«A ver, yo no sé si Delacruz hacía trampas o no, ni me interesa. Me caía bien porque se quedaba con el dinero de todos aquellos malnacidos. Esa noche los dejé bebiendo alrededor de la mesa, a punto de empezar a jugar, y salí fuera. Fingía que barría el portal. Al cabo de diez minutos vi a Delacruz, que subía desde la calle Almogàvers. Cuando lo tuve lo bastante cerca, le dije en voz baja que fuera con cuidado. Se detuvo, me miró extrañado y me preguntó por qué. <Hoy el jefe y sus amigos tienen malas pulgas>, le dije, <se han conchabado y te preparan alguna>. Me dio las gracias. <El poli lleva una pistola y todo, pero no te preocupes porque no está cargada>, añadí en el último momento. Entró en el bar como si nada. Con qué seguridad. Al cabo de un rato, cuando volví adentro, ya estaban jugando. Delacruz estaba sentado de espaldas a la barra, como siempre, y no le veía la cara, pero su presencia me infundió mucho respeto. Tan centrado e inmóvil, se habría dicho que se encontraba con los ojos tapados ante un pelotón de ejecución…»

Texto de la novela Maletas Perdidas de Jordi Puntí

Crédito fotografía: Fernando Díaz del Castillo

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