actué, movido por algo que se parecía a la desesperación. Simplemente estiré una pierna y lo hice tropezar. Él estaba tomando velocidad, su pie se enganchó con mi pierna y cayó cuan largo era; tal como yo había previsto, la bolsa de monedas cayó con él y las monedas se desparramaron por el piso, por el empedrado desparejo de ese callejón, con gran ruido metálico y brillos prometedores. Yo contaba con que el apuro a él lo llevara a recoger cuantas monedas pudiera y salir corriendo, mientras yo de mi parte también juntaba monedas, que él no me negaría; su caída, el desparramo de las monedas, nos ponía a los dos en la misma situación de apropiadores clandestinos. Pero para mi sorpresa y horror, no fue así. El hombre se levantó, ágil como un gato, y sin terminar de ponerse de pie, a medio levantar, se arrojó sobre mí al tiempo que sacaba un cuchillo enorme del bolsillo. A pesar de mi vida precaria en la calle, yo no me había endurecido. Seguía siendo un tímido, que escapaba a toda clase de violencia. En esta ocasión no pude soñar ni siquiera con escapar. Él ya estaba sobre mí y levantó el cuchillo y lo descargó con tremenda fuerza sobre mi pecho. Me penetró casi hasta salir por el otro lado, y debía de ser cerca del corazón. Sentí la muerte, con una absoluta convicción. Pero cual no sería mi sorpresa al ver que al mismo tiempo que me hería, le aparecía a él, en el pecho una herida igual en el mismo lugar, y empezaba a manar sangre. Su corazón también había sido herido. Él se miró el pecho, perplejo. No entendía, y no era para menos. Me había apuñalado a mí, y la herida aparecía también en él. Extrajo el cuchillo de mi pecho, y, ya con la mirada turbia por la muerte, como la mía, volvió a clavar, al lado, como si quisiera comprobar fehacientemente el hecho extraño. Y en efecto, en su pecho apareció la segunda herida. Empezó a manar sangre. Fue lo último que vi (o vio)».

Morí por la Belleza, pero apenas

ahormada en la tumba.

Otro murió por la Verdad, y estaba

en un lugar contiguo.

Me preguntó en voz baja: «¿De qué has muerto?».

Dije: «Por la Belleza».

«Pues yo por la Verdad. Y son lo mismo».

Añadió: «Hermanos somos».

Así, como parientes que se encuentran

de noche, conversamos.

Hasta que el musgo nos llegó a los labios

y cubrió nuestros nombres.

Versos de Morí por la belleza, de Emily Dickinson

Graham Greene, espionaje e intriga en la majestuosa Viena

Con el solo hecho de mencionar el nombre del autor se nos representan historias de espías cargadas con buenas dosis de acción y suspense. Mientras que sus tramas están plagadas de personajes en los que las contradicciones forman una constante en sus fisonomías. El inglés, (Berkhamsted, Hertforshire, 1904 – Vevey, Suiza, 1991), gustó de expresarlo en muchas instancias de sus textos, y fueron parte de su propio recorrido de vida.

Desde edad temprana manifestó una decidida inclinación hacia las letras y muy pronto publicó su primer compendio de poesía aunque, bien es cierto, con limitada repercusión. Persona de convicciones desde joven mostró sus inquietudes personales, más aún durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, que hicieron de él un afiliado más del Partido Comunista, militancia que abandonaría poco tiempo después.

Más allá de sus convicciones políticas, tuvo oportunidad de asistir a la Universidad de Oxford para, una vez graduado, ingresar a trabajar como periodista en el diario de Nottingham y de allí al prestigioso The Times de Londres. Muy pronto haría aparición su primera novela El otro hombre o Historia de una cobardía, la que sí logró muy buena acogida y le hizo volcarse de lleno en su literatura. Si bien es cierto que nunca abandonó sus opiniones, colaborando en varias publicaciones como periodista independiente.

Su vida sufrió un completo vuelco en el momento que su hermana lo acercó al MI6, el servicio secreto exterior británico. Eso y la información a la que podía tener acceso de acuerdo a sus funciones, le permitieron apreciar de cerca las problemáticas de los países y la personalidad de muchos de sus líderes. Esas experiencias le aportarían material más que suficiente para abastecer las tramas de sus historias.

Greene pudo componer una obra extensa que le permitió incursionar en la novela corta, el ensayo, escribir piezas de teatro e incluso en la novela infantil, géneros por los cuales su nombre formó parte en más de una oportunidad para el Premio Nobel de Literatura. Luego la calidad de sus historias hicieron que muchas de ellas fueran llevadas a la gran pantalla; novelas como El poder y la gloria; El tercer hombre; El americano impasible; El tren de Estambul; Nuestro hombre en La Habana o El cónsul honorario, relatos en los que le agradaba detenerse en la construcción de la psicología de los personajes, títulos que no pierden un ápice de actualidad y le garantizan la constante reedición de sus obras.

En El tercer hombre sitúa la acción en Viena con su fantástica arquitectura, el caudaloso Danubio y también el «Prater» con su gigantesca noria. El pasaje siguiente habla de postguerra, de ocupación y de los supervivientes de todos los bandos entregados al siniestro juego del sálvense quien pueda:

   “La nieve daba un aire de comedia grotesca a los grandes y pomposos panteones familiares; sobre una cara angelical se ladeaba un bisoñé de nieve, un santo tenía un espeso mostacho blanco y sobre el busto de un funcionario civil de alta categoría llamado Wolfgang Gottmann había un chacó de nieve en un ángulo ebrio. Hasta el cementerio estaba dividido según las zonas de las potencias; la zona rusa se distinguía por sus enormes estatuas de mal gusto de hombres armados; la francesa, por sus filas de anónimas cruces de madera y una desgarrada y cansada bandera tricolor. Luego, Martins recordó que Lime era católico y, por tanto, no era muy probable que le enterrasen en la zona británica que habían estado buscando en vano. Así que volvieron en el coche por el corazón del bosque donde las tumbas yacían como lobos entre los árboles, blancos ojos parpadeantes bajo los sombríos árboles siempre verdes. Una vez emergió de debajo de los árboles un grupo de tres hombres, con extraños uniformes dieciochescos en negro y plata y tocados con tricornios, que empujaban una especie de carreta: cruzaron un claro en el bosque de tumbas y desaparecieron de nuevo.

   Por pura casualidad pudieron encontrar a tiempo el entierro: un pedazo de tierra en el enorme parque, limpio de nieve, donde se había juntado un grupo diminuto, al parecer entregado a un asunto muy privado. Acababa de hablar un sacerdote -sus palabras llegaban tenuemente a través de la fina y paciente nieve-, e iban a bajar un ataúd al interior de la tumba. Dos hombres vestidos con trajes corrientes estaban de pie al lado de la fosa; uno llevaba una corona que sin duda había olvidado posar sobre el ataúd, porque su compañero le tocó con el codo, ante lo cual él dio un respingo y dejó caer las flores. Había una muchacha, un poco alejada, que se tapaba el rostro con las manos, y yo, que estaba a veinte yardas de distancia, junto a otra tumba, mirando con alivio el final de Harry Lime y fijándome cuidadosamente en quienes estaban allí: para Martins yo era tan sólo un hombre con un impermeable. Se me acercó y me preguntó:

   <¿Podría decirme a quién están enterrando?>

   <A un tipo llamado Lime>, dije, y me quedé atónito al ver cómo se le llenaban de lágrimas los ojos del desconocido: ni él parecía un hombre capaz de llorar, ni yo creía que Lime fuera de la clase de hombre por el que nadie pudiera sentir pena: pena auténtica con lágrimas auténticas. Por supuesto, allí estaba la muchacha, pero esas generalizaciones no incluyen a las mujeres.

   Martin permaneció allí, hasta el final, cerca de mí. Más tarde me dijo que, como viejo amigo, no quería mezclarse con los nuevos: la muerte de Lime les pertenecía a estos, que se quedaban con ella. Tenía la ilusión sentimental de que la vida de Lime -al menos veinte años de su vida- le pertenecían a él. Tan pronto como se acabó aquello -no soy un hombre religioso y me impacienta un poco todo el ritual de la muerte- Martins se alejó hasta el taxi dando zancadas con esas largas piernas suyas que siempre parecían que se iban a enredar. No intentó hablar con nadie y ahora lloraba de verdad, al menos esas pocas y mezquinas gotas que podemos exprimir a nuestra edad.

   Los archivos, saben, nunca se completan del todo; un caso no se cierra nunca, ni siquiera después de un siglo, cuando ya se han muerto todos los participantes. Así que seguí a Martins: conocía a los otros tres; quería conocer al extraño. Le alcancé junto a su taxi y le dije:

   <No tengo medio de transporte. ¿Podría llevarme hasta la ciudad?>

   <Por supuesto>, dijo.

   Sabía que el conductor de mi jeep me vería al salir y podría seguirnos discretamente. Cuando arrancamos me di cuenta de que Martins no miraba atrás: son casi siempre los falsos apenados y los falsos amantes los que echan la última mirada, los que esperan saludando en los andenes, en vez de largarse rápidamente, sin mirar atrás.

   ¿Será porque se quieren tanto a sí mismos y quieren que les miren los demás, hasta los que están muertos?

   <Mi nombre es Calloway, le dije.

   <Martins>, dijo él.

   <¿Era usted amigo de Lime?>

   <Sí>.

   La mayor parte de la gente en la última semana habría vacilado antes de afirmar una cosa así.

   <¿Lleva mucho tiempo aquí?>

   <He llegado esta misma tarde de Inglaterra. Harry me había invitado a que me quedara con él. No sabía nada>

   <¿Le ha impresionado un poco, no?>

   <Mire -dijo-, necesito una copa, pero no tengo más que cinco libras esterlinas. Le agradecería mucho que me invitara.>

   Me tocaba decir: <Por supuesto.> Pensé un momento y luego le di al conductor el nombre de un barcito de la Kärntnerstasse. No creía que quisiera que le vieran todavía en el animado bar británico, lleno de oficiales en tránsito y de sus mujeres. En aquel bar -quizá por lo exorbitante de sus precios- no había en aquel momento más que una pareja muy amartelada. El problema era que sólo tenían una bebida -un licor dulce de chocolate que el camarero mejoraba, mediante una propina, con coñac-, pero tuve la impresión de que Martins no iba a rechazar nada bebible, con tal de que corriera un velo sobre el presente y el pasado. En la puerta había el acostumbrado cartel que decía que el bar se abría de seis a diez, pero no tenías más que empujar la puerta y pasabas al salón principal. Dispusimos de una salita para nosotros solos; la única pareja estaba en el salón de al lado y el camarero, que me conocía, nos dejó solos son con unos bocadillos de caviar. Afortunadamente, los dos sabíamos que yo disponía de una cuenta de gastos.

   Martins dijo tomando su segunda copa, rápida:

   <Lo siento, pero era el mejor amigo que tenía>

   No pude resistir decirle, sabiendo lo que yo sabía y porque tenía ganas de pincharle, pues se aprende mucho así:

   <Suena a novela barata.>

   Dijo rápidamente: <Escribo novelas baratas.>

   Ya sabía algo. Hasta que no hubo tomado su tercera copa, tuve la impresión de que no era un hombre al que se le soltara la lengua, pero estaba bastante seguro de que era uno de esos que se ponían desagradables a partir de la cuarta.

   <Hábleme de usted y de Lime>, le dije.

   <Mire -dijo él-, necesito como sea otra copa, pero no quiero gorronearle a un desconocido. ¿Me puede cambiar una o dos libras por dinero austríaco?>

   <No se preocupe por eso -dije, y llamé al camarero-. Ya me invitará usted a mí cuando vaya a Londres de permiso. ¿No me iba a contar cómo conoció a Lime?>

   La copa de licor de chocolate podía haber sido de cristal de roca, a juzgar por cómo la miró y la hizo girar en una y otra dirección.

   <Fue hace mucho tiempo. Supongo que nadie conocía a Harry como yo le conocí>, dijo, y yo pensé en el abultado fichero lleno de informes de agentes que había en mi oficina, todos diciendo lo mismo…”

«Aquí y allá hay conchillas blancas y planas que brillan y que el mar ha depositado en la arena. Me inclino para recogerlas. En mis manos las noto suaves, limpias y frágiles. Continuamos caminando hasta que llegamos a un lugar donde los acantilados y las rocas salen al encuentro del agua…»

Texto: de la novela Tres luces de Claire Keegan