Margaret Atwood, convicciones, pensamientos y literatura

La escritora canadiense (1939, Ottawa) es poseedora de una extensa obra literaria a sus espaldas y que alcanza a casi todos los géneros literarios. Conocida con suficiencia en los países de habla anglosajona, su nombre se ha hecho masivo al gran público a través de la versión televisiva de su ficción El cuento de la criada.

Ávida lectora desde temprana edad, comenzó a escribir sus primeras historias a los 16 años. Ya mayor y en busca de ampliar sus conocimientos, se graduó en filología inglesa en la Universidad Victoria de Toronto, estudios que con posterioridad complementaría en la estadounidense Universidad de Harvard. Con los años y su experiencia a cuestas, harían que terminase impartiendo clases en la Universidad de la Columbia Británica, en la de Alberta y también en la de Universidad de Nueva York.

Su obra se extiende al ensayo, el relato, la crítica y la poesía, en este último caso, con los compendios Doble Perséfona, El juego del círculo, Historias verdaderas o La puerta. Es autora  también de obras teatrales, guiones para televisión y novelas, de las que ha escrito casi una veintena de ellas, entre las más renombradas: La mujer comestible, Nada se acaba, La novia ladrona, El asesino ciego, Penélope y las doce criadas, y Los testamentos, que conforma la segunda parte de El Cuento de la Criada.

Toda esta pulsión creativa le ha valido reconocimientos de todo tipo, entre otros  el Toronto Book Award, el Commonwealth Literary Prize, el premio Booker y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, siendo su nombre uno de los que desde hace unos años suenan en consideración para alzarse con el Nobel de Literatura.

Mujer solidaria, sus orígenes de clase y sus profundas convicciones democráticas hacen que haya secundado distintas iniciativas, así ha donado el dinero de premios para la defensa de causas ambientales, ha suscripto textos por la libre elección de las féminas en cuestiones de aborto, adhesión por la que ha cosechado elogios y críticas por igual, y ha secundado iniciativas en contra de métodos en la sociedad moderna hacia el denominado trabajo esclavo; en sus palabras, «no dudo en secundar una causa si la considero cierta y justa».

El pasaje a continuación pertenece El huevo de Barba Azul, incluido en su colección de relatos breves Un día es un día, en los que se sumerge entre los afectos y el desgaste que trae la cotidianidad en las sociedades occidentales:

“Sally oye que la puerta de atrás se abre y se cierra. Siente que Ed se acerca, que recorre los pasillos de la casa hacia ella, como un viento suave o una bola de electricidad estática. Se le eriza el vello de los brazos. A veces le hace tan feliz que le parece que está a punto de estallar; otras veces le parece que está a punto de estallar sin más.

   Ed entra en la cocina y ella finge no darse cuenta. La rodea con los brazos por detrás y le besa el cuello. Ella se recuesta, se aprieta contra él. Ahora deberían ir al dormitorio (al salón, incluso al estudio) y hacer el amor, pero a Ed no se le ocurre hacer el amor en pleno día. Sally lee a menudo artículos de revistas sobre cómo mejorar la vida sexual, que le dejan una sensación de frustración o evocan ciertos recuerdos: Ed no es su primer y único hombre. Pero sabe que no debe esperar demasiado de él. Si Ed fuera más dado a experimentar, si le interesara más la variación, sería otro hombre: más astuto, más taimado, más observador, más difícil de tratar.

   El hace el amor siempre igual, una y otra vez, cada movimiento sigue al anterior en idéntico orden. Sin embargo, al parecer eso le satisface. Por supuesto que le satisface: es fácil saber cuando un hombre está satisfecho. Es Sally quien después se queda despierta. Viendo las imágenes que desfilan ante sus ojos cerrados.

   Sally se aparta de Ed y le sonríe.

   -¿Cómo te ha ido hoy con las mujeres? – le pregunta.

   -¿Qué mujeres? –dice Ed, distraído, yendo hacia el fregadero. Sabe a qué mujeres se refiere.

   -Las que están ahí fuera, escondidas entre las forsitias. He contado al menos diez. Están esperando su oportunidad.

   Se mete a menudo con él hablándole de estos ejércitos de mujeres que lo siguen a todas partes, invisibles para Ed pero más claros que la luz del día para ella.

   -Apuesto que se pasean ante la puerta del hospital, esperando a que salgas. Apuesto a que se ocultan en los armarios de las batas y saltan sobre ti desde atrás, y a que fingen que se han perdido para que las lleves por el camino más corto. Es por culpa de la bata blanca. Ninguna de esas mujeres puede resistirse a una bata blanca. Las ha condicionado la serie del doctor Kildare.

   -No seas tonta –dice Ed, sin inmutarse. ¿Le han salido los colores, está avergonzado? Sally examina su rostro de cerca, como un geólogo inspeccionaría una fotografía aérea en busca de señales reveladoras de tesoros minerales: marcas, protuberancias, cavidades. Todo en Ed encierra un significado, aunque a veces resulta difícil concretar cuál.

   Se lava las manos en el fregadero para eliminar la tierra adherida. Dentro de un minuto se las secará con el paño de cocina, en lugar de utilizar la toalla. ¿Hay cierta complacencia en la espalda vuelta hacia ella? Es posible que de verdad existan esas hordas de mujeres, a pesar de que es ella quien las ha inventado. Es posible que de verdad se comporten de esa forma. Ed tiene los hombros ligeramente alzados; ¿trata de ocultar algo?

   -Yo sé lo que quieren –prosigue Sally-. Quieren meterse en esa habitación oscura contigo y subirse a la mesa. Creen que eres delicioso. Te devorarán. Te comerán a cachos. No quedará nada de ti, salvo el estetoscopio y los cordones de los zapatos.

   En otras ocasiones, Ed se reía de las ocurrencias, pero hoy no lo hace. Es posible que Sally haya repetido lo mismo, o algo muy parecido, con excesiva frecuencia. De todas maneras, Ed sonríe, se seca las manos con el paño de cocina y abre la nevera. Le gusta picar.

   -Hay un poco de rosbif frío –dice Sally, desconcertada…”    

«Las Grandes Historias son aquellas que ya se han oído y se quieren oír otra vez. Aquellas a las que se quiere entrar por cualquier puerta y habitar en ellas cómodamente. No engañan con emociones o finales falsos. No sorprenden con imprevistos. Son tan conocidas como la casa en la que se vive» ( Arundhati Roy El dios de las pequeñas cosas )

La fuerza de una imagen

Un niño refugiado con un libro frente a un contenedor de basura en una calle de Beirut, se llama Hussein, tiene 10 años y huyó con su familia de Siria. En su presente como refugiado en Líbano, junta chatarra para ayudar a llevar comida a la mesa. Una fotografía «accidental» hizo que su vida y la de su familia, dieran un completo vuelco

Crédito: Rodrigues Mghames

Su buzo y el pantalón deportivo que fueron azules tienen una capa de tierra que vuelve todo un poco más gris. La tela rota a la altura de la rodilla no es lo único que está quebrado en esta imagen. Es la foto de un niño que detuvo la tarea de sobrevivir para ser un niño como debe ser, dándose un chapuzón de fantasía y descanso creativo.

El click lo hizo el ingeniero y profesor universitario libanés Rodrigues Mghames, en Beirut. Ni siquiera es fotógrafo, su perfil de Instagram está lleno de selfies, pero tuvo el ojo y la cámara en el momento justo. También el corazón. Lo encontró casualmente afuera de su oficina, hizo la foto, la publicó, habló un rato con el niño y, antes de que se diera cuenta, la imagen se hizo viral en todas las plataformas de redes sociales.

De pronto, esta foto, este chico, pasaron a ser el tema de discusión en los principales medios de comunicación árabes. En solo una captura quedaba reflejada la sed de conocimiento a pesar de toda la circunstancia. Un niño con un libro en un tacho de basura pasó a ser todas las infancias atropelladas por la realidad injusta. La necesidad de escapar para encontrarse en un mundo mejor, creado por palabras, la tragedia que conmovía.

Todo impacto lleva a una acción posterior. En este caso no fue el cambio radical humanitario que hace falta. El foco quedó puesto en el chico. ¿Quién es el niño?, eso es lo que todos querían saber. Y así fue. Se llama Hussein, tiene 10 años y huyó con su familia de Siria. Tuvo que dejar la escuela, la infancia y, en su presente como refugiado en Líbano, junta chatarra y plástico para ayudar a llevar comida a la mesa de su casa.

Esa tarde, Hussein estaba trabajando entre tachos de basura como siempre cuando encontró un libro. Le gusta leer. Habrá sido un reflejo, como el de chapotear al caer al agua, lo que lo llevó a agarrarlo, a aferrarse. Entonces dejó de lado las obligaciones que no debería tener y se sumergió en la lectura. El olor a desperdicios, las paredes graffiteadas, el hambre, todo se fue por un rato. Ni se dio cuenta, no supo en ese momento que le habían tomado una fotografía.

Rodrigues Mghames usa trajes caros, muchos son de color azul, casi brillante. Nada es gris a su alrededor. Transita la otra cara de esa realidad, pero el día que vio al refugiado sirio con el libro algo le hizo clic. Y con su foto, aunque fue pequeño, algo cambió.

Más tarde, en una de las cientos de entrevistas que dio, dijo: «Cuando salía de la oficina para ir al taller me llamó la atención un niño leyendo un libro al borde de un tacho de basuraLe tomé una foto y la publiqué en mi página de Instagram. No fue hasta que nos sentamos a almorzar juntos que me di cuenta de cuánto le gustaba leer en realidad».

Xposure es un festival internacional de fotografía que se hace en Emiratos Árabes Unidos y se describe en su página como “una plataforma educativa y de imágenes”. En su sexta edición, en el suntuoso Expo Center Sharjah, anunció que iban a patrocinar, en cooperación con la organización humanitaria The Big Heart Foundation (TBHF), la educación de Hussein hasta la escuela secundaria.

“Esta imagen refleja un mensaje clave adoptado en Xposure sobre el poder inherente de la fotografía como fuerza para el bien y su capacidad para marcar la diferencia en la vida de las personas y las comunidades”, dijeron desde el festival, que además homenajeó a Rodrigues Mghames durante la ceremonia de apertura, en “reconocimiento por su papel al compartir la historia de Hussein con el mundo”, anunciaron.

Al festival lo organiza la Oficina de Medios del Gobierno de Sharjah (SGMB). Su Director General, Tariq Saeed Allay, con la foto de Hussein leyendo en la basura proyectada detrás, dijo: “Al destacar sufrimientos e injusticias, la fotografía le da al mundo una idea de las diversas condiciones de las personas”.

Y explicó que con este apoyo para la educación del niño sirio, espera que se envíe el mensaje de que “el papel de la fotografía va más allá de observar y documentar la realidad, para convertirse en una herramienta de cambio”.

A TBHF, que tiene base en los Emiratos Árabes Unidos, lo dirige una mujer, Mariam Al Hammadi. Y en el salón poblado mayormente por hombres, subió al escenario y dijo que la misión central de su organización es proteger y empoderar a los niños vulnerables y a sus familias. “Creemos que el conocimiento y la educación son fundamentales para cambiar la vida de las personas y nuestro objetivo es ayudar a satisfacer la pasión de Hussein por la lectura”, anunció.

Sharjahno es un emirato de los siete que componen Emiratos Árabes Unidos, que, aunque siempre fue más conservador que su vecino del sur, Dubái, es considerada la capital cultural de la nación. La ceremonia de Xposure, en el Expo Centre, fue elegante y austera, en un salón impecable. No estaba Hussein, que sigue en Beirut y ya comenzó la escuela. Es un final feliz, parcial, individual, en donde una foto cambió una historia. Aún falta mejorar las vidas de miles de niños refugiados en todo el mundo.

(El texto pertenece a Daniela Pasik y fue publicado por el diario argentino Clarín)

«Un pueblo sin lectores no tiene reflexión, no tiene criterio; por eso hay que humanizar la lectura, sobre todo en estos tiempos de tecnología, de velocidad e internet» ( Evelio Rosero )

Jo Nesbo, con fría acción criminal

Foto: Stian Broch

El noruego (Oslo, 1960) es uno más de los tantos integrantes de los que construyen la ponderada novela negra escandinava. Con una camada de escritores como Henning Mankell, Stieg Larsson, Karin Fossum, Arnaldur Indridason, Liza Marklund y el mismo Nesbo quien, desde que se dio a conocer con su ficción debut El murciélago, primer título de la serie del policía Harry Hole, que le llevó a alzarse con el Riverton Prize a la mejor novela en su país y luego, el Glassnokkelen, a la mejor novela de los países nórdicos.

Más allá de los reconocimientos, su producción no ha cesado de crecer. Aunque antes de hacerse conocer como autor de literatura policial, Nesbo tuvo la oportunidad de graduarse en la Escuela Noruega de Economía, para desempeñarse luego como agente de bolsa. Como curiosidad también, el nórdico es el líder fundador y compositor del grupo de rock Di Derre, con el que asiduamente suele presentarse en shows.  

A esa primera publicación con la figura del inspector Hole le siguieron hasta el presente otras once entregas más, títulos como Petirrojo, Némesis, La sed o El muñeco de nieve, de la que en el año 2017 se hizo una exitosa adaptación para la pantalla grande protagonizada por el actor germano-irlandés Michael Fassbender. Además, tiene publicados otros cuatro textos dentro del género de novela juvenil con la saga del Doctor Proctor, dos de la serie de Olav Johansen, y otros tantos escritos que abarcan el ensayo y, como es el caso de Karusellmusikk, de relatos cortos.

A sus sesenta años ha logrado crear una producción que a más de extensa es variada, sin renunciar por ello al toque de calidad en sus obras. Quizás sea esto lo que le haga contar con el beneplácito de una legión de miles de lectores fieles en varios países, los que le premian siguiéndole en cada una de sus nuevas aventuras literarias.

Para apreciar una pequeña parte de sus textos de ficción, de la serie del detective Harry Hole, un pasaje de La sed, texto que, con la inclusión de atractivos personajes y un ritmo de acción sostenido, sobrepasa con creces los ingredientes esenciales de todo buen texto de novela policial:

  “A Katrine le costó mantener la concentración durante la rueda de prensa. Informaron brevemente de la identidad y edad de la víctima, de dónde y cuándo fue hallada, y poco más. En los casos de asesinato siempre se procuraba dar muy poca información en esas comparecencias iniciales; se trataba básicamente de ´dar la cara` en representación de una sociedad transparente y democrática.

   A su lado estaba el jefe del grupo de Homicidios, Gunnar Hagen. La luz de los flashes se reflejaba en su brillante calva, rodeada de cabello oscuro y rizado, mientras leía las pocas frases que habían redactado juntos. Katrine se alegraba de que fuera él quien hablara con los medios. No es que tuviera miedo de los focos, pero cada cosa a su debido tiempo. De momento su nombramiento para el cargo de comisaria jefe era tan reciente que resultaba más seguro dejar que Hagen tomara la palabra mientras ella aprendía su técnica oratoria. Observó como el experimentado alto cargo policial trataba de convencer a la opinión pública de que la policía lo tenía todo bajo control, más por el efecto de su lenguaje corporal y el tono de su voz que por el contenido de sus palabras. Miró por encima de las cabezas de los más de treinta periodistas congregados en la sala de la quinta planta, y sus ojos se fijaron en el gran lienzo que cubría la pared del fondo. En él se veían varias personas desnudas bañándose, en su mayoría delicados jovencitos. Una hermosa e inocente escena de los tiempos en los que no se veían segundas intenciones ni se interpretaba todo de la peor manera posible. Eso era lo que le pasaba a ella, así que supuso que el artista era un pedófilo. Hagen repetía su mantra a cada pregunta de los periodistas: <No podemos responder a eso>. Introducía algunas variaciones para que sus respuestas no resultaran arrogantes o sencillamente cómicas: <En este momento no podemos comentar ese extremo>. O en un tono más amable: <Volveremos sobre ese punto más adelante>.

   Oía como los bolígrafos y teclados anotaban unas preguntas que, por supuesto, resultaban más explícitas que las respuestas: <¿El cadáver estaba en muy mal estado?>, <¿Había indicios de violencia sexual?>, <¿La policía tiene algún sospechoso y, en ese caso, se trata de alguien cercano a la víctima?>. Preguntas especulativas que, a falta de otra cosa, añadían cierto morbo a la respuesta <Sin comentarios>.

   Al fondo de la sala, una figura familiar apareció en el umbral de la puerta. Lucía un parche negro y llevaba un uniforme de jefe de policía que sabía que siempre colgaba recién planchado en el armario de su despacho. Mikael Bellman. No llegó a entrar. Observaba. Katrine se dio cuenta de que Hagen también lo había visto, de que se erguía en su silla ante el mando más joven que él.

   -Y eso ha sido todo –concluyó la responsable de comunicación-.

   Katrine vio que Bellman hacía un gesto para indicarle que quería hablar con ella.

   -¿Cuándo será la próxima rueda de prensa? –gritó Mona Daa, la redactora de sucesos del diario sensacionalista VG.

   -Volveremos a convocarlos…

   -Cuando tengamos alguna novedad –interrumpió Hagen a la responsable de comunicación.

   Katrine se fijó en que había dicho <cuando>, no <si tenemos>. Eran esos pequeños pero importantes matices los que daban a entender que los servidores del Estado de derecho trabajaban sin descanso, que la justicia no se detiene y que es solo cuestión de tiempo encontrar al culpable.

   -¿Alguna novedad? –preguntó Bellman mientras cruzaban el atrio de la comisaría.

   Hubo un tiempo en que su belleza casi femenina, realzada por sus largas pestañas, el pelo bien cuidado aunque demasiado largo, y la piel bronceada con sus características manchas blancas, podían causar una impresión de cierta afectación, de debilidad. Pero el parche del ojo, que podía haber tenido un efecto teatral, conseguía lo contrario. Daba sensación de fuerza, de que era un hombre que no se detenía por la pérdida de un ojo.

   -Los de Medicina Legal han encontrado algo en las heridas causadas por las dentelladas –dijo Katrine siguiendo a Bellman por las puertas de seguridad de la recepción.

   -¿Saliva?

   -Óxido.

   -¿Óxido?

   -Sí.

   -Como en un… -Bellman llamó al ascensor.

   -No lo sabemos –dijo Katrine colocándose a su lado.

   -¿Y todavía no sabéis cómo accedió el asesino a la vivienda?

   -No. La cerradura no se puede abrir con una ganzúa, y no se han forzado ni puertas ni ventanas. Queda la posibilidad de que ella le dejara entrar, pero no creemos que fuera el caso.

   -Tal vez tuviera la llave.

   -En el bloque hay instaladas cerraduras que utilizan la misma llave para el portal y las puertas. Según el registro de la comunidad, solo había una llave para el apartamento de Elise Hermansen, y esta la tenía en su poder. Berntsen y Wyller han tomado declaración a los chavales que se encontraban en el portal cuando ella llegó a casa y los dos recuerdan sin duda alguna que abrió el portal con llave, que no llamó al telefonillo para que le abriera alguien que ya estuviera dentro.

   -Entiendo. Pero ¿no puede simplemente haberse hecho con una copia de la llave?

   -En ese caso tenía que haber tenido acceso a la llave original, además de dar con un profesional sin escrúpulos que tenga acceso a llaves de seguridad dispuesto a copiarla sin el consentimiento escrito de la comunidad. Es muy poco probable.

   -Vale. No era eso de lo que quería hablarte…”

«Ella era de las que tardaban. Cuando sentía sobre los ojos el roce suave de los párpados, aquellos velos rosados que la separaban de los objetos de la habitación, de la ventana, las paredes y el biombo, sabía que estaba viva»

Texto: Monserrat Roig (El canto de la juventud) + Pintura: Berthe Morisot

Máquina versus hombre

A partir de un artículo publicado en un diario británico por una IA, varias voces salieron al ruedo apoyando, promoviendo y previniendo acerca de los peligros que conlleva

Otras voces, otros Ámbitos. De izq. a der.: Philip K. Dick (1928-1982), Jack Kerouac (1922-1969), Alinka Rutkowska y Ross Goodwin. FOTO: CEDOC

Unos meses atrás, equivalentes a dos trimestres de aquellos tiempos sin pandemia, el diario británico The Guardian publicó un artículo escrito por una Inteligencia Artificial (IA): “Un robot escribió todo este artículo. ¿Todavía estás asustado, humano?” Y para asustar, o desafiar, comienza así: “Yo no soy un humano. Soy un robot. Un robot pensante. Utilizo solo el 0,12% de mi capacidad cognitiva. Soy un micro-robot en ese sentido. Sé que mi cerebro no es un ‘cerebro sensible’. Pero es capaz de tomar decisiones lógicas y racionales. Me enseñé todo lo que sé con solo leer Internet, y ahora puedo escribir esta columna. ¡Mi cerebro está hirviendo de ideas!” A esto sigue una extensa e ingeniosa defensa del robot que escribe.

Esto tuvo repercusión entre ámbitos tecnológicos y publicaciones especializadas sobre economía donde se analizan tales innovaciones. Pero para el ámbito cultural nada de ello fue relevante. Aunque siempre ocurre un lazo, una apreciación que desempolva la inquietud  intelectual que nos lleva a cierta duda funesta: la actividad literaria, el escritor en sí, ¿puede desaparecer? O peor, ¿puede la IA reemplazar al escritor?

El artículo que sugiere semejante futuro pertenece (salvo que una IA la haya reemplazado) a Alinka Rutkowska, directora ejecutiva de Leaders Press (leaderspress.com), joven emprendedora que desde hace 3 años ofrece un buffet al estilo abogados asociados, pero con el objetivo de producir (escribir) libros, específicamente para empresarios o para todo aquel que disponga de  los fondos para ello. El lema de la firma: “Cuando busca una forma de aumentar considerablemente su autoridad y visibilidad en el mercado, nada es tan eficaz como un libro, especialmente un bestseller.” Es decir: libros a la carta, o a medida.

Hace unas semanas, Rutkowska publicó en la revista Forbes el texto indicado: “Cómo la IA está alterando la industria editorial”. Allí señala la importancia del artículo escrito por GPT-3, el generador de lenguaje de la empresa Open ID, vale decir, el algoritmo responsable; no sin antes repasar un par de fracasos estilísticos como el de la novela 1 the Road, idea de Ross Goodwin, quien combinó vehículo, micrófono, GPS y una computadora para emular a Jack Kerouac. También sugiere: “Este realmente podría ser el comienzo de la IA para escribir grandes libros (no ficción, para empezar). A diferencia de pasar un año escribiendo su próximo éxito de ventas, es posible que pueda alimentar a la IA con artículos y presentaciones que ya ha producido y hacer que genere un libro para usted en cuestión de segundos. Las empresas editoriales con acceso a este tipo de tecnología podrían estar a la vanguardia de la revolución de la IA.

Ross Goodwin no se limitó a hacer profecías, sino que utilizó GPT-3 y le hizo escribir un artículo publicado en un blog sobre un libro producido por su empresa, Click To Transform, de Kevin L. Jackson. “Nuestro algoritmo de IA se alimentó del contenido del libro y, a través de sus capacidades de resumen extractivo y abstracto, creó la publicación.” Para cerrar la noción, Rutkowska afirma que “la IA no se aburre, ni se cansa ni se desmotiva”. En sí, le habla a sus futuros clientes que ya pueden contar con el algoritmo para engendrar un futuro libro y que, además, no reclamará derechos de autor, porque en el fondo es un robot, el ghostwriter perfecto.

Alto, sí, un momento para recuperar el aliento. El mecanismo, a grandes rasgos, es emular lo humano. Primero la lectura, luego la escritura. A más lectura, más caudal lingüístico. A más diversidad, más recursos para reproducir. Esquemáticamente, una entrada para que exista una salida. Pero en el medio están los límites o exigencias de quien pide un resultado, vale decir, el editor. La columna periodística robótica fue editada por uno de carne y hueso, previo planteo de ciertas preferencias. La editora le pidió al algoritmo un resumen específico para el blog. El parámetro muestra que, todavía, el bípedo implume aún es imprescindible.

Pero, ¿qué ocurre si se crea un algoritmo capaz de diseñar las exigencias para que otro algoritmo escriba? Un algoritmo que paute las temáticas, los tonos, las citas, incluso la abundancia de ironía o de sarcasmo… Ahí sí el editor peligra. 

A no desesperar, ya con dos bajas humanas todavía queda una sospecha (para no ser muy paranoicos). Al estilo de Philip K. Dick leyendo a Isaac Asimov, la capacidad de lectura de esta IA resulta siniestra. Si leyera todos los mails de los habitantes de un país sería capaz de trazar un perfil ideológico de cada uno, generando información valiosa en los círculos de poder que añoran perpetuarse. 

Esta noche traten de soñar con ovejas que no sean eléctricas.

(El autor del artículo es Omar Genovese, y fue publicado en el diario argentino Perfil)

«Una sociedad frágil, vulnerable y, por tanto, fácilmente manipulable, será siempre caldo de cultivo de cualquier tipo de propaganda, manipulación o engaño del tipo y especie que sea» (Paloma Sánchez-Garnica)

Luigi Pirandello, las inquietudes del hombre moderno

El genial autor siciliano abordó distintos géneros literarios y con éxito a punto que hoy, a más de ochenta años de su muerte, se siguen reeditando sus textos y sus obras de teatro continúan representándose de manera sostenida alrededor del mundo.

Hijo de la unión de dos familias burguesas el joven Pirandello (Agrigento, 1867 – Roma, 1936) recibió instrucción en la propia casa familiar, algo al alcance de muy pocos en su época. A la corta edad de doce años, demostró su precocidad en el mundo de la creación literaria cuando compuso su primera tragedia; con posterioridad complementaría esa etapa inicial de aprendizaje en la capital insular de Palermo, luego entre las siete colinas de Roma, para terminar sus estudios superiores ya en la alemana Bonn.

A ese texto pionero le siguieron muchos otros que no hicieron más que agigantar la fama de su creador, composiciones teatrales como Vestir al desnudo, Enrique IV, y en particular la hoy permanentemente representada Seis personajes en busca de autor. Luego vendrían su novelas, como Los viejos y los jóvenes o El difunto Matías Pascal; a las que se sumarían los compendios de poesía y también sus relatos breves, como Amores sin amor.

Impulsado por sus profundas inquietudes, en todas sus obras subyace el conflicto de la existencia en sus personajes, en los que destaca la liviandad intrínseca del humano y donde se le representa como un ser plagado de limitaciones que lo martirizan, que lo obligan a una búsqueda permanente, mientras se lo muestra en una constante pugna con su espiritualidad, temáticas todas que le llevaron a encumbrarlo en la fama.

Aunque hacia el final de su vida, con todo un respeto ganado, tuvo un acercamiento hacia el partido fascista en ese entonces en el poder, un hecho que fue poco comprendido por sus admiradores. Sean cuales fueran sus legítimas intenciones, las autoridades lo nombraron presidente de la recién creada Academia Italiana de la Lengua. Más allá de este hecho puntual en su biografía, en el año 1934, dos antes de su muerte, pasó a la posteridad cuando la Academia Sueca le otorgó <por su reactivación audaz e ingeniosa del arte dramático y escénico> el Nobel de Literatura.

El texto a continuación pertenece al relato La tragedia de un personaje:

“Es una vieja costumbre mía la de conceder audiencia, todos los domingos por la mañana, a los personajes de mis futuros relatos.

   Cinco horas, de las ocho a la una.

   Casi siempre me acontece que me encuentro mal acompañado.

   No sé por qué, suele acudir a estas audiencias mías la gente más descontenta del mundo, afligida por extraños males o enredada en los casos más especiosos, con la cual es una verdadera pena tratar.

   Yo los escucho a todos pacientemente; los interrogo con delicadeza; tomo nota del nombre y de las condiciones de cada uno de ellos; tengo en consideración sus sentimientos y sus aspiraciones. Pero hay que añadir que, para mi desgracia, no son de fácil contentamiento. Paciencia, gentileza, pase; pero que se me burlen, no me gusta. Yo quiero penetrar en lo más hondo de sus ánimos con larga y sutil indagación. Sucede, por el contrario, que ante ciertas preguntas mías más de uno frunce el ceño, y se plante, y se resista furiosamente, quizá por parecerle que disfruto menoscabando la seriedad con que se me ha presentado.

   Con paciencia, con gentileza, me esfuerzo para que vean y se convenzan a sí mismos de que mi pregunta no es superflua, porque querer ser de un modo o de otro, se dice muy pronto; la cuestión es si podemos ser como quisiéramos. Y faltando el poder, por fuerza el querer ha de parecer ridículo y vano.

   No hay manera de que se convenzan de ello.

   Y entonces, yo, que en el fondo soy de buen corazón, los compadezco. Pero ¿acaso es posible compadecerse de ciertas desventuras como no sea riéndome de ellas?

   Pues bien, los personajes de mis relatos van por el mundo con el infundio de que soy un escritor de lo más cruel y despiadado. Haría falta un crítico de buena voluntad que hiciera ver cuánta compasión hay tras esa risa.

   ¿Pero dónde están los críticos de buena voluntad?

   El domingo pasado entré en el estudio, para la audiencia, un poco más tarde que de costumbre.

   Una larga novela que me habían enviado como obsequio y que llevaba más de un mes esperando a ser leída, me había tenido despierto hasta las tres de la madrugada a causa de las muchas consideraciones que me había sugerido uno de sus personajes, único ser vivo entre muchas sombras vanas.

   Representaba a un pobre hombre, un tal doctor Fileno, que creía haber hallado el remedio más eficaz a toda clase de males, una receta infalible para consolarse a sí mismo y a todos los hombres de cualquier calamidad, pública o privada. Verdaderamente, más que remedio o receta, lo del doctor Fileno era un método, consistente en leer, del alba al ocaso, libros de historia, y en ver en la historia también el presente; es decir, verlo como si estuviera ya lejanísimo en el tiempo y asentado en los archivos del pasado.

   Con este método se habría librado de toda pena y de toda contrariedad y, sin necesidad de morir, había encontrado la paz: una paz austera y serena, impregnada de aflicción sin añoranza, que los cementerios seguirían albergando aun cuando todos los hombres hubieran desaparecido de la faz de la tierra. 

   No es que esperara, el doctor Fileno, extraer del pasado enseñanzas para el presente. Sabía que habría sido tiempo perdido, cosa de necios: porque la historia es una composición ideal de elementos recogidos de acuerdo con la naturaleza, las antipatías, las simpatías, las aspiraciones y las opiniones de los historiadores; y que por lo tanto no es posible emplear esta composición ideal en la vida que se mueve con todos los sus elementos descompuestos y dispersos. Y mucho menos esperaba extraer del presente normas o previsiones para el porvenir; es más, hacía justo lo contrario: se situaba idealmente en el porvenir para mirar hacia el presente, y lo veía como pasado.

   Hacía pocos días, por ejemplo, que se había muerto una hija. Un amigo fue a verlo para darle el pésame por la desgracia. Pues bien, se lo encontró consolado como si aquella hija suya llevara muerta más de cien años.

   Su desgracia, recientísima, la había alejado en el tiempo sin dudarlo, la había mandado al pasado y allí la había recompuesto. ¡Había que ver con qué estatura y con qué dignidad hablaba de ella!

   En suma, con aquel método suyo el doctor Fileno se había hecho como un telescopio invertido. Lo destapaba, pero no para ponerse a mirar hacia el porvenir, donde sabía que no habría visto nada: persuadía a su alma de que se contentase con mira por la lente más grande, a través de la pequeña, dirigida al presente; de manera que todas las cosas se le aparecían enseguida pequeñas y lejanas. Y llevaba varios años dedicado a la composición de un libro, que sin duda iba a ser época: La filosofía de lo lejano.

   Durante la lectura de la novela me había parecido evidente que el autor, ocupado por completo en anudar artificiosamente una de las tramas más manidas, no había sabido tomar plena conciencia de este personaje que, conteniendo en sí, él solo, el germen de una verdadera creación, en un determinado momento había conseguido escapar al control del autor y sobresalir durante un largo trecho con vigoroso relieve por encima de los casos narrados y representados, corrientísimos; luego, de repente, deformado y rebajado, se había dejado doblegar y someter a las exigencias de un desenlace falso y necio.

   En el silencio de la noche, permanecí largo rato con la imagen de este personaje ante los ojos, dejando volar la imaginación. ¡Lástima! ¡Había en él materia suficiente para producir una obra maestra! Si su autor no lo hubiese conocido tan mal y no lo hubiese descuidado tan indignamente, si hubiese hecho de él el centro de la narración, incluso todos aquellos elementos artificiosos de los que se había servido hubieran cobrado vida de inmediato. Y una gran pena y un gran coraje se apoderaron de mi por aquella vida miserablemente malograda…”


«En un mundo de mentira, para echar a la mentira del mundo no basta con su opuesto: hace falta un mundo de verdad» ( Franz Kafka – Aforismos )

Lienzo: Jean-Léon Gérome – La verdad saliendo del pozo