Rulfo, México y su gente

El escritor azteca, hombre de pocas palabras en la vida real y poco amante de las entrevistas, admitía que en su Jalisco natal la característica de la gente de campo era queda y que más bien hablaban para sus adentros. Que incluso en el seno de su propia familia las expresiones mayoritarias abundaban en poco más que monosílabos. Aun así, sus lectores afirman que su literatura, la misma que en más de una oportunidad le llevó a ser candidato al premio Nóbel, aunque por momentos descarnada, describe como pocas la dura vida del labriego. Acostumbrado a que otros decidan por él y por su destino. En su voz, este pasaje de uno de sus relatos más apreciados:

La palabra inventa a quien la escribe

El libro ofrece sus páginas para ser recorridas en pura pérdida y el lector va al encuentro de la palabra como el amante que honra al amor

(Fotografía: Evelyn Chong)

La mano deposita un rastro en la página. Camina a ciegas. Ahí donde no hay más caminos, dibuja un ojo sobre el cuerpo que mira, sueña, imagina, inventa a quien lo traza.

Inventa la ola que lamió el cuerpo desnudo del que pretende escribir; inventa la mordaza que selló su boca para siempre, el beso que no prometió, la mano que lo llevó al borde de la noche, al filo incierto del desierto que nunca vio.

“Allá, donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojo que me descubre. Invento al amigo que me inventa, mi semejante; y a la mujer, mi contrario: torre que corono de banderas, muralla que escalan mis espumas, ciudad devastada que renace lentamente bajo la dominación de mis ojos”, dice el Nobel mexicano, Octavio Paz. 

La palabra en el poema inventa a quien escribe, al que la consigna al muladar de las cosas inútiles. Palabra de nadie que no está afincada, no se origina —en oposición de lo que afirmaba Sartre— en la libertad del escritor; no es instrumento dócil, arcilla moldeable, que sigue fielmente el curso trazado por el autor con el propósito de revelar una parcela del mundo. Y es que si la libertad anida en la decisión y en el acto de quien emite un mensaje, entonces la palabra es esclava, es una convención útil-doméstica.

 En el poema, por el contrario, la palabra es la flor que se abre en el fondo del abismo, ahí muere y renace. La palabra poética es un llamado lanzado hacia el plexo oscuro de los seres. En ella y por ella, la roca exhibe en su piel la resistencia al tiempo, la grieta recibe pudorosa al dedo que la escarba, la arena se disipa en los pasos que la surcan, la voz de los amotinados se aligera en quemadura: grito, fiesta, desastre, la oruga roe en silencio un camino sobre una hoja tramando eternidad.

<El texto pertenece al escritor Fernando Albán Rodas; fue publicado en el diario El Comercio de Ecuador.>

Más allá de un junco, Irene Vallejo

Sabia elección de temas, seria investigación y capacidad literaria son los elementos que, equilibradamente distribuidos, hacen de este un texto atrapante y ameno

(La Biblioteca – Cátedra Historia y Patrimonio Naval)

Con una formación escolástica en filología clásica, la escritora aragonesa (Zaragoza, 1979) alcanza su trascendencia literaria a través de la interpretación de hechos históricos. Aunque mucho antes de ello ya había transitado los caminos de la ficción de la mano de la literatura infantil, con títulos como La leyenda de las mareas mansas o El inventor de viajes, y también con novelas para adultos: La luz sepultada y El silbido del arquero. Además de hacer frecuentes incursiones en el periodismo con artículos en los diarios el Heraldo de Aragón o El País, donde como no, es el mundo antiguo el que acapara la mayoría de sus textos.

Aunque alcanza la trascendencia al gran público lector a través de El infinito en un junco, texto por el que se hace merecedora de varios galardones, entre ellos el Premio Nacional de Ensayo. En él y desde el mismo origen de los tiempos relata las primeras inscripciones del hombre antiguo en tablas de arcilla, hasta dar el gran salto con el lienzo obtenido del cáñamo ya como soporte donde asentar el conocimiento, luego serán ya los primeros pergaminos hasta llegar al libro en un formato cercano al actual.

Con un mecanismo de redacción sencillo pero a la vez efectivo, la autora en su hacer llega a exceder la mera crónica del hecho histórico en sí. A veces mediante un análisis en otras con una introspección que nos acerca al suceso hasta alcanzar nuestra realidad, para jugar con cierto subtexto como si de una ficción se tratase. Porque en su profunda convicción “toda biblioteca es un viaje; y todo libro un pasaporte sin caducidad”.    

Así, a caballo de un estilo entretenido, va desgranando aquellos descubrimientos que hicieron posible la persistencia de la sabiduría oral. Siempre con la constante que pareciera es el concepto esencial que da sentido a todo su trabajo: la pasión del que acopia el saber en textos se equipara a la avidez de quien aprende con los viajes de descubrimiento. Es decir, aquel que alcanza a conocer la historia, tiene en sus manos la capacidad de poder construir el futuro.

De El infinito en un junco el siguiente capítulo sobre la Alejandría helénica, aunque también la árabe y la judía, pero bajo pabellón egipcio. Para componer en un mismo fresco una amalgama que une historia, literatura y a aquellos personajes que la supieron transitar, amar y disfrutar, a la que por su pujanza fuera considerada como un verdadero faro en el Mediterráneo:

“La leyenda de Alejandría no dejó de crecer. Dos siglos después de que se escribiera el diálogo de Gílide y la chica tentada, Alejandría fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio.

   Roma, que para ese entonces se había convertido en el centro del mayor imperio mediterráneo, era todavía un laberinto de calles tortuosas, oscuras y embarradas cuando Marco Antonio desembarcó por primera vez en Alejandría. De pronto, se vio transportado a una ciudad embriagadora cuyos palacios, templos, amplias avenidas y monumentos irradiaban grandeza. Los romanos se sentían seguros de su poder militar y dueños del futuro, pero no podían competir con la seducción de un pasado dorado y del lujo decadente. Con una mezcla de excitación, orgullo y cálculos tácticos, el poderoso general y la última reina de Egipto construyeron una alianza política y sexual que escandalizó a los romanos tradicionales. Para mayor provocación, se decía que Marco Antonio iba a trasladar la capital del imperio de Roma a Alejandría. Si la pareja hubiera ganado la guerra por el control del Imperio romano, hoy tal vez los turistas acudiríamos en manadas a Egipto para fotografiarnos en la Ciudad Eterna, con su Coliseo y sus foros.

   Al igual que su ciudad, Cleopatra encarna esa peculiar fusión de cultura y sensualidad alejandrina. Dice Plutarco que en realidad Cleopatra no era una gran belleza. La gente no se paraba en seco a mirarla por la calle. Pero a cambio rebosaba atractivo, inteligencia y labia. El timbre de su voz poseía tal dulzura que dejaba clavado un aguijón en todo aquel que la escuchara. Y su lengua, continúa el historiador, se acomodaba al idioma que quisiese como un instrumento musical de muchas cuerdas. Era capaz de hablar sin intérpretes con  etíopes, hebreos, árabes, sirios, medios y partos. Astuta, bien informada, ganó varios asaltos en el combate por el poder dentro y fuera del país, aunque perdió la batalla decisiva. Su problema es que solo han hablado de ella desde el bando enemigo.

   También en esta historia tempestuosa juegan un papel importante los libros. Cuando Marco Antonio se creía a punto de gobernar el mundo, quiso deslumbrar a Cleopatra con un gran regalo. Sabía que el oro, las joyas o los banquetes no conseguirían encender una luz de asombro en los ojos de su amante, porque se había acostumbrado a derrocharlos a diario. Cierta vez, durante una madrugada alcohólica, en un gesto de provocativa ostentación, ella disolvió en vinagre una perla de tamaño fabuloso y se la bebió. Por eso, Marco Antonio eligió un regalo que Cleopatra no podía desdeñar con expresión aburrida: puso a sus pies doscientos mil volúmenes para la Gran Biblioteca. En Alejandría, los libros eran combustible para las pasiones.

   Dos escritores muertos durante el siglo XX se han convertido en nuestros guías por los entresijos de la ciudad, añadiendo capas de pátina al mito de Alejandría. Constantino Cavafis era un oscuro funcionario de origen griego que trabajó, sin ascender nunca, para la administración británica de Egipto, en la sección de Riesgos del Ministerio de Obras Públicas. Por las noches se sumergía en un mundo de placeres, gentes cosmopolitas y mala vida internacional. Conocía como la palma de su mano el dédalo de burdeles alejandrinos, único refugio para la homosexualidad <prohibida y severamente despreciada por todos>, como él mismo escribió. Cavafis era un lector apasionado de los clásicos y poeta casi en secreto.

En sus poemas hoy más conocidos reviven los personajes reales y ficticios que Ítaca, Troya, Atenas o Bizancio. En apariencia más personales, otros poemas escarban, entre la ironía y el desgarro, en su propia experiencia de madurez: la nostalgia de su juventud, el aprendizaje del placer o la angustia por el paso del tiempo. La diferenciación temática es en realidad artificial. El pasado leído e imaginado emocionaba a Cavafis tanto como sus recuerdos. Cuando merodeaba por Alejandría, veía la ciudad ausente latir bajo la ciudad real. Aunque la Gran Biblioteca había desaparecido, sus ecos, susurros y bisbiseos seguía vibrando en la atmósfera. Para Cavafis, aquella gran comunidad de fantasmas volvía habitables las frías calles por donde rondan, solitarios y atormentados, los vivos. 

   Los personajes de ‘”El cuarteto de Alejandría`, Justine, Darley y sobre todo Balthazar, que dice haberlo conocido, recuerdan constantemente a Cavafis, <el viejo poeta de la ciudad>. A su vez, las cuatro novelas de Lawrence Durrell, uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su país, amplían la resonancia erótica y literaria del mito alejandrino. Durrell conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Egipto estaba ocupado por tropas británicas y era un nido de espionaje, conspiraciones y, como siempre, placeres. Nadie ha descrito con más precisión los colores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis, que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la prisión…”

«Los papanatas no entienden que escribir una novela consiste en escribir las palabras más emocionantes para provocar la mayor emoción posible; tampoco entienden que una cosa es el sentimiento y otra el sentimentalismo, y que el sentimentalismo es el fracaso del sentimiento»

Lienzo: Figura de mujer leyendo de Pierre Auguste Renoir

Texto: Javier Cercas, de su novela La velocidad de la luz

Latinoamérica oscura: los terrores cotidianos impregnan la novela

Mónica Ojeda, Alicia Mares, María Fernanda Ampuero, Lola Ancira y Laura Baeza, solo algunos nombres clave de una ficción neogótica que ha dado la vuelta al género

“Soy una escritora de cuentos breves, así que también voy a ser breve en lo que diga”. Con estas palabras y ante el público de Nueva York, la escritora argentina Samantha Schweblin agradecía haber sido una de las ganadoras del National Book Award, uno de los premios literarios más prestigiosos de Estados Unidos. Un galardón que comparte en la categoría de literatura traducida con Megan McDowell, quien ha sido la encargada de trasladar al inglés la colección de cuentos Siete casas vacías, publicada en España por la editorial Páginas de Espuma.  

Es el tercer premio con el que la autora se alzaba n el año, convirtiéndose además en la primera autora argentina en ganar el National Book Award desde que Julio Cortázar lo hiciera con Rayuela en 1967. Pero Schweblin no fue la única autora latinoamericana nominada: en la misma categoría quedó finalista la ecuatoriana Mónica Ojeda con la novela Mandíbula. Aunque el estilo de Schweblin y Ojeda difiera, Siete casas Mandíbula tienen mucho en común; ambas son obras que crean atmósferas insólitas donde el terror coquetea con lo sobrenatural, pero también forma parte de la cotidianidad inquietante y violenta de sus personajes.

El miedo es geográfico

Mónica Ojeda — Escritora

Schweblin y Ojeda son dos nombres más conocidos dentro de una serie de autoras latinoamericanas que trabajan lo que Alejandra Amatto, investigadora en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y coordinadora del Seminario de Literatura Fantástica en la misma institución, denomina como literaturas de irrealidad o de lo insólito. Mariana Enríquez, Liliana Colanzi, María Fernanda Ampuero, Giovanna Rivero, Cecilia Eudave o Fernanda Trías son también nombres imprescindibles a la hora de pensar en autoras de América Latina que conjugan éxito entre crítica y público, y cuyos intereses comprenden “el terror, lo fantástico y la ficción especulativa”.

El verdadero terror cotidiano

“Desde 2016 ha aumentado el interés no solo del público lector, sino también de las editoriales por publicar y difundir las obras de varias escritoras latinoamericanas”, explica Alejandra Amatto. Para la académica, “en las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido una reformulación de los géneros de irrealidad que ponen sobre la mesa cuáles son los verdaderos terrores cotidianos de nuestra experiencia como mujeres latinoamericanas”. 

No se trata de reducir a autoras de diferentes latitudes y particularidades a una sola generación o a un fenómeno editorial, pero Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) coincide con Amatto y otras autoras entrevistadas por elDiario.es en cuanto a una mayor recepción de la literatura “que trabaja con el miedo” en los últimos años. “Yo creo que tiene que ver con que estamos en un mundo cada vez más temible y lo estamos pensando desde nuevos lugares, como el terror racial o el miedo a través de la violencia de género”, afirma por teléfono. Para Ojeda, la particularidad de las autoras latinoamericanas pasa por pensar el miedo a través de la geografía; como nuestra geografía siempre ha sido vista desde el norte global como un lugar periférico y marginal, estamos aportando algo nuevo a lectores que antes no se habían acercado a esto. ”El miedo es geográfico, histórico y social, por eso en cada sitio la escritura del miedo da como resultado una filosofía del miedo distinta“, recalca.

En las dos primeras décadas del siglo XXI ha habido una reformulación de los géneros de irrealidad que ponen sobre la mesa cuáles son los verdaderos terrores cotidianos de nuestra experiencia como mujeres latinoamericanas

Alejandra Amatto — Investigadora en la UNAM

Ese componente geográfico del miedo toma forma precisamente en los diferentes intereses temáticos: Enríquez escribe sobre terrorismos de Estado asociados a las dictaduras del Cono Sur, Colanzi trata el extractivismo y los desplazamientos territoriales que sufren muchos grupos indígenas en países como Bolivia, y creadoras como Ojeda o Ampuero se vuelcan hacia violencias patriarcales en un contexto más íntimo y familiar, pero también ligado a la realidad de Ecuador. “No es solo una perspectiva temática, también estructural, que puede ser vista desde el contexto del género y de la geografía latinoamericana pero que también conecta con lo universal: autoras como Enríquez han sido traducidas a más de 50 lenguas”, opina Amatto.

Ojeda también señala que muchas de sus contemporáneas “trabajan con el miedo y el terror pero no necesariamente desde el género”. Con esta afirmación coincide Amatto, para quien un rasgo común de las autoras latinoamericanas vinculadas a las literaturas de irrealidad es el conocimiento de los mecanismos del terror sin la necesidad de acatar parámetros clásicos del género, además de la influencia de tradiciones estéticas nacionales o regionales —la literatura fantástica argentina, el gótico andino o la literatura ‘rara’ de Uruguay—  entendidas desde la imbricación temática y estilística.

“Estas autoras no trabajan desde la pureza de los géneros, y desde la crítica siempre es complejo no homogeneizar; por ejemplo, en el caso de Mariana Enríquez podemos pensar en textos fantástico-terroríficos, o en el caso de Lilianza Colanzi se mezclan elementos andinos con ciencia ficcionales”, puntualiza la investigadora de la UNAM.

Hermanadas en las geneaologías y las búsquedas

Elena Garro, Amparo Dávila, Inés Arredondo, Armonía Sommers y Silvina Ocampo son algunas de las autoras latinoamericanas que en el siglo XX trataron el terror, lo fantástico o lo especulativo y que ahora están siendo reivindicadas por nuevas generaciones de escritoras y académicas. “La literatura de género ha sido difícil de catalogar desde sus inicios y ha sido considerada como menor por supuestamente evadir los temas sociales imperantes y los códigos cuando en realidad los interpela desde distintos ángulos, percepciones”, cuenta Lola Ancira (Querétaro, 1987), una de las autoras que despunta en el panorama latinoamericano con obras como Despojos o El vals de los monstruos. “Celebro mucho todo lo que está ocurriendo en torno a la literatura de género escrita por mujeres, pues durante décadas no fue reconocida ni tomada en cuenta”.

La mexicana Laura Baeza (1988, Campeche), que utiliza Ciudad de México como escenario fantasmagórico en su libro de relatos Una grieta en la noche, cree que el éxito de las autoras latinoamericanas relacionadas con las literaturas de irrealidad “va más allá de una reparación histórica o de un fenómeno editorial, tiene que ver con la calidad; además, celebro que muchas publiquen en editoriales independientes”. “También nos une la migración”, apunta. “Todavía no hay una denominación para quienes escribimos desde Centroamérica hasta la frontera de Estados Unidos, también nos corresponde hablar de Guatemala, de Belice, de la frontera vista desde la distorsión del terror”.

Laura Baeza — Escritora

“Heredamos una literatura latinoamericana donde el género fantástico fue muy importante y crecimos en una época donde hubo una democratización del cine y la cultura pop ligada a contar historias de terror”, explica María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976), quien en las antologías de relatos Pelea de gallos y Sacrificios humanos aborda la violencia en el seno familiar o los feminicidios con un estilo que puede ser tan gore como poético. “El terror es un mecanismo que he estudiado desde pequeña, desde tiempos inmemoriales hay una preocupación social que no tiene que ver con posesiones satánicas, sino con lo que nos pasa en la vida real, yo uso esa maquinaria que conozco bien para hablar de nuestros tiempos”.

Según Ojeda, no se trata de utilizar la escritura para hablar de temas sociales porque “para mí, la literatura no es un instrumento, es mi propio fin”, lo que no implica que tanto ella como otras autoras cierren los ojos ante realidades ligadas a América Latina como los feminicidios, las desapariciones y otras violencias que afectan específicamente a las mujeres. “Siento que tengo mucho en común con autoras que trabajan el miedo, la violencia y el daño desde lo tangible. No sé si se puede hablar de una generación, pero sí encuentro nexos de intereses, aunque lo que más me interesa encontrar son las divergencias, lo particular de cada mirada dentro de una colectividad”, opina Ojeda. “Me parece problemático que se invisibilicen los rasgos de ciertas autoras para hacerlas encajar en un marco de discusión”. 

Estamos preocupadas, nos parece aterrador la violencia contra las mujeres y las niñas, contra el ecosistema, contra las comunidades indígenas que luchan contra las grandes empresas, y obviamente eso aparece en la literatura

María Fernanda Ampuero — Escritora

Baeza, en cambio, dice sentirse parte de “una generación que se nutre de otras generaciones”. Antes había publicado la novela Niebla ardiente, una historia con la crisis de los feminicidios en México como punto de partida, pero la antología Una grieta en la noche es su primera obra asociada al terror. En un país donde cada día son asesinadas 10 mujeres, Baeza continúa escribiendo “sobre feminicidios porque es con lo que me despierto cada día, pero necesitaba hacerlo desde una distorsión de la realidad, y esa es la total libertad que me da la literatura de género y el cuento, que para mí es un laboratorio inagotable”. 

“Yo siento cercanía con muchas otras autoras latinoamericanas en las búsquedas, pero no en el resultado de la obra, cada una de nosotras tiene un camino, desde las más realistas hasta las que crean una cosmogonía”, asevera María Fernanda Ampuero. Más allá de lo estrictamente literario, se siente hermanada con otras autoras latinoamericanas en la denuncia: “Estamos preocupadas, lo que nos parece aterrador es la violencia contra las mujeres y las niñas, contra el ecosistema, contra las comunidades indígenas que luchan contra las grandes empresas, y obviamente eso aparece en la literatura”. 

Autoras a hombros de otras autoras

Si bien hay una serie de escritoras nacidas en los 60, 70 y principios de los 80 totalmente consolidadas entre crítica y público, otras se están abriendo paso mirando precisamente hacia las primeras. Las mexicanas Alicia Mares (1996) y Andrea Chapela (1990) acaban de publicar en España sus antologías de relatos Cocodrilario (Horror Vacui) y Ansibles, perfiladores y máquinas de ingenio (Almadía); Mares trabaja un horror corporal y salvaje que conecta directamente con estilos como el de Ojeda, mientras que Chapela presenta una Ciudad de México apocalíptica e hipertecnológica en varios de sus cuentos. 

Alicia Mares — Escritora

“Aunque mis relatos se localicen en Tlaxcala, Tijuana o Veracruz, yo creo un terror que ocurre en lo íntimo, en las cuatro paredes de una casa, en una comunidad”, cuenta Mares, citando entre sus grandes referentes el libro de relatos Las voladoras, de Mónica Ojeda, y a otras escritoras de la región andina como Giovanna Rivero. Mares es parte de una generación que ha conocido a muchos de sus referentes literarios a través de las redes sociales, algo que para Amatto también es clave a la hora de entender el éxito de autoras que dialogan con sus seguidores y comparten referencias “en tiempo real”, una forma de difundir la literatura más allá de círculos académicos o especializados.

Lola Ancira añade nombres como Viridiana Carrillo, Magdalena López y Yesenia Cabrera, “cada una abordando la literatura de género desde perspectivas y estilos muy propios”. “La conexión que siento más sólida con otras escritoras de mi generación es en cuanto a lo ominoso y lo corpóreo: de alguna u otra forma, lo corporal femenino se toca en nuestras obras”, opina. “También la cuestión de las maternidades disidentes. Temas que hasta hace poco se consideraban íntimos e insignificantes, cuando en realidad es lo íntimo lo que transforma a lo público”.

Mónica Ojeda — Escritora

Es un hecho: el canon se amplía para dar cabida a otros relatos, latitudes y preocupaciones. Puede que Schweblin quisiera ser breve en su discurso de agradecimiento, pero tanto a ella como a muchas otras autoras latinoamericanas les queda un largo recorrido. “Lo importante es que nos leemos entre nosotras, yo aprendo de las que estuvieron, de las que están, y de las que apenas están llegando”, afirma Laura Baeza. La literatura especulativa y de terror, dice Ojeda, no solo es valiosa por “leer muy bien su tiempo, sino por anticipar el futuro”. “Lo interesante para Latinoamérica en relación con estos géneros es cómo muchas autoras se alejan de los cánones del Norte global y miran hacia dentro, hacia lo que los rodea: separarse de los cánones escritos por hombres y por gente blanca, comenzar a pensar en cómo funciona el propio territorio, la ficción especulativa en un lugar diferente, eso es lo verdaderamente interesante”, concluye.

<El artículo pertenece a Clara Giménez Lorenzo, y fue publicado en elDiario.es>

(Crédito: Matheus Bertelli)

«Estamos más hiperconectados que nunca en redes con cientos de desconocidos, y por WhatsApp con decenas de apenas conocidos… Aunque, conectados no quiere decir comunicados» ( Amanda Rodríguez Urrutia )

Héctor Abad Faciolince y las deudas de familia

El escritor colombiano (Medellín, 1958) ha compuesto una obra variada y extensa, donde confluyen la poesía, el ensayo, el relato breve y la novela. Aunque verdad es que sus primeros pasos con las letras y desde su adolescencia se dirigieron hacia el periodismo, disciplina que nunca abandonó en todos estos años y a la que regresa de manera cotidiana con su participación en distintas publicaciones en diarios y revistas.

Único hijo varón de una familia de seis vástagos, desde temprana edad fue absorbiendo de la fuerte presencia de un padre médico, profesor universitario y, por sobre todo, defensor de los derechos humanos. Difícil cometido este, en un país en permanente pugna de ideas entre las fuerzas componentes de la sociedad, sean estas políticas o militares, con enfrentamientos que han desangrado al país durante décadas y que a la postre le costaron la vida al jefe de familia, cuando cayó bajo las balas de un esbirro de turno.

Aun contrario a las ideas liberales que profesaba el padre del clan, el colombiano recibió educación en un instituto dependiente de la orden del Opus Dei, porque según su progenitor, era una de las instituciones más sólidas de la ciudad y donde tendría garantía de buena formación. Aprendizaje que con posterioridad, complementaría con estudios de medicina, periodismo y filosofía, para terminar su formación abordando lengua y literatura moderna en la universidad italiana de Turín.

En cuanto a sus obras de ficción, sus primeros escritos se volcaron en la poesía; de allí al periodismo -que le hizo encaminarse hacia el ensayo y también a la traducción, en particular de autores italianos: Eco, Calvino o Tommasi di Lampedusa. Hasta alcanzar el relato corto: Malos pensamientos, Traiciones de la memoria; y también la novela: Asuntos de un hidalgo disoluto; Fragmentos de amor furtivo; El olvido que seremos; El amanecer de un marido o La oculta.  

Fruto de todo este deambular por las letras cuenta con lectores por todo el mundo, que le premian siguiéndole en sus publicaciones. Además de las instituciones que le han distinguido con el Premio Casa de América Latina de Portugal, el Premio mejor Novela extranjera de China, Premio Nacional de Cuento de Colombia y el Premio Casa de América de Narrativa Innovadora.

El pasaje a continuación pertenece a El olvido que seremos; obra donde se entremezclan la realidad y la ficción. Que representa un sentido homenaje a la trayectoria de vida de su padre, a caballo con la particular historia del país cafetalero. Historia que, dirigida por el español Fernando Trueba, fue llevada a la gran pantalla.   

   “Para mi papá el médico tenía que investigar, entender las relaciones entre la situación económica y la salud, dejar de ser un brujo para convertirse en un activista social y en un científico. En su tesis de grado denunciaba a los médicos-magos: ‘Para ellos, el médico ha de seguir siendo el pontífice máximo, encumbrado y poderoso, que reparte como un don divino familiares consejos y consuelos, que practica la caridad con los menesterosos con una vaga sensación de sacerdote bajado del cielo, que sabe decir frases a la hora irreparable de la muerte y sabe disimular con términos griegos su importancia`. Se enfurecía con quienes querían simplemente <aplicar tratamientos> a la fiebre tifoidea, en lugar de prevenirla con medidas higiénicas. Lo exasperaban las <curaciones maravillosas> y las <nuevas inyecciones> que los médicos daban a su <clientela particular> que pagaba bien las consultas. Y sentía la misma revuelta interior contra quienes <sanaban> niños, en vez de intervenir en las verdaderas causas de muchas de sus enfermedades, que eran sociales.

   Yo no recuerdo, pero mis hermanas mayores sí, que a veces las llevaba también al Hospital San Vicente de Paúl. Maryluz, la mayor, se acuerda muy bien de una vez que la llevó al Hospital Infantil y la hizo recorrer los pabellones, visitando una tras otro a los niños enfermos. Parecía un loco, un exaltado, cuenta mi hermana, pues ante casi todos los pacientes se detenía y preguntaba: <¿Qué tiene este niño?>. Y él mismo se contestaba: <Hambre>. Y un poco más adelante: <¿Qué tiene este niño?> Lo mismo: hambre. <¿Y este otro?> Nada: hambre. ¡Todos estos niños lo único que tienen es hambre, y bastaría un huevo y un vaso de leche diarios para que no estuvieran aquí! Pero ni eso somos capaces de darles: ¡un huevo y un vaso de leche! ¡Ni eso, ni eso! ¡Es el colmo!

   Gracias a su compasión, y a esa idea fija de una higiene alcanzable con educación y obras públicas, consiguió también -mientras era estudiante-, y aunque con oposición de los ganaderos, que creían que así iban a acabar perdiendo plata, que fuera obligatorio pasteurizar debidamente la leche antes de venderla, pues en sus exámenes de laboratorio había encontrado amebas, bacilos de TBC y materias fecales en la leche que se vendía en Medellín y en los pueblos vecinos. Decía que la sola medida de dar agua potable y leche limpia salvaba más vidas que la medicina curativa individual, que era la única que querían practicar la mayoría de sus colegas, en parte para enriquecerse y en parte para aumentar su prestigio de magos de la tribu. Decía que los quirófanos, las grandes cirugías, las técnicas de diagnóstico más sofisticadas (a las que sólo tenían acceso unas pocas personas), los especialistas de cualquier índole o los mismos antibióticos -por maravillosos que fueran- salvaban menos vidas que el agua limpia. Defendía la idea elemental -pero revolucionaría, ya que era a favor de todo el mundo y de unos pocos- de que lo primero es el agua y no deberían gastarse recursos en otras cosas hasta que todos los pobladores tuvieran acceso al agua potable. ‘La epidemiología a salvados más vidas que todas las terapéuticas`, escribió en su tesis de grado. Y muchos médicos lo detestaban por defender eso en contra de sus grandes proyectos de clínicas privadas, laboratorios, técnicas diagnósticas y estudios especializados. Era un odio profundo, y explicable tal vez, pues el gobierno siempre estaba dudando sobre cómo repartir los recursos, que eran pocos, y si se hacían acueductos no se podrían comprar aparatos sofisticados ni construir hospitales.

   Y no sólo los algunos médicos lo odiaban. En general, su manera de trabajar no era bien vista en la ciudad. Sus colegas decían que <para hacer lo que hace este ‘médico` no se necesita diploma>, pues para ellos la medicina no era otra cosa que tratar enfermos en sus consultas privadas. A los más ricos les parecía que, con su manía de la igualdad y la conciencia social, estaba organizando a los pobres para que hicieran la revolución. Cuando iba a las veredas y hablaba con los campesinos para que hicieran obras por acción comunal, les hablaba demasiado de derechos y muy poco de deberes, decían los críticos de la ciudad. ¿Cuándo se había visto que los pobres reclamaran en voz alta? Un político muy importante, Cipriano Restrepo Jaramillo, había dicho en el Club Unión -el más exclusivo de Medellín- que Abad Gómez era el marxista mejor estructurado de la ciudad, y un peligroso izquierdista al que había que cortarle las alas para que no volara. Mi papá se había formado en la escuela pragmática norteamericana (en la Universidad de Minnesota), no había leído nunca a Marx y confundía a Hegel con Engels. Por saber bien de qué lo estaban acusando, resolvió leerlos, y no todo le pareció descabellado: en parte, y poco a poco a lo largo de su vida, se convirtió en algo se convirtió en algo parecido al luchador izquierdista que lo acusaban de ser. Al final de sus días acabó diciendo que su ideología era un híbrido: cristiano en religión, por la figura amable de Jesús y su evidente inclinación por los más débiles; marxista en economía, porque detestaba la explotación económica y los abusos infames de los capitalistas; y liberal en política, porque no soportaba la falta de libertad y tampoco las dictaduras, ni siquiera la del proletariado, pues los pobres en el poder al dejar de ser pobres, no eran menos déspotas y despiadados que los ricos en el poder…”      

«Nada se mueve en la habitación, nada hace ningún ruido, hasta el momento en que la franja de luz solar -que se ha ido desplazando y ensanchando a una velocidad imperceptible para el ojo humanollega hasta esta última litera e ilumina el bulto inmóvil. Entonces el bulto se mueve, se humaniza, se encoge y se da la vuelta con los característicos movimientos, con la celosa negación de quien intenta sustraerse a la claridad del nuevo día para seguir durmiendo»

Composición fotográfica: Pavan Chandra

Texto: De la novela Fin de David Monteagudo

Leer para reducir la condena en Bolivia: un programa que combate el hacinamiento carcelario

El proyecto ‘Libros por rejas’ ofrece alternativas de educación y reinserción social para los reos en un país con gran sobrepoblación en sus penales.

(RDNE)

En Obrajes, una zona residencial de clase media-alta ubicada en el sur de La Paz, se encuentra Villa María, una antigua propiedad con más de 7.000 metros cuadrados de superficie. Desde 1956, los predios que antiguamente pertenecían a María Isaura Miranda, una anciana millonaria que al fallecer no dejó ningún heredero, se convirtieron en propiedad del Estado y se utilizan como centro penitenciario femenino. Dentro hay un edificio de estilo postcolonial. En la cerámica que adorna el piso se puede leer la leyenda que dice “Villa María 1915″. Los amplios y altos pasillos de esta construcción guían hacia una habitación de aproximadamente dos por cuatro metros.

El espacio es estrecho y guarda dos estantes viejos, con al menos una centena de libros de diferentes épocas y géneros, además de un escritorio que sirve como espacio de trabajo para la responsable de educación del recinto penitenciario y como un intento de biblioteca donde la lectura de sus obras puede conceder cierto tipo de redención. El repositorio literario del Penal de Obrajes es uno de los 47 que forman parte del programa ‘Libros por rejas’, un proyecto que busca incentivar la lectura en instituciones penales del país andino-amazónico a cambio de reducir los tiempos de condena de los reclusos.

El programa, instaurado en 2019 e impulsado por la Defensoría del Pueblo junto al Estado boliviano, el ministerio de Educación y la administración de régimen penitenciario, busca combatir el hacinamiento carcelario y el uso excesivo de la detención preventiva en las prisiones y ofrecer alternativas para la reinserción social de las personas privadas de libertad. “A la fecha, Bolivia debe tener 165% de hacinamiento carcelario y una tasa de 65% de preventivos. Eso implica que las tareas de educación, de trabajo, de psicoterapia, entre otras, son casi de imposible desarrollo”, explica la defensora del pueblo, Nadia Cruz, a América Futura.

El funcionamiento y alcance del proyecto tiene como pilar la voluntad de los presos de leer. Estos eligen un libro de la biblioteca que tiene su centro penitenciario y, al acabar la obra, ya sea a través de una prueba escrita o un ensayo, el responsable del área pedagógica del recinto penitenciario puede determinar acreditar, a través de un certificado, una disminución de la pena, tomando en cuenta la formación o nivel educativo alcanzado por el participante. No pueden acceder al programa personas sentenciadas a la pena máxima en Bolivia, que equivale a 30 años de prisión sin derecho a indulto. “Los sitios más valorados por los privados de libertad son sus campos deportivos y sus bibliotecas. Ambas funcionan a motor por la dedicación, voluntad y el tiempo que le ponen ellos mismos”, explica Cruz.

Mildred Solís, de 43 años, se alegró cuando hace casi un año la Defensoría del Pueblo llegó al Penal de Obrajes con más de 200 libros para anunciar la implementación del programa. “Dije: ‘Por fin vamos a tener un espacio para separarnos un poco del encierro, para liberar la mente, soltar las ideas”, recuerda. Ahí comenzó su aventura literaria leyendo El exorcista, de William Peter Blatty, dice con una sonrisa pícara. Después continuó con Paula Hija de la fortuna, de Isabel Allende. “Estoy leyendo ahora El mundo de Sofía, para completar La historia de filosofía, de Julián Marías”, agrega, con un dejo optimista, desde el pequeño ambiente que acoge las pocas obras disponibles para la lectura.

El balance que hace Cruz sobre los resultados del programa es positivo. Cuando Libros por rejas comenzó hace tres años contaba con 160 inscritos, aproximadamente. Actualmente hay 865 participantes, de los cuales un poco más del 50% ha culminado con la lectura de un libro. Es una cifra alentadora, considerando que, según una encuesta realizada por la empresa de investigación de mercados Ipsos sobre los hábitos de lectura en el país dada a conocer en 2021, el 46% de los bolivianos no lee ni un libro al año. “Este programa tiene que crecer y sacar más productos. Nos ayuda a conocer más géneros literarios en cuanto a novelas, en cuanto a historia, a dramaturgia, obras de teatro”, afirma Idalia Torres, de 48 años, a quien todavía le quedan 12 años de sentencia en el Penal de Obrajes.

No todo es optimismo para Solís. La presa lamenta que las más de 200 obras que llegaron a Obrajes, como parte de un lote de 14.000 libros que se distribuyeron para el programa –entre donaciones de la sociedad civil y aportes del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia del Estado–, fueron quemadas en un intento de motín por parte de algunas de las reclusas. Afirma que era algo previsible debido a que no se cuenta con un espacio adecuado para la lectura. Torres, que ha leído casi cuatro libros desde que ingresó a la penitenciaría el pasado mes de abril, coincide con Solís: “Sería bueno que cada institución tanto pública como privada vea esta necesidad que tenemos nosotras las privadas de libertad de poder tener mucha más variedad en cuanto a bibliografía”.

El semblante del rostro de Solís cambia y denota tristeza. Recuerda cuando las personas a cargo de la seguridad del penal, al momento de controlar la limpieza en las habitaciones, encontraron cuatro libros bajo su almohada y le transfirieron a otro espacio con el argumento de que “no es normal que alguien tenga tantos libros”. “No tenemos estantería suficiente, tampoco tenemos mucho material literario. No hay mesas ni sillas para poder leer con tranquilidad. No se puede vivir así, no se puede leer así. Eran solo cuatro libros, de verdad necesitamos una biblioteca”, afirma impotente con lágrimas en el rostro.

R.Q., de 54 años, es otro de los beneficiarios de Libros por rejas. No tiene sentencia aún y se encuentra con detención preventiva desde hace tres años en la cárcel de San Pedro, un espacio mucho más hostil ubicado en el centro de la ciudad de La Paz. La cárcel acoge a 2.566 reos, pese a que cuenta con una capacidad para 400. Tras las paredes de esta fortaleza, autorregulada por los internos y delegados —líderes elegidos por los propios presos—, se esconde una pequeña biblioteca, un espacio cerrado con candado que solo se abre ocasionalmente para sacar algún libro o para impartir alguna clase. Esto debido al riesgo de robo de material o daños que se puedan causar.

Desde que se unió al proyecto, R.Q. ha leído Si me permiten hablar, biografía de Domitila Barrios de Chungara, destacada activista por los derechos de los mineros en Bolivia, así como otros títulos relacionados a la historia del país. “En cada lectura hacíamos nuestro resumen y hemos expuesto para cada uno de los 20 o 30 participantes. Hubo debate y análisis sobre diferentes aspectos que les ha gustado a los compañeros. Con este programa se prioriza el desarrollo de los privados de libertad y cómo podemos gestionar una reinserción a la sociedad con base en la educación”, afirma el reo desde la biblioteca del penal de San Pedro, rodeado de estantes donde se pueden divisar títulos como El conde de Montecristo o best-sellers modernos como Crepúsculo.

R.Q. dice que no es fácil mantener el hábito de lectura en San Pedro, ya que los espacios son limitados debido a la superpoblación dentro del penal, con un hacinamiento del 542%, según datos del ministerio de Justicia. Asimismo, como en la mayoría de centros penitenciarios en Bolivia, los presos deben desempeñar trabajos dentro de las instalaciones, ya sea para mantenerse dentro o para ayudar económicamente a sus familias en el exterior.

Desde la Defensoría del Pueblo saben que no es sencillo coordinar tareas con el Estado o con la administración de régimen penitenciario; y que hay aspectos logísticos, burocráticos y de comprensión acerca de la importancia de los procesos de educación para la reinserción que necesitan atención, pero que es un proceso en el que se intenta “mejorar constantemente”. “Hemos logrado que el ministerio de Educación y la dirección nacional de Régimen Penitenciario adopte a Libros por rejas como un programa parte del pilar de educación y que servidores públicos lo acepten sin hacer juicio del mismo”, precisa Cruz.

La defensora del pueblo considera que toda la problemática penitenciaria tiene como causa estructural la mala administración de justicia que existe en Bolivia. Cruz es de las que cree en darle una nueva mirada al sistema haciendo énfasis en el fortalecimiento de la justicia indígena originaria campesina, de la civil, laboral, entre otras, para que vayan tomando un rol más protagónico al momento de resolver los problemas de la población.

“Hay una estigmatización desde el propio Estado y de nuestra sociedad, particularmente en Bolivia, sobre las personas privadas de libertad. Entonces es necesario desde el Estado, desde la sociedad civil, pensar en las mujeres y hombres privados de libertad como seres humanos que requieren nuevas oportunidades, que son personas que necesitan continuar con sus proyectos de vida y ahí tenemos una labor todas y todos y es seguir aportando y apoyando para que eso suceda”, finaliza Cruz.

<El texto del artículo le pertenece a Andrés Rodríguez, reproducido en el diario El País de España>