Leer para reducir la condena en Bolivia: un programa que combate el hacinamiento carcelario

El proyecto ‘Libros por rejas’ ofrece alternativas de educación y reinserción social para los reos en un país con gran sobrepoblación en sus penales.

(RDNE)

En Obrajes, una zona residencial de clase media-alta ubicada en el sur de La Paz, se encuentra Villa María, una antigua propiedad con más de 7.000 metros cuadrados de superficie. Desde 1956, los predios que antiguamente pertenecían a María Isaura Miranda, una anciana millonaria que al fallecer no dejó ningún heredero, se convirtieron en propiedad del Estado y se utilizan como centro penitenciario femenino. Dentro hay un edificio de estilo postcolonial. En la cerámica que adorna el piso se puede leer la leyenda que dice “Villa María 1915″. Los amplios y altos pasillos de esta construcción guían hacia una habitación de aproximadamente dos por cuatro metros.

El espacio es estrecho y guarda dos estantes viejos, con al menos una centena de libros de diferentes épocas y géneros, además de un escritorio que sirve como espacio de trabajo para la responsable de educación del recinto penitenciario y como un intento de biblioteca donde la lectura de sus obras puede conceder cierto tipo de redención. El repositorio literario del Penal de Obrajes es uno de los 47 que forman parte del programa ‘Libros por rejas’, un proyecto que busca incentivar la lectura en instituciones penales del país andino-amazónico a cambio de reducir los tiempos de condena de los reclusos.

El programa, instaurado en 2019 e impulsado por la Defensoría del Pueblo junto al Estado boliviano, el ministerio de Educación y la administración de régimen penitenciario, busca combatir el hacinamiento carcelario y el uso excesivo de la detención preventiva en las prisiones y ofrecer alternativas para la reinserción social de las personas privadas de libertad. “A la fecha, Bolivia debe tener 165% de hacinamiento carcelario y una tasa de 65% de preventivos. Eso implica que las tareas de educación, de trabajo, de psicoterapia, entre otras, son casi de imposible desarrollo”, explica la defensora del pueblo, Nadia Cruz, a América Futura.

El funcionamiento y alcance del proyecto tiene como pilar la voluntad de los presos de leer. Estos eligen un libro de la biblioteca que tiene su centro penitenciario y, al acabar la obra, ya sea a través de una prueba escrita o un ensayo, el responsable del área pedagógica del recinto penitenciario puede determinar acreditar, a través de un certificado, una disminución de la pena, tomando en cuenta la formación o nivel educativo alcanzado por el participante. No pueden acceder al programa personas sentenciadas a la pena máxima en Bolivia, que equivale a 30 años de prisión sin derecho a indulto. “Los sitios más valorados por los privados de libertad son sus campos deportivos y sus bibliotecas. Ambas funcionan a motor por la dedicación, voluntad y el tiempo que le ponen ellos mismos”, explica Cruz.

Mildred Solís, de 43 años, se alegró cuando hace casi un año la Defensoría del Pueblo llegó al Penal de Obrajes con más de 200 libros para anunciar la implementación del programa. “Dije: ‘Por fin vamos a tener un espacio para separarnos un poco del encierro, para liberar la mente, soltar las ideas”, recuerda. Ahí comenzó su aventura literaria leyendo El exorcista, de William Peter Blatty, dice con una sonrisa pícara. Después continuó con Paula Hija de la fortuna, de Isabel Allende. “Estoy leyendo ahora El mundo de Sofía, para completar La historia de filosofía, de Julián Marías”, agrega, con un dejo optimista, desde el pequeño ambiente que acoge las pocas obras disponibles para la lectura.

El balance que hace Cruz sobre los resultados del programa es positivo. Cuando Libros por rejas comenzó hace tres años contaba con 160 inscritos, aproximadamente. Actualmente hay 865 participantes, de los cuales un poco más del 50% ha culminado con la lectura de un libro. Es una cifra alentadora, considerando que, según una encuesta realizada por la empresa de investigación de mercados Ipsos sobre los hábitos de lectura en el país dada a conocer en 2021, el 46% de los bolivianos no lee ni un libro al año. “Este programa tiene que crecer y sacar más productos. Nos ayuda a conocer más géneros literarios en cuanto a novelas, en cuanto a historia, a dramaturgia, obras de teatro”, afirma Idalia Torres, de 48 años, a quien todavía le quedan 12 años de sentencia en el Penal de Obrajes.

No todo es optimismo para Solís. La presa lamenta que las más de 200 obras que llegaron a Obrajes, como parte de un lote de 14.000 libros que se distribuyeron para el programa –entre donaciones de la sociedad civil y aportes del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia del Estado–, fueron quemadas en un intento de motín por parte de algunas de las reclusas. Afirma que era algo previsible debido a que no se cuenta con un espacio adecuado para la lectura. Torres, que ha leído casi cuatro libros desde que ingresó a la penitenciaría el pasado mes de abril, coincide con Solís: “Sería bueno que cada institución tanto pública como privada vea esta necesidad que tenemos nosotras las privadas de libertad de poder tener mucha más variedad en cuanto a bibliografía”.

El semblante del rostro de Solís cambia y denota tristeza. Recuerda cuando las personas a cargo de la seguridad del penal, al momento de controlar la limpieza en las habitaciones, encontraron cuatro libros bajo su almohada y le transfirieron a otro espacio con el argumento de que “no es normal que alguien tenga tantos libros”. “No tenemos estantería suficiente, tampoco tenemos mucho material literario. No hay mesas ni sillas para poder leer con tranquilidad. No se puede vivir así, no se puede leer así. Eran solo cuatro libros, de verdad necesitamos una biblioteca”, afirma impotente con lágrimas en el rostro.

R.Q., de 54 años, es otro de los beneficiarios de Libros por rejas. No tiene sentencia aún y se encuentra con detención preventiva desde hace tres años en la cárcel de San Pedro, un espacio mucho más hostil ubicado en el centro de la ciudad de La Paz. La cárcel acoge a 2.566 reos, pese a que cuenta con una capacidad para 400. Tras las paredes de esta fortaleza, autorregulada por los internos y delegados —líderes elegidos por los propios presos—, se esconde una pequeña biblioteca, un espacio cerrado con candado que solo se abre ocasionalmente para sacar algún libro o para impartir alguna clase. Esto debido al riesgo de robo de material o daños que se puedan causar.

Desde que se unió al proyecto, R.Q. ha leído Si me permiten hablar, biografía de Domitila Barrios de Chungara, destacada activista por los derechos de los mineros en Bolivia, así como otros títulos relacionados a la historia del país. “En cada lectura hacíamos nuestro resumen y hemos expuesto para cada uno de los 20 o 30 participantes. Hubo debate y análisis sobre diferentes aspectos que les ha gustado a los compañeros. Con este programa se prioriza el desarrollo de los privados de libertad y cómo podemos gestionar una reinserción a la sociedad con base en la educación”, afirma el reo desde la biblioteca del penal de San Pedro, rodeado de estantes donde se pueden divisar títulos como El conde de Montecristo o best-sellers modernos como Crepúsculo.

R.Q. dice que no es fácil mantener el hábito de lectura en San Pedro, ya que los espacios son limitados debido a la superpoblación dentro del penal, con un hacinamiento del 542%, según datos del ministerio de Justicia. Asimismo, como en la mayoría de centros penitenciarios en Bolivia, los presos deben desempeñar trabajos dentro de las instalaciones, ya sea para mantenerse dentro o para ayudar económicamente a sus familias en el exterior.

Desde la Defensoría del Pueblo saben que no es sencillo coordinar tareas con el Estado o con la administración de régimen penitenciario; y que hay aspectos logísticos, burocráticos y de comprensión acerca de la importancia de los procesos de educación para la reinserción que necesitan atención, pero que es un proceso en el que se intenta “mejorar constantemente”. “Hemos logrado que el ministerio de Educación y la dirección nacional de Régimen Penitenciario adopte a Libros por rejas como un programa parte del pilar de educación y que servidores públicos lo acepten sin hacer juicio del mismo”, precisa Cruz.

La defensora del pueblo considera que toda la problemática penitenciaria tiene como causa estructural la mala administración de justicia que existe en Bolivia. Cruz es de las que cree en darle una nueva mirada al sistema haciendo énfasis en el fortalecimiento de la justicia indígena originaria campesina, de la civil, laboral, entre otras, para que vayan tomando un rol más protagónico al momento de resolver los problemas de la población.

“Hay una estigmatización desde el propio Estado y de nuestra sociedad, particularmente en Bolivia, sobre las personas privadas de libertad. Entonces es necesario desde el Estado, desde la sociedad civil, pensar en las mujeres y hombres privados de libertad como seres humanos que requieren nuevas oportunidades, que son personas que necesitan continuar con sus proyectos de vida y ahí tenemos una labor todas y todos y es seguir aportando y apoyando para que eso suceda”, finaliza Cruz.

<El texto del artículo le pertenece a Andrés Rodríguez, reproducido en el diario El País de España>

Los olvidos de Nora Ephron

Sagaz e inteligente, vivió momentos históricos del periodismo en los Estados Unidos. Aunque su capacidad le permitió desarrollarse además como guionista, ensayista y directora cinematográfica, alcanzando numerosos reconocimientos por sus trabajos

Tuvo la enorme fortuna, acompañada de una innegable capacidad profesional, de formar parte de un medio donde una pléyade de periodistas se enfrentaron con los aparatos de varios gobiernos estadounidenses de la época; redactores que tuvieron que superar indecibles presiones para poder dar a luz sus artículos de opinión. De hecho, su segundo marido, Carl Bernstein, fue de los responsables que, con sus investigaciones para el Washington Post, llevaron a destapar el caso Watergate; en el que se demostró la implicación de importantes personajes del partido Republicano de los Estados Unidos en el espionaje perpetrado en el edificio del cuartel general de su oponente, el partido Demócrata. Hechos que, con posterioridad, llevaron a costarle la renuncia a la presidencia del republicano Richard Nixon.

Con estos valiosos antecedentes, la autora (Nueva York, 1941 – 2012, Nueva York) siguió edificando su camino escribiendo para distintas revistas de actualidad, publicaciones de la importancia de New Yorker o Esquire. Hasta que tuvo en sus manos la posibilidad de la realizar el guion de la película Cuando Harry encontró a Sally, comedia con la que para su sorpresa cosechó un enorme éxito a nivel planetario, y que situó su nombre en la escena de los grandes estudios de la industria del cine.

A este espaldarazo le siguieron otros, títulos como Silkwood, o Insomne en Seattle (Algo para recordar). Luego, ya en su papel de directora, lo hizo con filmes como Embrujada o Tienes un e-mail, que le valieron sendas nominaciones a varios premios Oscar. A estos trabajos se le sumaron también escritos ya en su vertiente de ensayista y otros en su calidad de dramaturga.

Aguda, sarcástica e inteligente, quizás sus mejores textos son aquellos que van revestidos de pasos de comedia, historias que apenas logran disimular las tribulaciones de la clase media estadounidense. Con una crítica existencialista e incluso, como es el caso, con un humor irónico y por momentos mordaz hasta el borde de la parodia. Características que en parte se pueden observar en este pasaje de su relato La palabra que empieza por D, incluido en la selección de su libro No me acuerdo de nada, texto que se mece entre la autobiografía y el ensayo, que representó a la postre uno de sus últimos trabajos literarios antes de su desaparición física:

“Mi segundo divorcio fue el peor tipo de divorcio. Teníamos dos hijos; uno recién nacido. Mi marido se enamoró de otra. Me enteré de su aventura cuando aún estaba embarazada. Había ido a pasar el día en Nueva York y me había reunido con Jay Presson Allen, una escritora y productora. Cuando estaba a punto de irme al aeropuerto de La Guardia para volver a Washington en el puente aéreo, Jay me dio un guion que casualmente tenía por ahí, de un guionista llamado Frederic Raphael. <Lee esto -me dijo-. Te va a gustar>.

   Lo abrí en el avión. Empezaba con una pareja casada, en una cena. No recuerdo sus nombres, pero vamos a llamarlos Clive y Lavinia, para ambientar la historia. La cena era muy elegante, y todo el mundo era inteligente, ingenioso y tenía conversaciones brillantes. Clive y Lavinia eran especialmente listos y charlaban entre sí con mucho encanto, como coqueteando. Todos los invitados los admiraban, por separado y como pareja. Por fin se sentaban a cenar y la cháchara continuaba. En mitad de la cena, un hombre que estaba sentado al lado de Lavinia le pone una mano en la pierna. Ella le apaga el cigarrillo en la mano. La conversación sigue siendo deslumbrante. Terminada la cena, Clive y Lavinia vuelven a casa en su coche. La conversación se ha interrumpido y hacen el viaje en silencio total. No tienen nada que decirse. Hasta que Lavinia suelta: <Vale. Dime quién es>.

   Esto estaba en la página ocho.

   Cerré el guion. No podía respirar. En ese momento supe que mi marido tenía una aventura. Hice el resto del viaje anonadada. El avión aterrizó, llegué a casa y fui directa a su despacho. Había un cajón cerrado con llave. Claro. Lo sabía. Encontré la llave. Abrí el cajón y allí estaba la prueba: un libro de cuentos infantiles que ella le había regalado con una dedicatoria de amor eterno estúpida a más no poder. Hablé de todo esto en Se acabó el pastel, una novela muy divertida, aunque en su día la cosa no tuvo ninguna gracia. Me volví loca de pena. Estaba destrozada. Me aterraba pensar qué iba a ser de mis hijos y de mí. Me sentí engañada, idiota y absolutamente humillada. Me pregunté si terminaría convertida en una de esas divorciadas que no tiene más remedio que mudarse con sus hijos a Connecticut y de la que nadie vuelve a saber nada.

   Me fui de casa, con mucho dramatismo, y volví después de muchas promesas. Mi marido entró en el ciclo habitual en estos casos: mentiras, mentiras y más mentiras. Yo entré en estado de vigilancia: abría con vapor los sobres de los extractos de la American Express, les hacía jurar a mis amigos que guardaran el secreto y descubría que esos amigos a quienes hacía jurar que guardaran el secreto no eran capaces de guardar un secreto, etcétera. Había un misterioso recibo de James Robinson Antiques. Llamé a James Robinson, me hice pasar por la secretaria de mi marido y dije que necesitaba saber con exactitud a qué pieza correspondía el recibo, para poder asegurarla. Resultó que el recibo era de una caja de porcelana antigua que decía <Te quiero de verdad>. Probablemente se parecía a la caja de porcelana antigua que mi marido me había regalado un par de años antes y que decía: <Por siempre jamás>. Cuento todo esto para que se comprenda que forma parte del proceso: cuando descubres que él te ha engañado, tienes que seguir descubriendo pruebas y más pruebas, hasta que te has rebajado tanto que lo único que puedes hacer es largarte.

   Cuando terminó mi segundo matrimonio yo estaba enfadada, dolida y atónita.

   Ahora Pienso: Por supuesto.

   Pienso: ¿Quién puede ser fiel cuando es joven?

   Pienso: Son cosas que pasan.

   Pienso: La gente se descuida y casi nunca hay consecuencias (solo para los niños, como ya he dicho).

   Y sobreviví. Mi religión es: Supéralo. Lo transformé en una historia divertida. Escribí una novela. Con el dinero que gané con la novela me compré una casa.

   Dicen que con el tiempo el dolor se olvida. Es el cliché del parto: el dolor se olvida. No comparto esa opinión. Me acuerdo del dolor. Lo que se olvida en realidad es el amor.

   El divorcio parece que va a durar eternamente y un buen día, de pronto, los hijos se hacen mayores, se van de casa y hacen su vida, y salvo algún destello ocasional, no vuelves a tener contacto con tu exmarido. El divorcio ha durado mucho más que el matrimonio, pero por fin ha terminado.

   Se acabó.

   A lo que iba es a que, durante mucho tiempo, el hecho era haberme divorciado, era lo más importante sobre mí.

   Y ya no lo es.

   Ahora lo más importante sobre mí es que soy vieja…”

“Cuando el ciego oyó doblar el papel, preguntó:

-Nada urgente, supongo.

Hice un gran esfuerzo y respondí:

-No, nada urgente.

Me sentí una especie de monstruo, viendo sonreír al ciego, que me miraba con los ojos bien abiertos…”

Crédito de imagen: Onyotomo

Texto: de la novela El Túnel de Ernesto Sábato

 

Sí a los libros ‘molestos’: la lectura debe ser crítica desde la infancia

Mucho se está hablando en los ámbitos editoriales y fuera de ellos respecto de la denominada “cultura de la cancelación”. En esencia, actualizar los textos de grandes escritores que en su momento lograron el éxito con sus publicaciones, “corrigiendo” vocablos que hoy pudieran resultar ofensivos para cierto público, y “adaptarlos” -según sus impulsores- a una nueva, necesaria y más actualizada realidad literaria

En los últimos tiempos parece que está extendiéndose la idea de que la ficción debe ser placentera y agradable; y que los valores éticos y morales de los textos deben ir en consonancia con las convicciones actuales.

No obstante, la literatura tiene que molestar para hacer pensar al lector. Tiene que resultar incómoda, tanto en su forma como en su fondo, para que quien esté ante ella se vea, en ocasiones, obligado a parar, levantar los ojos del libro y reflexionar acerca de lo que está leyendo.

Las obras que reafirman los valores de la comunidad son, ciertamente, importantes, pero no son menos relevantes aquellas que importunan al ciudadano y lo enfrentan contra otros sistemas de creencias, que sin duda le harán dudar y cuestionarse sus propios principios.

Un debate en el mundo angloparlante

Aunque posteriormente, y debido al enorme revuelo mediático provocado, dieron marcha atrás, la decisión de la Roald Dahl Story Company –cuyos derechos eran adquiridos por la plataforma de streaming Netflix en septiembre de 2021– y Puffin Books de reescribir algunos fragmentos de libros tan icónicos del escritor británico Roald Dahl como Matilda o Charlie y la fábrica de chocolate fue uno de los ejemplos más recientes de esta corriente que considera que los libros infantiles han de ser ejemplares o, como mínimo, correctos en los valores que transmiten.

Los responsables de la decisión explicaron que las obras de Dahl, escritas en su mayoría entre los años cuarenta y noventa del siglo XX, no reflejan los valores que hoy se consideran adecuados, de lo que se concluye que no deben aparecer en las lecturas destinadas al público infantil y juvenil.

De este modo, por ejemplo, la protagonista superdotada Matilda ya no aparecía leyendo a Kipling o a Conrad, sino a Jane Austen, y los icónicos Oompa Loompas serían descritos no como “hombres pequeños” sino como “personas pequeñas”.

Censura y bondad

Para confundir más aún la cuestión, algunos de los críticos con la decisión de Puffin Books no lo han hecho con el acierto esperado. Por ejemplo, Salman Rushdie, que afirmaba: “Roald Dahl no era un ángel, pero esto es una censura absurda”. Con esta afirmación, a pesar de querer romper una lanza a favor de Dahl, ahonda en la misma impostura de querer vincular bondad con ficción literaria. Aludir a la propia biografía del escritor supone que autores polémicos en lo personal no pudieran haber escrito obras que hoy consideramos sublimes y pertenecen a nuestro canon literario.

CORRECIÓN POLÍTICA

La editorial de Agatha Christie reescribe sus obras para adaptarlas a las nueva «sensibilidades»

Más allá de considerar la oportunidad de esta decisión, que en el panorama editorial español, según ha afirmado la editorial Santillana, no se va a replicar, lo interesante es la reflexión que podemos hacer desde la Filología y la Teoría de la Literatura sobre si la ficción ha de ser ejemplar, si deben leerse solo novelas acordes a los valores que hoy se consideran válidos y apropiados. Además de qué novelas leer, la reflexión nos obliga a considerar, sobre todo, cómo debe leerse una ficción.

¿Qué novelas merecen ser leídas?

Leer algo que defiende valores distintos a los nuestros nos obliga a articular una justificación que nos explique a nosotros mismos por qué nuestros valores son mejores. En nuestro país, autoras como Marta Sanz y Belén Gopegui, entre otros escritores, llevan trabajando en esta idea durante largo tiempo, tanto desde la literatura considerada para adultos como desde la literatura infantil.

Al defender la legitimidad e importancia de los textos incómodos, surge una cuestión fundamental: cómo leer dichos textos ficcionales. En este sentido, parece claro que ya desde la infancia y la adolescencia debe primar una lectura crítica de todos los libros, un proceso que permita que el lector reflexione, tanto desde su propia singularidad, como a través de la guía de sus padres y profesores.

Interpretar y ubicar

La lectura no es un acto independiente de la interpretación: no es otra cosa lo que conocemos como hermenéutica. Al confrontarnos con textos de otros momentos, que reflejan otros valores, la solución no es obviarlos, ni censurarlos, sino ser capaces de ubicarlos y entenderlos dentro de su contexto.

Solo este proceso de comprensión e interpretación adecuadas de los textos literarios permite extraer una lección fundamental, que debe aprender el lector cuanto antes si quiere desarrollarse plenamente dentro de su comunidad. Esta enseñanza consiste entender que los valores que hoy respetamos y consideramos válidos no lo han sido siempre y, por tanto, nada impide que en el futuro puedan sucumbir ante opciones políticas autoritarias.

La lectura de textos en los que se perciben diferentes sistemas de valores, e incluso con creencias que hoy no consideramos aptas, nos permite entender cómo los derechos y libertades que hoy disfrutamos no siempre han sido reconocidos como tales y cómo, por ello, es de enorme importancia formar ciudadanos críticos que reaccionen ante potenciales riesgos que pueda sufrir nuestra democracia.

(El texto pertenece a Claudio Moyano Arellano, profesor de teoría de la literatura, publicado en su oportunidad en el diario El Periódico de Barcelona, España)

(Ksenia Chernaya)

«Existe una fascinación por el libro en papel, y las librerías son las guardianas de este símbolo de resistencia mundial contra las pantallas» (Iolanda Batallé, librera)

Los viajes y las reflexiones de Cornelis (Cees) Nooteboom

Con una obra literaria diversa, el neerlandés muestra su plenitud en los textos donde combina las descripciones de lugares y personajes con los que se cruzan en sus periplos, a los que sabiamente acompaña con las introspecciones que le producen

Tal vez su inclinación por los viajes haya nacido en su adolescencia a través de sus constantes movimientos de residencia; ya que el neerlandés nacido en La Haya (1933), también residió y estudió en ciudades como Eindoven y Utrecht de su país natal. Aunque muy pronto los dejó atrás para lanzarse a su primer periplo hacia una Europa, que había dejado atrás los años de segundo gran conflicto bélico y que afrontaba esperanzada los aires de reconstrucción.

Fruto de ese primer gran tour vio la luz su primera novela: Philip y los otros; a la que con posterioridad le seguirían otras como Rituales, de buena repercusión, y títulos como Una canción del ser y la apariencia, En las montañas de Holanda, El día de todas las almas o Perdido el paraíso, por las que supo ganarse el respeto de crítica y público. Pero su andadura en las letras abarca también el ensayo, la poesía y, como podía esperarse, sus libros de viaje. Género en el que quizás se le perciba en su mayor plenitud, con trabajos inspirados en ciudades y países como Berlín, Túnez, Isfahán, Bahía, Bolivia o Surinam.

Aunque más allá del estilo, subyace en su obra de forma directa o sesgada un pensamiento profundamente existencialista, que se muestra en reflexiones que preocupan al europeo cosmopolita, de espíritu abierto y crítico. Mirada que, junto a la calidad de sus textos, le permitió alzarse con premios como el Ana Frank, el Premio de las Letras Neerlandesas, y el Premio Formentor de las Letras, entre otros.

Residente desde hace décadas durante gran parte del año en la isla de Menorca, donde posee una propiedad y que, como bien reafirma, le permite abastecerse de la energía propia surgida de las gentes del Mediterráneo y por el contrario, dejar atrás la inclemente meteorología de su tierra de nacimiento. Donde, admite, le permite predisponerle de la mejor manera para acometer sus trabajos literarios.

El pasaje siguiente pertenece a su selección de relatos cortos Lluvia Roja, y del este la historia que le da nombre, donde se funden el libro de viajes y la ficción, fórmula que el autor utiliza de manera asidua. Donde combina el pintoresquismo de los personajes que encuentra a su paso, a los que adhiere sus propias reflexiones sobre el ser humano, cercanas también a sus convicciones y sentimientos.    

“Uno de los aspectos más curiosos de hacerse mayor es que casi todo evoca un recuerdo. A lo largo de la vida uno construye un inmenso marco de referencias en el que todo guarda relación con todo. No es una frase afortunada eso de que todo guarda relación con todo, pero es así. Mientras escribo esto, en España es verano, y, a pesar del elevado grado de humedad que hay en mi isla, el viento procedente del mar calienta la tierra sin clemencia. Hace semanas que no llueve. Jaume, el cartero, y yo observamos las nubes grises. ¿Lloverá o no lloverá?

   Jaume no sabe si lloverá, pero si así fuera, dice él, habrá barro, y yo sé qué significa eso: arena roja del Sáhara que las gotas de lluvia transportan hasta la isla. Mañana los muros encalados de mi casa mediterránea habrán sangrado un poco. Lluvia roja. Todo guarda relación con todo, sí, pues recuerdo ahora mi primer viaje a Marruecos por el borde del Sáhara. ¿Y por qué veo ahora, de pronto, a una mujer que lleva años muerta? ¿Y por qué veo casi al mismo tiempo una cajetilla roja de Pall Mall cuando hace ya años que no fumo? Con esa mujer hice hace mucho tiempo un largo viaje por los oasis tunecinos, Nefta, Tozeur. Aún siento los surcos de la pista y me pregunto si en lugar de pistas hay ahora, casi medio siglo después, carreteras de verdad. Es probable que sí, y no sé si me gusta la idea. Era emocionante circular por aquellos caminos polvorientos que eran como tablas de lavar hechas de arena. Por la noche acababa uno molido. Ella y yo nos encontrábamos no sé dónde en un cuartito de piedra escuchando el llanto y los agudos ladridos de los perros que envolvían el oasis como un gran círculo. Muchos años después, en otra vida, la mujer se cayó de una roca en una isla griega. Yo acudí a su funeral en Ámsterdam y me acordé de su risa, su voz profunda, su estupenda manera de emborracharse y del inolvidable brillo de sus ojos. El libro que escribí sobre aquellos viajes tunecinos se lo dediqué a ella, y sin embargo cuando salí del cementerio me sentí como si la hubiera traicionado, una sensación que jamás he olvidado. Los vivos abandonan a los muertos dejándolos solos en su noche perpetua.

¿Y la cajetilla de Pall Mall? Aquello debió ser en Tinerhir o en Uarzazate, una noche en la kasba, hace ya casi también cincuenta años. Oscuridad, una tenue luz amarilla, calles sin pavimentar, un callejón angosto, un laberinto, me he perdido pero no siento pánico. Un grupo de hombres en chilaba. Uno de ellos lleva una flauta de madera. Me piden tabaco y yo tengo la cajetilla de Pall Mall. Me proponen un trueque, los cigarrillos a cambio de alguna que otra calada de pipa que se van pasando entre ellos. Kif, una palabra que hoy ya no oigo mucho.

   Subimos por una escalera estrecha, entramos en una pequeña habitación, apenas hay luz. Uno de los hombres toca la flauta, una melodía que envuelve y atrapa. La pipa se parece a la flauta, de madera tosca sin barnizar. Los hombres comprueban si lo hago bien. Le doy una fuerte calada a la pipa y el efecto es inmediato, no transcurre ni un segundo. Debía de ser un material excelente, pues yo estaba en el suelo sentado entre los cuatro hombres, ellos me izaron y me colocaron boca abajo, de modo que acabé sentado en el techo cabeza abajo y desde ahí contemplé el mundo. Ahora, al describir la escena, se me antoja un delirio, pero sucedió así de verdad. Recuerdo que la poca conciencia que me quedaba me dictó salir de aquella habitación cuanto antes. Me pregunto ahora si hice bien en seguir los dictados de mi conciencia. Tal vez, de haberme quedado, habría vivido algo excepcional. No recuerdo haber sentido miedo. Sí recuerdo mi decisión pero no su desenlace, pues ¿cómo se baja uno del techo sin caerse al suelo? ¿Acaso regresé a casa volando? ¿Y cuál era mi casa? La memoria me deja en la estacada. ¿Cómo será la memoria absoluta? Trato a veces de imaginarla. Una memoria que te devuelva todo cuanto has hecho (visto, oído, leído), todos los instantes de plenitud y de vacío. El problema es que esa memoria requería una vida más, tan larga como la vida ya vivida, y eso es imposible. ¿Adónde van a parar entonces todos los instantes vividos? Si yo no los recuerdo, ¿existen en la memoria de otras personas? ¿Se acuerda de mí alguna vez aquella muchacha de Casablanca, si es que todavía vive? ¿Y cómo me imagina ella? De eso hace ya también una eternidad. La chica, de una belleza espectacular, trabajaba en el Syndicat d’Iniciatives de Casablanca. Eso lo recuerdo bien, y sin embargo no logro recordar su aspecto. ¿Qué valor tiene entonces semejante recuerdo? Ojalá pudiera volverla a ver una vez más tanto como la vi entonces, pero la memoria tampoco quiere ayudarme a recuperar esa imagen. Lo que sí recuerdo es que no me atreví a abordarla y que por eso salí afuera despreciándome a mí mismo profundamente, furioso por no atreverme a dirigirle la palabra. Me encaminé a la esquina, pensé en la enésima noche solitaria que me esperaba, me di vuelta de inmediato y le pregunté a la chica si aceptaría cenar conmigo. Su respuesta fue enigmática. Sí estaba dispuesta acompañarme, pero no comería conmigo…”    

«En efecto, nuevos disfraces hicieron su aparición. Señoras vestidas de hombre, absurdas a causa de sus opulentas formas, rostros ennegrecidos con tapones quemados; hombres disfrazados de mujer, tropezando con las faldas, como el estudiante Rasmussen con un enorme abanico de papel. Apareció un mendigo, con las rodillas dobladas, apoyado en la muleta. Uno se había vestido de Pierrot con unas sábanas y un sombrero de mujer; llevaba la cara empolvada, de manera que los ojos habían adquirido un aspecto extraño, y los labios pintados con un rojo de sangre»

Óleo: Autorretrato con máscaras de James Ensor

Texto: de La montaña mágica de Thomas Mann

De George Orwell a Boris Pasternak: los libros que fueron prohibidos por ser demasiado “peligrosos” para ser leídos

En 1982, se lanzó la Semana de los Libros Prohibidos, un evento anual que “celebra la libertad para leer”; fue en respuesta a la resistencia de escuelas, bibliotecas y librerías a ciertas publicaciones

La leyenda de los libros sibilinos, unos textos mitológicos y proféticos de la antigua Roma, nos contó que, en una ciudad, una mujer ofreció vender al pueblo 12 libros que contenían todo el conocimiento y sabiduría del mundo, a un precio muy alto. Rehusaron hacerlo, al considerar la propuesta ridícula, así que ella quemó la mitad de los libros en el acto y volvió a ofrecer los seis restantes por el doble. Los ciudadanos se burlaron de ella, aunque un poco nerviosos.

La mujer quemó tres más, puso el resto a la venta, pero dobló el precio otra vez. Nuevamente la rechazaron con renuencia, ya que eran épocas difíciles y la vida parecía estar volviéndose más dura. Finalmente, quedó un solo libro, que los ciudadanos pagaron al precio extraordinario que exigía la mujer y los dejó a que solos manejaran como pudieran una doceava parte de todo el conocimiento y sabiduría del mundo.

Los libros están cargados de conocimiento. Son los polinizadores de nuestras mentes, difundiendo ideas que se reproducen por sí mismas a través del tiempo y el espacio. Solemos olvidarnos de cómo los rasgos en una página o en una pantalla hacen posible la comunicación entre cerebros apartados en los extremos de la Tierra o en cada margen del siglo.

Los libros son, como dijo Stephen King, “una magia portátil única”, y el aspecto portátil es tan importante como la magia. Un libro puede llevarse, mantenerse oculto, como tu propio almacén de conocimiento. El diario personal de mi hijo tiene un candado, inútil, pero simbólicamente importante.

El poder de las palabras contenidas en un libro es tan enorme que fue una costumbre de larga data borrar algunas, como las maldiciones en las novelas del siglo XIX o las palabras demasiado peligrosas para escribir, como el nombre de Dios en algunos textos religiosos.

El poder de los libros

Los libros son conocimiento y el conocimiento es poder, lo que los convierte en una amenaza para las autoridades (gobiernos y líderes de facto por igual) que quieren tener un monopolio sobre el conocimiento y controlar el pensamiento de sus ciudadanos. Y la manera más eficiente de ejercer ese poder sobre los libros es proscribirlos.

La prohibición de libros tiene una larga e innoble historia, aunque no está muerta: es una industria vigente. En septiembre pasado, se cumplió el 40 aniversario de la Semana de los Libros Prohibidos, un evento anual (promovido por la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos y Amnistía Internacional) que “celebra la libertad para leer”. Se lanzó en 1982, en respuesta al aumento de la oposición a ciertos libros en escuelas, bibliotecas y librerías.

De alguna manera, debo admirar la energía y vigilancia de aquellos que quieren prohibir libros hoy en día: solía ser más fácil entonces. Hace siglos, cuando la mayoría de la población no podía leer y no había fácil acceso a los libros, su conocimiento podía restringirse en la fuente.

Por ejemplo, la Iglesia Católica durante mucho tiempo disuadió al pueblo de poseer su propia copia de la Biblia, y aprobó únicamente su traducción al latín para que muy poca gente del común la pudiera leer. Aparentemente, eso fue para evitar que los laicos malinterpretaran la palabra de Dios, pero también garantizó que no pudieran cuestionar la autoridad de los líderes eclesiásticos.

Aun cuando las tasas de alfabetización aumentaron, como cuando Reino Unido introdujo leyes educativas a finales del siglo XIX, los libros eran caros, particularmente aquellas obras de literatura elevada cuyas palabras e ideas eran las más duraderas (y potencialmente más peligrosas). No fue sino hasta los 1930, con las editoriales Albatross Books y Penguin Books, que el nuevo público masivo pudo satisfacer su apetito por libros de calidad a precios módicos.

Pero, simultáneamente, la prohibición de libros estaba a punto de cobrar nueva vida, al igual que potenciales censores intentaban desesperadamente estar al día con la proliferación de nuevos ejemplares que estimulaban nuevas y alborotadas ideas en los lectores. Lo que sorprende de la expansión de la prohibición de libros en el siglo XX es lo generalizada que era la gana de mantener esa mentira de “protección”.

“Corrompiendo mentes”

En la actualidad, el gobierno de China emite edictos contra los libros escolares que “no están en línea con los valores socialistas básicos [del país]; que tengan valores, visiones del mundo y de la vida desviadas”. Un lenguaje clásicamente flexible que puede ser aplicado a cualquier libro con el que las autoridades no están de acuerdo por cualquier razón. “Aunque “los estudiantes realmente ni los miran”, observó una profesora en 2020 cuando eliminaba de los estantes de la biblioteca escolar las novelas Rebelión en la granja y 1984, de George Orwell.

En Rusia, la estrategia de prohibición de libros fue una aventura notablemente pública, dado el número de grandes autores que ese país exportó (a propósito o no) al resto del mundo. Durante la era soviética, el gobierno intentó ejercer el máximo control sobre los hábitos de lectura de sus ciudadanos, como sobre el resto de sus vidas.

En 1958, Boris Pasternak recibió el Premio Nobel de Literatura por su novela El doctor Zhivago, que fue publicada en Italia el año anterior, pero no en su país. El galardón enfureció tanto a las autoridades soviéticas (los medios oficiales catalogaron la obra de “artísticamente escuálida y maliciosa”) que fue forzado a rechazar el premio.

El gobierno odió el libro tanto por lo que no contenía (dejó de elogiar la Revolución rusa) como lo que sí: contenía alusiones religiosas y celebraba el valor del individuo. La CIA, al percibir el “gran valor propagandístico” de El Doctor Zhivago, organizó para que se imprimiera en Rusia.

La prohibición de libros en la Unión Soviética llevó al desarrollo de la escritura samizdat (o de publicación propia), a la cual le debemos la continua existencia de, por ejemplo, la poesía de Osip Mandelstam. El escritor disiente Vladimir Bukovsky resumió samizdat de esta manera: Lo escribo yo, lo edito yo, lo censuro yo, lo publico yo, lo distribuyo yo, y por eso pago condena de cárcel yo.

Pero aquellos en Occidente se jactan en vano si creen que eso no ocurre allá. Cuando se prohíben libros, o se intenta vetarlos, el argumento es el mismo allá que en otras partes: o sea, para proteger a las personas comunes y corrientes, que supuestamente no tienen inteligencia suficiente para juzgar por sí mismas, de estar expuestas a ideas corrompedoras.

En Reino Unido, la prohibición de libros muchas veces fue una herramienta contra lo que se percibe como obscenidad sexual. Típicamente, es un intento de usar la fuerza bruta de la ley para detener el cambio social: una táctica que siempre fracasa, pero que, sin embargo, es irresistible para las autoridades cortoplacistas.

Las reputaciones de muchos autores sufrieron por los roces con las leyes de obscenidad británicas. James Joyce fue perceptivo cuando dijo, mientras escribía Ulises: “A pesar de la policía, me gustaría poner todo en mi novela”. Su obra fue prohibida en Reino Unido desde 1922 hasta 1936, aunque el funcionario legal responsable del veto solo leyó 42 de las 732 páginas del libro. El “todo” que Joyce puso en “Ulises” incluía masturbación, maldición, sexo y visitas al retrete.

DH Lawrence fue un caso especial. Su obra, que frecuentemente contiene actos sexuales que estimaba con reverencia espiritual, fue objeto de una campaña de la Fiscalía británica durante años: quemaron su libro El arcoíris, interceptaron su correo para incautar sus poemas Pensamientos, y allanaron una exposición de su arte.

La vendetta continuó más allá de la tumba, cuando Penguin publicó El amante de Lady Chatterley en 1960 y que dio lugar a un proceso legal. El juicio fue famoso: el editor reclutó a decenas de escritores y académicos para atestiguar sobre las cualidades literarias del libro (aunque la escritora inglesa de libros infantiles Enid Blyton rehusó participar), y el juez ejemplificó la desconfianza del Estado en los lectores corrientes cuando previno al jurado contra depender de expertos literarios: “¿Es así como las chicas que trabajan en las fábricas van a leer este libro?”.

El punto final de este caso, en el que el jurado falló unánimemente a favor de Penguin, es una deliciosa ironía. Hace tres años, y seis décadas después de intentar prohibir el libro, el gobierno británico evitó que la copia del juez de El amante de Lady Chatterley se vendiera a un extranjero, para que “se pueda encontrar un comprador y mantener en Reino Unido esta importante parte de la historia de nuestra nación”.

Manteniendo las ideas vivas

Mientras tanto, en Estados Unidos es un tipo de tributo al duradero poder de los libros que su prohibición sea tan popular en un mundo donde cada nueva ola de tecnología, desde la TV hasta los videojuegos y redes sociales, atrae a los temores de contenido “inapropiado”. Las escuelas son un hervidero particular para los intentos de censura, en parte, porque guiar la maleable mente infantil parece ser una manera eficiente de eliminar los peligros percibidos; pero también porque (contrario a las librerías) las juntas escolares tienen cierto grado de influencia de la comunidad.

En 1982, el año en que se lanzó la Semana de los Libros Prohibidos, un caso de intento de censura escolar (del Distrito Escolar Island Trees, en Nueva York) llegó hasta la Corte Suprema. Acá, la junta escolar arguyó que era su “deber moral proteger a los niños en nuestras escuelas de este peligro moral tan decididamente como de los peligros físicos y médicos”.

El peligro al que se referían eran libros considerados “antiamericanos, anticristianos, antisemitas y simplemente asquerosos”. La acusación de antisemitismo fue dirigida contra la gran novela del judío Bernard Malamud El reparador). El tribunal concluyó, sin embargo, en línea con la Primera Enmienda, que “las juntas escolares locales no pueden retirar libros de las bibliotecas escolares simplemente porque no les gusta las ideas contenidas en ellos”.

Eso no los frenó. El principal tema candente en los intentos de censura y prohibición de libros en las escuelas y bibliotecas de Estados Unidos es el sexo. “El país parece estar muy obsesionado con el sexo”, dijo James LaRue en 2017, entonces director de la Oficina de Libertad Intelectual de la Asociación de Bibliotecas de ese país.

Tradicionalmente, el sexo significaba obscenidad, lo que llevó al juez estadounidense Potter Stewart a intentar famosamente definir con exactitud la pornografía explícita” en un juicio en 1964: “Lo sabré cuando lo vea”. Pero hoy en día, “sexo” en el veto a libros probablemente tiene más que ver con sexualidad e identidad de género: los tres libros más objetados en 2021 en Estados Unidos fueron debido a su contenido LGBTIQ+.

Esto pone en tela de juicio que la prohibición de libros se hace para proteger a los jóvenes, en lugar de como un intento de purga ideológica, y demuestra una falta de imaginación por parte de los censores, que consideran que la descripción (de por ejemplo personas transgénero) causa el fenómeno en lugar de a la inversa.

Esto está conectado a la creencia de que las cosas que nos disgustan pueden ignorarse sin riesgo siempre y cuando no las veamos en la página: un frecuente integrante de los 10 primeros en la lista de Libros Prohibidos es el clásico moderno de Toni Morrison Ojos azules, por su descripción de abuso sexual de menores.

Por otra parte, la censura en Estados Unidos tiene una larga trayectoria. Una de sus primeras víctimas famosas fue la novela antiesclavista de 1852 de Harriet Beecher Stowe, La cabaña de tío Tom. En 1857, un hombre negro de Ohio, Sam Green, fue “enjuiciado, condenado y sentenciado a 10 años de cárcel en la penitenciaría” por “tener en su posesión La cabaña del tío Tom. En un notable giro histórico, el libro es ahora mucho más criticado desde el lado más progresivo del espectro político, por su representación estereotípica de personajes negros.

Entre más se destaque un libro, mayor atención atraerá de los censores. El guardián en el centeno, de JD Salinger, fue frecuentemente objetado: un maestro fue despedido en 1960 y el libro fue retirado de las escuelas en Wyoming, Dakota del Norte y California en 1980. El argumento para vetar la novela de Salinger típicamente es el lenguaje profano y vulgar, aunque hoy en día la primera frase del libro (“toda esa tontería de David Copperfield”) suena inocente.

La prohibición de libros es una amplia doctrina que incluye textos que normalmente no son compatibles. Abarca de todo, desde la ficción popular (Peter Benchley, Sidney Sheldon, Jodi Picoult) hasta los clásicos establecidos (Kurt Vonnegut, Harper Lee, Kate Chopin). Tiene más objetivos que el blanco en una competencia de tiro con arco, desde el culto a lo oculto (la serie de Harry Potter) hasta el ateísmo (El curioso incidente del perro a medianoche).

Hay esperanza, por supuesto. La publicidad de la Semana de los Libros Prohibidos mantiene a estos libros y al asunto de la censura en el ojo público. Y está lo que se conoce como el Efecto Streisand: el intento de prohibir libros crea mayor interés público en ellos.

En Estados Unidos, algunos almacenes de la cadena Barnes and Nobles tienen mesas de libros prohibidos y su sitio internet tiene una categoría separada para ellos. En Reino Unido, una feria especial del libro en la Galería Saatchi (en Londres), en septiembre, expuso y vendió ediciones escasas de libros prohibidos, desde una muy rara copia autografiada de El guardián en centeno (U$S 264.000) hasta la obra fundamental de Copérnico, Sobre los giros de los cuerpos celestes, que enfureció a la Iglesia en 1543 al sugerir que la Tierra no era el centro del Sistema Solar (vendida en más de U$S 2 millones).

Pero es la eterna vigilancia, no solo de la Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos, sino de todos los lectores en todas partes, el precio que hay que pagar para mantener nuestras ideas con vida. Como nos cuenta la historia de los libros sibilinos, los libros se pueden quemar, su conocimiento se puede perder y nada es eterno.

(Este artículo fue producido por la BBC Mundo, y publicado en su oportunidad por el diario La Nación de Argentina)