«La música parecía a punto de extinguirse y morir, pero resurgía de pronto, chillona y estridente. ¡Al fin terminó! Ella tomó asiento. Su pecho se agitaba bajo la tenue nube de gasa. Una mano (¡Señor, qué mano maravillosa!) cayó sobre la rodilla oprimiendo el vaporoso vestido y, bajo su caricia, el vestido pareció cobrar vida al compás de la música, a la vez que su delicado color lila contrastaba aún más la intensa blancura de la preciosa mano»

Texto: del relato La avenida del Nevá de Nicolai Gógol

Silvina, la menor de las Ocampo

Durante años permaneció a la sombra de su afamada hermana Victoria y su arrolladora personalidad. Aunque en estas fechas, cumplidas tres décadas de su desaparición física, la menor de las escritoras Ocampo (Buenos Aires, 1903 – 1993), no deja de sumar más y más lectores de su obra. Muchos de ellos gratamente sorprendidos ante sus textos, sin encontrar una respuesta lógica acerca de por qué no han disfrutado de alguno de sus libros con anterioridad.

Integrante de una familia de la burguesía terrateniente bonaerense, desde muy joven tuvo en suerte recibir una sólida educación a través de distintas institutrices. Hecho que luego le permitió, entre otras tantas experiencias en su formación, de perfeccionarse en Europa, donde tuvo la oportunidad de perfeccionarse en dibujo y pintura de la mano de Giorgio De Chirico en su taller de París. 

De regreso a Argentina se volcó de pleno en su literatura, primero en poesía: Los sonetos del jardín, Poemas de amor desesperado, Los nombres, y luego en sus relatos breves: Viaje olvidado o Autobiografía de Irene. También tuvo la oportunidad de integrarse en el privilegiado círculo de autores de la mítica revista Sur, medio y editorial que había fundado su hermana mayor. Además, allí conocería a quien se convertiría en su esposo, el escritor Adolfo Bioy Casares; con quien luego suscribiría la novela corta Los que aman, odian.

Así, a caballo de una imaginación prodigiosa, fue agigantando su obra. Con un estilo muy propio, estructurado a veces como si de un diario de experiencias se tratara; en otras, como si el desarrollo de una historia se cruzara de manera accidental con otra, aunque ambas sirviendo a la misma esencia de la trama principal y, más aún, retroalimentándola. Amparándose en unas representaciones que agigantan el texto, y que por instancias se ubican en el umbral de lo onírico (“No soñar es como estar muerto”), que hacen que la génesis de muchos de sus escritos se halle dentro del género fantástico. Relatos como El caballo alado, Los días de la noche o Cornelia frente al espejo, del que con posterioridad se hizo una versión cinematográfica.

Su obra es muy reconocida en el presente, y en su momento fue premiada con diferentes distinciones, como el Premio Municipal de Literatura, el Nacional de Poesía, el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, y el Premio Konex por toda su trayectoria. Aunque tal vez la mayor de las menciones a la autora sudamericana sea la constante reedición de su obra, gracias al redescubrimiento que hacen generaciones de nuevos y flamantes lectores.

Del relato Autobiografía de Irene el pasaje siguiente:

   “La improbable persona que lea estas páginas se preguntará para quién narro esta historia. Tal vez el temor de no morir me obligue a hacerlo. Tal vez sea para mí que la escribo: para volver a leerla, si por alguna maldición siguiera viviendo. Necesito un testimonio. Me aflige sólo el temor de no morir. En realidad pienso que lo único triste que hay en la muerte, en la idea de la muerte, es saber que no podrá ser recordada por la persona que ha muerto, sino, únicamente, y tristemente, por los que la vieron morir.

   Me llamo Irene Andrade. En esta casa amarilla, con balcones de fierro negro, con hojas de bronce, brillantes, como el oro, a seis cuadras de la iglesia y de la plaza de Las Flores, nací hace veinticinco años. Soy la mayor de cuatro hermanos turbulentos, de cuyos juegos participé en la infancia, con pasión. Mi abuelo materno era francés y murió en un naufragio que abrumó y oscureció de misterio sus ojos en un retrato al óleo, venerado por las visitas en las penumbras de la sala. Mi abuela materna nació en este mismo pueblo, unas horas después del incendio de la primera iglesia. Su madre, mi bisabuela, le había contado todos los pormenores del incendio que había apresurado su nacimiento. Ella nos transmitió esos relatos. Nadie conoció mejor aquel incendio, su propio nacimiento, la plaza sembrada de alfalfa, la muerte de Serapio Rosas, la ejecución de dos reos en 1860, cerca del atrio de la iglesia antigua. Conozco a mis abuelos paternos por dos fotografías amarillentas, envueltas en una especie de bruma respetuosa. Más que esposos, parecían hermanos, más que hermanos, mellizos: tenían los mismos labios finos, el mismo cabello crespo, las mismas manos ajenas, abandonadas sobre las faldas, la misma docilidad afectuosa. Mi padre, venerando la enseñanza que había recibido de ellos, cultivaba plantas: era suave con ellas como con sus hijos, les daba remedios y agua, las cubría con lonas en las noches frías, les daba nombres angelicales, y luego, <cuando eran grandes>, las vendía con pesar. Acariciaba las hojas como si fueran cabelleras de niño; creo que en sus últimos años les hablaba; por lo menos fue la impresión que tuve. Todo esto irritaba secretamente a mi madre; nunca me lo dijo, pero en el tono de su voz, cuando le oía decir a sus amigas <¡Ahí está Leonardo con sus plantas! ¡Las quiere más que a sus hijos!>, yo adivinaba una impaciencia permanente y muda, una impaciencia de mujer celosa. Mi padre era un hombre de mediana estatura, de facciones hermosas y regulares, de tez morena y pelo castaño, de barba casi rubia. De él, sin duda, habré heredado la seriedad, la flexibilidad admirada de mi pelo, la bondad natural del corazón y la paciencia -esa paciencia que parecía casi un defecto, una sordera o un vicio. Mi madre, en su juventud fue bordadora: esa vida sedentaria dejó en ella un fondo como de agua estancada, algo turbio y a la vez tranquilo. Nadie se hamacaba con tanta elegancia en la mecedora, nadie manejaba los géneros con tanto fervor. Ahora, tendrá ya esa afectación perfecta que da la vejez. Yo sólo veo en ella su maternal blancura, la severidad de sus ademanes y la voz: hay voces que se ven y que siguen revelando la expresión de un rostro cuando éste ha perdido la cabeza. Gracias a esa voz puedo averiguar todavía si son azules sus ojos o si es alta su frente. De ella habré heredado la blancura de mi tez, la afición a la lectura o las labores y cierta timidez orgullosa y antipática para aquellos que, aun siendo tímidos, pueden ser o parecer modestos.

   Sin alarde puedo decir que hasta los quince años, por lo menos, fui la preferida de la casa por la prioridad de mis años o por ser mujer: circunstancias que no seducen a la mayor parte de los padres, que aman a los varones y a los menores.

Entre los recuerdos más vívidos de mi infancia mencionaré: un perro lanudo, blanco, llamado Jazmín; una virgen de diez centímetros de altura; un retrato al óleo de mi abuelo materno, que ya he mencionado; y una enredadera con flores en forma de campanas, de color anaranjado, llamada Bignonia o Clarín de Guerra.

   Vi al perro blanco en una especie de sueño y luego, con insistencia, en la vigilia. Con una soga lo ataba a las sillas, le daba agua y comida, lo acariciaba y lo castigaba, lo hacía ladrar y morder. Esta constancia que tuve con un perro imaginario, desdeñando otros juguetes modestos pero reales, alegró a mis padres. Recuerdo que me señalaban con orgullo, diciéndole a las visitas: <Vean cómo sabe entretenerse con nada>. Con frecuencia me preguntaban por el perro, me pedían que lo trajera a la sala o al comedor, a la hora de las comidas; yo obedecía con entusiasmo. Ellos fingían ver el perro que sólo yo veía; lo alababan o lo mortificaban, para alegrarme o afligirme…”

«Hay muchos que creen que la azada, el azadón, los manjares toscos y las incomodidades quitan por completo a los labriegos los apetitos de la concupiscencia, y les infunden inteligencia y sagacidad»

Texto: El jardinero del convento, de Giovanni Boccaccio

Bernard Pivot, comunicador

La primera vez que oí su nombre fue hace muchos años atrás en la RTBF, la televisión nacional belga de habla francesa. La propietaria de la casa en la que me hospedaba se disculpaba por ausentarse ante mí, debido a que era la hora de emisión de Apostrophes, el programa que conducía Bernard Pivot, que se emitía desde Francia para muchos televidentes de habla francesa en todo el mundo.

El hecho que un programa que versaba sobre libros se emitiera en horario central en una emisora pública, representaba para mí toda una rareza, más allá de acercar la literatura a toda clase de televidentes. Era como si se paralizara una parte del país delante de las pantallas; esa noche el invitado en cuestión al plató era Vladimir Nabokov, autor -entre otras- de la novela Lolita.

Pivot, abogado y periodista, conducía la charla en oportunidades acompañado de otros contertulios, y siempre ganándose el respecto del escritor objeto de la emisión, al apoyarse en una gran erudición, demostrando que conocía bien la obra del escritor citado antes de convocarle. Y luego, durante el programa, cuando volvía una y otra vez a párrafos de la obra para enriquecer el diálogo, tornándolo -incluso para el lego- en un programa sustancial y ameno.

Infinidad de autores pasaron durante los treinta años que se mantuvo en antena entre Apostrophes y su segundo programa, Bouillon de culture. Nombres de la talla del citado Nabokov, y otros como Marguerite Yourcenar, Jorge Luis Borges, Aleksandr Solzhenitsyn, Umberto Eco, Marguerite Duras, Charles Bukowski (con una de sus borracheras antológicas) o Gabriel García Márquez.

Amante del vino, tenía sus propios viñedos, siendo ésta tal vez, su segunda gran pasión luego de la lectura. Durante el transcurso de los años, tuve la ocasión de seguirle en muchas oportunidades en sus programas para comprobar que, como los buenos caldos, la calidad se iba acrecentando conforme iba pasando el tiempo, convirtiendo al francés en un gran divulgador de la literatura mundial.

Hombre de diálogo, la última vez que pude disfrutar de su presencia y sabiduría, fue en su visita previa a la pandemia a la Librería Jaimes de Barcelona, especializada en literatura francesa, donde hizo gala de la curiosidad intacta de un adolescente cada vez que se unía como uno más a los corrillos que se daban con espontaneidad a su alrededor.   

Bernard Pivot (1935, Lyon – Neuilly-sur-Seine, 2024), nos ha dejado a los 89 años de edad.

FLF.-

Javier Marías, el corazón y sus mecanismos

Su nombre fue uno de los que resonaron en más de una oportunidad en las previas para alzarse con el premio Nobel de literatura. Más aún, cuando algunos colegas le mostraron su simpatía mientras que otros le avalaron públicamente, exaltando las habilidades expuestas en la amplia obra del recientemente fallecido narrador español (Madrid, 1951 – Madrid, 2022).

Hijo del reconocido filósofo Julián Marías, vivió parte de la infancia con su familia en los Estados Unidos. Allí su padre, represaliado por el gobierno franquista, terminó dando clases en distintas universidades del país anglosajón. Con posterioridad, el autor en seguiría en cierta manera los pasos de su progenitor, graduándose en Filosofía y Letras primero, para desempañarse luego como traductor y editor.

Sus primeras historias en el género de la novela tuvieron por títulos Travesía del horizonte, El monarca del tiempo y El hombre sentimental; hasta la publicación de Corazón tan blanco, obra a medio camino entre el ensayo y la ficción, texto de excelente repercusión entre la crítica y el público, que hicieron catapultar su nombre, quienes destacaron su particular estilo, priorizándolo incluso por sobre la construcción de las tramas. Seguirían después títulos como Mañana en la batalla piensa en mí, Tu rostro mañana o Los enamoramientos, por la que lograría un nuevo gran suceso editorial. Otras ficciones posteriores fueron Así empezó lo malo o Tomás Nevinson. Escribió además relatos breves, ensayos, guiones cinematográficos (donde se reservó pequeñas participaciones), y escribió incontables artículos periodísticos.

Supo ocupar también el rol de buen polemista, enzarzándose en batallas dialécticas con editores, congéneres y otros tantos personajes con los que llegó a veces hasta las instancias judiciales, con suerte dispar en cuanto a fallos se refiere. Su vasta trayectoria hizo además que cosechara innumerables distinciones: premios Rómulo Gallegos y José Donoso, el Prix Femina Étranger, el Premio Formentor de las Letras y el Nacional de Narrativa, siendo nombrado miembro académico de la real Academia Española de las Letras.  

Para apreciar su estilo narrativo el siguiente pasaje extraído de la novela Corazón tan blanco:

“Sentí que tenía prisa no sólo por tranquilizar a Luisa y estirarle la sábanas y paliar en lo posible los efectos de su enfermedad efímera, sino también porque no me hiciera más preguntas y se durmiera de nuevo, pues no había tiempo para hacerla participar de mi curiosidad ni ella estaba en condiciones de interesarse por nada externo a su cuerpo, y mientras cruzábamos algunas palabras y yo iba al cuarto de baño a mojar el pico de una toalla y le daba de beber y le acariciaba el mentón que me gustaba mucho, los pequeños ruidos que yo mismo iba haciendo y nuestras propias frases cortas y discontinuas me impedían prestar atención y aguzar el oído en busca de la individualización del murmullo contiguo, que tenía prisa por descifrar.

   Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición, como cuando uno oye una cinta o ve un vídeo y puede retroceder, sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído, porque luego no hay forma de recuperarlo. El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará el momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de qué ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras (aunque sea el tiempo de la anotación); y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte (aunque tampoco los cometeremos ni las causaremos), porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba de asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada y nadie es nadie que fuera antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada…” 

«El hombre me abordó hacia las dos, una nublada madrugada de agosto, cuando deambulaba yo por una serie de patios independientes, ahora accesibles sólo por unos pasajes oscuros que cruzaban los edificios que se interponían, aunque en otro tiempo formaron parte de una red continua de callejas pintorescas…»

Texto: H.P.Lovecraft de La Extraña Casa de la Niebla

David Sedaris, por más domingos

Escribe de lo que sabes o al menos de aquello que conoces; norma no escrita aunque respetada y seguida por muchos autores de prestigio. A esta regla se ha ceñido el autor estadounidense (Johnson City, Nueva York, 1956) para componer la mayoría de sus relatos, plenos de comicidad e ironía, donde se ven reflejados los hechos y las particulares relaciones que se dieron con cada uno de los componentes de su familia de origen.

Lejos quedan ya los momentos en que leía sus textos a pequeños auditorios, momentos en los que fue descubierto y tentado a participar en emisiones de radiofonía. Poco hubo de transcurrir para que fuera contratado por una editorial, y de allí para que sus escritos pudieran trascender al público con renovado éxito en un soporte de papel. Aun así, admite que sigue siendo amante del contacto directo, por lo que no deja de hacer giras para disfrutar del trato más íntimo y cercano con el público.

Desde hace unos años residente en Sussex, Inglaterra, la disfuncionalidad de su familia compuesta por cinco hermanos, sumada a la complicada relación personal con sus padres, fue un aliciente para que tomara distancia de ellos y también para hacer de él un viajero persistente por muchos estados de su país natal. Hecho que le permitió acopiar distintas experiencias de vida, casi siempre embarcado en ocupaciones de poca trascendencia. Hasta que le llegó la oportunidad de recalar en el Instituto de Arte de Chicago que, en cierta manera, le permitió canalizar ‘eso´ que le hacía mantenerse movilizado y en incesante búsqueda.

Luego su evolución fue constante, variable y catártica. Hoy sus principales trabajos en el ámbito literario llevan títulos como Holiday on ice; The talk pretty one day; Vestido de domingo; Cuando te envuelvan las llamas o Calypso. A los que hay que sumar otros en el género del ensayo y también en textos teatrales. Obras por las que ha alzado con el Premio de Sátira y Humor de los Estados Unidos, y ha sido galardonado también con la Medalla Americana de la Academia de las Artes. Además, de ser premiado como humorista del año por la revista Time.

De su publicación Vestido de domingo, el texto correspondiente a Hégira, donde saca provecho de hechos que, a pesar de su comicidad, no dejan de tener una variable reflexiva:

“No fue algo que tuviera planeado, pero a los veintidós años, después de abandonar a medias mi segunda carrera y cruzar el país varias veces, me encontré de vuelta en Raleigh, viviendo en el sótano de casa de mis padres. Tras pasar seis meses despertándome al mediodía, colocándome y escuchando el mismo disco de Joni Mitchell una y otra vez, mi padre me hizo ir a su estudio y me dijo que me largara. Estaba sentado, con el aire formal, en una gran y cómoda silla que tenía detrás de su mesa de despacho y me sentí como si estuviera despidiéndome del empleo de ser su hijo.

   La verdad es que me lo esperaba y, para ser sincero, no me molestó mucho. Tal y como lo veía, ser echado de casa era justamente lo que necesitaba si quería volver a valerme por mí mismo.

   -Bueno-dije-. Me iré. Pero algún día lo lamentarás.

   No tenía ni idea lo que quería decir con esto, pero me pareció que era la clase de cosa que alguien debe decir cuando es expulsado del hogar.

   Mi hermana Lisa tenía un apartamento cerca de la universidad y dijo que podía instalarme allí, siempre y cuando prescindiera del disco de Joni Mitchell. Mi madre se ofreció a llevarme y, después de un poco de fumeteo con mi narguile, acepté. Era un trayecto de quince minutos al otro lado de la ciudad, y por el camino escuchamos la retransmisión repetida de un show radiofónico en el que la gente llamaba al presentador para describir las distintas variedades de pájaros que se apostaban en los comederos de los patios. Normalmente emitían ese programa por la mañana y era raro oírlo por la noche. Los pájaros en cuestión debían de haberse acostado hacía horas y probablemente no tenían la menor idea de que seguían siendo tema de conversación. Me lo tragué, preguntándome si alguien allá en mi casa estaría hablando de mí. Hasta donde yo sé, nadie había intentado nunca imitar mi voz o describir la forma de mi cabeza, y resultaba deprimente pasar tan desapercibido cuando había tanta gente dispuesta a disertar durante horas sobre un gorrión.

   Mi madre se detuvo frente al edificio donde vivía mi hermana, y cuando abrí la puerta rompió a llorar, algo que me preocupó, ya que no solía hacer este tipo de cosas. No se trataba de ese rollo de <Te voy a echar de menos>, sino de algo más triste y más desesperado. No lo supe hasta meses más tarde, pero mi padre no me había echado de mi casa por ser un vago sino porque era gay. Se suponía que nuestra breve charla iba a ser uno de esos momentos que determinan la vida adulta de una persona, pero la palabra más importante del discurso lo ponía tan incómodo que la había obviado por completo, limitándose a decir: <Creo que ambos sabemos por qué lo hago>. Supongo que podría haberlo obligado a definirse, pero no vi la razón. <¿Es porque soy un fracasado? ¿Un drogadicto? ¿Una esponja? Vamos, papá, dame solo una buena razón>.

   ¿Quién querría decir eso?

   Mi madre asumió que yo sabía la verdad y eso la destrozó. Ahí se produjo otro de esos momentos definitivos, y de nuevo volví a perdérmelo. Lloró hasta que pareció que se ahogaba.

   -Lo siento -decía-. Lo siento, lo siento, lo siento.

   Imaginé que en unas cuantas semanas yo tendría un trabajo y algún apartamento diminuto y asqueroso. No me parecía tan difícil, pero las lágrimas de mi madre despertaron en mí el temor de que conseguir esas cosas fuera algo más duro de lo que pensaba. ¿En serio creía que yo era un desastre tan absoluto?

   -Estoy bien -dije-. De verdad.

   La luz del coche estaba encendida y me pregunté qué pensarían los conductores que pasaban al ver sollozar a mi madre. ¿Qué clase de gente creerían que éramos? ¿Acaso pensarían que era una de esas mamás lloronas que se desmoronaban en cuanto alguien volcaba una taza de café? ¿Asumirían que algún comentario mío la había herido? ¿Nos verían solo como a otra madre llorona y su hijo, colocado y gay, sentados en un coche y escuchando un programa de radio sobre pájaros, o imaginarían, solo por un instante, que éramos especiales..?”