«Sé que soy una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión, vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años, era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:

-Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay -dijo con lentitud-«

Texto: del relato Parece tan dulce de Rosa Montero

Día del lector

El día 23 de abril, fecha del fallecimiento de Miguel de Cervantes Saavedra o William Shakespeare, la Unesco lo ha instaurado para la conmemoración mundial del día del libro. Pero últimamente, varios países han tomado la costumbre de designar también un día del lector; este es el caso de Argentina, que ha elegido la fecha de nacimiento (24 de agosto) de uno de sus grandes literatos a la vez que gran lector como lo fue Jorge Luis Borges, para conmemorarlo. En esa fecha señalada, en las principales ciudades así como en varios puntos de la extensa geografía del país sudamericano, se instalan paradas donde se promociona la venta o el intercambio de libros.

Aunque este año y dada la dimensión que viene tomando la conmemoración, los organizadores también decidieron hacer lo que denominaron una suelta de poemas. En este caso, de otros tantos reconocidos escritores nacionales, como Julio Cortázar, Alejandra Pizarnik, Leopoldo Lugones o Silvina Ocampo, y por supuesto, unos versos del autor motivo de este homenaje póstumo:

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan

un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página,

que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales

de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Jorge Luis Borges

Henning Mankell, el inspector Wallander y la rabia de Riga

A poco de cumplirse una década de su desaparición física, el escritor sueco (Estocolmo, 1948 – 2015, Goteborg), fue uno de los grandes nombres que alimentó el prestigioso género policial nórdico. Aunque dentro de su extensa obra se encuentren además textos de ensayo, de novela clásica e incluso de obras teatrales.

Pero más allá del género en el que pudiera llegar a expresarse, las tramas de sus obras fueron construidas para significar sobre las problemáticas que azotan a la sociedad moderna. Es el caso de la extensa ficción desarrollada con la saga de su alter ego, el inspector Kurt Wallander; donde a pesar de contar con su capacidad y astucia para resolver los casos más intrincados, el autor no duda en mostrarlo como un personaje cargado de sensibilidad, a la vez que dubitativo y por momentos hasta contradictorio.

La presencia casi constante del escritor con sus policiales, sumada a su calidad literaria y la repercusión de sus obras en el corazón de los lectores, le llevaron a ser reconocido con el Premio Pepe Carvalho; distinción en honor del inspector creado por quien fuera su amigo, el español Manuel Vázquez Montalbán. Todo ello por textos como Pisando los talones o Los perros de Riga; además del premio Glassnokelen a la mejor novela de los países nórdicos por Asesinos sin rostro.

Además, sus novelas se extienden fuera del género negro con una docena de títulos en los que destacan El hijo del viento, Zapatos italianos o Un ángel impuro. Se encuentran también sus relatos dirigidos hacia el público juvenil: El perro que corría hacia una estrella, Jugar con fuego, Las sombras crecen al atardecer y El gato al que le gustaba la lluvia. Textos que no han hecho más que ayudar a acrecentar su nombre.

El pasaje a continuación pertenece a Los perros de Riga, novela en la que el inspector debe enfrentarse a un caso de doble crimen, en momentos cruciales para aquellos países que fueron los denominados «satélites» de la extinta Unión Soviética, y que transitaban por el terraplén del rápido ocaso de su aventura en conjunto. Para la resolución del caso, Wallander deberá viajar a la capital letona y enfrentarse con los métodos arcaicos de la policía local; allí se encontrará también con una ecuación reiterada en muchas otras latitudes: uniformados corruptos y políticos ambiciosos. Pronto comprenderá que con su investigación se pondrá en juego algo mucho más valioso que finalizar con éxito un caso difícil, salvar su propia vida.

   “La nevada era cada vez más intensa y el viento había virado al sur sudoeste. Encendió un cigarrillo y se sirvió café en un tazón que descansaba en un soporte especial al lado de la brújula. El calor que se respiraba en la cabina le hacía sudar, y el olor a gasóleo le picaba en la nariz. Echó una ojeada a la sala de máquinas, y vio que en el camastro sobresalía el pie de Jacobson. Le salía el dedo gordo por el agujero del grueso calcetín. <Mejor que siga durmiendo>, pensó. <Si hay que detenerse tendrá que relevarme para que yo pueda descansar unas horas.> Probó el café ya tibio y sus pensamientos volvieron a la noche anterior. Durante más de cinco horas se habían visto obligados a esperar en el pequeño y desmantelado puerto del lado oeste de Hiddense, hasta que, entrada la noche, llegó un ruidoso camión para recoger la mercancía. Weber afirmó que el retraso se había debido a una avería del camión, y puede que fuera verdad. El viejo camión era una vehículo militar soviético mil veces reparado, y lo cierto es que a veces se asombraba de que todavía fuese manejable. Aun así, desconfiaba de Weber. Pese a que nunca le había engañado, estaba decidido de una vez por todas a ser más precavido con él. Sentía que era una precaución necesaria. A pesar de todo, en cada viaje que realizaba transportaba objetos de gran valor para los alemanes del Este: una treintena de ordenadores completos, ciertos de teléfonos móviles y otros tantos de equipos de música para coches. Cada viaje le hacía responsable de sumas millonarias. Si le cogían in fraganti le caería una buena condena y no podría contar con la ayuda de Weber. En el mundo en el que vivía sólo se podía contar con uno mismo.

   Controló el rumbo de la brújula y lo corrigió dos grados hacia el norte. La corredera indicaba que mantenía fijamente los ocho nudos. Todavía faltaban algo más de seis millas y media para divisar la costa sueca y virar hacia Brantevik. Aún podía ver las olas de color gris azulado ante él, pero la tormenta de nieve parecía ir en aumento.

   <Cinco viajes más>, pensó. <Y luego se acabó. Entonces tendré mi dinero y podré viajar lejos de aquí.> Encendió un cigarrillo y sonrió. Pronto alzaría su meta. Lo dejaría todo atrás y se embarcaría en un largo viaje a Porto Santos, donde abriría su propio bar. No tendría que seguir congelándose en esa cabina agrietada, traspasada por las corrientes de aire, mientras Jakobson roncaba en el camastro de abajo en la sala de máquinas. No sabía lo que le depararía la nueva vida que estaba tan cerca de emprender, y sin embargo, la anhelaba.

   De pronto, la nevada terminó tan deprisa como había empezado. Al principio le costó creer en la suerte que había tenido, pero enseguida se dio cuenta de que los copos ya no relucían ante sus ojos. <Quizá pueda llegar a tiempo>, pensó. <Quizá la tormenta se vaya hacia el sur, hacia Dinamarca.>

   Se sirvió más café y empezó a silbar en su soledad. En una de las paredes de la cabina colgaba la bolsa con el dinero: treinta mil coronas, que le acercaba cada vez más a Porto Santos, la pequeña isla próxima a Madeira, el paraíso desconocido que estaba aguardándole…

   Justo cuando iba a tomar un sorbo de café, descubrió el bote. Si la nevada no hubiera parado tan repentinamente, no lo abría visto. Pero ahí estaba, balanceándose sobre las olas a unos cincuenta metros a babor. Era un bote salvavidas de color rojo. Limpió el vaho del cristal con la manga de la chaqueta y entornó los ojos para fijar la vista en el bote. <Está vacío>, pensó. <Se le habrá soltado a algún barco.> Giró el timón y redujo la velocidad. Jakobson se despertó sobresaltado por el cambio del sonido del motor. Asomó la cara barbuda desde la sala de máquinas.

   -¿Ya hemos llegado? -preguntó.

   -Hay un bote a babor -dijo Holmgren desde el timón-. Podríamos subirlo a bordo. Valdrá unos cuantos billetes de mil. Mantén el rumbo, que yo cogeré el bichero.

   Jakobson se puso al timón mientras Holmgren se calaba el gorro por encima de las orejas y dejaba la cabina de mando. El fuerte viento le cortaba la cara y, para contrarrestar el movimiento de las olas, se aguantaba en la barandilla. El bote se iba acercando poco a poco. Empezó a desatar el bichero, que estaba sujeto entre el techo de la cabina de mando y el cabrestante. Los dedos se le quedaron agarrotados mientras tiraba de los nudos helados. Por fin pudo soltar el bichero y miró hacia el bote.

   Entonces tuvo un sobresalto. La pequeña embarcación, situada a pocos metros del casco del barco, no estaba vacía, sino que en su interior albergaba dos cadáveres humanos. Jakobson le gritó algo ininteligible desde la cabina de mando: el también había visto el contenido del bote.

   No era la primera vez que Holmgren veía un muerto. De joven, cuando cumplía el servicio militar, una pieza de artillería explotó en unas maniobras, y cuatro compañeros suyos murieron completamente despedazados. Y a lo largo de su carrera profesional, había visto muchos cadáveres arrastrados hasta las playas o flotando en el agua.

   Lo primero que pensó Holmgren fue que la indumentaria de los cadáveres no era la de unos pescadores o marineros. Los dos vestían traje y corbata. Estaban como abrazados, como si hubieran intentado protegerse mutuamente de lo inexorable. Intentó imaginarse lo que había pasado. ¿Quiénes podrían ser? Jakobson salió de la cabina y se puso a su lado.

   -Oh, mierda, mierda. ¿Qué vamos a hacer ahora?

   Holmgren pensó rápidamente.

   -Nada -contestó-. Si los subimos a bordo tendremos que contestar a un sinfín de preguntas desagradables. Sencillamente, fingiremos que no los hemos visto. Está nevando, ¿no?

   -¿Vamos a dejarles a la deriva? -preguntó Jakobson dubitativo.

   -Sí -contestó Holmgren-. Están muertos. No podemos hacer nada por ellos. Y no quiero tener que explicar de dónde venimos con este barco. ¿Tú sí?

   Jakobson, vacilante, negó con la cabeza. Contemplaron en silencio aquellos cuerpos sin vida. Holmgren, estremecido, se percató de que eran muy jóvenes, no debían tener más de treinta años, y de que sus caras estaban pálidas y rígidas.

   -Es raro que el bote no tenga ningún nombre -dijo Jakobson-. ¿De qué barco procederá?

   Holmgren cogió el bichero y movió la embarcación para poder verla desde todos los ángulos. Jakobson tenía razón: no había ningún nombre escrito…”     

«Vuestro orgullo no debe creer que tiene el menor derecho sobre nosotras. Nos han traído por la fuerza a este convento, nos han hecho jurar y nos han obligado a hacer votos a la edad de dieciséis años, y por último, el aburrido género de vida al que pretendéis someternos no es de ningún modo al que hemos visto practicar a las religiosas que ocupaban el convento cuando nosotras hicimos nuestros votos, y aún suponiendo legítimos esos votos, hemos prometido a lo sumo vivir como ellas, y queréis hacernos vivir como ellas no vivieron nunca…»

Texto: del relato Favores que matan de Henri Beyle (Stendhal)

Los domingos de Sergio Ramírez

Su nombre comenzó a ser conocido a nivel global cuando detentaba el grado de comandante dentro del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Fuerza armada compuesta por combatientes irregulares, que tenía como objetivo derrocar al gobierno del dictador Anastasio Somoza; tercer miembro de una familia que, junto a su padre y hermano, venía ejerciendo el poder en Nicaragua desde el año 1937.

Ramírez (Masatepe, 1942), en su calidad de periodista, representaba la imagen intelectual de una organización que finalmente alcanzó su propósito en el año 1979. Una vez en el poder y luego de las primeras elecciones democráticas, el también abogado y escritor, con el FSLN constituido en partido político, llegó a la vicepresidencia del país.

Aunque, ya se sabe, el romanticismo de las revoluciones dura más bien poco y el Sandinismo, derrotado en las urnas en su segunda votación, tuvo que dejar atrás esa etapa de gobierno. Y el exguerrillero, luego de un intento fallido de renovación en las estructuras del propio partido, decidió regresar a sus escritos. Para edificar una obra extensa y variada, que incluye el cuento: Catalina y Catalina, El reino animal, Flores oscuras, Ese día cayó domingo, Cuentos completos. La novela: Margarita, está linda la mar, Sombras nada más, La fugitiva o El caballo dorado. Y el ensayo: Balcanes y volcanes, Adiós muchachos o Cuando todos hablamos.

Muchos son los lectores que hasta hoy han apreciado su obra, y algunos de ellos decidieron premiarla, siendo galardonado con el Premio Alfaguara, luego el Premio Carlos Fuentes, también le fue entregada la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y, finalmente, en 2017, el Premio Miguel de Cervantes de Literatura.

Además, más allá de sus textos de ficción, el autor es columnista de opinión desde hace años en varios medios, como los diarios El Tiempo de Bogotá, La Jornada de México, El Nacional de Caracas, El País de Madrid o La Prensa de Managua. También ha fundado, y colaborado en revistas de distinta índole, y ha sido profesor en la Universidad de Maryland, en los Estados unidos.

Residente desde hace unos años en Madrid, detenta la nacionalidades ecuatoriana y española. Hecho cuanto menos curioso para alguien quien, bajo la acusación de “traidor a la patria”, le fue cancelada la de su propio país de origen.  

El texto siguiente pertenece a su libro Ese día cayó en domingo, de él el relato Vida sexual de los marsupiales y otras especies:

   “Soy noctámbulo. Escribo en las madrugadas, como he leído que lo hacen algunos grandes novelistas, solo que lo mío son crónicas de prensa, y nada mejor que la solitaria redacción del periódico a esas horas para poner manos a la obra. A medianoche me levanto de la cama, salgo al patio de la cuartería, me calzo el casco protector y mi motocicleta china me lleva por el nudo de calles del Mercado Oriental, por el momento desiertas de tráfico, donde suenan en todo su furor las roconolas de las cantinas y los bailongos, mientras las cuadrillas de barredores municipales lavan con mangueras las hojas de plátanos, frutas podridas, bolsas plásticas y demás desperdicios que cubren el pavimento.

   Porque el periódico ocupa el lugar de una antigua sala de billar en el corazón de este inmenso mercado, o más bien valdría decir en sus tripas. La redacción consiste en una sola mesa con cuatro sillas alrededor, y dos computadoras cuyo uso nos turnamos entre los cuatro periodistas en planta. Al frente, el escritorio del turco Anuar Ahmed, que se presenta al final de cada tarde a revisar las planas ya armadas, junto a otro más pequeño donde Carmelina lleva la contabilidad.   

   Estaba una de esas madrugadas dándole “copy paste” a un texto acerca de la copulación de los marsupiales, mamíferos y otras especies animales, a fin de reducirlo a cuatrocientas palabras y meterlo en la edición del día siguiente, cuando sonó el teléfono. Pero antes de referirme a esa llamada es necesario explicar la naturaleza y fines del periódico al cual presto mi concurso.

   No sé si en alguna otra parte habrá algún otro tabloide como este, sobre todo ahora, cuando ya no van quedando periódicos de papel en el mundo. Porque, fundamentalmente, nosotros nos dedicamos a publicar los acontecimientos que se dan en este inmenso laberinto comercial que se ha tragado ya diez barrios de la ciudad de Managua, para alcanzar una extensión de ciento cincuenta manzanas. Y no deja de crecer.

   En nuestras páginas cubrimos matancingas, cuchilladas y balaceras, asaltos a mano armada y robos por escalamiento, incendios de tramos y bodegas, pleitos de cantina, trifulcas en los burdeles, así como estafas y engañifas, las cuales aprovechamos para elaborar notas de color; pues muchos ingenuos, apenas se bajan de los buses, quedan a merced de las vivezas de marrulleros y tramposos que aquí pululan a su libre albedrío. Y hacemos reportajes gráficos sobre los acontecimientos de la vida social de marchantas, buhoneros, carniceros, verduleras y locatarios, tales como bautizos, cumpleaños, bodas y graduaciones, servicio que se cobra por pulgada columnar, igual que se cobran los avisos fúnebres.

   También se incluyen novedades de la farándula internacional, con fotos de los artistas, según estén de moda en el gusto popular, en el que algunos permanecen siempre, como es el caso de Los Tigres del Norte o Los Tucanes de Tijuana, que cantan narcocorridos. Otros vienen y van. Edición de ayer que tengo a la vista sobre la mesa: se revela el romance entre la novia de Bad Bunny y el cantante de trap latino El Dominio. Ricky Martin y su esposo Jwan Yosef esperan su cuarto hijo nacido en vientre de alquiler. A Madona le quedó una cicatriz en la nalga tras una cirugía estética. Y chismes de la realeza europea: a la princesa plus size Amalia, heredera del trono de Holanda, no hay modisto que la vista.

   En la portada traemos siempre una modelo topless, o en baby doll, imágenes que se obtienen por medio de la piratería en las redes, igual que todo lo referido a los famosos, lo cual el turco Ahmed no lo considera de ninguna manera delictivo, y nos servimos por tanto de la cuchara grande. Tijera y goma a libre discreción, como el artículo sobre las costumbres sexuales de ciertos animales que iba a empezar a editar la madrugada a la que me refiero.

   El periódico fue fundado por el ya mencionado Anuar Ahmed, quien decidió instalar la redacción, para su mayor facilidad, a un par de cuadras de su almacén El Encanto de los Precios situado en la avenida principal de Ciudad Jardín, que es, digamos, la parte chic del Mercado Oriental. Así, con solo internarse a pie por unos cuantos minutos entre los vericuetos de los tramos y tenderetes, pudo desde el primer día vigilar el cierre de edición para que no se colara nada contra el gobierno, pues de lo contrario era cierto que podían vengarse reteniéndole la mercadería en la aduana o enviándole una pandilla de auditores de la Dirección General de Ingresos a revisarle con lupa los libros contables…”

«Entonces cae en la cuenta y de pronto lo sabe, entonces sabe que lo envuelve algo que sus cuadros anhelan, algo que se halla en sus cuadros cuando mejor pinta, entonces algo lo envuelve, lo sabe, porque ya ha estado antes cerca de lo que ahora le envuelve, pero hasta ahora no había estado dentro como ahora está él, el pintor Lars Hertervig, respirando a través del pelo de Helene Winckermann…»

Texto: de la novela Melancolía de Jon Fosse

mi cuerpo se abría al conocimiento de mi

y de mi ser confusos y difusos

mi cuerpo vibraba y respiraba

según un canto ahora olvidado

yo no era aún la fugitiva de la música

yo sabía el lugar del tiempo

y el tiempo del lugar

en el amor yo me abría

y ritmaba los viejos gestos de la amante

heredera de la visión

de un jardín prohibido

Texto: del poema Extracción de la piedra de locura, de Alejandra Pizarnik

Andréi Kurkov, y el oro de Serguéi Serguéich

Los anglosajones la llaman No Man’s Land; los hispanohablantes la denominan “tierra de nadie”, los eslavos, finalmente, se refieren a ella como la “zona gris”; siempre que hacen referencia a esa porción de terreno que, en caso enfrentamiento bélico, separa a las fuerzas contendientes. Inspirado en ese espacio vacuo de gente, pero lleno de desolación y muerte, también en sus castigados habitantes, y en las a veces curiosas historias que se producen, que Andréi Kurkov (San Petersburgo, 1961), ruso de nacimiento, aunque ucraniano de adopción, con las que ha construido su novela Abejas grises.

Aunque, bien es cierto que mucho antes de su libre dedicación a la literatura, el escritor había sido educado bajo los estrictos conceptos surgidos de la extinta Unión Soviética. Por lógica, pudo apreciar los métodos y los movimientos de la nomenclatura desde dentro cuando, por su manejo de idiomas, fue reclutado por el servicio de seguridad estatal, el otrora famoso KGB, siendo destinado como policía a la ciudad balneario de Odesa, sobre el mar Negro.

Mientras que su andadura en las letras comenzó con varios libros infantiles; y luego, inspirado quizás en sus experiencias en Odesa, compuso El jardinero de Ochákov, su primera novela, la que obtuvo muy buena aceptación. Por ella, se hizo merecedor del Premio Médicis Extranjero, el Premio Libro del año de la BBC, siendo nombrado, además, Caballero de la Legión de Honor de Francia. A esta ficción le siguieron luego Samsón y Nadiezhda, y un título tan extraño como Muerte con pingüino.

En Abejas grises se habla de esas tierras de nadie. Donde los combatientes parecieran moverse por el terreno a sus anchas, mientras los pocos lugareños que aún quedan se niegan a marchar, rodeados por la tristeza de sus caseríos semiabandonados, afanándose en la defensa de sus viviendas como si de un clavo ardiente se tratara. Mientras hacen votos de esperanza para que quizás, algún día, vuelvan a disfrutar un tiempo cercano a la paz. Con el deseo de que sus pueblos vuelvan a recobrar vida, para degustar el fruto de la tierra, con sus albaricoques y naranjas, sus quesos y su apreciada miel.

El escritor ucraniano reflexiona además sobre no renunciar a los sueños, aunque de manera cotidiana los pocos pobladores estén permanentemente acompañados del silbido de los obuses que, por sobre sus cabezas, se intercambian los bandos en pugna. Mientras sus habitantes intentan mantenerse con vida, sobreviviendo a situaciones que rozan lo surrealista, mientras hacen el esfuerzo de creer que la cosa no va con ellos, intentando en todo momento eludir la sospecha de ser colaboracionistas de las fuerzas enemigas.   

De Abejas grises el pasaje a continuación:

   “El soldado miró con gesto dudoso al apicultor, luego desvió la mirada a su compañero y le entregó a él su pasaporte. El otro hombre repasó el documento, buscó el sello con el permiso de residencia y se llevó un walkie-talkie a la boca.

   -Vania, comprueba si Malaia Starogradovka está en la República Popular de Donetsk- dijo al pequeño dispositivo negro con aspecto de jabonera, y luego de inmediato clavó los ojos en Serguéich-. ¿Y por qué está entrando por ORDLO?

   -Fue lo que su amigo Petro me aconsejó que hiciera, porque era más seguro.

   -Sí, es más seguro -resopló el primer soldado.

   -¿Quién es “nuestro amigo Petro”? -preguntó de pronto el segundo.

   -Es de su ejército, ucraniano. Viene a visitarme desde el otro lado del campo.

   -¿Cómo se apellida?

   -No lo sé… Pero es de Jmelnitski.

   -¿Y va a visitarlo a la zona gris él solo?

   -Sí, él solo. Además, se llevó mi móvil y me lo cargó, y me dio su número.

   El soldado, muy serio, exigió ver el móvil de Sergueich y se alejó; se llevó también el pasaporte del apicultor. El otro soldado le ordenó a Sergueich que apartase el coche a un arcén creado con bloques de hormigón para dejar paso al siguiente vehículo.

   A Sergueich se le hundió el ánimo por los suelos mientras la cabeza se le sumía en la oscuridad, y fue entonces cuando se dio cuenta de que la noche había caído. Noche cerrada. Las ventanillas de la extraña furgoneta militar brillaban con una luz amarillenta. El espacio del puesto de control estaba iluminado con los faros de los vehículos en cola, que eran innumerables: la luminosa cadena serpentina se perdía en la distancia, la misma distancia que el propio Sergueich había recorrido para llegar hasta allí.

   El apicultor se acercó a las abejas y pegó la oreja a la colmena más cercana. El zumbido sonaba cansado, desesperado. Miró nervioso en la dirección que había tomado el soldado y lo vio regresar hacia él con pasos fatigados y débiles. El hombre le devolvió el pasaporte y el teléfono.

   -Continúe. Y enseñe este papel en el próximo puesto de control.

   Sergueich se guardó el pasaporte y el teléfono en el bolsillo de la chaqueta, junto con el papel, que dobló cuatro veces para que no se arrugase ni se estropease.

  -Gracias.

   Miró a su alrededor en busca del segundo soldado, para decirle adiós también a él, pero no lo encontró.

   Había coches aparcados a lo largo de todo el carril contrario, con los faros apagados. La gente deambulaba junto a ellos, hablando en voz baja; algunas personas lo hacían por teléfono. Mientras tanto, él, Sergueich, conducía con cautela por su carril, sin acelerar, dejando atrás a todos aquellos nómadas a los que la guerra había puesto en una nueva cola. Unos diez minutos más tarde, pasó junto al último coche y vio ante sí una carretera totalmente vacía, iluminada solo por los haces de luz bajos del Lada. Nadie conducía hacia él y tampoco aparecían faros en el espejo retrovisor. Sergueich puso las luces largas y sintió una emoción extraña, casi alegre. Era como si fuese muy joven y hubiese irrumpido en un espacio abierto, en la libertad, en la vida, para la que no conocía aún límites ni peligros.

   Pese a que sabía que esa emoción juvenil, casi alegre, era falsa y estaba injustificada, le sirvió de todos modos para tranquilizarse, para creer que todo iba a salir bien. Los dos ejércitos, el de la errepedé (*República Popular de Donetsk) y el ucraniano, quedaban ya tras él, así como el rugir de los bombardeos lejanos y cercanos. Dejaba atrás una guerra en la que no había tomado parte, en la que sencillamente había acabado residiendo por casualidad. Sí, había sido residente de una guerra: un destino nada envidiable, pero mucho más soportable para las personas que para las abejas. De no haber sido por ellas, Sergueich no había ido a ninguna parte; se habría apiadado (de único su vecino) Pashka y no lo habría dejado solo en el pueblo. Sin embargo, las abejas no entienden lo que es la guerra. Las abejas aún pueden pasar de la paz a la guerra y volver, como hace la gente. Hay que permitirles desarrollar su tarea principal, la única que les es posible, aquella que les asignaron la naturaleza y Dios: recolectar y diseminar polen. Por eso Sergueich tenía que irse, llevarlas allí donde hubiese tranquilidad, donde el aire se llenara poco a poco de la dulzura de las hierbas en flor, donde el coro de esas hierbas pronto estuviese respaldado por el coro de árboles de la cereza, la manzana, el albaricoque y la acacia en flor.

   En el siguiente puesto de control, lo retuvieron tres minutos, no más. Lo único que hicieron fue mirarle el pasaporte y el papel que habían emitido a su nombre. Después tuvo que parar otras dos veces, en respuesta a unas señales de advertencia por refuerzo en los controles de carretera. En esos controles también había transcurrido todo sin problemas. Y, dos horas después, los faros de su coche iluminaron un cartel grande en el lateral de la carretera: ESTÁ ENTRANDO A LA REGIÓN DE ZAPORIYIA. Estas palabras no tenían nada de particularmente alegre, no prometían cumplir ningún sueño secreto de la infancia ni nada así, pero, en cuanto ese letrero quedó atrás, a Sergueich se le inundaron los ojos de lágrimas, como si se hubiese quitado un peso enorme de encima. Miró el indicador de velocidad y volvió a pisar el acelerador. <No corras>, se dijo, y fijó los ojos cansados en la carretera desierta, que estaba bien iluminada por las luces largas y bordeada a ambos lados por albaricoqueros: acompañantes usuales de los conductores del sur de Ucrania, junto a los que, transcurridos un par de meses, cualquiera que no fuese demasiado perezoso (o no les llevara ningún otro regalo a sus hijos) pararía de camino a casa. Pararía y recogería albaricoques maduros y naranjas del suelo: uno a la boca por cada tres a una bolsa o caja…”