Rosa Montero, prolífica y versátil

La escritora (Madrid, 1951) posee un extenso currículum dentro del ámbito del periodismo, profesión que le ha hecho ganar reconocimiento por su amplio desempeño en medios nacionales como extranjeros, especializándose en el género de la entrevista.

En cuanto a la más pura ficción y en concreto a la novela, su producción hasta el presente abarca un total de diecisiete títulos, entre los más reconocidos: Crónica del desamor, La loca de la casa, Historia del rey transparente, Instrucciones para salvar al mundo, y la última de ellas, La buena suerte, que fue presentada hace pocas semanas.

Su creatividad casi compulsiva alcanza también el relato: Amantes y enemigos. Cuentos de parejas, Hombres (y algunas mujeres). También ha incursionado  en el ensayo y en la literatura infantil, y son conocidas sus participaciones en distintos programas de la pantalla chica, por lo que ante la multiplicidad de propósitos, lleva a preguntarse dónde la autora reproduce su tiempo para alimentar tamaña actividad profesional. Y si amplia es su producción, larga es también la lista de premios y reconocimientos de todo tipo, más de dos docenas, de los que destacan el Premio Nacional de Periodismo y el Nacional de las Letras Españolas.

Como otros tantos autores, la madrileña es de las que utilizan el método de apartarse de la cotidianeidad para poder construir sus textos, aunque reconoce que los aislamientos obligatorios como el ocasionado por la pandemia es de los que más le ha costado sobrellevar, para reconocer que por fortuna la escritura fue uno de sus mejores antídotos.

Para construir sus novelas echa mano de un estilo sobrio y equilibrado, aunque puede que encuentre su mejor expresión dentro de las acotadas dimensiones del cuento, quizás siguiendo aquello que supo pregonar Jorge Luis Borges: para qué extender la trama si se puede conseguir el objetivo literario con menos palabras.

Para cotejar lo dicho, un pasaje de su relato breve Parece tan dulce:

    “Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer.

    Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un master en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldívar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió en la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldívar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados en la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados solo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharle rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.

    Parece tan dulce. Ahí está, al otro lado de la sala, apoyada en la pared con su fingida y elegante desgana de siempre, hablando con alguien a quien no conozco: mírenla, ahora se la ve bien entre la gente, las espesas aguas de la concurrencia se han abierto un poco, creo que acaban de sacar los canapés calientes y ha habido una súbita deriva de glotones hacia la puerta. Hay que reconocer que se mantiene guapa: se toma su trabajo para ello, desde luego. Se tiñe el pelo, se da masajes, hace gimnasia todo el día (quiero decir, siempre que está en casa: es abogada y trabaja en un estudio laboralista), se llena la cara de potingues, de mascarillas horrendas, de cremas apestosas, se mete en la cama por las noches tan resbaladiza y aceitosa como un luchador de sumo en un campeonato. En esto compruebo una vez más que es mi enemiga y puedo medir el odio y el desapego que me tiene: tantos esfuerzos por mantenerse guapa ¿para quién? Debe de ser para Donatella, para Contreras, para Zaldívar. Para mí no es, eso está claro: a mí me ofrece la tramoya del afeite, un gorro de plástico en el pelo, un aspecto ridículo. No sé si lo hace por sadismo: para afrentarme con su presencia. O si, lo que sería peor (lo que sospecho), lo hace simplemente porque no me ve, porque no me tiene en consideración, porque no existo. Muchas veces en mi vida, con diversas, me he sentido así, de cristal transparente: pero no estar en su mirada, en la mirada de ella, es lo más duro.

    Cuando estoy es peor. A veces me echa una desapasionada ojeada y dice:

    -¿Por qué no te compras el monoxinosequé ése, una loción que se dan los hombres contra la calvicie?

    O bien:

    -Deberías cuidarte un poco más.

    No parecen frases muy crueles, pero tendrían que oír el tono. Y la imagen de mí mismo que me ofrecen sus ojos. Estoy allí, en el fondo de las pupilas de ella, pequeñito por todas partes, más pequeñito aún de lo que sé que soy, con mi calva incipiente y mi barriga incipiente y mi derrota incipiente. Y entonces no le digo a mi mujer que llevo años frotándome la coronilla con minoxidil sin mejoría  apreciable, y que en el secreto de mi cuarto de baño (tenemos dos, uno cada uno) hago abdominales, y que lo peor es que intento cuidarme y que la ruina incipiente de mi aspecto es el pobre resultado de mis desvelos. Para disimular, hago como que no me interesa nada mi apariencia física, como que desdeño esas banalidades. Es un viejo recurso que he usado desde la infancia: pretender que no me importa aquello en lo que he fracasado…”