De padre franco argelino y de madre canadiense, la escritora estadounidense (1966, Greenwich, Connecticut), supo echar mano de su multiplicidad de orígenes, de sus lugares de residencia (Australia, Canadá) y de una educación heterogénea, para establecer un importante punto de enriquecimiento que, de alguna manera, subyace en las tramas de sus historias.
Sus estudios no estan lejos de lo antedicho, cuando en primera instancia obtuvo una beca Guggenheim y luego, cursó estudios en las universidades de Yale y también a la de Toronto. Una vez graduada, se desempeñó como profesora en la universidad de Maryland, para regresar a impartir clases nuevamente en Yale y en la universidad Johns Hopkins donde dictó literatura, además de dirigir talleres de escritura creativa.
En cuanto a su obra, su primera novela del año 1995, Cuando el mundo era estable, ya fue considerada para el premio Pen/Faulkner. A esta le siguieron: Su última vida (1999), Los cazadores, texto compuesto de dos novelas cortas, La mujer de arriba y La niña en llamas, fue nominada por el diario Los Ángeles Times como uno de los mejores libros del año.
Sus historias han sido reconocidas con distintos galardones, además de ser incluida en su momento en la lista de Mejor Joven Novelista Británica y premiada por la Academia Estadounidense de las Artes y de la Ciencias.
En La niña en llamas, se hace mención de la idea esencial con la que se construye la novela y que va más allá del propio texto, cuando refiere a las licencias que se permiten los humanos, y expresa: “Todos moldeamos nuestras historias, para que tenga algún sentido ser quienes creemos que somos”. En ella, dos niñas adolescentes de un pueblo del este de los Estados Unidos, buenas amigas, vecinas y compañeras de instituto, juegan al rol de crecer; echando mano de lo que pueden para salvar sus carencias, mientras intentan comprender a un mundo que decididamente se les hace grande.
De La niña en llamas, el pasaje siguiente:
“Mi casa está dentro del casco urbano o, mejor dicho, en la carretera por la que se entra al centro, en la zona sur. El casco urbano tiene cuatro manzanas de longitud en una dirección y cinco en la otra. Luego hay dos polígonos comerciales en la Ruta 29, por donde se sale a la autopista que es donde están Market Basket, The Dollar Store y The Fashion Bug, y Friendly’s. Cierto que Royston tiene más que esas cuatro manzanas, pero el resto son calles residenciales que se extienden en todas direcciones y se adentran en el bosque. Luego está la Ruta 29, en ambas direcciones, con unos cuantos negocios salpicados por sus orillas, que se extiende en dirección sur primero y luego hacia el norte, hacia Newburyport. Resulta más rápido llegar a los sitios por la interestatal, pero entonces se pierde uno algunas cosas antiguas dignas de ver, como el Golden Lotus Palace, un restaurante que es un templo bermellón al estilo kitsch de los años sesenta y con una enorme puerta dorada y dragones negros de escayola en la parte de fuera: la comida está tan petada de glutamato monosódico que cuando sales de allí te sientes como si estuvieras en otro planeta. O el Lucky Stars, un motel que se fue al garete hace unos años: se han caído un par de paneles del viejo neón -cuando estaba entero parecía que lo habían sacado de Los supersónicos- y han tapado las ventanas con planchas de madera para que personas y animales sin hogar no ocupen las habitaciones enmoquetadas. Ecos del viejo Royston al borde de la Ruta 29: Así era antes de que llegaran los burgueses exiliados de Boston, los artistas y hasta la planta de Henkel.
Cassie y yo empezamos a ir al pueblo a pie, a explorar. Es decir, recorrimos básicamente el centro. Hasta que un día llegamos a la cantera y al viejo sanatorio. El centro histórico tiene una hilera de edificios antiguos fantásticos, casas de estilo victoriano de ladrillo rojo, con apartamentos encima de los comercios. A mí siempre me había intrigado quién vivía en ellos. Muchas de las tiendas que ponen allí no duran mucho: Royston es de ese tipo de ciudades pequeñas a las que llega la gente que va huyendo de Boston o de Portland, con sus niños pequeños y sus fantasías, y luego se da cuenta de que la vida en un sitio así no era lo que se esperaban. Ponen una joyería coquetona y un café mono con vacas pintadas en las paredes y cortinitas de encaje, y dura un año o dos: sobreviven a los inviernos duros y austeros, cuando nadie anda por la calle; pero antes o después lo cierran y se van por donde han venido. También hay negocios que resisten mucho tiempo, como la Farmacia Adamian o Mahoner, el pub irlandés. O la tienda de ultramarinos que lleva Mildred Bell, una mujer más vieja que mi abuela con una verruga en la barbilla, como las brujas. La tienda de Bell es un sitio muy loco, abigarrado, donde venden -entre otras cosas- jerséis con bordados navideños de renos o elfos. Protegen el escaparate, que nunca cambian, poniendo en el cristal un celofán amarillo. A mí de pequeña me gustaba mucho la sección de juguetes, porque tienen una fila de cubetas de plástico con cacharritos que yo me podía permitir con mi paga: borradores japoneses y libretas de Hello Kitty, pelotas de esas que brillan en la oscuridad y horquillas con forma de cup-cake o de hamburguesa. La señora Bell también debe sentir debilidad por los animales de peluche, porque tienen un cesto enorme lleno de ellos, suavísimos: no sólo osos, sino búhos, jirafas y una gran selección de cerditos, sobre todo, Cassie y yo nos aficionamos a ir a la tienda de Bell aquel agosto porque así veíamos los peluches, pero también porque yo me sentía fatal al verla con la mano así, pasándolo mal, y allí podía apartarme un poco de ella y mirar por mi cuenta y comprarle el cerdito más pequeño, el rosa más pálido: uno al que ella ya había bautizado como Hubert. Lo escondí para que fuera una sorpresa, pero sólo pude esperar un día. Cuando volvimos a la tienda y vio que no estaba empezó a lloriquear.
Aparte de la tienda de la señora Bell y del Rite Aid, donde podíamos atrincherarnos en el pasillo de artículos de tamaño muestra y lacas de uñas (aunque a Cassie no le dejaban pintarse las uñas y a mí no me gustaba) no había en Royston muchos sitios donde pudieran ir unas crías como nosotras. Íbamos también, paseando, hasta el parque infantil que hay en Market Street, justo al pasar el instituto de enseñanza superior, que tiene un carrusel pintado como el arcoíris y una hilera de columpios, pero aquel verano se pusieron a arreglar el tobogán y el castillo, y sólo quedaban los tocones. Además, el resto de los niños que había en el parque tenían menos de cinco años e iban con sus madres o sus abuelas, lo que resultaba más deprimente aún quedarse en casa.
Como no podíamos jugar ni al tenis ni al baloncesto, el instituto era un rollo. Además andaba por allí Beckett, un bocazas de octavo, con sus amigos, entre los que estaba el chico que a mí me molaba, Peter Oundle. Peter siempre había ido a nuestro colegio, cuando éramos pequeños habíamos jugado juntos en los recreos: al pilla-pilla, a las cuatro esquinas o al balón prisionero. Pero ahora iba mucho con Beckett, que era dos años mayor que nosotros y el jefe de la banda. Brazos y piernas largos, pies rápidos y expresión de desdén, todos ellos. Peter Oundle era sólo un año mayor que Cassie y que yo, y siempre había sido diferente, de ese tipo de chico que te da la mano para ayudarte cuando te has caído. Flaco, con la nariz puntiaguda, pero guapo: con rizos de un castaño rojizo y pestañas largas.
Los chicos se pasaban horas jugando al baloncesto. Uno o dos de ellos nos silbaban siempre, cuando pasábamos. Una tarde Beckett me llamó. Me dijo:
-¡EH, tú, Rizos! ¿De qué son esos granos tan gordos que tienes en la frente?
Los otros empezaron a carcajearse y yo me puse colorada de vergüenza. Cassie les gritó:
-¿Qué pasa, Beckett, ya te damos envidia? Porque veo que llevas el pelo largo, como una chica.
-Bah, que te jodan a ti también -gritó Beckett dándose la vuelta.
Pero a mí me pareció que le incomodaba.
-Te abrazaría aquí mismo -le dije a Cassie-, pero eso le serviría para afirmar que somos lesbianas.
-¿Y a quién le importa? -dijo Cassie-. Me casaría contigo antes que con él. En cualquier momento…”
