Sagaz e inteligente, vivió momentos históricos del periodismo en los Estados Unidos. Aunque su capacidad le permitió desarrollarse además como guionista, ensayista y directora cinematográfica, alcanzando numerosos reconocimientos por sus trabajos
Tuvo la enorme fortuna, acompañada de una innegable capacidad profesional, de formar parte de un medio donde una pléyade de periodistas se enfrentaron con los aparatos de varios gobiernos estadounidenses de la época; redactores que tuvieron que superar indecibles presiones para poder dar a luz sus artículos de opinión. De hecho, su segundo marido, Carl Bernstein, fue de los responsables que, con sus investigaciones para el Washington Post, llevaron a destapar el caso Watergate; en el que se demostró la implicación de importantes personajes del partido Republicano de los Estados Unidos en el espionaje perpetrado en el edificio del cuartel general de su oponente, el partido Demócrata. Hechos que, con posterioridad, llevaron a costarle la renuncia a la presidencia del republicano Richard Nixon.
Con estos valiosos antecedentes, la autora (Nueva York, 1941 – 2012, Nueva York) siguió edificando su camino escribiendo para distintas revistas de actualidad, publicaciones de la importancia de New Yorker o Esquire. Hasta que tuvo en sus manos la posibilidad de la realizar el guion de la película Cuando Harry encontró a Sally, comedia con la que para su sorpresa cosechó un enorme éxito a nivel planetario, y que situó su nombre en la escena de los grandes estudios de la industria del cine.
A este espaldarazo le siguieron otros, títulos como Silkwood, o Insomne en Seattle (Algo para recordar). Luego, ya en su papel de directora, lo hizo con filmes como Embrujada o Tienes un e-mail, que le valieron sendas nominaciones a varios premios Oscar. A estos trabajos se le sumaron también escritos ya en su vertiente de ensayista y otros en su calidad de dramaturga.
Aguda, sarcástica e inteligente, quizás sus mejores textos son aquellos que van revestidos de pasos de comedia, historias que apenas logran disimular las tribulaciones de la clase media estadounidense. Con una crítica existencialista e incluso, como es el caso, con un humor irónico y por momentos mordaz hasta el borde de la parodia. Características que en parte se pueden observar en este pasaje de su relato La palabra que empieza por D, incluido en la selección de su libro No me acuerdo de nada, texto que se mece entre la autobiografía y el ensayo, que representó a la postre uno de sus últimos trabajos literarios antes de su desaparición física:
“Mi segundo divorcio fue el peor tipo de divorcio. Teníamos dos hijos; uno recién nacido. Mi marido se enamoró de otra. Me enteré de su aventura cuando aún estaba embarazada. Había ido a pasar el día en Nueva York y me había reunido con Jay Presson Allen, una escritora y productora. Cuando estaba a punto de irme al aeropuerto de La Guardia para volver a Washington en el puente aéreo, Jay me dio un guion que casualmente tenía por ahí, de un guionista llamado Frederic Raphael. <Lee esto -me dijo-. Te va a gustar>.
Lo abrí en el avión. Empezaba con una pareja casada, en una cena. No recuerdo sus nombres, pero vamos a llamarlos Clive y Lavinia, para ambientar la historia. La cena era muy elegante, y todo el mundo era inteligente, ingenioso y tenía conversaciones brillantes. Clive y Lavinia eran especialmente listos y charlaban entre sí con mucho encanto, como coqueteando. Todos los invitados los admiraban, por separado y como pareja. Por fin se sentaban a cenar y la cháchara continuaba. En mitad de la cena, un hombre que estaba sentado al lado de Lavinia le pone una mano en la pierna. Ella le apaga el cigarrillo en la mano. La conversación sigue siendo deslumbrante. Terminada la cena, Clive y Lavinia vuelven a casa en su coche. La conversación se ha interrumpido y hacen el viaje en silencio total. No tienen nada que decirse. Hasta que Lavinia suelta: <Vale. Dime quién es>.
Esto estaba en la página ocho.
Cerré el guion. No podía respirar. En ese momento supe que mi marido tenía una aventura. Hice el resto del viaje anonadada. El avión aterrizó, llegué a casa y fui directa a su despacho. Había un cajón cerrado con llave. Claro. Lo sabía. Encontré la llave. Abrí el cajón y allí estaba la prueba: un libro de cuentos infantiles que ella le había regalado con una dedicatoria de amor eterno estúpida a más no poder. Hablé de todo esto en Se acabó el pastel, una novela muy divertida, aunque en su día la cosa no tuvo ninguna gracia. Me volví loca de pena. Estaba destrozada. Me aterraba pensar qué iba a ser de mis hijos y de mí. Me sentí engañada, idiota y absolutamente humillada. Me pregunté si terminaría convertida en una de esas divorciadas que no tiene más remedio que mudarse con sus hijos a Connecticut y de la que nadie vuelve a saber nada.
Me fui de casa, con mucho dramatismo, y volví después de muchas promesas. Mi marido entró en el ciclo habitual en estos casos: mentiras, mentiras y más mentiras. Yo entré en estado de vigilancia: abría con vapor los sobres de los extractos de la American Express, les hacía jurar a mis amigos que guardaran el secreto y descubría que esos amigos a quienes hacía jurar que guardaran el secreto no eran capaces de guardar un secreto, etcétera. Había un misterioso recibo de James Robinson Antiques. Llamé a James Robinson, me hice pasar por la secretaria de mi marido y dije que necesitaba saber con exactitud a qué pieza correspondía el recibo, para poder asegurarla. Resultó que el recibo era de una caja de porcelana antigua que decía <Te quiero de verdad>. Probablemente se parecía a la caja de porcelana antigua que mi marido me había regalado un par de años antes y que decía: <Por siempre jamás>. Cuento todo esto para que se comprenda que forma parte del proceso: cuando descubres que él te ha engañado, tienes que seguir descubriendo pruebas y más pruebas, hasta que te has rebajado tanto que lo único que puedes hacer es largarte.
Cuando terminó mi segundo matrimonio yo estaba enfadada, dolida y atónita.
Ahora Pienso: Por supuesto.
Pienso: ¿Quién puede ser fiel cuando es joven?
Pienso: Son cosas que pasan.
Pienso: La gente se descuida y casi nunca hay consecuencias (solo para los niños, como ya he dicho).
Y sobreviví. Mi religión es: Supéralo. Lo transformé en una historia divertida. Escribí una novela. Con el dinero que gané con la novela me compré una casa.
Dicen que con el tiempo el dolor se olvida. Es el cliché del parto: el dolor se olvida. No comparto esa opinión. Me acuerdo del dolor. Lo que se olvida en realidad es el amor.
El divorcio parece que va a durar eternamente y un buen día, de pronto, los hijos se hacen mayores, se van de casa y hacen su vida, y salvo algún destello ocasional, no vuelves a tener contacto con tu exmarido. El divorcio ha durado mucho más que el matrimonio, pero por fin ha terminado.
Se acabó.
A lo que iba es a que, durante mucho tiempo, el hecho era haberme divorciado, era lo más importante sobre mí.
Y ya no lo es.
Ahora lo más importante sobre mí es que soy vieja…”
