Laetitia Colombani, el vuelo de los sueños

Quien se sumerja en la biografía de la autora francesa (Burdeos, 1976), tendrá la impresión que las situaciones en su vida se fueron produciendo como una lógica sucesión de eventos. En primer lugar, se dio a conocer en su rol de actriz con la aparición en una docena de películas (La mujer de los chocolates; La madre; La psicoanalista de gatos), luego decidió ponerse detrás de las cámaras para desempeñarse como directora en otros tantos filmes: Una flor para María; Algunas palabras de amor o La directora de cásting. Así que fue una lógica casi matemática que se decidiera a escribir sus propias historias, para depurarlas luego como guionista para llevarlas nuevamente a la pantalla.  

Bien es cierto que su nombre se dio a conocer en su país natal, y que luego haya traspasado fronteras a través de su primera y exitosa novela, La trenza. Texto que alcanzó la nada fácil cifra de dos millones de ejemplares vendidos, que la llevó a ser traducida en más de cuarenta idiomas, y que tuvo su realización cinematográfica.

La repercusión alcanzada la llevó a su segunda obra de ficción, Las vencedoras, y después a una tercera, El vuelo de la cometa. Donde sitúa la trama en una sociedad de inmensos contrastes como la india en la que, sosteniendo el título honorífico de ser el país más poblado de la Tierra con sus más de mil doscientos millones de habitantes, vive enredada en su propia telaraña, atrapada férreamente por unas tradiciones milenarias que la condicionan y le impiden progresar en conjunto como civilización. 

En otro orden, son muchas las oportunidades en que se hace mención de que el escritor es prisionero de las sempiternas ideas que le llevan a escribir una y otra vez la misma historia. Si en el caso de la Colombani se siguiera al pie de la letra este enunciado, sus obras literarias se alimentarían de temas como la inequidad, la carencia de justicia, la discriminación, y la lucha del ser humano para sobreponerse en su ámbito a todos estos impedimentos. Sugiriendo siempre como bandera el concepto de la solidaridad para avanzar con los demás, dicho de otra manera, como indispensable punto de esperanza para prosperar como individuos.   

De El vuelo de la cometa, el pasaje a continuación. Ficción en que la autora, con una escritura despojada de todo artificio, hilvana una historia entrañable y cargada de intensidad. En la que relata el encuentro fortuito y la lucha de tres mujeres de distinto origen, edad y condición:   

                                                                          Mahabalipuram, Tamil Nadu, India

La escuela acaba de abrir sus puertas. En el aula, Léna contempla con el corazón palpitante a los niños sentados ante ella. Está tan conmocionada como el día que entró por primera vez en un instituto como profesora, poco después de cumplir los veintidós. Aquí el alumnado es muy distinto y el escenario también. Los niños tienen entre seis y doce años: un solo grupo, ese primer año. El suelo está cubierto de alfombras nuevas. Las paredes recién pintadas están a la espera de los mapas y carteles con letras y símbolos matemáticos que los profesores sin duda colgarán. Por el momento, el único adorno es el colorido mandala pintado al fondo del aula. La pared de delante está presidida por una pizarra impoluta. Entre los escolares se encuentra Lalita. Con sus ojos negros y sus trenzas, está muy guapa con el uniforme nuevo, del que parece sentirse muy orgullosa. Como sus compañeros, no aparta la mirada de Léna, que se presenta a los alumnos: es la directora y la profesora de inglés. A continuación, toma la palabra Kumar: será su profesor a lo largo de todo el curso. Por último, habla Preeti, a quien la mayoría ya conoce. Se encargará de impartir de impartir educación física y un poco de defensa personal.

   Los alumnos los miran sin hacer el menor ruido. La mayoría parecen asustados, y se diría que Sedhu, el más pequeño, está absolutamente aterrorizado, Se ha sentado cerca de la puerta y se echa a temblar cuando Léna hace el ademán de cerrarla. Como si temiera que una amenaza invisible pudiera arrojarse sobre él y necesitara estar preparado para huir en cualquier momento. Comprensiva, Léna deja la puerta abierta, al menos por ese día. Ninguno de aquellos niños ha ido nunca a la escuela. Ignora qué habrán oído o qué les habrán contado. Sabe que en la India los maestros suelen pegar a sus alumnos, sobre todo si son de baja extracción social. Para tranquilizarlos, les dice que allí nadie los golpeará jamás. Los niños la escuchan entre asombrados e incrédulos.

   Al día siguiente, se repite la misma situación. No hay manera de cerrar la puerta sin que a Sedhu le entre el pánico. Al cabo de unos días, Léna reúne a las familias en el patio, bajo el baniano. Les dice que algunos niños están aterrorizados y que así no se puede trabajar. Deben hacerles comprender que en la escuela nadie los maltratará. En el grupo, todos parecen sorprendidos. La madre de Sedhu, una chica de apenas veinte años que ya tiene cuatro hijos pequeños, toma la palabra para protestar: Léna sólo conseguirá que la hagan caso a golpes, asegura.

   -¡Tienes que pegarles!- insiste.

   Más que permiso, le da su bendición para golpear a Sedhu. Los demás asienten y abundan en la misma opinión. Léna pide silencio y continúa hablando con voz tranquila: en su país no se pega a los alumnos. Hay otras maneras de enseñar. Ella, en veinte años de carrera, no le ha puesto la mano encima a nadie, y no piensa empezar a hacerlo ahora. Mostrando su escepticismo, la madre de Sedhu resopla ruidosamente y reúne con un mismo gesto a sus cabras y a sus hijos, desperdigados por el patio.

   -Haz lo que quieras -concluye alejándose-. Pero así no conseguirás nada.

   Léna se queda atónica. No puede culpar a aquellos padres, herederos de una educación basada en el miedo y en los golpes. Para pegarle a un niño basta un segundo; para conseguir su confianza, se tarda mucho más. Sabe que tendrá que armarse de paciencia si quiere ganarse al pequeño y a sus compañeros, si quiere crear una relación basada en el respeto y la reciprocidad. La puerta del aula seguirá abierta el tiempo que haga falta. No importa si de vez en cuando entra un perro callejero para mendigar comida. Un día, en mitad de la clase de inglés, Sedhu se levantará por iniciativa propia y la cerrará. Ella no dirá nada, no hará ningún comentario, pero sabrá que ha obtenido una victoria, que ahora sus alumnos comprenden que a su lado están seguros. Esa puerta cerrada será la prueba de que le han concedido su confianza, la confirmación de que la escuela les ofrece algo más que educación: un oasis de calma y de paz, lejos de la dureza del mundo.

   Convencer a los padres costará más. Erradicar costumbres tan arraigadas no es fácil. Léna se empleará a fondo día tras día, con perseverancia y voluntad. Cada golpe evitado es un paso adelante, se dice. Un pasito de nada, pero esencial…”

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