Tinta invisible: las mujeres que tuvieron que esconder sus relatos tras un hombre

La Editorial Espinas recupera las obras escritas por féminas que en su época fueron silenciadas o tuvieron que escribir bajo el pseudónimo de una figura masculina

(Mujeres y escritoras)

La historia la escriben los vencedores y esto supuso que el relato siempre estuviese monopolizado por los hombres. Nunca se conocerán los nombres de todas aquellas mujeres que tuvieron que esconderse bajo un pseudónimo para poder publicar sus obras. «Ellas escribían con tal compromiso y valentía que lo único que les importaba era el mensaje: esto es lo que quiero dejar y trasmitir, no me importa que se vea mi nombre«, asegura Alicia de la Fuente, fundadora y editora de la Editorial Espinás.

De la Fuente estudió filología y en sus años de universidad se dio cuenta que acceder a libros escritos por mujeres era una labor casi imposible. Siempre acababa optando por obras de coleccionistas o de segunda mano porque la gran mayoría estaban descatalogadas. Ahora, su proyecto editorial unipersonal nace con la idea de rescatar a todas estas literatas que en su tiempo no tuvieron voz que sí tenían sus compañeros masculinos. «Sí había autoras, solo teníamos que buscarlas», reivindica.

Ellas no estaban solas, sino que luchaban contra una sociedad estrictamente patriarcal acompañadas de sus discursos, férreos y combativos. Matilde Cherner inició, hace ahora 140 años, un debate encarnizado sobre la prostitución con un mensaje que, según Alicia, «las abolicionistas siguen empleando». Eso sí, lo hacía bajo la firma de Rafael Luna, como también lo tuvieron que hacer en su momento firmando en masculino las hermanas Brontë, Louisa May Alcott o Colette.

En su obra María Magdalena, la escritora denunciaba una falta de criticismo frente la institucionalidad de la prostitución, categorizándola como explotación clara en contra de los derechos de las mujeres. Adelantándose a la conocida La desheredada de Benito Pérez Galdós, ella fue la primera persona que criticó en el Estado español el carácter institucional de la prostitución y la mercantilización del cuerpo de la mujer.

Bajo la sombra de sus maridos

Las que no vivieron bajo un pseudónimo masculino, lo hicieron cargando con la sombra de sus maridos a sus espaldas. Este es el caso de Ana Dostoievskaia, protagonista de unas memorias puras y sencillas atravesadas por la inquebrantable figura del autor de Crimen y castigo. Una biografía íntima que sale a la luz gracias al manuscrito que Ana dejó en Dostoievski, mi marido.

Lo mismo le sucedió a Eva Canel, valiente y audaz escritora de Oremus, cuya obra abordó sin tapujos conflictos sociales de mediados del siglo XIX como el adulterio, las relaciones incestuosas, la hipocresía o la religión. Esta obra es «una respuesta a La Regenta de Clarín, machista consolidado y considerado uno de los mejores autores de España en la que dice: «yo también tengo este nivel«, explica la editora.

Canel recibió críticas fervientes que aseguraban que sus libros estaban «tan bien escritos» que era imposible que fuesen de una mujer, otorgándole a su marido la autoría total de sus obras. Una historia que también vivió Mary Shelley, autora de Frankenstein, cuya autoría, en un principio anónima, se vinculó con el nombre de su esposo Percy Shelley. «Cuanto más decían que los escritos no eran míos, más pruebas daba de que no había ningún hombre que me superase en valentía moral», escribió Canel.

Preparadas e inteligentes

Aquellas que tenían el privilegio de poder escribir «eran mujeres muy preparadas o muy inteligentes» que, según de la Fuente, a pesar de ello «ni se les permitía ni se atrevían» a firmar con su propio nombre. Cuando un hombre recibía una crítica a sus obras eran por el propio contenido de las páginas, pero cuando escribía una mujer «toda la atención se centraba en que eran mujeres y no en los temas que trataban», explica la fundadora.

De la Fuente recuerda la obra de la feminista radical estadounidense Joanna Russ, Cómo acabar con la escritura de las mujeres. Un escrito que ejemplifica cómo se le impidió a lo largo de la historia a las mujeres producir obras escritas, firmarlas, cómo se les ha arrebatado el crédito de todas sus producciones intelectuales y de la forma en las que se las ha despreciado y minimizado.

Es por ello que denuncia situaciones como las derivadas de la polémica de Carmen Mola. Desde su perspectiva cuando tres hombres publican bajo un nombre femenino, se están burlando directamente de todas aquellas mujeres que históricamente tuvieron que escribir bajo un pseudónimo masculino para poder dar voz a sus obras. «Esta editorial va a rescatarlas. Seguirán existiendo mientras las leamos», asegura Espinas.

<El texto pertenece a Uxía Pérez, publicado en las páginas del diario El Público>

«Me molesta la distinción entre realismo y fantasía. No la hago porque son el mismo producto de nuestro cerebro, que produce tanto realidad como sueños. Por eso nunca distingo entre una novela realista y otra fantástica» ( Mircea Cartarescu )

Han Kang, Borges y el aprendizaje del griego clásico

La literatura coreana no es de las que más trascienden fuera de la geografía oriental; aunque el otorgamiento de lauros tan importantes como el Nobel a una de sus escritoras, contribuyan a romper de manera decidida con esa tendencia. Además, al menos en el flamante caso del ingreso de la autora a tan distinguido club, resulte un encuentro con una obra que merece ser leída con atención, detenimiento y placer.

Graduada en letras en la Universidad de Yonsei la autora (Gwangju, 1970), comenzó su andadura con las letras dentro del ámbito periodístico, en su caso colaborando con diversas revistas. Hasta la publicación de la que es su primera novela, El amor en Yeosu, que, si bien en su primer momento no tuvo mayor repercusión, hizo que la coreana se inclinara de forma definitiva hacia la narrativa. Fue luego de su segunda ficción, La vegetariana, la que proyectó su nombre y la llevó a alzarse con el prestigioso premio Booker Internacional.

Más allá de sus ficciones en formato de novela, Kang ha incursionado además en géneros como el relato corto y el ensayo. Aunque otros dos títulos como El libro blanco y Actos Humanos, hayan vuelto a poner los ojos en su obra cuando han dado lugar a otros tantos galardones, como los premios Yi Sang Literary Award y el Médicis Extranjero.

Es ya con su última novela, La clase de griego, que logra el alago de propios y extraños, con una trama oscila balanceándose entre lo tangible y lo intangible. En ella unos pocos personajes se muestran afanados en sus búsquedas enfrentándose a la fragilidad del ser humano, y en la que la filosofía oriental sobrevuela el desarrollo de la historia (con homenaje a Jorge Luis Borges incluido). Donde resalta su riqueza narrativa, con un modo económico en palabras, acompañado de estilo poético y precisión descriptiva.

La suya es una historia sin grandes estridencias pero plena de frescura, en la que la necesidad de los personajes de encontrarse a sí mismos se ubica en el centro mismo del relato. Donde guarda importancia lo que se manifiesta y hasta aquello que se insinúa, convirtiendo a la novela en un texto único y particular.

De La clase de griego, el pasaje siguiente:

  “¿Vuelves sobre tus pasos empujando el cochecito con el sol dando de pleno en tu cara morena? ¿Tu hijita de dos años agita el manojo de almorejos que has cortado para ella? ¿Te detienes delante de aquella iglesia centenaria en lugar de hacer el camino que va directo a tu casa desde la orilla del río? ¿Alzas a la niña con tus fuertes brazos y entras en la fresca nave del templo, dejando el cochecito en la portería?

   Aquella iglesia, donde la luz del sol atraviesa los vitrales y se desparrama en diversas gradaciones de azul, como anegada en hielo; donde el Cristo en la cruz eleva los ojos inocentes al firmamento sin trazas de sufrimiento; donde los ángeles pisan el aire con pasos ligeros como si estuvieran dando un paseo; donde las verdes palmeras de hojas oscuras despliegan bondadosamente las palmas abiertas de sus manos; donde los santos de cara sonriente y cabello gris azulado portan mantos de tonalidades azules más claras. Allá donde mires, es imposible encontrar en la iglesia de St. Stefan un rastro de pecado o sufrimiento, a tal punto que parece un templo pagano.

   Una lejana tarde de finales de verano en que salíamos caminando uno junto al otro de aquella iglesia, escribiste algo en la libreta y me la mostraste. Pusiste que, a pesar de haber crecido en una profunda fe religiosa desde pequeña, no podías creer por mucho que te esforzaras, que existiesen lugares tan extremos como el paraíso y el infierno. En cambio, creías en la existencia de fantasmas que vagaban por las calles oscuras hasta la madrugada; y concluías que, si tales espíritus existían, era indudable que Dios también debía existir en alguna parte. Me apreció tan divertido que fundamentaras tu fe en Dios sobre una idea que no solo era ilógica, sino totalmente ajena al cristianismo, que lancé una sonora carcajada y te pedí la libreta. Escribí en ella una demostración de la existencia de Dios que había leído en alguna parte, y te la devolví para que la leyeras:

   En este mundo existen la maldad y el sufrimiento y mueren muchos inocentes.

   Si Dios es bueno, pero no puede corregir la situación, es un ser impotente.

   Si Dios no es bueno y solo es omnipotente, entonces es un ser malvado.

   Si Dios no es ni bueno ni omnipotente, entonces no es Dios.

   En consecuencia, la existencia de un Dios bueno y omnipotente es una falacia.

   Tus ojos se agrandan mucho cuando te enfadas de verdad. Alzas las pobladas cejas, te tiemblan las pestañas y los labios, y se te hincha el pecho cada vez que respiras: Cuando te pasé el bolígrafo, garabateaste con trazos bruscos:

       Entonces el mío es un Dios bueno y lleno de tristeza. Si te atraen esas argumentaciones estúpidas, puede que algún día tu propia existencia se convierta en una falacia.

A veces me hago preguntas utilizando esas argumentaciones de la lógica griega que tanto te disgustaban. Si tomamos como cierta la premisa que dice que, cuando perdemos algo, ganamos otra cosa, ¿qué es lo que he ganado yo al perderte a ti? ¿Y qué es lo que ganaré cuando pierda la vista?

   Hay inevitablemente algo dudoso e insatisfactorio en toda argumentación lógica, ya que son como una red de la verdad y la mentira a través de la cual escapan los sufrimientos, arrepentimientos, obsesiones, tristezas y debilidades del ser humano, dejando solamente una serie de axiomas como un puñado de oro en polvo. Al tiempo que avanzo por la estrecha barra de equilibrio lanzando falacias con audacia, lo que veo a través de esa red de preguntas y respuestas nítidas y coherentes es un silencio ondulante como el mar azul. Aun así, continúo haciéndome preguntas y respondiéndolas con los ojos sumergidos en ese silencio, en una quietud inquietante y acerada que crece sin cesar como el agua. ¿Por qué me acerqué a ti de esa manera tan estúpida? Puede que mi amor no fuera estúpido, pero como yo sí lo era, se contaminó de mi estupidez. O quizá yo no era tan estúpido, pero la estupidez inherente al amor despertó la estupidez que había en mí y terminó por arruinarlo todo…”

«Sé que soy una decepción para ella: incluso lo soy para mí mismo. Sé que me falta pasión, vitalidad, empuje. Que no hablo apenas, que soy introvertido y aburrido. Sé que mi mujer se desespera cada vez que me ve pasar las horas delante del televisor absorto en unos programas que por otra parte aborrezco. Un día, hace ya años, era un domingo por la tarde y estábamos viendo una película en el vídeo, mi mujer bostezó, se estiró y se me quedó contemplando pensativamente:

-Quién sabe, quizá sea esto todo lo que hay -dijo con lentitud-«

Pintura: Habitación en Nueva York de Edward Hopper

Texto: del relato Parece tan dulce de Rosa Montero

La palabra inventa a quien la escribe

 

(Crédito: David Gallie)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor y ensayista Fernando Albán Rodas, y fue reproducido en las páginas del diario El Comercio de Perú>