Decidió alejarse de la vieja Europa y de la clase a la que pertenecía para intentar encontrarse a sí misma, rodeada de gente sencilla y en cercanía con la naturaleza
Qué amante del cine no recuerda a Robert Redford en el papel de Denys Finch-Hatton cuando, en uno de sus primeros vuelos a bordo de su avión, mostraba las bellezas de la sabana africana a una más que asombrada Karen, interpretada por Meryl Streep? Y es que la historia surgida del libro de experiencias de la autora danesa (Rungsted, 1885 – 1962), hace tiempo que ha calado profundamente en varias generaciones de lectores y espectadores de todo el mundo, convirtiendo a la novela en un clásico de la literatura contemporánea.
Blixen era una aristócrata que quería dejar atrás a la vieja Europa para buscar nuevas experiencias cercanas a la naturaleza, y para ello eligió establecerse a comienzos del siglo pasado en tierras de Kenia, en ese momento, un dominio perteneciente a la corona británica. Allí y desde el comienzo mismo decidió empaparse con las costumbres del lugar, y saber más de los pueblos que habitaban esa región africana. Así, mientras se interiorizaba de los métodos para la producción de la plantación cafetalera de su propiedad, iba aprendiendo el dialecto suajili, hecho que la llevó a ganarse el respeto de propios y ajenos. Descubrió luego su habilidad para el manejo de armas de defensa y la también para la caza, y desplegó una personalidad con tanto arrojo y decisión que los locales la terminaron por apodar “la hermana leona”.
Los años se fueron sucediendo mientras buscaba obtener el mejor rédito para su plantación, hasta que un suceso la sacudió por completo: la muerte de Finch-Hatton cuando su avión se precipitó a tierra. A esta infausta noticia y debido a la caída mundial de los precios del café, no pudo evitar la bancarrota de su granja, hecho que la obligó a ponerla en venta y a decidir el regreso a su Dinamarca natal. Hechos que sin proponérselo dispararon aún más su inclinación hacia la literatura.
Fueron varios los géneros que abordó: novela, cuento o poesía, la colección de relatos Siete cuentos góticos y también sus Cuentos de invierno datan de este período. Libros que publicó bajo distintos seudónimos: Osceola, Pierre Andrézel o el más conocido de Isak Dinesen. Sus propias experiencias, sumado a los ajetreados tiempos que siguieron a la primera confrontación bélica mundial, fueron temas que la decidieron para volcarlos en sus tramas. A ello se sumó la posterior publicación de sus obras en los Estados Unidos, lo que le dieron una dimensión como escritora alcanzable para unos pocos.
Aunque el peso de lo vivido en África la seguiría acompañando hasta el final de sus días. Para ello volvió a volcarse nuevamente en la continuación de esos recuerdos y, por supuesto, relatar en sus historias la riqueza de los personajes que la acompañaron en todos esos años. Esta vez bajo el título Sombras en la hierba, donde vuelven a emerger situaciones, anécdotas y sensaciones de un pasado aún muy vívido bajo su piel.
De Sombras en la hierba el texto continuación:
“Durante la guerra y en los primeros años que siguieron no desembarcaron más colonos. Pero en los años que siguieron a continuación se inició en Inglaterra una enérgica campaña propagandística en torno a las excepcionales posibilidades económicas de la colonia de Kenia bajo el lema de una <colonización más densa>. De aquí surgió una nueva clase de colonos, gentes que no habían salido de Inglaterra, donde habían nacido y vivido en un pueblo o aldea y cuyo extraño provincianismo contrastaba con la condición de los indígenas africanos, siempre abiertos a todos los influjos. Asimismo, se concedieron parcelas de tierra a suboficiales británicos, la mayoría de los cuales eran gente de ciudad que en la soledad de los grandiosos paisajes estimaban que no se les había dado todo cuanto se les prometiera. Desde el punto de vista de la emigración, me decía yo, nunca sería Kenia una zona de grandes posibilidades dada la altitud y su clima, que impedían el trabajo manual de los blancos. La primera vez que llegué al país había unos 5000 blancos y yo juzgaba que podía dar cabida a un número diez veces mayor. Pero entonces, según me dijeron, Australia, Nueva Zelanda y Canadá podían a su vez acoger de 50 a 100 millones. Y desde el punto de vista del país mismo, <verdadero hogar de mi corazón>, una colonización blanca más densa suponía una dudosa ventaja, ya que era la calidad y no la cantidad de los colonos blancos lo que había que tener presente. Aún me asalta la risa, aunque creo que debería sonrojarme, cada vez que recuerdo haber escrito en aquellos tiempos a un alto personaje político de Inglaterra exponiéndole mis opiniones al respecto. No puedo menos de conmoverme al recordar que incluso me contestó con una nota cortés en la que no se comprometía a nada.
Los recién llegados al país vieron que los somalís, sus primeros inmigrantes, eran altaneros e ingobernables, y tanto para mí como para mis amigos resultaban en general tanto más intolerables cuanto que no podíamos prescindir de ellos. Así ocurrió que, concretamente, nuestra primera sociedad de colonos – de un orgullo de casta igual al de los peregrinos de la Mayflower (*) – pudo llegar a caracterizarse por ser el grupo de europeos con criados somalís, para los miembros del cual una casa sin somalí hubiera sido como una casa sin luz. De este modo, Lord Delamere tenía a Hassan a su servicio, Berkeley Cole a Jama, Denis Finch-Hatton a Bilea, y yo a Farah. Dondequiera que fuésemos, éramos seguidos a distancia de metro y medio por aquellas sombras nobles, vigilantes y misteriosas.
En nuestra jerga particular, Berkeley Cole y yo distinguíamos la respetabilidad de la decencia y clasificábamos a nuestros conocidos, tanto personas como animales, de acuerdo con esta doctrina. Para nosotros, los animales domésticos eran respetables, en tanto que los salvajes eran decentes, y sosteníamos que mientras que la existencia y el prestigio de los primeros derivaban de su relación con la comunidad, los otros estaban en contacto directo con Dios. Los cerdos y las aves de corral eran, según nosotros, dignos de nuestro respeto en cuanto que reintegraban lealmente lo que en ellos se invertía, y en cuanto que en las cosas más íntimas de su vida privada se conducían como era de esperar en ellos. Los veíamos en sus pocilgas y gallineros, esforzándose con perseverancia en la restitución de las inversiones hechas en ellos, cebándose dichosos, gruñendo y cacareando. Dejándolos allá en su ambiente acogedor y hogareño, volvíamos los ojos hacia el jabalí destructor, sin pizca de respeto, que erraba solitario, o a los gansos y patos salvajes, desvergonzados ladrones de granos indignos de todo miramiento, que cruzaban el cielo en su porfiado vuelo y cuyo itinerario sabíamos trazado por el dedo de Dios.
Nosotros mismos nos considerábamos incluidos entre los animales salvajes, reconociendo con pesadumbre lo inadecuado de nuestra falta de prestación a la comunidad (y a nuestros acreedores hipotecarios), pero dándonos cuenta de que nos era de todo punto imposible, ni tan siquiera para granjearnos el favor de los que nos rodeaban, renunciar al contacto directo con Dios, que compartíamos con el hipopótamo y el flamenco. A una altura de cerca de tres mil metros nos sentíamos seguros y nos reíamos del afán que mostraban los recién llegados, las misiones, los hombres de negocios y el propio Gobierno, de convertir el África en un continente respetable…”
(*) Nombre del barco que transportó a los primeros peregrinos desde Inglaterra hacia América del Norte.









