El viaje de los libros

En el presente no existe otro elemento que nos sirva de efectiva máquina del tiempo, a la vez que teletransportador y hasta psicoanalista. Cómo los libros y las bibliotecas cambiaron el mundo -para bien o para mal- para convertirnos en lo que hoy tenemos

Frontis del edificio de la biblioteca de Éfeso, en la actual Turquía (National Geographic)

Me encontré en La Habana –hace varios años– a un hombre de piel morena, pelo negro con pintura rubia que lo hacía ver más joven de lo que era, y harapos descoloridos. Con una aparente vergüenza aclaró que no pedía limosna, sino unos minutos para que le hablara de mi país, pues había leído sobre Colombia en un libro de su papá. Esas notas y el relato de los turistas –confesaba él– eran las únicas formas de viajar y conocer lugares lejanos.

Recordé ese momento mientras leía un libro sobre libros; una historia acerca de la historia de los relatos, de los reyes que construyeron bibliotecas tan grandes como su ambición de universalidad, empresas que intentaron recopilar el conocimiento de toda la tierra conocida y los mejores sabios del oriente y occidente descubierto.

«La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad», explica la autora. Ahí llegó exactamente el recuerdo del personaje cubano que solo contaba con la narración oral y unos apuntes de su padre para visualizar lo desconocido y anhelado, ante la imposibilidad de salir de una isla que más parecía una cárcel.

Y es que si hay algo multifuncional y extraordinario es un libro. No hay otro elemento que sirva de máquina del tiempo, teletransportador, proyector de imágenes y psicoanalista. Todo a la misma vez, superando las barreras que le ha puesto la misma historia. Porque al día siguiente de las más sangrientas guerras, de la destrucción de ciudades, de los eventos más caóticos de la humanidad y de los avances tecnológicos, al día siguiente ha habido un libro.

Será retador encontrar una sola casa que no tenga uno. Así sea el de cocina que siempre se sale con la suya para volvernos chef por un momento, o una biblia a la que se recurre de vez en cuando, como si fuera un diccionario. O un diccionario que es como un libro sagrado con leyes, reglas y buenas maneras de comportamiento.

Hay algo mágico en guardar a salvo un libro ya leído en la biblioteca. Siempre habrá un espacio a la vista que nos lleve a ese momento, esa historia y esa pequeña enseñanza que trajo. Allí, «de pie», orgulloso por haber cumplido su misión reposarán por muchos años varias hojas cocidas a un lomo que alguien escribió justo para nosotros, así nunca supiera de nuestra existencia.

De forma coincidente, terminé devorando tres textos seguidos sobre los libros: La ruta del conocimiento, de Violet Moller, que abre los ojos acerca de la influencia de ciudades como Bagdag, Córdoba, Salerno y Venecia en la literatura y la ciencia; El infinito en un junco, de Irene Vallejo, que es pasaporte para conocer los antepasados de los libros y sus travesías. Y finalmente, Burning the Books, de Richard Ovenden, que con una narración menos ágil que los anteriores advierte los intentos de los regímenes totalitarios –como donde vive el desconocido cubano– por mutilar el conocimiento de los pueblos.

Los tres autores coinciden en el valor de los libros y las bibliotecas. Y de cómo ambas cambiaron el mundo para convertirlo –para bien y para mal– en lo que hoy tenemos, y para darle posibilidad de viaje a quien no puede salir de casa.

Son tres escritos con muchos conocimientos y pensamientos ajenos que deberían estar en las bibliotecas de quienes, como los reyes Ptolomeos en Alejandría, compran, consumen y coleccionan libros huyendo de esa soledad miserable que a veces provoca no tener algo más para leer.

(Texto de Alejandro Riveros González, reproducido en el diario El Tiempo de Colombia)

Virginia Woolf, feminista, visionaria y versátil

Se la considera una de las plumas más importantes del siglo XX. Su nombre completo era Adeline Virginia Stephen (Londres 1882, Reino Unido – Lewes 1941, Reino Unido), pero se dio a conocer con el apellido de su esposo, Leonard Woolf, y al mundo a través de sus relatos breves, novelas, ensayos y obras teatrales, influenciada por su padre Leslie Stephen, que fue historiador, ensayista y novelista.

Woolf es reconocida como una de las figuras vanguardistas de las letras y al mismo tiempo una renovadora del idioma inglés. En sus textos subyacen sus convicciones feministas, que fueron expuestas en las reuniones del llamado Círculo de Bloomsbury, nombre tomado del barrio donde se estableciera con su hermana Vanessa luego de desaparecido su padre, y donde tuvieron lugar innumerables encuentros con integrantes de la clase media alta londinense, reuniones en las que participaron economistas, historiadores o filósofos, quienes hicieron suyas las teorías del ensayista inglés Walter Pater que tuvieron su peso a finales del siglo XIX.

Su primera novela fue Fin de viaje, y a esta le seguirían otras no menos exitosas: El faro; Orlando, con la que se sumergiría en el que para la época era el delicado tema de la sexualidad femenina; La señora Dalloway, donde volvería a la carga en contra de la represión sexual; y Las olas, que se convertiría en su texto más experimental. La autora fue una destacada conferencista en donde, como un impulso a una mejoría en la sociedad, bregó por el acceso de las mujeres a la educación; presentaciones que con posterioridad se publicarían en un ensayo bajo el título de Una habitación propia. Mantuvo una extensa correspondencia con personalidades de todo orden, además de sus diarios personales de vivencias.

Dueña de una salud frágil comenzó a tener cuadros depresivos desde muy joven, el primero luego de la temprana muerte de su madre. Crisis que se circunscribirían a lo que hoy se conoce como trastorno bipolar, enfermedad que no la abandonaría durante el transcurso de su corta vida. A pesar de estos contratiempos sostuvo -junto a su marido- su propia editorial, Hogarth Press, que además de publicar algunas de sus últimas obras, mediante la publicación del libro Tres guineas, mostró su rechazo al fascismo, movimiento que el matrimonio temía por sus posiciones absolutistas y racistas. Hasta una mañana de marzo del 1941 en una de sus tantos episodios con su dolencia, la escritora llenó su abrigo de piedras y se quitó la vida sumergiéndose en las aguas del río Ouse.

Su personalidad y su relevancia en el mundo anglosajón es tal que existe un texto teatral que lleva su nombre: ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, del autor estadounidense Edward Albee, obra que se representa con asiduidad en los teatros del mundo y de la que se ha hecho incluso una versión cinematográfica. 

De uno de sus títulos más apreciados, La señora Dalloway, el pasaje con el que da comienzo la novela:

“La señora Dalloway decidió que ella misma compraría las flores.

Sí, ya que Lucy tendría trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los operarios de Rumpelmayer. Y entonces Clarissa Dalloway pensó: qué mañana diáfana, cual regalada a unos niños en la playa.

¡Qué fiesta! ¡Qué aventura! Siempre tuvo esta impresión cuando, con un leve gemido de las bisagras, que ahora le pareció oír, abría de par en par el balcón en Bourton y salía al aire libre. ¡Qué fresco, qué calmo, más silencioso que éste, desde luego, era el aire a primera hora de la mañana…! como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante, y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, que eran los que entonces contaba) solemne, con la sensación que la embargaba mientras estaba en pie ante el balcón abierto, de que algo horroroso estaba a punto de ocurrir; mirando las flores, mirando los árboles con el humo que sinuoso surgía de ellos, y las cornejas alzándose y descendiendo; y lo contempló en pie, hasta que Peter Walsh dijo: ‘¿Meditando entre vegetales?’ -¿fue eso?-, ‘Prefiero los hombres a las coliflores’ -¿fue eso? Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una mañana en que ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Regresaría de la India cualquiera de estos días, en junio o julio, Clarissa Dalloway lo había olvidado debido a lo aburridas que eran sus cartas: lo que una recordaba eran sus dichos, sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, sus malos humores, y, cuando millones de cosas se habían desvanecido totalmente ¡qué extraño era!, unas cuantas frases como esta referente a las verduras.

Se detuvo un poco en la acera, para dejar pasar el camión de Durtnall. Mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (quien la conocía como se conoce a la gente que vive en la casa contigua en Westminster); algo de pájaro tenía, algo de grajo, azul-verde, leve, vivaz, a pesar de que había ya cumplido los cincuenta, y de que se había quedado muy blanca a raíz de su enfermedad. Y allí estaba, como posada en una rama, sin ver a Scrope Purvis, esperando el momento de cruzar, muy erguida. Después de haber vivido en Westminster, ¿cuántos años llevaba ahora allí?, más de veinte, una siente incluso en medio del tránsito, o al despertar en la noche, y de ello estaba Clarissa muy segura, un especial silencio o una solemnidad, una indescriptible pausa, una suspensión (aunque esto quizá fuera debido a su corazón afectado, según decían, por la gripe), antes de las campanadas del Big Ben. ¡Ahora! Ahora sonaba solemne. Primero un aviso, musical, luego la hora, irrevocable. Los círculos de plomo se disolvieron en el aire. Mientras cruzaba Victoria Street, pensó qué tontos somos. Sí, porque sólo Dios sabe por qué la amamos tanto, por qué la vemos así, creándose, construyéndose alrededor de una, revolviéndose, renaciendo de nuevo en cada instante; pero las más horrendas arpías, las más miserables mujeres sentadas ante los portales (bebiendo su caída) hacen lo mismo; y tenía la absoluta certeza de que las leyes dictadas por el Parlamento de nada servían ante aquellas mujeres, debido a la misma razón: amaban la vida. En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.

Sí, porque el mes de junio estaba mediando. La guerra había terminado, salvo para algunos como la señora Foxcroft que anoche, en la embajada, se atormentaba porque aquel guapo muchacho había muerto en la guerra y ahora un primo heredaría la antigua casa solariega; o como Lady Bexborough quien, decían, inauguró una tómbola con el telegrama en la mano, John, su predilecto, había muerto en la guerra, pero había terminado; a Dios gracias, había terminado. Era junio. El rey y la reina estaban en palacio. Y en todas partes, pese a ser aún tan temprano, imperaba un ritmo, un movimiento de jacas al galope, un golpeteo de palos de cricket; Lords, Ascot, Ranelagh y todo lo demás; envueltos en la suave red del aire matutino gris azulado que, a medida que avanzara el día, lo iría liberando, y en sus céspedes ondulados aparecerían las saltarinas jacas, cuyas manos con sólo tocar levemente el suelo las impulsaban hacia lo alto, y los muchachos arremolinándose, y las rientes chicas con sus vestidos de transparente muselina que, incluso ahora, después de haber bailado durante toda la noche, daban un paseo a sus perros absurdamente lanudos; e incluso ahora, a esta hora, viejas y discretas viudas hacendadas pasaban veloces en sus automóviles, camino de misteriosas diligencias; y los tenderos se asomaban a los escaparates para disponer los diamantes falsos y los auténticos, los viejos y preciosos broches verde-mar con montura del siglo XVIII para tentar a los norteamericanos (pero hay que economizar, y no comprar temerariamente cosas para Elizabeth), y también ella, amándolo cual lo amaba, con una absurda y fiel pasión, ya que antepasados suyos habían sido cortesanos en el tiempo de los Jorges, iba aquella misma noche a iluminar y adornar, iba a dar una fiesta…”