Más allá de un junco, Irene Vallejo

Sabia elección de temas, seria investigación y capacidad literaria son los elementos que, equilibradamente distribuidos, hacen de este un texto atrapante y ameno

(La Biblioteca – Cátedra Historia y Patrimonio Naval)

Con una formación escolástica en filología clásica, la escritora aragonesa (Zaragoza, 1979) alcanza su trascendencia literaria a través de la interpretación de hechos históricos. Aunque mucho antes de ello ya había transitado los caminos de la ficción de la mano de la literatura infantil, con títulos como La leyenda de las mareas mansas o El inventor de viajes, y también con novelas para adultos: La luz sepultada y El silbido del arquero. Además de hacer frecuentes incursiones en el periodismo con artículos en los diarios el Heraldo de Aragón o El País, donde como no, es el mundo antiguo el que acapara la mayoría de sus textos.

Aunque alcanza la trascendencia al gran público lector a través de El infinito en un junco, texto por el que se hace merecedora de varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Ensayo. En él y desde el mismo origen de los tiempos relata las primeras inscripciones del hombre antiguo en tablas de arcilla, hasta dar el gran salto con el lienzo obtenido del cáñamo ya como soporte donde asentar el conocimiento, luego serán ya los primeros pergaminos hasta llegar al libro en un formato cercano al actual.

Con un mecanismo de redacción sencillo pero a la vez efectivo, la autora en su hacer llega a exceder la mera crónica del hecho histórico en sí. A veces mediante un análisis en otras con una introspección que nos acerca al suceso hasta alcanzar nuestra realidad, para jugar con cierto subtexto como si de una ficción se tratase. Porque en su profunda convicción “toda biblioteca es un viaje; y todo libro un pasaporte sin caducidad”.    

Así, a caballo de un estilo entretenido, va desgranando aquellos descubrimientos que hicieron posible la persistencia de la sabiduría oral. Siempre con la constante que pareciera es el concepto esencial que da sentido a todo su trabajo: la pasión del que acopia el saber en textos se equipara a la avidez de quien aprende con los viajes de descubrimiento. Es decir, aquel que alcanza a conocer la historia, tiene en sus manos la capacidad de poder construir el futuro.

De El infinito en un junco el siguiente capítulo sobre la Alejandría helénica, aunque también la árabe y la judía, pero bajo pabellón egipcio. Para componer en un mismo fresco una amalgama que une historia, literatura y a aquellos personajes que la supieron transitar, amar y disfrutar, a la que por su pujanza fuera considerada como un verdadero faro en el Mediterráneo:

“La leyenda de Alejandría no dejó de crecer. Dos siglos después de que se escribiera el diálogo de Gílide y la chica tentada, Alejandría fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio.

   Roma, que para ese entonces se había convertido en el centro del mayor imperio mediterráneo, era todavía un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas cuando Marco Antonio desembarcó por primera vez en Alejandría. De pronto, se vio transportado a una ciudad embriagadora cuyos palacios, templos, amplias avenidas y monumentos irradiaban grandeza. Los romanos se sentían seguros de su poder militar y dueños del futuro, pero no podían competir con la seducción de un pasado dorado y del lujo decadente. Con una mezcla de excitación, orgullo y cálculos tácticos, el poderoso general y la última reina de Egipto construyeron una alianza política y sexual que escandalizó a los romanos tradicionales. Para mayor provocación, se decía que Marco Antonio iba a trasladar la capital del imperio de Roma a Alejandría. Si la pareja hubiera ganado la guerra por el control del Imperio romano, hoy tal vez los turistas acudiríamos en manadas a Egipto para fotografiarnos en la Ciudad Eterna, con su Coliseo y sus foros.

   Al igual que su ciudad, Cleopatra encarna esa peculiar fusión de cultura y sensualidad alejandrina. Dice Plutarco que en realidad Cleopatra no era una gran belleza. La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba atractivo, inteligencia y labia. El timbre de su voz poseía tal dulzura que dejaba clavado un aguijón en todo aquel que la escuchara. Y su lengua, continúa el historiador, se acomodaba al idioma que quisiese como un instrumento musical de muchas cuerdas. Era capaz de hablar sin intérpretes con  etíopes, hebreos, árabes, sirios, medios y partos. Astuta, bien informada, ganó varios asaltos en el combate por el poder dentro y fuera del país, aunque perdió la batalla decisiva. Su problema es que solo han hablado de ella desde el bando enemigo.

   También en esta historia tempestuosa juegan un papel importante los libros. Cuando Marco Antonio se creía a punto de gobernar el mundo, quiso deslumbrar a Cleopatra con un gran regalo. Sabía que el oro, las joyas o los banquetes no conseguirían encender una luz de asombro en los ojos de su amante, porque se había acostumbrado a derrocharlos a diario. Cierta vez, durante una madrugada alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un regalo que Cleopatra no podía desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones.

   Dos escritores muertos durante el siglo XX se han convertido en nuestros guías por los entresijos de la ciudad, añadiendo capas de pátina al mito de Alejandría. Constantino Cavafis era un oscuro funcionario de origen griego que trabajó, sin ascender nunca, para la administración británica de Egipto, en la sección de Riesgos del Ministerio de Obras Públicas. Por las noches se sumergía en un mundo de placeres, gentes cosmopolitas y mala vida internacional. Conocía como la palma de su mano el dédalo de burdeles alejandrinos, único refugio para la homosexualidad <prohibida y severamente despreciada por todos>, como él mismo escribió. Cavafis era un lector apasionado de los clásicos y poeta casi en secreto.

En sus poemas hoy más conocidos reviven los personajes reales y ficticios que Ítaca, Troya, Atenas o Bizancio. En apariencia más personales, otros poemas escarban, entre la ironía y el desgarro, en su propia experiencia de madurez: la nostalgia de su juventud, el aprendizaje del placer o la angustia por el paso del tiempo. La diferenciación temática es en realidad artificial. El pasado leído e imaginado emocionaba a Cavafis tanto como sus recuerdos. Cuando merodeaba por Alejandría, veía la ciudad ausente latir bajo la ciudad real. Aunque la Gran Biblioteca había desaparecido, sus ecos, susurros y bisbiseos seguía vibrando en la atmósfera. Para Cavafis, aquella gran comunidad de fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y atormentados, los vivos. 

   Los personajes de ‘”El cuarteto de Alejandría`, Justine, Darley y sobre todo Balthazar, que dice haberlo conocido, recuerdan constantemente a Cavafis, <el viejo poeta de la ciudad>. A su vez, las cuatro novelas de Lawrence Durrell, uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su país, amplían la resonancia erótica y literaria del mito alejandrino. Durrell conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Egipto estaba ocupado por tropas británicas y era un nido de espionaje, conspiraciones y, como siempre, placeres. Nadie ha descrito con más precisión los colores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis, que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la prisión…”

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