Lygia Fagundes Telles, del portugués al español y viceversa

Tiempo atrás, el desaparecido expresidente de Uruguay, José Mujica, mientras se encontraba de visita oficial en Brasil, vaticinó que en el futuro y para una más y mejor integración de Latinoamérica, los niños hispano hablantes deberían aprender portugués en las escuelas, así como aquellos que fueran de habla portuguesa deberían hacer lo mismo con el español.

Hoy, cuando han transcurrido unos años de la manifestación del que fuera mandatario uruguayo, su propuesta está muy lejos de haberse llevado a cabo. Además, la fuerza del inglés, sigue acaparando cada vez más espacio de estudio en las aulas de todo el mundo; aunque a veces sea evidente que lo hace en detrimento de otras lenguas. Aun así, el aprendizaje de un idioma, -de cualquiera de ellos-, no solo es un signo de sapiencia, también es decididamente un elemento de conformación de un individuo y por ende de la sociedad a la cual pertenece.

El reto lanzado al vuelo por el mandatario sudamericano sigue manteniendo su plena vigencia. Y es indudable que la literatura, en todos sus géneros, es una de las formas de sumar aportes de valor a esa posibilidad. Para ello, a nombres como Borges, Neruda, Isabel Allende, Vargas Llosa, Roa bastos, Benedetti o García Márquez, se les podría anteponer los de Guimaraes Rosa, Nélida Piñón, Machado de Asís, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o Lygia Fagundes Telles, por nombrar solo algunos en este posible intercambio del saber hacer literario.

En el caso de Fagundes Telles (Sao Paulo, 1918 – Sao Paulo 2022), lo suyo fue desde joven superar contingencias en la vida, donde llegó incluso a graduarse como doctora en leyes. Como escritora, logró publicar su primer libro de sus primeros relatos a los veinte años de edad: Porao e sobrado, y dos décadas después, As meninas, su primera y más conocida de sus cuatro novelas, texto que la llevó a alzarse con el premio de la Academia Brasilera de las Letras, luego el premio Jabuti de la Cámara Brasilera do Livro y por último, el premio de la Asociación Paulista de Críticos de Arte.

Su producción en cuanto a relato corto es extensa hasta constituirse como una de las más importantes en su país, que contribuyó a que la autora fuera nombrada miembro de la Academia de Ciencias de Lisboa, y a ser reconocida por todo el conjunto de su obra con el distinguido premio Camoes, el más importante de los galardones de las letras portuguesas.

La calidad de sus textos hizo que muchos de sus libros fueran traducidos al alemán, inglés o francés, y a lenguas tan disímiles como el sueco, polaco, ruso o el chino.

El pasaje siguiente pertenece al compendio de Cuentos Brasileros. De este, uno de los relatos más festejados de la escritora paulista, El muchacho del saxofón:

   “Yo era un chofer de camión y ganaba ríos de dinero con un tipo que se dedicaba al contrabando. Aún hoy no entiendo por qué fui a parar a la pensión de aquella señora, una polaca que se lanzó a la vida fácil siendo joven y, ya entrada en años, no dudó en abrir aquel hotelucho. Eso fue lo que me contó James, un tipo que tragaba hojas de afeitar, mi compañero de mesa en los días en que estuve enzarzado por allá. Había pensionistas y también transeúntes, una chusma que entraba y salía limpiándose los dientes, algo para mí insoportable. Un día planté a una mujer sólo porque, en nuestra primera cita, metió el palillo entre los dientes después de comer un bocadillo y se quedó con la boca tan desguarnecida que conseguía ver lo que el palillo escarbaba. Bien, pero yo decía que en aquel hotelucho estaba de paso. La comida, una porquería, y como si no bastase tener que tragar aquellas lavaduras, aun debíamos soportar unos malditos enanos que se enredaban entre nuestras piernas. Y estaba la música del saxofón.

   No es que no me gustase la música; siempre me gustó oír todo tipo de charanga en mi radio por la noche, en la carretera, mientras voy haciendo mi faena. Pero aquel saxofón era capaz de retorcer a cualquiera. Tocaba muy bien, no lo dudo. Lo que me sacaba de quicio era la forma, una forma triste como un demonio. Creo que nunca más voy a oír a alguien que toque el saxofón como lo hacía aquel tipo.

   -¿Qué es eso? -le pregunté al de las hojas de afeitar. Era mi primer día en la pensión y aún no sabía nada. Señalé el techo que parecía de cartón, de tan fuerte que llegaba la música hasta nuestra mesa-. ¿Quién estaba tocando?

   -Es el muchacho del saxofón.

   Mastiqué más despacio. Ya había escuchado antes saxofón, pero ese de la pensión no lo conseguía reconocer ni aquí ni en la Cochinchina.

   -¿Y el cuarto de ese chico queda aquí encima?

   James se metió una papa entera en la boca. Sacudió la cabeza y abrió más la boca, humeante como un volcán la papa caliente allá en el fondo. Sopló bastante tiempo el vapor antes de contestar.

   -Sí, aquí encima.

   Un buen compañero ese James. Trabajaba en un parque de diversiones, pero como ya se sentía medio viejo, quería ver si se asentaba en un negocio de billetes. Esperé que acabase la papa mientras iba llenando mi tenedor.

    -Es una música cruelmente triste -continué.

   -Su mujer le pone los cuernos hasta con el loro -contestó James, mojando la miga del pan en el fondo del plato para aprovechar la salsa-. El pobre pasa todo el día encerrado, ensayando. No baja ni siquiera para comer. Mientras tanto, la muy cabrona se acuesta con cualquier cristiano que se le ponga por delante.

   -Y contigo, ¿también se acostó?

   -Es medio flacucha para mi gusto, pero es bonita. Y tierna. Entonces le hice la pelota, ¿me entiendes? Pero ya vi que no tengo suerte con las mujeres: tuercen la nariz al saber que trago hojas de afeitar. Supongo que se quedan con miedo de cortarse…

   ‘Tuve ganas de reír, pero exactamente en ese instante, como una boca que quiere gritar, tapada con una mano, entresaliendo por los dedos los sonidos exprimidos. Entonces recordé aquella chica que recogí una noche en mi camión. Salió para tener el hijo en el pueblo, pero no aguantó y cayó allí mismo en la carretera, dando vueltas como un animal. La acomodé en la carrocería y corrí como un loco para llegar cuanto antes, aterrorizado con la idea de que el hijo naciese en el camino y rompiese a aullar como la madre. Al final, para no colmar mi paciencia, ahogaba sus gritos en la lona, pero juro que sería mejor que gritase al mundo: aquel continuo ahogo de gemidos ya me estaba enfermando. Caray, no le deseo aquel cuarto de hora ni a mi peor enemigo.

   -Parece alguien pidiendo socorro -dije, llenando de cerveza mi vaso-. ¿No tendrá una música más alegre?

   James se encogió de hombros.

   -Los cuernos duelen…

   En ese primer día supe también que el chico del saxofón tocaba en un bar; sólo regresaba de madrugada. Dormía en un cuarto separado del de su mujer.

   -Pero, ¿por qué? -pregunté, bebiendo de prisa para terminar cuanto antes y marcharme. La verdad es que no tenía nada que ver con todo aquello; nunca me metí en la vida de nadie, pero era mejor el tra-la-lá de James que el saxofón.

   -¿Y los demás no reclaman?

   -Ya se acostumbraron.

   Le pregunté dónde estaba el W.C. y me levanté antes que James se empezase a escarbar los dientazos que le sobraban. Cuando subí la escalera de caracol, tropecé con un enano que bajaba. ‘Un enano’, pensé. Al salir del W.C. lo encontré en el pasillo, pero ahora vestía ropa diferente. ‘Cambió de ropa’, me dije medio extrañado, había sido demasiado rápido. Y ya bajaba por la escalera cuando pasó otra vez delante de mí, pero con otra ropa. Me quedé medio atontado. ¿Pero que diablo de enano es ese que cambia su ropa de dos en dos minutos? Lo entendí más tarde: no era uno solo, sino un trío, miles de enanos rubios con el pelo peinado le lado.

   -¿Puede decirme de dónde salen tantos enanos? -le pregunté a la dueña y ella se echó a reír.

   -Todos artistas, mi pensión tiene casi sólo artistas…

   Me quedé viendo con qué cuidado el camarero empezó a amontonar almohadones en las sillas para que ellos se sentasen. Comida ruin, enano y saxofón. No aguanto a los enanos, y ya había decidido pagar y desaparecer, cuando ella apareció. Llegó por detrás. Palabra que había espacio para que pasase un batallón, pero ella se las arregló para tropezar conmigo.

   -Con permiso, dijo.

   No tuve que preguntar para saber que aquella era la mujer del muchacho del saxofón…”

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