«El cardenal Fernando de Médicis, que acababa de suceder a su hermano Francisco, sin por ello renunciar al capelo, tenía treinta y seis años y era cardenal desde hacía veinticinco, habiendo sido elegido para esta alta dignidad a la edad de once años. El reinado de Francisco, célebre hasta nuestros días por su amor por Bianca Capello, se había señalado por todas las locuras que el amor a los placeres puede inspirar a un príncipe que no se distinguía por la fuerza del carácter. Fernando, por su parte, había tenido que reprocharse algunas flaquezas del mismo género que las de su hermano; sus amores con la hermana oblata Virgilia eran célebres en la Toscana, pero hay que decir que lo eran sobre todo por su inocencia. Mientras que el gran duque Fernando, sombrío, violento, dominado por sus pasiones, no pensaba bastante en el escándalo producido por sus amores, en el país no se hablaba de otra cosa que de la alta virtud de la hermana Virgilia…»
<Texto del relato Favores que matan de Henri Beyle (Stendhal)>