Talleres literarios en las cárceles

Carlos Ríos, escritor y profesor en una prisión de Argentina, traza un fuerte retrato del particular mundo penitenciario y de los maestros que allí se desempeñan

Tarde o temprano los maestros que trabajan en la cárcel forman una familia. El guardapolvo blanco los identifica ante los presos, los guardias, el personal médico y otros grupos que se mueven en ese orden cerrado. El protagonista, autor de la novela Falsa familia, docente de talleres literarios en unidades penitenciarias del partido de La Plata, provincia de Buenos Aires, se siente ajeno a la cofradía: “cerca de los alumnos, lejos de la institución”, las formas del encierro se multiplican vertiginosamente a su alrededor y componen una situación que parece sin salida.

Carlos Ríos (Santa Teresita, 1967, provincia de Buenos Aires) es profesor en la cárcel de Olmos, pero Falsa familia no presenta una novela testimonial sobre la intimidad de las prisiones. Tampoco es un relato autobiográfico, por más que incluya anotaciones de un diario referido a las circunstancias de ese trabajo: un diario excepcional donde la sucesión de observaciones al paso, reflexiones, referencias literarias (Trilce, porque César Vallejo lo escribió en la cárcel; La isla de Sajalín, relato de Anton Chéjov sobre una colonia penitenciaria rusa), diálogos en la calle y apuntes en una estación de servicio que hace de parada cotidiana, convergen en una usina híper activa de escritura.

Lo que viene de la experiencia carcelaria es la forma de componer el libro, un gran experimento que integra voces, registros y materiales diversos (fotografías, dibujos, facsimilares de manuscritos) en la perspectiva de romper con el “circuito cerrado” del lenguaje ‘tumbero’ y de la jerga jurídico-penitenciaria. Entre los textos incorporados hay relatos de presos que se publican como fueron escritos (con mayúsculas, sin reglas sintácticas ni ortográficas) y que surgieron de un trato: el profesor del taller literario cumplió unos encargos en la calle a cambio de que los alumnos escribieran al respecto. Una técnica nada convencional, pero efectiva y además probatoria de que en estos espacios “no hay manual posible”.

El trabajo en la cárcel absorbe de una manera intensa y a la vez imperceptible. Esa fue la advertencia que recibió el profesor, y de hecho su problema es que no tiene otro tema de conversación, el mundo puede reducirse a esos términos (en particular, “el sistema literario, al ser tan endogámico, tiene mucho de carcelario”) y su diario está centrado en el tránsito cotidiano por las prisiones, a las que se refiere como si fueran provincias de un país llamado Carcelandia. Pero la situación de encierro que padece tiene que ver con las relaciones que mantiene en el exterior.

“Me interesa cómo una escritura confinada empieza a ganar terreno, se consolida, arma tramas sociales en torno a quien se ubica en el centro de la producción”, escribe Ríos en un pasaje de esta novela intensa y movilizadora por su interrogación incesante. Ese es el trabajo que pone en escena: en un contexto marcado por la violencia y las tensiones cotidianas del castigo (enfrentamientos entre internos, chicanas de los guardias, chismes virulentos entre docentes), prácticas de escritura abiertas y conversaciones sobre los usos y los efectos de las palabras y sobre el modo en que el lenguaje permite reconstruirse y proyectarse más allá de las rejas.

Esa apertura del lenguaje queda condensada en un proyecto de tesis sobre poesía y comparecencia en que “los comentarios de los alumnos marcan el desarrollo”. El acto judicial que significa la orden de testimoniar sobre un hecho determinado –para los presos, filosóficamente, lo incomprobable de cualquier pasado–, en el taller literario habilita sentidos múltiples alrededor de la verdad, el poema, la memoria, el cuerpo y la libertad.

En otro pasaje clave, un guardia le propone al profesor conocer la cárcel de verdad: quedarse encerrado durante un rato como un preso común, “para que puedas transmitirlo como corresponde”. Si el protagonista no retrocede ante el desafío, es porque a esa altura ya se libró de sus ataduras.

(Texto de Osvaldo Aguirre, reproducido en la Revista Ñ del diario argentino Clarín)