«El rico le pone velas a la virgen, encarga misas, da limosnas a los mendigos, en cambio el  muzhik, ¿qué? No tiene tiempo ni para santiguarse, vive hundido en la miseria, ya ve qué  salvación le espera…»  Antón Chéjov – La dacha nueva )

Picasso, la guerra y su literatura

Durante un tiempo cercano a los dos años, cuando se encontraba en plena efervescencia pictórica en su estudio de París, el malagueño cayó en un período de bloqueo creativo. Los acontecimientos de la Guerra Civil en España hicieron que su expresión artística sufriera una mutación y se inclinara forzosamente hacia las letras, siendo la suya una forma cercana a una terapia que a una manifestación para ser expuesta ante el público. Etapa de oscuridad de la que Pablo Ruiz Picasso pudo emerger cuando la aviación nazi acometió el terrible bombardeo sobre una pequeña población vasca, que dio origen a su obra monumental y antibelicista: el Guernica  

Una de las dos planchas con viñetas que componen la obra Sueño y mentira de Franco. Museo Casa Natal

“Soy un pintor viejo y un poeta recién nacido. Estoy contento”, decía mientras estaba absorto en una crisis espiritual que lo alejó de los grandes lienzos. Desde 1935 a 1937 las musas desaparecieron de entre los pinceles pero adornaban páginas donde jugueteaban con textos, grabados, ilustraciones y carteles.

“Ya no pintaré más”, dijo, pero este propósito saltó por los aires cuando se produjo el bombardeo de Guernica, en la Guerra Civil. Volvió a dedicarse a la pintura, ahora con un carácter social y de denuncia, la misma impronta que dejó en los textos sucesivos que creó.

La guerra todo lo cambió para él. Si hasta ahora su arte se expresaba a través de ilustraciones que acompañaban los textos de sus grandes amigos, entre los que se encontraban los miembros del ‘Au rendez-vous des poètes’ (punto de encuentro de poetas), en estos momentos su producción se volvía más comprometida. Eran tiempos convulsos y, aunque el artista no había compartido públicamente sus ideales políticos, decidió tomar parte.

Resultado de ello fue la carpeta que diseñó, escribió, ilustró y editó Pablo Ruiz Picasso bajo el nombre Sueño y mentira de Franco. La obra, considerada como su primer libro ilustrado y el primer trabajo con marcado contenido político, se compone de 18 imágenes grabadas al aguafuerte en dos planchas de cobre de formato apaisado. Cada viñeta tiene un tamaño de 31x42cm y, en un primer momento, había una intención de recortarlas para distribuirlas como postales, tal y como hiciera con las estampas del Guernica. “Llévenselas. ¡Souvenir! ¡Souvenir!”, les decía a los nazis cuando se acercaban a su taller en Francia durante la II Guerra Mundial.

Fandango de Lechuzas, un poema surrealista en prosa escrito a mano y en lengua española, acompaña los grabados. 14 de las 18 imágenes están fechadas a principios de enero del 37, antes de la realización del Guernica. El resto, se realizaron a principios de junio, después de la gran obra. En un tono satírico, Picasso realizó diversas caricaturas de Franco. En una viñeta aparece el general vestido de mujer de dudosa reputación e incluso se atrevió a decorarlo con una mantilla; en otra, es una criatura con cabeza de patata. La producción, leída de derecha a izquierda, contó con una reproducción inusualmente grande. Un total de 1.000 ejemplares, impresos en París, salieron a la calle con el fin de recaudar fondos destinados a la República.

El artista malagueño en su biblioteca
 Museo Casa Natal

Picasso era un voraz lector que se codeaba con los grandes y no tan conocidos escritores del momento. El papel fue altavoz de muchas de sus preocupaciones, tanto personales como artísticas y, por último, se convirtió en una vía para comentar la realidad sociopolítica del momento. Tanto la Guerra Civil Española como la Segunda Guerra Mundial hicieron que el pintor se parapetase en el mundo de las letras como herramienta de resistencia. En ello tuvo mucho que ver su relación con Dora Maar o su amistad con Eluard, miembro del Comité Nacional de Escritores que el malagueño frecuentaba y que se había convertido en un instrumento al servicio del Partido Comunista Francés para luchar contra el invasor. Sartre era otro asiduo al club.

En esta etapa, las aportaciones del artista al mundo de la literatura eran una constante, tanto con sus textos como con los dibujos que acompañaban las letras de otros escritores. La literatura denuncia ocupó largos años de su vida. Y ahora queda recogida y expuesta al público en la muestra ‘Au rendez-vous des poètes. Picasso y los libros’, en su museo-casa natal, en Málaga.

Cubierta de El entierro del Conde de Orgaz
 Museo Casa Natal

El polifacético Pablo Ruiz Picasso realizó 156 libros ilustrados en toda su trayectoria, algunos de los cuales se pueden disfrutar en esta exposición, una muestra que es el resultado de una extensa investigación realizada en el Centro de Documentación de la Casa Natal y que ha sido posible gracias a la colaboración de la Fundación La Caixa. Para admirar la grandeza del artista desde una nueva perspectiva, con Picasso y el mundo literario, sus textos y sus ilustraciones.

Poemas y litografías
 Museo Casa Natal

Pero abarca mucho más que la literatura y los grabados de denuncia. La extensa producción del artista comienza en sus años juveniles, cuando publicaba sus obras en las páginas de Sabartés Reventós en Barcelona, pasando por su contribución a la Generación del 98 en figuras como Baroja o Unamuno, hasta su llegada a París y las influencias de personajes como Max Jacob o Apollinarire en su ‘Reunión de Poetas’. Con los años 30 se zambulle en el movimiento de denuncia política de la mano de su amigo Eluard y se centra también en los retratos de los héroes de la resistencia.

Por otro lado, Alberti y Cela ocupan un lugar destacado en la exposición. El pintor inspiró varias obras del poeta gaditano y el escritor gallego, por su parte, publicó Dibujos y escritos del pintor malagueño siguiendo las indicaciones del propio Picasso.

(El texto pertenece a Chus del Pino y fue publicado en el diario La Vanguardia de Barcelona, España)

Leonardo Padura, pinceladas caribeñas

La literatura cubana, incluso en los países de habla hispana, no goza de una gran expansión. Las particularidades del sistema de publicaciones de la isla a las que hay que sumar la falta de materias primeras, hacen que la oferta sea más que limitada; a pesar de ello algunos nombres logran trascender hacia el extranjero. Es el caso del escritor nacido en La Habana (1955) quien, a base de una obra extensa y diversificada, ha ido ganando trascendencia con el transcurso de los años.

Egresado de la cátedra de literatura latinoamericana de la universidad de la capital insular, sus primeros textos estuvieron ligados al ámbito periodístico en órganos de la isla, como el diario Juventud Rebelde. Aunque no transcurriría mucho tiempo para que diera el paso hacia la ficción literaria con la publicación de su primera novela, Fiebre de caballos.  

A partir de ese momento su escritos se han ido ampliando con otras tantas novelas: Adiós Hemingway o El hombre que amaba a los perros; así como con la incursión en otros géneros, como el ensayo: La Cultura y la Revolución Cubana o La memoria y el olvido; el relato breve: El cazador, Nueve noches con Amada Luna; y también el guión cinematográfico, con Regreso a Ítaca o Cuatro estaciones en La Habana. Textos por los que cosechó diferentes distinciones, como el Premio Nacional de Literatura de Cuba, o el Hammett de la Asociación de Escritores de Novela Policíaca, y también por el conjunto de su producción literaria, con la distinción de la Orden de las Artes y las Letras de Ministerio de Cultura de Francia, y el premio Princesa de Asturias de las Letras.

Aunque es evidente que mucho de la consolidación de Padura procede del ámbito del género negro, más aún de la mano de su alter ego literario, el detective Mario Conde. En las historias del policía como en otras, más allá de la trama propia de cada relato, el escritor se permite deslizar críticas a la realidad cotidiana que se vive en la isla, pareceres que si bien forman parte de la ficción, fueron incluyendo también las contingencias de aquellos compatriotas que para labrarse un porvenir eligieron transitar el camino de la diáspora, con todas sus consecuencias. Sensaciones todas que son alimentadas por el propio pensamiento del autor, cuando manifiesta: “Lo jodido de irse de Cuba es que, ni aún yéndote de Cuba, te vas de Cuba”.

Para apreciar en parte su ficción literaria, de su última novela Como polvo en el viento el texto a continuación, en el que con un estilo descriptivo y una trama bien urdida, describe la relación de un grupo de amigos inmersos de pleno en sus matices caribeños:

    “…El tipo, al que ella nunca había visto en The Hunter, parecía una caricatura facturada en Hollywood para una película de la década de 1950: vestía pantalón ancho y camisa de mangas largas, todo blanco, de lino. Llevaba abiertos los botones superiores de la camisa y, sobre su pecho lampiño y rasurado, saltaba la medalla refulgente de la Virgen de la Caridad del Cobre, pendiente de la cadena también dorada. Usaba un panamá, falso con toda seguridad (comprado quizás en el pulguero de Miami, junto con la cadena y medalla demasiado brillantes), y cuando lo creía necesario utilizaba el sombrero como parte de su espectáculo particular: se descubría y lo movía del modo en que un matador pasa la capa ante el toro, o lo lanzaba al aire para capturarlo al final de un giro coreográfico –con certeza muy ensayado-. El pelo, ondeado, negro azabache, le brillaba por la mezcla del gel y el sudor que le sacaba el ejercicio, y sus pies, enfundados en mocasines marrones de suela fina, calzados sin medias, marcaban los pasos con una precisión milimétrica, sin levantarse apenas del suelo pulido, mientras dejaba a los brazos la ilusión de movimiento y entregaba a los hombros el pulso profundo y rector del ritmo marcado por el bajo.

   Con el atuendo y la soltura de sus maniobras, Adela, ida del mundo, llegó a pensar que el joven debía de ser un profesional contratado por los regentes de la discoteca para animar el ambiente del modo exacto en que llegó a lograrlo. Porque en un momento de clímax musical, cuando se imponía el ritmo de los tambores y timbales, el resto de las parejas fue deteniendo la danza hasta formar un círculo alrededor del joven y de la negra de pelo chino y un muy ajustado vestido verde brillante que era su compañera de baile. La lascivia de las ondulaciones pélvicas, el desparpajo de las miradas, los rostros sonrientes y humedecidos por el sudor de los bailadores expresaron la sensualidad desbordada de una representación de altos voltajes sexuales. Con el fin del número, llegó el aplauso de los otros bailadores y mirones, coronados con el grito intempestivo del joven:

   –I love you, Miami! –intentó decir, aunque lo que se escuchó fue algo como ai-lofyú-mayamíiii…

   Adela comenzaba la tercera copa de vino de su aburrimiento cuando sintió como a su lado retiraban una silla y vio la figura disfrazada de blanco sentarse junto a ella.

   -¿Y a ti que te pasa, niña? ¿Te botó el novio o no sabes bailar?

   Olía a colonia y sudor: a hombre, fue lo primero que percibió Adela, y miró al personaje que, sin pedir permiso, se acomodaba en la silla, bebía un trago largo de la Heineken que traía de la mano, se descubría del Panamá para colocarlo sobre la mesa, se enjugaba la frente con un pañuelo rojo y le sonreía con una dentadura saludable y perfecta.

   -NI una cosa ni la otra fue lo que se le ocurrió decir.

   -Ah, porque yo con la mayor gentileza y respeto estaba dispuesto a resolverte cualquiera de esos dos problemas. –Y sonrió más, mientras alzaba una de sus cejas, como para enfocarla mejor.

   -¿Cuándo llegaste? –preguntó Adela, admirada por el desparpajo del joven.

   -Hace dos meses… -Y bajó la voz-. ¿Se nota mucho?

   Se ve a la legua. Todavía estás cerrero.

   El muchacho volvió a sonreír. Adela decidió que era lindo aquel ejemplar de macho cubano de producción insular, cargado con todos los atributos visibles de su condición y los lastres más comunes de su pertenencia.

   -¿Meto miedo?

   -No, das… ternura. ¿O se dice provocas ternura? –indagó Adela sin poder evitar la reacción de su subconsciente ante la confesión, motivada por una de esas dudas idiomáticas que la obcecaban.

   -Estás acabando conmigo, niña… ¿Qué yo provoco ternura?… Pa’ su madre. Si sigo así, me van a deportar.

   Adela al fin sonrió. ¿Cómo era posible lograr aquel ejemplar modélico, diseñado tal vez con una estudiada manipulación genética?

   –Sorry…, perdona… Bailas muy bien –trató de arreglar las cosas.

   -¿Y tú? Ahora en serio…, ¿de verdad no sabes bailar?

   -¿Quién dijo que no sé?

   Ne, tú no sabes ná… A ver, demuéstremelo –dijo, volvió a pasarse el pañuelo rojo por el rostro y recogió el sombrero abandonado sobre la mesa. Se puso de pie (¿era más alto ahora?) y extendió la mano derecha en dirección a Adela.

   Adela lo observó otra vez. No, no era posible, pensó, porque siempre pensaba. Pensaba demasiado: su madre se lo decía desde que era niña, y nunca le aclaró si constituía una virtud o un defecto. Pero el proceso de intento de ligue resultaba tan clásico como que daba risa, y tal vez por eso evitó pensarlo más y se dejó llevar al terreno del juego. No perdía nada. Aceptó la mano del joven, se puso de pie, aunque antes de dar un paso lanzó su advertencia.

   -Si haces una sola monería te dejo solo.

   -Sin monerías –aceptó él.

   -¿El sombrero lo compraste en el pulguero?

   El sonrió. La enfocó y se tocó la nariz.

   -¿De dónde tú eres? Tú eres yuma, ¿verdad?

   -Sí, soy americana… estadounidense. De Nueva York. ¿Por qué?

   Es que ustedes los yumas se creen que todo es Miky Maus… No, chica, es ecuatoriano, auténtico, de verdad, de los buenos. Me lo trajo de allá un socio que llegó hace dos semanas. Lo estoy estrenando hoy porque desde por la mañana tenía, no sé, una cosa así…

   -Un presentimiento –se apuró ella.

   -O un anuncio de mi padre Changó. Yo sabía que algo bueno me iba a pasar.

   -¿Tú eres santero?

   -No, pero creo en todo… Por si acaso… -dijo, y le mostró el pañuelo rojo y luego la medalla de la virgen.

   Casi tirando de ella la condujo hacia la pista, sosteniéndole la mano izquierda, para luego tamarla de la cintura con la derecha y atraerla hacia sí, y de inmediato alejarla, como si dudara de algo, -Pero pérate, pérate… Mi mamá no me deja bailar con desconocidas… What is your name, baby?

   Adela sintió otro golpe de ternura. Sí, el personaje estaba cerrero, en estado puro, un diseño modélico.

   -Adela Fitzberg.

   Él le soltó la mano derecha y le tendió la suya.

   -Mucho gusto, Adela-eso-mismo… Yo soy Marcos Martínez Chaple, y en Cuba me decían Marquito el Lince, a veces Mandrake el Mago…”

«Soy yo, miedoso: ¿acaso no me escuchas romper en ti con todos mis sentidos?

Mis sentimientos, que encontraron alas, giran, blancos, en torno de tu rostro.

¿No ves mi alma qué densa está ante ti en un traje de calma?

¿No madura mi rezo de mayo en tu mirada como un árbol?

                                                    ( De ‘El libro de horas’ – Rainer Maria Rilke )

Tráfico de libros en el territorio de la Camorra

La Scugnizzeria, que acoge dos editoriales, talleres, escuela de teatro y mucho más, ofrece a los niños alejarse del crimen en el barrio napolitano de Sciampia

Rosario Esposito La Rossa, con dos ‘guarattelle’ utilizados en los teatros de títeres.

Una niña camina por la calle con su madre y, de repente, se detiene. Le intriga un tablón de anuncios del que cuelgan varios libros. Y una frase: “Cógelo. Es gratis”. Tras un rápido vistazo, elige uno. Rosario Esposito La Rossa, editor de 31 años y propietario de la librería, la mira desde lejos y susurra: “Esto es magia”. Un rato después, llegan otras dos pequeñas, visitantes habituales de la tienda. Como cualquier cliente, pueden elegir entre dos opciones. Y ninguna necesita la cartera: las obras que el librero rescató antes de que fueran destruidas se ofrecen gratuitamente; para todas las demás, la cuenta ya está pagada. Los llaman libros suspendidos.

La idea se inspira en la tradición napolitana del caffè sospeso. Desde hace más de un siglo, en los bares de la ciudad se suele consumir un espresso y pagar otro más; tarde o temprano, algún desconocido se acercará a la barra a preguntar y podrá disfrutarlo. En La Scugnizzeria —la palabra dialectal scugnizzo se podría traducir como “mocoso”— ocurre lo mismo con la literatura: quien quiera dona 10 euros y compra un libro que, algún día, se llevará un muchacho del barrio.

Hasta hace poco, todo esto resultaba imposible, porque esas niñas viven en la periferia norte de Nápoles, territorio de la Camorra y de sus guerras. La búsqueda de una librería obligaba a viajar hasta el centro, a unos 10 kilómetros y ocho paradas de metro. En esta área en la que viven 200.000 personas olvidadas, solo había espacio para la violencia. Hoy, en cambio, La Scugnizzeria no trafica con droga sino con libros y además acoge una escuela de teatro, un laboratorio para construir juguetes, una radio, dos editoriales, talleres y muchas otras actividades. Un trabajo que pretende mostrar el camino hacia otro tipo de futuro, lejos de la criminalidad.

El centro cultural surgió hace casi dos años y medio en una calle en la frontera entre Scampia, el barrio que Roberto Saviano contó en Gomorra, y Melito. Separa por un lado el clan de los Di Lauro y por el otro el de los Scissionisti (separatistas), que en 2004 libraron una batalla por el control de la zona, conocida como primera guerra de Scampia. Dejó alrededor de 70 muertos, incluido el primo discapacitado de Rosario Esposito, asesinado por error durante un acto de intimidación.
El tablón de los libros suspendidos. 

Dedicarse a difundir la cultura en la tierra peligrosa donde ha crecido es el reto que este librero se ha impuesto desde el asesinato que afectó a su familia. El crecimiento y el éxito de sus iniciativas han sido tan asombrosos que sus colaboradores tienen grandes aspiraciones para el futuro:

“Aquí antes no había nada. Ahora nosotros somos el centro y tenemos la ambición de convertirnos en la editorial más grande del sur de Italia”, dice Fabio Marino, redactor.

“Espera, con calma. De momento, nos conformamos con conquistar la Campania [región de Nápoles]”, le responde Maurizio Vicedomini, editor jefe.

La lucha por la inocencia

De pequeño, Rosario jugaba en las categorías juveniles del Nápoles. El fútbol le salvó la vida, dice, porque lo mantenía ocupado y alejado de lo que sucedía en su barrio: “Crecimos en un lugar criminal sin darnos cuenta, en el sentido de que estábamos acostumbrados a vivir en un área militarizada donde se traficaba con cualquier tipo de droga. Habitaba en un edificio de drogadictos, por lo que tenía que pedir permiso para entrar en mi casa y me avergonzaba decir a mis amigos que procedía de Scampia”.

Cuando explotó la primera guerra (faida) de Scampia en 2004 fue como un baldazo de realidad. Hasta ese momento, Paolo Di Lauro gobernaba la criminalidad incuestionablemente. Sin embargo, cometió un error: abrir el control de la organización a sus hijos. Raffaele Amato, otrora fiel aliado que acababa de volver de España, se rebeló junto a otros miembros del clan insatisfechos con el nuevo tipo de gestión. Los “separatistas”, al final, acabaron derrocando al viejo régimen.

Muchas de las víctimas que causó ese conflicto eran inocentes, como Antonio Landieri, primo de Rosario Esposito La Rossa. En la noche del 6 de noviembre, una bala le alcanzó la espalda tras rebotar sobre el asfalto. Otras cinco personas quedaron heridas, pero él falleció. No pudo escapar como los demás: tenía parte del cuerpo paralizado y se movía en silla de ruedas. Al día siguiente, algunos medios lo presentaron como narcotraficante. Hasta le negaron un funeral público, como se hace con un boss mafioso.

“Mi familia se desintegró, muchos se fueron y vi a mi padre llorar. Se avergonzaba de hacerme vivir en un contexto como este”, cuenta Esposito La Rossa. El editor abandonó el fútbol y emprendió una larga lucha por la inocencia de su primo. En 14 años ha logrado que el Estado italiano le reconociera como tal, que los ejecutores materiales fueran condenados a 123 años de cárcel y que el estadio de Scampia, construido con 77 toneladas de neumáticos reciclados, se consagrara a la memoria de Antonio Landieri.

La pasión cultural de Esposito La Rossa surgió precisamente tras escribir un libro dedicado a su primo, que el editor entendió como un instrumento de lucha. Al di là della neve (Más allá de la nieve, 2007) recogía una serie de relatos sobre el día a día en Scampia y llegó a vender más de 12.000 ejemplares.

La editorial de la obra, Marotta & Cafiero, tenía su sede en Posillipo, uno de los barrios más ricos de Nápoles. En 2010, sus dueños se mudaron a Francia y se les ocurrió intentar reconectar el centro con la periferia dejando la actividad en manos de Esposito La Rossa. Gratis. Él aceptó, pese a las reticencias de sus padres (“Algo malo habrá, si te la quieren regalar”). Recaudó fondos para publicar el primer libro impreso en Scampia, Mostri (Monstruos, 2010), y junto a su pareja, la actriz Maddalena Stornaiuolo, fundó la compañía de teatro VoDiSca (Voces de Scampia).

Alumnos de la escuela de teatro.

Mientras, la actividad editorial seguía en el centro histórico de la ciudad. Esposito La Rossa obtuvo la gestión de la librería y del café literario del Teatro Bellini, que le sirvió de escuela para aprender el oficio. Pero faltaba seguir con su compromiso: “Cedimos la librería porque nuestro deseo era estar en Scampia, en el centro era demasiado fácil”. Entonces, con las ganancias de esos años, adquirió un espacio que antes era un centro estético de “dudosa procedencia” llamado Manos de hada y hoy es La Scugnizzeria.

“Cada ladrillo de este sitio es un libro. Lo hemos comprado vendiendo libros en las escuelas, por lo tanto vale más”, afirma el empresario mirando su creación.

Educar a “los hijos de los enemigos”

La presencia de un centro cultural tan exitoso en territorio camorrista no le asusta: “Nunca me amenazaron. Primero, porque yo también vivo aquí, no me ven como el héroe que viene a salvar a la gente desde fuera. Y, segundo, porque tú no puedes decirles a los chavales que la mafia es ‘una montaña de mierda’ [cita Peppino Impastato, víctima de la Cosa Nostra siciliana en los setenta]. No vendría nadie. Nosotros intentamos no juzgar, decimos que no nos importa quién es el padre del chaval, nos interesa lo que podemos construir juntos. Nuestro objetivo es intentar transformar ‘una guerra contra’, porque siempre te la ponen en términos de buenos contra malos, en una ‘batalla por», sostiene.

Dos niñas eligiendo un libro gratis.

La historia de La Scugnizzeria y el trabajo del equipo de Esposito La Rossa han atraído el interés de la política. Ahí han llegado de visita la expresidenta de la Cámara de Diputados, Laura Boldrini; la presidenta del Senado, Maria Elisabetta Casellati, y el ministro de Cultura, Dario Franceschini. Un día, el librero recibió la llamada de la secretaria del presidente de la República, Sergio Mattarella, que le anunciaba la decisión de concederle el título honorífico de cavaliere. “Fue un rescate para la adolescencia que no he vivido, que vale aún más porque entregado fue por el hermano de una víctima de mafia”, relata el librero.

La escuela de teatro de Esposito La Rossa y Stornaiuolo ha enseñado a más de 80 niños y llegado a dar trabajo a algunos de ellos. A menudo acuden actores de Gomorra o de otras series para impartir talleres gratuitos. Incluso llegaron a presentar un cortometraje, Sufficiente, en el Festival de Cine de Venecia. Cada miércoles prestan su voz para un programa radiofónico, Radio Traficantes de Libros, nacido como proyecto para ayudar a los disléxicos a expresarse. Quien pueda aportar algo económicamente lo hace, para quien no pueda han ideado una estratagema: “Decimos al chaval que ha ganado una beca, que es muy diferente que decir ‘ven gratis porque no tienes dinero’. La familia siente que alguien cuida de él”.

Detrás de sus dos editoriales, Marotta & Cafiero y Coppola —un sello siciliano que su fundador y anterior dueño, Salvatore Coppola, dedicó a la lucha por la legalidad—, hay una identidad definida. Con el crecimiento de las ventas, ahora se dedican a la publicación de autores del “sur del mundo”, con una atención particular hacia escritores locales. Todo el material utilizado es sostenible y Esposito La Rossa se planea empezar a imprimir libros con un sobre que contiene semillas de abedul, para que pueda enterrarse y florecer.

La Scugnizzeria será en breve también una de las primeras librerías en Italia que permitirá a los clientes imprimir su propio libro. Esposito La Rossa lo define como “el hospital de los libros”, porque serán capaces de crearlo desde el principio hasta el final, permitiendo la elección del tipo de letra, de la carta y de una dedicatoria especial.

Pero lo que más cuenta para el librero es intentar ofrecer a los niños de Scampia y alrededores una rutina que no están acostumbrados a vivir. A La Scugnizzeria acuden hijos de criminales que pueden finalmente mirar el mundo desde otra perspectiva: “Durante años ha venido el hijo del asesino de mi primo. Pero cuando su padre mataba, él tenía un año. ¿Por qué tiene que pagar por las culpas de su padre? Se puede hacer la diferencia cuando te ocupas de los hijos de tus enemigos, cuando te das cuenta de que nadie es inocente”.

(Texto del artículo: Alessandro Leone. Fotografías: Paolo Manzo. Reproducido en el diario El País de España)

«La única droga que no te mata, el único efluvio etílico que no te hace perder los sentidos ni te hace mal al hígado, el único amor que no te fastidia, es la buena literatura»                                                                                                                                                                                 ( Gemma Pasqual )

Charles Bukowski, ¿o tal vez Henry Chinaski?    


La constante presencia en sus escritos del alcoholismo sumada a su atracción por los ambientes decadentes, hicieron que cargara en sus espaldas el mote de “poeta maldito”. Factores estos que sumados a las limitaciones en palabras de sus relatos cortos hacen que lo sitúen dentro del denominado Realismo sucio, movimiento literario que tuvo su auge en la primera mitad del siglo XX, y al que también se alinearon escritores como los estadounidenses Raymond Carver, Richard Ford o John Fante, a los que se podrían sumar tanto el chileno Marcelo Lillo, el mexicano Adolfo Vergara Trujillo o el español Karmelo Iribarren.

Nacido bajo el nombre Heinrich Karl Bukowski en Adernach, Alemania (1920), a los tres años emigró con sus padres hacia la ciudad americana de Baltimore. Allí y desde pequeño fue desarrollando una relación muy tirante con su progenitor, este hecho y su carácter díscolo propiciaron que dejara la casa familiar para deambular por buena parte del país, empleándose en trabajos temporales y durmiendo en pensiones de baja categoría, lo que acentuó su poca autoestima y su desmesurada inclinación a la bebida, elementos todos que abonaron su manifiesto nihilismo para con la sociedad que le rodeaba.   

Luego de tanto periplo decidió establecerse en la ciudad de Los Ángeles. Allí  comenzó a escribir para algunos diarios locales, mientras producía algunos compendios de poesía a los que sumaba sus libros de relatos, entre los más reconocidos: Hijo de Satanás, Se busca una mujer, Erecciones, exhibiciones e historias, Música de cañerías, Escritos de un viejo indecente. Y también sus novelas: Cartero, Mujeres, Hollywood, La senda del perdedor, Factótum, Barfly, traducida al español como El borracho, con versiones de estas dos últimas para la gran pantalla en las que el escritor ofició también de guionista para su adaptación.

Lo cierto es que la lectura de Bukowski o de su alter ego Chinaski no deja indiferente a ninguno porque de él se han vertido todos los adjetivos posibles; epítetos que, a décadas de su desaparición física, siguen propiciando la reimpresión constante de todas sus obras. En ellas se mezclan lo verídico con la invención más pura, para convertir al escritor en un contador de sucesos, a veces plenos de silencios y de preguntas que no hallan respuestas, cuando no de seres humanos que han perdido lo poco del honor que les quedaba, para reflejar una profunda desazón en sus posibilidades personales sobre la faz de la tierra.

Fiel a sus convicciones hasta el último aliento, o quizás para mofarse de todo el revuelo que había provocado su persona y sus escritos hasta su desaparición física, San Pedro, Estados Unidos (1994), pidió que grabaran una inscripción en la lápida que a modo de sugerencia ornamenta su tumba: “No lo intentes”.

De su novela Hollywood el texto a continuación:

“…Jon Pinchot seguía llevando un día de ventaja respecto al calendario de rodaje y no estaba tremendamente contento por ello. Eso mantenía a Firepower lejos de nuestros traseros. Los peces gordos no iban por allí. Tenían sus espías, por supuesto. Y yo sabía distinguirlos.

   Algunos del equipo tenían libros míos. Me pedían autógrafos. Los libros que tenían eran curiosos. Quiero decir que no eran los que yo consideraba mejores. (Mi mejor libros es siempre el último que he escrito). Algunos tenían un ejemplar de mis primeros relatos indecentes, ‘Cascándosela al diablo`. Unos pocos tenían libros de poesía, ‘Mozart en la higuera` y ‘¿Le dejarías a este hombre cuidar a tu hija de 4 años?` También ‘La letrina del bar es mi capilla`.

   El día se esfumaba, tranquila aunque apáticamente.

   Vaya con la escena de la bañera, pensé. Francine debe de estar súper limpia a estas alturas.

   Entonces Jon Pinchot entró corriendo en el salón. Parecía desencajado. Llevaba la cremallera a medio subir. Estaba despeinado. Tenía una mirada frenética y de agotamiento al mismo tiempo.

   -¡Dios mío! –exclamó-, ¡estás aquí!

   -¿Qué tal va eso?

   Se inclinó y me susurró al oído:

   -Es horrible, ¡es de locos! ¡Francine está preocupada porque le puedan asomar las tetas por encima del agua! Pregunta todo el rato: ‘¿Se me ven las tetas?`

   -¿Y qué pasa si se le ve una tetita?

   Jon se acercó más a mi oído.

   –No es tan joven como le gustaría… Y Hyans odia cómo está puesta la luz… No puede soportar la iluminación y está bebiendo como nunca.

   Hyans era el cámara. Había ganado casi todos los puñeteros premios y galardones en este negocio, uno de los mejores cámaras vivos, pero –como a casi todo el mundo- le gustaba echar un trago de vez en cuando.

   Jon siguió susurrando frenéticamente.

   -Y Jack que no consigue decir bien esa frase. Tenemos que cortar una y otra vez. Hay algo en la frase que le molesta y cuando la dice se le pone esa sonrisa estúpida en la cara.

   -¿Qué frase es?

   -La que dice: ‘Debe de masturbar al policía encargado de vigilar su libertad condicional cada vez que viene a visitarlo`.

   -Vale, que pruebe con ‘Le hará una paja al policía encargado de vigilar su libertad condicional cada vez que viene a visitarlo`.

   -Bien, ¡gracias! ¡ÉSTA VA A SER LA TOMA DECIMONOVENA!

   -Dios mío –dije.

   -Deséame suerte…

   -Suerte…

   Jon salió de la habitación y entró Sarah.

   -¿Qué problema hay?

   -La toma decimonovena. Francine tiene miedo de que se le vean las tetas, a Jack no le sale su frase y a Hyans no le gusta la iluminación…

   -Francine necesita una copa –dijo-, eso la relajará.

   -Hyans no necesita una copa.

   -Ya lo sé. Y Jack podrá decir su frase cuando Francine se relaje.

   -Puede ser.

   En ese momento Francine entró en la habitación. Parecía totalmente perdida, completamente fuera de todo. Llevaba un albornoz y una toalla en la cabeza.

   -Voy a decírselo –dijo Sarah.

   Se dirigió hacia Francine y le habló con calma. Francine escuchaba. Asintió levemente con la cabeza, luego entró en el dormitorio que estaba a su izquierda. Un momento después Sarah salía de la cocina con una taza de café. Bueno, en aquella cocina había whisky, vodka, ginebra. Sarah había hecho alguna mezcla. Se abrió la puerta, se cerró y la taza de café desapareció.

   Sarah salió.

   -Ahora estará perfectamente.

   Pasaron dos o tres minutos y al cabo la puerta del dormitorio se abrió de golpe. Salió Francine, se dirigió hacia el cuarto de baño y la cámara. En el camino su mirada se cruzó con la de Sarah.

   -¡Gracias!

   Bueno, no quedaba otra cosa que hacer más que esperar allí sentado y seguir entregado al parloteo.

   No pude sino mirar hacia el pasado. Éste era el mismísimo edificio del que me había echado por tener una noche a tres mujeres en mi habitación. En aquellos tiempos no existía eso de los ‘Derechos del Inquilino`.

   -Señor Chinaski –dijo la casera-, aquí vive gente muy religiosa, gente que trabaja, gente que tiene niños pequeños. Nunca he oído quejas así de otros inquilinos. Y yo también lo oigo a usted, esas canciones, esas palabrotas…, cosas que se rompen…, lenguaje vulgar y risotadas… ¡En toda mi vida he oído nada parecido al jaleo de anoche en su habitación!

   -Está bien, me voy…

   -Gracias».

«No existe una idea más estúpida en literatura que tener miedo a las influencias; hay lecturas que generan una huella muy intensa, pero esas obras crean más bien un eco, algo más profundo que está dentro de nosotros» ( Hervé Le Tellier )

Anónimas y seudónimas, tácticas para triunfar en un mundo de hombres

A lo largo del tiempo narradoras, poetas y cronistas de época debieron publicar sus obras sin firma o camuflarse detrás de alias masculinos para poder publicar sus obras

Jane Austen, Isak Dinesen, George Eliot, J. K. Rowling, Charlotte Brontë, Emma de la Barra, entre otras, publicaron sus obras en forma anónima o con seudónimos.

Tiempo atrás, las escritoras debían ocultar sus nombres y publicar sus libros sin firma o con seudónimos masculinos. Grandes autoras, como Jane Austen, George Eliot (Mary Ann Evans) y Emily Brontë, dieron a conocer sus obras maestras, como cabe calificar a Sensatez y sentimientos, Middlemarch y Cumbres borrascosas, respectivamente, de modo anónimo o utilizando un alias. Austen lo hizo con el gentil “By a Lady” en la portada (fórmula que en las siguientes novelas se convirtió en “Por el autor de Sensatez y sentimientos”) y la hermana menor de Charlotte, como Ellis Bell. Esa práctica se extendió en el siglo XIX y en el XX, por diversas razones: usos y costumbres, “por conveniencia personal” (como se aclara al comienzo de La princesa de Clèves, de Mme. de La Fayette), comerciales, de censura o autocensura, políticas y lúdicas, como en el caso de J. K. Rowling, que además de usar seudónimo creo un alter ego masculino, Robert Galbraith.

Para algunos críticos, podría ser un anacronismo achacar el anonimato o la seudonimia al “patriarcado”. Como Austen, Walter Scott también dio a conocer Waverley en forma anónima y las siguientes novelas históricas que escribió aparecieron con la leyenda “Por el autor de Waverley”. En el siglo pasado, las escritora danesa Karen Blixen, reconocida autora de Memorias de África y Siete cuentos góticos, utilizó a lo largo de su vida varios seudónimos masculinos; el más célebre fue el de Isak Dinesen.

“El seudónimo o el anonimato para publicar se explica en las mujeres como tácticas defensivas -dice la investigadora y narradora Elsa Drucaroff-. Por un lado, para eludir la censura, pero muy a menudo para ser tomada en serio. Lo que escriben las mujeres es tomado en serio por ejemplo en la Argentina desde hace pocos años, no sé si llegan a diez”. Para la autora de Checkpoint, usar iniciales para que no se sepa que firma una mujer o cambiarse a nombre de varón es una manera de ser considerada, “de que no empiecen leyéndote con el prejuicio de que van a leer cosas sentimentales o ‘literatura para niñas’ o ‘literatura para mujeres’, entendiendo eso como algo despectivo, algo que no llega a ser arte”. Por otro lado, escribir y publicar conlleva sus riesgos. “La palabra pública femenina tiene un riesgo que la palabra pública masculina no tiene -agrega Drucaroff-. El ámbito público es hegemónicamente masculino y por algo se llamaba ‘mujer de la calle’ a una prostituta: la calle no es para las mujeres. La voz pública femenina es entendida como confesión personal; cuando se lee literatura sabiendo que es de mujer, se tiende a hacer relaciones directas con su aspecto, su sexualidad. Si Henry Miller publica Trópico de Cáncer, lo suyo es una exploración existencial crispada, pero si Ana María Shua publica Los amores de Laurita, todos opinan si la autora es linda o fea”.

En Francia, uno de los éxitos de la literatura erótica del siglo XX, La pasión de Mademoiselle S, es una recopilación de cartas escritas por una mujer (Simone) a su amante (Charles) durante los años 1920. Halladas por el diplomático francés Jean-Yves Berthault, se publicaron como anónimas. “El seudónimo o el anonimato en la publicación puede ser para las mujeres un modo de quedar a salvo de la infamia, de los riesgos que corren por exponer su voz”, concluye Drucaroff.

María Lejárrega
Elena Fortún

Si bien aclara que el uso de seudónimos por parte de escritoras es un tema complejo, que implica valores personales, sociales y culturales en relación con los roles femeninos, la escritora Josefina Delgado señala que “detrás del uso de seudónimos hay una constante: ser mujer no es prestigioso si se firma lo que se escribe con el propio nombre; los seudónimos solían ser nombres masculinos, y las variantes eran si socialmente o en círculos íntimos las autoras aceptaban ser ellas mismas las responsables de las obras”. La autora de Alfonsina Storni: una biografía esencial brinda ejemplos de la literatura española.  “María Lejárraga, cuya actuación política le impide publicar con su nombre y acude al de su marido, escritor ya conocido, Gregorio Martínez Sierra, que publica algunos de los trabajos de María como si fueran suyos. Y pareciera que esto llegó a extremos de deslealtad, ya que Gregorio abusó del talento de su mujer y se apropió de obras teatrales y derechos de autor que no le correspondían. Finalmente, ella firmó como María Martínez Sierra, con el apellido del marido, que resulta de algún modo otro matiz de la seudonimia”. Lejárraga murió en Buenos Aires en 1974. “El otro caso es el de Elena Fortún, seudónimo de María de la Encarnación Aragoneses, de familia aristocrática. Tanto ella como su marido fueron antifranquistas, de modo que tuvieron que exiliarse y lo hicieron en Buenos Aires.  Elena se había dedicado en España a escribir literatura infantil alrededor de un personaje, Celia, que tuvo mucho éxito y que a finales de los años 1980 fue rescatada por la editorial Aguilar. Su obra de ficción ha sido recuperada y recientemente se publicó su novela autobiográfica Oculto sendero, que estaba firmada con otro seudónimo, Rosa María Castaños, y donde están muchas claves de su vida, ya que explica el camino de una niña que quiere ser un varón”. La escritora y periodista española Teresa de Escoriaza y Zabalza usó el seudónimo masculino Félix de Haro.

Volvamos al siglo XIX, en el Reino Unido. “En 1837, Charlotte Brontë escribió una carta, y le adjuntó un poema, al poeta laureado Robert Southey, y este le respondió que ella tenía el don del verso pero que, al ser mujer, no podía dedicarse a escribir -dice a LA NACION Laura Ramos, autora de Infernales. La hermandad Brontë: Charlotte, Emily, Anne y Branwell.  Unos años después, en 1846, cuando las hermanas Brontë decidieron publicar sus poemas, sufragando la edición, decidieron travestirse con nombres masculinos o ambiguos. Charlotte firmó como Currer Bell; Emily como Ellis Bell y Anne, como Acton Bell. Cuando publicaron sus novelas, usaron esos seudónimos. Luego, las novelas se hicieron célebres y fueron al mismo tiempo acusadas de inmorales y brutales. Las hermanas decidieron mantener los seudónimos y Emily murió siendo Ellis Bell para los lectores”. Mujer precavida vale por dos.

(Daniel Gigena es el autor de este artículo, publicado por el diario La Nación de Argentina)