Héctor Abad Faciolince y las deudas de familia

El escritor colombiano (Medellín, 1958) ha compuesto una obra variada y extensa, donde confluyen la poesía, el ensayo, el relato breve y la novela. Aunque verdad es que sus primeros pasos con las letras y desde su adolescencia se dirigieron hacia el periodismo, disciplina que nunca abandonó en todos estos años y a la que regresa de manera cotidiana con su participación en distintas publicaciones en diarios y revistas.

Único hijo varón de una familia de seis vástagos, desde temprana edad fue absorbiendo de la fuerte presencia de un padre médico, profesor universitario y, por sobre todo, defensor de los derechos humanos. Difícil cometido este, en un país en permanente pugna de ideas entre las fuerzas componentes de la sociedad, sean estas políticas o militares, con enfrentamientos que han desangrado al país durante décadas y que a la postre le costaron la vida al jefe de familia, cuando cayó bajo las balas de un esbirro de turno.

Aun contrario a las ideas liberales que profesaba el padre del clan, el colombiano recibió educación en un instituto dependiente de la orden del Opus Dei, porque según su progenitor, era una de las instituciones más sólidas de la ciudad y donde tendría garantía de buena formación. Aprendizaje que con posterioridad, complementaría con estudios de medicina, periodismo y filosofía, para terminar su formación abordando lengua y literatura moderna en la universidad italiana de Turín.

En cuanto a sus obras de ficción, sus primeros escritos se volcaron en la poesía; de allí al periodismo -que le hizo encaminarse hacia el ensayo y también a la traducción, en particular de autores italianos: Eco, Calvino o Tommasi di Lampedusa. Hasta alcanzar el relato corto: Malos pensamientos, Traiciones de la memoria; y también la novela: Asuntos de un hidalgo disoluto; Fragmentos de amor furtivo; El olvido que seremos; El amanecer de un marido o La oculta.  

Fruto de todo este deambular por las letras cuenta con lectores por todo el mundo, que le premian siguiéndole en sus publicaciones. Además de las instituciones que le han distinguido con el Premio Casa de América Latina de Portugal, el Premio mejor Novela extranjera de China, Premio Nacional de Cuento de Colombia y el Premio Casa de América de Narrativa Innovadora.

El pasaje a continuación pertenece a El olvido que seremos; obra donde se entremezclan la realidad y la ficción. Que representa un sentido homenaje a la trayectoria de vida de su padre, a caballo con la particular historia del país cafetalero. Historia que, dirigida por el español Fernando Trueba, fue llevada a la gran pantalla.   

   “Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: ‘Para ellos, el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su importancia`. Se enfurecía con quienes querían simplemente <aplicar tratamientos> a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las <curaciones maravillosas> y las <nuevas inyecciones> que los médicos daban a su <clientela particular> que pagaba bien las consultas. Y sentía la misma revuelta interior contra quienes <sanaban> niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de muchas de sus enfermedades, que eran sociales.

   Yo no recuerdo, pero mis hermanas mayores sí, que a veces las llevaba también al Hospital San Vicente de Paúl. Maryluz, la mayor, se acuerda muy bien de una vez que la llevó al Hospital Infantil y la hizo recorrer los pabellones, visitando una tras otro a los niños enfermos. Parecía un loco, un exaltado, cuenta mi hermana, pues ante casi todos los pacientes se detenía y preguntaba: <¿Qué tiene este niño?>. Y él mismo se contestaba: <Hambre>. Y un poco más adelante: <¿Qué tiene este niño?> Lo mismo: hambre. <¿Y este otro?> Nada: hambre. ¡Todos estos niños lo único que tienen es hambre, y bastaría un huevo y un vaso de leche diarios para que no estuvieran aquí! Pero ni eso somos capaces de darles: ¡un huevo y un vaso de leche! ¡Ni eso, ni eso! ¡Es el colmo!

   Gracias a su compasión, y a esa idea fija de una higiene alcanzable con educación y obras públicas, consiguió también -mientras era estudiante-, y aunque con oposición de los ganaderos, que creían que así iban a acabar perdiendo plata, que fuera obligatorio pasteurizar debidamente la leche antes de venderla, pues en sus exámenes de laboratorio había encontrado amebas, bacilos de TBC y materias fecales en la leche que se vendía en Medellín y en los pueblos vecinos. Decía que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual, que era la única que querían practicar la mayoría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aumentar su prestigio de magos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico más sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole o los mismos antibióticos -por maravillosos que fueran- salvaban menos vidas que el agua limpia. Defendía la idea elemental -pero revolucionaría, ya que era a favor de todo el mundo y de unos pocos- de que lo primero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran acceso al agua potable. ‘La epidemiología a salvados más vidas que todas las terapéuticas`, escribió en su tesis de grado. Y muchos médicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proyectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. Era un odio profundo, y explicable tal vez, pues el gobierno siempre estaba dudando sobre cómo repartir los recursos, que eran pocos, y si se hacían acueductos no se podrían comprar aparatos sofisticados ni construir hospitales.

   Y no sólo los algunos médicos lo odiaban. En general, su manera de trabajar no era bien vista en la ciudad. Sus colegas decían que <para hacer lo que hace este ‘médico` no se necesita diploma>, pues para ellos la medicina no era otra cosa que tratar enfermos en sus consultas privadas. A los más ricos les parecía que, con su manía de la igualdad y la conciencia social, estaba organizando a los pobres para que hicieran la revolución. Cuando iba a las veredas y hablaba con los campesinos para que hicieran obras por acción comunal, les hablaba demasiado de derechos y muy poco de deberes, decían los críticos de la ciudad. ¿Cuándo se había visto que los pobres reclamaran en voz alta? Un político muy importante, Cipriano Restrepo Jaramillo, había dicho en el Club Unión -el más exclusivo de Medellín- que Abad Gómez era el marxista mejor estructurado de la ciudad, y un peligroso izquierdista al que había que cortarle las alas para que no volara. Mi papá se había formado en la escuela pragmática norteamericana (en la Universidad de Minnesota), no había leído nunca a Marx y confundía a Hegel con Engels. Por saber bien de qué lo estaban acusando, resolvió leerlos, y no todo le pareció descabellado: en parte, y poco a poco a lo largo de su vida, se convirtió en algo se convirtió en algo parecido al luchador izquierdista que lo acusaban de ser. Al final de sus días acabó diciendo que su ideología era un híbrido: cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder…”      

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