Libros que son alimento mental

(Pixabay)

Recuerdo que años atrás, en una Feria Internacional del Libro llevada a cabo en Guadalajara, le preguntaron al político y ex presidente de México, Enrique Peña Nieto, cuáles habían sido los tres libros que marcaron su vida. Y más que tres libros que marcaron su vida, lo que lo marcó de por vida fue la respuesta que dio, pues no supo decir con precisión ninguno. Ya vemos, los libros siempre marcan.

El mundo del libro es de una profundidad difícil de igualar. Al ser obra del espíritu, habla sobre el espíritu y lo refleja. Un libro, de algún modo, es parte de un espíritu atrapado en el tiempo. De ahí la importancia que reviste su contenido, pues según como sea éste último, continuará haciendo bien o mal, en tanto y en cuanto aún existan las hojas que lo sostienen y permiten sea conocido.

Lo vertiginoso de los tiempos que nos tocan vivir, esa velocidad de vida casi asfixiante que imponen las ciudades, trae también aparejado que la visita al libro sea cosa muy rara o directamente nula. El alimento mental llamado lectura debería ser algo diario. Tal alimento, haciéndose hábito, calibra la mente para diálogos cada vez más constructivos e interesantes.

Lo de «diario» puede significar no solo la cotidianidad con la que se lee, sino a su vez el tomar a esa lectura como una suerte de matutino que bien puede compartirse, diferenciándose eso de la lectura de los periódicos comunes o revistas, en que el contenido de estos últimos suele ser pasajero, superficial y meramente informativo, en cambio el de aquél conlleva perdurabilidad, profundidad y es formativo. Como se ve, el recurso es de suma utilidad, a lo que agrego, aunque a alguno le parezca perogrullo, que siempre la lectura es una buena aliada en esos momentos en que parece no haber tema de conversación.

El libro es como un cofre. Puede que contenga en su interior una gran riqueza espiritual. Una vez poseída no se pierde ni está sujeta a robos; se disfruta sin que sufra desgastes, y si se la comparte enriquece a otro sin que uno mismo pierda la riqueza poseída. Solo los tesoros espirituales son verdaderamente invaluables.

<Texto de Tomás I. González Pondal, publicado en el diario La Prensa de Argentina>

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