Hiromi Kawakami, la sociedad nipona y el realismo mágico

Con merecido reconocimiento, la escritora japonesa se adentra en sus textos con la soledad que impera en su país de origen; un verdadero azote, más aún si se es mujer

Los orientales son gente que se destacan en su mayoría por mesurar sus movimientos, los hacen casi con sigilo y con una completa ausencia de estridencias. Sus acciones suelen ser silenciosas, casi sin querer llamar la atención. A pesar de ello, sean cuales fueren sus habilidades, son unos verdaderos hacedores, como si el tiempo -sin muestras de finitud- le jugara a su favor.

La escritora japonesa (Tokio, 1958) no escapa a lo antedicho. En su caso además, porque ser literata no fue una de sus primeras predilecciones en la vida; de hecho, antes de decidirse por la escritura, estudió ciencias naturales en la Universidad de Ochanomizu, para desempeñarse luego y durante años como profesora de la asignatura de biología. Por tanto, no fue una autora precoz ni mucho menos, su primera publicación -un relato corto- data de 1994, a sus treinta y seis años. A partir de allí, su producción se fue incrementando y diversificando en cuanto a géneros, abarcando no solo el cuento, sino también el ensayo y más todavía la novela.

Años después de ese inicio, declaró abiertamente ser una escritora influenciada por el movimiento del realismo mágico, con la insoslayable figura de Gabriel García Márquez a la cabeza y su Cien años de soledad. Más allá, de rescatar además a otros importantes autores extranjeros y también de su propio país, plumas como las de Yoko Agawa, Seiko Tanabe o Haruki Murakami.

Por consiguiente, los textos de Kawakami son un fiel reflejo de los parámetros de la sociedad nipona, en la que la muestra de cualquier sentimiento en público es objeto de censura, y donde la contención es lo que debe prevalecer. Aunque la soledad de muchos de sus individuos sea un flagelo declarado que sufren hombres y mujeres por igual. En particular, estas últimas, sometidas además a una búsqueda permanente de su propia identidad como féminas. Elementos todos que se ven reflejados en las historias de la tokiota, por nombrar algunas: Algo brilla como el mar, Los amores de Nishino o Abandonarse a la pasión, y también en Dios, su colección de relatos cortos.

Sus publicaciones han sido reconocidas con los prestigiosos premios Akutagawa, el Woman writer’s o el premio Tanizaki, este último por El cielo es azul, la tierra blanca; en la que, con un estilo económico en palabras aunque no menos cargado de significado, nos habla del rencuentro en el tiempo de dos almas frágiles. Novela que fue traducida a varios idiomas y posteriormente llevada al cine. De ella, el pasaje a continuación:

“El maestro me miraba con una mueca de reproche.

   -Estás bebiendo demasiado, Tsukiko -me reprendió con suavidad.

   -Déjeme en paz -le espeté, y llené mi vaso de nuevo. Lo apuré de un trago. Era la tercera botella que caía en una noche.

   -Otra -le pedí al cantinero Satoru.

   -¡Sake! -gritó brevemente hacia la cocina.

   -Tsukiko… -intentó detenerme el maestro. Esquivé su mirada.

   -Ahora ya la has pedido, pero procura no acabártela -me advirtió. En su voz había un deje amenazante que no era propio de él. Mientras hablaba, me daba palmaditas en la espalda.

   -De acuerdo -respondí con un hilo de voz. Pronto empecé a notar los efectos del sake.

   -Deme unas palmaditas más, maestro -farfullé.

   -Hoy te estás comportando como una niña caprichosa, Tsukiko -rió el maestro, y siguió dándome palmaditas en la espalda.

   Es que lo soy. Siempre lo he sido -dije. Mientras tanto, acariciaba la espina de la trucha que el maestro había dejado en el plato. Era tan blanda, que se encorvaba. El maestro apartó la mano de mi espalda y se llevó el vaso a los labios muy despacio. Apoyé la cabeza en su hombro durante un breve instante, pero la aparté enseguida. Él no dio muestras de haberse percatado de mi gesto. Siguió bebiendo en silencio.

Cuando abrí los ojos, me encontraba en casa del maestro.

   Estaba tumbada en el tatami. Encima de mí había una mesita, y justo enfrente vi los pies del maestro. Me incorporé con un sobresalto.

   -¿Ya te has despertado? -me preguntó. La puerta corrediza y el ventanal estaban abiertos, y la brisa nocturna invadía la estancia. Hacía un poco de frío. En el cielo la luna brillaba entre las nubes, rodeada por un grueso halo.

   -¿Me he dormido? -pregunté

   -Sí, has estado durmiendo -rió el maestro.

   -He dormido como un tronco.

Comprobé el reloj. Eran cerca de las doce de la noche.

   -Pero no he estado dormida mucho rato, ¿verdad?

Una horita más o menos.

   -Teniendo en cuenta que estás en una casa ajena, considero que una hora es suficiente -repuso el maestro, con una sonrisa burlona. Tenía las mejillas más coloradas que de costumbre. Supuse que había estado bebiendo mientras yo dormía.

   -¿Qué estoy haciendo aquí? -pregunté. El maestro abrió los ojos, sorprendido.

   -¿No te acuerdas? Empezaste a gritar pidiéndome que te llevara a mi casa.

   -¿En serio? -dije, y me dejé caer de nuevo en el suelo. Apreté la mejilla contra el tatami. MI melena se esparció por el suelo, enredada. Contemplé las nubes que surcaban el cielo nocturno. En ese momento supe que no quería ir de viaje con Takashi Kojima. Tumbada en el suelo, con la mejilla apoyada en el tatami, evoqué la vaga incomodidad que sentía cada vez que estaba con él. Era una molestia casi imperceptible, pero que nunca se desvanecía del todo.

   -Tengo la marca del tatami en la cara -le dije al maestro desde el suelo.

   -¿Dónde? -preguntó. Rodeó la mesita y se me acercó. -Es verdad, está perfectamente marcado.

   Me acarició suavemente la mejilla. Tenía los dedos fríos. Parecía más alto, quizás porque lo veía desde el suelo.

   -Tienes la mejilla ardiendo, Tsukiko.

   Siguió acariciándome. Las nubes pasaban rápidamente. Ocultaban la luna por completo y la descubrían un instante más tarde.

   -Es por el alcohol -le respondí. El maestro se tambaleó ligeramente. Él también parecía ebrio.

   -¿Quiere que vayamos juntos de viaje, maestro? -propuse.

   -¿Adónde quieres ir?

   -A algún lugar donde podamos comer unas buenas truchas.

   -Con las truchas de Satoru tengo más que suficiente -replicó él, y apartó la mano de mi cara.

   -Pues vayamos a un balneario de montaña.

   -No tenemos por qué ir tan lejos. Cerca de aquí hay balnearios que no están nada mal -protestó. Se sentó en el suelo sobre los talones, a mi lado. Ya no se tambaleaba. Estaba tan tieso como siempre.

   -Quiero que vayamos juntos a algún lugar -insistí. Me incorporé y lo miré directamente a los ojos.

   -No iremos a ningún sitio -respondió él, aguantándome la mirada.

   -¡Yo quiero ir de viaje con usted!

   Por culpa del alcohol no era consciente de todo lo que decía. En realidad, sabía perfectamente de qué estaba hablando, pero mi cerebro solo quería comprenderlo a medias.

   -¿Adónde iremos tú y yo solos, Tsukiko?

   -Con usted iría al fin del mundo, maestro -grité.

   El viento soplaba con más intensidad, y las nubes cruzaban el cielo rápidamente. El ambiente estaba cargado de humedad.

   -Tranquilízate, Tsukiko -me advirtió el maestro.

   -Estoy muy tranquila.

   -Deberías volver a casa y descansar.

   -No quiero volver a casa.

   -No seas cabezota.

   -No soy cabezota, lo que pasa es que estoy enamorada de usted…”

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