Jo Nesbo, con fría acción criminal

Foto: Stian Broch

El noruego (Oslo, 1960) es uno más de los tantos integrantes de los que construyen la ponderada novela negra escandinava. Con una camada de escritores como Henning Mankell, Stieg Larsson, Karin Fossum, Arnaldur Indridason, Liza Marklund y el mismo Nesbo quien, desde que se dio a conocer con su ficción debut El murciélago, primer título de la serie del policía Harry Hole, que le llevó a alzarse con el Riverton Prize a la mejor novela en su país y luego, el Glassnokkelen, a la mejor novela de los países nórdicos.

Más allá de los reconocimientos, su producción no ha cesado de crecer. Aunque antes de hacerse conocer como autor de literatura policial, Nesbo tuvo la oportunidad de graduarse en la Escuela Noruega de Economía, para desempeñarse luego como agente de bolsa. Como curiosidad también, el nórdico es el líder fundador y compositor del grupo de rock Di Derre, con el que asiduamente suele presentarse en shows.  

A esa primera publicación con la figura del inspector Hole le siguieron hasta el presente otras once entregas más, títulos como Petirrojo, Némesis, La sed o El muñeco de nieve, de la que en el año 2017 se hizo una exitosa adaptación para la pantalla grande protagonizada por el actor germano-irlandés Michael Fassbender. Además, tiene publicados otros cuatro textos dentro del género de novela juvenil con la saga del Doctor Proctor, dos de la serie de Olav Johansen, y otros tantos escritos que abarcan el ensayo y, como es el caso de Karusellmusikk, de relatos cortos.

A sus sesenta años ha logrado crear una producción que a más de extensa es variada, sin renunciar por ello al toque de calidad en sus obras. Quizás sea esto lo que le haga contar con el beneplácito de una legión de miles de lectores fieles en varios países, los que le premian siguiéndole en cada una de sus nuevas aventuras literarias.

Para apreciar una pequeña parte de sus textos de ficción, de la serie del detective Harry Hole, un pasaje de La sed, texto que, con la inclusión de atractivos personajes y un ritmo de acción sostenido, sobrepasa con creces los ingredientes esenciales de todo buen texto de novela policial:

  “A Katrine le costó mantener la concentración durante la rueda de prensa. Informaron brevemente de la identidad y edad de la víctima, de dónde y cuándo fue hallada, y poco más. En los casos de asesinato siempre se procuraba dar muy poca información en esas comparecencias iniciales; se trataba básicamente de ´dar la cara` en representación de una sociedad transparente y democrática.

   A su lado estaba el jefe del grupo de Homicidios, Gunnar Hagen. La luz de los flashes se reflejaba en su brillante calva, rodeada de cabello oscuro y rizado, mientras leía las pocas frases que habían redactado juntos. Katrine se alegraba de que fuera él quien hablara con los medios. No es que tuviera miedo de los focos, pero cada cosa a su debido tiempo. De momento su nombramiento para el cargo de comisaria jefe era tan reciente que resultaba más seguro dejar que Hagen tomara la palabra mientras ella aprendía su técnica oratoria. Observó como el experimentado alto cargo policial trataba de convencer a la opinión pública de que la policía lo tenía todo bajo control, más por el efecto de su lenguaje corporal y el tono de su voz que por el contenido de sus palabras. Miró por encima de las cabezas de los más de treinta periodistas congregados en la sala de la quinta planta, y sus ojos se fijaron en el gran lienzo que cubría la pared del fondo. En él se veían varias personas desnudas bañándose, en su mayoría delicados jovencitos. Una hermosa e inocente escena de los tiempos en los que no se veían segundas intenciones ni se interpretaba todo de la peor manera posible. Eso era lo que le pasaba a ella, así que supuso que el artista era un pedófilo. Hagen repetía su mantra a cada pregunta de los periodistas: <No podemos responder a eso>. Introducía algunas variaciones para que sus respuestas no resultaran arrogantes o sencillamente cómicas: <En este momento no podemos comentar ese extremo>. O en un tono más amable: <Volveremos sobre ese punto más adelante>.

   Oía como los bolígrafos y teclados anotaban unas preguntas que, por supuesto, resultaban más explícitas que las respuestas: <¿El cadáver estaba en muy mal estado?>, <¿Había indicios de violencia sexual?>, <¿La policía tiene algún sospechoso y, en ese caso, se trata de alguien cercano a la víctima?>. Preguntas especulativas que, a falta de otra cosa, añadían cierto morbo a la respuesta <Sin comentarios>.

   Al fondo de la sala, una figura familiar apareció en el umbral de la puerta. Lucía un parche negro y llevaba un uniforme de jefe de policía que sabía que siempre colgaba recién planchado en el armario de su despacho. Mikael Bellman. No llegó a entrar. Observaba. Katrine se dio cuenta de que Hagen también lo había visto, de que se erguía en su silla ante el mando más joven que él.

   -Y eso ha sido todo –concluyó la responsable de comunicación-.

   Katrine vio que Bellman hacía un gesto para indicarle que quería hablar con ella.

   -¿Cuándo será la próxima rueda de prensa? –gritó Mona Daa, la redactora de sucesos del diario sensacionalista VG.

   -Volveremos a convocarlos…

   -Cuando tengamos alguna novedad –interrumpió Hagen a la responsable de comunicación.

   Katrine se fijó en que había dicho <cuando>, no <si tenemos>. Eran esos pequeños pero importantes matices los que daban a entender que los servidores del Estado de derecho trabajaban sin descanso, que la justicia no se detiene y que es solo cuestión de tiempo encontrar al culpable.

   -¿Alguna novedad? –preguntó Bellman mientras cruzaban el atrio de la comisaría.

   Hubo un tiempo en que su belleza casi femenina, realzada por sus largas pestañas, el pelo bien cuidado aunque demasiado largo, y la piel bronceada con sus características manchas blancas, podían causar una impresión de cierta afectación, de debilidad. Pero el parche del ojo, que podía haber tenido un efecto teatral, conseguía lo contrario. Daba sensación de fuerza, de que era un hombre que no se detenía por la pérdida de un ojo.

   -Los de Medicina Legal han encontrado algo en las heridas causadas por las dentelladas –dijo Katrine siguiendo a Bellman por las puertas de seguridad de la recepción.

   -¿Saliva?

   -Óxido.

   -¿Óxido?

   -Sí.

   -Como en un… -Bellman llamó al ascensor.

   -No lo sabemos –dijo Katrine colocándose a su lado.

   -¿Y todavía no sabéis cómo accedió el asesino a la vivienda?

   -No. La cerradura no se puede abrir con una ganzúa, y no se han forzado ni puertas ni ventanas. Queda la posibilidad de que ella le dejara entrar, pero no creemos que fuera el caso.

   -Tal vez tuviera la llave.

   -En el bloque hay instaladas cerraduras que utilizan la misma llave para el portal y las puertas. Según el registro de la comunidad, solo había una llave para el apartamento de Elise Hermansen, y esta la tenía en su poder. Berntsen y Wyller han tomado declaración a los chavales que se encontraban en el portal cuando ella llegó a casa y los dos recuerdan sin duda alguna que abrió el portal con llave, que no llamó al telefonillo para que le abriera alguien que ya estuviera dentro.

   -Entiendo. Pero ¿no puede simplemente haberse hecho con una copia de la llave?

   -En ese caso tenía que haber tenido acceso a la llave original, además de dar con un profesional sin escrúpulos que tenga acceso a llaves de seguridad dispuesto a copiarla sin el consentimiento escrito de la comunidad. Es muy poco probable.

   -Vale. No era eso de lo que quería hablarte…”