Siri Hustvedt, noruega, aunque bien de Minnesota

Es común que su nombre resuene ligado al que fuera su marido, el fallecido escritor Paul Auster; pero bien es cierto que la escritora estadounidense (Northfield – 1955), ha cimentado su propio camino con textos en los distintos géneros de la literatura

Proviene de una familia de migrantes noruegos establecidos en uno de los estados de las anchas planicies del medio oeste de América del Norte, aunque su vida dio un completo giro cuando en busca de su futuro se trasladó a la cosmopolita Nueva York. Allí tuvo la oportunidad de formarse, licenciándose primero en Historia en el Olaf College y luego graduándose en Letras por la prestigiosa Universidad de Columbia.

Sus comienzos en la literatura vinieron a través de la poesía, entre otros, con textos como Leer para ti. Luego fue la novela: Todo cuanto amé, Elegía para un americano, El verano sin hombres, o Recuerdos del futuro. Finalmente, el ensayo: Una súplica para Eros, Vivir, Pensar, Mirar, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Madres, padres y demás o Apuntes sobre mi familia real y literaria. A estas ficciones habría que sumarle sus aportes en diferentes trabajos para revistas sobre psicología y filosofía.

Toda esta extensa producción fue jalonada con distintos reconocimientos, premios como el Fémina francés o el Premio Internacional Gabarrón de Pensamiento y Humanidades. Fue distinguida además con premios Honoris Causa por las Universidades de Oslo, la Universidad Stendhal de Grenoble, Francia, y la Universidad Maguncia de Mainz, Alemania. Por último, le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de España.

En cuanto a sus obras, es frecuente que la autora incluya algunas de las anécdotas de sus años de niñez y adolescencia, o que se refiera a las carencias de sus primeros tiempos en la ‘gran manzana’. Que mencione la fragilidad del pasado: ‘Dime dónde termina el recuerdo y dónde empieza la imaginación`. En su novela Recuerdos del futuro, destaca la cercanía entre la coherencia y la locura, y remarca cómo de quebradizos se vuelven los días con los años. En ellos se representa una parte el gozo, mientras que se hace necesario mantener las sombras a prudente distancia.

La escritora compone su texto con una mezcla de estilos, cuando por momentos se permite estructurarlo como un diario personal de experiencias; mientras incluye elementos propios del ensayo y, por supuesto, de la ficción más novelada. Abundan también algunos bosquejos a modo de caricaturas para acompañar la descripción de situaciones y personajes. Componiendo una obra cuanto menos particular y diversa.

El pasaje a continuación da comienzo Recuerdos del futuro, donde Hustvedt intenta captar desde el inicio nuestra mejor atención para acometer su escrito:

   “Hace años dejé las extensas llanuras de Minnesota para dirigirme a la isla de Manhattan en busca del héroe de mi primera novela. Cuando llegué allí en agosto de 1978, más que un personaje era una posibilidad rítmica, una criatura embrionaria de mi imaginación percibida como una serie de compases métricos que se aceleraban o ralentizaban con mis pasos al recorrer las calles de la ciudad. Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro. En Nueva York no buscaba felicidad ni comodidades sino aventuras, y sabía que la persona aventurera debe someterse a un sinfín de pruebas por tierra y por mar antes de regresar a casa, o acaba sucumbiendo a manos de los dioses. Entonces no sabía lo que ahora sé: que al escribir también me escribía. El libro había empezado a escribirse mucho antes de que yo dejara las llanuras. En el cerebro tenía grabado múltiples borradores de una novela de misterio, pero eso no significaba que supiera qué iba a salir. Mi héroe aún por formar y yo nos dirigíamos a un lugar que era poco más que una brillante ficción: el futuro.

   Me había dado doce meses exactos para escribir la novela. Si al final del verano siguiente mi héroe había nacido muerto o fallecía aún en pañales, o si resultaba ser un zopenco cuya vida no merecía ni un comentario; en otras palabras, si no era realmente un héroe, los dejaría atrás tanto a él como a su novela, y me pondría a estudiar a los antepasados de mi criatura muerta (o fallida), los moradores de los volúmenes que llenan las ciudades fantasma que llamamos bibliotecas. Me habían concedido una beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, y cuando pregunté si podía posponerla para el año siguiente, las autoridades invisibles me enviaron una carta interminable en la que aceptaban mi petición.

   Una habitación oscura con una cocina pequeña, un dormitorio aún más oscuro, un diminuto cuarto de baño de baldosas blancas y negras, y un armario con el techo de yeso lleno de protuberancias en el número 309 de la calle Ciento nueve Oeste me costaban doscientos diez dólares al mes. Un piso lúgubre en un edificio destartalado y lleno de desconches y grietas, si yo hubiera sido diferente, si hubiera tenido un poco más de mundo o hubiera leído un poco menos, la pintura verde ácido y las vistas a dos paredes sucias de ladrillo en el sofocante calor del verano me habría desinflado a mí y mis ambiciones, pero en aquel momento no existía el grado de diferenciación, por ínfimo que fuera, que eso requería. Lo feo era hermoso. Decoré las habitaciones alquiladas con las frases y los párrafos embrujados que sacaba a mi antojo de los numerosos volúmenes que tenía en la cabeza.

    Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de prudencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas invenciones que leía para él no había otra historia más cierta en el mundo.

   Los primeros momentos que pasé en mi piso conservan en mi memoria una cualidad radiante que nada tiene que ver con la luz del sol. Están iluminados por una idea. Entregada la fianza, pagado el alquiler del primer mes y cerrada la puerta en la cara de mi achaparrado y risueño conserje, el señor Rosales, con las axilas de mi camiseta empapadas de sudor, salté sobre las tablas del suelo en lo que creía que era una giga y lancé los brazos al aire, triunfal.

   Tenía veintitrés años y una licenciatura en Filosofía y Literatura Inglesa en el Saint Magnus College (una pequeña escuela de Humanidades de Minnesota fundada por inmigrantes noruegos); cinco mil dólares en el banco, un fajo de dinero que había ahorrado al acabar la carrera trabajando de camarera en Webster, mi ciudad natal, y durmiendo gratis en casa durante un año; una máquina de escribir Smith Corona, un juego de herramientas, una batería de cocina que me había dado mi madre y seis cajas de libros. Construí un escritorio con tablones y una plancha de contrachapado. Y compré dos platos, dos tazas, dos vasos, dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas contando con el futuro amante (o serie de amantes) con quien, después de una noche de sexo delirante, pensaba compartir un desayuno de tostadas y huevos sentados en el suelo, pues no tenía mesa ni sillas…”     

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