
Su nombre fue uno de los que resonaron en más de una oportunidad en las previas para alzarse con el premio Nobel de literatura. Más aún, cuando algunos colegas le mostraron su simpatía mientras que otros le avalaron públicamente, exaltando las habilidades expuestas en la amplia obra del recientemente fallecido narrador español (Madrid, 1951 – Madrid, 2022).
Hijo del reconocido filósofo Julián Marías, vivió parte de la infancia con su familia en los Estados Unidos. Allí su padre, represaliado por el gobierno franquista, terminó dando clases en distintas universidades del país anglosajón. Con posterioridad, el autor en seguiría en cierta manera los pasos de su progenitor, graduándose en Filosofía y Letras primero, para desempañarse luego como traductor y editor.
Sus primeras historias en el género de la novela tuvieron por títulos Travesía del horizonte, El monarca del tiempo y El hombre sentimental; hasta la publicación de Corazón tan blanco, obra a medio camino entre el ensayo y la ficción, texto de excelente repercusión entre la crítica y el público, que hicieron catapultar su nombre, quienes destacaron su particular estilo, priorizándolo incluso por sobre la construcción de las tramas. Seguirían después títulos como Mañana en la batalla piensa en mí, Tu rostro mañana o Los enamoramientos, por la que lograría un nuevo gran suceso editorial. Otras ficciones posteriores fueron Así empezó lo malo o Tomás Nevinson. Escribió además relatos breves, ensayos, guiones cinematográficos (donde se reservó pequeñas participaciones), y escribió incontables artículos periodísticos.
Supo ocupar también el rol de buen polemista, enzarzándose en batallas dialécticas con editores, congéneres y otros tantos personajes con los que llegó a veces hasta las instancias judiciales, con suerte dispar en cuanto a fallos se refiere. Su vasta trayectoria hizo además que cosechara innumerables distinciones: premios Rómulo Gallegos y José Donoso, el Prix Femina Étranger, el Premio Formentor de las Letras y el Nacional de Narrativa, siendo nombrado miembro académico de la real Academia Española de las Letras.
Para apreciar su estilo narrativo el siguiente pasaje extraído de la novela Corazón tan blanco:
“Sentí que tenía prisa no sólo por tranquilizar a Luisa y estirarle la sábanas y paliar en lo posible los efectos de su enfermedad efímera, sino también porque no me hiciera más preguntas y se durmiera de nuevo, pues no había tiempo para hacerla participar de mi curiosidad ni ella estaba en condiciones de interesarse por nada externo a su cuerpo, y mientras cruzábamos algunas palabras y yo iba al cuarto de baño a mojar el pico de una toalla y le daba de beber y le acariciaba el mentón que me gustaba mucho, los pequeños ruidos que yo mismo iba haciendo y nuestras propias frases cortas y discontinuas me impedían prestar atención y aguzar el oído en busca de la individualización del murmullo contiguo, que tenía prisa por descifrar.
Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición, como cuando uno oye una cinta o ve un vídeo y puede retroceder, sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído, porque luego no hay forma de recuperarlo. El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, no lo mismo ni con el mismo espíritu; y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará el momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado, y haber descolgado el teléfono como no haberlo hecho, y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de qué ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras (aunque sea el tiempo de la anotación); y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte (aunque tampoco los cometeremos ni las causaremos), porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba de asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es sólo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder a una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. A veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada y nadie es nadie que fuera antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que tomamos y asimos, lo que experimentamos idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos toda nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto es que nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada…”