Emmanuel Carrère, Koljós y el peso de los legados familiares

Proviene de una familia de origen germánico y ruso georgiano que, como muchas otras, hicieron su aporte a la sociedad que adoptaron como propia, en el caso de los Carrère, orgullosos de alimentar la grandeza de la república francesa moderna

Cuando el lector se detiene en la biografía del escritor francés (París, 1957), de manera automática le genera un interrogante: ¿de dónde ha logrado el tiempo material para desarrollar tamaña cantidad de material literario? Ya que en él destacan novelas, guiones de cine y televisión, ensayos, escritos de no ficción, y hasta se ha dado el gusto de desempeñarse como realizador cinematográfico.

Claro que, si se extiende la mirada hacia los que fueron sus progenitores, se comprende el porqué de semejante laboriosidad en su existencia. En particular, en el caso de su madre, Hélène, quien siendo oriunda de una familia ruso-georgiana (Zourabishvili), mezclada con raíces germánicas, terminó por insertarse en la sociedad francesa con el apellido de su marido: Carrère d’Encausse. Para luego terminar desempeñándose desempeñándose como historiadora, política (fue eurodiputada), hasta finalmente ocupar un lugar de honor como miembro de la Academia Francesa de la Lengua.

Pero tal vez y para comprender la dimensión del aporte en forma de legado familiar, la última novela del escritor, Koljós, donde el derrotero de los Carrère se entrelaza con la historia de las últimas décadas de Francia y de Europa; para convertirse en todo un homenaje, un ida y vuelta del autor desde y hacia su madre. Consciente quizás que personas como ella, oriundos o emigrados, fueron las que alimentaron la denominada grandeur de la república francesa moderna.

Aunque bien es cierto que, de una manera u otra, ese rico pasado reciente emerge en los distintos trabajos literarios del autor galo, en títulos como Bravura, El bigote o Una semana en la nieve, para hablar de algunas de sus novelas. Destacar luego dentro de los textos de no-ficción con El reino o Una novela rusa. Luego Werner Herzog, El estrecho de Bering o Conviene tener un sitio adónde ir, en el género de ensayo. Y, por último, El adversario, El bigote, Ouistreaham y Otras vidas que no sean la mía en las que firma como guionista o realizador de filmes.

Como fruto de todo este quehacer en las letras ha cosechado diferentes distinciones, entre ellas, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, el Prix Médicis o el Premio Princesa de Asturias de las Letras; aunque sería injusto no destacar que antes de poseer estos galardones, el autor ya gozaba del reconocimiento de legiones de fieles seguidores. Por una trama, como es el caso de este libro, en el cual destaca el uso de la más descarnada autocrítica (‘Yo no tengo la valentía de mis opiniones´), mientras que no duda en establecer una comunicación con una cercanía tal que el autor establece una relación despojada de toda distancia con quien se vuelca a su escrito.

De Koljós, quizás uno de sus textos más logrados, el pasaje a continuación:

   “Masha, una mujer aguda y locuaz, es mi editora rusa. Digo mi editora porque ha publicado un libro mío, pero, a juzgar por las ventas, no parece que esté dispuesta a publicar un segundo. A quien le gustaría publicar, como a todo el mundo, es a Frédéric Beibeder, que en Rusia es una estrella sin parangón. Incluso en Kotelnich, donde no hay librerías, un expositor giratorio de una ferretería vende algunos libros, todos de Frédéric Beibeder. Estamos en 2007, 2008. Masha y yo tenemos un amigo común al que acaban de conceder la medalla de la orden de la “Gloria de Rusia” por los servicios prestados y su contribución al conocimiento de las expediciones polares. Le acompañamos a la ceremonia y nos encontramos con unos sesenta futuros condecorados, además de sus familiares y amigos, todos emperifollados con vestidos y trajes de domingo terriblemente mal cortados, corbatas que se ensanchan y se quedan por encima del ombligo, pieles con rosácea y cabellos relucientes de brillantina: la Unión Soviética en su máximo esplendor. Una larga espera, luego discursos, música y un nutrido aplauso. Los condecorados van desfilando por el estrado, se elogian sus logros. Hay soldados, profesores, burócratas, pero también directoras de cantina e incluso colegiales meritorios. Todo ello intercalado de breves ballets a cargo de los niños de las escuelas y canciones sentimentales y patrióticas. Al principio me río por lo bajo para no aburrirme, pero luego me doy cuenta, para mi sorpresa, de que me he emocionado. Porque la señora gruesa del vestido largo, visiblemente hecho con una cortina, o el señor bajito del traje de tergal, que empiezan a cantar una canción, cantan realmente una canción, como la cantaba Ania, la joven que fue descuartizada con un hacha junto con su hijo en Kotelnich, y la verdad es que, como Ania, cantan de maravilla. En Francia vivimos bajo el reino del humor, la ironía y los dobles sentidos obligatorios. Ahí, en ese fragmento congelado de la URSS y de la Rusia eterna, eso simplemente no existe: incluso la alegría se la toman en serio. Sobre todo, la alegría, y cada vez me conmueve más esa sinceridad, esa ingenuidad, esa diligencia, esa rudeza bienintencionada en las maneras, esa humildad cálida, cándida, infantil, inerme, que era el reverso sobrecogedor del horror soviético. Y cuando la señora gruesa del vestido hecho con cortinas entona ‘El pañuelo azul’, la balada en memoria de los soldados de la Gran Guerra patriótica que todo el mundo en Rusia se sabe de memoria, y hace que el público en pie y se una al coro con el estribillo, no solo me levanto y canto, sino que, como todos los demás, estoy al punto de llorar. Incluso podría decirse que lloro. Masha me observa, divertida. A la salida, en mi torpe ruso, intento explicarle lo que me ha embargado durante la velada: esa oleada de amor por el país, por la gente, esa especie de viaje de ácido que me ha teletransportado a esa deplorable ciudad, Kotelnich, que, curiosamente, habrá sido uno de los lugares por excelencia de mi vida. Masha, esa moscovita siempre a la moda, me escucha con una sonrisa, tengo la impresión de que se burla de mí, pero es una impresión que da a menudo. Al final, sin dejar de sonreír, me dice: <Te entiendo. Lo que has visto esta noche es mi alma>.

   A menudo pienso en esa velada y en esa frase. Creo que muchas mujeres como Masha, que hoy están en la cincuentena, que vivieron el comunismo cuando eran niñas y que, en la enorme confusión de la era poscomunista, supieron utilizar su inteligencia, su talento y su energía para hacerse un lugar en el lado correcto de la sociedad, muchas de esas mujeres, las que son mínimamente sensibles, conservan todavía inevitablemente un pie en el banco equivocado, el de los perdedores, el de los atascados, el de los pobres idiotas del extinto Partido y el de la eterna ‘glubinka’, que suelen ser sus padres. Masha me dijo también, por esa misma época: <Yo en realidad no estoy a favor de Putin, es un mafioso. Pero te voy a decir por qué lo vota tanta gente. Están la propaganda, por supuesto, el miedo, el conformismo. Pero no es solo eso. Putin les dice algo muy importante que necesitan oír: ‘No permitáis que Occidente os diga que todo lo que vivisteis vosotros, lo que vivieron vuestros padres, sus sacrificios o hasta el aire que respiraban era una mierda. No era ninguna mierda. Veinte millones de vuestros abuelos dejándose la vida para que unos mamones de Londres o París no hablen hoy en alemán no son ninguna mierda. El comunismo cometió excesos, -excesos-, pero fue algo grandioso de lo que no tenéis que avergonzaros’. Es lo que tan bien sintetiza esa fórmula que se atribuye a Putin y que me reprocharon que pusiera como epígrafe de mi Limónov. Es demasiado bonita para ser suya y, sin embargo, parece que lo es: <Quien quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza. Quien no lo echa de menos no tiene corazón…”

«De mi garganta surgen voces por milenios mudas. Voces de infinitas generaciones de prisioneros y de esclavos, voces de ladrones y decrépitos, de enfermos y desesperados, voces de lazos que unen los astros, voces de matrices y de paternas savias, voces de odio, voces de los corrompidos, de los ineptos, de los triviales, de los locos, de los resentidos, voces vagas (nieblas en el aire), la voz de los escarabajos haciendo rodar su bola de estiércol…»

<Del verso XXIV del poema Canto a mí mismo, de Walt Whitman>

«Facebook, Instagram, Google… hacen que parezca que vivamos en un ‘reality show’. Pero el mundo no es como lo reflejan los medios, las redes… porque hoy el capitalismo de vigilancia es central para internet, para Silicon Valley, y puede hacer a la gente sentirse bien o terrible» (Jia Tolentino)

Alejandro Zambra y el lugar que nos ocupa la memoria

Pareciera que en Chile muchos de sus escritores dan a conocer sus textos primeros en grupo, mientras que otros tantos terminan consolidando sus carreras residiendo fuera de su país. Tal fue el caso del Nobel Pablo Neruda, o del tempranamente desaparecido Roberto Bolaño. Hoy lo es la autora más editada de la lengua castellana, Isabel Allende, y dentro de las cercanas generaciones se encuentra Alejandro Zambra (Santiago, 1975), que sigue el mismo derrotero, en su caso residiendo en México.

Titulado en Literatura Hispánica en la Universidad de Chile, con una especialización posterior en la misma asignatura, esta vez en la Universidad Católica de Chile; para graduarse finalmente en Comunicación y Letras en la Universidad Diego Portales. Pero lo cierto, es que Zambra se ha constituido en una de las voces más reconocidas de su generación.

Aunque su carrera en las letras dio comienzo cuando editaba revistas como Humo o Dossier, mientras hacía colaboraciones en diarios como El Mercurio, La Tercera y Las Últimas Noticias de su país natal. Para comenzar a traspasar fronteras cuando comenzó a aparecer en la revista Letras Libres de México o en el suplemento literario Babelia del diario El País de España.

Verdad es que mucho antes de ello el trasandino ya había incursionado en poesía, con selecciones como Bahía inútil o Mudanza. Para luego dar el salto a la novela, con títulos como Bonsai, La vida privada de los árboles, Poeta chileno o Formas de volver a casa. Incursionó también en el género de ensayo, la literatura infantil e incluso el guion cinematográfico. Y también el cuento, con publicaciones en las prestigiosas revistas Harper’s, Mc Sweeney’s y The New Yorker, de forma individual o en conjunto con otros autores.

El autor, echando mano de un estilo minimalista no exento de crítica política e incluso de ríspida autocrítica, reconoce la influencia de otros grandes de la literatura, como el estadounidense Ezra Pound o el francés Marcel Proust que, según él, le ayudaron a conformar su propios derrotero en los diferentes géneros por los que transitó. Textos que fueron reconocidos con diferentes distinciones, como el Premio Municipal de Literatura de Santiago o el premio Academia Chilena de la Lengua; además de ser finalista de los Premios Médicis, Rómulo Gallegos y del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez.

Una muestra de su hacer literario en el texto a continuación, perteneciente al relato Hacer memoria:

“La parte inocente de la historia, la que menos sirve, la que él no contaría, o al menos no de esta manera, la parte que ni siquiera recuerda por entero -porque su trabajo consiste, también, en olvidar, o en fingir que recuerda lo que ha olvidado -empieza en el verano, a fines de los ochenta, cuando ambos tenían catorce años y él ni siquiera se interesaba en la literatura, la verdad es que lo único que le interesaba cabalmente era perseguir, con pudor pero también con persistencia, a algunas mujeres. Pero es excesivo llamarlas mujeres porque no lo eran todavía, del mismo modo que él no era un hombre, aunque en comparación Yasna era varias veces más mujer de lo que él era hombre.

   Yasna pasaba el tiempo en el desordenado antejardín de rosales, matas de ruda y colas de zorro, sentada en un taburete, con un bloc de dibujo sobre las piernas -qué estás dibujando, le preguntó él una tarde, desde el otro lado de la reja, envalentonado, y ella sonrió, pero no porque quisiera sonreír, fue un acto reflejo. Por toda respuesta ella le mostró el bloc, y a la distancia a él le pareció que en el papel había un boceto de un rostro, no supo si de un hombre o una mujer, pero creyó notar que era un rostro.

   No se hicieron amigos, pero siguieron hablando cada tanto. Dos meses después, ella lo invitó a su cumpleaños, y él, respirando felicidad, intentando la jugada maestra, le compró un globo terráqueo en la librería de la plaza. La noche de la fiesta salió puntual, pero se encontró con Danilo, que fumaba con otro amigo un pito en la esquina, tenían un montón de hierba, había empezado a cultivar hacía un tiempo, pero aún no se decidían a venderla. Fumó cuatro o cinco piteadas profundas, y sintió al tiro el despunte del efecto, que conocía bien, aunque no fumaba con frecuencia. Qué tiene ahí, le preguntó Danilo, y él esperaba esa pregunta, escondía la bolsa para que le preguntaran: el mundo, respondió, con regocijo. Desataron con cuidado el envoltorio con celofán y estuvieron un rato buscando países. Danilo quería encontrar Suecia, pero no lo consiguió. Qué grande este país, dijo apuntando a la Unión Soviética, y terminaron el pito antes de separarse.

Yasna parecía ser la única que tomaba la fiesta en serio, con su vestido azul a la rodilla, los ojos delineados, las pestañas crespas y oscurecidas, y la sombra de un celeste tímido en los párpados. Sonaba por lado y lado un casete que ya no estaba de moda, o que solo lo estaba para los más o menos quince invitados que atestaban el living. Se notaba que eran todos muy amigos, porque cambiaban de pareja en la mitad de las canciones, que coreaban con entusiasmo, aunque no tenían idea de inglés.

   Él se sentía fuera de lugar, pero Yasna lo miraba cada dos minutos, cada cinco minutos, y el ritmo de esas miradas competía con el letargo de la hierba. Después de tomarse al seco dos vasos altos de Kem Piña, se sentó frente a la mesa del comedor, mientras empezaba a sonar Duran Duran, también el casete completo: <No-no-notorius>. Lo bailaban raro, como si fuera polka, o como los antiguos bailes de salón. Le resultaba todo muy ridículo, pero no se hubiera negado a participar, habría bailado bien, pensó de repente, con una gota inexplicable de resentimiento, y después se concentró en las papas fritas, en las ramitas, en el queso cortado en cubos disparejos, en las nueces, en las decenas de pelotas crocantes multicolores que le parecieron, quién sabe por qué, interesantes.

   No recuerda los detalles, salvo el repentino azote del hambre, la herida del hambre: el bajón. Tuvo que esforzarse para comer a una velocidad convencional, pero cuando Yasna llegó con los nachos y una fuente inmensa de guacamole, perdió el control. Recién empezaban a conocerse en Chile los nachos con guacamole, él nunca los había probado, ni siquiera sabía que se llamaban así, pero después de probarlos no podía parar, aunque se daba cuenta de que lo miraban, era como si hicieran turnos para mirarlo. Tenía en los dedos restos de palta, de tomate y la grasa de los nachos, le dolía la boca, sentía pedazos a medio morder en las muelas, los recuperaba tenazmente con la lengua. Se comió casi solo la fuente entera, fue un escándalo. Y quería seguir comiendo.

   En eso abrieron la puerta de la cocina y una luz blanca le dio en la cara. Se asomó un hombre más bien gordo pero maceteado, la partidura dividía en mitades idénticas su pelo peinado con gomina. Era el padre de Yasna, y había a su lado alguien más joven, se diría que buen mozo, a no ser por un resto de labio leporino, aunque quizás esa imperfección lo hacía más atractivo. Aquí termina, quizás, la parte inocente de la historia: cuando lo toman del brazo presionándolo fuerte, y él intenta seguir comiendo, desesperado, y después, tras una larga y confusa serie de miradas duras y frases entrecortadas, de roces y tironeos, cuando siente una patada en el muslo derecho seguida por decenas de patadas en el culo, en los tobillos, en la espalda: está en el suelo, aguantando el dolor, con el llanto de Yasna y unos gritos ininteligibles como ruido de fondo: quiere defenderse, pero apenas consigue proteger su entrepierna. Quien lo golpea es el otro hombre, a quien luego Yasna llamará ‘el ayudante’. También el padre de la niña presencia la escena y ríe como los malos ríen en las malas películas y a veces también en la realidad…”   

«El cardenal Fernando de Médicis, que acababa de suceder a su hermano Francisco, sin por ello renunciar al capelo, tenía treinta y seis años y era cardenal desde hacía veinticinco, habiendo sido elegido para esta alta dignidad a la edad de once años. El reinado de Francisco, célebre hasta nuestros días por su amor por Bianca Capello, se había señalado por todas las locuras que el amor a los placeres puede inspirar a un príncipe que no se distinguía por la fuerza del carácter. Fernando, por su parte, había tenido que reprocharse algunas flaquezas del mismo género que las de su hermano; sus amores con la hermana oblata Virgilia eran célebres en la Toscana, pero hay que decir que lo eran sobre todo por su inocencia. Mientras que el gran duque Fernando, sombrío, violento, dominado por sus pasiones, no pensaba bastante en el escándalo producido por sus amores, en el país no se hablaba de otra cosa que de la alta virtud de la hermana Virgilia…»

<Texto del relato Favores que matan de Henri Beyle (Stendhal)>

«Una biblioteca cumple con la función de estar juntos de manera gozosa, lúdica, descubriendo cultura. El hecho de que sea un lugar de convivencia. Todos hablan ahora de las redes sociales; la gente esta viviendo de manera excéntrica, pegada a su pantallita, como si el resto del mundo no existiera. Pero la biblioteca te invita a estar juntos físicamente, discutir y, por el momento, escapar del tiempo y el espacio cotidiano» (Mario Bellatin)

Claire Keegan, con el peso que arrastra la historia

En la obra de la autora irlandesa subyace el pasado reciente de su país, sus luchas, sus anhelos y sus conquistas como sociedad en el tiempo del determinante último siglo

En The Davil’s Own, en muchas traducciones La sombra del diablo, película del año 1997 dirigida por Alan Pakula, un policía de origen irlandés (Harrison Ford), recibía en su casa en los Estados Unidos a un joven (Brad Pitt) recién llegado este de su Irlanda natal. En realidad, un miembro de los denominados `durmientes´ del IRA (Ejército Republicano Irlandés) quien, supuestamente corto de medios, aparentaba necesitar ayuda para establecerse en el país.

Allí, en Boston, mientras el joven se iba integrando a la familia del policía, iba aprendiendo las costumbres de la sociedad de adopción. Mientras que, toda vez y ante el pensamiento positivista de su protector, el supuesto emigrante le iba transmitiendo que la suya no era una historia americana y que no compartía su positivismo. Ya que, según sus convicciones, Irlanda es una sociedad conformada por un tejido humano mayoritariamente rural que acarrea un pasado de años de postergación, tutelado de cerca como lo fue durante siglos por el protestante ejército inglés. 

En el caso de la escritora, nacida en el condado de Wiklow en 1968 quien, como buena oriunda de la ‘isla verde’, lleva como un estigma en sus tramas la inexorable pátina de la historia irlandesa. Ella misma, proveniente de una zona eminentemente campesina y católica quien como muchos de sus paisanos, decidió tomar el camino de la migración hacia los Estados Unidos; en su caso, para estudiar en la Universidad de Loyola, en la sureña ciudad de Nueva Orleans. Fue allí donde tuvo oportunidad de presentar en sociedad algunos de sus relatos. Aunque ella, una vez finalizadas sus clases, tomó la decisión de hacer el camino de regreso y hacer de nuevo el gran salto para completar sus estudios, esta vez en la Universidad de Gales en el Reino Unido.

Mientras, sus cuentos fueron tomando cuerpo y difusión, hasta llegar a ser publicados en la revista The New Yorker, y otros en la conocida The Paris Review. Los que fueron finalmente editados y agrupados bajo títulos como Antártida o Recorre los campos azules.

Aunque la autora ha incursionado también en el género de la novela: Foster, Tres luces, Pequeñas cosas como estas, esta última llevada a la gran pantalla con el protagónico de su compatriota Cillian Murphy y del estadounidense Ben Affleck, este último en el rol de productor.

Toda esta creatividad literaria no ha pasado desapercibida; como resultado la autora se ha hecho acreedora al Premio Siegfried Lenz y el Premio Rooney de Literatura Irlandesa, entendiendo al otorgarlos que los relatos de la autora son un fresco del país insular. Historias que -a salvedad de algunos términos puntuales- bien podrían destacarse por su total atemporalidad, toda una metáfora de la Irlanda contemporánea.

El pasaje siguiente pertenece al relato que da nombre a uno de sus libros más conocidos, Recorre los campos azules:

   “-Hola, padre -dice Miss Dunne, una mujer robusta, con un vestido multicolor-. Fue una ceremonia decorosa. Usted la hizo corta y agradable.

   Esa es la parte fácil, Miss Dunne. Espero que ahora sean felices.

   Solo el tiempo lo dirá -responde ella-. Podría Adelantarse a los acontecimientos.

   El sacerdote sonríe.

   -¿Le ofrezco algo para beber?

   -No -dice Miss Dunne-. Nunca bebo -agrega cruzándose de brazos.

   -¿Nunca?

   -No. Nunca. Si no sabe por qué, quédese hasta que se haga de noche.

   -¿Querrá un refresco?

   -No -responde-. Esperaré a la cena.

   El sacerdote se da cuenta de que ella está a gusto ahí, sola. Va al bar y pide un whiskey caliente. La camarera suspira y enciende una tetera eléctrica, corta una rodaja de limón con clavo, introduce una cucharita en un vaso vacío. El sacerdote mira hacia el gentío y espera que caiga alguien. Mayormente son mujeres las que le hablan. Allí hay personas a quienes les gustaría hablarle. Hay otras que le deben dinero.

   Mrs Jackson, la madre del novio se acerca. Tiene colores subidos, que contrastan con su vestido lila. Se saca el sombrero y, no sabiendo dónde dejarlo, se lo vuelve a poner.

   -¿Adónde iba a ir con esto? -dice-. Una vieja como yo.

   Es el antiguo juego que a él solía gustarle y del cual se cansó: se tiran a menos, de modo que él pueda halagarlas con facilidad. Siempre buscando un cumplido.

   -Quiere dejar eso -dice él-. ¿No ve que luce maravillosa?

   -Dios nos asista, padre, pero usted sabe poco de esto -dice la mujer, una pulgada más alta que antes.

   -Qué fácil darse cuenta de que es un sacerdote -dice la sobrina de Mrs Jackson-. Un hombre nunca diría eso -agrega estudiando el salón, claramente decepcionada por los hombres que hay allí.

   Mrs Jackson deja pasar la observación.

   -Bueno, al menos ya hay algo hecho. Ahora me queda solo uno y, Dios sabe, puede que quede con él hasta el fin de mis días.

   -¿No cree que se casará?

   -¿Quién lo querría? Una verdadera lata, eso es lo que es. Todo trabajo y todo juerga. Nada en el medio.

   -¿Quiere una bebida, Mrs Jackson?

   -No -responde ella-. Dios santo, saldré a ver cómo marcha la comida.

   Una joven que no es de la parroquia, está apoyada en la barra, esperando que le sirvan. Se apoya en el peluquero, quien contempla su vaso.

   -¿Qué diría usted, padre? ¿El vaso está medio lleno o medio vacío?

   -Está como a usted le parezca -responde el sacerdote.

   -Bueno, no sé qué han estado bebiendo -dice la mujer-, pero seguramente no puede ser una cosa sin que sea la otra.

   El peluquero frunce el ceño y luego registra lo que dijo la joven.

   -Mujeres -dice, meneando la cabeza-. Las mujeres siempre tienen una respuesta.

   Una niña del cortejo pasa corriendo, arrastrando más niños. El whiskey caliente lo tranquiliza, le recuerda las noches invernales de su juventud. Comienza a pensar en Navidad y en su madre, en cómo ella servía la cerveza negra en el pudín y lo hacía revolver, lo hacía desear. Sin obligarlo, lo había alentado al sacerdocio. Una vez, cuando era monaguillo, estaba en la sacristía y se permitió pasar la mano por sobre la sotana, la sobrepelliz. La luz invernal se teñía sobre la alta ventana y en la capilla el coro estaba practicando ‘Grande Tú eres`. En ese momento sintió abrirse el camino, pero no hay tiempo para demorarse en esas cosas. Lawlor, el padre de la novia, se había acercado serio, serio, y le daba un apretón de manos. El sacerdote siente el dinero en la palma.

   -Algo por sus molestias -dijo Lawlor en voz baja.

   -Gracias -aceptó el sacerdote-. Fue un placer.

   Lawlor es un viudo con doscientos acres camino a Carlow. La corbata de seda está perfectamente anudada, sus rayas hacen resaltar el rojo oscuro de la trama del traje. Es un hombre conocido por su buen gusto, agradable. Mira al novio, al otro lado del bar, que tiene la cabeza inclinada, oyendo algo que otro hombre está diciendo.

   -¿Cree que el hermano del novio aguantará de pie? -pregunta Lawlor.

   -¿No van a servir pronto la cena? -dice el sacerdote.

   -Lo hemos arreglado, así que no tendremos que estar haciendo tiempo. Nos estarán llamando en cualquier momento -dice y se vuelve en silencio, para contemplar de nuevo al novio-. Cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza, uno no puede interponerse en su camino. Es mejor salirse del medio.

   -Las cosas tienen su propio modo de arreglarse- lo consuela el sacerdote.

   -Algunas, sí -dice Lawlor, dejando caer la cabeza, tocando el taburete con la punta de su gran zapato lustrado-. Uno tiene que apartarse y dejarlos, dejar que cometan sus propios errores. Ese es el problema. Y si uno no se mete en ese problema, se busca más.

   La muchacha que estaba sirviendo el ponche va hasta el bar con un gong.

   -¡Por favor, tomen asiento! ¡Damas y caballeros! ¡Se va a servir la cena!

   Hay una oleada de sorpresa. Las mujeres buscan sus carteras. Los bebedores se dejan llevar por el pánico y piden otra ronda. Hay un tránsito paulatino hacia el salón de baile, donde se han dispuesto las mesas.

   -Si llegara a necesitarme -dice el sacerdote-, sabe dónde estoy.

   -Espero no tener que llamarlo -dice Lawlor.

   -De cualquier manera, llámeme -dice el sacerdote-. La mayor parte de las noches estoy en casa.

   En el baño de caballeros, parado frente al espejo, se lava las manos y se peina, sacándose el cabello de la frente. Le está creciendo rápido, le cae sobre los ojos, aunque la última vez que fue al peluquero se lo cortaron mucho. Donald Jackson, el padrino de bodas, llega, se inclina contra la pared y orina. El chorro es largo y hace ruido contra los azulejos. Se da vuelta antes de guardar la pija. Es una pija grande y le cuesta volvérsela a meter adentro de los pantalones alquilados.

   -Lindo adorno, ¿no, padre? -dice-. Casi como el suyo.

   -¡Basta! -grita Kennedy, quien a tirado la cadena y sale del cubículo-. No hay necesidad de eso. ¿Quieres guardar esa cosa? -dice un tanto divertido-. No le preste atención a ese canalla, padre. No le haga caso.

   Al salir, el sacerdote oye risas. Hubo un tiempo, no hacía mucho, en que ellos habrían esperado hasta que él no hubiese podido oír…”

«Nos sentíamos orgullosos de haber tropezado con aquella caravana de la que nadie nos había hablado; contamos ciento siete camellos. Un muchacho se nos acercó y nos pidió una moneda. Su cara era de un color azul oscuro, al igual que sus ropas; era arriero y, por su apariencia, uno de los ‘hombres azules’ que viven al sur del Atlas. El color de sus vestidos, así se nos había dicho, se trasmite a la piel, y, de este modo, todos, hombres y mujeres, son azules, la única raza azul» (Elias Canetti – del relato Mis encuentros con camellos)

«Hay muchas otras vidas que podríamos haber vivido. Nacemos con un millón de posibilidades pero, a medida que crecemos, el tiempo, que es un jardinero loco, nos va podando los brotes y nos vamos quedando con un único vástago que es nuestra vida, que, por muy grande que sea, siempre es muy pequeña» (Rosa Montero)

Karen Blixen, con África siempre bajo su piel

Decidió alejarse de la vieja Europa y de la clase a la que pertenecía para intentar encontrarse a sí misma, rodeada de gente sencilla y en cercanía con la naturaleza

Qué amante del cine no recuerda a Robert Redford en el papel de Denys Finch-Hatton cuando, en uno de sus primeros vuelos a bordo de su avión, mostraba las bellezas de la sabana africana a una más que asombrada Karen, interpretada por Meryl Streep? Y es que la historia surgida del libro de experiencias de la autora danesa (Rungsted, 1885 – 1962), hace tiempo que ha calado profundamente en varias generaciones de lectores y espectadores de todo el mundo, convirtiendo a la novela en un clásico de la literatura contemporánea.

Blixen era una aristócrata que quería dejar atrás a la vieja Europa para buscar nuevas experiencias cercanas a la naturaleza, y para ello eligió establecerse a comienzos del siglo pasado en tierras de Kenia, en ese momento, un dominio perteneciente a la corona británica. Allí y desde el comienzo mismo decidió empaparse con las costumbres del lugar, y saber más de los pueblos que habitaban esa región africana. Así, mientras se interiorizaba de los métodos para la producción de la plantación cafetalera de su propiedad, iba aprendiendo el dialecto suajili, hecho que la llevó a ganarse el respeto de propios y ajenos. Descubrió luego su habilidad para el manejo de armas de defensa y la también para la caza, y desplegó una personalidad con tanto arrojo y decisión que los locales la terminaron por apodar “la hermana leona”.

Los años se fueron sucediendo mientras buscaba obtener el mejor rédito para su plantación, hasta que un suceso la sacudió por completo: la muerte de Finch-Hatton cuando su avión se precipitó a tierra. A esta infausta noticia y debido a la caída mundial de los precios del café, no pudo evitar la bancarrota de su granja, hecho que la obligó a ponerla en venta y a decidir el regreso a su Dinamarca natal. Hechos que sin proponérselo dispararon aún más su inclinación hacia la literatura.

Fueron varios los géneros que abordó: novela, cuento o poesía, la colección de relatos Siete cuentos góticos y también sus Cuentos de invierno datan de este período. Libros que publicó bajo distintos seudónimos: Osceola, Pierre Andrézel o el más conocido de Isak Dinesen. Sus propias experiencias, sumado a los ajetreados tiempos que siguieron a la primera confrontación bélica mundial, fueron temas que la decidieron para volcarlos en sus tramas. A ello se sumó la posterior publicación de sus obras en los Estados Unidos, lo que le dieron una dimensión como escritora alcanzable para unos pocos.

Aunque el peso de lo vivido en África la seguiría acompañando hasta el final de sus días. Para ello volvió a volcarse nuevamente en la continuación de esos recuerdos y, por supuesto, relatar en sus historias la riqueza de los personajes que la acompañaron en todos esos años. Esta vez bajo el título Sombras en la hierba, donde vuelven a emerger situaciones, anécdotas y sensaciones de un pasado aún muy vívido bajo su piel.

De Sombras en la hierba el texto continuación:

   “Durante la guerra y en los primeros años que siguieron no desembarcaron más colonos. Pero en los años que siguieron a continuación se inició en Inglaterra una enérgica campaña propagandística en torno a las excepcionales posibilidades económicas de la colonia de Kenia bajo el lema de una <colonización más densa>. De aquí surgió una nueva clase de colonos, gentes que no habían salido de Inglaterra, donde habían nacido y vivido en un pueblo o aldea y cuyo extraño provincianismo contrastaba con la condición de los indígenas africanos, siempre abiertos a todos los influjos. Asimismo, se concedieron parcelas de tierra a suboficiales británicos, la mayoría de los cuales eran gente de ciudad que en la soledad de los grandiosos paisajes estimaban que no se les había dado todo cuanto se les prometiera. Desde el punto de vista de la emigración, me decía yo, nunca sería Kenia una zona de grandes posibilidades dada la altitud y su clima, que impedían el trabajo manual de los blancos. La primera vez que llegué al país había unos 5000 blancos y yo juzgaba que podía dar cabida a un número diez veces mayor. Pero entonces, según me dijeron, Australia, Nueva Zelanda y Canadá podían a su vez acoger de 50 a 100 millones. Y desde el punto de vista del país mismo, <verdadero hogar de mi corazón>, una colonización blanca más densa suponía una dudosa ventaja, ya que era la calidad y no la cantidad de los colonos blancos lo que había que tener presente. Aún me asalta la risa, aunque creo que debería sonrojarme, cada vez que recuerdo haber escrito en aquellos tiempos a un alto personaje político de Inglaterra exponiéndole mis opiniones al respecto. No puedo menos de conmoverme al recordar que incluso me contestó con una nota cortés en la que no se comprometía a nada.

   Los recién llegados al país vieron que los somalís, sus primeros inmigrantes, eran altaneros e ingobernables, y tanto para mí como para mis amigos resultaban en general tanto más intolerables cuanto que no podíamos prescindir de ellos. Así ocurrió que, concretamente, nuestra primera sociedad de colonos – de un orgullo de casta igual al de los peregrinos de la Mayflower (*) – pudo llegar a caracterizarse por ser el grupo de europeos con criados somalís, para los miembros del cual una casa sin somalí hubiera sido como una casa sin luz. De este modo, Lord Delamere tenía a Hassan a su servicio, Berkeley Cole a Jama, Denis Finch-Hatton a Bilea, y yo a Farah. Dondequiera que fuésemos, éramos seguidos a distancia de metro y medio por aquellas sombras nobles, vigilantes y misteriosas.

   En nuestra jerga particular, Berkeley Cole y yo distinguíamos la respetabilidad de la decencia y clasificábamos a nuestros conocidos, tanto personas como animales, de acuerdo con esta doctrina. Para nosotros, los animales domésticos eran respetables, en tanto que los salvajes eran decentes, y sosteníamos que mientras que la existencia y el prestigio de los primeros derivaban de su relación con la comunidad, los otros estaban en contacto directo con Dios. Los cerdos y las aves de corral eran, según nosotros, dignos de nuestro respeto en cuanto que reintegraban lealmente lo que en ellos se invertía, y en cuanto que en las cosas más íntimas de su vida privada se conducían como era de esperar en ellos. Los veíamos en sus pocilgas y gallineros, esforzándose con perseverancia en la restitución de las inversiones hechas en ellos, cebándose dichosos, gruñendo y cacareando. Dejándolos allá en su ambiente acogedor y hogareño, volvíamos los ojos hacia el jabalí destructor, sin pizca de respeto, que erraba solitario, o a los gansos y patos salvajes, desvergonzados ladrones de granos indignos de todo miramiento, que cruzaban el cielo en su porfiado vuelo y cuyo itinerario sabíamos trazado por el dedo de Dios.

   Nosotros mismos nos considerábamos incluidos entre los animales salvajes, reconociendo con pesadumbre lo inadecuado de nuestra falta de prestación a la comunidad (y a nuestros acreedores hipotecarios), pero dándonos cuenta de que nos era de todo punto imposible, ni tan siquiera para granjearnos el favor de los que nos rodeaban, renunciar al contacto directo con Dios, que compartíamos con el hipopótamo y el flamenco. A una altura de cerca de tres mil metros nos sentíamos seguros y nos reíamos del afán que mostraban los recién llegados, las misiones, los hombres de negocios y el propio Gobierno, de convertir el África en un continente respetable…”

(*) Nombre del barco que transportó a los primeros peregrinos desde Inglaterra hacia América del Norte.