Constantino Cavafis, luz deslumbrante del Mediterráneo

Es considerado como una de las grandes personalidades literarias de la Grecia moderna. Y es que la irrupción del poeta nacido en Alejandría, Egipto (1863 – 1935), se fue consolidando de manera lenta pero paulatina como una de las voces más representativas de la poesía helénica.

Era el hijo menor de una familia de ocho vástagos oriunda de Constantinopla, la actual Estambul, que se dedicaba al comercio del algodón y de las telas, actividad por la cual se habían establecido en la ciudad egipcia. Una vez fallecido el padre del clan, la madre tomó la decisión de volver a emigrar esta vez a la ciudad inglesa de Liverpool, donde permanecerían durante siete años para luego volver a asentarse de manera definitiva en la ciudad fundada por Alejandro Magno.

Allí el joven Constantino consiguió un empleo de funcionario en el Ministerio de Obras Públicas, donde permanecería durante largos treinta años. En ese largo tiempo Cavafis nunca dejó de componer sus versos, aunque tímido o falto de confianza con su hacer, nunca llegó a publicar sus poemas. Fue luego de largas insistencias de sus amigos que se decidió a hacer una impresión reducida de los mismos, para distribuirlos a unos pocos o a los que él consideraba con la sensibilidad necesaria para comprender su poesía.

Obsesivo con la expresión escrita, tenía la costumbre de dejar madurar sus textos mientras los iba corrigiendo una y otra vez. En su poesía, de tono decididamente intimista, surgen temas reiterados: el homo erotismo, la decadencia de los seres humanos, o el mundo helenístico; versos que en su mayoría conservan la particularidad de instalarse dentro de un orden atemporal.

Fue luego de su muerte y a través de algunos escritores británicos que su obra comenzó a trascender hacia otras latitudes, hasta llegar a alcanzar el adjetivo de ineludible, sirviendo de inspiración para otros tantos poetas que le sucedieron. A punto tal, que los textos del alejandrino son al presente objeto de público reconocimiento y de una reedición constante en diversos soportes y a través de distintos sellos literarios. He aquí una pequeña selección de los mismos: 

Las almas de los viejos

En sus antiguos cuerpos estropeados

están las almas de los viejos asentadas.

Qué lamentables son las desgraciadas,

cómo se aburren de la triste vida que les hiere.

Cómo temen perderla y cómo la quieren,

contradictorias y desconcertadas

-cómico-trágicas- las almas asentadas

en sus antiguos pellejos desgastados.      

Jura

Y jura muchas veces     seguir una vida mejor.

Mas cuando cae la noche     con sus incitaciones y

con sus condescendencias     y sus propias promesas;

mas cuando cae la noche     con su poder y el ímpetu

del cuerpo que desea tanto     va de nuevo

perdido en busca del placer fatal.

Recuerda, cuerpo…

Recuerda, cuerpo, no tan solo cuánto te han amado

no solamente las camas en las que te acostaste,

sino también tantos deseos que por ti

hacían destellar tanto los ojos,

y que temblaban en la voz –y algún

obstáculo casual los anuló.

Ahora que todo ya al pasado pertenece,

parece como si a aquellos deseos

te hubieras entregado –que destellos,

recuerda, en los ojos que te miraban;

cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.

Desde las nueve

Las doce y media ya. Qué rápido ha pasado el tiempo

desde las nueve, en que encendí la lámpara

y me senté aquí. Sentado sin leer

y sin hablar. Con quién podría hablar,

completamente solo en esta casa.

La imagen de mi cuerpo adolescente,

desde las nueve en que encendí la lámpara,

vino y me encontró aquí, y me recordó

cuartos cerrados llenos de perfumes

y el antiguo placer -¡qué atrevido placer!

Y me puso, además, ante los ojos

calles que ahora son irreconocibles,

centros llenos de vida ya cerrados,

y cafés y teatros que existieron una vez.

La imagen de mi cuerpo adolescente

vino para traerme también penas:

el duelo familiar, separaciones,

los sentimientos de los míos, sentimientos

poco estimados de los que ya han muerto.

Las doce y media. Cómo ha pasado el tiempo.

Las doce y media. Cómo han pasado los años.    

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

Pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes  

Ni al salvaje Poseidón encontrarás,

Si no los llevas dentro de tu alma,

Si no los yergue tu alma ante ti.         

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

A aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya que significan las Ítacas.

La vuelta al mundo con trece escritores

Ilustraciones de Luis Mendo

Se dice que con la literatura se puede llegar muy lejos, tal vez por ello, en momentos que aún seguimos condicionados por la pandemia con pruebas y cuarentenas, trece literatos se han propuesto ejercer de guías para superar nuestras limitaciones y así transportarnos por lugares y tiempos; un periplo entre lo personal y lo creativo

Echaron la vista atrás y comprobaron que aquella aventura era un atajo hacia la felicidad. A un tiempo hecho de polvo de estrellas fulgurantes, aunque su luz venga de un tiempo sin tiempo que ilumina recuerdos: Nélida Piñon se ve a los cuatro o cinco años en la playa casi anónima de Copacabana “recogiendo bichitos para hacer arroz”… Elena Poniatowska siente en su cara el viento que entraba por la ventanilla del coche cuando tenía 10 y comprobó la inmensidad de un México que dejaba a su Francia natal “como un pañuelo”. Colm Tóibín sonríe al escuchar el latir de la vida que le descubrió Londres cuando salió por primera vez de Irlanda a los 19 años… Paco Roca revive los pasos de Tintín cuando a los veintitantos años hizo realidad el sueño de ir a Egipto…

Ellos y hasta un total de 13 escritores sirven de guías por destinos de todo el mundo con sus evocaciones como una manera de viajar en un periodo en el que muchos no lo podrán hacer por la pandemia del coronavirus. Un periplo a través de sus voces por diferentes lugares y tiempos con pequeños grandes viajes que los marcaron en lo personal y lo creativo. Nos hablan de lo que vieron, oyeron, pensaron, sintieron… Billetes para unas vacaciones literarias.

Copacabana sueños e inspiración

Nélida Piñon

“Antes de que Copacabana tuviera el encanto y el fulgor de hoy, yo viví allí. Tenía unos cuatro o cinco años, entre las décadas treinta y cuarenta, cuando mis padres se mudaron allá. Era un inmenso arenal en forma de medialuna. Uno se ponía en una punta extrema de la playa para ver la otra punta y comprobar que se formaba una especie de collar de perlas. Mi padre, que era un gran nadador, me llevaba a la playa, donde yo buscaba bichitos que venían del mar para hacer arroz. Era una aventura fantástica. A veces miraba y miraba el mar…, como creía que ahí empezaba Europa le decía a mi madre: ‘¡Vamos a Europa, vamos a Europa!’. Ella contestaba: ‘No ha llegado el momento de ir a Europa. Pero prometemos llevarte, hay que esperar’. Yo insistía porque creía que la frontera con Europa era ­Copacabana.

Entonces, no era el lugar deslumbrante y pecaminoso de hoy, pero ya tenía una belleza extraordinaria. En aquellos años comenzaban a vivir allí pequeños funcionarios y a la vez millonarios. Empezaron a emerger edificios hasta convertirse en lo que es hoy. Luego nos fuimos. Mi abuelo gallego le decía a mi padre: ‘¡Pero Daniel, por qué no compraste terrenos allí!’. Él le contestaba: ‘Uno no puede adivinar el futuro’. Pero con su belleza y atractivo, Copacabana inspiró muchas cosas mías, desarrolló mi imaginación”.

Nélida Piñon (Río de Janeiro, Brasil, 1934), obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005 y es miembro de la Academia Brasileña de Letras. Su libro más reciente es su mosaico autobiográfico La épica del corazón. Es hija de padres y abuelos gallegos migrados a Brasil.

La intensidad de un campo de maíz

Elena Poniatowska

“A los 10 años, en mitad de la II Guerra Mundial, salí de París con mi hermana y mis padres. Llegamos a Bilbao y embarcamos a México. Allí me di cuenta de que era un país tan grande que Francia a su lado era un pañuelo. Ese nuevo país era el país de mi mamá. Vivíamos en Ciudad de México, una urbe chaparrita con muchas casas y edificios bajos de color sangre quemada porque las casas eran rojas y el sol les rebajaba el color. Lo primero que recuerdo es que desde la ciudad íbamos por una carretera. Mi mamá manejaba, aunque le decían que no viajara sola con sus hijas. No hacía caso. Era muy atrevida; durante la guerra lo hizo con ambulancias en plena noche, incluso con los faros apagados para que no la vieran los alemanes.

Aquel día íbamos por la carretera hacia Acapulco cuando no era famosa. Ahora es una ciudad horrible, por el turismo y la idiotez. En ese viaje vi un inmenso país, un inmenso campo de maíz, algo que jamás había visto porque, aunque en Francia había atravesado en bicicleta los campos de lavanda para ir a la escuela, era solo una colcha de cuadritos de colores de cultivos. Ese día en la carretera que nos llevaba al mar tuve una sensación que nunca antes había tenido: sentí la inmensidad. Una carretera azul marino, sin un alma y algún perro flaco que no entendía cómo había llegado ahí. El olor del mar anticipó la llegada. Había un solo hotel, El Papagayo, que no cometía la grosería de estar en la arena de la playa, sino que había que atravesar la calle para ir al mar”.

Elena Poniatowska (París, 1932), recibió el Premio Miguel de Cervantes en 2013. Es periodista y autora de obras como La noche de Tlatelolco y La piel del cielo. Su novela más reciente es El amante polaco. Es hija del príncipe polaco Jean E. Poniatowski y la mexicana María de los Dolores Amor Escandón.

Ríos color turquesa en el desierto

Guillermo Arriaga

“Cuando tenía alrededor de 12 o 13 años fui por primera vez a un lugar de cacería cerca de Piedras Negras, en Coahuila, en la frontera con Estados Unidos. Primero viajamos en tren desde Ciudad de México hasta Santi; fueron 12 horas. Luego ocho horas más en autobús. Me pareció lejísimo. Llegamos al rancho San Martín de mi primo Pepe Sánchez; se llama San Martín porque ellos se apellidan Sánchez Martínez. Es un rancho de 5.000 hectáreas del cual quedé prendado. Regresamos unas cuantas veces, hasta que en 1981 mi primo Pepe lo rentó a unos americanos y ya no pudimos volver allá.

Años después, mi amigo Sergio Avilés, originario del Estado de Coahuila, me invitó a una población llamada Zaragoza y empezamos a cazar por la zona. Resulta que el lugar donde iba a cazar está apenas a unos dos kilómetros del rancho donde iba a cazar en 1971. Ha sido una emoción regresar a esa misma zona donde iba todos los veranos. Hay unos ríos espectaculares de color turquesa. Uno no se puede imaginar en mitad del desierto esos ríos de colores. Los atardeceres son bestiales. Quizás ahí habita la mejor gente que he podido conocer en el mundo. Aquí y allá aparecen manchas de encinas y nogales. Es ahí donde, quizá, tengo los mejores recuerdos que me han acompañado desde los 12 años hasta ahora con 62. Son 50 años de estar vinculado a esa tierra”.

Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958), es escritor, además de productor, guionista y director de cine. Como guionista destacan Amores Perros21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada. Su libro más reciente es Salvar el fuego.

Cubanía dos en uno

David Rieff

“No tengo experiencia de vacaciones porque soy, digamos, un viajero profesional, para no decir un extranjero profesional. Hay dos lugares que me evocan un estado de ánimo, ya que están vinculados a buenos recuerdos: La Habana y Miami, el cubanismo. Crecí en Nueva York en un mundo en el cual había muchos exiliados, primero del régimen de Batista y luego de los hermanos Castro. De niño tenía una imagen mágica de Cuba. Diez años más tarde tuve mi pequeña época radical izquierdista, ahora odio la política. En los noventa me invitaron a visitar la isla. Así la conocí desde el punto de vista de los exiliados que regresaron y personas que vivían en Miami.

La Habana es una ciudad extraordinaria no solo con grandes monumentos y lugares erigidos por los españoles, también tiene casas modernistas de gran interés arquitectónico. Luego está Miami con todos los cubanos que crearon un espacio especial. Dos lugares mágicos de la revolución y del exilio que empezaron a fusionarse en mi imaginación. Ahora no llego a pensar en La Habana sin pensar en el Miami cubano. Durante bastantes años no sabía cuál era cuál. Dos ciudades encarnación del cubanismo con sus acentos y el poder de su seducción. El cubanismo como algo binario”.

David Rieff (Boston, Estados Unidos, 1952), es periodista, analista político y crítico cultural; ha cubierto grandes conflictos en las últimas décadas. Su libro más reciente es Contra la memoria. Es hijo de la escritora e intelectual Susan Sontag.

Noche de luz sin sombra en Reikiavik

Ida Vitale

“En un verano de mediados de los años noventa hice la única cosa rara en mi vida: un viaje a Islandia. Cuando uno tiene un sueño no siempre va a ser ir a Islandia. Se produjo por algo casual y fui con mi marido. Lo primero que recuerdo es el trayecto del aeropuerto a Reikiavik, bastante alejado, lo que permitió que viera el campo. Una tierra llana poblada de yuyiyos, esas plantitas que nacen por todos lados, y vi tréboles por doquier, un campo muy verde. En invierno la nieve lo cubre todo, nutre la tierra, y lo que deja no está mal.

En el trayecto había dos casas grandes donde paramos. Tenían una especie de jardín, plantaciones y animalitos. Yo muy curiosa me acerqué a una casa con muchas gallinas; se ve que entreabrí una puerta y todo el gallinerío se escapó. Me tuve que dedicar a devolver las aves al corral; entonces, noté que eran muy obedientes, no sé si es una particularidad de las gallinas islandesas, pero atendieron volver al corral sin mucha alharaca. Ya sabía que Islandia era un país muy ­civilizado.

Las noches tenían un cielo muy estrellado, aunque menos que el de Montevideo. Lo que me sorprendió fue la cordialidad y educación de la gente. Me sorprendió la naturaleza, el espacio. Y, claro, el sol de medianoche, su claridad. No es que se vea el sol relumbrando, es una claridad distinta porque la luz viene de un sol escondido, de un sol que recuerdo ver cómo se sumergía en el mar mientras su luz seguía. Es una luz sin sombras”.

Ida Vitale (Montevideo, 1923), ganó el Premio Miguel de Cervantes en 2018. Es poeta, narradora, traductora y ensayista. Toda su obra poética está en Poesía reunida. Entre 1973 y 1985 vivió exiliada en México a causa de la dictadura de Uruguay. Residió en Austin, Texas, EE UU, entre 1989 y 2016.

Londres, esa ventana al mundo

Colm Tóibín

“El Gobierno británico pagó mi primera salida de Dublín y visita a Londres. Un día de febrero de 1974, cuando tenía 19 años, fui a la oficina de la universidad que asesora sobre tu futuro tras acabar los estudios. El hombre que atendía me dijo que, si quería ser funcionario, había un sistema en el que podías ir a Londres y ser funcionario británico. Y añadió que podía conocer la ciudad y las oficinas y el sistema de gobierno, todo pagado por ellos. Yo era irlandés y no quería ser funcionario… Nunca había salido de mi país, ni a ­Irlanda del Norte.

Pocas semanas después viajaba en un barco desde Dublín hasta Liverpool, luego en un tren en primera clase hasta Londres. Llegué a un hotel de tres estrellas. Durante una semana fui cada día a un departamento de la Administración inglesa. A las tres de la tarde quedaba libre y nos daban dinero. Iba a museos y, especialmente, a las librerías, que eran maravillosas. Caminaba por las calles sin conocer a nadie, algo impensable en Dublín. Conocías los bares, la noche con su oferta divertida. Me impactó la ciudad. Irlanda era un país blanco, solo vivían irlandeses, pero Londres… Londres tenía restaurantes indios, paquistaníes y de diferentes países. Yo tenía 19 años, era bastante inocente, y lo que me interesaba era comprar libros e ir a museos… No, más que libros y museos, Londres era el ambiente en las calles. Todo el mundo estaba ahí”.

Colm Tóibín (Enniscorthy, Irlanda, 1955), es escritor, ensayista, crítico literario y ha sido profesor interino de universidades como las de Princeton, Stanford, Texas y Nueva York. Es autor de libros como The Master. Retrato del novelista adulto Brooklyn. Su novela más reciente es Nora Webster.

En un pueblo de Málaga

Paul Preston

“Mi primer recuerdo de España es el de un agosto en la Gran Vía de Madrid y los olores, el hecho de que todavía hubiera artesanos trabajando delante de sus tiendas. Madrid me alucinó. Fue el año 1969, más cerca, aún, de la Guerra Civil que de la democracia que iba a llegar. Viajé en aquel verano después de estudiar en Oxford y en el comienzo de un máster en la Universidad de Reading sobre la Guerra Civil española. La idea era veranear y aprender español con unos amigos y mi novia. Mis amigos ingleses me habían prevenido contra la comida española y resultó que ¡me encantaba! Esas tortillas me gustaron desde el primer bocado. Aquel verano engordé. Hubo cosas que me horrorizaron, como ver a mutilados de la Guerra Civil en las calles y ver señales de guerra.

Esa semana en Madrid hizo un calor espantoso, así es que tomamos un tren y nos fuimos a un pueblo de Málaga. El viaje fue nocturno y muy lento. No fue hasta la mañana que descubrimos ese paisaje del sur que desde entonces me ha llamado siempre la atención por sus contrastes: zonas secas pintadas por otras verdes, pequeños bosques o cultivos, como los olivares, que suben y bajan por las hondonadas, así como los pueblos de casas blancas que brillan bajo un cielo azul. Mientras mis amigos iban de copas y a la playa, yo me centraba en aprender español. Lo que más recuerdo es la amabilidad y comprensión de la gente con alguien que balbuceaba palabras. Un día, un vecino del pueblo me preguntó qué iba a hacer al día siguiente. ‘Ir a Granada’, le contesté. Me miró sorprendido y dijo: ‘Ahí no hay nada, solo cosas viejas’. Me hizo gracia”.

Paul Preston (Liverpool, Reino Unido, 1946). Es historiador y uno de los máximos expertos en la historia de España del siglo XX. Su título más reciente es Un pueblo traicionado. España de 1874 a nuestros días. Corrupción, incompetencia política y división social.

Madrid-Praga, dos ciudades unidas por un poema

Clara Janés

“El viaje que más nos tienta siempre es el que nos lleva a un lugar desconocido. Así fue mi primera visita a Praga para conocer al poeta Vladimír Holan. El país estaba bajo el dominio soviético, por lo que Holan, rebelde, estaba encerrado y no quería ver a nadie. Yo llevaba seis años sin escribir poesía, pero tras leer Una Noche con Hamlet volví a ella con entusiasmo. Tanto que busqué al traductor de Holan, Josef Forbelsky, y le mandé lo que había escrito, Amor. Él se lo hizo llegar, y recibí como respuesta un libro dedicado: ‘A Clara Janés, con amor’. Yo estaba en Barcelona y con ayuda de una amiga checa le escribí diciendo que me gustaría mucho conocerlo. Contestó que podía ir a verlo cuando quisiera y a los dos días tomé un avión. Era el 13 de junio de 1975. En aquellos años Praga era una ciudad misteriosa, oscura, y también muy bonita con sus casas de jardines preciosos. No tenía el coloreado de Walt Disney de hoy. El día que fui a ver a Holan llevé vino, rosas y poemas. Él se escondió detrás de las rosas, hizo caso al vino y solo al despedirse tomó en sus manos los poemas. Se puso a temblar y su rostro cambió de color. Me cogió las manos, las besó y me pidió que volviera. Estudié checo para poder hablar con él y a los dos años regresé, y así cada año hasta que se murió. Resulta que él me había adivinado antes de conocerme. Su poema Una noche con Ofelia, escrito mucho antes de tener noticias mías, habla de una mujer de Barcelona que viajaba a su tierra para conocer a un poeta. La historia la relaté en La voz de Ofelia.

Aquel primer verano estuve pocos días en Praga. Recuerdo el café Slavia, lugar de reunión de escritores e intelectuales, donde, precisamente, Holan tradujo a Góngora. Me sorprendieron el cementerio judío antiguo y las iglesias con sus órganos y su música. Praga era una ciudad muy seductora”.

Clara Janés (Barcelona, 1940), es poeta, traductora y miembro de la Real Academia Española. Su obra más reciente es Kamasutra para dormir a un experto. Es hija del editor Josep Janés i Olivé.

Las respuestas del monte Athos

Paolo Giordano

“En un viaje al Medievo en Athos fui en busca de mí mismo. Es el viaje más raro que he hecho, hasta ese monte situado en una península de Grecia en el Mediterráneo. Fue como estar en una ficción. Un lugar de fe pura para una persona con una relación con la religión muy difícil como yo, que he sido de todo en mi vida: un poco ateo, creyente, alguien que no sabía si creer. Un viaje para comprender cosas sobre mí. Fueron cuatro días, lo máximo que autorizan en este sitio prohibido para mujeres y lleno de monasterios. No tenía un plano del lugar. Estaba solo con mi maleta pequeña. Allí, lo que haces es moverte de un monasterio a otro y pedir hospitalidad por la noche sin ninguna seguridad de que te dejen dormir o te den comida. Fue la primera vez que partí sin seguridad de nada y solo con preguntas. Apenas hablé con algunos monjes que me recibieron en los monasterios. Cuatro días de soledad muy intensa. Los monasterios son impresionantes, antiguos y maravillosos, situados en lugares muchas veces de difícil acceso, sobre montes o sobre el mar, y cada uno es diferente del otro. Fue como viajar a la Edad Media. Era 2015 y yo tenía 33 años”.

Paolo Giordano (Turín, Italia, 1982). Con su debut en la novela, La soledad de los números primos, obtuvo en 2008 en Italia el Premio Strega y el Campiello a la mejor ópera prima. Fue un éxito global. Su novela más reciente es Conquistar el cielo.

Surcando el Nilo

Paco Roca

“En mi primer viaje seguí los pasos de Tintín. Desde pequeño siempre me ha encantado, en especial el cómic Los cigarros del faraón, que debe ser el que más he leído en la infancia. Descubrí con este personaje la aventura, y con ese álbum la curiosidad y el interés por Egipto. Cuando empecé a trabajar como ilustrador de publicidad, con el primer dinero que tuve ese mismo verano de mediados de los años noventa me fui a visitar ese país. ¡Una experiencia increíble! Ya conocía a pintores y escritores románticos que hablaban del lugar y, de repente, te encontrabas en medio de la tierra de una civilización perdida y decadente. Hice el viaje clásico por el Nilo. Me vi casi como un explorador del siglo XIX. Hice realidad un sueño y aquello me sirvió en muchas facetas profesionales a la hora de contar ambientes y de transcribir en mis dibujos esa sensación de una ­gloria perdida.

Me embarqué en Luxor, junto a Karnak, uno de los lugares más espectaculares en los que he estado. Era un barco económico. El dinero no me alcanzaba para grandes lujos, pero la experiencia fue única. Viví el primer atardecer de manera especial con ese rojo de la arena del desierto mientras navegaba. La mente se me iba a todas esas novelas de aventuras, a esos grabados de David Roberts. El viaje terminó en Abu Simbel, el cierre perfecto con ese templo y esas esculturas de Ramsés. La felicidad, muchas veces, es poder cumplir esos sueños de la infancia. De niño, leyendo Tintín, me había imaginado estar allí; fueron los días más felices de toda mi vida”.

Paco Roca (Valencia, España, 1969) es un historietista e ilustrador publicitario. En 2008 obtuvo el Premio Nacional del cómic por Arrugas. Entre sus obras destacan El invierno del dibujante, Los surcos del azar o El tesoro del cisne negro, que Alejandro Amenábar está adaptando al formato serie. En otoño publicará Regreso al Edén.

El eterno trotamundos

Cees Nooteboom

“Mi nomadismo empezó cuando tenía 17 años, en el verano de 1950. Cogí la bicicleta y le dije a mi madre que me iba: fui a Bélgica. Ese fue mi primer viaje al extranjero y, en cierta manera, ya nunca he parado. Lo que es difícil para los demás, para mí es normal. El viaje sale de la curiosidad, de ver cómo viven los otros. En Bolivia o Argentina he encontrado a jóvenes que viajan en autobús y toman un año de su vida para descubrir el mundo. Otra cosa es el turismo. Pero estos jóvenes lo hacen como yo lo he hecho. Hay que dejarse llevar. Llegar a una ciudad, ir a la terminal de autobuses, tomar cualquiera y dejarse llevar. Así habrá aventuras, cosas feas, cosas bellas, gente interesante, gente aburrida. Nunca se sabe. Así el mundo se ensancha. Y si puedes aprender el idioma antes de viajar, mucho mejor. Entonces el mundo sí que será grande y diferente.

Recuerdo las dos veces que he ido a Japón en un peregrinaje por 33 templos de los 68 que hay. Tardé dos meses. Son casi seis kilómetros entre un templo y otro. Más que viajar, es la necesidad de conocer lo que me mueve”.

Cees Nooteboom (La Haya, Holanda, 1933), obtuvo el Premio Formentor de las Letras 2020. Escritor, ensayista, traductor y poeta, entre sus obras figuran En las montañas de Holanda, Tumbas, Noticias de Berlín, Lluvia roja y Hotel nómada. En otoño publicará El león, la ciudad y el agua.

Un viaje a las estrellas

Gioconda Belli

“Mi viaje fue cósmico. Me encantan los fenómenos celestes. Estoy inscrita en un site de la NASA que me anuncia fenómenos diferentes. En 2001 anunciaron una lluvia de estrellas espectacular, las Leónidas, en mitad de noviembre, la cola de un cometa llamado Tempel-Tuttle que a su paso hacia el Sol se tornaría incandescente. Decían que no habría un fenómeno igual en 100 años y que dejaría entre 1.000 y 3.000 estrellas fugaces por hora. Yo vivía en Los Ángeles y la luz de la ciudad está contraindicada para observar el fenómeno. Hablé con una amiga que vivía a dos horas. A las cinco de la tarde me llamó y me dijo que el cielo estaba nublado. No lo podía creer. Pensé que debía de haber un lugar en California donde el cielo estuviera despejado. Corrí al computador y vi que Palm Beach era ese lugar. Viajamos con mi marido dos o tres horas. Él revisó el mapa y vio que cerca de allí estaban las montañas de San Jacinto. Tras avanzar por lo profundo de la noche y ya con las luces de la civilización que apenas se veían, encontramos una zona de camping. Era medianoche cuando estacionamos, nos bajamos y nos quedamos recostados en la puerta del coche alelados: nunca había visto un cielo con tantas estrellas. Iluminaban una noche sin luna que permitía que viéramos nuestras sombras. Luces de toda clase cayendo, dejando estelas de colores, del rojo al amarillo como trazos fosforescentes como tirados por un niño travieso de la constelación de Leo. Una fiesta de serpentinas iluminadas, un milagro cósmico. No van a pasar 100 años para volverlas a ver, sino 33 cuando, en 2034, haya otra lluvia de estrellas similar. Los que puedan no se la pierdan, vayan a una montaña o lejos de la ciudad y harán un memorable viaje a las estrellas”.

Gioconda Belli (Managua, 1948), es miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Es poeta y narradora, y fue activista del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Su novela más reciente es Las fiebres de la memoria.

África de ayer, África de hoy

Dacia Maraini

“Viajar a África era como desplazarse en el tiempo. Aferrarse a algunos de los últimos restos de historia antigua que todavía existen en el mundo. Allí podía ver con mis ojos los últimos animales salvajes, a los que hemos masacrado y que están desapareciendo. Quería decir percibir el olor de un viento que no conoce asfalto ni gasolina. Quería decir conocer a personas cándidas y crueles que seguían viviendo de sus brazos y de su tierra.

Sabemos qué han hecho los europeos en nombre de la civilización: saquearon las materias primas sin dar nada a cambio; se apropiaron de los brazos más robustos, los hicieron esclavos y los exportaron a tierras lejanas; masacraron los animales salvajes. Todo en nombre de la civilización y de una nueva religión ­monoteísta.

Para mí, visitar África, sobre todo en compañía de personas tan queridas como Alberto Moravia y Pier Paolo Pasolini, era un modo de conocer y comprender la historia, las costumbres, los pensamientos de aquellos que a sus espaldas no tienen cuentos de vencedores, sino largas tragedias de servidumbre.

Hoy África tiene otros enemigos que no vienen desde el exterior, sino desde el interior: extremistas religiosos intransigentes y violentos que, en nombre de un dios con rostro severo y vengativo, someten, humillan y asesinan a todo aquel que no piensa como ellos, y antes que a nadie a sus propios hermanos y compatriotas.

Recuerdo a mujeres robustas, grandes caminantes, libres aunque consideradas como burros de carga, que gestionaban y dirigían todos los pequeños mercados africanos. Volviendo ahora a los países del interior, me he encontrado con esos mercados en manos de extranjeros y mujeres cubiertas de negro de los pies a la cabeza, sin despegarse de las paredes. Este es el mal de África en estos días, atrapada como está en una terrible guerra civil entre los que se toman en serio las palabras escritas en el siglo V y aquellos que quieren historizar, comprender, estudiar, emanciparse en nombre de nuevas libertades y nuevos conocimientos. Está en juego el futuro de un continente colosal de donde todos venimos y del que somos hijos, pero cuya supervivencia está hoy en riesgo a causa del hambre y del odio”.

Dacia Maraini (Fiesole, Italia, 1936) es poeta, dramaturga, novelista, ensayista y guionista de cine. Su último libro en España es Isolina. La mujer descuartizada y en septiembre publicará Trío. Dos amigas, un hombre y la peste de Mesina.

(Winston Manrique Sabogal es autor de este artículo, que fue reproducido en el diario El País de España)

Un atisbo de miedo, pompa, lágrima,
despertar con el día y descubrir
que aquello por lo cual nos despertábamos
respira ya en un alba diferente. 
Joaquín Sorolla, lienzo - Emily Dickinson, poema

Karina Sainz Borgo, en su promisorio debut literario

La venezolana (Caracas, 1982) es periodista de profesión, residente en España desde el año 2006, ha cimentado su nuevo camino profesional colaborando con medios gráficos y audiovisuales de la península. Ha iniciado además carrera literaria a través de su primera novela, La hija de la española, texto que se sumerge en la situación sociopolítica que desde hace años atraviesa su país de origen.

Las huellas frescas de sus experiencias personales le han servido para nutrir su ficción, con personajes que atraviesan por la trama en su día a día de subsistencia y donde la capacidad de asombro nunca conoce límites, ya que deben estar siempre abiertos a padecer nuevas pruebas para lograr cada pequeño gran objetivo cotidiano.

La joven autora caraqueña va construyendo su historia como si de un fresco se tratara, que refiere a una realidad doliente -que si bien es literaria-, se alimenta de las inseguridades de todo tipo que se reproducen cuando los gobiernos caen en manos de personajes -vestidos con uniforme o sin él- imbuidos de un mesianismo cuasi paternal, que a ellos les gusta disfrazarlo con el mote de “revolucionario” que, a fuerza de ser honestos, es fiel reflejo de tantas tragedias que han atravesado otros países del orbe durante su historia contemporánea.

Con un estilo de escritura minimalista, es decir, compacto pero a la vez efectivo, la escritora va construyendo un relato que sobrecoge por lo directo y descarnado, en el que los acontecimientos se van sucediendo con un ritmo de narración que no da respiro alguno al lector, dando lugar a acontecimientos que en instancias y a pesar de lo duro de algunas situaciones de la trama, rozan lo esperpéntico.  

El debut le ha supuesto a Sainz Borgo pisar con muy buen pie dentro de la ficción literaria. Hecho que la ha llevado a ser reconocida con el premio francés Madame Figaro a la mejor novela extranjera, y también ser elegida en su momento por la revista Time como uno de los cien mejores libros del año 2019.

De La hija de la española el pasaje siguiente: 

“…Cuando llegamos al cementerio, ya estaba abierto el hoyo con dos fosas. Una para ella, otra para mí. Mi madre había comprado la parcela años atrás. Mirando aquel hueco de arcilla, pensé en una frase de Juan Gabriel Vásquez que leí en una de las galeradas que tuve que corregir unas semanas antes: <Uno es del lugar donde están enterrados sus muertos>. Al observar el césped rasurado alrededor de la tumba, entendí que mi único muerto me ataba a una tierra que expulsaba a los suyos con la misma fuerza que los engullía. Aquella no era una nación, era una picadora.

     Los operarios sacaron a mi madre del Ford Zephyr y la acomodaron en su tumba haciendo polea con unas correas viejas llenas de remaches. Al menos a ella no le ocurría lo de mi abuela Consuelo. Yo era muy pequeña, pero lo recuerdo aún. Fue en Ocumare. Hacía calor, uno más húmedo y salado que el de esta tarde sin mar. Yo tenía la lengua en carne viva por los cafés aguarapados y me entretenía mordisqueando las papilas abrasadas por aquel brebaje que mis tías me obligaban a beber entre un avemaría y otro. Los sepultureros del pueblo bajaban el ataúd de la abuela Consuelo con dos mecates deshilachados, parecidos a estos, pero más delgados aún. El cofre resbaló desigual y con el golpe se abrió como un pistacho. La abuela tiesa golpeó el cristal y el cortajo pasó del responso al grito. Dos jóvenes inetentaron enderezarla, cerrar la caja y seguir con el asunto, pero todo se complicó. Mis tías daban vueltas alrededor del hoyo, llevándose las manos a la cabeza y recitando a la plana mayor de la Iglesia católica. San Pedro, San Pablo, Virgen Santísima, Virgen Purísima, Reina de los Ángeles, Reina de los Patriarcas, Reina de los Profetas, Reina de los Apòstoles, Reina de los Mártires, Reina de los Confesores, Reina de las Vírgenes. Ruega por nosotros…

     Mi abuela, una mujer sin ternura a la que algún gracioso terminó por sembrarle una mata de ají picante a los pies de su tumba, murió en una cama llamando a su ocho hermanas muertas. Ocho mujeres vestidas de negro. Las vio al pie de la tela de mosquitero bajo el que se hundía impartiendo sus últimas órdenes, al menos eso me contó mi madre. Ella, en cambio, no disponía de una corte de parientes a los que mandar desde su trono, envuelta entre almohadones y escupideras. Solo me tenía a mí.

     Un sacerdote con dequeísmo recitó de memoria un misal por el alma de Adelaida Falcón, mi mamá. Los obreros dieron paladas de arcilla mezcladas con piedras y sellaron la fosa con una placa de cemento, ese entresuelo que nos separaría a ambas hasta que volviéramos a juntarnos bajo la tierra de una ciudad en la que hasta las flores depredan. Me di la vuelta. Despedí con un  gesto al sacerdote y los operarios. Uno de ellos, un moreno flaco con ojos de víbora, me sugirió que me diera prisa. En lo que iba de semana habían robado a mano armada en tres entierros. Y no querrá usted pasar ningún susto, dijo mirándome las piernas. No supe si aquello era un consejo o una amenaza.

     Subí al Ford Zephyr dándome la vuelta a cada rato. No podía dejarla allí. No podía marcharme pensando en lo poco que demoraría algún ratero en abrir la tumba de mi madre para robarle las gafas, o los zapatos o los huesos, que se cotizaban al alza en aquellos días en los que la brujería se convirtió en la religión nacional. País sin dientes que degüella gallinas. En ese instante, por primera vez en meses, lloré con el cuerpo entero, con espasmos de miedo y dolor. Lloraba por ella. Por mí. Por lo único que habíamos sido. Por aquel lugar sin ley en el que, al caer la noche, Adelaida Falcón, mi mamá, seguiría a merced de los vivos. Lloré pensando en su cuerpo, sepultado bajo una tierra que nunca nos traería paz. Cuando me senté junto al conductor no me quería morir: ya estaba muerta…”

Si has amado, si te han amado, sabrás en la vejez que ese es el verdadero y poderoso lazo que te ató a la vida, el único que merece ser recordado” ( Juan Marsé )

Aquellas caravanas del desierto que prestaban libros

En el equipaje de los caravaneros que lideraban el comercio en el Sáhara viajaban manuscritos que se dejaban en los oasis para que los pobladores locales pudieran copiarlos. Una exposición fotográfica de Miguel Lizana rescata la labor de conservación de esos textos en la ciudad mauritana de Chinguetti

Abdullah Ould Ghoulan, bibliotecario de la Biblioteca Habott de Chinguetti. Abdullah Ould Ghoulan, bibliotecario de la Biblioteca Habott de Chinguetti. Miguel Lizana (AECID)

Ellos conocen esas dunas que van por la mitad de la tapia, llegando poco a poco a la altura de la ventana, que mecen tanto como amenazan. Son otras, pero hermanas de aquellas que sepultaron la primera ciudad fundada en el siglo VIII, que perteneció al imperio almorávide y se extendía desde Castilla hasta Senegal.

Los habitantes de Chinguetti, ciudad a unos 500 kilómetros al Este de Nuakchot, la capital mauritana, conviven con las dunas silvestres en medio del Sáhara y saben que no hay manera de domesticarlas. El desierto es un arte de vivir y Chinguetti, abandonada varias veces por sus habitantes, va por la tercera fundación. Esta vez podría ser la vencida: al menos, por ahora, nadie quiere abandonar a nadie. De ahí el valor de rescatar este vínculo entre los ciudadanos actuales de Chinguetti, su entorno y sus antepasados caravaneros, a través de los libros que dejaron en herencia. De esto trata la exposición de Casa África, El corazón y el cálamo. La ciudad, los manuscritos y las familias, que integra fotografías de viaje y un reportaje audiovisual de Miguel Lizana (Zaragoza, 1970).

“He estado en varios lugares del mundo con otros ritmos, pero este es particular, también las interacciones que aquí se dan”, confiesa Lizana. El proyecto consistía en documentar este viaje, de un par de años atrás, que formaba parte del programa Patrimonio para el Desarrollo de la Cooperación Española (AECID), para visitar a aproximadamente diez familias de Chinguetti y a otras diez de Oudane, que se han formado en restauración, digitalización y conservación de antiguos manuscritos que les fueron legados por sus ancestros.

Didi Bahah en la sala de la Biblioteca Hamoni, cuya colección está conservada en archivadores que protegen los manuscritos del polvo y La luz. Tras la formación ofrecida por AECID, están comenzando a realizar cajas de conservación con cartón especial, para mejorar la protección de los manuscritos.

En Chinguetti, una de las cuatro ciudades caravaneras de Mauritania inscritas en el Patrimonio Mundial de la UNESCO, hay algunas de estas revitalizadas bibliotecas que ya están abiertas al público. Contienen tablas, antiguos textos religiosos y libros (los más antiguos datan del Medioevo) sobre astronomía, matemáticas y otras disciplinas, que se transportaban y se prestaban o se copiaban en las paradas de esas largas travesías trans-saharianas. Lejos de ser una frontera, el Sáhara fue un continuum comercial y cultural, en el que el tráfico caravanero conoció diversas épocas y trazó distintos recorridos, hasta su declive, cuando la conquista de América trastocó los términos del intercambio internacional, con el descubrimiento de nuevas materias primas o la excesiva disponibilidad de las ya conocidas, y que Europa pasó a conseguir casi gratuitamente al otro lado del Océano.

En África, aquel trasiego de dromedarios guiados por hombres velados, con similares telas a las que hoy siguen envolviendo sus rostros y sus cabezas contra el aire de sol y arena, se hacía parsimoniosamente, con paradas de largos días y noches en los oasis. Eran tiempos en que el oro se cambiaba por sal y los peregrinos traían novedades de Oriente. “Ellos llevaban aceite, tejidos, especias, y también libros que, a veces, dejaban en el palmeral para que los escribas locales o de las caravanas de otras tribus los copiaran y pudieran conservar copias en sus diminutas viviendas de adobe, al abrigo del sol. Su forma de conservar los libros tiene que ver con el modo en que viven: colocan los libros en hendiduras minúsculas, que son como estantes en la pared, y los guardan uno por uno. Es llamativo para alguien que viene de otro contexto”, explica el fotógrafo. Hoy en la ciudad cuentan con un espacio de tratamiento y reprografía, especialmente habilitado para que cada familia pueda reagrupar sus libros en posesión de sus parientes, limpiarlos de polvo y termitas, tratarlos, escanearlos y mantener los originales en sus propias bibliotecas.

Mujeres caminando por la ciudad antigua de Chinguetti, que conserva el trazado urbano característico de las ciudades caravaneras y la técnica constructiva tradicional de casas de piedra. Miguel Lizana (AECID)

Son miles de manuscritos de peregrinos y mercaderes censados hasta el momento. En algunas de aquellas antiguas paradas, la falta de tiempo obligaba a copiar el libro entre varias personas, con una técnica llamada twiza, que permitía tener un largo texto transcripto en pocos días. En la pieza documental que acompaña la muestra, uno de los protagonistas de esta epopeya bibliófila del presente, Didi Babah, reseña, además, el conjunto de utensilios valiosos que también se conservan de los tiempos en que las caravanas de camélidos dominaban las rutas del mercado en el Norte de África, entre ellos, la goma arábiga, las vainas de acacia o salaha –para los curtidos– y el unkil, que era una piedra con la que se conseguían diferentes colores para iluminar los manuscritos.

Sin duda, más allá de la pertinencia de las acciones de cooperación, son los pobladores locales más comprometidos con su herencia cultural los partícipes necesarios de este tipo de rescates. En este caso, resultaba esencial que las familias propietarias de los manuscritos árabes y andalusíes tuviesen confianza en el proyecto para poder iniciar esta nueva época de la ciudad, marcada por la misión de la conservación de la memoria escrita. Para alejar los fantasmas del éxodo y hacer espacio entre la arena de las dunas que todo lo entierran.

(El texto pertenece a Analía Iglesias y fue reproducido en el diario El País de España)

Truman Capote, la sofisticación de Tiffany’s y la fría sangre de Kansas

La colorida Nueva Orleans le vio nacer en el año 1924, y fue también la ciudad que le vio transitar por sus calles durante muchos momentos de soledad a lo largo de su adolescencia. Allí, en el profundo sur americano, tuvo sus primeras experiencias con la autoría literaria hasta constituirse en un escritor precoz, a punto que a los 17 años de edad fue contratado como colaborador por la reconocida revista The New Yorker.

Mientras el autor iba fogueándose con diferentes artículos en el género periodístico seguía con su quehacer literario, volcándose en una producción de relatos breves. Hasta que le llegó el momento de producir la que fue su primera novela: Otras voces, otros ámbitos, texto en que la trama se sumergía en el delicado tema de la homosexualidad.

Poco tiempo después publica un nuevo conjunto de relatos y uno de ellos: Shut the final door (Cierra la puerta final) recibe el Premio O. Henry y con ello, el reconocimiento a su persona. Quizás fruto de la nueva situación o de considerarlo un tiempo ya perimido, decide desvincularse por completo de la revista editada en “la gran manzana” para lanzarse a la escritura de su ficción Desayuno en Tiffany’s que encumbra al estadounidense, más aún cuando de ella se hace una acertada versión cinematográfica con la actriz Audrey Hepburn, en la cumbre de su carrera, como protagonista.

Luego retoma en parte su experiencia periodística para lanzarse a escribir en lo que con posterioridad se daría a conocer como Nuevo periodismo, por el que en ese entonces ya transitaban otros escritores como Norman Mailer o Tom Wolfe. En él se combinan elementos verídicos con otros ficticios, para desembocar en una novela documentada denominada también de No ficción. Para componerla investiga durante cinco años, acopiando datos de un suceso criminal cuyas víctimas fueron toda una familia de Kansas. Se documenta en profundidad, visita el lugar mismo de los hechos, e incluso consigue dialogar en diversos encuentros en prisión con los individuos que habían llevado a cabo los asesinatos. Indaga también por las causas que motivaron la barbarie, y con todos los elementos da a luz la descriptiva A sangre fría, novela con la que a la postre generaría escuela, que terminaría de catapultar al autor sureño hacia el reconocimiento mundial.

Pero a pesar del éxito, implicado como estaba en los hechos y como luego el mismo admitiría, la experiencia le reporta un gran desgaste psicológico que le valdrá alejarse de la autoría durante años. Mucho tiempo después publicaría algunos relatos breves pero nada cercano a la que con posterioridad se convertiría en su gran obra maestra. Hasta el momento mismo de su temprana muerte en 1984, a los 59 años de edad.

El texto siguiente da comienzo A sangre fría:

“El pueblo de Holcomb está en las elevadas llanuras trigueras del oeste de Kansas, una zona solitaria que otros habitantes de Kansas llaman «allá». A más de cien kilómetros al este de la frontera de Colorado, el campo, con sus nítidos cielos azules y su aire puro como el del desierto, tiene una atmósfera que se parece más al Lejano Oeste que al Medio Oeste. El acento local tiene un aroma de praderas, un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, sombreros de ala ancha y botas de tacones altos y punta afilada. La tierra es llana y las vistas enormemente grandes; caballos, rebaños de ganado, racimos de blancos silos que se alzan con tanta gracia como templos griegos son visibles mucho antes de que el viajero llegue hasta ellos.

   Holcomb también es visible desde lejos. No es que haya mucho que ver allí… es simplemente un conjunto de edificios sin objeto, divididos en el centro por las vías del ferrocarril de Santa Fe, una aldea azarosa limitada al sur por un trozo del río Arkansas, al norte por la carretera número 50 y al este y al oeste por praderas y campos de trigo. Después de las lluvias, o cuando se derrite la nieve, las calles sin nombre, sin árboles, sin pavimento, pasan del exceso de polvo al exceso de lodo. En un extremo del pueblo se levanta una antigua estructura de estuco en cuyo techo hay un cartel luminoso -BAILE-, pero ya nadie baila y hace varios años que el cartel no se enciende. Cerca, hay otro edificio con un cartel irrelevante, dorado, colocado sobre una ventana sucia: BANCO DE HOLCOMB. El banco quebró en 1933 y sus antiguas oficinas han sido transformadas en apartamentos. Es una de las dos «casas de apartamentos» del pueblo; la segunda es una mansión decadente, conocida como «el colegio» porque buena parte de los profesores del liceo local viven allí. Pero la mayor parte de las casas de Holcomb son de una sola planta, con una galería en el frente.

Cerca de la estación del ferrocarril, una mujer delgada que lleva una chaqueta de cuero, pantalones vaqueros y botas, preside una destartalada sucursal de correos. La estación misma, pintada de amarillo desconchado, es igualmente melancólica: El Jefe, El Superjefe y El Capitán pasan por allí todos los días, pero estos famosos expresos nunca se detienen. Ningún tren de pasajeros lo hace… sólo algún tren de mercancías. Arriba, en la carretera, hay dos gasolineras, una de las cuales es, además, una poco surtida tienda de comestibles, mientras la otra funciona también como café… el Café Hartman donde la señora Hartman, la propietaria, sirve bocadillos, café, bebidas sin alcohol y cerveza de baja graduación (Holcomb, como el resto de Kansas, es «seco»).

   Y, en realidad, eso es todo. A menos que se considere, como es debido, el Colegio Holcomb, un edificio de buen aspecto que revela un detalle que la apariencia de la comunidad, por otro lado, esconde: que los padres que envían a sus hijos a esta moderna y eficaz escuela (abarca desde jardinería hasta ingreso a la universidad y una flota de autobuses transporta a los estudiantes -unos trescientos sesenta- a distancias de hasta veinticinco kilómetros) son, en general, gente próspera. Rancheros en su mayoría, proceden de orígenes muy diferentes: alemanes, irlandeses, noruegos, mexicanos, japoneses. Crían vacas y ovejas, plantan trigo, sorgo, pienso y remolacha. La labranza es siempre un trabajo arriesgado pero al oeste de Kansas los labradores se consideran «jugadores natos», ya que cuentan con lluvias muy escasas (el promedio anual es de treinta centímetros) y terribles problemas de riego. Sin embargo, los últimos siete años no han incluido sequías. Los labradores del condado de Finney, del que forma parte Holcomb, han logrado buenas ganancias; el dinero no ha surgido sólo de sus granjas sino de la explotación del abundante gas natural, y la prosperidad se refleja en el nuevo colegio, en los confortables interiores de las granjas, en los elevados silos llenos de grano.

   Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos -en realidad pocos habitantes de Kansas- habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo -doscientos setenta- estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria… trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la escuela, a los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb… con la activa histeria de los coyotes, el chasquido seco de las plantas arrastradas por el viento, los quejidos lejanos del silbido de las locomotoras. En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido… cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientemente confiada como para no echar llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez… esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran…”