Aval de las letras francesas: Albert Camus

Tal vez y sin saberlo, fue uno de los últimos escritores que contribuyeron a la otrora grandeur de Francia en el siglo pasado. Y más aún de la literatura  mundial, cuando por el conjunto de su obra se hizo merecedor del premio Nobel de Literatura en el año 1957.

Dueño de una escritura despojada de toda ostentación, que oscila entre lo escueto y lo por momentos casi telegráfico, el galo, apoyándose en la idea solo a través del propio peso de las palabras, supo ganarse por méritos propios su espacio en las letras. De origen argelino y de formación eminentemente humanística, en su breve existencia (1913-1960) supo coquetear con las tesis del anarquismo y el comunismo, lo que le valió enemistades y simpatías en igual medida. Más aún cuando en su momento reclamó por el derecho a la libertad de su país de origen, aunque recalcando la importancia de la herencia cultural de la metrópoli francesa. Luego, con el paso de los años, terminó tomando distancia de cualquier posición dogmática al respecto.

Escribió ensayos: El mito de SísifoEl hombre rebelde; obras teatrales: Calígula, Estado de sitio, y obviamente novela, entre las más renombradas: La peste o La caída. En todos ellos los temas recurrentes eran alimentados por los problemas de conciencia y las incógnitas existenciales del individuo. El pasaje a continuación pertenece a la novela que quizás más alimentó la proyección de su nombre como autor, El extranjero:

“… Me dAlbert Camus II (w-zaciszu-biblioteki.blogspot.com)espertó un roce. Como había tenido los ojos cerrados, la habitación me pareció aún más deslumbrante de blancura. Delante de mí no había ni la más mínima sombra, y cada objeto, cada ángulo, todas las curvas, se dibujaban con una pureza que hería los ojos. En ese momento entraron los amigos de mamá. Eran una decena en total, y se deslizaban en silencio en medio de aquella luz enceguecedora. Se sentaron sin que crujiera una silla. Los veía como no he visto a nadie jamás, y ni un detalle de los rostros o de los trajes se me escapaba. Sin embargo, no los oía y me costaba creer en su realidad. Casi todas las mujeres llevaban delantal, y el cordón que les ceñía la cintura hacía resaltar aún más sus abultados vientres. Nunca había notado hasta qué punto podían tener vientre las mujeres ancianas. Casi todos los hombres eran flaquísimos y llevaban bastón. Me llamaba la atención no ver los ojos en los rostros, sino solamente un resplandor sin brillo en medio de un nido de arrugas. Cuando se hubieron sentado, casi todos me miraron e inclinaron la cabeza con modestia, los labios sumidos en la boca desdentada, sin que pudiera saber si me saludaban o si se trataba de un tic. Creo más bien que me saludaban. Advertí en ese momento que estaban todos cabeceando, sentados enfrente de mí, en torno del portero. Por un momento tuve la ridícula impresión de que estaban allí para juzgarme.

Poco después una de las mujeres se echó a llorar. Estaba en segunda fila, oculta por una de sus compañeras, y no la veía bien. Lloraba con pequeños gritos, regularmente; me parecía que no se detendría jamás. Los demás parecían no oírla. Se mostraban abatidos, tristes y silenciosos. Miraban el féretro o a sus bastones, o a cualquier cosa, pero no miraban a nada más. La mujer seguía llorando. Yo estaba muy asombrado porque no la conocía. Hubiera querido no oírla más. Sin embargo, no me atrevía a decírselo. El portero se inclinó hacia ella y le habló, pero sacudió la cabeza, murmuró algo, y continuó llorando con la misma regularidad. El portero vino entonces hacia mi lado. Se sentó cerca de mí. Después de un rato bastante largo me informó sin mirarme: “Estaba muy unida con su señora madre. Dice que era su única amiga aquí y que ahora ya no le queda nadie”

Quedamos un largo rato así. Los suspiros y los sollozos de la mujer se hicieron más raros. Sorbía mucho, luego calló por fin. Yo no tenía más sueño, pero me sentía fatigado y me dolía la cintura. Ahora me resultaba penoso el silencio de todas esas gentes. Sólo de vez en cuando oía un ruido singular y no podía comprender qué era. A la larga acabé por adivinar que algunos de los ancianos chupaban el interior de las mejillas y dejaban escapar unos raros chasquidos. Tan absortos estaban en sus pensamientos que ni se daban cuenta. Tenía la impresión de que aquella muerta, acostada en medio de ellos, no significaba nada ante sus ojos. Pero creo ahora que era una impresión falsa.

Todos tomamos café, servido por el portero. Después, no sé más. La noche pasó. Recuerdo que en cierto momento abrí los ojos y vi que los ancianos dormían amontonados, excepto uno que me miraba fijamente, con la barbilla apoyada en el dorso de las manos aferradas al bastón, como si no esperase sino mi despertar. Luego volví a dormirme. Me desperté porque cada vez me dolía más la cintura. El día resbalaba sobre el techo de vidrio. Poco después uno de los ancianos se despertó, y tosió mucho. Escupía en un gran pañuelo a cuadros y cada una de las escupidas era como un desgarramiento. Despertó a los demás, y el portero dijo que debían marcharse. Se levantaron. La incómoda velada les había dejado los rostros de color ceniza. Al salir, con gran asombro mío, todos me estrecharon la mano, como si esa noche durante la cual no cambiamos una palabra hubiese acrecentado nuestra intimidad.

Estaba fatigado. El portero me condujo a su habitación y pude arreglarme un poco. Tomé café con leche, que estaba muy bueno. Cuando salí era completamente de día. Sobre las colinas que separan a Marengo del mar, el cielo estaba arrebolado. Y el viento traía olor a sal. Se preparaba un hermoso día. Hacía mucho que no iba al campo y sentía el placer que habría tenido en pasearme de no haber sido por mamá…”

La frase

Un vistazo general a la sociedad y un barrido a la prensa del corazón te pueden dejar la impresión de que, si no estás buena y no tienes hijos, has fracasado en la vida. Pues bueno, muchas de nosotras ni estamos buenas ni tenemos hijos, pero somos lo suficientemente listas para no caer en simplificaciones tan absurdas”  ( Paula Hawkins )

Acuarela de Brasil: Jorge Amado

A similitud de la exuberante tierra bahiana, en sus textos se dan cita la crudeza de la realidad circundante al lado de una alta dosis de sensualidad. Así y todo, el brasileño (1912-2001) fue un hombre que nació en el seno de una familia acomodada, con un padre propietario de todo un latifundio. Tal vez ese choque de realidades le haya influido para que eligiera estudiar la carrera de leyes en primer lugar, y en otro orden, su posterior afiliación al partido comunista; militancia por las que tuvo que exiliarse en Argentina primero y en Uruguay después.

Pero mucho antes de ello y cuando solo contaba dieciocho años, ya había hecho su primera incursión en el campo literario con la publicación de su novela El país del carnaval. Así, mientras su prosa se iba horneando a fuego lento, sus ideas políticas le llevaban a ser elegido diputado por el estado de Sao Paulo. Pero no lo fue por mucho tiempo, ya que los constantes cambios en su país le llevarían otra vez a tener que abandonarlo de manera forzosa, esta vez su destino sería Francia.

Superado este último período y ya de regreso en Brasil, tomó la decisión de alejarse de la arena política para abocarse plenamente en sus escritos. Aunque bien es cierto que de una u otra manera, de forma más explícita o subyacente, siempre los retazos de su ideología se hicieron presentes en sus relatos. Fruto de su creación dio a conocer textos del calado de Gabriela, clavo y canela; Doña Flor y sus dos maridos o Teresa Batista cansada de guerra, donde supo combinar la riqueza de las tramas con una atractiva composición de los personajes. Novelas por las que obtuvo premios y reconocimientos además de su ingreso en la Academia Brasileña de las Letras.

El pasaje a continuación pertenece a uno de los relatos incluidos en Los pastores de la noche:Jorge Amado III (dimusbahia.wordpress.com)

“… Una vez, de vuelta de un demorado viaje por luengas tierras, le dio al doctor Menandro por elogiar a las francesas pasándose la lengua por los labios y moviendo su cabezón de sabio. <No hay mujer como la francesa.> Así habló, y Pé-de-Vento, hasta entonces respetuosamente callado, no pudo contenerse:

    -Doctor, discúlpeme, usted es un sabio, inventa remedios para curar enfermos, enseña en la facultad y todo eso. Pero, perdone mi franqueza: yo nunca he dormido con francesas, pero le aseguro que no hay como las mulatas. Señor doctor, créame no hay como las mulatas en la cama. No sé si el doctor habrá tenido alguna mulata, una de esas de color té, de esas que son como un patache moviéndose en las aguas… ¡Ah, señor doctor, el día en que usted tumbe a una en la cama no querrá saber más de francesas…!

Discurso tan largo no lo había pronunciado Pé-de-Vento desde hacía años. Señal de exaltación. Peroró convencido, se quitó el sombrero agujereado, como cumplimiento, y se calló. Inesperada fue la respuesta del doctor Menandro.

    -De acuerdo, amigo, siempre me gustaron las mulatas. Sobre todo de estudiante, y aún hoy. Hasta me llamaban el <Catador de mulatas>. Pero ¿quién dice que no hay mulatas en Francia? ¿Sabe usted lo que es una mulata francesa recién llegada del Senegal? Llegan navíos llenos de mulatas de Dakar a Marsella, amigo…

Realmente, ¿por qué no había de haberlas?, preguntose Pe-de-Vento, dando la razón al médico, persona de su particular devoción. Tal vez solo Jesuíno Galo Doido y Tibéria estuvieran colocados más alto en la escala de su admiración y estima. Cuando volvió a escuchar, el doctor Menandro disertaba sobre sobacos.

Poseía Pe-de-Vento, como se ve, no larga práctica como ciertos conocimientos teóricos sobre las mulatas. Práctica y teoría que se habían revelado inútiles ante la incomprensible Eró. Pé-de-Vento sentíase derrotado y sin ilusión. Aquella mujerona, con miedo de una ratita, ¿dónde se vio tal cosa? ¿Mulata verdadera? No. Nunca lo habría creído.

Iba Pé-de-Vento hacia la tienda de Alonso. La ladera del Pelourinho, frente a él se llenaba de mulatas, de mulatas auténticas. Un par de pechos y de muslos, de caderas ondulantes, de pelambreras perfumadas. A docenas parecían desembarcar de las nubes negras del cielo, poblaban las calles, un mar de mulatas, y, en ese agitado mar, Pé-de-Vento navegando. Mulatas subían corriendo la ladera, otras volando, una se hallaba sobre la cabeza de Pé-deVento; un seno crecía y se alzaba en el cielo, un cielo lleno de traseros pequeños y grandes, rollizas todas, a escoger.

Estaba la noche en sus comienzos. Los inicios misteriosos de la noche de Bahía, cuando todo puede ocurrir sin causar espanto… La primera hora de Exu, la hora, la hora de las sombras del crepúsculo, cuando Exu sale por los caminos. ¿Le habrían hecho aquel día su ofrenda en todas las casas del santo, la ofrenda indispensable, o acaso alguien habría olvidado la obligación? ¿Quién, sino Exu, podía llenar de mulatas hermosas y libertinas la ladera del Pelourinho y los ojos azules de Pé-de-Vento?

En el mar, allá abajo, las velas de los pesqueros, con urgencia de llegar antes que la lluvia. Nubes saliendo barra afuera, tañidas por el viento, cerrándole el paso a la luna llena. Vino una mulata de oro y se llevó la melodía silbada por Pé-de-Vento, dejándolo solo con sus cavilaciones. Su meta era el tenducho de Alonso. Allí estarían los amigos y con ellos podría discutir el complicado asunto, Jesuíno Galo Doido tenía luces suficientes para desentrañarlo y explicárselo. Era agudo el viejo Jesuíno. Y si no estuviesen los amigos allí, Pé-de-Vento iría hasta el cafetín de Isidro do Batualê, en las Sete Portas, iría al muelle, al bar de Cirilíaco, ya en los linderos de la ley, con sus contrabandistas y sus rufianes, iría al burdel de Tibéria, los buscaría por todas partes hasta dar con ellos, empapado por la lluvia que empezaba a caer a goterones. Discutiría con los amigos y aclararía aquella confusión. A su alrededor volaban mulatas a cual más verdadera…”