«Un cuento es para mí el negativo de una foto en el cual puedes verter la realidad. Odio la literatura explícita. Una imagen puede ser el anzuelo. Una imagen en la memoria que viene a interpelar al presente y a la cual comienzo a buscarle una explicación, y a construir una narración» (Magela Baudoin)

Joël Dicker, el thriller como bandera literaria

El autor suizo, que alcanzó dimensión de literato a través de su novela La verdad sobre el caso Harry Quebert, continua creando sobre la senda del thriller, su género afín, y quien con Un animal salvaje, vuelve a encontrarse dentro de su ámbito natural

Escritor precoz, contaba con diez años cuando hizo su primera publicación: La Gaceta de los Animales. Un hecho, este de la precocidad, que le traería sus contratiempos cuando, a los diecinueve, presentó a los editores su relato El Tigre, que alcanzó la categoría de obra publicada, pero lo hizo con posterioridad ya que, en su momento, por el desconocimiento de la figura del autor, sumada a la calidad de su escritura, produjo dudas a la casa editorial ante las sospechas que se tratara de una obra plagiada.

Parecido camino siguió su primera novela Los últimos días de nuestros padres, que tampoco encontraba editor a quien le agradara. Presentada luego a concurso del Premio de los Escritores Ginebrinos, fue la ficción que terminó con alzarse con el primer premio, y con él su deseada publicación.  

Sin duda Dicker (Ginebra, Suiza, 1985), quien antes de dedicarse de pleno a su literatura, compaginó estudios en la Escuela de Drama en París y de abogacía en la Universidad de su ciudad natal. Aunque su consagración definitiva vino de la mano de La verdad sobre el caso de Harry Quebert, ficción que fue distinguida con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, y el Premio Goncourt de los Estudiantes. Texto del que se filmó una serie y en la que el autor colaboró como coguionista, lo que le permitió alcanzar un mayor reconocimiento y proyección.

Otros textos posteriores son El libro de los Baltimore, El enigma de la habitación 622, El caso Alaska Sanders, El animal salvaje, y su última publicación, La muy catastrófica visita al zoo, la mayoría de ellos escritos dentro del género del thriller, en el que el autor se siente en su ámbito natural.

Al presente es evidente, por hechos contrastados, que ya no caben más dudas respecto de la capacidad y la calidad del novelista helvético. Al menos, así lo atestiguan de manera fehaciente muchos de sus lectores a lo largo y ancho del planeta, siendo traducidas sus historias a más de treinta idiomas.  

De la novela El animal salvaje, donde el escritor y su trama nos transporta hacia un verdadero vuelo literario sobre su ciudad de origen, el pasaje siguiente:

   “Era una casa moderna. Grande, de forma cúbica, toda de cristal, que se alzaba en medio de un jardín impecable, con piscina y un amplio porche. La parcela estaba rodeada de bosque. Aquel lugar era un oasis, un pequeño paraíso secreto resguardado de las miradas al que se entraba por un camino particular. Al igual que la casa, los que vivían en ella también resultaban ser de ensueño: Arpad y Sophie Braun eran la pareja ideal y dichosos padres de dos hijos maravillosos.

   Aquella mañana, Sophie abrió los ojos a las seis en punto, Llevaba algún tiempo despertándose sistemáticamente a la misma hora. A su lado, Arpad, su marido, dormía a pierna suelta. Era domingo, le habría gustado dormir un rato más. Se revolvió en la cama, en vano. Al final, se levantó sin hacer ruido, se puso una bata y bajó a la cocina para prepararse un café. Una semana después cumpliría los cuarenta y nunca había estado tan guapa.

   Desde la linde del bosque se veía perfectamente el interior del cubo de cristal. Acuclillado detrás de un tronco, un hombre vestido con ropa de deporte oscura que lo hacía invisible permanecía con los ojos clavados en Sophie, que se encontraba en la cocina.

   Sophie, con el café en la mano, observaba la irilla del bosque que delimitada su jardín. Era su ritual matutino. Abarcaba con la mirada su diminuto reino.

   A unos kilómetros de allí, en pleno centro de Ginebra, un Peugeot gris con matrícula francesa circulaba por una avenida desierta. Con la luz del amanecer no se distinguía bien al conductor a través del parabrisas. El vehículo llamó la atención de una patrulla policial y las luces giratorias azules iluminaron la fachada de los edificios circundantes. Los policías procedieron al control del Peugeot y su conductor: todo estaba en regla. Uno de ellos le preguntó al conductor para qué había ido a Ginebra. “Visita familiar”, contestó él. Los policías se marcharon satisfechos. El conductor se congratuló por aquel coche de ocasión que había comprado a muy buen precio y, sobre todo, de forma cien por cien legal. Era el mejor modo de pasar inadvertido.  

   Sophie, en la ventana, seguía observando el jardín. A veces sorprendía a algún zorro que vagabundeaba por el césped. Incluso había llegado a ver un corzo. Le encantaba esa casa que su marido y ella habían adquirido un año antes. Hasta entonces habían vivido en un piso en pleno corazón de Ginebra, en el barrio de Champel. Hacía tiempo que les rondaba por la cabeza la idea de una casa, con jardín para los niños. La subida del precio de la vivienda los había decidido a vender el piso con una buena plusvalía y ponerse a buscar una, Cuando visitaron aquel chalet de autor situado en la encopetada comuna de Cologny, no lo dudaron ni por un segundo. Se despertarían todas las mañanas en ese marco incomparable, sin dejar de estar a cuatro kilómetros del centro de Ginebra, donde ambos trabajaban. Unas pocas paradas de autobús, doce minutos en coche o quince en bicicleta eléctrica para los pijoprogres bastaban para pasar de un universo a otro.

   El hombre que se escondía en la maleza observaba ahora a Sophie con un par de prismáticos militares pequeñitos. Escrutaba el cuerpo espigado que la bata corta dejaba al descubierto y se detuvo en la parte superior del muslo, donde tenía tatuada una pantera.

   A su espalda, a unas decenas de metros, su perro lo esperaba pacientemente atado a un árbol. El animal, echado en una alfombra de hojas, parecía acostumbrado a esa rutina que llevaba prolongándose varias semanas. Su dueño acudía todas las mañanas. Al amanecer, se instalaba allí y observaba a Sophie a través de las cristaleras. Los Braun dormían con las persianas subidas y lo veía todo: la miraba levantarse, bajar a la cocina para prepararse el café y bebérselo delante de la ventana. Qué deseable era. Lo tenía obnubilado. Obsesionado.

   Tras beberse el café, Sophie subió a la planta de arriba y entró en el dormitorio principal. Se desvistió y se deslizó desnuda en la cama donde su marido aún dormía.

   Desde el bosque, el hombre la miraba con deseo. La realidad no tardó en espabilarlo. Tenía que largarse, volver a casa antes de que Karine y los niños se despertasen.

   Desató al perro y se marchó igual que había ido: corriendo. Cogió la senda forestal, alcanzó la carretera principal y enseguida llegó al pueblo de Cologny. Se dirigió hacia un grupito de adosados: un conjunto de viviendas idénticas, una promoción barata para familias de clase media que había dado mucho que hablar en aquella comuna tan fina acostumbrada a los chalets de lujo.

   Según entró por la puerta de casa, oyó que su mujer lo llamaba:

   -¿Greg? ¿Eres tú?  

   Se encontró a Karine en el salón, leyendo mientras se bebía un té. Los niños seguían dormidos.

   -¿Ya estás despierta, cariño? -preguntó, fingiendo indiferencia.

   -Oí que te levantabas y no conseguí volver a dormirme.

   -Lo siento, no quería despertarte. He salido a correr con el perro.

   Greg, que no podía quitarse a Sophie de la cabeza, se sentó junto a su mujer en el sofá y se arrimó a ella. Pero resultaba obvio que Karine no estaba de humor.

   -Para, Greg, que se van a despertar los niños. Por una vez que puedo leer un libro en paz.

   Greg, apesadumbrado, subió a la planta alta para darse una ducha en el cuarto de baño anejo a su dormitorio. Se quedó un buen rato bajo el chorro de agua tibia. Las andanzas matutinas podían salirle muy caras si lo pillaban. Se estaba jugando el curro. Karine lo dejaría. Él mismo se avergonzaba de espiar así a una mujer en su propia casa. Pero no podía evitarlo. Ese era el problema.

   Aquella fascinación por Sophie había comenzado un mes antes, durante la fiesta en casa de los Braun. Desde esa noche, no había vuelto a ser el mismo…”

«¡Que vergüenza! Sólo de mala gana reconozco que aquella imagen, no, aquel cuadro naturalmente poderoso, es verdad, me espantó, pero me emocionó al mismo tiempo. Se desprendía de él una voluntad que parecía necesario obedecer. A aquel destino grandioso y progresivo no podía oponérsele nada. Un torrente que arrastraba. Y el júbilo que se elevaba desde abajo por todas partes me hubiera arrancado posiblemente también -aunque sólo fuera a título experimental- un <Sieg Heil> de aprobación…»

Texto del relato 1933 del escritor germano Günter Grass

¿Para qué sirve la cultura?

Este texto plantea a las manifestaciones artísticas como medios para mejorar la convivencia en sociedades globalizadas

De acuerdo con la Real Academia Española, la cultura es el “Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico.” Por supuesto muy importante.

Pero me quiero referir en este texto no tanto a los atributos de una persona culta, sino a las diversas manifestaciones culturales, como la literatura, las artes plásticas y escénicas, la música y la danza.

El filósofo contemporáneo Alain de Botton nos cuenta en su libro The School of Life, en coautoría con otros escritores, sobre el proceso de secularización en Europa a mediados del Siglo XIX:

“Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, fueron las religiones quienes nos ofrecieron una guía sobre cómo vivir, amar y morir bien. Las religiones eran puntos de referencia natural durante épocas de crisis personal, por lo que la primera persona a la que se llamaba era al sacerdote.”

“Cuando la fe entró en declive a mediados del Siglo XIX, muchos se preguntaron cómo podría la humanidad encontrar los puntos de referencia que habían proporcionado las religiones.”

“Una respuesta salió a la luz: la cultura. La cultura podría reemplazar a las escrituras. Las obras de Sófocles y Racine, las pinturas de Botticelli Rembrandt, la literatura de Goethe y Baudelaire, la filosofía de Platón y Schopenhauer, las composiciones musicales de Liszt y Wagner, todo esto nos proveería de un reemplazo para la fe.”

“Con esta idea en mente, siguió una inversión sin paralelo en cultura. Se construyó un gran número de bibliotecas, salas de conciertos, museos y escuelas de humanidades, con la intención consciente de llenar el hueco que había dejado la religión.”

Hoy sabemos que la cultura no sustituyó a la religión, pero sin duda nos proporciona una guía y un espacio de reflexión para hacer frente a la aflicción y los momentos de angustia que enfrentamos todos en algún momento de la vida.

Las diversas manifestaciones culturales nos brindan un remanso para reflexionar sobre nuestra propia existencia, en un mundo cada día más interconectado, complejo y convulso. Las expresiones culturales nos ayudan a entender los aspectos más profundos de nuestra existencia.

¿Cómo podríamos navegar las turbulentas aguas de este mundo sin la poesía de Octavio Paz, de Rosario Castellanos, de Jaime Sabines y de Pita Amor, entre tantos otros? ¿Sin las obras de Charles Dickens, de Carlos Fuentes, de Virginia Woolf y de Jane Austin?

¿Cómo entender al mundo sin la pintura de Miguel Angel, de Picasso y de Dalí, de Rivera y de Kahlo? ¿Sin los murales de Siqueiros y de Orozco, sin la música de Beethoven y de Brahms, de Agustín Lara y de Carlos Chávez?

Si a alguien no se le ha enchinado la piel, sugiero una visita a una biblioteca, librería, sala de conciertos o museo.

Adicionalmente, la cultura, especialmente la lectura profunda, nos brinda elementos para fortalecer el pensamiento crítico, la empatía y la inteligencia emocional.

Este es un aspecto particularmente descuidado en la actualidad. No cabe duda de la importancia de la tecnología y la ingeniería en nuestras vidas. Nos han llevado a un nivel de vida sin precedente. Yo mismo soy orgullosamente ingeniero. Sin embargo, la tecnología no puede existir sin las humanidades. Al final, toda tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés.

Por supuesto son muy importantes la tecnología y la ingeniería. Corea del Sur, que en relativamente poco tiempo ha alcanzado niveles de desarrollo sin precedentes, ha invertido de manera decidida en educación de calidad y en investigación científica. El resultado es que en 2023 se otorgaron a Corea del Sur 135,180 patentes, mientras que México obtuvo 9,698. Apenas el 7% de las de Corea.

Es loable el deseo de convertirnos en una potencia científica, pero eso no se construye tan solo de buenos deseos. Hace falta todo un andamiaje institucional que hoy no tenemos, comenzando por una educación básica en crisis. Nuestros libros de texto únicos no le permiten al profesor la elección del enfoque pedagógico más adecuado para su clase.

Esos libros, improvisados, sin método ni estructura lógica, no fueron desarrollados para el aprendizaje, sino para el adoctrinamiento ideológico. De acuerdo con diversos especialistas en educación, nuestros niños y niñas en educación básica no aprenderán a leer, ni a escribir, ni a sumar. Una catástrofe educativa.

¿Cómo nos convertiremos en potencia científica en esas condiciones?

Un doctorado es el mayor logro posible para profesionales, expertos y académicos en diversos campos. Hoy Estados Unidos produce alrededor de 71,000 grados de doctor al año, Corea 14,000 y México 9,000. Mucho por hacer. Me pregunto cuántos doctorados tendremos dentro de 15 años, cuando los niños que hoy cursan una educación básica deficiente lleguen a la universidad sin los mínimos conocimientos necesarios.

De regreso a la cultura y la inteligencia emocional, Alain de Botton nos dice al respecto también que:

“Tenemos la tecnología de una civilización avanzada, en un precario balance con una base emocional que no se ha desarrollado mucho desde la época de las cavernas. Tenemos los apetitos y la furia destructiva de los primates primitivos, que han llegado a adquirir armas nucleares.”

Para eso sirve también la cultura. Para entender que vivimos en una sociedad plural y diversa. Para desarrollar empatía y tolerancia. Para comprender que hay otros puntos de vista, otras formas de ver la vida, y que todas merecen respeto y consideración.

Es infinitamente más importante el dominio de la voluntad que la voluntad de dominio. Solo basta ver al presidente de nuestro vecino del norte, con la furia destructiva de un primate primitivo. Todavía no llegamos a dimensionar el daño que sus excesos narcisistas le están causando al mundo. Un poco de cultura no le vendría mal.

<Hugo Setzer es el autor de este artículo, fue publicado en las páginas del diario El Universal de México>

Eduardo Sacheri, los jóvenes frente a los años de plomo

El polifacético escritor ha abordado en su andar múltiples géneros literarios; distinguido en diferentes oportunidades, muchos de sus textos fueron adaptados con éxito a la pantalla grande, otorgándole proyección a su persona y a su literatura

Si bien ya contaba con su reconocimiento en las letras latinoamericanas, la carrera del escritor (Castelar, Buenos Aires, 1967) tomó dimensión mundial a través de su novela El secreto de sus ojos; más aún con la película posterior que, con producción argentina, se hizo con guion del propio autor. La repercusión fue mayor al alzarse con el premio Oscar a la mejor película extranjera. Luego, los estadounidenses decidieron hacer su propia versión, pero no alcanzó el mismo éxito que el film original.

Aunque antes de esto, el autor había hecho conocer sus relatos inspirados en el competitivo ambiente del fútbol. De hecho, hoy escribe una columna en el diario deportivo argentino El Gráfico. Más allá de esto, Sacheri es licenciado en la carrera de Historia de la Universidad bonaerense de Luján, y también imparte clases como profesor en distintos institutos de enseñanza secundaria.

Luego de su primera ficción, le siguió la publicación de la novela La noche de la usina, que fue distinguida con el Premio Alfaguara de Novela. A la que le siguió Papeles en el viento y La odisea de los giles, de la que se hizo otra versión cinematográfica, la que fue nuevamente elegida para representar al país en los premios Oscar. En este caso, no lo alcanzó, pero sí lo hizo con el premio Goya a la mejor película latinoamericana.

Amante de la historia, ha publicado los ensayos Los días de la revolución y Los días de la violencia, basados en los pasos previos de Argentina antes de constituirse como país, y de los posteriores pasos como nación luego de desligarse de lo que fue el imperio español.

En la que es hasta el presente su anteúltima novela, Nosotros dos en la tormenta, la trama se sumerge en los intentos de la joven generación de los años setenta. Cuando una parte intentó cambiar el estado de cosas constituyéndose en guerrilla la que, estructurada en jerarquías como cualquier institución militar, abrazó el enfrentamiento directo con las fuerzas armadas. Historia en la que, con un estilo directo y despojado de todo tipo de circunloquios, describe la relación de dos amigos de infancia y vecinos del mismo barrio quienes, militando en distintas organizaciones, comparten la misma metodología de enfrentamiento directo. Años de necesidad de imperiosos cambios en la sociedad, y en la que las urgencias imperaban e impedían las más que necesarias reflexiones; amparados todos bajo doctrinas que se imponían ser cercanas al quehacer nacional y popular y, ante todo, constituirse en eminentemente revolucionarias.

Del texto Nosotros dos en la tormenta el pasaje a continuación:

   “Claudia sale de la habitación del fondo con el estetoscopio en la mano y cierra la puerta de chapa. Se lo cuelga del cuello para dejar ambas manos libres, pasa la cadena por las argollas de hierro que el Mencho soldó hace unos días y cierra el candado. Antonio la ve desde al umbral de la cocina. La interroga con la mirada y la compañera hace un gesto ligeramente tranquilizador. Antonio se hace a un lado para que pase.

   -Me parece que se va a recuperar sin problema -dice Claudia.

   Antes de que pueda agregar otras consideraciones, se escucha el golpe en la puerta de la calle según el código que tienen establecido. Antonio va a abrirle al Mencho, que fue comisionado para deshacerse del Renault 12 en el descampado gigantesco que hay sobre la ruta 1001 camino a González Catán.

   -¿Todo en orden? -le pregunta casi por fórmula, mientras avanzan por el pasillo hacia la casa.

   El Mencho enciende un cigarrillo y le ofrece otro a Antonio, que acepta.

   -Sí, supongo. Lo que pasa es que tuve que dar un rodeo de la concha de la lora para volver, te imaginás.

   -Ahora que la UBC está completa sí toman asiento alrededor de la mesa. Nadie parece tener apuro por romper ese silencio espeso y cargado de presagios. Santiago se aclara la garganta antes de hablar.

   -Supongo que lo primero es hacer un balance del operativo. ¿Quién quiere hablar?

   Antonio espera. Claudia quedó a cargo de la casa y no tiene nada que decir sobre el operativo, lógicamente. Él no piensa decir una palabra. Calcula que el Mencho tampoco. La única incógnita, entonces, es si el aspirante se lanza a justificarse o el Puma a defenestrarlo.

   -Yo quiero tomar la palabra -dice el Puma, y la incógnita se despeja-. El operativo que realizamos esta noche es una de las acciones más torpes, más pésimamente ejecutadas, más… chapuceras que pueden haber existido en la historia del Ejército Montonero. Y si sa…

   -Yo creo, compañero -lo interrumpe Santiago-, que lo qu…

   -¡Si pedí la palabra le ruego, aspirante, que me deje terminar!

   El Puma se pone de pie y apoya los puños en la mesa.

   -¡Un mes entero! ¡Un mes entero nos dedicamos a preparar el operativo! ¿Y a nadie se le ocurrió verificar qué tan difícil iba a ser neutralizar al objetivo? ¡Un pendejo de catorce años! ¡Catorce años! ¡Sesenta kilos pesa! ¿Y dos soldados, no uno, sino dos, se muestran incapaces de someterlo? ¿Y un tercer soldado que vive enfrente del sujeto, enfrente, no puede poner sobre aviso a la unidad sobre la peligrosidad del mismo?

   Antonio se muerde la lengua. No, si no hay caso. A la corta o a la larga tenían que agarrársela con él. ¿Qué pretendían? ¿Qué les informase de las medidas del cuello, sisa y cintura, la puta madre? La da la razón al Puma con lo de dos soldados que no pueden contener las patadas y los mamporros desesperados de un chico, pero ¿a qué viene esto de echarle la culpa a él? Pero el Puma todavía tiene acusaciones para repartir.

   -¡Y una compañera que, en lugar de estar detrás de la puerta, lista para abrir cuando el auto se detenga en la calle, está vaya uno a saber dónde, y hay que golpear la puerta! ¡Golpear la puerta y esperar que venga a abrir! ¿Pero en qué mundo estamos, compañeros? ¡Carajo!

   El Puma está más y más enardecido a medida que habla. Claudia tiene los ojos fijos en la mesa. Es verdad, ahora que Antonio lo piensa, eso de que tardó en abrir la puerta cuando llegaron. Pero nadie tuvo el tiempo o la presencia de ánimo como para indagar por qué cuernos tardó tanto. La mano de Claudia, la que sostiene el cigarrillo, tiembla ligeramente. Pero no responde una palabra, y Antonio piensa que tácitamente se está haciendo cargo de su metedura de pata.

   -¡Mejor que levantemos la puntería, compañeros! ¡Mejor que mejoremos el accionar de esta Unidad Básica de Combate o esta operación termina como el culo!

   El Puma camina de punta a punta de la cocina, nervioso, exaltado. El único que sigue su derrotero es el Mencho. Los demás aguantan la reprimenda enfurruñados pero conscientes de que se merecen cada palabra que dice el antiguo oficial. Hasta Antonio empieza a pensar que tal vez debió indagar un poco más en las costumbres y los pasatiempos de Diego Laspada. ¿Practicará karate o alguna otra arte marcial? La pucha, se le pasó, evidentemente.

   El Puma se detiene junto a la cocina y enciende una hornalla para calentar el agua de la pava. El silencio resulta una especie de tregua, de cese el fuego. Claudia levanta la mirada hacia Santiago, que parece reaccionar. Se pone de pie. Por lo menos ahora, piensa Santiago, los dos están a la misma altura. Hasta recién parecía que el Puma fuera el responsable de la UBC. Una sensación que Antonio ha tenido tantas veces que ya perdió la cuenta. Santiago habla en un tono que intenta ser tranquilo.

   -Más allá de que sigamos con esta reunión de análisis y balance hay cosas que no pueden esperar. Tenemos que establecer el primer contacto con la familia…”   

«Clara se había cruzado con Damián que por entonces debería tener unos trece años. Un niño grande que se comportaba como uno más pequeño, con torpeza, los labios entreabiertos, la mirada baja y las manos inquietas, sin saber dónde colocarlas. Un niño en la mitad de dos edades, que había crecido más de la cuenta pero aún no se había desarrollado del todo, como solía decirse en esa época, Alto, gordito, blando, sin terminar de cuajar. La sombra del bigote asomando sobre la boca indecisa, La raya al lado, quizá hecha por la madre. El aroma a colonia Nenuco. Calcetines blancos y gruesos zapatos de cordones, como de ortopedia. La bolsa de tela que llevaba colgando del brazo estaba a rebozar de barras de pan, De una de ellas faltaba el pico. El tragón, pensó Clara, no sabe contenerse…»

(Texto de la novela La familia de Sara Mesa)

Las múltiples voces de la amplia y diversa literatura africana

Un autor camerunés y una antología de escritoras de la órbita inglesa muestran la riqueza de obras que se debaten entre el presente y la memoria

No solo es el continente más extenso; África es, ante todo, un territorio casi inabordable en lo que hace a la diversidad geográfica, la profundidad histórica y la multitud de culturas, lenguas y conflictos que lo habitan. Sobre esa multiplicidad, como marcándola a fuego, hay dos huellas que insisten en un presente de por sí complejo: la memoria larga del tráfico de esclavos y la memoria más reciente de la colonización.

“Escribo en francés para decirles a los franceses que no soy francés”, solía decir el escritor argelino Kateb Yacine (Constantina, 1929-Grenoble, 1989), activista por la independencia de su país, autor de la novela Nedjma (considerada una de las primeras grandes obras de la literatura argelina en francés) y Gran Premio Nacional de las Letras en Francia en 1987.

Yacine, que también escribía en árabe y en beréber, aseguraba que el francés era el “botín de guerra” de la Argelia levantada en armas contra la metrópoli, y en esa frase –en la honda complejidad que encierra– quizá se cifre buena parte de los problemas, hallazgos y búsquedas de la literatura poscolonial. En el continente del suajili, el igbo, el yoruba y un listado que se acerca a las 200 lenguas, “lo cierto es que lo que ha sido publicado, en su mayoría, está en francés e inglés”, escribe Federico Vivanco, compilador y traductor de Ellas (también) cuentan. Antología inédita de escritoras africanas de expresión inglesa. Y, si bien no es esperable la belicosidad de los tiempos de la descolonización, en el intercambio entre lenguas nativas y europeas, en la textura de unas incidiendo sobre las otras, y en la aceptación de un vehículo lingüístico como parte de un legado –problemático y a la vez parte de un inevitable mestizaje– radica la riqueza estilística y conceptual de muchas de estas obras.

En Ellas (también) cuentan se incluyen relatos de autoras nacidas en Ghana, Uganda, Sudáfrica y Zimbabue con la explícita voluntad de, en línea con el pensamiento de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, dar a conocer voces que narren la realidad africana en los términos del propio continente. Es una antología de escritoras: la marca de género emerge tanto en la sutileza de ciertos signos domésticos como en la crudeza con que se describe un aborto en “No te puedes perder en Ciudad del Cabo”, de Zoë Wicomb (Namaqualand, 1948). En los relatos de Franka-Maria Andoh (Acra, 1968), Ayesha Harruna Attah (Acra, 1983) y Milly Jafta (Port Elizabeth, 1950) emerge un Occidente convertido en meca de la salvación económica, en contrapunto con las penurias de la migración y el desgarro de los que terminan en el limbo de no pertenecer ni a un mundo ni al otro. Por su parte, en “Recuerda a Atita”, la ugandesa Jackee Budesta Batanda aborda los estragos de los enfrentamientos armados que, desatados tras los movimientos de descolonización de los años 60 y 70, no tiene aún visos de detenerse.

Darle voz a un continente es también iluminar los entresijos de su historia. A eso apunta el camerunés Patrice Nganang (Yaundé, 1970) con La estación de los ciruelos, segunda parte de la Trilogía de África que el autor dedica a sucesos ocurridos en su país natal a mediados del siglo XX.

La inestabilidad política de Camerún no le es ajena a Nganang. En 2017 fue enviado a prisión tras publicar un informe donde cuestionaba al presidente Paul Biya (al frente del país desde 1982). Hoy reside en Estados Unidos y da clases en la Universidad de Princeton.

En La estación de los ciruelos, Nganang se concentra en otro tipo de inestabilidades políticas e históricas. Ubicado mayormente en Yaundé, capital de Camerún, el relato pone el foco en el momento en que la Segunda Guerra Mundial ingresa en África. Más concretamente, en los acontecimientos que se sucedieron luego de que, enviado por Charles de Gaulle, Philippe Leclerc llegara a Camerún, desalojara a las autoridades que respondían a Pétain y, en nombre de la Francia Libre, reclutara a tiradores nativos, “carne de cañón” con la que enfrentaría a las tropas italianas y alemanas en el desierto del Sahara.

Lo que en otro autor podría haber sido una simple novela histórica, en manos de Nganang se revela diferente. El tono de su escritura es extremadamente lírico; el relato –incluso cuando se refiere a la pura y dura materia histórica– tiene un ligero sabor a leyenda. Como si, impregnado del espíritu de los personajes africanos (el hijo del vidente, el leñador que pasa sus días en la selva, la mujer a la que consideran “madre del mercado”), estuviera más ligado a los tiempos circulares de la oralidad que a la severa linealidad moderna. De hecho, de manera intermitente emerge un narrador que se dirige al lector, le sugiere volver algunas páginas atrás si quiere entender mejor determinado pasaje, le comparte alguna reflexión, se permite cierta ironía.

Las referencias a figuras históricas no se reducen exclusivamente a Leclerc o a de Gaulle; sin llegar a ser un relato coral en términos estrictos, la novela se abre en multitud de historias y personajes que, con Yaundé como centro geográfico y narrativo, engarzan sus derroteros personales con los que la guerra y las especulaciones políticas les van imponiendo. Un personaje alude de manera explícita a Ruben Um Nyobè, dirigente que en 1948 (años después de los sucesos contados en la novela) fundaría un partido anticolonialista. Otro personaje recrea la figura de Louis-Marie Pouka, poeta escolarizado en las instituciones francesas y partidario de la asimilación plena a la cultura europea.

“La paradoja de nuestra relación con Francia es que ella es, al mismo tiempo, nuestro opresor y nuestro ideal. ¿Cómo encontrar la salida?”, reflexiona Pouka, que al comienzo de la novela impulsa un cenáculo literario en Yaundé con la esperanza de recrear los cafés literarios parisinos. Solo atraerá a campesinos analfabetos que pronto lo abandonarán, también ellos subyugados por una Francia a la que aceptarán defender en el Sahara sin saber que ese viaje –de la selva al desierto– será sin retorno.

<El texto le pertenece a Diana Fernández Irusta; fue publicado en las páginas del diario La Nación de Argentina>

«A pesar de que me gusta leer, pasear, escuchar música y ver arte, necesito una actividad no contemplativa. Mi razón principal es que pienso con mayor fecundidad cuando compongo, específicamente una novela. Esa es la razón por la que la gente redacta diarios, ‘blogs’, cartas o ‘emails’. No únicamente para comunicarse con otros, sino para explicarse mejor a ellos mismos» (Javier Marías)

Claire Messud, en el crecer adolescente

De padre franco argelino y de madre canadiense, la escritora estadounidense (1966, Greenwich, Connecticut), supo echar mano de su multiplicidad de orígenes, de sus lugares de residencia (Australia, Canadá) y de una educación heterogénea, para establecer un importante punto de enriquecimiento que, de alguna manera, subyace en las tramas de sus historias.

Sus estudios no estan lejos de lo antedicho, cuando en primera instancia obtuvo una beca Guggenheim y luego, cursó estudios en las universidades de Yale y también a la de Toronto. Una vez graduada, se desempeñó como profesora en la universidad de Maryland, para regresar a impartir clases nuevamente en Yale y en la universidad Johns Hopkins donde dictó literatura, además de dirigir talleres de escritura creativa.

En cuanto a su obra, su primera novela del año 1995, Cuando el mundo era estable, ya fue considerada para el premio Pen/Faulkner. A esta le siguieron: Su última vida (1999), Los cazadores, texto compuesto de dos novelas cortas, La mujer de arriba y La niña en llamas, fue nominada por el diario Los Ángeles Times como uno de los mejores libros del año.

Sus historias han sido reconocidas con distintos galardones, además de ser incluida en su momento en la lista de Mejor Joven Novelista Británica y premiada por la Academia Estadounidense de las Artes y de la Ciencias.

En La niña en llamas, se hace mención de la idea esencial con la que se construye la novela y que va más allá del propio texto, cuando refiere a las licencias que se permiten los humanos, y expresa: “Todos moldeamos nuestras historias, para que tenga algún sentido ser quienes creemos que somos”. En ella, dos niñas adolescentes de un pueblo del este de los Estados Unidos, buenas amigas, vecinas y compañeras de instituto, juegan al rol de crecer; echando mano de lo que pueden para salvar sus carencias, mientras intentan comprender a un mundo que decididamente se les hace grande.

De La niña en llamas, el pasaje siguiente:

“Mi casa está dentro del casco urbano o, mejor dicho, en la carretera por la que se entra al centro, en la zona sur. El casco urbano tiene cuatro manzanas de longitud en una dirección y cinco en la otra. Luego hay dos polígonos comerciales en la Ruta 29, por donde se sale a la autopista que es donde están Market Basket, The Dollar Store y The Fashion Bug, y Friendly’s. Cierto que Royston tiene más que esas cuatro manzanas, pero el resto son calles residenciales que se extienden en todas direcciones y se adentran en el bosque. Luego está la Ruta 29, en ambas direcciones, con unos cuantos negocios salpicados por sus orillas, que se extiende en dirección sur primero y luego hacia el norte, hacia Newburyport. Resulta más rápido llegar a los sitios por la interestatal, pero entonces se pierde uno algunas cosas antiguas dignas de ver, como el Golden Lotus Palace, un restaurante que es un templo bermellón al estilo kitsch de los años sesenta y con una enorme puerta dorada y dragones negros de escayola en la parte de fuera: la comida está tan petada de glutamato monosódico que cuando sales de allí te sientes como si estuvieras en otro planeta. O el Lucky Stars, un motel que se fue al garete hace unos años: se han caído un par de paneles del viejo neón -cuando estaba entero parecía que lo habían sacado de Los supersónicos- y han tapado las ventanas con planchas de madera para que personas y animales sin hogar no ocupen las habitaciones enmoquetadas. Ecos del viejo Royston al borde de la Ruta 29: Así era antes de que llegaran los burgueses exiliados de Boston, los artistas y hasta la planta de Henkel.

   Cassie y yo empezamos a ir al pueblo a pie, a explorar. Es decir, recorrimos básicamente el centro. Hasta que un día llegamos a la cantera y al viejo sanatorio. El centro histórico tiene una hilera de edificios antiguos fantásticos, casas de estilo victoriano de ladrillo rojo, con apartamentos encima de los comercios. A mí siempre me había intrigado quién vivía en ellos. Muchas de las tiendas que ponen allí no duran mucho: Royston es de ese tipo de ciudades pequeñas a las que llega la gente que va huyendo de Boston o de Portland, con sus niños pequeños y sus fantasías, y luego se da cuenta de que la vida en un sitio así no era lo que se esperaban. Ponen una joyería coquetona y un café mono con vacas pintadas en las paredes y cortinitas de encaje, y dura un año o dos: sobreviven a los inviernos duros y austeros, cuando nadie anda por la calle; pero antes o después lo cierran y se van por donde han venido. También hay negocios que resisten mucho tiempo, como la Farmacia Adamian o Mahoner, el pub irlandés. O la tienda de ultramarinos que lleva Mildred Bell, una mujer más vieja que mi abuela con una verruga en la barbilla, como las brujas. La tienda de Bell es un sitio muy loco, abigarrado, donde venden -entre otras cosas- jerséis con bordados navideños de renos o elfos. Protegen el escaparate, que nunca cambian, poniendo en el cristal un celofán amarillo. A mí de pequeña me gustaba mucho la sección de juguetes, porque tienen una fila de cubetas de plástico con cacharritos que yo me podía permitir con mi paga: borradores japoneses y libretas de Hello Kitty, pelotas de esas que brillan en la oscuridad y horquillas con forma de cup-cake o de hamburguesa. La señora Bell también debe sentir debilidad por los animales de peluche, porque tienen un cesto enorme lleno de ellos, suavísimos: no sólo osos, sino búhos, jirafas y una gran selección de cerditos, sobre todo, Cassie y yo nos aficionamos a ir a la tienda de Bell aquel agosto porque así veíamos los peluches, pero también porque yo me sentía fatal al verla con la mano así, pasándolo mal, y allí podía apartarme un poco de ella y mirar por mi cuenta y comprarle el cerdito más pequeño, el rosa más pálido: uno al que ella ya había bautizado como Hubert. Lo escondí para que fuera una sorpresa, pero sólo pude esperar un día. Cuando volvimos a la tienda y vio que no estaba empezó a lloriquear.

   Aparte de la tienda de la señora Bell y del Rite Aid, donde podíamos atrincherarnos en el pasillo de artículos de tamaño muestra y lacas de uñas (aunque a Cassie no le dejaban pintarse las uñas y a mí no me gustaba) no había en Royston muchos sitios donde pudieran ir unas crías como nosotras. Íbamos también, paseando, hasta el parque infantil que hay en Market Street, justo al pasar el instituto de enseñanza superior, que tiene un carrusel pintado como el arcoíris y una hilera de columpios, pero aquel verano se pusieron a arreglar el tobogán y el castillo, y sólo quedaban los tocones. Además, el resto de los niños que había en el parque tenían menos de cinco años e iban con sus madres o sus abuelas, lo que resultaba más deprimente aún quedarse en casa.

   Como no podíamos jugar ni al tenis ni al baloncesto, el instituto era un rollo. Además andaba por allí Beckett, un bocazas de octavo, con sus amigos, entre los que estaba el chico que a mí me molaba, Peter Oundle. Peter siempre había ido a nuestro colegio, cuando éramos pequeños habíamos jugado juntos en los recreos: al pilla-pilla, a las cuatro esquinas o al balón prisionero. Pero ahora iba mucho con Beckett, que era dos años mayor que nosotros y el jefe de la banda. Brazos y piernas largos, pies rápidos y expresión de desdén, todos ellos. Peter Oundle era sólo un año mayor que Cassie y que yo, y siempre había sido diferente, de ese tipo de chico que te da la mano para ayudarte cuando te has caído. Flaco, con la nariz puntiaguda, pero guapo: con rizos de un castaño rojizo y pestañas largas.

   Los chicos se pasaban horas jugando al baloncesto. Uno o dos de ellos nos silbaban siempre, cuando pasábamos. Una tarde Beckett me llamó. Me dijo:

   -¡EH, tú, Rizos! ¿De qué son esos granos tan gordos que tienes en la frente?

   Los otros empezaron a carcajearse y yo me puse colorada de vergüenza. Cassie les gritó:

   -¿Qué pasa, Beckett, ya te damos envidia? Porque veo que llevas el pelo largo, como una chica.

   -Bah, que te jodan a ti también -gritó Beckett dándose la vuelta.

   Pero a mí me pareció que le incomodaba.

   -Te abrazaría aquí mismo -le dije a Cassie-, pero eso le serviría para afirmar que somos lesbianas.

   -¿Y a quién le importa? -dijo Cassie-. Me casaría contigo antes que con él. En cualquier momento…”