
(Semanario Brecha)
Ante todo y puestos a sopesar, más de una de las experiencias de vida por las que transitó la escritora uruguaya (Montevideo, 1923), daría sustento para una larga novela. Aunque lo suyo dentro del ámbito de las letras se enmarca más en géneros como la poesía, la prosa, el ensayo, la crítica y la traducción literaria. Escritos que, en su larga y exitosa relación con la ficción y la no ficción, le llevaron a recibir distintos reconocimientos y galardones: Premio Alas, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances y, finalmente, el Premio Miguel de Cervantes.
Proveniente de una familia de alto nivel cultural, por lo que no fue de extrañar que la autora tomara la determinación de inclinarse por el estudio en el campo de las humanidades. Luego, una vez graduada, se entregó a la enseñanza, y también a escribir para distintos medios, como el diario Época, el semanario Marca, o las revistas como Clinamen o Mardoror.
Eran momentos en que la mayoría de países de Latinoamérica se encontraban bajo el mando de gobiernos militares, y Uruguay no escapaba a esa tendencia general. Fruto de ello y al oscurantismo al que se vio sumido el país del Plata, hizo que muchos intelectuales y librepensadores de toda clase y condición vieran en el exilio una puerta de escape: “El último que se vaya que apague la luz”, decía una pintada en los muros del aeropuerto capitalino de Carrasco. México fue el lugar elegido por la autora y su esposo, país donde permanecerían diez años.
Luego de esa experiencia y tras un breve retorno a su ciudad natal, se decidió por una nueva emigración, esta vez sería hacia la estadounidense ciudad de Austin, en el sureño estado de Texas. Ciudad que la vio residir durante largas tres décadas y en la que realizó una parte importante de su producción literaria. Al respecto, algunos de los títulos a destacar en su poesía los encontramos en los compendios La luz de la memoria o en su Poesía reunida. Mientras que en cuanto a prosa son de mencionar sus textos Léxico de afinidades, De plantas y animales, Donde vuela el camaleón o Shakespeare Palace, por nombrar unos pocos.
Ida Vitale en conjunto con otros tantos autores iluminaron las letras de una manera destacada. Los que, por la importancia y el aporte que hicieron a la cultura, fueron agrupados bajo la denominación de la Generación del 45. Personajes de la importancia de Zenobia Camprubí, Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño, Emir Rodríguez Monegal o Mario Benedetti, nombres que aún hoy mantienen una vigencia incontestable.
De Donde vuela el camaleón los textos a continuación, en los que navega de manera libre por la riqueza del idioma. Trazados con una prosa por momentos descriptiva y a veces onírica, los suyos son escritos que no pierden vigencia alguna cuando gozan de completa atemporalidad:
Los juegos de la ira
Primero todos intercambiaban con él el pan y la sal. Después manifestaron, torvos, que él había dejado de merecer el pan. Que quizás nunca lo había merecido. Y se lo suprimieron. Él esperaba, sometido a la lógica, que le fuera retirada la sal, ahora inútil. Pero un día vinieron, uno tras otro, minuciosos y acordados, lo estaquearon y desgarraron parte de su piel. Luego extendieron sobre las heridas toda la sal a la que tenía derecho, retirándose con la perversa seguridad de que no le sería posible acusarlos de ese pecado tan denostado, la avaricia.
Una nube oscura
Es posible imaginar una nube oscura cuya estratificada o cumulosa sustancia, al abultar un día, oscura, sobre el horizonte de una ciudad, llegue a cambiar el destino de alguna criatura, al menos, de las que en ella viven.
La ciudad podría a ser de esas -todavía las hay- con la bendita cualidad de gozar de un cielo limpio, ya porque la pobreza de sus habitantes no dispone de esos beneficios de la civilización que tanto ayudan a vivir a algunos como a morir a muchos, ya porque en régimen de vientos oportunos limpie velozmente los estragos del hombre en el aire.
En ese caso, la sombra inesperada y la opresión que baja desde el gris que se asienta donde no se lo espera, al caer sobre deprimidos o violentos, los puede precipitar a la torpeza de un gesto sin retorno.
Atento a la luz que acompaña a su espíritu, quizás algún raro dichoso note el cambio. Solo los que están en paz con ellos mismos destinan un poco de esa paz a percibir signos exteriores, a rastrear posibles bellezas, aunque oscuras.
Otros, los limitados otros, no se enterarán de los poderes que de la forma y el color de esa nube emanan. Viven sin mirar nunca hacia el cielo, acostumbrados a no esperar que desde la altura, algo modifique sus desdichas, ni siquiera por un momentáneo olvido de ellas.
Pero esa nube bien podría influir de modo muy decisivo sobre alguien, por no tratarse de una nube corriente, nacida de normales evaporaciones del agua de ríos, de lagos o de mares, sino originada en un excepcional flujo de lágrimas. Aunque no de modo muy público, hay siempre una profusa producción de lágrimas. No todas son de la misma calidad, como es natural. Algunas vienen de un dolor legítimo, por la muerte de un ser querido o por sus tribulaciones, por catástrofes reales compartidas con generosidad y aun por esa indignación honesta y tumultuosa que sale al paso en vano del mal que se ha vestido de Caperucita Roja. Producen una evaporación más fina y nubes más exquisitas y comprensivas. Absorben desde arriba ciertos duelos, incluso desfilan y distribuyen, vertiéndolos allí donde son necesarios, donde hay almas áridas que requieren aunque sea una leve pulverización humectante. También existen llantos un poco grotescos, los de la vanidad herida, por ejemplo, pero si hay escasez todo se aprovecha.
Pobre de aquel territorio donde la nube oscura no vigila el equilibrio humoral. Las almas yermas se adensan, cobran peso y, aunque casi rocosas, adquieren el poder expansivo, la condición sabida de la bola de nieve. Todo a su alrededor se vuelve declive y pueden devastar la planicie afectada.
Zoofilia
La señora que ama mucho a los animales vive en una casa carente del encanto de animal alguno. Cada vez que se siente próxima a sucumbir ante la gracia de una víbora, cada vez que piensa en la utilidad innegable de tener un paquidermo incipiente en el jardín, no puede menos que imaginar la segura envidia de sus vecinos y sus desagradables consecuencias. También se representa de manera vívida las modificaciones a que debería someter su vida para recibir el animal de sus afectos.
Es posible que su afición provenga de lecturas mitológicas, hechas con exceso de gravedad e inocencia, sobre el inagotable tema de las metamorfosis abusivas de Zeus, cuyo ardoroso zumo perseguía por la sediente geografía griega los cuerpos juveniles donde poder multiplicar la especie en peligro de extinción de los semidioses.
De todos modos, ella no logra olvidar la facilidad con que cambian de amos algunas especies, célebres por su lealtad a los hombres. Y como en un tiempo se vio forzada a cegar a la lechuza, por haber querido sorprender en ella una mirada desconforme, un rastreo selectivo a izquierda y derecha, una búsqueda evidente de nueva independencia. Y también cómo, muy a su pesar, debió obstruir las narices de un cusco hambriento, arrastrado a diario por el olfato hacia casas desde donde salían las avanzadillas de olores afectuosos. Sobre todo le duele la memoria de su adorada Capitú que, Casandra gatuna quizás, desapareció sigilosa una noche sin dedicar ni siquiera un miau a sus llamadas y a la que descubrió días después tras la ventana de una sala, desde cuya calidez la ignoró con patente descaro.
Luego de tantas traiciones sucesivas, la señora vive rodeada de trampas antirroedores, de insecticidas y de telas que espantan a los gorriones con la ayuda del viento. Eso sí, a medida que se priva, crece su nostalgia por lo ejemplares maravillosos en donde se multiplicó la fantasía de la Creación. Vuelve a representarse cambios bienaventurados en revoloteo sobre su vida áptera. Ya no le bastan las criaturas que están al alcance de todos o con las que cualquiera podría intimar en los zoológicos e imagina exclusividades imposibles. En su delirio se convence de que no le sería tan difícil viajar a Australia. Por más que le insisten en que está por completo extinto, aunque el Victoria and Albert Museum exhiba embalsamado un grande y tristísimo ejemplar, alegato contra una indefendible ineptitud del hombre como guardián del mundo, ella está segura de que en aquel continente semidesértico, semiboscoso y que el interés posesivo de su habitantes no logra someter del todo, sobrevive en algún recoveco y la espera, blando y necesitado de protección, el dodo.