«Las sociedades se alimentan de la cultura, del teatro, de los libros, de la música, de la danza, de los árboles… Eso forma un mundo habitable que convive con uno que no lo es, el de la violencia, el del yo, yo, yo, el del daño y la envidia, todo ese aspecto siniestro que es bastante trágico» ( Núria Espert )
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El escritor y el hombre público: Mario Vargas Llosa
Persona de convicciones, a veces cambiantes, nunca dejó de ser un observador privilegiado de la sociedad que lo vio nacer, la peruana y la latinoamericana, que bien reflejó en muchos de sus textos, y que los lectores supieron apreciar a nivel mundial
Su fallecimiento reciente y su presencia masiva en las pantallas en los últimos años hacen de él una figura reconocida por un público variopinto de diferente edades, estrato social y color personal. Y es que la vida del peruano (Arequipa, 1936 – Lima, 2025) ha tenido capítulos de todo tipo, que bien merecerían una detallada biografía que excedería lo acotado de este espacio.
Nacido en una familia de clase media del sur de la geografía peruana, desde temprana edad sintió la inclinación hacia el mundo de las letras. Aunque bien es cierto que, en la medida que iba desarrollando sus primeros escritos, jamás hubiera imaginado alcanzar un lugar tan destacado entre los personajes de la literatura mundial. Ni tampoco que en conjunto con nombres como los de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, entre otros, se convirtiera en uno de los padres del denominado Boom latinoamericano.
Practicó el artículo de opinión, el ensayo, la obra teatral, hasta la actuación teatral y por supuesto, la novela; con seguridad el género que le otorgó la mayor proyección y aceptación a nivel global. De ellas destacan, por nombrar unas pocas, La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La casa verde, La guerra del fin del mundo o La fiesta del chivo, que le otorgaron reconocimiento como uno de los grandes autores en lengua española.
Si larga fue su trayectoria también así fue la cosecha de reconocimientos lograda: Premio Rómulo Gallegos, Biblioteca Breve, Planeta, Príncipe de Asturias de las Letras, Cervantes y el, por supuesto, el Nobel de Literatura. <además, y aún sin conocérsele ningún texto en esa lengua, le fue otorgado un asiento como miembro de la Academia Francesa de la Letras, idioma que el autor dominaba con cierta fluidez.
Como muchos otros personajes conocidos de distintas áreas del quehacer en Latinoamérica, en 1990 fue tentado a participar en la agitada vida política de su país. Y aún con públicos antecedentes de haber abrazado en un pasado ideas de izquierda, lo hizo como candidato de una coalición de centroderecha, elecciones en las que fue derrotado por otro político del variopinto orden populista, Alberto Fujimori, conocido como «el chino», ya que era hijo este de emigrantes japoneses.
Quizás fruto de esa elección y de los acontecimientos que tuvo que afrontar el gobierno del “chino” frente a las guerrillas que operaban en vastas zonas del país; o quizás por la acción de personajes como el superministro Vladimiro Montesinos, apodado el “doctor” para hacer y deshacer a su antojo en el país, que le dieran ideas para que el laureado escritor reflejara en la novela Cinco esquinas esos tiempos sórdidos, con las posiciones acomodaticias que tomaron la burguesía, las fuerzas políticas y otros tantos grupos de la sociedad peruana de entonces.
De Cinco esquinas el texto a continuación:
“Apenas sintió que el individuo que iba detrás de ella en el ómnibus de Surquillo a Cinco Esquinas se le pegaba con malas intenciones, la Retaquita sacó la gran aguja que llevaba prendida en el cinturón. La retuvo en la mano, esperando el próximo bache del vehículo, pues era en los baches cuando el vivazo aprovechaba para acercarle la bragueta al trasero. Lo hizo, en efecto, y ella, entonces, se volvió a mirarlo con sus enormes ojos fijos -era un hombrecillo insignificante, ya mayor, que en el acto le apartó la vista- y, metiéndole la gran aguja por la cara, le advirtió:
– La próxima vez que te me arrimes te clavo esto en esa pichula inmunda que debes tener. Te juro que está envenenada.
Hubo algunas risas en el ómnibus y el hombrecillo, confundido, disimuló haciéndose el sorprendido:
– ¿Me habla usted a mí, señora? Qué le pasa, pues.
– Estás prevenido, concha de tu madre- remató ella, secamente, volviéndole la espalda.
El sujeto encajó la lección y, seguramente incómodo y avergonzado con las miradas burlonas de los pasajeros, se bajó en el siguiente paradero. La Retaquita recordó que esas advertencias no siempre servían, pese a que ella, en dos ocasiones, había cumplido con las amenazas. La primera, en un ómnibus de esta misma línea, a la altura de cuartel Barbones; el muchacho, que recibió el agujazo en plena bragueta, dio un chillido que sobresaltó a todos los pasajeros y llevó al chofer a frenar en seco.
– ¡Así aprenderás a frotarte sólo con tu madre, maricón! – gritó la Retaquita, aprovechando que el vehículo se había detenido para saltar a la calle y echar a correr hacia el jirón Junín.
La segunda vez que clavó la aguja en una bragueta a un sujeto que se le frotaba, fue más complicado. Era un mulato grandullón, lleno de granos en toda la cara, que la samaqueó, frenético, y la hubiera maltratado si otros pasajeros no la atajaban. Pero el asunto terminó en la comisaría; sólo la soltaron cuando descubrieron que llevaba carnet de periodista. Ella sabía que, por lo general, los policías tenían más miedo al periodismo que a los forajidos y atracadores.
Hasta que el ómnibus llegó a Cinco Esquinas, volvió a pensar en lo que estaba pensando antes de notar que se le pegaba este sujeto por la espalda: ¿habían desaparecido los emolienteros? Siempre que veía en la calle a un tipo jalando un carrito se acercaba a espiar y era por lo común un heladero o un vendedor de refrescos y chocolatines. Rara, muy rara vez, un emolientero. Se estarían acabando, pues, otra muestra de lo supuestos progresos de Lima. Pronto no quedaría ni uno y los limeños del futuro ya ni siquiera sabrían qué era un emoliente.
Su niñez era inseparable de esa bebida criolla tradicional, hecha con cebada, linaza, boldo y cola de caballo, que había visto preparar a lo largo de su infancia a su padre y un ayudante, un cojito medio tuerto al que apodaban Cojinova. En esa época los carritos de los emolienteros estaban por doquier en el centro de la ciudad, sobre todo en las entradas de las fábricas, en los alrededores de la Plaza Dos de Mayo y a lo largo de la avenida Argentina. <Los mejores clientes que tengo son jaranistas y obreros>, solía decir su progenitor. Ella lo había acompañado mil veces de niña y adolescente en sus recorridos jalando el carrito con los grandes tarros de emoliente preparados por él mismo y Cojinova en la pequeña quinta donde vivían entonces, en Breña, al final de la avenida Arica, allí donde terminaba la parte antigua de la ciudad y empezaban los descampados que se alargaban hasta La Perla, Bellavista y el Callao. La Retaquita recordaba muy bien que, en efecto, los clientes más fieles de su padre eran los trasnochadores que se habían pasado horas bebiendo en los barcitos del centro y los trabajadores que entraban al alba en las fábricas de las avenidas Argentina y Colonial y los alrededores del Puente del Ejército. Ella ayudaba sirviendo las tacitas de vidrio a los clientes con un papelito recortado que hacía de servilleta. Cuando su padre la dejaba en la escuelita del barrio y comenzaba la vida de la ciudad con la aparición de los barrenderos y los policías del tráfico, el emolientero llevaba ya por lo menos cuatro horas trabajando. Oficio duro; un trabajo matador y peligroso. A su padre lo habían asaltado y despojado de todas las ganancias del día varias veces, y, lo peor de todo, arriesgar tanto para ganar miserias. No era raro, pues, pensándolo bien, que los emolienteros estuvieran desapareciendo de las calles de Lima…”
“Me encantan las novelas que están llenas de ideas, con multiplicidad de matices y capas». Así, ateniéndonos a los hechos, un personaje ficticio de su novela El bastardo de Estambul, sostiene que el Imperio Otomano había cometido un genocidio con los armenios durante la Primera Guerra Mundial. Y, si bien lo expuesto surgía de un texto de ficción, determinó que la autora fuera juzgada durante un año por un fiscal turco. “En todo ese tiempo, hubo grupos en las calles quemando edificios y banderas, escupiendo mis fotografías y llamándome traidora; situación que hizo que tomara la decisión de exiliarme en Londres. Hoy, ojalá pudiera decir que ha pasado mucho tiempo y que hemos progresado desde entonces, pero no es así. Creo que en mi país se está volviendo una situación cada vez más difícil para los escritores” (Elif Shafak)
-¿Qué pretendes? -le interrumpió Bernat, sin tener en cuenta entonces el gesto implorante de Mercè-. Sí, soy corsario y, como bien dices, he tenido mil mujeres. Tu hija lo sabe, se lo he confesado, hemos hablado de ello. Pero a ninguna le he dado mi apellido, y si algún hijo llegué a engendrar, solo será un bastardo. A Mercè le ofrezco mi nombre, mi título y mi patrimonio, y deseo tener hijos legítimos con ella.
–Puedes optar a mujeres nobles y…
–No me interesan, Hugo. No me interesan las mujeres nobles ni ricas, caprichosas y frívolas como ellas. No me gusta la corte real…»
Texto de Los herederos de la tierra de Ildefonso Falcones
Joan Didion renueva su magia
Era el mes de marzo del 2018 cuando hacíamos un primer acercamiento a la obra de la escritora estadounidense (Sacramento, California, 1934 – 2021, Manhattan, Nueva York). Destacábamos entonces que Según venga el juego era su obra más difundida, novela cuya trama gira alrededor de un matrimonio que se resquebraja bajo la abulia y el peso de los años. Aunque más allá del texto mencionado, la autora cuenta con una buena lista de obras que, como muchos otros escritores, comenzaron a plasmarse por un pasado alimentado por historias surgidas de la crónica periodística. Y que en su caso, fueron estructuradas en obras de ficción tanto sea bajo la fórmula del relato corto, la novela, e incluso el guion cinematográfico.
Si bien sus textos no han dejado de tener vigencia durante todos estos años en el mercado anglosajón, fue a través de los tiempos pandémicos y las dudas que estos trasladaron al mercado, que muchas editoriales decidieron apostar por lo ya conocido y de probada trayectoria. Así resurgieron con fuerza nombres como los de Lucia Berlin, Maya Angelou, la misma Didion y otras, para volver a posicionarse con sobrada aceptación y merecido suceso, pero ahora con una repercusión que ha llegado mucho más allá de las fronteras de sus países de origen.
Y si en el caso de la mencionada Según venga el juego, el hastío socavaba los cimientos de la pareja hasta el punto de no retorno, en la que a la sazón se constituyó en su última novela, El año del pensamiento mágico, es la incomprensión y el sinsentido de la muerte la que irrumpe para poner a la historia su punto final. Convirtiendo al texto en la historia de la desaparición del ser querido, y también en una crónica que se extiende por los vertiginosos movimientos de una sociedad que a su alrededor muta también con los personajes.
El escrito se transforma en casi una autobiografía, con pasajes que bien podrían constituirse en parte de un ensayo, convirtiendo a la ficción en una amalgama de diferentes géneros. Obra que muchos de los lectores de la autora californiana ubican en un plano incluso superior que aquella primera y laureada producción.
De El año del pensamiento mágico, el pasaje a continuación:
“Aproximadamente una semana antes de la convención demócrata, Dennis Overbye del New York Times publicó un artículo sobre Stephen W. Hawking. En una conferencia celebrada en Dublín, decía el Times, el doctor Hawking había dicho que se había pasado treinta años equivocado antes de comprender que la información que se tragaban los agujeros negros ya no se podía recuperar nunca. Este cambio de opinión era <muy relevante para la ciencia>, de acuerdo con el Times, <porque si el doctor Hawking hubiera tenido razón, eso habría violado el precepto básico de la física moderna: que resulta imposible de ir hacia atrás en el tiempo, rebobinar la película, como suele decirse, y reconstruir lo sucedido, por ejemplo, en la colisión de dos coches o en el colapso de una estrella que al morir se transforma en un agujero negro”.
Recorté el artículo y me lo llevé a Boston.
En aquel artículo había algo que me parecía importantísimo, aunque no supe qué era hasta un mes más tarde, durante la primera tarde de la convención republicana en el Madison Square Garden. Me encontraba en las escaleras mecánicas de la torre C. La última vez que había estado en unas escaleras mecánicas como aquellas en el Garden había sido con John, en noviembre, la noche antes que voláramos hacia París. Habíamos ido con David y Jean Halberstam a ver jugar a los Lakers contra los Knicks. David había conseguido asientos a través del comisionado de la NBA, David Stern. Ganaron los Lakers. Más allá de las escaleras mecánicas, la lluvia resbalaba por los cristales. <Es buena suerte, un augurio, una gran forma de empezar este viaje>, recuerdo que dijo John. No se refería a haber conseguido buenos asientos ni tampoco a la victoria de los Lakers, ni a la lluvia, se refería a que estábamos haciendo algo que no hacíamos normalmente, lo cual se había convertido en un problema para él. Hacía poco que me había empezado a comentar a menudo que ya no nos divertíamos (no hacíamos esto y no hacíamos lo otro), pero yo también lo había entendido. Se refería a hacer cosas no porque se esperara que las hiciéramos ni porque las hubiéramos hecho siempre o tuviéramos que hacerlas, sino porque nos daba la gana. Se refería a querer cosas. Se refería a vivir.
Aquel viaje a París era el que nos había hecho pelearnos.
Aquel viaje a París era el que John me había dicho que necesitaba hacer porque, si no, nunca volvería a ver París.
Yo seguía estando en las escaleras mecánicas de la torre C.
Se reveló otro torbellino.
La última vez que yo había cubierto una convención en el Madison Square Garden había sido en 1992, la convención demócrata.
John se esperaba todas noches a que yo subiera al norte de Manhattan sobre las once para cenar conmigo. Paseábamos hasta el Coco Pazzo en aquellas noches calurosas de julio y compartíamos un plato de pasta y una ensalada en alguna de las pequeñas mesas sin reservar que había en el bar. Durante aquellas cenas de medianoche creo que jamás hablamos de la convención. El domingo por la tarde, antes de que empezaran los actos, lo convencí para que me acompañara a Harlem a un acto de Louis Farrakhan que al final no se celebró, y entre lo improvisado de la cita y la caminata de vuelta desde la calle Ciento veinticinco hasta el sur de la isla, se le agotó todo el aguante para la convención demócrata de 1992.
Y aun así…
Cada noche me esperaba para cenar conmigo.
Yo estaba rememorando todo eso en las escaleras mecánicas de la torre C y de pronto se me ocurrió: acababa de pasar un par de minutos en aquellas escaleras mecánicas pensando en la noche de noviembre de 2003 antes de que voláramos a París y en aquellas noches de julio de 1992, en que cenábamos a medianoche en el Coco Pazzo y en la tarde en que nos habíamos quedado en la calle Ciento veinticinco esperando aquel acto de Louis Farrakhan que no llegó a celebrarse. Había estado en aquellas escaleras mecánicas rememorando aquellos días y noches sin pensar ni una sola vez que podía cambiar su resultado. Me di cuenta de que, desde la última mañana de 2003, la mañana después de que él muriera, yo había estado intentando ir atrás en el tiempo, rebobinar la película.
Ya habían pasado ocho meses, era el 30 de agosto de 2004, y lo seguía haciendo.
La diferencia era que durante aquellos ocho meses había estado intentando cambiar el rollo de la película por otro alternativo. Ahora solo estaba intentando reconstruir la colisión, el colapso de la estrella muerta…”
«Quiero involucrarme más en el activismo político. Siento que la situación que vivimos en Estados Unidos es de urgencia, y ahora mismo ayudo mucho más en este rol que en el de escritor» (Don Winslow )
«Al terminar el libro comprendí que había recorrido un camino tortuoso y llegaba al final limpia y desnuda. En esas páginas estaba tu vida luminosa y la trayectoria de nuestra familia. La terrible confusión de ese año de tormento se disipó: tenía claro que mi pérdida no era excepcional, sino la de millones de madres, el sufrimiento más antiguo y común de la humanidad…»
Pasaje del capítulo Días de luz y de luto, del texto La suma de los días de Isabel Allende
Paul Auster, entre las volutas de humo de su último cigarrillo
Lamentablemente, sus libros no pueden reemplazar su presencia física”, fue lo que expresó en un acto Siri Hustvedt, la que fuera durante muchos años esposa del escritor. El estadounidense autor entre otros textos de ensayo y novela, con títulos como: La invención de la soledad, El país de las ultimas cosas, Leviatán, Trilogía de Nueva York, los que fueron premiados en distintas oportunidades (Premio Princesa de Asturias de las Letras o la Orden de las Artes y las Letras de Francia). Obras que a posteriori se constituyeron también en la esencia de muchos guiones para la pequeña y gran pantalla, algunos de ellos adaptados por el propio escritor.
Fumador empedernido, en muchas de sus historias sobrevuela el aroma del buen tabaco. Aunque bien es cierto que su muerte fue causada por enfermedad pulmonar; aún así y a pesar del duro tratamiento al que fue sometido, logró desarrollar una última novela: Baumgartner. En ella, como suele suceder, la ficción y la realidad se entremezclan una vez más para homenajear en este caso a personajes significativos de la vida del americano, para saldar quizás antiguas cuentas pendientes o simplemente para intentar alcanzar la paz con el pasado.
Consciente tal vez de la posibilidad cierta de que se convirtiera en su último escrito, el oriundo de Nueva Jersey se permitió ciertas licencias como pocas veces antes había hecho gala. Como, cuando buscando la complicidad con el lector, le pide sepa entender las circunstancias por las que atraviesa en la trama el personaje central.
También su mujer expresó haberse visto reflejada en el protagonista de la novela, debido a que según Hustvedt, ambos experimentan un intenso duelo. Aunque, más allá de su última ficción y para suerte de sus lectores, el autor de Nueva Jersey deja una obra respetable que abarca géneros muy variados que, a no dudarlo, será fruto en el futuro de constantes reediciones.
De Baumgartner el pasaje a continuación:
“Liberando la mano izquierda de su abrazo, Judith señala con un gesto la mesa de la cocina mientras Baumgartner deja caer los brazos a los costados y ella, con los acolchados pasos de sus elegantes zapatillas chinas, se dirige al frigorífico a coger una botella de vino fría. Entretanto, Baumgartner saca dos copas de un aparador sobre la encimera y un descorchador de un cajón de abajo, y cuando lo pone todo en la mesa, Judith deja la botella al lado. Cogen una silla cada uno, se sientan frente a frente en lados opuestos de la mesa y de pronto se le echa encima el gran momento.
Baumgartner abre el vino y sirve dos copas. Alza cada uno la suya hacia el otro, dan un sorbo y cuando bajan las copas y las depositan de nuevo en la mesa, es Judith quien empieza a hablar.
Han llegado juntos a esto y están de maravilla, dice, y con él se siente más feliz como ningún otro hombre que haya conocido. Eso es cierto. Ella lo quiere y sabe que él la quiere, aunque nunca se lo haya dicho con esas mismas palabras, y ahora que empieza a tener una impresión más matizada de la forma en que le funciona la cabeza, entiende que la cuestión de pasar más tiempo juntos es la manera que tiene Baumgartner de prepararse para la pregunta, mucho más importante, que piensa formularle en los siguientes tres o cuatro minutos.
Me adivinas el pensamiento, ¿verdad?, dice Baumgartner.
En realidad, no. Solo se me ha ocurrido esa idea una seiscientas veces en los últimos dos meses.
¿Y qué has decidido?
He decidido que me emociono cada vez que lo pienso. He decidido que cada vez que lo pienso me asusto más. He decidido que necesito más tiempo para decidirme, y de momento seguir hasta ahora y dejar que el futuro decida lo demás.
Cuando asimila las últimas palabras, Baumgartner empieza a entumecerse. Siente algo raro en la cabeza, como si el cráneo se le dilatara de pronto y empieza a llenarse de vacío, más y más vacío, está aturdido, mareado y flotando a la deriva lejos, muy lejos. Como un boxeador, piensa, como un púgil mal emparejado que librará un combate en una categoría de peso que no es la suya y le hubieran asestado un buen gancho con la izquierda, pero Baumgartner sigue consciente, aún no está fuera de combate, y mientras se levanta despacio de la lona con las piernas temblequeantes, logra decir lo siguiente: Antes de que empezáramos a acostarnos juntos, yo llevaba ocho años viviendo solo sin sentir demasiado la soledad, arreglándomelas con lo que cabía denominar una especie de aislamiento angustiado soportable, pero en cuanto llegaste a mí, mi vida cambió, pasó a ser una vida diferente, y ahora he llegado a detestar el hecho de vivir solo. Después de pasar la noche juntos en mi casa, te vas por la mañana y yo me quedo abandonado a mi suerte en la desolación de todas esas habitaciones, deseando que siguieras conmigo allí, y cuando pasamos la noche aquí, soy yo quien tiene que marcharse por la mañana y volver a esa casa vacía, embrujada. La soledad mata, Judith, y trozo a trozo va engullendo hasta la última parte de ti, devorándote el cuerpo entero. Una persona sin relaciones con los demás carece de vida, y si tiene suerte suficiente para mantener una relación profunda con otra persona, tan profunda que la otra persona es tan importante para uno como uno lo es para sí mismo, entonces la vida es más que posible, merece la pena.”
«La ficción, los relatos, son mentiras con aviso para jugar; que no tienen que ver con los hechos alternativos o las ‘fake news’. Son una forma de acercamiento a lo que nos pasa, nos preocupa o nos angustia» (Irene Vallejo)
Amo las horas de mi ser en sombra
donde se profundizan mis sentidos;
he hallado en ellas, como en viejas cartas,
mi vida cotidiana ya vivida,
su legenda cercana y superada.
Por ellas sé que tengo espacio para
una segunda vida, ancha y sin tiempo.
Y algunas veces soy igual que el árbol
que, maduro y sonoro, en una tumba
cumple aquel sueño que el muchacho antiguo
(ceñido por su cálidas raíces)
perdió en melancolías y canciones.
Texto del poemario Versos de un joven poeta de Rainer Maria Rilke