Escribe de lo que sabes o al menos de aquello que conoces; norma no escrita aunque respetada y seguida por muchos autores de prestigio. A esta regla se ha ceñido el autor estadounidense (Johnson City, Nueva York, 1956) para componer la mayoría de sus relatos, plenos de comicidad e ironía, donde se ven reflejados los hechos y las particulares relaciones que se dieron con cada uno de los componentes de su familia de origen.
Lejos quedan ya los momentos en que leía sus textos a pequeños auditorios, momentos en los que fue descubierto y tentado a participar en emisiones de radiofonía. Poco hubo de transcurrir para que fuera contratado por una editorial, y de allí para que sus escritos pudieran trascender al público con renovado éxito en un soporte de papel. Aun así, admite que sigue siendo amante del contacto directo, por lo que no deja de hacer giras para disfrutar del trato más íntimo y cercano con el público.
Desde hace unos años residente en Sussex, Inglaterra, la disfuncionalidad de su familia compuesta por cinco hermanos, sumada a la complicada relación personal con sus padres, fue un aliciente para que tomara distancia de ellos y también para hacer de él un viajero persistente por muchos estados de su país natal. Hecho que le permitió acopiar distintas experiencias de vida, casi siempre embarcado en ocupaciones de poca trascendencia. Hasta que le llegó la oportunidad de recalar en el Instituto de Arte de Chicago que, en cierta manera, le permitió canalizar ‘eso´ que le hacía mantenerse movilizado y en incesante búsqueda.
Luego su evolución fue constante, variable y catártica. Hoy sus principales trabajos en el ámbito literario llevan títulos como Holiday on ice; The talk pretty one day; Vestido de domingo; Cuando te envuelvan las llamas o Calypso. A los que hay que sumar otros en el género del ensayo y también en textos teatrales. Obras por las que ha alzado con el Premio de Sátira y Humor de los Estados Unidos, y ha sido galardonado también con la Medalla Americana de la Academia de las Artes. Además, de ser premiado como humorista del año por la revista Time.
De su publicación Vestido de domingo, el texto correspondiente a Hégira, donde saca provecho de hechos que, a pesar de su comicidad, no dejan de tener una variable reflexiva:
“No fue algo que tuviera planeado, pero a los veintidós años, después de abandonar a medias mi segunda carrera y cruzar el país varias veces, me encontré de vuelta en Raleigh, viviendo en el sótano de casa de mis padres. Tras pasar seis meses despertándome al mediodía, colocándome y escuchando el mismo disco de Joni Mitchell una y otra vez, mi padre me hizo ir a su estudio y me dijo que me largara. Estaba sentado, con el aire formal, en una gran y cómoda silla que tenía detrás de su mesa de despacho y me sentí como si estuviera despidiéndome del empleo de ser su hijo.
La verdad es que me lo esperaba y, para ser sincero, no me molestó mucho. Tal y como lo veía, ser echado de casa era justamente lo que necesitaba si quería volver a valerme por mí mismo.
-Bueno-dije-. Me iré. Pero algún día lo lamentarás.
No tenía ni idea lo que quería decir con esto, pero me pareció que era la clase de cosa que alguien debe decir cuando es expulsado del hogar.
Mi hermana Lisa tenía un apartamento cerca de la universidad y dijo que podía instalarme allí, siempre y cuando prescindiera del disco de Joni Mitchell. Mi madre se ofreció a llevarme y, después de un poco de fumeteo con mi narguile, acepté. Era un trayecto de quince minutos al otro lado de la ciudad, y por el camino escuchamos la retransmisión repetida de un show radiofónico en el que la gente llamaba al presentador para describir las distintas variedades de pájaros que se apostaban en los comederos de los patios. Normalmente emitían ese programa por la mañana y era raro oírlo por la noche. Los pájaros en cuestión debían de haberse acostado hacía horas y probablemente no tenían la menor idea de que seguían siendo tema de conversación. Me lo tragué, preguntándome si alguien allá en mi casa estaría hablando de mí. Hasta donde yo sé, nadie había intentado nunca imitar mi voz o describir la forma de mi cabeza, y resultaba deprimente pasar tan desapercibido cuando había tanta gente dispuesta a disertar durante horas sobre un gorrión.
Mi madre se detuvo frente al edificio donde vivía mi hermana, y cuando abrí la puerta rompió a llorar, algo que me preocupó, ya que no solía hacer este tipo de cosas. No se trataba de ese rollo de <Te voy a echar de menos>, sino de algo más triste y más desesperado. No lo supe hasta meses más tarde, pero mi padre no me había echado de mi casa por ser un vago sino porque era gay. Se suponía que nuestra breve charla iba a ser uno de esos momentos que determinan la vida adulta de una persona, pero la palabra más importante del discurso lo ponía tan incómodo que la había obviado por completo, limitándose a decir: <Creo que ambos sabemos por qué lo hago>. Supongo que podría haberlo obligado a definirse, pero no vi la razón. <¿Es porque soy un fracasado? ¿Un drogadicto? ¿Una esponja? Vamos, papá, dame solo una buena razón>.
¿Quién querría decir eso?
Mi madre asumió que yo sabía la verdad y eso la destrozó. Ahí se produjo otro de esos momentos definitivos, y de nuevo volví a perdérmelo. Lloró hasta que pareció que se ahogaba.
-Lo siento -decía-. Lo siento, lo siento, lo siento.
Imaginé que en unas cuantas semanas yo tendría un trabajo y algún apartamento diminuto y asqueroso. No me parecía tan difícil, pero las lágrimas de mi madre despertaron en mí el temor de que conseguir esas cosas fuera algo más duro de lo que pensaba. ¿En serio creía que yo era un desastre tan absoluto?
-Estoy bien -dije-. De verdad.
La luz del coche estaba encendida y me pregunté qué pensarían los conductores que pasaban al ver sollozar a mi madre. ¿Qué clase de gente creerían que éramos? ¿Acaso pensarían que era una de esas mamás lloronas que se desmoronaban en cuanto alguien volcaba una taza de café? ¿Asumirían que algún comentario mío la había herido? ¿Nos verían solo como a otra madre llorona y su hijo, colocado y gay, sentados en un coche y escuchando un programa de radio sobre pájaros, o imaginarían, solo por un instante, que éramos especiales..?”
