Claire Keegan, con el peso que arrastra la historia

En la obra de la autora irlandesa subyace el pasado reciente de su país, sus luchas, sus anhelos y sus conquistas como sociedad en el tiempo del determinante último siglo

En The Davil’s Own, en muchas traducciones La sombra del diablo, película del año 1997 dirigida por Alan Pakula, un policía de origen irlandés (Harrison Ford), recibía en su casa en los Estados Unidos a un joven (Brad Pitt) recién llegado este de su Irlanda natal. En realidad, un miembro de los denominados `durmientes´ del IRA (Ejército Republicano Irlandés) quien, supuestamente corto de medios, aparentaba necesitar ayuda para establecerse en el país.

Allí, en Boston, mientras el joven se iba integrando a la familia del policía, iba aprendiendo las costumbres de la sociedad de adopción. Mientras que, toda vez y ante el pensamiento positivista de su protector, el supuesto emigrante le iba transmitiendo que la suya no era una historia americana y que no compartía su positivismo. Ya que, según sus convicciones, Irlanda es una sociedad conformada por un tejido humano mayoritariamente rural que acarrea un pasado de años de postergación, tutelado de cerca como lo fue durante siglos por el protestante ejército inglés. 

En el caso de la escritora, nacida en el condado de Wiklow en 1968 quien, como buena oriunda de la ‘isla verde’, lleva como un estigma en sus tramas la inexorable pátina de la historia irlandesa. Ella misma, proveniente de una zona eminentemente campesina y católica quien como muchos de sus paisanos, decidió tomar el camino de la migración hacia los Estados Unidos; en su caso, para estudiar en la Universidad de Loyola, en la sureña ciudad de Nueva Orleans. Fue allí donde tuvo oportunidad de presentar en sociedad algunos de sus relatos. Aunque ella, una vez finalizadas sus clases, tomó la decisión de hacer el camino de regreso y hacer de nuevo el gran salto para completar sus estudios, esta vez en la Universidad de Gales en el Reino Unido.

Mientras, sus cuentos fueron tomando cuerpo y difusión, hasta llegar a ser publicados en la revista The New Yorker, y otros en la conocida The Paris Review. Los que fueron finalmente editados y agrupados bajo títulos como Antártida o Recorre los campos azules.

Aunque la autora ha incursionado también en el género de la novela: Foster, Tres luces, Pequeñas cosas como estas, esta última llevada a la gran pantalla con el protagónico de su compatriota Cillian Murphy y del estadounidense Ben Affleck, este último en el rol de productor.

Toda esta creatividad literaria no ha pasado desapercibida; como resultado la autora se ha hecho acreedora al Premio Siegfried Lenz y el Premio Rooney de Literatura Irlandesa, entendiendo al otorgarlos que los relatos de la autora son un fresco del país insular. Historias que -a salvedad de algunos términos puntuales- bien podrían destacarse por su total atemporalidad, toda una metáfora de la Irlanda contemporánea.

El pasaje siguiente pertenece al relato que da nombre a uno de sus libros más conocidos, Recorre los campos azules:

   “-Hola, padre -dice Miss Dunne, una mujer robusta, con un vestido multicolor-. Fue una ceremonia decorosa. Usted la hizo corta y agradable.

   Esa es la parte fácil, Miss Dunne. Espero que ahora sean felices.

   Solo el tiempo lo dirá -responde ella-. Podría Adelantarse a los acontecimientos.

   El sacerdote sonríe.

   -¿Le ofrezco algo para beber?

   -No -dice Miss Dunne-. Nunca bebo -agrega cruzándose de brazos.

   -¿Nunca?

   -No. Nunca. Si no sabe por qué, quédese hasta que se haga de noche.

   -¿Querrá un refresco?

   -No -responde-. Esperaré a la cena.

   El sacerdote se da cuenta de que ella está a gusto ahí, sola. Va al bar y pide un whiskey caliente. La camarera suspira y enciende una tetera eléctrica, corta una rodaja de limón con clavo, introduce una cucharita en un vaso vacío. El sacerdote mira hacia el gentío y espera que caiga alguien. Mayormente son mujeres las que le hablan. Allí hay personas a quienes les gustaría hablarle. Hay otras que le deben dinero.

   Mrs Jackson, la madre del novio se acerca. Tiene colores subidos, que contrastan con su vestido lila. Se saca el sombrero y, no sabiendo dónde dejarlo, se lo vuelve a poner.

   -¿Adónde iba a ir con esto? -dice-. Una vieja como yo.

   Es el antiguo juego que a él solía gustarle y del cual se cansó: se tiran a menos, de modo que él pueda halagarlas con facilidad. Siempre buscando un cumplido.

   -Quiere dejar eso -dice él-. ¿No ve que luce maravillosa?

   -Dios nos asista, padre, pero usted sabe poco de esto -dice la mujer, una pulgada más alta que antes.

   -Qué fácil darse cuenta de que es un sacerdote -dice la sobrina de Mrs Jackson-. Un hombre nunca diría eso -agrega estudiando el salón, claramente decepcionada por los hombres que hay allí.

   Mrs Jackson deja pasar la observación.

   -Bueno, al menos ya hay algo hecho. Ahora me queda solo uno y, Dios sabe, puede que quede con él hasta el fin de mis días.

   -¿No cree que se casará?

   -¿Quién lo querría? Una verdadera lata, eso es lo que es. Todo trabajo y todo juerga. Nada en el medio.

   -¿Quiere una bebida, Mrs Jackson?

   -No -responde ella-. Dios santo, saldré a ver cómo marcha la comida.

   Una joven que no es de la parroquia, está apoyada en la barra, esperando que le sirvan. Se apoya en el peluquero, quien contempla su vaso.

   -¿Qué diría usted, padre? ¿El vaso está medio lleno o medio vacío?

   -Está como a usted le parezca -responde el sacerdote.

   -Bueno, no sé qué han estado bebiendo -dice la mujer-, pero seguramente no puede ser una cosa sin que sea la otra.

   El peluquero frunce el ceño y luego registra lo que dijo la joven.

   -Mujeres -dice, meneando la cabeza-. Las mujeres siempre tienen una respuesta.

   Una niña del cortejo pasa corriendo, arrastrando más niños. El whiskey caliente lo tranquiliza, le recuerda las noches invernales de su juventud. Comienza a pensar en Navidad y en su madre, en cómo ella servía la cerveza negra en el pudín y lo hacía revolver, lo hacía desear. Sin obligarlo, lo había alentado al sacerdocio. Una vez, cuando era monaguillo, estaba en la sacristía y se permitió pasar la mano por sobre la sotana, la sobrepelliz. La luz invernal se teñía sobre la alta ventana y en la capilla el coro estaba practicando ‘Grande Tú eres`. En ese momento sintió abrirse el camino, pero no hay tiempo para demorarse en esas cosas. Lawlor, el padre de la novia, se había acercado serio, serio, y le daba un apretón de manos. El sacerdote siente el dinero en la palma.

   -Algo por sus molestias -dijo Lawlor en voz baja.

   -Gracias -aceptó el sacerdote-. Fue un placer.

   Lawlor es un viudo con doscientos acres camino a Carlow. La corbata de seda está perfectamente anudada, sus rayas hacen resaltar el rojo oscuro de la trama del traje. Es un hombre conocido por su buen gusto, agradable. Mira al novio, al otro lado del bar, que tiene la cabeza inclinada, oyendo algo que otro hombre está diciendo.

   -¿Cree que el hermano del novio aguantará de pie? -pregunta Lawlor.

   -¿No van a servir pronto la cena? -dice el sacerdote.

   -Lo hemos arreglado, así que no tendremos que estar haciendo tiempo. Nos estarán llamando en cualquier momento -dice y se vuelve en silencio, para contemplar de nuevo al novio-. Cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza, uno no puede interponerse en su camino. Es mejor salirse del medio.

   -Las cosas tienen su propio modo de arreglarse- lo consuela el sacerdote.

   -Algunas, sí -dice Lawlor, dejando caer la cabeza, tocando el taburete con la punta de su gran zapato lustrado-. Uno tiene que apartarse y dejarlos, dejar que cometan sus propios errores. Ese es el problema. Y si uno no se mete en ese problema, se busca más.

   La muchacha que estaba sirviendo el ponche va hasta el bar con un gong.

   -¡Por favor, tomen asiento! ¡Damas y caballeros! ¡Se va a servir la cena!

   Hay una oleada de sorpresa. Las mujeres buscan sus carteras. Los bebedores se dejan llevar por el pánico y piden otra ronda. Hay un tránsito paulatino hacia el salón de baile, donde se han dispuesto las mesas.

   -Si llegara a necesitarme -dice el sacerdote-, sabe dónde estoy.

   -Espero no tener que llamarlo -dice Lawlor.

   -De cualquier manera, llámeme -dice el sacerdote-. La mayor parte de las noches estoy en casa.

   En el baño de caballeros, parado frente al espejo, se lava las manos y se peina, sacándose el cabello de la frente. Le está creciendo rápido, le cae sobre los ojos, aunque la última vez que fue al peluquero se lo cortaron mucho. Donald Jackson, el padrino de bodas, llega, se inclina contra la pared y orina. El chorro es largo y hace ruido contra los azulejos. Se da vuelta antes de guardar la pija. Es una pija grande y le cuesta volvérsela a meter adentro de los pantalones alquilados.

   -Lindo adorno, ¿no, padre? -dice-. Casi como el suyo.

   -¡Basta! -grita Kennedy, quien a tirado la cadena y sale del cubículo-. No hay necesidad de eso. ¿Quieres guardar esa cosa? -dice un tanto divertido-. No le preste atención a ese canalla, padre. No le haga caso.

   Al salir, el sacerdote oye risas. Hubo un tiempo, no hacía mucho, en que ellos habrían esperado hasta que él no hubiese podido oír…”