Literatura de confinamiento

La estricta cuarentena nos ha impulsado a la búsqueda del necesario equilibrio.  Y sin lugar a dudas, la falta de precedentes en esta materia nos ha llevado a echar mano de nuestra máxima inventiva, en la que la palabra escrita a través del microrrelato se ha revelado como un firme soporte terapéutico.  O tal vez, simplemente, como impulso creativo que nos permita proyectarnos más allá de los efímeros tiempos presentes

Estos textos fueron publicados en el diario El Espectador de Colombia.

Gatos 

Las comunidades del norte y del sur están enfrentadas, el norte carece de personal para la recogida de sus cosechas de fruta y verdura; anuncia que si el sur no envía a sus trabajadores, estas se pudrirán en los campos. El sur se niega, no quiere poner en riesgo la salud de sus contratados subsaharianos por el coronavirus. Escucho la noticia y se me tuerce el gesto. —¡Pues vaya! — dice mi gata. La miro atónita —no sabía que los gatos hablaran.

—Pues ahora ya lo sabes— dice socarrona. —Tú eres la suministradora de comida, ¿qué vamos a hacer ahora que me has convencido para ser vegetariana?, estos no dejaran venir a nadie, no por el coronavirus si no porque son todos emigrantes sin papeles.

—Ya, igual les dan la nacionalidad y así…— balbuceo. 

—¡Pero tú en que mundo vives! — me responde furiosa. 

—En el país vecino lo han hecho— contesto tímidamente.

—Vosotros los humanos no dejáis títere con cabeza.

—¡No te enfades!, que hoy se han reunido los países de la Unión Europea para emitir coronabonos a los países más débiles. 

Con gesto despectivo y voz de mando dice —ábreme la puerta no soporto vivir con carnívoros ilusos y estúpidos. 

Rosa Reis

***

Día de dragones

Somos los dragones de la noche. Pertenecemos a una estirpe temida por muchos, pero conocida por pocos. Mis hermanos y yo siempre tenemos un hambre insaciable y, por eso, contamos las horas, los minutos, los segundos para salir a cazar. No es fácil esperar a que todo se aquiete, a que la ciudad se duerma. 

Nuestros enemigos son los seres del sol. Criaturas monstruosas carentes de piel peluda, de alas y, lo más raro, sin dientes afilados. Estos seres extraños emiten sonidos insoportables para nuestros oídos. Golpean a sus hembras y enjaulan a otros animales, los dejan así durante varias lunas y luego los sacan para quemarlos en agua caliente.  Algunos de nuestros hermanos caen en sus garras. 

De pronto, el silencio. Llega la hora de salir de la cueva. Sin pensar, nos convertimos en una espiral que emite un hermoso silbido, mientras nuestras alas luchan para no chocarse.  Y es que la luz quema nuestros ojos, nos miramos con extrañeza. Es de día.  

¿Por qué hay silencio? ¿dónde están los monstruos del sol? Volamos hacia la ciudad y abajo vemos calles vacías, gobernadas por un viento frío.  No pronunciamos palabra alguna. El tiempo de los seres del sol, termina hoy. Comienza la era de los murciélagos.

Angélica Villalba Cárdenas

***

Distanciamiento social

Y en estos días que prohibido es un abrazo, un beso es impensable; que desde lejos solo me queda mirarla; logro ver con más claridad ese paisaje en que el vivo, logro atesorar más cada gesto, cada olor. En estos días en que las sonrisas se esconden tras los variados modelos de tapa bocas, qué falta hace en cualquier plaza un café, que sin, con 1 o 2 de azúcar, el bullicio de la gente, la velocidad de la vida que en otro momento parecía desbordarnos. Y en estos días tenemos la excusa perfecta para hacer esa llamada que hubiese aguardado por una fecha especial; para enviar un abrazo virtual; para mirarnos hacia dentro y, quizá, asustarnos un poco.

David Felipe Morales

 ***

Chernóbil- Medellín 

No había pasado ni una semana desde que Yvona Shevchenko llegara a Medellín. Era la primera vez que salía de su país, Ucrania, cruzando mares y océanos atraída por las verdes montañas de la ciudad de la que su mejor amiga tanto le había hablado. Montañas que solo podía ver desde su ventana mientras, sentada frente al escritorio, cumplía el aislamiento obligatorio ordenado por las autoridades y aprovechaba el tiempo para iniciarse como escritora. Quería, en principio, relatar su infancia marcada por aquellas largas noches esperando a que llegara su padre del trabajo como inspector de seguridad en una plata nuclear.  Yvona ahora estaba al otro lado de su mundo tratando de entender una tragedia mundial marcada por un virus peor que aquella pesadilla radiactiva del Chernóbil de su infancia.

Mauricio Cadavid Londoño

***

Clandestinos

En el mundo de las calles vacías y del encierro obligatorio, los primeros que perdieron su puesto fueron los besos clandestinos. Los míos están muriendo de hambre.

Sandra Guzmán

***

León

El hombre del que les voy a hablar se llamaba… su nombre no importa. Lo que nunca se les olvidó a los empleados del zoológico es lo que el muchacho le hizo al león. Así como lo oyen, lo que le hizo al león, durante la noche. Su apellido era León. Siempre lo escribía con letra minúscula, porque podía sentir la fuerza del animal. Cuando la profesora le hacía la corrección en el cuaderno, le invadía una flojera que lo dejaba fulminado en treinta segundos. Como repitió curso, su madre le quitó el apellido y le dejó solo el de ella (…Callado). Y, así estuvo, callao durante mucho tiempo. Lo llevaron al zoológico, un domingo. Al león lo anestesiaron a última hora de la tarde. El muchacho se quedó observando como dormía y los padres se fueron a ver la última función de los delfines. Cuando cerraron el zoológico, el chico había desaparecido. Los padres se marcharon a la comisaria. La mañana siguiente, cuando el veterinario fue a ver al león, encontraron al muchacho dentro de jaula, revolcándose con la cabeza y la cola del animal. El resto del cuerpo no lo encontraron… «Tú quién eres?», «soy león».

Verónica Bolaños

***

 

La frase

Los libros se escriben para unir, por encima del propio aliento, a los seres humanos; y así             defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”                                                                                                                                                  Irene Vallejo )

Luis Sepúlveda, la historia de Fernando

El Chaco es una extensa región que abarca una importante franja en el noreste de la república Argentina, el sureste de la de Bolivia y atraviesa el territorio central del Paraguay. Tiene una forestación propia que oscila entre el monte bajo y el bosque tupido, a punto que en un vasto sector argentino recibe el nombre de El Impenetrable. Aunque su significado real deviene de la lengua aborigen, el quechua, que nombra al  lugar que se hace servir como zona de caza.

La particularidad del suelo chaqueño en el que se desarrolla una importante industria maderera, su clima subtropical atravesado por ríos caudalosos, a los que hay que sumar la variopinta mezcla de su gente con sus idiomas: el castellano de importación y los autóctonos, el guaraní y el quechua, conforma la característica con los que se cincela la personalidad de los locales y también, la de los braceros foráneos que se emplean en la mano de obra de las haciendas y los inmensos aserraderos.

En el entorno de esta particularidad geográfica es lógico que surjan infinidad de historias, algunas proceden de la imaginería ancestral que emana de la selva, otras, que se han alimentado de seres que oscilan entre lo irreal y lo absolutamente verdadero. Es por ello que, en la singularidad de los tiempos presentes, donde más que nunca sopesamos el valor de las auténticas compañías y todavía más, de nuestras legítimas libertades, sobresale la historia de un perro que hizo de su independencia su modo de vida y también, su manera de servir a la comunidad que lo aceptó como a uno más de sus integrantes.

El que sigue es el texto completo de Fernando:

“Algún día perdido en la memoria de los vecinos de Resistencia, en el Chaco, por sus calurosas y húmedas calles se vio cargar a un forastero que cargaba una guitarra mientras charlaba amigablemente con un perro de raza desconocida que lo acompañaba con fidelidad de sombra. El desconocido llamó a la puerta de una pensión y, tras presentarse como artista ambulante, cantor de boleros para mayor precisión, preguntó si él y su perro podían hospedarse.

   -Siempre cuando respeten las horas de siesta. Vos no cantás y el perro no ladra –le respondieron.

   La siesta es larga en el Chaco. Las horas de reposo pasan lentas y apacibles como las aguas del Paraná. Bajo el rigor canicular las brisas se alejan hacia territorios que nadie conoce, no canta el hornillo, el surubí cierra los ojos redondos en el fondo del río, y las gentes se abandonan a un sopor profundo y benéfico.

   A los pocos días de llegar, el cantor se durmió para siempre en una siesta. Al descubrir el triste suceso, el dueño de la pensión y los vecinos comprobaron que sabían muy poco, casi nada, de aquel hombre.

   -Uno de los dos obedece al nombre de Fernando, pero no sé si es él o el perro –comentó alguno.

   Luego de sepultar al cantor, y como una forma de respetar su memoria, los vecinos de Resistencia decidieron adoptar al perro, lo llamaron Fernando y le organizaron la vida: el dueño de un boliche se comprometió a darle cada mañana un tazón de leche y dos medias lunas. El perro Fernando desayunó durante doce años en el mismo boliche y en la misma mesa. Un matarife decidió servirle cada mediodía un trozo de carne con hueso. El perro Fernando acudió puntualmente a la cita durante toda su vida. Los artistas del Fogón de los Arrieros, una casa sin puertas en la que todavía los caminantes encuentran lugar de reposo y mate, aceptaron al perro Fernando como socio de la institución, donde destacó como implacable crítico musical. Tal vez heredado de su primer amo, el perro poseía un agudo sentido de la armonía, y cada vez que algún músico desafinaba debía soportar la reprimenda de los aullidos de Fernando.

Mempo Giardinelli me contó que, durante un concierto de un prestigioso violinista polaco en gira por el noreste argentino, el perro Fernando escuchó atentamente desde su lugar en primera fila, con los ojos cerrados y las orejas atentas, hasta que una pifia del músico le hizo proferir un desgarrador aullido. El violinista suspendió la interpretación y exigió que sacaran de la sala al perro. La respuesta de los chaqueños fue rotunda:

   –Fernando sabe lo que hace. O tocás bien o te vas vos.

   Durante doce años, el perro Fernando se paseó a su anchas por Resistencia. No había boda sin los alegres ladridos de Fernando mientras los recién casados bailaban un chamamé. Si Fernando faltaba a un velorio, era todo un desprestigio tanto para el muerto como para los deudos.

   La vida de los perros es por desgracia breve, y la de Fernando no fue una excepción. Su funeral fue el más concurrido que se recuerda en Resistencia. Las nota necrológicas llenar de pesar los periódicos locales, incontables paraguayos cruzaron la frontera para manifestar su sentida aflicción, los caciques de la política cantaron loas a sus virtudes ciudadanas, los poetas leyeron versos en su honor, y una suscripción popular financió su monumento, que se levanta frente a la casa de Gobierno, pero dándole la espalda, es decir, mostrándole el culo al poder.

   Hace un par de semanas, con mi hijo Sebastián que se inicia en los senderos que amo, salimos de Resistencia para cruzar el Chaco Impenetrable. En el límite de la ciudad leímos por última vez el letrero que dice: <Bienvenidos a Resistencia, ciudad del perro Fernando>.”   

Este relato breve pertenece a la antología Historias Marginales del autor chileno, quien es uno más de los que se encuentran en larga convalecencia a causa del virus Covid-19, a quien deseamos una definitiva recuperación.