Paul Auster, entre las volutas de humo de su último cigarrillo

Lamentablemente, sus libros no pueden reemplazar su presencia física”, fue lo que expresó en un acto Siri Hustvedt, la que fuera durante muchos años esposa del escritor. El estadounidense autor entre otros textos de ensayo y novela, con títulos como: La invención de la soledad, El país de las ultimas cosas, Leviatán, Trilogía de Nueva York, los que fueron premiados en distintas oportunidades (Premio Princesa de Asturias de las Letras o la Orden de las Artes y las Letras de Francia). Obras que a posteriori se constituyeron también en la esencia de muchos guiones para la pequeña y gran pantalla, algunos de ellos adaptados por el propio escritor. 

Fumador empedernido, en muchas de sus historias sobrevuela el aroma del buen tabaco. Aunque bien es cierto que su muerte fue causada por enfermedad pulmonar; aún así y a pesar del duro tratamiento al que fue sometido, logró desarrollar una última novela: Baumgartner. En ella, como suele suceder, la ficción y la realidad se entremezclan una vez más para homenajear en este caso a personajes significativos de la vida del americano, para saldar quizás antiguas cuentas pendientes o simplemente para intentar alcanzar la paz con el pasado. 

Consciente tal vez de la posibilidad cierta de que se convirtiera en su último escrito, el oriundo de Nueva Jersey se permitió ciertas licencias como pocas veces antes había hecho gala. Como, cuando buscando la complicidad con el lector, le pide sepa entender las circunstancias por las que atraviesa en la trama el personaje central.

También su mujer expresó haberse visto reflejada en el protagonista de la novela, debido a que según Hustvedt, ambos experimentan un intenso duelo. Aunque, más allá de su última ficción y para suerte de sus lectores, el autor de Nueva Jersey deja una obra respetable que abarca géneros muy variados que, a no dudarlo, será fruto en el futuro de constantes reediciones.

De Baumgartner el pasaje a continuación:

“Liberando la mano izquierda de su abrazo, Judith señala con un gesto la mesa de la cocina mientras Baumgartner deja caer los brazos a los costados y ella, con los acolchados pasos de sus elegantes zapatillas chinas, se dirige al frigorífico a coger una botella de vino fría. Entretanto, Baumgartner saca dos copas de un aparador sobre la encimera y un descorchador de un cajón de abajo, y cuando lo pone todo en la mesa, Judith deja la botella al lado. Cogen una silla cada uno, se sientan frente a frente en lados opuestos de la mesa y de pronto se le echa encima el gran momento.

   Baumgartner abre el vino y sirve dos copas. Alza cada uno la suya hacia el otro, dan un sorbo y cuando bajan las copas y las depositan de nuevo en la mesa, es Judith quien empieza a hablar.

   Han llegado juntos a esto y están de maravilla, dice, y con él se siente más feliz como ningún otro hombre que haya conocido. Eso es cierto. Ella lo quiere y sabe que él la quiere, aunque nunca se lo haya dicho con esas mismas palabras, y ahora que empieza a tener una impresión más matizada de la forma en que le funciona la cabeza, entiende que la cuestión de pasar más tiempo juntos es la manera que tiene Baumgartner de prepararse para la pregunta, mucho más importante, que piensa formularle en los siguientes tres o cuatro minutos.

   Me adivinas el pensamiento, ¿verdad?, dice Baumgartner.

   En realidad, no. Solo se me ha ocurrido esa idea una seiscientas veces en los últimos dos meses.

   ¿Y qué has decidido?

   He decidido que me emociono cada vez que lo pienso. He decidido que cada vez que lo pienso me asusto más. He decidido que necesito más tiempo para decidirme, y de momento seguir hasta ahora y dejar que el futuro decida lo demás.

   Cuando asimila las últimas palabras, Baumgartner empieza a entumecerse. Siente algo raro en la cabeza, como si el cráneo se le dilatara de pronto y empieza a llenarse de vacío, más y más vacío, está aturdido, mareado y flotando a la deriva lejos, muy lejos. Como un boxeador, piensa, como un púgil mal emparejado que librará un combate en una categoría de peso que no es la suya y le hubieran asestado un buen gancho con la izquierda, pero Baumgartner sigue consciente, aún no está fuera de combate, y mientras se levanta despacio de la lona con las piernas temblequeantes, logra decir lo siguiente: Antes de que empezáramos a acostarnos juntos, yo llevaba ocho años viviendo solo sin sentir demasiado la soledad, arreglándomelas con lo que cabía denominar una especie de aislamiento angustiado soportable, pero en cuanto llegaste a mí, mi vida cambió, pasó a ser una vida diferente, y ahora he llegado a detestar el hecho de vivir solo. Después de pasar la noche juntos en mi casa, te vas por la mañana y yo me quedo abandonado a mi suerte en la desolación de todas esas habitaciones, deseando que siguieras conmigo allí, y cuando pasamos la noche aquí, soy yo quien tiene que marcharse por la mañana y volver a esa casa vacía, embrujada. La soledad mata, Judith, y trozo a trozo va engullendo hasta la última parte de ti, devorándote el cuerpo entero. Una persona sin relaciones con los demás carece de vida, y si tiene suerte suficiente para mantener una relación profunda con otra persona, tan profunda que la otra persona es tan importante para uno como uno lo es para sí mismo, entonces la vida es más que posible, merece la pena.”   

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